El arte de volar

Recupero la reseña que hice de El arte de volar, flamante Premio Nacional de Cómic:

En Carta al padre, Kafkfa expresaba en una misiva a su padre todo aquello que no fue capaz de decirle en persona. El hijo escribe para un padre que nunca leerá su carta. Las cartas expresan sus sentimientos encontrados hacia la dominante figura paterna: amor y odio, dolor y respeto, impotencia y liberación…, dejando que la literatura actuara de caja de resonancia de sus pensamientos. Un ejemplo de cómo la relación con nuestros padres siempre ha sido un tema literario, pero es la muerte del padre el detonador máximo de la reflexión : el primer suceso de nuestra vida que nos hace realmente conscientes de nuestra propia muerte anunciada.
art00Antonio Altarriba también escribe para un padre que nunca leerá su mensaje. Pero no lo hace para reprochar: a diferencia de Kafka, intenta conocer a un hombre que resultó ser un desconocido. Su padre se suicidó a los 90 años, en una especie de corte de mangas a la muerte que le rondaba, rompiendo los esquemas de un hijo que se negaba a entender lo ocurrido hasta que descubrió un diario. Unas anotaciones que llevaban la firma de su padre, pero que descubrían a alguien muy distinto al que él conoció. Demasiados cabos sueltos, demasiadas preguntas que sólo obtendrían una respuesta reconstruyendo por completo la figura de su padre. No había sitio ni tiempo a los rechazos y quejas. No tenía sentido reprochar a un desconocido: la única posibilidad era ordenar aquellos recuerdos para armar una realidad, un pasado que explicara y diera luz a la figura de Antonio Altarriba, el padre. El arte de volar es esa historia, esa minuciosa labor de investigación que va componiendo una fotografía rota en mil pedazos y de la que no se tiene más pistas que un nombre. El nombre que padre e hijo compartían y que en ese momento final se alza como su único nexo en común, como el punto de partida para volver a vivir una historia. Antonio, hijo, se convierte en Antonio, padre, para entenderlo y conocerlo. Y comienza un largo camino de descubrimiento, muchas veces doloroso, que le llevará desde la infancia a la senectud, de la alegría a la desesperanza. Conoceremos a un niño que quería volar y que terminó siendo un peón más en la historia. Una historia dura, la de una España que vivió una guerra y una dictadura. A través de su peripecia vital sabremos, también, de la injusticia de la guerra, del exilio… De la desgracia de salir de una guerra para entrar en otra, de la vuelta de los derrotados, de la sumisión a los poderosos y de la transformación de rebelde en engranaje de un sistema que fagocita. Pero también, de cómo la vida nos impone los comportamientos y nos obliga, nos transforma en piezas que se mueven con la ilusión de libre albedrío que, realmente sólo nos deja lugar a decidir cuándo queremos salir de la corriente que nos lleva. Como hizo Antonio, el padre, que un día saltó al vació en el único acto de verdadera voluntad que le queda al ser humano: elegir su propia muerte.
Una obra compleja y ambiciosa, para la que Altarriba necesitaba un compañero sobre el que descargar la responsabilidad de la narración gráfica mientras él se centraba en el descarnamiento de sus sentimientos. La elección podía parecer sorprendente. A fin de cuentas, Kim es un autor que está encasillado y aplastado por la leyenda de una de las series más conocidas de la historia del tebeo español, Martínez el facha, un personaje tan potente que había fagocitado casi por completo a su autor. Sin embargo, aquellos que recuerden al Kim de las historias de los primeros Rambla, y al que se destila por las historias sueltas que publica en El Jueves de tanto en tanto, sabrán de un autor de inmensa capacidad gráfica, detallista, de facilidad en la expresividad de sus personajes y de narración fluida. Unas capacidades que resultan ideales para la historia de Altarriba: a las pocas páginas de lectura es imposible imaginar la historia con otro dibujante. Kim se vuelca y trabaja las viñetas con meticuloso cuidado, exprimiendo la puesta en escena con una documentación rigurosa y extensa, sin alardeos compositivos. La narración fluye de viñeta en viñeta, sobriamente, dejando que el lector apenas se entretenga en lo superfluo, centrándose en la historia. No es fácil la labor de Kim, hay una sobrecarga literaria en la elección argumental que debe compensarse con lo gráfico. Largos textos donde Antonio, hijo, reflexiona sobre su padre, o través de la voz de su padre, que se articulan como un nivel secundario de lectura, en una especie de composición paralela entre la voz del narrador y la secuencia dibujada. Realidad y reflexión deben entretejer un tejido común que está hilado por la labor gráfica de Kim, que consigue ese difícil equilibrio, sin dejar que lo literario entierre a lo gráfico, consiguiendo que ambas narrativas discurran necesitándose mutuamente. No debe haber sido fácil hacer El arte de volar para Kim. Es cierto que el guionista ha sacrificado su intimidad exponiendo sus sentimientos, en un ejercicio de dolorosa sinceridad. Pero a cambio de aquél, que tenía la recompensa de la catarsis íntima, el dibujante no tendrá premio en su particular inmolación, ocultando su trabajo, haciéndolo invisible al lector para que éste sólo se deje llevar por la historia de los Altarriba. No está de más, tras leer el álbum, volver a sus páginas, al azar, olvidando la historia para admirar el exquisito trabajo del dibujante, para comprobar cómo lo que parecía un simple camino por el que anduvimos está perlado de diminutas maravillas y hallazgos, de un trabajo hercúleo e inconmensurable.

