Pagando por ello

Reciclo reseña de lo ultimo de Chester Brown, Pagando por ello, que acaba de publicar La Cúpula en cuidadosa edición idéntica a la original (sí, hay que reconocer que Brown nos lo pone difícil a los présbitas con un tamaño mínimo):
Pagando por ello no es una novela gráfica. Bueno, sí, claro que sí es una novela gráfica, pero creo que si tuviera que decidir cómo definir escuetamente la última obra de Chester Brown, no usaría ese término. Ni el de cómic, tebeo o historieta… Cuando uno se sumerge en la lectura de esta obra, lo de menos es cuál es el medio usado, ésa es su grandeza: deja atrás todas las polémicas para sobresalir como un impactante, brutal y provocativo objeto de debate. El tema, peliagudo y controvertido: la prostitución. La opción elegida por Brown, casi documental: narrar los encuentros sexuales con prostitutas que ha tenido en los últimos años. El resultado, una exposición milimétrica y consciente, depurada hasta la asepsia en algunos momentos, de todas las cuestiones morales y sociales involucradas en el sexo de pago, reflexionando en voz alta para, más allá de establecer un discurso propio, lanzar temas de debate que es imposible no recoger. Mientras vas leyendo los diferentes capítulos de la obra, atendiendo a las conversaciones con sus amigos de siempre (ya se sabe, Seth y Joe Matt), es imposible no detenerse a reflexionar, espoleado por una exposición tan desnuda y certera que obliga a replantearse desde el propio concepto de moralidad a todo ese edificio formal llamado amor que se ha construido durante milenios alrededor del sexo, las relaciones personales y la reproducción. La gélida ausencia de sentimientos con que Brown aborda el tema sorprende inicialmente, pero anima a entrar en el debate sin prejuicios ni ideas preconcebidas, intentando evitar la carga de la educación moral previa para discutir el problema desde posiciones que van desde el simple análisis de una transacción económica a un replanteamiento total de a qué llamamos relación de pareja y cuál es la base de su definición, construida sobre una inercia ética que esconde desde intereses puramente reproductivos o de necesidades sexuales a los más comunes socioeconómicos, dejando un espacio desnudo de discusión para entender mejor ese sentimiento llamado amor.
Es posible que, como lectura, se puedan achacar bastantes defectos a la nueva obra de Brown (un exceso de reiteración en la simple enumeración de los encuentros sexuales, que puede tener efecto narrativo en lo global, pero aburre en lo particular; una elección de formato poco compatible con los problemas de presbicia…), pero su efecto como objeto de debate es devastador, eficiente al 200%.
Muy recomendable, de lo mejorcito de este año que ya se va acabando.

The Death-Ray no tan The Death-Ray

Me llega la nueva edición americana de The Death-Ray, una de las genialidad de Daniel Clowes que seguía absurdamente inédita en castellano por la elección inicial de formato de publicación: en grapa, en tamaño más grande que el habitual cómic book, pero siguiendo la numeración habitual de Eightball. Un problema que la nueva edición soslaya con una impresionante tapa dura y mejor papel que le da consistencia de álbum europeo de qualité. La relectura sigue siendo igual de apasionante, una aproximación al género de superhéroes que es capaz de unir sin fisuras la imaginación adolescente espoleada por los tebeos de Ditko con una reflexión madura, brillante en unos planteamientos que tejen la ficción con fibras de realidad, ácida en sus críticas a la vez que tierna y tolerante con sus claves. Uno de los mejores tebeos de Clowes, sin duda.
Pero le falta algo: en esta nueva y lujosa encarnación perdemos ese delicioso metasentido que Clowes daba a la obra con su publicación en grapa. Estábamos leyendo un comic-book “para adultos”, con mejor papel, más tamaño y más calidad, sí, pero incluso con su pegatina de precio simulada para dar esa sensación de inmersión total en la fantasía adolescente, para provocar esos sentimientos encontrados de niño leyendo Spiderman por primera vez. Unas sensaciones que, por desgracia, se pierden en esta nueva edición.
Que nadie se equivoque: sigue siendo un grandísimo tebeo, pero es una lástima que se pierda parte de esa experiencia tan especial que suponía aquél mítico Eightball 23.
Yo, me temo, conservaré los dos. (Y si por falta de espacio tengo que dejar uno, tengo claro cuál se irá fuera… :) )
A ver si alguna editorial española lo trae pronto por aquí. Pese a todo, es un grandísimo tebeo.

