Tezuka

Ayer Osamu Tezuka hubiera cumplido 82 años. Una buena ocasión para hablar de su figura, más cuando Planeta DeAgostini ha editado a todo lujo una de sus (muchas) obras maestras, Adolf. Recupero un antiguo artículo que escribí para la revista Trama en 2004:

Setecientas obras, más de ciento cincuenta mil páginas. Son los números que definen de forma fría y aséptica la producción de un sólo autor. Unas cifras mareantes, casi imposibles de imaginar si las comparamos con las realizadas por cualquier autor español o, incluso, por la suma de todos ellos. Más sorprendente se podría considerar todavía que el porcentaje de esas obras que puede merecer el adjetivo de “maestra” es altísimo, sin que prácticamente ninguna de ellas no tenga algún aspecto destacable. Datos espectaculares de un clásico mundial de influencia decisiva que hacen casi increíble que hasta hace apenas unos años, Osamu Tezuka, el padre del manga, era un total desconocido en nuestro país. Afortunadamente, en los últimos años estamos asistiendo a una explosión de publicaciones de su obra que puede permitir al lector español conocer y admirar a este autor imprescindible.
Tezuka, el revolucionario
Tras la II Guerra Mundial, el manga japonés seguía los rígidos esquemas de los clásicos emonogatari (relatos ilustrados) que derivaron en los periódicos en el koma-manga, historietas de cuatro viñetas que copiaban el formato en las comic-strips americanas que habían inundado los periódicos japoneses desde principios de siglo. Su concepción era más próxima a la ilustración o al humorismo gráfico que a la narración visual, muy influenciada, lógicamente, por la tradición gráfica japonesa. Los autores de éxito del momento seguían esta tradición de forma casi religiosa y pocas licencias eran permitidas a los jóvenes que intentaban abrirse camino en ese mundo. Cuando el joven estudiante de medicina Shigeru Tezuka comenzó a colaborar bajo el pseudónimo de Osamu en el en el magazine Mainichi Shogakusei Shinbun con la obra Ha-chan’s Diary (1946) seguía de forma pulcra los cánones del koma-manga. Un debú clásico que apenas hacía presagiar el éxito arrebatador que le esperaba apenas un año después con una obra que se atrevía a romper todos los esquemas preconcebidos y traicionales de la narración gráfica japonesa. Shintakarajima (“La nueva isla del tesoro”), revolucionaba en 1947 el mundo del manga incorporando una narrativa absolutamente nueva y distinta. Maravillado por el mundo occidental, Tezuka se había empapado de los dibujos animados de Walt Disney y los Fleischer (Popeye, Betty Boop…), de los cómics americanos de prensa, del cine de Hollywood, de la literatura europea, una amalgama de influencias que cristalizó en La nueva isla del tesoro. La obra supuso un shock instantáneo no sólo para el público japonés, sino para los autores japoneses. Un jovencillo de apenas dieciocho años había abierto un camino nuevo, que anunciaba formas distintas de entender el manga. Un punto de partida que la inagotable capacidad investigadora de Tezuka convirtió casi en una costumbre, en una manera de abordar la creación que le acompañó el resto de su vida.

