Ideas para regalar

Ideas para regalar: la exquisita edición que hace Libros del Zorro Rojo de Rebelión en la granja de Orwell con ilustraciones de un grande entre los grandes, Ralph Steadman, uno de los ilustradores más importantes de la historia que fue, a su vez, una de las mayores influencias de Bill Sienkiewickz en su cambio de estilo en Los Nuevos Mutantes.

OPS

Otra buena noticia, en este caso para febrero: se anuncia un recopilatorio de toda la obra de OPS, la otra personalidad de Andrés Rábago, alias El Roto. Cortesía de Random House. OBLIGATORIO.

Exposición Los Tebeos de Posguerra en el Centro Documental de la Memoria de Salamanca

Del 13 de diciembre de 2010 al 26 de enero de 2011 se puede visitar en el Palacio Episcopal de Salamanca la muestra Los Tebeos de Posguerra
La exposición Tebeos de Posguerra ofrece al visitante la posibilidad de recuperar un tiempo, una forma de crear historias y una forma de vivirlas muy distante a la forma en la que los niños de hoy viven las suyas. Por otra parte, el recorrido por los diferentes formatos y estilos ofrecen al aficionado coleccionista la oportunidad de comparar en un mismo espacio las variantes formales de las editoriales, dibujantes, formatos, etc. En la muestra pueden verse ejemplares de míticas historietas como Hazañas Bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín y un largo etcétera, hasta la irrupción en escena de la Escuela Bruguera con su amplia nómina de personajes rocambolescos. Una vuelta, en definitiva, por la historia del tebeo en nuestro país. La exposición se acompaña también de un documento audiovisual y de un catálogo en el que han colaborado el periodista Moncho Alpuente, el guionista Víctor Mora y el dibujante Luis Bermejo Rojo. Continue Reading →