Novedades de Astiberri de diciembre

(**)- CRÓNICAS DE JERUSALÉN, de Guy Delisle Cartoné 17 x 24 cm Color. 336 páginas. PVP: 26 euros.
(**)- AAMA 1. OLOR A TIERRA CALIENTE, de Frederik Peeters Cartoné 23 x 31 cm Color. 88 páginas.PVP: 20 euros.
(*)- LA RUTA JOYCE, de Alfonso Zapico Rústica con solapas 17 x 24 cm B/N. 208 páginas. PVP:15 euros.
LA METAMORFOSIS, de Franz Kafka, con ilustraciones de Paco Roca Cartoné 17 x 24 cm B/N. 240 páginas. PVP: 20 euros.

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Exposición de José Sanchis en Valencia

[Nota de prensa]
LAS AVENTURAS DE PUMBY EN GRAN TURIA. HOMENAJE A JOSÉ SANCHIS
Una exposición organizada por Flash-Back Producciones y el Centro Comercial Gran Turia, con la colaboración de Grupo Datos Gabinete y APIV (Asociación Profesional de Ilustradores Valencianos), que, comisariada por Antonio Busquets, podrá verse desde el 2 de Noviembre al 7 de Enero de 2012 en la Sala Granturiarte del C. C. Gran Turia de Valencia.
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Un adiós especial

