¿Los superhéroes invaden Francia?

Que raro, rarito, está el mercado francés. Primero, Delcourt se merienda Soleil, que ya es maniobra de esas importantes. Segundo, Dargaud, acojonada ante el movimiento, se queda con DC ante la mirada estupefacta de Panini. Y ahora Glénat anuncia que creará un sello dedicado al cómic americano mainstream a finales de año. Tras el éxito y caída del manga como motor de la industria, ¿serán los superhéroes el nuevo impulso del mercado galo? Una posibilidad que suena rara, porque los superhéroes en Francia nunca han gozado de excesivo éxito. Pero oigan, ya se sabe, nunca digas de este agua no beberé…

Julia y Roem

La nueva encarnación de Enki Bilal como autor cumplidor que entrega un álbum al año a sus lectores –veremos lo que dura…- me tiene algo desconcertado, lo reconozco. Pero oigan, que se agradece ver más activo al dibujante, que parece más entregado a su labor creativa comiquera que a los excesos del panteón mitológico en el que le había colocado la prensa francesa durante años (recordemos que este hombre conseguía que uno nuevo de sus álbumes fuera primera página de diarios), aunque eso signifique el paso a una etapa de irregularidad tras años de soberbias obras. Buen ejemplo era la primero tri y después tetralogía de El sueño del monstruo, una serie que deambuló entre lo casi infumable y lo extraordinario con una preocupante tranquilidad, o la reciente (que raro utilizar esta palabra con Bilal) Animal’z, donde parece dejar por fin los temas anteriores para centrarse en un futuro apocalíptico que, por lo menos personalmente, no me llegó a atraer demasiado. Así que ante el anuncio de una nueva obra, tocaba ahora santiguarse ante San Eisner y preguntarse qué Bilal daría la cara ahora. ¿El de las magistrales continuaciones de Nikopol?¿El de la ácida 32 de diciembre? ¿O el de la flojísima Cita en París?…
Pues ni uno ni otro sino todo lo contrario, porque Bilal da un inesperado giro acudiendo al clásico de los clásicos para su nueva obra, adaptando el Romeo y Julieta de Shakespeare a ese particular universo apocalíptico predicho en Animal’z. Curioso y arriesgado, cuanto menos. La obra de Shakespeare, casi el catálogo por antonomasia de los retratos de las relaciones humanas, ha conocido todo tipo de traslaciones, incluyendo evidentemente el cómic, donde destacan por derecho propio las geniales aproximaciones de Gianni de Luca, que transformaba la composición de página en una puesta en escena teatral rigurosa y brillante, exquisitamente respetuosa con la obra original. Pero, también, ha sido la excusa de no pocas transformaciones tan cargantes como olvidables. A priori, un reparto restringido de personajes, las pasiones humanas desatadas, las trampas del destino… juegan a favor de Bilal: son elementos presentes de forma casi constante en su obra desde que comenzara su andadura personal, ya sin Pierre Christin, en aquella hipnótica y sugerente Femme Piege. A lo que hay que añadir que tampoco la obra Shakespeare es nueva para él: a principios de los 90, uno de los primeros trabajos fuera del mundo del cómic de Bilal fue la realización de decorados del ballet Roméo et Juliete para el prestigioso coreógrafo Angelin Preljocaj.
Y juega bien sus cartas: Bilal va introduciendo el drama de Montescos y Capuletos en su universo apocalíptico y devastado de forma gradual, como una especie de pregunta retórica que se interroga sobre si es posible todavía el amor apasionado en esa escena de destrucción final, de plomiza atmósfera sin vida. Poco a poco, los personajes de Shakespeare van poseyendo a los protagonistas de Roem y Julia, transformando la realidad en una representación teatral improvisada de la que sólo Lawrence/Lorenzo parece ser consciente. El drama va creciendo ante los ojos del lector y Bilal, siempre inteligente, lanza la pregunta crucial: ¿hasta dónde puede existir la tragedia de la existencia humana? Las obras de contenido apocalíptico suelen aferrarse a ese espíritu de supervivencia del ser humano, una necesidad puramente animal de permanecer frente a las circunstancias más adversas y terribles, pero la cuestión aquí es más sutil, más profunda: ¿es el drama parte indivisible del ser humano? O incluso, si se me apura, plantea esa inmanencia intrínseca a las tragedias de Shakespeare de lo convierten, más que en un referente de los posibles argumentos del drama, en el canon absoluto de la literatura occidental que proponía Bloom, en el retrato exacto de la naturaleza humana que tanto irritaba a Wittgenstein.
Bilal no sorprende en el apartado gráfico: sus atmósferas plomizas son más opresivas que nunca, su ritmo pausado es tan brillante como siempre, su dominio de la elipsis y los tiempos, magistral… Pero es capaz de ir más allá, proporcionando un sutil tono de teatralidad para adaptarse a las necesidades del original shakesperiano que redondea su soberbia labor de interpretación gráfica.
Sin embargo, y pese a que la lectura es gratificante, queda un regusto extraño, inclasificable. Por alguna razón, Julia y Roem no termina de cuajar. Es interesante, sin duda: plantea una original aproximación a la adaptación teatral y deja interesantes cuestiones en el aire… pero hay algo en la maquinaria que no llega a funcionar engrasadamente. Puede que sea ese final ajeno y discordante, más capriano que shakesperiano. Puede que sea esa gelidez habitual con que Bilal se aproxima a las relaciones humanas, mala acompañante de la visceralidad de los sentimientos del dramaturgo británico… Reconozco que no sé encontrar el porqué de esa sensación final agridulce. Ni siquiera argumentar de forma razonada esas sensaciones. Podría resumir, quizás, en un ambiguo “Me ha gustado, pero no me ha convencido”, pero sería traicionar por los buenos momentos que me ha proporcionado la lectura.
Ustedes mismos.