100 razones por las que amo los tebeos

Esto lo escribí hace casi siete años. Hoy, por una de esas cosas que se hacen por las redes sociales, me he acordado, lo he buscado…y sigo estando completamente de acuerdo con todas y cada una de ellas… ¡y añadiría muchas más! :)

100 cosas que amo de los tebeos

1. El olor del tebeo recién impreso
2. Descubrir un autor que no conocía antes
3. El momento de llegar a casa y colocar los tebeos, uno encima de otros y decidir el orden de lectura
4. Pasar la vista sobre las planchas de Krazy Kat y descubrir cosas nuevas cada vez
5. Poder discutir sobre las lecturas con los amigos
6. Leer mil y una vez The Spirit
7. Sentirme nostálgico con los tebeos de Batman de Sheldon Moldoff
8. El momento de cerrar el tebeo y pensar en lo leído
9. Disfrutar con el Slumberland de Little Nemo
10. Reírme con el Spirou de Franquin
11. Sentir la vida que desprenden las viñetas de Muñoz y Sampayo en Alack Sinner
12. El nudo en el estómago que me provoca Maus
13. Rebuscar en una pila de tebeos antiguos e impregnar mis manos de su olor.
14. Encontrar ese número de un tebeo que andaba buscando desde hace años
15. Sentir el viento en la cara cuando leo a Corto Maltés
16. Mirar el infinito que dibujaba Giraud en las viñetas de Blueberry
17. Dejarme arrastrar entre viñetas por las historias de Corben
18. Perderme en las letras de “Océano Atlántico” con el Philemon de Fred
19. La sonrisa tonta de felicidad que se me queda cuando leo Calvin & Hobbes
20. La triste resignación de los niños de Paracuellos
21. Descubrir que en cada lectura me gusta más el Master Race de Krigstein
22. Llegar a América con el Príncipe Valiente
23. Enamorarme de Isa una y otra vez en Los Pasajeros del Viento
24. Disfrutar de los cómics de la EC
25. Maravillarme con Alberto Breccia y todas y cada una de sus obras
26. No poder resistir la risa con la JLA de Giffen y de Matteis
27. Asombrarme siempre de la rigurosidad milimétrica de Watchmen
28. La seducción de la estructura creciente de la Fiebre de Urbicanda
29. La pasión de la lectura del Adolf de Tezuka
30. Llorar la muerte de Raven en Terry y Los Piratas
31. El surrealismo de Thimber Theatre Popeye
32. El realismo cínico de Robert Crumb
33. La fina ironía de Crockett Jhonson en Barnaby
34. Investigar con Alan Moore el Londres de Jack el Destripador en From Hell
35. Sentarme delante de las librerías y decidir cuál es el tebeo que voy a releer
36. Descubrir a los Skorpy con Flash Gordon
37. El tierno cinismo de Luca Torelli, “Torpedo”
38. Las Siete Vidas del Beà
39. Comprender y reinventar los tebeos con McCloud
40. Soñar en un mundo de gatos con Gaiman y su Sandman
41. Conseguir una razón para Odiar Saturno
42. Repasar las viejas revistas de Comix Internacional, TOTEM, 1984…
43. El DDT de los años 50
44. La obscenidad voluptuosa de Dave Cooper
45. La sensación de desasosiego de los tebeos de Maruo
46. Volver a leer los Cavall Fort de cuando era niño y descubrir de nuevo a Peyo, Fred, Madorell, Xots…
47. Las onomatopeyas de Walter Simonson en Thor y los 4F
48. El Born Again de Miller
49. El opresivo ambiente de Jimmy Corrigan
50. Buscar dónde narices meter los Acme Novelty Library
51. Rellenar el espacio entre viñetas
52. La locura de Cliff Sterret
53. La elegancia de Rip Kirby
54. Todos los tebeitos de Jali, pero más que ninguno, ‘A Berta le atormenta la tormenta’
55. Esperar de nuevo las nuevas aventuras del Capitán Torrezno
56. ‘Leer’ el color de Miguel Calatayud
57. El delirio ‘pop’ de Pellaert en Pravda
58. Llegar a la Luna con Tintin
59. Cruzar las galaxias con Valerian y prendarme de Lauri
60. Jugar la peligrosa Partida de Caza de Bilal y Christin
61. Esperar que alguna pirámide aparezca en el cielo y que Nikopol salga de ella
62. Perderme en Palomar
63. La sinceridad de Chester Brown
64. Las historias Gottfredson y Barks en Mickey Mouse y Donald
65. El impacto de las fotocopias del primer Nosotros Somos Los Muertos
66. El viaje interior de La Ascensión del Gran Mal
67. La sencilla perfección de Coll
68. La mala hostia de Lauzier y sus “tranches de vie”
69. El vuelo de Gerard Schnoble
70. Sentarme a charlar con Muerte en un basurero
71. El exquisito estilo de Guido Crepax
72. La sugerente poesía de los tebeos de Edmond Baudoin
73. Las muchas dimensiones de los tebeos de Micharmut
74. Esconderme en un cubil de brujas guapísimas con Gabi
75. Sentir cómo fluye la narración por la página
76. El momento en que los piratas descubren la aurora boreal en Isaac El Pirata
77. Las discusiones teológicas de El Gato del Rabino
78. La socarronería del American Flagg de Chaykin
79. Descubrir nuevas facetas escondidas cada vez que releo V de Vendetta
80. Los silencios de Cosey en Saigon-Hanoy
81. Los Shmoos de Al Capp
82. Adele Blanc-Sec…¡esto es amor!
83. La lucidez de Álvarez Rabo
84. Las locas amigas de Jaime Hernández
85. La acidez de Jules Pfeiffer
86. El sentido de la épica de Kirby
87. La candidez de Peculia
88. El delirio gráfico del Nick Fury de Steranko (aunque me guste más Atmósfera Cero)
89. Kurtzman, siempre Kurtzman, en cualquiera de sus formas
90. Los paisajes oníricos de Ditko en Dr. Strange
91. Ver tu vida reflejada en Monsieur Jean
92. Ver la cara de Mafalda cuando le ponen un plato de sopa
93. La coherencia de Dan Clowes en Eightball
94. El concepto de gag de Jack Cole en Plastic Man
95. La genial crítica de Goscinny en Obelix y Cia.
96. Peter Milligan… cuando quiere trabajar
97. Las historias de terror de la Warren de Berni Wrightson
98. La sencilla rotundidad narrativa de Alex Toth
99. La virginal inocencia de Blanche Epiphanie de Richard
100. La facilidad con que Taniguchi retrata sensaciones