Qué jodido es morirse. Sabemos que pasará, que es la gran verdad de la vida, pero sigue siendo jodido. Es curioso: de niños nos aterra, tenemos esos primeros contactos con la muerte en forma de entregas casi programadas que van acercándonos a la madurez a empujones. La muerte de una mascota, la del familiar lejano que no conocíamos, la más directa de un abuelo… poco a poco, vamos asumiendo lo inevitable de la muerte y, quizás por esa imposible lucha, aparcamos el tema en nuestra muerte como un asunto a tratar más tarde. Importante, claro, pero que contra más tarde lo abordemos, mejor. Hasta que llega un punto sin retorno en el desarrollo de la persona: la muerte de los padres. Es el momento en que nos damos cuenta de que, definitivamente, somos los siguientes, que ya no hay nadie entre nosotros y la dama blanca. Que vamos cuesta abajo. Es el momento en que somos conscientes de qué significa envejecer.
Contar todo esto desde el sentimiento íntimo es jodido. Muy jodido. Se debe luchar contra muchos sentimientos, algunos tan primitivos como incontenibles; otros, producto de una reflexión que obliga a una siempre dolorosa introspección. ¿Cómo hacerlo bien? Cómo enfrentarse a la muerte sin caer en la desesperación o el tópico?
La historieta no ha sido ajena a esta reflexión: desde que existe, desde que Frank King decidiera contar la vida cotidiana, la muerte es un invitado necesario de cualquier planteamiento mínimamente realista. Desde el dramatismo exacerbado de las series herederas del pulp como Crime Does Not Pay hasta ese escena magistral de dolor contenido que fue la viñeta de la muerte de Raven Sherman en Terry y los piratas. Hasta los superhéroes, enfocados desde sus inicios a un público infantil y juvenil, comenzaron su transición hacia un público adulto a través de un rito de iniciación particular que tomaba la muerte de Gwen Stacy como elemento nuclear. Un camino que la historieta francesa dividió claramente desde sus inicios, separando el cómic tradicional juvenil, donde la muerte cercana no existe (a diferencia de la moda fúnebre que recorre el cómic americano, los héroes francobelgas nunca mueren), del adulto, que asume la referencia como propia: desde aquel bello y enloquecido poema fúnebre a la muerte de su esposa que es La nuit, de Phillpe Druillet hasta obras más próximas en el tiempo como Les funérailles de Luce, de Benoit Springer o Mi mámá está en América de Emile Bravo. Por no hablar del caso japonés, donde las evidentes y profundas diferencias entre las culturas sobre la muerte marcan radicales distancias en cómo se ha plasmado el tema.
Sin embargo, en todos estos casos se evita la plasmación directa del dolor por la pérdida. Se reflexiona sobre la muerte, sobre la desaparición, pero se elude entrar a tratar precisamente aquella muerte que más nos puede afectar: la del ser querido. Y es que realmente pocos, muy pocos, se han atrevido a dar ese salto: lo hemos visto en El arte de volar, de Antonio Altarriba, en Los años del elefante, de Willy Linthout, En El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi, en Autobiografía no autorizada, de Nacho Casanova… En todos los casos, obras que optan por el uso catártico de la creación, que buscan la reflexión particular a través del exhibicionismo de sentimientos dolorosos, quizás impúdico, quizás una solución fácil en tanto buscan una conexión directa a través de la tristeza, Pero en los casos comentados, parece evidente que esa empatía exitosa con el lector no era resultado de un objetivo consciente en sí mismo, sino de la honestidad y sinceridad de su planteamiento.
Pero queda una opción que el cómic rara vez ha barajado: la exposición descriptiva que aleje esa componente de empatía, que busque la reflexión desnuda de elementos sentimentales que puedan condicionarla. Una opción que requiere por parte del autor un ejercicio todavía más doloroso: el de una abstracción que, en muchos casos, puede ser casi insostenible. Pero no imposible, como demuestra Joyce Farmer en Un adiós especial, relato fidedigno de la muerte de sus padres que opta precisamente por una consciente asepsia narrativa. Farmer cuenta la agonía y muerte de su madre y padre desde una perspectiva ajena, tomando incluso una voz distinta que le permita no involucrarse en primera persona, que le permita narrar el declive vital con absoluta precisión quirúrgica. Una labor titánica, de la que sólo se puede atisbar su complejidad y dificultad atendiendo al tiempo dedicado por la autora culminar su creación: pese a acumular una larga experiencia en el underground (Farmer es una autora importantísima en los USA, aunque prácticamente desconocida en España), pese a ser ya una veterana curtida en mil batallas creativas, Un adiós especial supuso para la dibujante una tarea casi inconmensurable que le ocupó trece años de su vida.
Me cuesta imaginar lo difícil que ha tenido que ser despojar los hechos de los sentimientos, analizar los recuerdos para apartar el dolor y dejar sólo la exposición veraz de lo ocurrido, evitar la tentación constante de la reflexión particular, de la expresión de la pena íntima. Pero Farmer lo consigue y narra con minuciosidad profiláctica todo el proceso de degeneración de dos personas: la pérdida de memoria, la caída en la dejadez, la depresión, el olvido, el dolor, la muerte. No deja ningún paso, no olvida ningún momento. No hay lugar para esa empatía, para ese atisbo de tristeza compartida que nos pide el cuerpo.
Y el efecto no pude ser más letal: ante la presentación fría de los acontecimientos, el lector no puede más que acudir a la identificación. Todo aquél que haya pasado por la muerte de un padre o una madre verá lugares comunes: la negación de la enfermedad, la dejadez del enfermo hacia sí mismo… Lo de menos es cuándo se produce la conexión del lector: se dará. Puede que, hasta cierto momento, la lectura de Un adiós especial simplemente mueva a una reflexión banal (“¡pero cómo podía dejar su hija que vivieran con tanta mierda alrededor!”), pero todo lector encontrará una página donde la viñeta actúe como un doloroso espejo en el asistimos sin el filtro del recuerdo a nuestro pasado. En otras obras, la coartada de la empatía permitía alejarse de lo personal y centrarse en el sufrimiento ajeno: no he podido evitar pensar en obras tan geniales como Cuando el viento sopla, que pese a tratar un tema radicalmente distinto, también muestra la degeneración de una pareja desde un tratamiento donde el lector se siente arrastrado por el suplicio que pasan los dos mayores; en la película Las invasiones bárbaras, donde las reflexiones que circundan a la muerte permiten desviar el foco de uno mismo; o en nuestro querido Carlos Giménez, experto como pocos en sacudir bofetadas de realidad que duelen como pocas.
En Un adiós especial no existe esa posibilidad. No existen sentimientos desatados de la autora, sólo hechos que desatan sentimientos, los del lector. Ahí es nada.
Es verdad que, pese a todo, se dejan ver las hechuras de ese dolor: los trece años que tardó la autora se ven en la obra, en los cambios de registro gráfico, en cierta dificultad para expresar los sentimientos de sus personajes que creo que tiene más razones personales que la poca pericia gráfica de la dibujante, ampliamente contrastada en el pasado. Farmer no necesita de la visceralidad que muestra Linthout en Los años del elefante, de hecho, la debe evitar en su planteamiento, pero es evidente que hay ciertos momentos en que no llega a dibujarse a sí misma: Laura, su voz en la ficción, muestra un grafismo inerte muchas veces que sólo puede ser contrapesado por la exhaustividad de la representación gráfica, que se vuelca en todos los detalles, desde el mobiliario de la casa a la presencia física de la enfermedad en los protagonistas, en ese deterioro palpable y visible a lo largo de toda la obra.
No se puede negar tampoco que la gelidez argumental de Farmer puede lograr, en determinados momentos, sacar al lector de la obra, pero lo cierto es que en el global de la experiencia de lectura de Un adiós especial, son detalles que pasan desapercibidos, que apenas importan ante el proceso de reflexión que el lector obligatoriamente ha iniciado, ante un recuerdo renacido de creíamos enterrado y que resulta indefectiblemente descarnado y doloroso.
Yo reconozco que, después de leer esta obra no pensé ni en la narrativa, ni en el dibujo de Farmer ni en nada más que tuviera que ver con los tebeos. Estuve un buen rato acordándome de un año terrible que, casi día por día, estaba en ese tebeo, en esas viñetas.
Y mira que me jodió.
Quizás Un adiós especial no sea una obra maestra del tebeo. Pero es uno de esos tebeos que hay que leer para entender lo que es la vida. La de verdad.