Planetary

No han sido los tebeos muy amigos de adscribirse a las modas artísticas o corrientes filosóficas imperantes. Lo hacen, sí, pero casi siempre a contracorriente y fuera de tiempo, posiblemente llevados por un mal entendido estatus de ghetto que en lugar de rechazarse con rebeldía, muchas veces se abraza con placer endogámico. Afortunadamente, las últimas décadas han contemplado una mayor relación y retroalimentación entre el noveno arte y el resto de artes y formas culturales, consiguiendo romper –reventar más bien- antiguos candados oxidados que se confundían con tradición. Sin embargo, esa endogamia sigue existiendo de forma patente en una forma genérica: los superhéroes. Inscritos en un universo ficcional propio y completamente endogámico, los intentos de apertura tanto formal como intencional han dado lugar a consecuencias imprevisibles. Por ejemplo, la reformulación del género planteada por Miller y Moore, desde el respeto al canon, pero con la vista puesta en horizontes más ambiciosos, tuvo como secuela el advenimiento de la llamada Edad Oscura, en la que los planteamientos intelectuales y reflexivos tanto de uno como de otro eran minimizados y reducidos a la hiperviolencia como supuesta metáfora de la violencia del mundo real y a un estado de provocación continuo que comparado con el practicado realmente por otros autores décadas antes –léase underground- queda en una simple bravuconada de patio de colegio. Autores como Ellis, Millar o Ennis han sido exitosos practicantes de esta fórmula, los tres con indudable capacidad para el guión e incluso en el caso de los dos primeros, con brillantes ideas de partida que realmente ponían en la mesa una provocación real ante el sistema, pero que caían casi siempre en un desarrollo banal que se enredaba en sus propias trampas, limitando los resultados a salvas de fogueo.
Sin embargo, hay que reconocerle a Warren Ellis que con Planetary ha realizado una obra que no sólo se aleja de estos planteamientos (no siempre, no puede evitar tontear con ellos), sino que supera en ambición y resultados a prácticamente todos los cómics realizados durante la década. Aparentemente, una serie que debería inscribirse en el territorio de la reivindicación nostálgica de la cultura popular que ya iniciara Alan Moore en su línea ABC, pero que leída de un tirón, aprovechando los dos volúmenes publicados por Norma Editorial, se convierte en el primer tratado de superhéroes del postmodernismo. Es verdad que cuando se habla abiertamente de la muerte de la posmodernidad pueda resultar tardío (¡viva la hipermodernidad!), pero es indudable que las argumentaciones de Ellis son muchísimo más complejas que las que se hayan podido ver hasta ahora, reclamando una legitimación total del género no ya como elemento cultural, sino desde una reivindicación que lo entronca dentro de una nueva historia de lo real reescrita desde los mass media del siglo XX. La tarea no es fácil: en primer lugar, se debe establecer un nuevo marco de referencia histórica y cultural propio, así como un elemento axial que permita después escribir una particular “teoría del todo” que haga indistinguible ficción de realidad. Una metaficción pura que, a la par que explique la propia génesis de su teoría, la dote de una arquitectura formal estable, para la que se basa en tres elementos: uno anclado en la realidad, la teoría de la conspiración, referente máximo del ruido mediático que transforma la realidad en ficción inventada; otro, anclado en la pura ficción, los superhéroes y, en medio, un aglutinante perfecto, la cultura pulp/pop nacida durante el siglo XX. El elemento axial, el siglo XX, elemento común de los tres y que representa a la perfección un Elijah Snow siempre de blanco inmaculado, el símbolo de la pureza y, por tanto, símbolo también de la humanidad. Este andamio formal permite a Ellis hacer un ejercicio de reciclaje cultural completo, reescribiendo toda la historia de la cultura popular y sus mitos (Tarzán, Godzilla, Drácula, The Shadow, Frankenstein, Holmes, Verne, Alien, Fu-Man-Chú, John Woo, El hombre de bronce, El llanero solitario…) desde una nueva perspectiva: la de una inmensa conspiración contra la humanidad. No es baladí que sea una revisión de los Cuatro Fantásticos el enemigo a batir, el desencadenante de todo: Stan Lee reformula el género prácticamente de forma coetánea al mayor impulso de las teorías de conspiración, tanto la crisis de los misiles cubanos –inicio de una nueva época de espionaje- como la muerte de Kennedy, quizás el germen de la primera gran teoría de conspiración moderna. La bofetada a la divinidad de los superhéroes que supusieron las creaciones de Lee es el punto débil del género por el que Ellis comenzará a crear una gigantesca metaficción: cada “homenaje” a un clásico del pulp o de la cultura popular es reescrito no sólo en términos del “Universo Planetary”, sino altercando ficción con realidad, abusando de datos históricos y científicos reales –o con apariencia de realidad- que creen un todo único. La información como elemento de canje, como constructor de la realidad cuántica, llevado también al terreno de la ficción, en ese juego de espejos continuo que Ellis borda entre lo real y lo falso, cumpliendo a rajatabla los principios de autorreferencialidad (constante, en tanto el grupo forma parte de la conspiración), intertextualidad (omnipresente en el homenaje) y, sobre todo, autoconsciencia: pese a todo lo que se pueda pensar, Planetary asume plena y totalmente su existencia como ficción. No rompe el cuarto muro, como muchas otras obras, pero para poder desarrollar su discurso necesita obligatoriamente la complicidad del lector, un guiño continuo. Aún en la diversidad e hibridez connatural al discurso posmoderno, Ellis parece repasarlo casi canónicamente, centrado en la construcción de su particular Teoría del Todo del Universo Real Conspirativo ©. Hay momentos de debilidad, es evidente, no hay hechuras que aguanten semejante ambición: de vez en cuando reclama la hiperviolencia como necesaria –aunque, hay que reconocerlo, sabiamente presentada como homenaje escondido a Frank Miller en el episodio de El Llanero Solitario) y, sobre todo, en un episodio final tan necesario como fallido. En su estructura, Ellis necesita cerrar su discurso con una renuncia al tiempo continuo, establecer que pasado, presente y futuro coinciden en cualquier momento, se pliegan sobre sí mismos, cerrando a su vez la serie en tiempo y espacio recursivo y cíclico, pero plantea una excusa argumental que revela un punto débil en su discurso: tras hacer perder por completo la humanidad a Elija Snow, tras convertirlo en una metáfora pura del siglo XX, le intenta dotar de sentimientos humanos de amistad casi pasionales, de principios más propios del canon del género –la fidelidad al sidekick- que de este nuevo planteamiento. Un absurdo que se perdona fácilmente: la propuesta de Ellis es tan brillante que los pequeños peros son lógicos y normales, quedan completamente ocultos tras los muchos aciertos de la serie y, sobre todo, este nuevo relato global de la realidad mediática manipulada del siglo XX entendida como herencia de la pasión por la ficción pulp.
Una obra hercúlea que sería imposible sin John Cassaday, cuya plasticidad a la hora de abordar la serie prodigiosa. Cambios de estilo de trazo gráfico, narrativo, de entintado, de color… todo para dotar al conjunto de la necesaria coherencia visual que haga funcionar el engranaje.
Un gran tebeo que permite lo imposible: desde pasárselo bomba leyéndolo hasta hacer una tesis doctoral sobre él. (4)

