Nuevos Mutantes

Que haya lecturas generacionales no es, a priori, especialmente malo. Todos hemos pasado en algún momento por ellas y el único problema es que el recuerdo, la memoria de esos buenos momentos de lectura, pueda jugar malas pasadas y la posterior relectura venir lastrada por una inevitable e injusta interpretación que toma como referencia criterios muy diferentes. Cuántas veces hemos leído un tebeo que nos entusiasmó de niños y, ya de mayores, deploramos como “infantil” sin darnos cuenta de que su gran valor e importancia es, precisamente, que es infantil con todas sus consecuencias. Y lo mismo vale para obras de enfoque claramente juvenil que, al volver sobre ellas, echan un tufillo adolescente que nos obliga a fruncir ceño y cerrar nariz. O peor, nos ataca la nostalgia y comenzamos a proferir estupideces de abuelos Cebolletas, es decir, aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Que vale, que sí, que hay épocas y épocas, sobre todo en los tebeos más comerciales, aquellos más afectos a ser traqueteados por los vaivenes de las modas y tendencias imperantes, pero no dejan de ser exabruptos tontos: siempre hay que poner las cosas en su sitio y vale la pena, antes de juzgar con los ojos de hoy, intentar ver con los de ayer.
Lo digo porque lo primero que uno piensa al leer Los Nuevos Mutantes de Bill Sienkiewicz y Chris Claremont en la flamante edición recopilatoria que acaba de editar Panini es precisamente eso “¿Y yo me compraba ‘esto’?”, vistos unos diálogos que se me antojan tan sonrojantes como, efectivamente, juveniles. Así que antes de caer en la tentación absurda y huera de machacar los argumentos de esta pandilla de mutantes juveniles, vale la pena pensar que es una serie hija de su tiempo, una traslación de los problemas sentimentales y existenciales de los chicos de la academia de Fama al universo Marvel, que pasaba aquello de “la fama cuesta” a la responsabilidad del poder y demás filosofías. Visto así, si se me apura, hasta se puede decir que la serie de Claremont no es más que una precursora mutante del “teen drama” que tanto éxito tendría en TV a finales de los 80 y principios de los 90. Lo que no quita que su lectura, veinte años después, resulte algo casposa incluso para los jóvenes de la generación tuenti y facebook.
Eso sí, más allá de la pura nostalgia, queda disfrutar de la espectacular labor gráfica de un Bill Sienkiewicz desbordado. Tras una etapa donde demostró sus habilidades gráficas bajo el manto protector de la influencia de Neal Adams, rompe amarras casi con furia, demostrando ser un autor inquieto y sorprendiendo a todos con un giro radical que incorpora elementos renovadores provenientes de la ilustración, sobre todo de autores como Ralph Steadman, Bernie Fuchs o Bob Peak. Sorpresa doble, tanto por el cambio de registro del propio autor como por la tolerancia y libertad que da la editorial a los experimentos del dibujante, que durante el tiempo que permanece en la serie se lanza a una labor de investigación continua, de búsqueda de nuevos elementos expresivos que convierten al trazo de Sienkiewicz en protagonista absoluto de la serie durante su permanencia, hasta el punto que afecta a la propia concepción de los personajes: Warlock, el ser tecno-orgánico, parece nacido más como un espacio de libertad expresiva del dibujante (la parcela “Steadman”) que como una necesidad argumental de la serie, por ejemplo.
Y es difícil no disfrutar de este ejercicio de libertad completa. A leer el volumen que edita Panini, la verdad es que uno olvida pronto el folletín de conflictos juveniles de alcance galáctico para zambullirse en esa orgía visual que propone y contagia Sienkiewicz. Y se lo pasa uno bomba, oigan.