Un verano insolente

¡Fíjese usted cómo avanzan las ciencias! Decían los tebeos de entonces a la primera de cambio. Y las películas, y lo que se terciara, porque verdad es que muchas veces la ciencia semeja más a magia que un conjunto ordenado de leyes y mecanismos. Como la química, capaz de predecir cómo reaccionar los elementos para formar los compuestos más complejos de la naturaleza. Pero mire usted, oiga. Con toda esa ciencia a las espaldas y en lo que a química autoral se dice, seguimos en la época de búsqueda de esas extrañas piedras filosofales que transforman en oro todo lo que tocan. Son raras de encontrar: toman la forma de guionista y dibujante en apariencia pero, en la práctica, se entrelazan de tal forma que dan lugar a un autor único, indistinguible en sus componentes, perfecto en la coordinación de sus actos hasta tal punto que hablar de quién puso las palabras y quién los dibujos es irrelevante. Pasa pocas veces, pero cuando pasa es de esos momentos en los que hay que hacer reverencia con genuflexión y volteo de sombrero.
Aunque claro, uno siempre un poco escéptico como ordenan los cánones científicos, siempre piensa que las extrañas leyes que coordinan esta química autoral deben ser tan sutiles y complicadas que su estabilidad es mínima, siempre a punto de desvanecerse. Pero no, son mucho más fuertes de lo que parece, y si no que se lo digan a Denis Lapière y Rubén Pellejero, que con Un verano insolente vuelven a demostrar que lo ocurrido con Un poco de humo azul o El vals del gulag no era pura coincidencia. Era uno de esos insólitos e inspirados casos de perfecta química autoral, funcionando a la perfección para conseguir una obra de esas que se recuerdan y apetece siempre volver a leer. Que se deben, eso sí, disfrutar con sosiego, sin premuras ni impaciencias. Hay que paladear cómo cada viñeta de Pellejero sabe envolver los diálogos de Lapière. Hay que deleitarse comprobando cómo el guionista conoce a su dibujante y le deja momentos de lucimiento. Trabajo conjunto que se va al México de Diego Rivera, Edward Weston y Tina Modotti para crear una historia que habla de libertades, de cómo las individuales y colectivas se entrecruzan entre sí sin miramientos, de cómo las libertades de palabras muchas veces cuestan en la hora de los hechos. De libertinajes, liberalismos, liberadores, librepensadores, libérrimos, libertinos y libertarios. De las ambigüedades de una palabra y un concepto que muchas veces le viene grande a los hombres. Y, de paso, del arte y sus circunstancias. De los creadores que buscaban la utopía y se encontraron con la realidad. Y todo con la sorna de ser simple protagonista de la conversación de un borracho.
Un tebeo excelente, que sufre de nuevo la manía de los editores españoles de ver las obras francesas a través de una lente reductora. Afortunadamente, en este caso la reducción de las páginas de Pellejero no sufren tanto comparado con su anterior obra publicada en España, al tener menos viñetas por página, pero sigue siendo una lástima que se opte por la reducción. En cualquier caso, un tebeo para leer muchas, muchas veces. (3)

Comments are closed.

Post Navigation