Tres decepciones

En el fondo, pocas diferencias hay entre lo de ser friki de una serie o de un autor, a fin de cuentas, uno se lanza a la compra indiscriminada de aquellos tebeos que contengan en portada los mágicos símbolos rúnicos: “Batman”, “Joann Sfar”, “Conan”, “Guido Crepax”…Y me dirán ustedes que no, que hay diferencias increíbles y leches, pero algo me dice que la base fisiológica que subyace tras uno y otro es la misma: algún tipo de neurona que se dedica a malmeter y obligar al resto a comprar compulsivamente cualquier cosa que lleve el dichoso código de activación. Y pasa lo que pasa, que muchas veces, tras el acto en sí, defendemos lo indefendible con tal de justificar la compra.
Digo todo esto porque servidor cae en ese comportamiento digno de reportaje de National Geographic una y otra vez. Eso sí, en el bando de los autores. Cosas que uno hace, qué le vamos a hacer. Y reconozco que tengo nombres fetiche que me provocan ansias compradoras irrefrenables esperando poco más o menos que sus obras sean algo así como bálsamos de Fierabrás de mis dolencias tebeísticas. Señores como Blutch, Vivés o Rabagliatti, por ejemplo, a los que tengo en pedestal inmenso, estratosférico, por razones más que sobradas. Por lo menos para mí. Blutch por ser un ácido francotirador del lenguaje de la historieta, Vivés por su delicada sensibilidad envuelta de exquisitez narrativa y Rabagliatti por su sincera reflexión sobre el pasado. Trinidad santoral para servidor.
Pero, ¡ay!, aunque uno los vea como santos, son humanos, y hay veces que no consiguen mantener el listón. Que no quiere decir que hagan obras malas, pero es que en estos casos donde uno infla la pompa hasta mucho más allá de los límites que la sensatez manda, cuando estalla parece más explosión termonuclear que simple plop sin mayores consecuencias.
Y eso me ha pasado con los tres. Eso sí, matizo, aunque las tres obras en cuestión aparezcan a la vez en el mercado español, uno las fue leyendo con cierta distancia, aprovechando su edición original en lenguas bárbaras. Lo que se agradece y favorece que, tras el chafón, el tiempo coloque las cosas en su sitio y a los santos otra vez en sus altares.
Me explico por orden: Tras leer Le Petit Christian, Péplum y Blotch, me lancé con furiosa voracidad sobre Velocidad Moderna esperando que la unión de Blutch y la colección Aire Libre fuera algo así como la fusión definitiva, el superguerrero de los autores. Y no. El planteamiento de Blutch era atrevido, que no novedoso: trasladar a las viñetas la irrealidad inconexa del sueño, convertir la historia en un viaje onírico donde el único eje argumental es precisamente la ausencia de normas y reglas. Una idea a priori atractiva, pero que sufre de un problema inesperado: al sumergirse en su propio sueño, la naturaleza críptica de lo onírico se convierte en un muro entre el lector y el autor que impide cualquier conexión. No existen esos pequeños resquicios a través de los cuales el lector pueda engancharse a la propuesta y, al final, se ve expulsado de un viaje que, de tan personal se convierte en hermético. Afortunadamente, Blutch volvió a probar la idea unos años más tarde, dejando esos puntos de intersección entre autor y lector que abrían camino a la reflexión, consiguiendo una obra sorprendente e hipnótica: La voluptuosidad. Queda, eso sí, la excelencia gráfica de Blutch, brillante aunque la elegancia del color de Ruby le reste esa visceralidad de trazo en blanco y negro que le caracteriza y la reducción de tamaño de la edición española robe parte del disfrute. (1)
En el caso de Bastien Vivès, se puede hablar sin pudor de flechazo. El gusto del cloro me enamoró como pocos tebeos habían hecho, me atrapó en esa trampa de reflejos acuáticos azulverdosos sorprendiéndome completamente. Y lo volvió a hacer con En mis ojos, dejándome sin argumentos ante su atrevida propuesta narrativa que transformaba el protagonismo en voyeurismo. Razones más que sobradas para esperar que Amistad Estrecha fuera algo así como el colofón de una trilogía de sensaciones amorosas enviñetadas con primoroso ingenio. Pero no, Amistad Estrecha surca de nuevo, en efecto, el camino del enamoramiento y sus mecanismos pero opta por la sencillez narrativa, por dejar atrás el desvergonzado, casi imprudente, espíritu experimentador de autor joven para contar su historia desprovista de artificios. El problema es que, sin ellos, sólo nos llega una historia ya conocida que parece incluso ingenua. Una historia de amor escondido en la amistad que no aporta nada a las miles de páginas que el tema ya ha dado. Sin ese torrente de sensaciones que rodeaba sus anteriores propuestas, la lectura parece quedarse en nada, aunque Vivès siga demostrando ser un dibujante de trazo elegante y muy atractivo. (1)
Michael Rabagliatti, por su parte, es uno de esos casos de autor que consigue transformarse en personaje. Arriesgada propuesta donde la autobiografía va más allá del ejercicio de exhibicionismo puntual o de catarsis exorcizante para convertirse en una serie donde la vida real se ficcionaliza hasta romper las fronteras, transformándose en una excusa argumental que permita una reflexión pausada en la que el pasado ayuda a entender el presente. Su serie Paul comenzó ya con fuerza en Paul en el campo, para mantenerse siempre con un nivel envidiable que ha tenido momentos realmente excepcionales como Paul goes fishing, pero también otro donde hay que reconocer que Rabagliatti pincha: Paul se muda. A priori, una idea que daba mucho juego, ese cambio tan radical en la vida que supone la mudanza. En la práctica, un episodio que pasa sin demasiado interés y que parece más un seguido de anécdotas. Es entretenido, cierto, pero le falta ese punto reflexivo que tienen otras de las entregas de la saga y da a la lectura mucho más matices. Eso sí, de los tres, el más recomendable. (2-)
Tres pequeñas decepciones. Quizás porque esperaba demasiado de los autores. Quizás soy injusto al juzgar a los autores por su obra anterior, es posible que si comparamos estas obras con mucho de lo que sale hoy en día, sean mucho mejores. Pero a mí, snif, no me lo parecieron: son tebeos dignos, sí, pero nada más, aprobados justitos que en mi caso se olvidarán con rapidez, muy a diferencia de otras de sus obras que están ya en mis listas de favoritos. Eso sí, que conste: Blutch, Vivès y Rabagliatti volvieron al pedestal después de la caída. Y no les rezo de milagro.