Chagall en Rusia

Los flirteos de Sfar con el cine parecían habernos robado a uno de los artistas más sugerentes e importantes que ha dado la historieta francesa en las últimas décadas. Pero aunque sus ya legendarias inconstancia y prolífica capacidad creadora se veían tentadas por el séptimo arte, Sfar vive y piensa en tebeos, por lo que sólo era cuestión de tiempo que las veleidades cinematográficas dejaran paso a nuevas incursiones del autor en la historieta.
Y la vuelta no puede ser más triunfante: Chagall en Rusia es puro Sfar, una obra que recoge todas las constantes de sus inquietudes y las plasma en viñetas con esa vitalista y contagiosa capacidad que el autor proclama a los cuatro vientos, que le permite volver a todos sus lugares comunes argumentales sin que aparezca la más mínima traza de repetición o cansancio en el lector. Porque aunque la nueva obra de Sfar vuelve a acercarse a la biografía de un pintor, rompe con la biografía modélica que practicara en Pascin. Si en aquella obra analizaba el contexto creativo del creador de origen búlgaro para encontrar la esencia de la inspiración artística, ahora se adentra directamente en el cerebro de Marc Chagall para entender su obra desde la fabulación: no intenta encontrar el impulso que motiva la creación artística, sino dar un paso más atrevido y arriesgado que busca expresar el mundo tal cual lo ve el artista. Un objetivo que sólo se puede lograr tomando las obras de Chagall como expresión de una representación de la realidad percibida, del pensamiento y de los sueños del pintor, uniéndolos para darle corporeidad en forma de narrativa. El resultado es una fábula onírica que es capaz de entrar en el universo de sutil pre-surrealismo (quizás aquí es más indicado que nunca el uso del concepto de superrealismo), con una historia que reconvierte a Chagall y sus creaciones en émulos de Dorothy y sus amigos explorando el mágico mundo de Oz de la imaginación del pintor.
Todo sin perder el foco en las constantes temáticas del autor: el tratamiento temático de la iconografía judía que hacía Chagall en sus pinturas (desde elementos del Klezmer al teatro judío) es aprovechado por Sfar para hablar de nuevo sobre el judaísmo, sobre la represión del pueblo judío o sobre la religión, pero también para entrar en una profunda reflexión sobre el arte y su necesidad vital, en la compleja pulsión que el artista siente y que transforma la realidad que le circunda.
Pero donde Sfar vuelve a demostrar todo su potencial es en su innata capacidad para la fusión, que transforma a Chagall en un personaje más de la particular iconografía sfariana con una naturalidad sorprendente, absorbiendo la estética del pintor (ya presente en muchas de sus acuarelas) para transformar su dibujo y su narrativa. Las páginas de Chagall en Rusia son evidentemente Sfar en estado puro: es reconocible en cada trazo, en cada viñeta, pero también son Chagall. Desde ese tratamiento de la ingenuidad del personaje que se contagia a lo gráfico, desde esos sutiles cambios de estilo que nacen de la obra del pintor: no es difícil reconocer mientras leemos esta obra elementos pictóricos del bielorruso, pero completamente reescritos y asimilados por el lápiz del francés, que se alía con la colorista Brigitte Findakly para introducir la paleta cromática de la obra de Chagall en las viñetas.
Chagall en Rusia es un nuevo regalo de Sfar a sus lectores, una fiesta alegre y entusiasta que arrastra al lector en esa visión apasionada, casi arrebatada, de la vida y el arte.
La edición en España corre a cargo de 451 editores, que certifica con esta obra su apuesta por la novela gráfica, pero aunque su calidad de reproducción es excelente, debería haber cuidado más la rotulación: la caligrafía de Sfar forma parte intrínseca de su estilo gráfico y cualquier desviación del original, por pequeña que sea, se amplifica instantáneamente.

