Logicomix

A ver cómo me explico: mientras que en su juventud algunos fueron hombres-lobo o frankensteins adolescentes, servidor se tuvo que conformar con ser un empollón adolescente. Cosa de la década de los 80, que recién estrenábamos entonces sin saber la avalancha de hombreras y movidas varias que nos vendría en breve y muchos años antes de que lo vampírico y licantrópico se convirtiese de verdad en cool-que-te-cagas para la horda adolescente. Uno era entonces empollón esférico: era empollón en cualquier dirección del espacio, se mirara por donde se mirara. Le daba igual a la historia que a la biología que a cualquier otra disciplina, pero ya comenzaba yo a tener especial querencia por las matemáticas. Tanta que, con apenas 14 años, me lancé a la lectura de Los principios de la Matemática de Bertrand Russell. Era una gruesa edición de Espasa-Calpe que todavía deambula por mi librería. Pensaba yo, por las lecturas de su biografía, que el tal Russell era algo así como el Dios de las Matemáticas y que servidor se desharía en placeres con la lectura del voluminoso tocho. No se equivoquen: más que demostración de superdotada inteligencia infantil, era de soberbia y estupidez adolescente, porque el libro de Russell me pareció un coñazo incomprensible. Lo que, todo sea dicho, guardé en secreto, no fuera que mi estima de empollón quedara en entredicho.
El caso es que, años después, tras haberme enfrentado en duelo sin fin con mecánicas cuánticas, espacios de Hilbert, álgebras de Lie y teoremas de completitud de Gödel varios, pensando que uno ya era ducho y experto en la lidia matemática, desempolvé el libro (inmaculado, todo sea dicho) para volver a leerlo. Y lo entendí, vaya que sí…. pero seguía siendo un soberano peñazo. No del todo, creo recordar brumosamente que incluso me lo pasé bastante bien con los capítulos filosóficos sobre lo infinitesimal y lo infinito… pero en su conjunto, era un rollo sólo apto para matemáticos “hard”. Todo sea dicho, y sin ánimo de compensar, reconozco también que otras muchas lecturas de Russell me han parecido tan apasionantes que, casi sin dudarlo, se puede decir que es una de las bases de lo que hoy puedo llamar “mis principios”.
Todo este aburrimiento biográfico es necesario como prólogo para entender lo que pensé cuando me enteré del proyecto de los griegos Apostolos Doxiadis, Christos Papadimitriou y Alecos Papadatos adaptando la biografía de Russell y la escritura de Los principios de las Matemáticas y el Principia Mathematica: “¡están locos estos griegos!”. Vamos, que tenía más posibilidades de ser interesante una adaptación al cómic de la guía telefónica que esto. Y eso que uno es muy dado a los tebeos didácticos sobre ciencia, como los de Jim Ottaviani, pero no, por esto no pasaba que ya había tenido suficientes traumas infantiles.
Pero mire usted por dónde, el libro comenzó a tener críticas muy positivas, que alababan lo entretenido de la propuesta de los griegos y lo bien hecho que estaba, bla, bla, bla… Y yo, que en esto soy siempre escéptico, volvía a pensar: “no me pillan, estos ni se lo han leído y quieren quedar bien como gafapastoso de pro nada más y nada menos que con Bertrand Rusell”.
Así seguí, convencido de mis argumentos, pero la lista de loas a Logicomix no hacía más que crecer y crecer, hasta que al final, un amigo matemático me dejó trastornado: me recomendaba a mí, “que te gustan los tebeos”, uno que se había comprado en los USA llamado Logicomix y que estaba genial.
Y caí, tiré de Amazon y me compré el libro de marras. Recuerdo que cuando llegó, lo primero en que me fijé es que tenía un volumen similar al del libro de Espasa-Calpe. Mal comienzo. Yuyu. Pero oigan, que comencé a leerlo y me lo zampé de un tirón. Y no sólo me gustó, es que me lo pasé bomba. Doxiadis, Papadimitriou y Papadatos lograban transformar la búsqueda de la verdad matemática de Russell en un documental apasionante sobre la historia de las matemáticas centrado en la figura del matemático, tan entretenido como didáctico sin caer en los excesos del manierismo pedagógico, con acertados guiños al lector que lo hacen cómplice de las dificultades del tema a tratar… Y sin una fórmula, acercando las matemáticas a los legos, transmitiendo la pasión de la investigación y la búsqueda del saber.
Formalmente no inventan nada, cierto: la composición es sobria (algún homenaje a DeLucca hay por ahí…) y el dibujo es correctamente tintiniano… pero conseguir mantener el el ritmo y el interés de la obra a partir de una conferencia es, en verdad, todo un logro nada desdeñable. Quizás en estos tiempos nos dejamos embelesar más por las piruetas compositivas y la innovación formal y no recordamos que se pueden hacer verdaderos alardes narrativos desde el minimalismo formal, como es el caso de este Logicomix.
Resumiendo: que se lo pasarán muy bien, oigan, no se la pierdan.

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