Tezuka, el renovador.
Si su primera obra rompía moldes, las siguientes volvieron a ser piedras miliares no sólo del manga, sino de la historia del cómic mundial, renovando géneros, formatos y formas de entender la historieta. Tras el éxito de su primera obra, Tezuka se introdujo en la la ciencia ficción con la trilogía de los Mundos Antiguos (Lost World (1948), Metrópolis (1949) y Next World (1951)) abordando un género poco trillado por el manga. Tezuka firma una apasionante saga en la que las influencias de obras occidentales como el Metrópolis de Fritz Lang, el Flash Gordon de Raymond o los clásicos de Verne se mezclan de irrepetible. Como buen espíritu inquieto, dio un giro de 180º y de la ciencia ficción y los clásicos de la literatura pasó a adentrarse en la jungla salvaje con Jungle Emperor Leo (1950-54), la historia de un león nacido entre humanos y que reclama su puesto como rey de la selva. Una obra que supuso el reconocimiento absoluto para su autor y que años después sería la inspiración evidente de la famosísima película «El Rey León» de Disney.
Pero no contento con renovar géneros clásicos con títulos que, por sí solos, le darían lugar en la historia del tebeo, Tezuka llegó a crear géneros propios dentro del manga sin los que es imposible entender hoy en día la historieta japonesa. En 1951 inicia Captain Atom, una versión moderna del Pinocho de Collodi en la que un científico se fabrica un hijo cibernético de cien mil caballos de potencia y poderes increíbles. La serie es un éxito arrollador y pronto pasa a denominarse Tetsuwan Atom (aunque es más conocida en Occidente como Astroboy), desatando la pasión por los mangas de ingenios mecánicos (el mecha-manga). Apenas unos años después, realizaba Ambassador Magma (1965), las aventuras de un gigantesco robot controlado por un niño en el que se avanzaba a toda la moda de robots gigantes como Mazinger Z.
Dos años después de la creación de Astroboy, un nuevo cambio radical de rumbo le lleva a crear una comedia romántica Ribon no Kishi (1953) (“La princesa Caballero”), una historia de princesas escondidas y amores imposibles que desata pasiones entre las niñas niponas, siendo justamente considerada como el primer shojo-manga o manga de género femenino, germen de un fenómeno propio el mercado japonés: el altísimo porcentaje de mujeres consumidoras de historieta.
La lista de ejemplos donde Tezuka se adelantó a su tiempo no queda ahí. Se adentró en el género histórico con adaptaciones de relatos tradicionales japoneses como la leyenda del Rey Mono (Son Goku the Monkey, 1952), un cuento que en los noventa saltaría a la fama gracias a la versión de Akira Toriyama (Dragon Ball), deudora en muchísimos aspectos de la interpretación de Tezuka; adaptó la vida de Buda (Buda, 1972) en una larguísima obra de casi tres mil páginas en la que hace un recorrido de la mítica vida del fundador de la religión budista. Incluso en sus últimos años se introdujo en la tempestuosa transición entre el periodo Edo y el Meiji con Tezuka’s Ancestor Dr. Ryoan (1981).
La fantasía más pura tuvo también su oportunidad en la obra de Tezuka, protagonizando la que es llamada la obra de su vida, Hi no Tori (Fénix) (1967-1989), una monumental obra que parte del mito del ave Fénix para contar historias tradicionales japonesas y, paralelamente, realiza un estudio de la naturaleza humana tan excitante como soberbio.
Nada se escapaba a la capacidad innovadora de este autor. Incluso aprovechando sus conocimientos de medicina, inventó un género de historias médicas a medio camino entre el thriller y la denuncia social de la que serían máximos exponentes Oda a Kirihito (1970), la odisea de un médico enfermo de una terrible enfermedad deformante y Black Jack (1973-1984), las aventuras de un excelente cirujano que ofrece sus servicios al mejor postor. Una denuncia social que se descarnaría y alcanzaría sus máximos extremos en dos obras magistrales: Ayako y Adolf.