Sangre de mi sangre

Mucho hemos tenido que esperar para ver por fin el primer trabajo largo de Lola Lorente, autora de dilatada trayectoria en el mundo del fanzine/prozine (por citar sólo algunas de sus colaboraciones:Nosotros Somos Los Muertos, Humo, Dos veces breve o  Fanzine Enfermo) que dejaba siempre un agradable poso de elegancia y tristeza, con historias que revelaban siempre una esencia amarga desde la apariencia de ternura. Una constante que se mantiene en Sangre de mi sangre para tomar sentido protagonista: a partir de dos relatos publicados en Fanzine Enfermo,  define una obra que asume y resume toda su trayectoria anterior en una novela gráfica donde están presentes todas las claves de su rica personalidad autoral. Como siempre, el reto de pasar del relato corto al largo es para el debutante un salto sin red arriesgado que precisa de arrojo y valentía, pero también de tiempo, de la necesaria reflexión que resuelva las incertidumbres y las inseguridades propias de quien empieza. Y Lola Lorente, se nota, ha tenido ese tiempo para este proyecto largamente esperado por los que hemos seguido su trayectoria. Quizás, por eso, Sangre de mi sangre no sorprende, porque certifica lo que ya esperábamos de esta autora: una obra sugerente e interesante, que explora el juego del niño como metáfora real y ficcionada de la experiencia del adulto. Esa necesaria etapa formativa del niño le permite a la autora crear interesantes simbolismos de oposición entre la madurez imaginada y lo que debería ser la real, deteniéndose en diferentes ritos de paso sociales y en su visión infantil. Desde la complejidad de las relaciones sociales al proceso de revelación de la propia identidad, desde el sexo hasta la muerte, en una perspectiva que la autora ancla en su cuidado grafismo, elegante, voluptuoso, pero que hábilmente deja espacio a una ternura aparente en la representación infantil, una disimulada impostura que esconderá tras ese disfraz preguntas sin respuesta sobre eso que puede denominarse “hacerse mayor”.
Como ya hacía en sus relatos cortos, la autora plasma un universo gráfico muy personal (¡qué grande ha sido la influencia de Blanquet en esta generación de autores y autoras!), que por sí mismo es uno de los protagonistas principales de la obra, en tanto captura en determinados momentos el devenir del relato reconvertido en fuente de simbolismo gráfico de gran potencia evocadora. Una característica que genera muchos  niveles de lectura posibles en Sangre de mi sangre, desde la indudable experiencia visual que supone la lectura de la obra – recomiendo detenerse en  los juegos compositivos y en el uso alegórico de la ilustración- a la obligada reflexión que provoca el contraste entre la realidad adulta y la visión supuestamente cándida de la infancia (muy acertada la elección de la fiesta de disfraces popular como escenario de la historia, generando la confrontación entre el juego de un adulto que busca esconder su personalidad y el de un niño que juega para encontrarla), en esa reinterpretación en términos cercanos que hace el niño que resulta ser, muchas veces, tremendamente más rica que la del adulto.
Es posible que se le pueda achacar a la obra de Lola Lorente cierta falta de originalidad en la propuesta argumental básica (el impacto de la muerte visto desde la infancia es una constante en la cultura), cierto, pero la riqueza de su aproximación gráfica, esa visión tan personal e íntima hace la lectura de Sangre de mi sangre una experiencia muy recomendable.

