Edén

Yo no hubiera publicado Edén como un libro, la verdad. No tengo muy clara la argumentación, no se crean ustedes, es algo más empírico que racional. Yo lo hubiera publicado en forma de esos almanaques en taco – ya un poco demodés, cierto- que llevan en cada página un sudoku o una viñeta de Peanuts o de Mafalda. Así, antes de empezar a trabajar, uno lee tranquilamente la entrega diaria de este particular y extraño Edén, esta mezcla de ideas e inspiraciones que bien han relacionado con los haikus japoneses. Días habrá que uno se levantará con el pie torcido y pensará “¡qué cursilería!” o “¡qué chorrada más grande!”. Pero también, otros, leerá quizás la misma historia y pensará en la extraña y delicada belleza que tenía la historia. O simplemente exclamará un “qué hermosura!” y se pasará un día un poco más feliz. Y así, día tras día, Edén tomaría su ritmo y función verdaderos, lejos del mundanal ruido y velocidad que impone un libro, que obliga a leer una detrás de otra todas las historietas en una cadencia que poco favor le hace a la obra de Kioskerman. Las ideas, las metáforas, las greguerías gráficas que propone se deben tomar en pequeñas píldoras, degustarlas con tranquilidad y relajación y no con gula que llevará al empacho indigesto.
Mi recomendación para leer Edén es que tengan el libro a mano y que cada día lean una página al azar. Da igual que al final se repitan historias, no hay dos días que tengamos el humor igual y la lectura será completamente distinta. Ya verán ustedes como vale la pena hacerlo así y como, al final, uso se acostumbrará a estar todos los días un poquito en este particular Edén.

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