Tezuka, el humanista
El movimiento gekiga, nacido a finales de los 50, planteaba que los mangas tocasen temas de la calle, realistas, que hablasen de los problemas de la gente. Muchos de los autores que siguieron este estilo veían precisamente en Tezuka un ejemplo a no seguir, quizás fijándose más en su estilo gráfico de grandes ojos y espíritu infantil que en el claro y abierto compromiso del autor con sus ideales. Hombre de profundo humanismo y abierto de miras hacia el progreso, usó todas y cada una de sus obras como tribuna desde la que hablar acerca de sus inquietudes, siempre desde una perspectiva radicalmente opuesta al conservadurismo social imperante en Japón. Incluso obras aparentemente infantiles esconden una segunda lectura en la línea de sus ideas. Así, Astroboy no deja de ser una parábola sobre la importancia de la ciencia y la tecnología en un Japón que apenas salía de las terribles consecuencias del uso violento de la energía atómica. Un mensaje de apertura que sigue siendo válido en casi toda su obra, tanto en las historias de género fantástico o de ciencia ficción como en cualquier otra. Tezuka cree firmemente en la necesidad de abrirse a un futuro que no puede tener anclas en una tradición ancestral, pero donde sus ideas logran un protagonismo absoluto en sus obras más adultas. Ayazo (1972), por ejemplo, puede resumir perfectamente toda su ideología. En las casi seiscientas páginas de esta obra, Tezuka es capaz de hacer un radiografía exacta y rigurosa de la situación creada en el Japón que salió derrotado de la II Guerra Mundial, transmitiendo de forma cristalina los sentimientos de un pueblo que se debatía entre las miserias y las mafias que buscaban dominar el país. Paralelamente, Tezuka ataca los atavismos feudales de una sociedad que sigue anteponiendo las tradiciones a las libertades individuales, contando la historia de la joven Ayako encerrada por sus padres para evitar el deshonor. Una durísima obra en la que no hay ganadores sino únicamente perdedores, un lugar donde la visión del autor es desagarradoramente pesimista, sin atisbo alguno de piedad hacia ninguno de los protagonistas. Con una endiablada capacidad consigue que cada personaje es un paradigma de cada uno de los males que, según él, atenazan a una sociedad anclada en el pasado, creando víctimas del odio, la envidia, la ambición o la ignorancia.
Un compromiso con el humanismo que reflejó claramente en Fénix, la obra que desarrolló durante casi treinta años haciendo un repaso a las pasiones humanas, a todos los defectos y virtudes del ser humano, reflejados en el mito de la resurrección, del fuego reparador que es capaz de consumir y volver a lanzar desde sus cenizas a un ave de belleza incomparable. Una creación inmensa, que recuperaba en diferentes momentos de su vida y que iba recogiendo una evolución personal en la que no había pasos atrás y que se resumió en una obra final magistral, exponente perfecto del camino recorrido anteriormente.
Adolf (1983) es la historia de tres hombres que comparten nombre pero siguen destinos bien diferenciados. Con la excusa argumental del supuesto origen judío de Adolf Hitler, Tezuka trama una complejísima historia donde dos niños, Adolf Kamil y Adolf Kauman, siguen caminos bien diferentes, ejemplificando la deriva del pueblo alemán atraído por el nazismo y la implacable persecución judía. Pero de nuevo, tras una milimétrica estructura narrativa, encontramos una historia de honda humanidad, que habla de amistad y de la verdadera naturaleza de las emociones humanas.

Tezuka, narrador visual
Tanto la vanguardia como el compromiso de este autor se sustentan en una capacidad artística casi inhumana. Si su estilo gráfico, deudor de la animación americana de los años 30, permaneció casi inmutable durante sus cuarenta años de profesión, su narrativa es toda una enciclopedia de recursos del arte secuencial. Cada una de sus obras descubre una cuidada planificación, una elección de perfectos encuadres que, en muchos casos, se avanza décadas a lo que luego se vería en el mundo del cómic. Conocedor como pocos de las tiras de prensa clásicas americanas de los años 20 y 30, Tezuka incorpora a sus obras un dinamismo y un sentido de la narrativa único. Incluso en obras menores como Crimen y Castigo (1953), la adaptación del clásico de Dostoievski, encontramos ejemplos de la capacidad narrativa de este autor: escenas que transcurren en tres pisos diferentes compuestas en paralelo sin que el lector sea consciente de la complejidad de la planificación de la escena, tan sólo del flujo narrativo natural.
En todas sus obras Tezuka consigue imprimir velocidad y dinamismo a la acción y pasar sin solución de continuidad a escenas dialogadas con una naturalidad aplastante, influida en muchos casos por los grandes clásicos cinematográficos tan del gusto del autor. Una característica que pasa a menudo desapercibida para el lector demostrando precisamente la grandeza de la narrativa de Tezuka: conseguir llevar al espectador allá donde él quiere, ralentizando o acelerando su ritmo de lectura según las necesidades de la narración.
Y todo, basando en el dibujo toda la fuerza narrativa, despojando las viñetas de textos redundantes y expresando gráficamente todo aquello que otros autores anteriores perdían en textos infinitos, enfatizando al máximo el concepto de arte secuencial.

