Lecturas variadas

La lectura se amontona y, peor, las reseñas. Que ir leyendo es una cosa, pero encontrar el tiempo para hacer aunque sea una rápida cita de lo leído, es otra. Así que aprovecho que es viernes y hay fin de semana reflexivo por medio para hacer un pequeño repaso a recientes lecturas que no deben caer en saco roto, aunque sea a vuelapluma y testimonialmente.
Tiro de memoria, no especialmente fina, todo sea dicho: La señorita Else (Sins Entido) es el debut en España del señor Manuel Fior, nada conocido en este país pero si citado como reciente ganador del festival de Angouleme, lo que como siempre debe poner, al menos, la mosca tras la oreja y concederle el beneficio de la duda. Y puede prometer y prometo -frase muy propia para estos días, no sabía cómo meterla y mira, ya está- que a este señor hay que seguirle muy de cerca. Porque elegir una obra de Arthur Schnitzler ya es, de por sí, un detalle (sólo he leído de él Relato soñado y rendido a sus pies me tiene, aunque Kubrick lo desdibujara para su provecho), pero la labor de Fior lo convierte además en regalo para el intelecto y los sentidos. Dibujante de estilo elegante, de cromatismos delicados y sutiles, adapta el relato de Schnitzler con referencias elitistas a su coetáneo Klimt o más casquivanas a Lautrec, consiguiendo esa atmósfera de educada galantería capaz de esconder el cinismo más hipócrita que necesita el relato de esta nueva Ifigenia sacrificándose -en este caso la virtud- para salvar a su padre. Una brillante exploración de los motivos inconfesables de la psique, que la labor gráfica de Fior apuntala con nuevos matices a golpe de trazo insinuado y una preciosa paleta de sugerentes cromatismos. (2+)
Muy, muy diferente es El lugar equivocado, debut también por estos lares para Bretch Evens, autor, holandés para más señas, de esos que se pasan las normas establecidas por el forro de sus vergüenzas para lanzar propuestas atrevidas que obligan al lector, por lo menos, a pensar. A simple vista, testimonio banal de una noche de juerga, un episodio frívolo presentado desde una coralidad alegre y superficial. Rascando un poco, crudo documento sobre la soledad en la sociedad de hoy. Brillante esa libertad total con la que Evens usa el color, buscando en sus acuarelas la violencia del contraste de colores oponentes, jugando aparentemente al azar con el color, pero logrando siempre una composición cromática de la página tan equilibrada como efectiva en lograr impactantes sensaciones visuales. Me recuerda, en la distancia, a esa joya que es Duelo de caracoles; sin embargo, si algo me ha impresionado es ese efecto que logra el dibujante con las acuarelas, dejando la figura humana traslúcida frente a los escenarios por los que deambula. Los personajes de Evens son fantasmas que se mueven sin rumbo definido, zarandeados por las situaciones… Apenas dejan huella de su paso en ese continuo cambio de foco entre escenarios, entre coralidad de unos personajes e inquietantes imágenes de esos mismos lugares vacíos, sin esos espectros de humanos. Existencialismo en acuarelas (y ojito a la excelente labor de Sins Entido en un tebeo complejísimo de editar) (3+).
Sigo con tebeos que me han interesado: Chernobyl, de Francisco Sánchez y Natacha Bustos (Glénat), perfecto ejemplo de esa nueva forma de entender el tebeo no simplemente como un elemento de entretenimiento industrial, sino como un medio, como un lenguaje con el que acercarse a cualquier reflexión, desde la ficción al análisis de los hechos históricos. En esta ocasión, una obra que elige ficcionar desde la exhaustiva labor documental lo ocurrido durante la catástrofe de Chernobyl, acercándose a las vivencias de los afectados. Valiente propuesta que tiene como mayor problema un primer capítulo con un planteamiento argumental que recuerda en exceso, por desgracia, a la magistral Cuando el viento sopla de Raymond Briggs (posiblemente, el mejor alegato antinuclear que jamás se haya hecho). Una comparación de la que es difícil salir victorioso y que condiciona la lectura, pudiendo llegar a impedir valorar el buen camino que sigue la obra a partir de ahí, mucho más sólido y definido, denunciando los muchos errores cometidos en aquél incidente y que, por desgracia, hoy es rabiosa actualidad no tanto por su aniversario como por la dolorosa realidad de su repetición. Aunque en algunos momentos se caiga en un tono excesivamente melodramático, y pese a los problemas que se puedan derivar de ese primer capítulo, son mucho menos los errores que los aciertos, liderados por la excelente labor gráfica de Natacha Bustos. Una lectura interesante (1+).
