El invierno del dibujante

No puedo ser imparcial al valorar El invierno del dibujante. Lo siento, sorry, pero no. Imposible. Lo intento, le doy vueltas y, por más que se las doy, más esfuerzo me cuesta no dar saltos de alegría incontenible ante la nueva obra de Paco Roca. He tenido la inmensa suerte de ir siguiendo la creación de este álbum desde sus inicios, desde esa conversación informal en la que Paco me anunciaba – no voy a negar que ante mi sorpresa- que quería contar la historia de la creación de la mítica Tío Vivo, hasta páginas que me ha ido mandando, primero en blanco y negro, luego ya con el color, que sólo hacían que aumentar mi impaciencia y mi expectación. A medida que la obra iba creciendo, no era difícil ver que estaba naciendo el mejor trabajo de Paco. Su dominio de la narrativa, que ya era sólido y patente en sus últimos trabajos, era aquí aplastante, se atrevía con escenas complejísimas desde la perspectiva de la historieta, largas conversaciones en un escenario fijo que espantarían a los autores más veteranos, un relato de personajes reales con situaciones y escenarios que no dejan salida a la imaginación y obligan a la rigurosidad documental… Y una historia, reconozcámoslo, poco o nada comercial: por mucho que yo considere los años 50 del tebeo español como una de las épocas más fascinantes de nuestra historieta, por mucho que alabe y ensalce a los Conti, Cifré, Escobar, Peñarroya, Nadal o Vázquez que hicieron grande al DDT y a éste Tío Vivo, son los grandes olvidados de nuestra historia. Ya nadie los recuerda y, me atrevo a decir, a nadie le interesa que un puñado de dibujantes intentaron rebelarse contra las normas establecidas.
Sin embargo, Paco se atrevía con todo y, con el resultado encima de la mesa, sólo puedo decir que toda expectativa ha quedado espectacularmente superada. El invierno del dibujante es mucho más que la historia del Tío Vivo. Es un brillante acercamiento a un momento crítico de la historia de este país a través de la aventura de un pequeño grupo de dibujantes, de “ninotaires” que hacían tebeos para niños y que decidían que tenían derecho a controlar su vida. Recordemos la situación: años 50 en España, los primeros momentos del fin de la hambruna de la posguerra, el inicio de ese particular plan Marshall que tan bien retratara Berlanga, el entreacto entre el hambre, el fin de la autarquía y el desarrollismo de los 60. Una situación de tránsito en la que la España que sobrevivió la Guerra Civil se atrevía a mirar por fin hacia arriba para darse cuenta de que la losa de la dictadura franquista estaba todavía ahí. De forma consciente o inconsciente, Roca plasma un retrato único de la situación social de la época a través del contraste entre la figura de Rafael González Martínez y los dibujantes “díscolos”. El primero, represaliado por el franquismo, obligado a alejarse de la literatura y el periodismo durante años, que encontró en Bruguera un espacio donde poder volver a escribir (y crear personajes como El reporter Tribulete, El inspector Dan, Don Berrinche o Doctor Niebla) a la par que llegaba a dirigir la editorial, representa la España doblemente derrotada, a aquellos que fueron castigados y reprimidos y que, paradójicamente, después terminaron asimilados por el régimen, formando parte activa de la cadena y convirtiéndose a su vez en opresores. No tanto desde una perspectiva política como desde la propia humana, quizás más triste si cabe: a medida que la Editorial Bruguera iba creciendo hasta el monopolio, iba alejándose poco a poco de aquella empresa familiar que se atrevió a acoger a los perseguidos del régimen franquista para ser cada vez más un monstruo mecánico que devoraba a sus hijos, un inmenso Cronos corporativo que olvidaba su humanidad para ejercer una explotación salvaje de los dibujantes. Una transición de la que Rafael González fue símbolo y cara reconocible. Más allá de los tópicos y exageraciones que puedan circular sobre la figura del que fuera director artístico, Paco consigue un retrato que desnuda completamente la humanidad del personaje, que es capaz de mostrar simultáneamente la superficie rocosa que nos ha llegado de las anécdotas, pero adentrarse también en la contradicción interna que sufría, traducida en una amargura perenne que sobrevuela su presencia, perfectamente perfilada por un dibujo tan expresivo que permite leer mucho más allá que los sentimientos.