2004, el año de Tezuka
Paradójicamente, el conocimiento de Tezuka en nuestro país ha sido inversamente proporcional a su talla como autor. Desconocido durante décadas, sus obras comenzaron a ser introducidas con la edición Black Jack por parte de Glenat a finales de los noventa. A partir de ahí, una larga pausa que fue interrumpida por la edición de Adolf de Planeta DeAgostini en 2000, todo un pistoletazo de salida para la edición de un buen puñado de obras del maestro. La misma editorial publicó las enormes sagas de Buda (2002) y Fénix (iniciada en el mismo año pero paralizada en el momento de escribir este artículo a la espera de decidir el formato final de su edición), mientras que otras dos casas lanzaron sendas colecciones Tezuka. La barcelonesa Glénat comenzaba la edición cronológica de Astroboy en el salón del manga del 2003, a la que seguirían este mismo año, la trilogía de los mundos antiguos con Metrópolis y el gérmen del shojo La Princesa Caballero. Por su parte, la madrileña Otakuland se encargaba de poner durante en el mercado Crimen y Castigo, Oda a Kirihito y la fundamental Ayako, convirtiendo el 2004 en el “año Tezuka” en España.
Esperemos que esta explosión de interés por el creador del manga moderno no se detenga y, al menos, veamos las obras fundamentales de este autor traducidas al castellano. Pensar en ver toda la obra de Tezuka en nuestro país es una utopía, pero a veces, de ilusión también se puede vivir.

17 Comentarios en “Tezuka

  1. SinTapujos on 4 noviembre 2010 at 15:06 said:

    Ahora mismo estoy a punto de terminar de leer El árbol que da sombra. ¡Qué bueno es Tezuka! Buff!

  2. salvador on 4 noviembre 2010 at 15:14 said:

    El árbol que da sombra es genial, su black jack tiene historias excelentes, y algún astroboy que he leído también me ha gustado.

    Ahora tengo Adolf, a punto de iniciarlo, poco a poco, pues siendo una obra maestra quiero saborearlo.

  3. Tachuela on 4 noviembre 2010 at 17:11 said:

    Ayako, Adolf, Buda, Kiri-Hito… La Princesa Caballero, Bajo el Aire, Crimen y Castigo… No hay nada de Tezuka que no me haya gustado hasta ahora.

    El problema es lo que comenté en otro lado: a los otakus no les gusta porque les parece "infantil" (sic), y los no otakus no le conocen porque no quieren leer en sentido oriental. Consecuencia: un autor incomprensiblemente olvidado.

  4. Golgo 13 no tiene nada que ver con robots :S

    • Álvaro Pons on 4 noviembre 2010 at 17:31 said:

      Es verdad Chule, cuando lo escribí me confundí y al copiar aquella versión he mantenido el error.Ay! la memoria…

  5. Fran Saez on 4 noviembre 2010 at 17:28 said:

    Tachuela, ellos se lo pierden :-) A mi me encanta ese look infantil, me parece cojonudo, es como si a Crumb le criticaramos q dibujara al estilo tambien algo infantil de los 50 o antes, precisamente ahi esta la gracia y el choque, q la forma y el fondo no tienen porque ser iguales obligatoriamente.

    Para mi Crimen y Castigo no cuaja en el estilo narrativo de Tezuka, pero para todo lo demas ¡MAESTRO! Como me he sorprendido a veces maravillandome con una historia de Astroboy, supuestamente dirigido al publico infantil. Y con todas sus obras (quizas exceptuando Shintakarijima o "Nueva isla del tesoro", en la q, sin desmerecer su valor historico, se ve quizas en exceso los "engranajes" de un autor en vias de experimentacion con los nuevos medios) me sorprendo de lo actuales y frescas q me resultan.

