El bueno de Cuttlas

El bueno de Cuttlas es una obra maestra.
Y Calpurnio un genio del noveno arte.
Hala, ya lo he dicho.
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Eeeeehhhhh ¿no pasa nada? ¡Uy! ¡Si no hay comentarios!… Me perdonarán ustedes, pero es la costumbre. Tras esas dos frases, lo normal hubiera sido recibir centenares de comentarios furibundos ante tan heréticas afirmaciones, poco más o menos que llamando al linchamiento en algunos casos o, los más amables, recomendándome un neurólogo no vaya a ser que esto sea síntoma de algún tumor cerebral en ciernes. Eso sí, con cierta coincidencia general en el uso de la expresión “¡Pero si eso lo puede dibujar hasta mi hijo de tres años!”. Con la que reconozco, estoy de acuerdo. Es verdad, para que negarlo: Cuttlas, Jim o al malvado Jack pueden ser dibujados sin problemas por un niño de tres años. Incluso mi hijo con 16 meses creo que tiene capacidad para acercarse. ¡Hasta yo puedo dibujarlos! (aunque ojo, la cosa no es tan sencilla como aparenta…). Ni siquiera es original que hace casi doscientos años ya el señor George Cruishank hacía su versión particular del Cuttlas. Verdades como templos, oigan. Pero dibujar al vaquero con cuatro palotes es una cosa y, ¡ay!, dibujar las historietas del Cuttlas…eso, señoras y señores, eso es otro cantar. Porque aquí entramos en otra dimensión completamente diferente, la de la historieta. Y resulta que, en ese juego, Calpurnio es un genio que lleva 20 años haciendo una obra maestra con los recursos más limitados del mundo: el espacio cerrado de una página y unos personajes esbozados de la forma más sintética posible, con unos palotes. Minimalismo puro y duro en el dibujo para lanzarse a la exploración del lenguaje de la narrativa gráfica con una imaginación desbordante y una ausencia de prejuicios total que le ha llevado a la fusión más impensable de medios, consiguiendo que todo sea posible en la entrega del Cuttlas y convirtiendo la serie en el mayor catálogo de recursos narrativos jamás visto, de los que han existido, existen y existirán. Porque ahora nos maravillamos de los recursos creados por Dash Shaw, Ruppert y Mulot, Ware o Yokoyama…pero seguro que este Michael Nyman del tebeo que es Calpurnio ya los uso alguna vez. Experimentando con la dinámica y la estática de la secuencia, con la composición en todas sus formas, tomando préstamos del cine, del videojuego, del videoclip, de la literatura, del videoarte, de la pintura… O de la electrónica, biología, meteorología, geografía, astronomía, topografía o tipografía, porque la imaginación desbordada de Calpurnio se ha atrevido con todo en lo gráfico igual que en sus argumentos toda opción tenía cabida: desde la parodia del género de western, por supuesto, principio y origen de la serie, a cualquier tema por extraño o delicado que fuera, desde el más trascendente al más banal, desde la actualidad a la filosofía de andar por casa, desde la simple pasión por Kraftwerk (creando los mejores comic-clips jamás vistos) a la astenia primaveral o incluso, por qué no, un cómic-sudoku o un calendario-cómic. Y, siempre, desde la ironía, desde una visión que sabe ser ácida e inteligente, ya desde la reflexión pausada o desde la pasión estética.
Admito mi total admiración por la obra de Calpurnio: después de más de 20 años al pie del cañón, Cuttlas sigue sorprendiéndome con cada una de esas entregas de una página donde uno se puede perder descubriendo siempre nuevos caminos, en una obra absolutamente inclasificable, pero que explora el lenguaje de la historieta como pocos autores han hecho en la historia.
Y que, encima, es divertidísimo.
Aprovechen la edición integral que publica Glénat. Imprescindible.

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