Onírica

Reconozco que tenía miedo a leer Onírica. De hecho no lo leído estrictamente, me niego a ver el dibujo de Beroy en tamaño minúsculo, cosas mías, pero no he podido evitar volver a esas ajadas ediciones de Toutain de Dr. Mabuse, 666/999, La enfermedad del sueño y la de Norma de Ajeno que conservaba con verdadera pasión. Pero era, repito, una vuelta con recelo y miedos: son tebeos, sobre todo los tres primeros, que me apasionaron, que cuando los leí allá por finales de los 80, los acogí con entusiasmo veinteañero (ay, sí, lo fui…) y me los releí hasta aprendérmelos de memoria. Mabuse y 666/999 se adentraban en el terror juntando por un lado la influencia de mis autores preferidos de terror en cine y literatura, desde Metrópolis a Quatermass, de Lovecraft a Poe… todo pasado por un túrmix en el que se mezclaba sin vergüenza ni prejuicios desde el milenarismo al incipiente mundo digital, desde las apocalípticas visiones milenaristas que comenzaban a advertir del cambio de siglo a los últimos avances científicos, de Jiménez del Oso a Clive Sinclair. Un cóctel imposible ilustrado con un estilo gráfico que se atrevía a hacer de puente entre la estética de la generación Warren y la del hiperdiseño del Madriz, rompiendo moldes sin renunciar a ninguna tradición. Composiciones exageradas que el brutal blanco y negro de Beroy ensalzaba y multiplicaba, retruécanos narrativos que para aquél lector de 20 años, reconozco, suponían el no va más. Entre las obras de Beroy y el Crepúsculo de Pasqual Ferry, andaba yo fascinado sin saber decidirme por cuál era mi dibujante preferido cuando llegaron las historias cortas de La enfermedad del sueño como un mazazo que, con perdón de Ferry, resolvió mi duda: Beroy era el más mejor dibujante español de todos los tiempos. ¡Qué color! ¡Qué historias!
Pero el tiempo pasa. Y los veinte años, claro. Se multiplicaron mis lecturas y fui olvidando a Beroy, aunque siempre tuve especial cariño por esas obras que me fascinaron.
Veintitantos años después, el recuerdo ha seguido ahí, esa sensación de sorpresa y arrebato seguía intacta en mi memoria, cierto, pero la experiencia me decía que muchas de esas remembranzas escondían agrias desilusiones: la nostalgia, el arma de destrucción masiva por antonomasia de la cultura popular, ya había transformado muchas veces, demasiadas, la magdalena mojada en té en algo mohoso y pasado totalmente incomestible. Y era tan, tan bueno el recuerdo que tenía de estas obras, que me negué a volver a leerlas durante lustros.
Pero volví a cogerlos. Los álbumes de Toutain ya no tenían ese olor delicioso a tinta recién impresa, trocado por un rancio olor a viejo que me advertía de la necesidad de tener el Ventolín a mano (los asmáticos me entenderán). Mala señal. Y ya no se podía hablar de “glorioso blanco y negro”, sino de “vetusto amarillo y negro”. Doble mala señal. Y la encuadernación de Dr. Mabuse crujió peligrosamente. Tripe mala señal. Yuyu.
Pero uno, físico convencido en el escepticismo más radical, no cree en eso del yuyu, así que me encomiendo a San Galileo, San Darwin y San Eisner y me lanzo a la lectura. Aguantando la respiración, que el chafón se lleva mejor así, de golpe –y se evita el chupito de Ventolín, también-…
Pero voy pasando las páginas y comienzo a recordar la historia, y comienzo a sentir las mismas sensaciones, casi intactas. Vuelvo a sentirme atraído por esa estética de Lang, del expresionismo alemán más radical pasado por la línea clara de Chaland y Clerc… Y sí, hoy me chirrían algunas cosas demasiado ochenteras, diálogos excesivamente teatrales, pero… ¡qué bien las cuenta Beroy! Voy pasando las páginas de Dr. Mabuse y me entusiasmo, paso la última página y salto raudo a 666/999 con pasión y vuelvo a sentir ese sudor frío del apocalipsis postmoderno que anunciaba. Devoro La enfermedad del sueño y, ya puestos, acabo Ajeno, Las aventuras de Tristán Karma y Versus, que también andaban por la estantería. Y,¡ hala!, beroyzado completamente, hasta miro si hay versión digital para el iPad de La Saga Vorkosigan, su nueva obra para Francia. Pero no, vaya, no está.
Atracón de Beroy. Oigan. Y qué gustazo, menuda magdalena más suculenta, buena y gustosa me acabo de meter entre pecho y espalda, y nada de mojada en té, en Cola Cao de esos que te pones cuatro o cinco cucharadas. Da gusto cuando la nostalgia se comporta…
Vamos, que se lean Onírica. Servidor, eso sí, no pasa por la reducción de tamaño. Beroy ha redibujado cosas, pero uno se queda con un tamaño donde poder apreciar esas composiciones espeluznantes de 666/999, aunque supongo que si no se pueden encontrar las ediciones originales, mejor quedarse con esto que con nada. Que puesto en una balanza, perderse a Beroy es mucho peor.