El terror protagoniza el XVI Salón del Manga

[Nota de prensa]
El XVI SALÓN DEL MANGA, que se celebrará del viernes 29 de octubre al lunes 1 de noviembre en La Farga de L’Hospitalet (Barcelona), tendrá en la relación del terror con el manga, el anime y el cine japonés uno de sus ejes temáticos. La exposición Manga de miedo repasará la tradición visual japonesa del mundo del terror, dando un peso específico al manga, pero sin olvidarnos de otras manifestaciones, como la tradición pictórica, el anime o el horror japonés en el cine. Uno de los invitados del Salón del Manga de este año es el director de cine Takashi Shimizu (1972), toda una referencia del género conocido por la saga Ju-on. En el año 2004 realizó una nueva adaptación de La maldición en Estados Unidos producida por Sam Raimi. Shimizu viene al certamen gracias a la colaboración de la Fundación Japón en España.
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Novedades de La Cúpula

(**)- Escenas Imborrables, de Jeffrey Brown. 356 páginas BN. 13 x 18 Rústica P.V.P.: 15,00 €
Dungeons Quest, de Joe Daly. 140 páginas BN. 15 x 21 Rústica P.V.P.: 13,00 €
(**)- O. C. Crumb 1: Mis problemas con las mujeres, de Robert Crumb. 68 páginas blanco y negro 21,5 x 28 rústica P.V.P.: 9,95 €
Kiss comix 228, de Varios autores. 68 páginas 20,5 x 26,5 grapado P.V.P.: 4,20 €

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Presentación de Finado

El viernes 17 de septiembre, a las 20:30 h, dentro de la fiesta del PCE que se celebra en el Parque Dolores Ibárruri de San Fernando de Henares (Madrid), se presenta el cómic Finado, de Xavier Morell, Fabián Slongo, Nicolás Brondo y Konstantin Novosadov. Con un invitado de lujo, El Torres, guionista de (guionista de “El Velo”, “Miserere” o “Zombies!: Eclipse of the Undead”)
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