Lupus

Recupero la reseña que hice de Lupus en el extinto DDT ahora que Astiberri publica un integral de los cuatro volúmenes, añadiendo nota final sobre la edición:
Puede que, a primera vista, sorprendiera el espectacular salto cualitativo que dio Frederick Peeters al comenzar su serie Lupus. El referente de la hermosa y singular Píldoras Azules estaba en la mente de todos y pasar de una historia autobiográfica, intimista y tremendamente sensible a una aventura de ciencia-ficción trepidante dejó descolocados a los seguidores de este autor, que no entendían el cambio. Pero basta entrar en la primera página de Lupus para darse cuenta de que no estamos ante un relato de género convencional o superficial. Peeters ha sabido ampararse perfectamente en los andamiajes formales de la ciencia-ficción para ir tejiendo sobre ellos con tranquilidad una historia de amor, con la misma sensibilidad que demostró en su anterior obra, pero con mayor sabiduría, si cabe, en el planteamiento. Se permite incluso un ejercicio de mestizaje muy particular, uniendo las formas del “road-comic sideral” con los de la comedia sentimental intimista, gracias a las que puede analizar con profundidad y sentimiento la relación entre los protagonistas, Lupus y Sanaa. Si en el primer volumen presentaba a sus protagonistas y les creaba un entorno ideal para que sólo les quedara como opción el comienzo de este largo viaje por el espacio, en el segundo sentaba las bases de esta relación, para lanzarlos por fin en el tercer volumen a una loca escapada que les llevará a una estación espacial abandonada, donde el aislamiento y la soledad les obligará a conocerse en profundidad sincerando y expresando sin tapujos sus sentimientos. Peeters ha imbricado perfectamente los acontecimientos, ensamblando con delicadeza las piezas una detrás de otra, creando una compleja telaraña en la que nada se deja al azar. Ha usado hábilmente el género como envoltorio de lujo para crear las situaciones que empujarán a los protagonistas uno contra el otro, pero también como referente ineludible que le ayuda a contraponer ideas a sentimientos y sensaciones. Plantear únicamente la historia de amor entre Sanaa y Lupus no hubiese sido diferente a cualquier otra historia de miedos e inseguridades ante el amor, pero gracias a su inclusión en el género, le permite jugar con simbolismos muy elaborados, contrastes que generan ideas y sentimientos que no hubiesen existido en un entorno real. Multiplica así la fuerza del relato, generando una complejidad que le permite acercarse de una manera más depurada a la historia de amor, centrarse más en sus personajes y hacerlos, paradójicamente, más reales si cabe.
Es evidente que todo esto sería imposible sin la increíble calidad como dibujante de Peeters. Su trazo impetuoso, expresionista, es el mejor medio para transmitir emotividad, para que el lector palpe los sentimientos de los personajes que se mueven en esas viñetas cerradas. Un estilo que absorbe como una esponja influencias, mezclándolas con frescura y descaro: es capaz de unir la composición de página del manga y su puesta en escena (sobre todo en las escenas más íntimas) con los hallazgos narrativos de los clásicos americanos, con Caniff y Robbins a la cabeza, de los que aprende el uso expresivo del blanco y negro, pero sin olvidar las enseñanzas de autores como De Crecy o Blutch.
Es verdad que Píldoras azules tiene una componente de sinceridad y proximidad que la hace entrañable y encantadora, pero en Lupus encontramos ya a un autor en estado de gracia, que domina a la perfección los recursos narrativos y que, sobre todo, los utiliza para explorar con inteligencia los sentimientos y caminos del ser humano.
No es extraño que, tras tres nominaciones, el final de la saga fuera galardonado con uno de los premios “Esenciales” del festival de Angoulême, reconociendo una de las mejores series publicadas en Francia en los últimos años.
La edición integral de Astiberri opta por reducir el tamaño original, siguiendo lo que ya parece ser costumbre en la industria editorial española en las ediciones de integrales. Es verdad que el trazo y composición de Peeters lo permite y afecta menos que en otros casos, pero no deja de ser incómodo. (3)

