¡No me gustan!

Lo de no estar de acuerdo con las nominaciones de los premios del Salón de Barcelona y la polémica posterior sobre quién vota y demás debe entenderse ya como parte ineludible de la propia dinámica de los premios. Quizás estéril, pero es un debate sano que siempre ayuda para futuras ediciones. En este caso, son muchos los que se preguntan cómo es posible que no esté una u otra obra. A mí, por ejemplo, ausencias como las de Duelo de caracoles, Notas al pie de Gaza, NonNonBa, Operación muerte o Cerebus me parecen increíbles… pero uno acepta el juego democrático de los votos, que suele dar lugar a estas cosas. Poco importa quién vota, la verdad. Cierto es que le daría más transparencia a la cosa, pero no es tan importante: al final, los votos son la expresión de un gusto colectivo que, por lógica, no tiene por qué coincidir con el mío. Es más, los resultados con la mecánica de votos son lógicos. Sirva como ejemplo el caso de Mizuki, un autor a mi entender (y el de muchos) de obligada presencia en cualquier listado y que, sin embargo, no aparece. Y la razón me parece obvia: la propia dispersión de los votos en un sistema de nominación abierta. Si, digamos, se han emitido unos 400 votos (que por lo que se cuenta es lo habitual en esta primera fase), salvo casos de obras extraordinarias que concitan todo tipo de consenso tipo Maus o El arte de Volar, con 30 o 40 votos se tiene una nominación y si un autor tiene más de una obra ese año, se diluye el voto a favor de terceros. A lo que hay que añadir que el voto de la profesión (es decir, un amplio colectivo que integra dibujantes, guionistas, libreros, distribuidores, críticos y editores) es tan, tan disperso que se favorece todavía más este tipo de resultado. Un voto, además, que suele venir mediado por miles de parámetros: desde los que votan en bloque (conocido es el caso de alguna editorial…ejem, ejem), desde los que hacen campaña entre sus amigos, desde los que no votan en la primera fase porque es más cómodo ir a la segunda, votaciones a la búlgara de ciertos grupos y, por supuesto, que posiblemente el colectivo que menos tebeos lee en este país es el de los dibujantes de tebeos… :) Lo que no quita que la gran mayoría de votantes lo haga con convicción y responsabilidad, sin duda, pero que tampoco nos extrañen resultados que no son los que esperábamos. Es lo bueno que tiene esto de la democracia.
Otra cosa es que los premios del Salón, con todo el prestigio y popularidad que hayan ganado, sean expresión de cualquier tipo de canon, baremo o nivel de calidad. No, son la expresión de la voz de la profesión, una voz tan respetable como la de cualquier otro colectivo o individuo y, por supuesto, tan abierta al debate como cualquier otra.
Resumiendo: que oigan, que da lo mismo quién sea nominado. No pongamos en duda los resultados ni saquemos conclusiones sobre nada, sobre la capacidad de los votantes ni sobre nada. Simplemente, usemos esas nominaciones como base de un siempre sano debate. Más si se hace con amigos delante de unos refrescos y unas buenas tapas.
Ahora bien, muy diferente es un tema que ya comenté hace unos días con motivo de la categoría de “mejor película” y que Santiago García articula mucho más coherentemente que yo: la necesidad de reformular por completo los premios de Barcelona. No tanto por obtener unos resultados “mejores”, sino por adecuarlos a la realidad de la historieta actual. No puede ser que se sigan manteniendo las mismas estructuras de votación y categorías veinte años después de su creación. Es cierto que no es obligatorio cambiar nada (los Óscar siguen manteniéndolas tras más de 80 años), pero creo que sería signo de vitalidad y de reflexión el adaptar las categorías y mecánica a los tiempos que vivimos.
Por la parte de las categorías, ya comenté algunas ideas y apoyo plenamente la propuesta de Santiago, añadiendo que no hay que tener miedo a aceptar nuevas categorías y cerrar otras. Que las cosas cambian y más en estos días de internetes y demás cosas digitales.
Pero también se debe cambiar la mecánica profundamente. Primero por la necesidad de adecuarse a las posibilidades que nos da la tecnología con las redes sociales: los premios del público, en lugar de ser una simple y absurda repetición de los premios de “la profesión”, podrían aprovecharse completamente de facebook, twitter, tuenti y demás para convertirse en verdaderos termómetros de los gustos del público, lo que además tendría gran utilidad para los editores y autores. Segundo porque la dispersión que se produce en las nominaciones debido a la técnica de fases da lugar a que, efectivamente, una obra pueda alcanzar una nominación con un puñado de votos, favoreciendo una picaresca que, aunque no se dé, siempre queda en la duda. La selección previa por jurado podría ser la solución, aunque evidentemente la designación de un jurado sería un tema bien peliagudo. Una posibilidad podría ser, por ejemplo, que cada gremio designe una representación por votación y que esa comisión de “elegidos” sea la que designe los candidatos (no es necesario que sea una comisión pequeña, mediante internet es relativamente fácil articular este proceso aunque sea una comisión de 20 o 30 personas).
Eso sí, independientemente de los cambios, lo que sí que es urgente y necesario es definir claramente qué es el Gran Premio del Salón. Si se quiere que sea un premio al estilo de Angoulême (un autor en activo) o reconocimiento a toda una trayectoria. Cualquiera de las dos opciones es razonable, pero si se opta por la primera, como parece indicar la deriva que ha tomado este reconocimiento en los últimos años, es obligatorio, de justicia y necesario incluso, establecer ya un reconocimiento a toda una trayectoria. Los autores se merecen que la profesión reconozca a aquellos que han dedicado toda su vida al tebeo. Y que éstos se vean reconocidos, queridos y justamente admirados.

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