Hágase el caos

Decía mi profesor de historia de 1º de BUP (para los más jóvenes, el equivalente a lo que ahora es 3º de ESO… ¡qué triste es tener ya que explicar estas cosas!) que la historia era la aventura más apasionante. Tenía razón el Carlitos (que, por cierto, era un grandísimo profesor, tanto literal como académicamente), aunque no es que la frase sea original ni suya: la historia es fascinante. Primero nos gustaba por la épica de las batallas y, algo que nunca me explicaré, por lo militar: coleccionábamos los cromos de “Grandes Batallas” y de “Armas de la historia” con pasión cuando éramos niños. Luego, con el tiempo, nos fuimos dando cuenta de que la historia era mucho más y que escondía una complejidad casi imposible de abarcar. Y que las historias de los conflictos humanos eran como decía mi profesor, apasionantes. Digo esto porque a veces pensamos en el “género histórico” como una especie de ficción, cuando de lo que estamos hablando es, precisamente, de nosotros. De una especie de autobiografía colectiva que nos marca como sociedad de la que se puede aprender muchísimo. Y da igual que la aproximación sea realista o de ficción, en ambos casos se pueden citar grandes obras. Sólo hace falta que el autor sea lo suficientemente inteligente como para saber sacar jugo de esa historia. Una característica que, en el caso de Felipe Hernández Cava, el mejor guionista de tebeos que tenemos en este país, se cumple por exceso, como bien demuestra con Lux, la primera entrega de Hágase el caos, su nueva obra junto a Bartolomé Seguí (bonito título, aunque no sé si me gusta más el original francés, Les racines du chaos). No me gusta mucho hablar, por norma, de series que tienen una estructura cerrada de varias entregas sólo habiendo leído la primera, pero me perdonarán ustedes, que este caso tiene bula.
El envoltorio ya de por sí es atractivo: un complot para asesinar al Mariscal Tito durante una visita a Inglaterra en 1953, presentado a modo de intrigas de espionaje con sutil aroma a Le Carré (uno no puede evitar esperar que Smiley aparezca en cualquier momento al volver la página), que ya de por sí, justifica la lectura del álbum. Pero lo que viene detrás es mucho más interesante: un análisis de la compleja y enmarañada historia de los Balcanes, núcleo gordiano de la política europea durante el siglo XX y con la figura de Tito como lugar común. De momento en este primer álbum, Cava coloca las piezas de esta partida de ajedrez con destreza, ayudado por un inspirado Seguí que tiene que lidiar con el regalo envenenado que le da su guionista: una labor de documentación que se adivina puntillosa y prolija y un guión cargado de necesario texto y muchas viñetas pequeñas. Pero Seguí consigue hacer malabares y equilibrios en la punta de un alfiler para conseguir que no sólo todo quede perfectamente unido, sino que además funcione con precisión suiza para dejarnos a la espera de la siguiente entrega.
Que esperemos sea pronto. Recomendabilísimo.

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