Presentación de Causas Nobles

El viernes 21 de octubre, a las 18:30h, se presenta en la librería Kómic de Santiago (San Pedro de Mezonzo 4) la obra Causas Nobles, de Fran Bueno. La presentación contará con la presencia del autor y de la editora Gemma Sesar, y con la compra de cada libro de Causas Nobles se regalará un ejemplar de Galimatías Ano Un.

Presentaciones de DEMO editorial

Hoy jueves 20 de octubre, a las 19:30h, se presenta en la FNAC de A Coruña la obra PUNTO DE FUGA de Miguel Cuba, el viernes 21 de octubre, a las 18:30h, se presenta en la librería PAZ de Pontevedra CABANA DE BALIEROS de Tokio y el sábado 22 de octubre, a las 18:00, se presenta en la librería Banda Deseñada de Vigo CABANA DE BALIEROS de Tokio

Memorias de un hombre en pijama

Hay gente que llega a la cima y se sienta en un trono dorado para ver desde las alturas al resto del mundo, endiosados, instalados en la élite más selecta y poder olvidarse, por fin, del vulgo.
Hay otros que, sin embargo, llegan a la cima en pijama, echan un vistazo todavía legañoso, se toman su Cola Cao mañanero y se ponen a currar otra vez.
Como Paco Roca.
Y es que Paquito es la hostia. Yo mantengo la teoría de que su cerebro tiene algún tipo de problema que le impide comprender términos como “ambición”, “egoísmo” o “envidia”; algún desorden patológico todavía desconocido que, como muchos otros, ha obligado a su cerebro a desarrollar otras habilidades para compensar los déficits. Y en su caso, sus neuronas se han especializado en generar sentido común y bonhomía a raudales.
Quizás pueda parecer contraproducente que en estos tiempos en los que se valora más en los autores la irreverencia cínica, el sarcasmo destructivo o un gamberrismo adolescente, llegue un señor que lleva por bandera la bondad y cierta dosis de ingenuidad, pero no se confíen, señoras y señores, no se confíen.
Porque aunque Paco ha llegado a la cima en pijama y pantuflas, aunque él mire el éxito con cierta indiferencia, lo cierto es que desde hace años su obra responde por él con unos niveles de calidad inimaginables. Uno, que sí que es más escéptico, tiene siempre por norma admirar la obra y no a los autores por aquello de las decepciones. Que también los dibujantes son humanos y tienen derecho a cagarla justo después de haber tocado las cotas más altas de la genialidad, así que mejor mantener siempre la duda metódica para evitar caer en un desengaño que suele amplificarse exageradamente. Y pensaba, de verdad, que el anuncio de que Paco haría una serie para el periódico Las Provincias de Valencia (además, un diario de derechas, pero si es que este Paquito…) sería el presagio de la primera debilidad de este hombre en mucho tiempo. Que le había llegado su kryptonita particular en forma de encargo, vamos. Y que incluso le vendría bien, qué narices.
Joder, qué error.
Memorias de un hombre en pijama es, de nuevo, otra de las genialidades de Paco. Historias de una página (en la edición de Astiberri se presentan cortadas en dos partes por cuestiones de formato a indicación del propio autor, pero no afecta demasiado a la legibilidad o composición de la página) donde el autor, en pijama, observa la realidad cotidiana con su particular mirada ingenua. Punto de partida que uno podría pensar, como decía antes, que no tendría la mordiente necesaria para una serie de humor. Paco siempre ha querido ser gamberro, pero no le sale, es de los que le tiran una piedra a un gato y luego lo lleva corriendo al veterinario. Y claro, acostumbrados al vitriolo del humor de la tradición de la prensa satírica que va desde La Codorniz a El Jueves, pues como que no.
Craso error, repito.
Porque Paco se guarda un as en la manga, esa enfermedad neuronal que le provoca sentido común a borbotones. Y ante la realidad que nos circunda, ríanse ustedes del ácido más potente que pueda fabricar la química: unas gotitas del sentido común de Paco se convierten en la fuerza más demoledora de la naturaleza. Ni Mjolnir en las manos de Thor consigue tanta potencia en su golpe como la mirada inocente de Paco. Y lo peor es que, pasando páginas, es imposible no reconocerse en algún momento de ese análisis pormenorizado de lo cotidiano que desfila por las páginas. Las miserias de la vida, de la nuestra y de todo lo que nos rodea, quedan al descubierto y uno no puede evitar reírse. Sanamente, de sí mismo y del mundo, porque las historias de Paco son como esos gags de cámara oculta que dejan a alguien con el culo al aire: no podemos evitarlo, nos reímos. Nos carcajeamos aunque la procesión vaya por dentro y, entre lágrimas, pensemos lo de “¡Coño!¡Qué gran verdad!”.
Y así, en pijama, Paco se sube a otro Olimpo, el del género de humor, ése tan vilipendiado que resulta, en verdad, ser el único que realmente nos ayuda a llevar esta vida con un mínimo de felicidad.