Enfrente, unos dibujantes rebeldes que simbolizan esa España que comenzaba a ser consciente de estar en una dictadura. De esos tiempos de la Oposición Sindical Obrera y los primeros llamamientos de huelga general en Cataluña, de los primeros movimientos estudiantiles universitarios que se alzaron contra la hegemonía del SEU… El intento de tener una voz distinta de la establecida, simplemente de tener derecho a elegir sobre su propia carrera y obra parece una anécdota pequeña, pero en ese momento de la historia de España es toda una metáfora de la lucha incipiente contra la dictadura.
El invierno del dibujante muestra algo más que la tópica visión de las dos Españas de vencedores y vencidos: consigue a través de ese contraste un retrato de la compleja realidad de una sociedad dividida entre los que habían aprendido a vivir con la dictadura y otra que se rebelaba contra ella. Una situación que tenía un tercer actor, que creo que la figura de Vázquez resume perfectamente y que Paco clava describiéndolo no con el papel de traidor que muchas veces se le ha asignado en este episodio del tebeo español, sino como un Pepito Grillo lleno de realismo contundente que acepta la derrota antes de haber luchado, a sabiendas de que es una batalla imposible. Un papel que terminará siendo, por desgracia, profético: la lucha de David contra Goliat no puede repetirse y el fracaso será mucho más que una derrota: es volver con la cabeza baja y asumir que no hay más salida que aceptar lo que hay resignadamente. No hay lugar siquiera para la ilusión de libertad.
Pero independientemente de esta posible lectura, a mi entender interesantísima, hay un mensaje mucho más evidente en la última obra de Paco: el amor apasionado por la historieta, plasmado en la reivindicación entusiasta de un grupo de dibujantes que puede ser calificado, sin duda alguna, como el más brillante que ha tenido el tebeo español. Los Conti, Cifré, Nadal, Peñarroya, Escobar, Giner y, por supuesto, Vázquez llevaron la historieta a unas cotas nunca vistas, con un humor descarado, vivaz, que se atrevía a dar la réplica a la censura con unas historias de apariencia infantil que escondían una crítica mordaz de la sociedad que les tocó vivir. Pero no sólo eran testigos y escribanos de su tiempo, los dibujantes del Pulgarcito, DDT y Tío Vivo eran artistas hiperdotados en lo gráfico: es difícil no sentirse abrumado por la síntesis brutal de Conti, la elegante línea de Escobar, antecedente real de la línea clara en nuestro país, la fuerza y vitalidad del trazo de Vázquez, la perfección académica de Nadal o la genial asimilación de los principios del gag animado que firmaba Cifré… Paco evita caer en la tentación absurda de transformar el proyecto de una nueva revista autogestionada en una aventura colosal y épica (¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto esto en el cine!) para desgranar precisamente las personalidades de cada dibujante, centrándose en esos matices sutiles que les diferenciaban en los artístico y lo personal, en un ejercicio soberbio de expresividad de sus personajes y de desarrollo de los diálogos. Vale la pena perder un buen rato para estudiar la cuidada caracterización de cada personaje, cada uno con una gestualidad definida y claramente diferenciada, que se complementa con una cuidada representación documentada curiosamente no basada en la realidad, sino en las autocaricaturas que los dibujantes hacían de sí mismos, lo que refuerza esa emotividad del trazo de Paco.
El juego de espirales autoreferenciales no puede ser más enrevesado: un dibujante que realiza una historieta sobre dibujantes que quieren defender sus propias voces en una revista de historieta. Pero Paco, de nuevo, sabe salirse victorioso con un planteamiento coral que cuida todos los aspectos: desde ese montaje de asincronismo radical, de saltos en el tiempo que dejan de lado la descripción puramente historicista para que el lector se centre en la reflexión sobre los hechos, hasta esa labor ingente y exhaustiva de documentación plasmada en los fondos y escenarios, pero que se ve multiplicada por el uso de una atmósfera propia para cada capítulo conseguida a partir del uso inteligente de la paleta cromática. Incluso la inserción de las clásicas anécdotas de Vázquez tiene una función de engrase de la narrativa, están perfectamente encajadas en la narración para aligerar momentos de tensión y crear contrapuntos que faciliten la lectura.
Todo está medido y cuidado para dar conseguir una obra que, a mí personalmente, me ha emocionado y apasionado. Como decía al principio, no puedo ser imparcial: me parece una genialidad de un autor en estado de gracia.

ATENCIÓN: LO SIGUIENTE ES UNA APRECIACIÓN PERSONAL, CADA CUAL QUE COMPRUEBE SI LE SUPONE UN PROBLEMA O NO:
Me han molestado sobremanera algunos -a mi entender- cambios en la edición que llega a las librerías. Como ya he comentado, cada capítulo tiene un color, una pátina suave de tonalidad que en la edición final me parece ha quedado muy subida de tono, ya sea por decisión autoral o por error editorial, impidiendo apreciar el gran trabajo de color de Paco: los colores se pierden, la reproducción se emborrona y oscurece y la lectura me recuerda una especie de simulación de diferentes tipos de daltonismo. La elección de color por capítulo ayuda a diferenciarlos y es clave en una estructura cronológica alterada como la de esta obra, pero tal cual ha quedado, me parece que esconde el espectacular trabajo de color de Paco. Hay que sumar a este problema un error en la edición: muchas de las páginas finales están en baja resolución, creando desenfoque y pixelado que añadido a lo del color, crea viñetas donde uno pensaría que la “traición” de los dibujantes está impregnada no sólo de alevosidad, sino también de nocturnidad.
Y, también, aunque ya no sea error, una lástima que al final se haya optado por no incluir una serie de fotografías de época que abrían cada capítulo (sustituidas en el último momento por versiones dibujadas). Entiendo que se evitan así problemas de derechos, pero la apertura con esas fotos dotaba al álbum de un aire neorrealista arrebatador.
Espero que los errores de edición se subsanen: no impiden la lectura, pero El invierno del dibujante es una de esas obras que merecen una edición a la altura de su calidad, es una de esas obras que se recuerdan y que perduran, que incluso debería ser leída en los colegios. Tiempo al tiempo.