Kitaro

Entusiasmado, fascinado, arrebatado, encantado, maravillado, deslumbrado… La lista de epítetos que describen mi respuesta a la edición de las obras de Shigeru Mizuki en España es interminable. NonNonBa y Operación Muerte me parecieron dos obras descomunales, pero la primera entrega de su famosa GeGeGe no Kitarō no se queda atrás: las aventuras de este niño fantasma, el último de los yokai, son un todo un deleite impagable. Si bien se podría afirmar que Mizuki enraíza su obra en el género de terror, la realidad es que Kitaro es mucho más: es una completa lección sobre la mitología japonesa y sus leyendas, sí, pero también una reivindicación de su función tanto como universo íntimo y personal individual, como de referente de un imaginario colectivo que determina su propia conciencia social. Un contrapunto que puede verse tanto en la reiterada referencia a cuestiones personales dentro de Kitaro (en particular con la constante presencia de la mutilación, recordemos que Mizuki perdió un brazo en la guerra), como el enfrentamiento habitual entre los yokai clásicos japoneses con los monstruos y la mitología popular de nuevo cuño importada desde Occidente (continuamente esbozada en casi todos los episodios, con inclusiones de la literatura o, sobre todo, del cine de terror como La bestia con cinco dedos, pero que llega a tener una literalidad completa en uno de ellos, La gran guerra de los monstruos), en una clara simbología de la invasión de la cultura extranjera tras la segunda guerra mundial.
Planteado desde la habitual y exquisita sencillez narrativa de este autor, el volumen que publica Astiberri incluye las primeras historias publicadas para Shonen Magazine, cuando Mizuki recupera una serie que inicialmente aparecía en revistas de alquiler a finales de los 50. Pese a que están supuestamente rebajadas de tono respecto a aquellas originales (pasó a llamarse Hakaba no Kitarō – Kitarō del cementerio- a GeGeGe no Kitarō), la serie me parece maravillosa, tanto por la habilidad del autor para redescubrir la mitología en clave de cultura popular sin miedo al mestizaje genérico, como por la descarada inclusión de elementos gráficos discordantes. Sirva como ejemplo de lo último la historia sobre el origen de KItaro que abre el álbum, con una utilización de estilos gráficos realistas y puestas en escena más propias de los cómics de horror americanos, en oposición a un estilo más infantil en el dibujo de los elementos culturales japoneses.
Un libro que sólo tiene una pega: se acaba demasiado pronto. Afortunadamente, Astiberri tiene previstas más entregas de esta sensacional serie. Fundamental y necesario (4+).
(Y señores de Astiberri: recuerden que la lista de obras de Mizuki es interminable…, ¡por favor sigan!)