La realidad de la paternidad

Novedades de Astiberri de noviembre

Muy atentos a las novedades de Astiberri, con dos obras interesantísimas, de Lola Lorente y del tándem Seguí/Beltrán.
(**)- Sangre de mi sangre, de Lola Lorente. A la venta el 11 de noviembre.
(*)- En la cocina con Alain Passard, de Christophe Blain. A la venta el 11 de noviembre.
El vino vuelve lista a mamá, de Andy Riley. A la venta el 18 de noviembre.
(**)- Historias del barrio, de Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí. A la venta el 25 de noviembre.
Toda la información, en el PDF de novedades.
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R.I.P. Rest In Peace

R.I.P. es la nueva obra de Felipe Almendros, pero en portada aparece el nombre de su padre, Alfonso Almendros. No es trivial el asunto: puede parecer una sentida expresión de admiración de un hijo a su progenitor o la confirmación de la definición que el propio autor hace de su obra como terapia de autoayuda, pero a poco que nos adentremos en este extraño viaje que firma el autor de la sugerente Save Our Souls, comprenderemos que, de nuevo, Felipe Almendros dinamita toda preconcepción para saltarse a la torera cualquier límite que la historieta le quiera imponer. Si en su anterior obra sorprendía la frescura irreverente de su planteamiento, en ésta deja al lector absolutamente pasmado con una interpretación peculiar del descenso a los infiernos del propio autor provocado por la muerte de su padre y la grave enfermedad de su hermana. La muerte, como elemento catalizador de la expresión de los miedos, se convierte en la puerta de un viaje onírico a través de las angustias personales del autor, que desarrolla una sesión de autopsicoanálisis tú a tú con el papel. Igual que su personaje se aísla en una caja para bajar a su particular averno, el autor crea con las páginas de su libro un castillo impenetrable, ante el que el lector sólo actúa de convidado de piedra, de voyeur inerte que no puede más que asistir al proceso de construcción/deconstrucción puramente estocástica de las fobias del autor. Un strip-tease integral psicológico orquestado como una acción continuada imparable, que a estilo y semejanza de aquél hipnótico Viaje de Yokoyama no deja más opción que seguir mirando, a medias entre la curiosidad malsana y morbosa del cotilla y un extraño efecto mesmérico que aporta ese dibujo minimalista, apenas esbozado, que deja la página prácticamente en blanco. Almendros reduce a sus personajes, a sí mismo, a pequeñas hormigas que van desarrollando sobre el papel una actividad incesante, febril y compulsiva, una danza cinética que plasma un ritmo propio sobre la página que actúa como una especie de catártica flauta de Hamelin para el lector. Y, mientras, el autor arroja de forma imparable sus confesiones, sus sueños, sus obsesiones… desde las ilusiones infantiles a los iconos pop de una vida, usando recurrentemente la simbología pero nunca buscando aportar una explicación. Y, ahí, el lector puede entrar en la propuesta que quiera: puede intentar desentrañar los conceptos simbólicos jugando a ser psicólogo, o bien puede dejarse llevar por la compleja melodía que plantea Almendros para buscar su propia reflexión introspectiva.
R.I.P. tiene algo de Gary Panter en ese espíritu de alucinación desmandada (pese a la diferencia de estilos, completamente opuestos, del barroquismo horror vacui del americano al minimalismo de Almendros), de propuesta hermética que el lector debe desgranar desde una apertura total de miras, siguiendo un manojo de raíces endiabladamente retorcidas que se alimentan de Freud, de Kafka, de los planteamientos estéticos del art brut o del surrealismo, pasando por un reguero inmenso de influencias que el autor va dejando apenas esbozadas.
Las obras de Almendros son radicales rupturas no de la concepción clásica de la historieta, sino de la propia esencia del autor dentro del medio. Experimentos estilísticos y narrativos han existido desde los años 60 (similares incluso a los de Almendros) pero, por primera vez, el autor no sólo está siendo consciente del potencial de la historieta más allá de su consideración como parte de la industria del entretenimiento, lo está llevando a práctica rompiendo las barreras impuestas por los condicionantes puramente productivos para establecer un discurso personal creativo sin límites que lo equipara a cualquier otra arte sin renunciar a sus especifidades. El cómic de autor alcanza, por fin, toda su extensión: tanto como reescritura de las claves que se consideraban canónicas dentro del mainstream manteniendo sus principios de comercialidad y difusión (los Blain, Sfar, Alan Moore, etc), como expresión artística sin restricciones de la voluntad autoral. Y, todos, retroalimentándose para hacer avanzar este arte/cultura/medio/negocio que llamamos historieta. (4)
(Edita Random House Mondadori)