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  7. Últimamente no se edita nada nuevo de Tezuka. Me gustaría una edición completa y en condiciones de Fenix, por ejemplo. Por lo demás, y hablando desde un desconocimiento parcial, Tezuka me parece el autor de comics más completo de todos, y no hago excepciones. Es la venganza de Japón contra América por la Guerra Mundial, no me cabe otra explicación. Al lado de Tezuka, muchos grandes se empequeñecen de repente.

  8. Es muy poca cosa, y una obra menor del maestro. Cuando cerró Recerca, se cancelaron muchas publicaciones de Tezuka que podrían ser retomadas. Claro que hay una cosa llamada crisis.

  9. Son muy interesantes en las ediciones españolas de la obra de Tezuka, incluido Pluto, los artículos que suelen acompañarlas, te acabas enterando del dia a dia de Tezuka en sus inicios a traves de sus diarios, de las visicitudes por las que pasaron sus obras hasta el punto de tener que redibujar algunas, de como la saga de Pluto en Tetsuwan Atom fué una concesion a la comercialidad (batallitas de robots de moda) que le llevo a coger cierta ojeriza a su personaje (no hay mas que ver como lo putea en el manga…), etc.

    Sería genial tambien poder contar con ediciones de sus primeras obras de animación, en youtube pueden encontrarse fragmentos de Dororo y otras que rezuman nostalgia y originalidad a partes iguales…

  10. David. on 4 noviembre 2010 at 22:50 said:

    Un maestro total y absoluto. Aunque reconozco que dejé "Buda", tanto Ayako como sobre todo Adolf son absolutamente magistrales. La capacidad de retratar personajes, de generar emociones, de idear tramas… De verdad que si me pongo a pensarlo mucho igual hasta le pongo como el autor de tebeos más importante de la historia de este medio… Seguiré leyendo lo que pueda de él.

    Saludos.

  11. Dicker on 5 noviembre 2010 at 2:18 said:

    Mi debilidad es Fenix.

    Podría llegar a decir que es el más grande de todos los tiempos, aunque haya otros autores que me hayan gustado más, como Alan Moore (aunque este sólo guionista) o mi Miller (esperamos su advenimiento de nuevo).

    Pero su producción es tanta y de tanta calidad…quizás si Urasawa vive mucho tiempo…

  12. etsaibat on 5 noviembre 2010 at 13:26 said:

    tambien hay que recordar otras obras como MW, con un trasfondo politico y social (habla de la homosexualidad abiertamente), o el tomo Bajo el aire, que recopila varias obras cortas.

  13. Hola soy del http://puntoycomic.blogspot.com/ y he recomendado el artículo en mi blog. Que bueno es Tezuka y que buena la reseña. Felicidades por el blog, es la primera vez que hago un comentario, pero hace mucho tiempo que lo sigo. Pro cierto coincido con etsaibat en que también es muy destable MW.

  14. A mi me encanta Tezuka.

    A mi y a 599 más.

    Me temo que veremos poco Tezuka próximamente.

    Esto contaba Joan Navarro:
    http://navarrobadia.blogspot.com/2009/05/comumica

    Un ejemplo: durante varios años tuve que comerme el marrón en todas las presentaciones de Glénat de alguien que me recordara que habíamos interrumpido Black Jack de Tezuka.

    Hemos vuelto a publicarla unos años después, creyendo que el mercado ya conocía lo suficiente la importancia de la figura de un autor como Osamu Tezuka y, sobretodo, pensando en la enorme calidad de Black Jack.

    Estamos vendiendo 600 ejemplares de cada número.

    Perdemos lo que no está escrito y con dos cojones acabaremos la colección.

    Por favor, ¿alguien podría darnos las gracias?

    Yo por si acaso ya les digo que no se merecen.

  15. Pingback: TamTam » “Osamu Tezuka”, visto por Álvaro Pons

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