Body World, de la geografía física a la geografía emocional

Si en Ombligo sin fondo la inclusión y uso de elementos cartográficos como recurso narrativo llamaba poderosamente la atención por su sorprendente transformación simbólica, en Body World, la nueva obra de Dash Shaw que nos llega de la mano de sin sentido y Apa Apa, crece hasta alcanzar la categoría de obsesión total. A través de un relato enmarcado en una indefinible categoría próxima a la ciencia-ficción con ecos tanto de gloriosas películas de serie B, como El pueblo de los malditos o La invasión de los ultracuerpos, como de más modernas, desde Brainstorming a, sobre todo, la injustamente olvidada Días extraños de Kathryn Bigelow, Shaw da rienda suelta a su exploración de la geografía como elemento nuclear y reiterativo de la existencia humana, lanzando ideas y conceptos que relacionan la geografía física con la geografía emocional. Body World, Cuerpo y Mundo, dos conceptos lejanos que Shaw une a través de la taxonomía cartográfica mediante una obsesiva experimentación en la que la atípica composición de página -en el original digital una larga sucesión vertical de tiras de tres viñetas- se ve modificada espacialmente por el propio escenario omnipresente, representado en un mapa del que los ciudadanos de la extraña ciudad de Boney Borough no pueden salir. Un mapa físico que es contrastado continuamente con el simbolismo del cuerpo como mapa emocional también claustrofóbico, en el que los sentimientos están atrapados. Una situación paralela que Shaw dinamitará con un elemento de digresión ajeno a todo: una pequeña planta, unas hojas que utilizadas como droga romperán esos límites cartográficos para unirlos en uno sólo: la cartografía física se confundirá entonces con la cartografía emocional individual para lanzar un ente colectivo nuevo y distinto. Un punto de partida perfecto para que Shaw realice un sugerente análisis del propio concepto de identidad emocional y de ideas como la intimidad, los secretos y la relaciones establecidas a través de secretos, enlazando directamente con su anterior obra, Ombligo sin fondo, esta vez desde una perspectiva que incluye una visión aterradora del colectivo, muy próxima en paradigmas y propuestas a las ideas formuladas por Charles Burns en Agujero Negro.
Pero, sin duda, si interesantes son los atrevidos planteamientos argumentales de Shaw, de una riqueza indiscutible nacida totalmente de los subterráneos de la cultura pop, más lo es su atrevimiento formal. Body World nace como cómic digital hace ya más de dos años, con un planteamiento estético donde el ritmo narrativo se ve completamente influido por la elección de un formato de lectura vertical en el que Shaw plasmará todo tipo de usos narrativos. Es cierto que muchos no son originales de forma aislada, pero la osadía de Shaw a la hora de combinarlos es increíble: desde el uso de elementos cartográficos de forma continuada y obsesiva, heredado del maestro Ware, a la descripción de la pérdida de la identidad individual a través de la superposición de los perfiles/mapas de los personales, exprimiendo al máximo –e incluso dando sentido- el recurso que Ditko creara para el personaje de Shade hace décadas. A lo que hay que añadir un transgresor uso del color, a mi entender completamente rompedor, basado en el uso de la oponencia cromática como elemento de violencia emocional y de la transición cromática como elemento de ritmo narrativo, algo que por desgracia se pierde en la versión en papel.
Existen, pese a todo lo destacable, algunos peros: el primero, derivado de la transición de una obra originalmente digital a papel. Aunque la excelente y cuidada edición de Apa Apa y Sins Entido (idéntica a la americana), intenta trasladar los mecanismos de lectura vertical del navegador de internet al papel, existe una quiebra del ritmo narrativo original. Recuerdo perfectamente que cuando leí la obra en internet, la sensación de velocidad de lectura era mucho mayor, de un ritmo mucho más ágil, sincopado en algunas secuencias. En estos tiempos de reivindicación de publicación en formatos originales de tamaño y color, quizás debamos extender estas peticiones también a las obras que nacen en un formato digital. A lo que hay añadir que es muy incómodo leer en vertical un volumen de este tamaño (aunque ya lo era algo mucho menor y similar como el Vertical de Seagle y Allred).
El segundo, que Shaw sigue teniendo problemas para mantener la integridad de la obra: todavía existen momentos donde el ritmo decae, en este caso, por cierta sensación de déjà vu de algunas secuencias y por una estructura más dispersa en la última parte del relato. Un problema que de nuevo vuelve a ser menor ante la potencia del planteamiento argumental inicial y la originalidad de su desarrollo, apasionante en muchos momentos y, sobre todo, con propuestas reflexivas sumamente interesantes.
Una obra sumamente recomendable (3+).