Cinco mil kilómetros por segundo

Sigo manteniendo la costumbre de hojear un tebeo antes de leerlo. Hojear y ojear, que para evitar la duda de la hache dichosa, nada hay como pasar rápido las páginas del tebeo mientras se saca una impresión visual tan apresurada como espontánea. Rutina que, todo sea dicho, dejaba además un sutil y agradable cosquilleo olfativo por el fuerte aroma de las tintas de entonces, hoy reconvertido en tufillo acre a costa de ser más respetuosos con la salud y el medio ambiente, qué se le va a hacer. Ya no lo hago con demasiada pasión, lo reconozco, es más un automatismo, o los rescoldos que quedan de la adicción a oler los tebeos, pero mantengo esta rutina que pocas alegrías me había dado hasta recibir la nueva obra de Manuele Fior.
Pedí Cinco mil kilómetros por segundo nada más enterarme de su premio en el Salón de Angoulême (siguiendo otro hábito, más moderno, el de aprovechar las bondades de internet para hacerme rápidamente con los premiados o seleccionados en el salón francés) y, nada más abrir la caja, lo hojeé/ojeé con los gestos mecánicos de siempre. Pero fue distinto. Aquella rápida pasada me dejó una imagen tan atípica como sugerente: un torrente de colores, un arco iris casi perfecto formado por la tonalidad imperante en cada capítulo, desde agresivos amarillos a discretos violetas pasando por pardos, rojizos, azules y verdes… Volví a pasar las páginas y ahí estaba, de nuevo, ese curioso y fascinante efecto cromático que logró que todos mis prejuicios se cayeron de golpe. Y tenía muchos, porque el premio al italiano me pareció en su momento excesivo, habida cuenta de que competía con genios como Robert Crumb, Joe Sacco y una larga lista de pesos pesados de la historieta. Pero ese efecto era tan hipnótico, que era fácil dejar de lado todas las ideas preconcebidas para lanzarse a la búsqueda del caldero lleno de monedas de oro que prometía.
Y vaya si escondía un tesoro… Nada más y nada menos que una gran historia de amor.
Todo un atrevimiento, porque en estos tiempos de cinismo y decepción, parece que contar historias de amor es de cursis o sosainas, olvidando que las grandes historias de amor han pervivido en nuestra cultura, desde Ulises y Penélope hasta Romeo y Julieta. No voy a comparar, evidentemente, la historia de Piero y Lucía con estas obras maestras, pero Fior logra plasmar en Cinco mil kilómetros por segundo un bello y sosegado retrato de la descomposición del amor, de cómo la distancia va poco a poco deshaciendo la pasión para dejar un retrato desenfocado de aquél primer amor, pintado con cariño y afecto, pero sin esa esencia de definición imposible del amor.
Creo que, desde el título, Fior toma como punto de partida el anime Cinco centímetros por segundo, dirigida por Makoto Shinkai con una cuidada factura para hablar, también en tres momentos del tiempo, del amor a distancia entre dos jóvenes. Pero el dibujante abandona pronto la cuidada y aséptica factura del japonés – esa narración inanimada basada en desplazar el foco a los objetos alejándose de los seres humanos-, para mostrar un trazo vital, enérgico y orgánico, que se fundamenta en las caras, en las expresiones y gestos modulados por el omnipresente cromatismo que traslada sensaciones y sentimientos. Opta por una sencilla cuadrícula fija de nueve viñetas por página para que todo el ritmo de la composición delegue en el dibujo de cada viñeta, en el color, ganando en lo fisiológico, en lo palpable. Y deja también de lado el hermoso romanticismo adolescente de la obra japonesa para abordar un tratamiento más adulto, más naturalista, más real. Despoja el relato de amor de los tópicos propios para centrarse en aquellas cotidianeidades de la existencia, del día a día, que van minando esa ilusión adolescente, siguiéndola a lo largo del tiempo y de la distancia. Y, en cada, paso, aportando esas zancadillas que la vida pone al amor no como terribles y dramáticos sucesos, sino como la vida que es, con todo lo bueno y malo que tiene.
Desde los silencios, Fior va adentrándose en los sentimientos, en los conflictos que un amor siempre caprichoso e indeciso va creando a cada paso de nuestra vida, dejando ver las incoherencias de la duda y las felicidades de la razón con la misma evidencia que sus contrarios. Lentamente, Lucía y Piero van contándonos su historia de amor, llevando al lector hacia esa conclusión tan descorazonadora que espera tras recorrer el camino que lleva del romanticismo a la melancolía, de la ilusión adolescente a sincera adulta.
Es curioso el efecto que produce la lectura de Cinco mil kilómetros por segundo: acostumbrados a la tópica dinámica del romanticismo que parece marcada en los manuales de los guionistas de cine, la materialidad final de la historia de Lucía y Piero duele. Quizás estamos tan habituados al canon de lo que debe ser una historia de amor, que descubrir que la realidad no se parece en nada a la ficción deja poso amargo. O quizás es que Fior ha sido cruel hasta al extremo, labrando una historia que despierta esas esperanzas adolescentes para luego echar el jarro de agua fría de la realidad. Para los que quieran seguir viviendo la ficción, recomiendo encarecidamente la película de Makoto Shinkai. Para los que prefieren la realidad, el tebeo de Manuele Fior. Aunque, quizás, lo más sensato y humano es poder vivir con ambos. (4)

