Rebooteando

Pero qué olor más rancio tiene el reboot de DC. Quizás porque la posibilidad de comprar los tebeos en formato digital el mismo día de su aparición evita que el fuerte olor de la tinta recién impresa oculte esos vahos de papel añejo y algo mohoso que desprenden casi todas las “nuevas” series que ha lanzado la editorial, quien sabe, pero aunque sólo he leído la primera oleada, la verdad es que el escepticismo ideal se ve desbordado por una realidad todavía más deprimente: las ideas de siempre, las actitudes de siempre, los conceptos de siempre… La supuesta revitalización de los personajes para atraer nuevos lectores es tan sólo una falacia que esconde la falta de ideas crónica. Series que intentan jugar a captar al lector juvenil más acostumbrado a los superhéroes que aparecen en cine y videojuegos blockbuster, con planteamientos estéticos “marchosos” que no hacen más que lograr que añoraremos aquellos escorzos geniales de Neal Adams (los de antes, porque lo de Batman Odyssey es de vergüenza ajena, un truño tan en expansión como su teoría del hinchamiento, que deja el Batman & Robin de Miller y Lee como obra maestra indiscutible). Series que se ponen la medalla de “¡Ey!, ¡somos adultos!” pero que no hacen más que sonrojar con sus planteamientos… Es verdad que sólo con un primer número es difícil hacer evaluación de nada, pero el tufo viejo que desprenden las series del reboot es de tal calibre que uno actúa con la misma celeridad que cuando olemos un alimento podrido: no queremos seguir catando semejante “manjar”. No es que estemos ante malas series, ojo, pero es que es más de lo mismo. Es volver al New Universe shooteriano pero con aspecto externo de photoshop y alma de operación de marketing.
Se salva, eso sí, la propuesta de Morrison en Action Comics #1, que transforma a Superman en un Li’L Abner hipervitaminado que podría estar acampado en la Puerta del Sol. Un “perroflauta” en toda regla que todavía tiene ideales de juventud, y que no se enfrenta contra perversos galácticos, sino contra millonarios corruptos, todo contado con guiños continuos al Spiderman de Lee y Ditko, reciclando ideas con cierta frescura que por desgracia está ausente en el resto de la propuesta hasta el momento. Lo de ponerle a este Super Li’L Abner la capita roja es ridículo hasta decir basta, pero se le perdona, de momento. Tampoco está mal el Animal Man de Lemire, y eso que este señor no es precisamente de mi gusto. Aunque su versión del zoo ambulante es flojita, gana todos los puntos con una inquietante estampa infantil final que, bien llevada, podría dar lugar a una curiosa reflexión sobre la vida familiar superheroica.
Faltan treinta series más. Pero mucho, mucho, mucho tendrán que cambiar las cosas para que este reboot tenga el más mínimo interés. Más que una atracción para nuevos lectores, es la ocasión ideal para que los lectores de siempre que se compraban las series por inercia las dejen definitivamente.