Zombillenium

Que ser monstruo en estos días de crisis está jodido, es evidente. Aunque los medios anuncian con alegría que los muertos redivivos, ya vampiros, ya zombis, caminan por las calles mordiendo a diestro y siniestro con no poco éxito económico, es de suponer que si existieran en la vida real la cosa sería un poco más jodida. Que ni tendrían ese atractivo juvenil arrebatador de los protagonistas de la saga de Stephanie Meyer, ni se echarían con tanta alegría a la voluptuosa lujuria como los de la serie de Alan Ball. Vamos que ni siquiera se echarían una merienda con la tranquilidad y facilidad de los de Kirkman…
La realidad, es ya digo un suponer, sería más próxima a lo que Arthur de Pins narra en Zombillenium (Dibbuks): que les tocaría hacer de atracciones de feria. Que no es idea nueva, todo sea dicho, no es la primera vez que los monstruos recurren a los feriantes como agencias de colocación, ya en su versión zíngara, ya en su versión moderna post-Browning, pero que el dibujante actualiza al concepto más moderno de parque temático (aunque servidor no ha podido evitar recordar al añorado Reg Parlett y su maravillosa Fantasmas de alquiler, publicada hace (demasiados) años por aquí en la revista Zipi y Zape). Y acierta, porque aunque Zombillenium no sea el colmo de la originalidad, funciona. El atractivo dibujo de Artur de Pins, aquí más realista y próximo a una concepción de la historieta derivada de la animación (que recuerda poderosamente, tanto por estilo como por tratamiento del color al You are here de Baker), encaja perfectamente en una historia de monstruos descreídos que tienen que lidiar con el día a día de una empresa que, como todas, funcionan a golpe de audiencias. De Pins presenta personajes con acierto, parodia el género sabiendo hacer uso de sus cánones y recupera una costumbre del tebeo francés que ya creía perdida: que un álbum cuente una historia autoconclusiva. Acostumbrados a que los autores franceses se habían apuntado a la “narrativa descomprimida” de sus colegas americanos y que las 48 páginas del álbum francobelga se deglutían en dos minutos con la vista puesta en el grueso integral, encontrar un álbum que acaba, se lee con tranquilidad, y anima a seguir la serie con pistas y no simplemente dejándola por acabar, se agradece.
Vamos, que se pasa un buen rato leyéndola. Y que qué bonito dibuja Arthur de Pins (2-).

Tebeos para niños

Estoy yo concienciado últimamente con esto de los tebeos infantiles.. :)
Vamos, que vienen fechas navideñas y que se vayan planteando que regalarles tebeos a los niños no es mala idea. Que entre el torrente de pleiesteicions, nintendos, equisbos, güiis, y demás, pues que se pueden colar sin problemas algunos tebeos. Que hay muchos, como el delicioso Batu de Tute que acaba de editar Bang, uno de esos tebeos que luego podemos robar a nuestros hijos -si nos dejan- para disfrutar durante unos momentos de eso que se llama “volver a la infancia”. O Los patricios, de Juan Díaz Canales y Gabor (Dibbuks), un excelente tebeo infantil que entronca directamente con el espíritu de los tebeos de Bruguera de los 70, sabiamente actualizado y puesto al día para que el niño del siglo XXI disfrute y se ría. O La tirita de Juan Berrio (Dibbuks), tebeo perfecto para que padres e hijos se sientes juntos y (les) lean las preciosas historias de Juan Berrio…

Que tenemos por desgracia la tentación de pensar que la calificación de “infantil” para un tebeo es peyorativa, pero olvidamos que los tebeos, también, son para niños. Y que hoy somos lectores de tebeos porque hace años (muchos, snif), también leímos esos tebeos infantiles. Reclamar la madurez del tebeo no implica renunciar a su pasado ni a un presente que permita tener futuro.

Que les compren tebeos a sus hijos estas navidades, ¡leñe! :)