Novedades de Diábolo de Octubre

LAS PELIS DE TU VIDA (Las versiones que siempre quisiste ver), de KIM CARTONÉ 22 x 29 COLOR 190 PÁGINAS PVP: 29,95 EUROS
TÚ (Los dibujos animados de nuestra niñez), de GUILLEM MEDINA CARTONÉ 17 x 24 COLOR 275 PÁGINAS PVP: 24,95 EUROS (IMPUESTOS INCLUIDOS)
(*)- LA BIPOLARIDAD DEL CHOCOLATE I. EL VIAJE DE JAN., de XIMO ABADÍA CARTONÉ 25 x 20 BLANCO Y NEGRO 64 PÁGINAS PRECIO: 17,95 EUROS (IMPUESTOS INCLUIDOS)
(*)- HOLLYWOOD JAN, de BASTIEN VIVÉS y MICHAËL SANLAVILLE CARTONÉ 27 x 18,5 COLOR 140 PÁGINAS PRECIO: 17,95 EUROS
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Príncipe Valiente de Manuel Caldas

Os paso la nota de prensa de Manuel Caldas:

Estimados 300:
Publicado en Uruguay por La Imprenta (www.pv-la-imprenta.co.nr/), acaba de salir un volumen de “Príncipe Valiente” que si fuera yo a publicarlo sería el número 7. A pesar de una portada de estilo diferente de los volúmenes que yo publiqué y de no tener número ni solapas, en tamaño y en el interior el libro no se distingue de los por míos. ¿No serían de esperar enormes diferencias (incluso de tamaño) si consideramos que cambió el editor?, un editor que además es del lejano Uruguay, en otro continente. Sí, pero debido a haber sido yo el packager, las diferencias entre mis seis volúmenes y el uruguayo son insignificantes. Continue Reading →