Astérix

Que el Astérix de Goscinny y Uderzo (y remarco, por si queda duda, de Goscinny y Uderzo) es una obra maestra de la historieta huelga explicación. Es una joya del noveno arte que, si se me apura, vuelve con más fuerza que nunca en estos días, porque la explicación más devastadora que jamás haya leído sobre las maravillas del capitalismo salvaje, la manipulación de los mercados, la política aprovechada y sus consecuencias es Obélix y Cia, un tebeo que debería ser lectura obligada y biblia del movimiento de indignación. Que a fin de cuentas, pocas metáforas más adecuadas para ejemplificar lo de resistir ante los ataques de la que nos esta cayendo que la terca resistencia de la perdida aldea gala.
Sin embargo, como ya es costumbre, las obras maestras de la historieta suelen padecer ese síndrome de paria que logra que, cuánto mejor sea la obra, más se ensañen con ella. Desde el olvido absoluto al desprecio más repugnante: que nos lo digan a los que hemos sufrido aquella espantosa edición en miniatura de Little Nemo con colores para daltónicos que publicó Ttartalo en los 80. O los desastres y abandono de la edición de Krazy Kat firmada por Planeta. O la sistemática reedición de la obra de Goscinny y Uderzo con planchas requemadas, colores dados con desidia, traducciones que usaban cada vez un nombre para los personajes y rotulaciones mecánicas que hacía añorar la comic sans… Releer Astérix había sido siempre un amargo dulce: el disfrute era pantagruélico, como los famosos banquetes con que acaban los álbumes, pero el dolor que causaba al corazón el maltrato de la edición dejaba la tortura auditiva de Asurancetúrix en dulce balada.
Afortunadamente, el quincuagésimo aniversario de la serie se aprovecho para restaurar la edición francesa, reescaneando los originales de Uderzo, con un nuevo y cuidado color aprobado por el autor (que, ¡increíble!, no abusa excesivamente de photoshopeos variados -algún brillito se le es escapa- y se dedica a dar sentido narrativo a las viñetas -aunque, quizás, a veces, se pierdan ciertas exageraciones cromáticas que tenían su lógica-) y a más tamaño. Un auténtico bocatto di cardinale que hacía la edición española todavía más terrible a la vista.
Pero de vez en cuando tenemos suerte y la editorial Salvat publica por fin en España esta edición, conocida como La Gran Colección. Y aunque miedo había ante las posibles tropelías que suelen ocurrirle a los tebeos cuando bajan de los Pirineos, la verdad es que la edición es en esta ocasión impecable: excelente calidad de reproducción, rotulación que sigue fielmente la original, repaso a la traducción clásica española pero eliminando los errores e incoherencias… De momento, Salvat edita cuatro volúmenes (Astérix el galo, La hoz de oro, Astérix y los godos y Astérix gladiador) que son un excelente idea para regalar(se) estas navidades.

