En curso

Es difícil hablar de obras en curso. El cuerpo te pide decir cosas, expresar ideas y opiniones, pero la razón te dice que no serán más que sensaciones y prejuicios, filias y fobias que no dicen nada de la futura marcha de lo que será esa obra. A veces tiene sentido: obras de largo recorrido, las llamadas “abiertas”. Otras, mucho menos. Como cuando el autor ya avanza que será una trilogía o una duración determinada. Y es lo que me pasa tanto con el Tóxico de Charles Burns como con La marcha de los cangrejos de Arthur de Pins, obras para las que el verdadero juicio tendrá que esperar, con suerte un par de años.
Se pueden decir cosas pero, en el fondo, caemos en lugares comunes. En el caso de Tóxico (extraña traducción de X’ed Out), ese fascinante cóctel que es mezclar a pelo y sin anestesia la concepción de la aventura y narrativa gráfica de Hergé con el universo de sociedad corrupta ante la excepción que practica Burns, todo travestido de enésima revisión de la creación de Lewis Caroll. Mundo real TM frente a mundo onírico, en un combate donde la perfección y limpieza de línea clara tintiniana se convierte en trazo de pesadillas quizás más oscuras que las que el claroscuro de Burns se reserva para la realidad. Lynch y Burroughs en línea clara, delirios de visceralidad en húmeda secreción en un universo donde nunca hay una mancha. No está mal como primer bocado de un menú de tres platos que se antoja pantagruélico, aunque para estómagos poco delicados. Provocación, atrevimiento, osadía… todo parece estar en esta nueva propuesta de Burns de la que sólo se puede decir una cosa: muerde y deja con (muchas) ganas de más. Sin duda, es tóxica y engancha, ojo.
Lo mismo pasa con el último Arthur de Pins, que quizás se vea aquejado de ese síndrome propio de los autores que practican el humor, a saber, la continua y machacona repetición de que “hacer humor no es serio”. Que por mucho que se diga, explique y repita que eso del humor sí que es cosa seria, parece que juega siempre en segunda liga frente a los que hacen cosas sesudas y pensativas “de verdad”. Error que ha llevado a muchos dibujantes a intentar a callejones sin salida que aportan más ridículo y mofa que la esperada dignidad y reconocimiento. Y ese miedo se tiene cuando uno se encuentra frente a La marcha del cangrejo. Cuando uno ve que la cosa se aleja de los terrenos picantones que tan bien practica el señor de Pins, ya arruga el ceño. Cuando ve además que su estilo de dibujo ha cambiado, más. Pero cuando empieza a leer la cosa cambia y aparece la sorpresa, porque a primera vista lo que está planteando el francés es algo tan universal como una fábula moral. Con cangrejos, eso sí, que no era lo más habitual en Esopo o La Fontaine, cierto, pero no nos vamos a poner racistas a estas alturas (eso se lo dejo a los lectores belgas de Tintín), pero como Pins dibuja como los ángeles, hasta lo cangrejos tienen su gracia. No se puede evitar la sonrisa cómplice a medida que uno lee y cierta curiosidad malsana, porque lo leído parece demasiado evidente, parábolas bien conocidas (ayuda al prójimo, la superación personal…), algo infantiles, que poco a poco van enturbiándose y escondiendo otros mensajes más elaborados (la manipulación del individuo, las creencias axiomáticas…). Aquí hay algo raro… y justo cuando uno levanta la ceja, chimpón, se acaba el primer álbum. Y uno se queda interruptus con ganas de llamar al señor de Pins y exigir ya mismo la continuación. De momento, es buena cosa…

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