Los años dulces

Para los que gusten de la literatura japonesa, el nombre Hiromi Kawakami no es nuevo. La editorial Acantilado ha publicado ya dos de las obras de esta interesante escritora, El cielo es azul, la tierra blanca y, recientemente, Algo que brilla como el mar, dos obras que comparten la delicada sutileza con la que la autora va introduciendo al lector en las vidas de sus protagonistas, siempre a través de pequeños detalles. Una característica especialmente importante en la primera de las obras, que narra la relación entre una mujer ya en la frontera de los 40 y su antiguo profesor. Relato en primera persona que, a través de los momentos compartidos por los dos de forma, extrae de lo cotidiano y de la observación de los pequeños detalles los elementos que construyen la vida de su protagonista Tsukiko. Una obra de gran belleza, de prosa sencilla y algo distante que recuerda en la lejanía a la de grandes maestros como Inoué, y cuyo éxito (ganó el Premio Tanizaki) provocara que fuera adaptada al cine por Kuze Mitsuhiko con bastante poca fortuna, sin poder captar esos detalles que tanta importancia tenían en el original. Sin embargo, la adaptación al cómic de Taniguchi, Los años dulces (curioso que ni la edición española de la novela ni el cómic se titulen como el original, El maletín del profesor), no sólo es fiel a la obra, sino que la potencia, la multiplica dotándola de un escenario de sensaciones omnipresentes. El relato de los encuentros casuales que conforman la relación entre profesor y alumna es transformado por el dibujante en una narración exhaustiva de todos los detalles que la rodean. El lector se transforma en ese observador pausado que protagonizaba El caminante para seguirlos y dar acta de todo aquello que pueda pasar desapercibido. El aroma del sake caliente al caer en la taza, el sonido de la cocina de la taberna donde se encuentran, el aroma del bosque o de las setas hirviendo en la olla. El color de las hojas en invierno que se mimetizan con el traje del profesor. Como en El gourmet solitario, el lector se transforma en un silencioso solitario más que escudriña con distancia pero interés los encuentros de dos personas que sólo tienen en común su soledad. Paradoja cruel si se quiere, que la realidad que les une, en el fondo, sea contradictoria con la ansiedad de la compañía que ambos esconden pero rehúyen. Con la parsimonia de un paseo tranquilo, el relato avanza contenidamente dentro de esta atmósfera de profundo lirismo, ajeno a veces, que vive la rutina de lo cotidiano sobre un camino de recuerdos que cada vez se alejan más.
Una conmovedora y bellísima obra de Taniguchi (y van…) (4)

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