Increíble

Increíble: momentos antes de iniciarse el primer episodio de Walking Dead en FOX… ¡un anuncio de Planeta de la serie de cómics! Suena lógico, pero en este mundillo es sorprendentemente extraño…

Asterios Polyp

Una buena parte de la afición exigía a David Mazzucchelli que su nueva obra en solitario, Asterios Polyp, fuese la gran novela gráfica del siglo XXI, la revolución definitiva, una especie de punto de inflexión sin retorno en el noveno arte. Razones había: no es un autor prolífico, pero es obvio que su obra está jalada de títulos indispensables que hablan de un autor inquieto al que Frank Miller empujó en su evolución de forma drástica. Born Again, Batman Year One o Ciudad de Cristal, por no hablar de la sugerente experiencia de su revista Rubber Blanket, es un palmito suficientemente importante como para sentirse en condiciones de exigir mucho a una obra que ha tardado quince años en ver la luz. Sin embargo, es profundamente injusto: si no nos dejamos llevar por la impaciencia de la expectación, parece obvio que a la vista de la obra anterior, a este reto en solitario se le debería exigir que fuese una evolución de sus propuestas en Rubber Blanket pasadas por el tamiz experimental que ejercitó junto a Karasik en Ciudad de Cristal. Con ese planteamiento, mucho más pausado y prudente, la lectura de Asterios Polyp toma una perspectiva completamente distinta, el de una obra sugerente y abierta, con no pocos aciertos y sorpresas, en la que Mazzucchelli aborda un doble objetivo: por un lado, ahondar (que no innovar) en el análisis de las posibilidades formales del medio; por otro, plasmar en una obra sus inquietudes personales, sus dudas y miedos privados sobre temas universales. Conjugar ambas cosas era complejo, así que lo más sensato era no pillarse los dedos y partir de una estructura argumental clásica y de probada validez, condiciones que durante casi 3000 años ha cumplido el largo viaje de Ulises para volver a su querida Itaca, un camino iniciático que se muestra como andamiaje perfecto sobre el que el autor reflexionará sobre temas tan variados como la creación, la religión, la muerte y las relaciones personales.

Quizás se podría pensar que hay un exceso de ambición y de trascendentalidad en este punto de partida, pero Mazzucchelli acierta a la hora de plantearlos desde ese alter ego que es Asterios Polyp, un arquitecto dedicado a la docencia que no ha conseguido que ninguno de sus proyectos vea la luz, una descripción que puede aplicarse fácilmente al propio autor, dedicado también a la enseñanza y que durante quince años apenas ha publicado pequeñas colaboraciones a la sombra de su esperado proyecto personal. Cansado de la vida de pulcro diseño que vive, un acontecimiento fortuito será el pistoletazo de un viaje de su ego ficcional, que se irá articulando como espacio para un torrente de pensamientos e ideas, a veces aparentemente inconexas, otras simuladamente hiladas, pero que poco a poco se van configurando como un ideario personal, un reflejo de la propia personalidad del autor a través de sus reflexiones filosóficas. Sin embargo, pese a la evidente conexión personal, Mazzucchelli se sigue refugiando en las sombras: el concepto de dualidad que sobrevuela en todo momento el libro alcanza su máxima expresión en la propia plasmación de la obra. Si habitualmente el narrador del relato es el anclaje del autor dentro de la ficción, en Asterios Polyp esa voz actúa de contrapunto paradójico de sí mismo, toma la forma de Ignazio, el hermano gemelo muerto de Asterios para que el autor se enfrente a su alter ego, poniendo en duda sus propias ideas, en ejercicio no exento de una sana ironía que alcanzará la calificación de sarcasmo salvaje en un inesperado final que certifica el cómico absurdo, todo un non-sense, de la existencia.