Enlaces:
El proceso de restauración
Antes y después

Fraternity

Fraternity, la obra de J.L.Munuera y Juan Díaz Canales que acaba de publicar Astiberri tiene olor de filmoteca, de atracón cinéfilo en sesión triple con pequeño descanso de esos de los de antes, con diapositiva de “Visite nuestro bar” incluida. De esos días donde uno descubre El niño salvaje de Truffaut y, casi sin solución de continuidad, degustar después las aventuras de Sabu en El ladrón de Bagdad.
Porque aunque el origen de la historia de esta comunidad utópica de New Fraternity que cuentan Díaz Canales y Munuera hay que buscarlo en la realidad, en ese final de siglo XIX donde eran posibles experimentos sociales como el New Harmony de Robert Owen, buscando alternativas a un capitalismo que tras la revolución industrial empezaba a enseñar ya esas garras de depredador inmisericorde que con tanto orgullo presume hoy, todo la ficción que presentan los autores bebe de decenas de influencias de la cultura popular. Del cine, del cómic, de la literatura… desde la leyenda del niño salvaje que toma sin vergüenza elementos de Mogwli, Victor de Aveyron o Kaspar Hauser a la isla Utopía pasando por El gigante de hierro de Bird, el extraterrestre spielbergiano (de hecho, no son pocos los lugares comunes con el reciente Super 8 de Abrams a los que llega esta obra), el Village de Night Shyalamayan o, incluso, el Watchmen de Gibbons y Moore. No tomados a modo de puzzle o influencias conscientes, sino a modo de matices, de aromas que van llegando a medida que vamos leyendo y que demuestran hasta qué punto un autor es hijo de sus propias culturas. Es verdad que la historia tiene como punto débil la previsibilidad, ese anticipado “homo homini lupus” que viene obligado por la introducción del elemento fantástico (en un curioso modo contrario a la esperanza unificadora del ataque exterior que Moore tomaba de Reagan), que a mi entender debilita la estructura en tanto fuerza una conclusión demasiado epidérmica por evidente, cuando el referente real daba a la historia mimbres para una reflexión mucho más profunda y compleja. No sé hasta qué punto es voluntad de los autores o inconsciente exigencia del mercado francobelga más comercial, que suele gustar de ese elemento mágico aun cuando su inclusión rompa la baraja de la coherencia (pienso ahora en el caso de Luxley, de Mangin y Ruizgé, un excelente punto de partida al que los elementos mágicos restan muchísima fuerza), pero aunque da lectura suficiente, me quedo con las ganas de haber ahondado un poco más en esa utopía que hoy ya no sabemos si es imposible o la salvación del desastre que vivimos.
Mención aparte para la labor de Munuera, que desde una solidez narrativa y gráfica intachable se permite jugar con el cromatismo (con la inestimable ayuda de Sedyas) y el estilo pictórico de los fondos para matizar y crear atmósferas y estados de ánimo en el lector. Una gran labor que, como ya es habitual, se hubiera disfrutado mucho más en el tamaño original francés, pero uno ya se va acostumbrando a esta esquizofrénica industria editorial española que tiene como norma editar en cualquier tamaño que sea distinto al original.