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Tras cerrar la última página, uno es consciente de que ha leído una obra impresionante, pero quizás sólo el poso de la reflexión posterior es capaz de poner en su justa medida qué significa El arte de volar. Como introspección personal, es una obra que se codea de igual a igual con otras que trataban el mismo tema, con los Spiegelman, Taniguchi o Ware. Quizás sin sus filigranas y exquisiteces formales (acercándose más, posiblemente, a la obra del japonés), pero con una profundidad en la reflexión tan aplastante y categórica como las que se desprendían de aquéllas. Solo por eso, la obra de Kim y Altarriba merece estar en los altares del noveno arte. Pero es que, además, se permite el lujo de proporcionar, a mi entender, uno de los relatos históricos más lúcidos y enriquecedores que se ha visto en historieta. En su largo periplo por la vida de su padre, Altarriba nos presenta un fresco de la historia de este país inédito, que habla del exilio y del retorno, de la vida de los perdedores desde una visión pragmática, que habla de la pérdida de las ideologías, de credos que cambian y se olvidan. De las ilusiones de los ciudadanos de a pie, de los españoles que sólo querían vivir tranquilamente el día siguiente. Un documento inestimable y que, sin duda, se convierte testimonio fundamental de nuestra historia. Y, por si fuera poco, se cierra en álbum con un capítulo descorazonador, aterrador si se quiere, que da una réplica lúgubre al discurso de esperanza sobre la vejez que hasta hace poco recibíamos. Ingenuamente pensábamos que saber desde el principio del triste final amortiguaría los sentimientos, pero Altarriba, hijo, quita en el último momento esa red para que sintamos el mismo golpe que su padre, esa realidad transformada en cemento que le quitó la vida y contra la que el lector al final, tendrá que desplomarse igualmente.
A mi entender, una obra maestra inapelable. (5)

Premios Expocómic 2010

Ya esta abierto el voto para los Premios Expoóomic 2010, cambiando un poco el sistema respecto a los años anteriores, para facilitar el voto directo de todos aquellos que quiera votar este año así como proponer diferente opciones o gustos personales.
El periodo de votación es desde el Lunes 15 de Noviembre hasta las 23:59 del Miércoles 8 de Diciembre para obras publicadas entre Noviembre de 2009 y Octubre de 2010.
http://www.expocomic.com/index.php/expocomic/premios-expocomic-2010/