Ideas y conceptos para los que Mazzucchelli construye un vasto edificio formal, en el que hará gala de paciencia para encajar todos los recursos narrativos que la historieta pone a su disposición. No le hace falta inventar ninguno, tan sólo toma el amplio catálogo que tiene para ir encadenándolos según sus necesidades: el uso del color como elemento atmosférico, la tipografía como vehículo de narratividad gráfica propia, el estilo del trazo como configurador de personajes, la composición en todas sus formas… Todos viejos conocidos, pero que Mazzucchelli configura con acierto hasta dar un indudable aspecto de novedad. Como el cocinero que es capaz de romper la tradición pese a trabajar con los ingredientes de siempre, el dibujante demuestra hasta qué punto los recursos gráficos de la historieta se pueden conjugar sin limitación para seguir sorprendiendo. El elegante uso de una paleta de primarios básicos (cyan, magenta y amarillo), donde no hay lugar para el negro y sí para un rojo pasional y violento que estará reservado sólo al oponente natural de la dualidad del hombre, a lo femenino, que comienzan como delimitadores temporales pero que poco a poco irán mutando, recombinándose hasta generar colores reales a medida que Asterios va configurando una identidad. El color, esa característica de la naturaleza que sólo está en la percepción humana, actúa así como medida de la identidad de la realidad. Pero, también, en ese uso de la tipografía y el trazo tanto como definidores de la personalidad de sus personajes, que son caracterizados únicamente desde el grafismo sin necesidad de descripciones literarias, como descriptores de situaciones y sentimientos, en un ejercicio de economía narrativa que apuesta por el dibujo como la voz de la historieta.
Y, por supuesto, la composición, donde Mazzucchelli hace un repaso histórico casi canónico, desde Herriman o King hasta Steranko, Miller o McCloud, por solo citar algunos., y que tendrá su máximo desarrollo en un capítulo que, a mi entender, justifica por sí sólo toda la obra: un capítulo mudo en el que en apenas ocho páginas Mazzucchelli plasma como sólo la historieta puede hacer la esencia de la convivencia, del cariño y el amor.
Todo, sin olvidar el uso de la decoración y el diseño como elementos de ambientación de obligado cuidado.

El resultado final es un sugestivo libro en el que si bien el exquisito cuidado y trabajo de lo formal puede apabullar, no es más que un andamiaje preciso y necesario para el más cercano e interesante ejercicio de exhibicionismo intelectual y sentimental que realmente constituye la base de Asterios Polyp. No es la obra maestra que muchos esperaban, pero es sin duda uno de los mejores libros que se podrán leer este año. (4)
(Hay que hacer mención especial a la labor editorial, que tenía ante sí un reto importantísimo de traducción, maquetación e impresión que se resuelve con la máxima nota en una edición perfecta.)

Novedades de La Cúpula de noviembre

(**)- Los gatos son raros, de Jeffrey Brown. BN. 122 páginas. 16,5 x 16,5 cartoné P.V.P.: 18,00 €
(**)- La cara más dulce de R. Crumb, de Robert Crumb 122 páginas BN 21,5 x 28 cartoné P.V.P.: 18,00 €
(*)- Pastitas de hojaldre, de Ralf König 68 páginas color 21 x 28 rústica P.V.P.: 12,00 €
Kiss comix 230, de Varios autores 68 páginas 20,5 x 26,5 grapado P.V.P.: 4,20 €
(*) – Bukowski-Schultheiss, de Matthias Schultheiss 168 páginas BN 17 x 24 cartoné P.V.P.: 18,00 €
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5th of November

Remember, remember, the 5th of November
The Gunpowder Treason and plot;
I know of no reason why Gunpowder Treason
Should ever be forgot.
Guy Fawkes, Guy Fawkes,
‘Twas his intent.
To blow up the King and the Parliament.
Three score barrels of powder below.
Poor old England to overthrow.
By God’s providence he was catch’d,
With a dark lantern and burning match
Holloa boys, Holloa boys, let the bells ring
Holloa boys, Holloa boys, God save the King!
Hip hip Hoorah!