Más de por aquí: pocas cosas me indignaron más que aquella campaña orquestada hace años contra Carla Berrocal, una joven dibujante entonces (y hoy, todo sea dicho) cuyo mayor pecado era tener ilusión por hacer tebeos. Lo lógico, el sentido común, dicta que lo que Carla debería haber hecho es mandar a tomar por saco al mundo del tebeo. Pero afortunadamente no lo hizo y hoy podemos leer El Brujo, madura obra en la que plasma el desconocido, por lo menos para mí, mundo de las leyendas y mitologías chilenas siguiendo a este peculiar cicerone de fábula. Y es evidente que la dibujante se vuelca en la obra poniendo toda la carne en el asador, en un apartado gráfico que opta por el cambio continuo de estilos: prácticamente cada página está planteada desde una técnica diferente, desde el lápiz a la acuarela, desde los rotuladores a la tinta, desde el color informático al directo, en un despliegue espectacular en el que hay que incluir, también, la experimentación continua de recursos narrativos. Una avalancha visual que es, posiblemente, el mayor pero que se le puede poner al libro: en algunos momentos el baile continuado de estilos y recursos va en contra de la fluidez de una historia que basa su acierto en la sencillez de su planteamiento, próxima a un cuento con forma de poemario gráfico. En cualquier caso, se disfruta en lo visual y despierta la curiosidad en lo contado. (2-)
Ración de superhéroes, que no falte: Starman, de James Robinson y Tony Harris es uno de esos tebeos que en los 90 jugaba en la difícil liga de igualar los aciertos y hallazgos con los que Moore, Gaiman o Morrison renovaban el discurso del género superheroico. Industria manda y si la resurrección de personajes en quiebra por la vía mágica inglesa funciona, hay que resucitarlos a todos por el mismo método, a mogollón. Afortunadamente, Robinson puso los pies en tierra e imitó a sus colegas y compatriotas no en su forma, sino en su actitud: hizo lo que mejor sabía hacer. Y de lo que sabía, y mucho, es de superhéroes, por lo que su renovación del personaje de la Golden es todo un homenaje al género desde el género. Hay en el fondo una reflexión tenue sobre las relaciones paterno-filiales, sí, igual que hay también la consabida humanización post-Moore del personaje, pero lo importante en Starman es revisar el sentido de maravilla de la Golden Age desde estos tiempos de descreimiento, reivindicando una forma de entender el género que no necesita acudir ni a piruetas formales ni excusas prestadas desde otras formas artísticas. Esa humanización de los personajes, esa visión realista, no es más que un subterfugio que simplemente aporta a la narración la visión del lector más fan. Abandona así la teatralidad de los tebeos de los años 40 para darle la mentalidad de un aficionado de los 90, más próxima y campechana si se quiere, sencilla en lo argumental pero efectiva y suficiente para los objetivos que busca. Eso sí, aprovechando la infinita sapiencia de Robinson sobre la época, que ya mostró en La Edad de Oro y que aquí refina dando algo más que una propuesta de renovación, extendiendo y ampliando lo que era un alegato en un discurso cohesionado que es capaz de conectar sin estridencias ni rupturas el género que se hacía en los orígenes con el de hoy en día. Vamos, que es un tebeo de lo más recomendable, de lectura amable y entretenidísima, con un Tony Harris esforzado que sabe aportar atmósfera y ambientación. (2)
Otro día más. Circulen, circulen…

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