Lecturas bárbaras

Dos lecturas en idioma bárbaro que esperaba con verdadera ansia: las nuevas obras de Chester Brown y Yuichi Yokoyama. Empiezo por el primero.
Paying for it no es una novela gráfica. Bueno, sí, claro que sí es una novela gráfica, pero creo que si tuviera que decidir cómo definir escuetamente la última obra de Chester Brown, no usaría ese término. Ni el de cómic, tebeo o historieta… Cuando uno se sumerge en la lectura de esta obra, lo de menos es cuál es el medio usado, ésa es su grandeza: deja atrás todas las polémicas para sobresalir como un impactante, brutal y provocativo objeto de debate. El tema, peliagudo y controvertido: la prostitución. La opción elegida por Brown, casi documental: narrar los encuentros sexuales con prostitutas que ha tenido en los últimos años. El resultado, una exposición milimétrica y consciente, depurada hasta la asepsia en algunos momentos, de todas las cuestiones morales y sociales involucradas en el sexo de pago, reflexionando en voz alta para, más allá de establecer un discurso propio, lanzar temas de debate que es imposible no recoger. Mientras vas leyendo los diferentes capítulos de la obra, las conversaciones con sus amigos de siempre (ya se sabe, Seth y Joe Matt), es imposible no detenerse a reflexionar, espoleado por una exposición tan desnuda y certera que obliga a replantearse desde el propio concepto de moralidad a todo ese edificio formal llamado amor que se ha construido durante milenios alrededor del sexo, las relaciones personales y la reproducción. La gélida ausencia de sentimientos con que Brown aborda el tema sorprende inicialmente, pero anima a entrar en el debate sin prejuicios ni ideas preconcebidas, intentando evitar la carga de la educación moral previa para discutir el problema desde posiciones que van desde el simple análisis de una transacción económica a un replanteamiento total de a qué llamamos relación de pareja y cuál es la base de su definición, construida sobre una inercia ética que esconde desde intereses puramente reproductivos o de necesidades sexuales a los más comunes socioeconómicos, dejando un espacio desnudo de discusión para entender mejor ese sentimiento llamado amor.
Es posible que, como lectura, se puedan achacar bastantes defectos a la nueva obra de Brown (un exceso de reiteración en la simple enumeración de los encuentros sexuales, que puede tener efecto narrativo en lo global, pero aburre en lo particular; una elección de formato poco compatible con los problemas de presbicia…), pero su efecto como objeto de debate es devastador, eficiente al 200%. A ver si se publica rápido por estos lares…
La segunda lectura bárbara, igualmente esperada: Garden, la nueva obra de Yuichi Yokoyama, ese transgresor del lenguaje gráfico que tanto me sorprendió en New Engineering y en Travel, y que en Garden vuelve a las andadas con una propuesta excitante que nace de esa concepción del movimiento continuo, de esa dinámica de lo inesperado, para adentrarse directamente en el terreno de la narrativa del videojuego. No hay lugar al respiro o la preparación, Garden comienza desde la primera página que el lector encuentra, no existen esas páginas de cortesía con la información de la editorial: la acción comienza desde una primera viñeta donde el lector no sabe qué ocurre: sólo que hay una grieta en el muro de un jardín y que una extraña masa de gente, cambiante y mutable, entra por ahí. A partir de ese momento, la masa seguirá de forma obligada su camino, encontrando a cada paso pruebas y sorpresas, un mundo nuevo que se va formando. A medida que iba leyendo, he recordado aquél maravilloso videojuego llamado Lemmings, un puzzle donde una serie interminable de pequeños lemmings se lanzaba con fervor al suicidio siguiendo el camino interpuesto por el jugador (reconozco mi absoluta ignorancia del arte de los videojuegos, pero éste ha sido uno de los pocos que me enganchó en su día… y de eso ya hace años). Y no he podido evitar ver en este grupo de innumerables individuos distintos a los lemmings de aquél juego, pensando en cómo Yokoyama cambiaba la perspectiva y nos hacía, en cierta medida, parte de ese flujo continuo e imparable. Los personajes van describiendo cada elemento de este gigantesco y siempre imprevisible puzzle, reiterativamente, como simples testigos fríos de la voluntad del extraño creador de ese gigantesco campo de juegos, impelidos sin razón en la búsqueda de nuevos caminos, de una salida quizás inexistente. Mientras, el lector toma un rol extraño: se sabe como jugador que ha sido, el creador de esos mundos cibernéticos, pero por otra parte asiste de forma completamente pasiva a una partida desde dentro, un cambio de ángulo de visión que convierte la experiencia de entretenimiento en una experiencia próxima al fervor religioso del que cree estar admirando milagros continuos. Es difícil no sentirse fascinado por el cúmulo de extrañas sensaciones que Yokoyama provoca en sus obras, siempre sin aliento por ese continuo movimiento que percibimos como real y extenuante. Brillante.

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