Strange Suspense

Hay días que me parece necesario, casi obligatorio, impulsar uno de esos manifiestos que inundan facebook para reclamar que la Real Academia reconozca por fin el uso de la palabra “bizarro” en su acepción anglosajona. Porque intentando hablar de Strange Suspense, el primer volumen de Los archivos de Steve Ditko que acaba de editar Diábolo, no encuentro término más adecuado que ese bizarre inglés que supera la definición de extraño o raro para adentrarse en algo a medias entre lo sobrenatural, lo sorprendente y lo kitsch.
A lo que iba: sirva como introducción que uno no es seguidor acérrimo de Ditko, pero es un autor que siempre me ha parecido especialmente interesante en tanto su capacidad de digresión de las corrientes establecidas (como de innovación en lo que esto pueda suponer). Sirvan como ejemplos su trabajo en Spiderman o Dr. Extraño. El primero, un personaje que nunca consideré atractivo, ni en tiempos de adolescente, pero que me parecía interesante precisamente por el dibujo de Ditko, que dotaba al protagonista de una fragilidad atípica, en fuerte contraste con el poderoso y contundente imaginario creado para el género por artistas como Jack Kirby, los Buscema o Neal Adams. El segundo, un delirio visual que se alejaba de la tecnofilia imperante con una aproximación orgánica y lovecraftiana.
Sin embargo, lo que más me ha gustado siempre de Ditko han sido sus historias de cortas, preferentemente aquellas enmarcadas en un género de terror reexaminado desde una perspectiva aberrante y alucinógena. Pese a que las historias incluidas en este volumen muestran a un Ditko todavía inexperto en lo gráfico – tan deudor de autores como Mort Meskin como experimentador continuo de todo tipo de estilos y soluciones- e incluso torpe en lo narrativo, sus guiones ya dejan entrever que esa unión de fragilidad y organicidad visual que plasmará en Marvel estaba también presente en unos argumentos que se alejan del canon establecido por las historias de la EC durante los años 50. Ditko planteaba opciones resbaladizas y movedizas con soluciones y situaciones tan imposibles como hipnóticas, que trastocaban la moralidad establecida con propuestas exageradas como esa Cenicienta en términos vampíricos que reinterpreta y reescribe los términos del cuento original para mostrarse como una pesadilla de final de indudable moralidad convencional, todo hay que decirlo, pero vestida de una morbosidad sanguinolenta tan desasosegante como inquietante. Por no hablar de su revisión de otro clásico, Rumpelstilskin…Ya sea en las historias románticas o en historias del oeste, y sobre todo en las de horror, Ditko rompe esquemas continuamente desde una plasticidad de esquemas envidiable para un joven debutante, que se atreve a plasmar ideas totalmente bizarras con una naturalidad preocupante.
Pese a todas las limitaciones que Ditko evidencia en estos primeros números, pese a la distancia en el tiempo y las casi seis décadas que podrían haber apolillado las historias, la lectura de Strange Suspense es, por lo menos para el que esto escribe, un morboso y placentero disfrute, acrecentado por ese punto añejo de una edición que evita la restauración de colores para intentar reproducir la experiencia lectora de aquellos tebeos de 10 centavos de horrible reproducción e impresión (acepto la paradoja: ¿cómo se puede recuperar esa experiencia con un tebeo de 35€?). Aunque no tengo la edición de Diábolo, al hojearla en la librería he podido comprobar que sigue la edición de Fantagraphics, reduciendo eso sí ligeramente el tamaño de ésta (no se debe ir más de 1 cm) para hacerla coincidir, paradójicamente, con la de los tebeos originales.
Un gran tanto para Diábolo que, ojito avizor los aficionados, también editará la indispensable Four Color Fear de John Benson y Greg Sadowski.

Ganadores de los premios Expocómic

Después de casi un mes de votaciones y habiendo triplicado el número de votos recibidos respecto al año anterior, ya se saben los ganadores de los Premios Expocómic 2010.
Mejor Obra Nacional: Blacksad 4: El infierno, el silencio (Juan Diaz Canales/Juanjo Guarnido; Norma Editorial)
Mejor Guionista Nacional: Juan Diaz Canales (Los Patricioes; Dibbuks, Blacksad 4: el infierno, el silencio; Norma Editorial)
Mejor Dibujante Nacional: Juanjo Guarnido (Blacksad 4: El infierno, el silencio; Norma Editorial)
Mejor Obra Internacional: Kick Ass (Mark Millar/John Romita Jr; Panini Comics)
Mejor Autor Revelación: Iñigo Aguirre (Ibéroes)
Mejor Fanzine: Andergraün 3
Mejor Comic On Line: Conejo Frustrado http://www.conejofrustrado.com
Premio a toda una carrera: José Ortiz.
Premio a la entidad que más ha trabajado por el cómic: Tebeosfera.

Los premios serán entregados el Sábado 11 de Diciembre de 20:00 a 21:00 en el Escenario principal de Expocómic y se contará con Juanjo de la Iglesia como maestro de ceremonías.