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Qué complejo es hablar de la descarga de archivos sin caer en el baldío terreno de la proclama, la propaganda inflamable o el maniqueísmo facilón. Difícil porque me cuesta creer en la criminalización por la que abogan las apocalípticas proclamas que nos llegan desde la industria contra una práctica que no es más que la actualización globalizada y tecnologizada del cambio de tebeos que hemos hecho toda la vida, pero también porque es evidente que en mercados pequeños como el nuestro es ingenuo pensar que su impacto no es menor y puede ser incluso mortal. Complejo porque también creo que mucho de lo que hay detrás de la persecución del intercambio son los zarpazos indiscriminados de una industria que se ciega e intenta sobrevivir manteniendo caiga quien caiga su lucrativo modelo actual de negocio, incapaz de ver más allá de su ombligo y no darse cuenta de que el mundo ha cambiado y que la cultura ha encontrado un nuevo canal de distribución tan masivo como incontenible. Pero, también, porque el aficionado está cayendo en el grave error de confundir la libertad de la cultura con la cultura de lo gratis: lo ideal, evidentemente, sería un libre y total acceso gratuito a la cultura, pero eso parece imposible en un mercado capitalista que se reitera y prevalece pese a las crisis. El autor, el elemento clave y necesario de la cultura, necesita vivir de su obra y un modelo capitalista obliga a cobrar por su trabajo. Defender un modelo de cultura que bebe de las fuentes de otro modelo económico, por mucho que nos guste a muchos, es ingenuo y chocará con la terrible realidad de que el autor dejará finalmente de crear. Es evidente que eso no implica mantener el actual modelo que sigue emperrado en el caduco concepto de pago por unidad, pero sí que deberán existir vías para que los autores puedan cobrar por sus obras. Ideas nuevas como las que plantea Amusedom, llevando la autoedición al escenario de las redes sociales para aprovechar todo su potencial de promoción y difusión viral, intentando que el autor cobre desde una perspectiva completamente distinta. O como las de Sandwave, una especie de mercado de futuros del tebeo donde los lectores se convierten en futuros accionistas de las ganancias de los autores invirtiendo por proyectos que consideren de calidad suficiente como para ser viables.
Me ha costado escribir el artículo que publica hoy EL PAÍS, intentando dar a conocer un mundo en el que los conceptos como cultura, piratería, libertad o mercado se mezclan con demasiada alegría. Tenía, eso sí, una idea clara: al final, sólo existe una salida, el difícil equilibrio entre la comodidad del lector, las ventajas de las nuevas tecnologías y el respeto a los derechos de autor. Aunque eso suponga cambiar por completo todo lo que conocemos hoy como industria del cómic.