Los dientes de la Eternidad

Mi casa estaba llena de enciclopedias, de ésas que se compraban por fascículos durante años y años. De todo había, desde zoología a historia pasando por cocina, arte… pero la que más me gustaba cuando era niño era, sin duda, la de Mitología de Editorial Vergara. Tres volúmenes dedicados a la mitología clásica grecorromana, a la germánica y a la oriental. Recuerdo que, al principio, me arrebataba el hedonismo de la mitología clásica, con esa festiva presencia de las deidades más entretenidas en sus propios culebrones y veleidades que en atender las preocupaciones de los insignificantes humanos. Pero con el tiempo me fui enganchando a la germánica y sus parientes nórdicas, mucho más atribulada y dramática, que basaba su épica en un profundo sentido trágico de la existencia. Por esas épocas comenzaba a leer el Thor de Kirby en aquellos tomos espantosamente remontados de Vértice y, supongo, una cosa llevó a la otra o viceversa. No tengo muy claro qué fue primero, pero sí tengo todavía algunos retazos vívidos en la memoria (quién sabe si reales o no, a estas alturas la memoria se va reconstruyendo a sí misma) de cómo comparaba la creación de Kirby con lo que contaba aquella enciclopedia profusamente ilustrada. Descubrí que el tebeo se había quedado apenas en la superficie de una historia complejísima de traiciones y ambiciones, tan inabarcable como sugerente y, sobre todo, de imaginación fascinante. Bueno, eso y que cualquier lectura de mitología nórdica debía acompañarse de música wagneriana de fondo.
Resumiendo: que las dichosas historias de aesires, vanires, jotuns, valquirias y demás fauna me han cautivado durante décadas. Así que comprenderán ustedes que la lectura de Los dientes de la Eternidad haya sido un placer dionisíaco, valga la herejía mitológica. Porque Jorge García (guionista que se está ganando con méritos sobrados ser considerado el más ilustre heredero de Felipe Hernández Cava, el mejor guionista que el tebeo español ha tenido en las últimas décadas) se zambulle sin complejos en la mitología nórdica para contar la historia del rey Gylfi, reescribiendo a su antojo las leyendas pero manteniendo ese espíritu de tragedia infinita, de dolorosa aceptación del destino. Como ya ha demostrado otras veces, García tiene la habilidad de tejer la ficción sobre sus intereses, de crear historias que transportan su mensaje bien a resguardo de lo imaginario, para que poco a poco esa cáscara fingida vaya diluyéndose e invadiendo toda la historia ante un lector ya entregado. La amistad, la traición y la mentira serán temas universales sobre los que reflexionar, bien llevados por un guionista que, además, deja al dibujante un regalo maravilloso, un lienzo perfecto para el lucimiento, para el despliegue de todo talento visual. Y Gustavo Rico no sólo recoge el guante, sino que responde con valentía dando un do de pecho espectacular. Toma como base la épica gráfica de Kirby, su potencia compositiva y visual, pero la va aderezando de préstamos tan variados como el inteligente tratamiento narrativo del color de Calatayud, la composición de Toppi o la fuerza de la línea rota de Olivares, para conseguir una obra que se lee en estado de permanente sorpresa ante el despliegue de talento del dibujante (ojo a los dolores de quijadas, que estar tanto rato boquiabierto pasa factura)…
Un tebeo para disfrutar de los mitos y, durante un rato, volver a creer en los dioses.(3+)

Dear Patagonia

Dicen que la primera frase de un libro es la clave para que un lector siga adelante o no. De que quede atrapado en la telaraña urdida por el escritor o de que abandone la lectura a golpe de bostezo. Intento recordar y, la verdad, no sé si esas pocas líneas iniciales han tenido alguna vez ese efecto magnético en alguna novela que haya leído, pero tengo claro que Jorge González lo ha conseguido totalmente con las primeras páginas de Dear Patagonia. Ese cielo plomizo, inmenso y omnipresente, esas viñetas dónde sólo vemos esa atmósfera turbia actúan como una catapulta que introduce al lector en la obra casi con arrebato, con violencia, a empellones sin consideración que te dejan desvalido ante lo que parece un relato de la soledad de los grandes páramos patagónicos, pero que pronto comenzará a evolucionar, a dar giros insospechados para crecer en complejidad y pluralidad. Ese relato inicial del joven encerrado en el culo del mundo, con ansias de libertad que ve en la gran ciudad la utopía es tan sólo el cimiento necesario para ahondar en un tema más peliagudo y difícil, tan espinoso como el propio concepto de identidad de un pueblo. La historia de la familia del inquieto Julián es la historia del emigrante obligado, del colonizador a la fuerza que no busca una patria, sino trabajo y paz para su familiar allá donde sea. Desde ese ejemplo casi didáctico, si se me apura tan previsible en su planteamiento como reiterativo y común a otros escenarios y geografías, González va dejando matices diferenciados, esos “versos sueltos” que no encajan en primera lectura pero que van sembrando la realidad que el autor quiere explorar y que comenzará a vislumbrarse en un ritmo in crescendo que irá profundizando lentamente en la compleja naturaleza de la identidad de una sociedad, de esos conceptos tan ambiguos como la tierra, las raíces, los orígenes. Y de la pluralidad multiforme de la Argentina, González toma el elemento precisamente más multifacético: la Patagonia. Y va recorriendo el camino de la ficción a la realidad, desde aquellos momentos donde su nombre era sinónimo de aventura austral, de científicos heroicos a la busca de lo desconocido, para pasar una evolución lógica que lo lleva de la leyenda al desconocimiento, del desconocimiento al misterio, del misterio al miedo, del miedo a la ignorancia y de la ignorancia al descubrimiento. En un camino que deja abierta la puerta a la reflexión sobre cada uno de esos pasos y sobre cómo cada uno de ellos se imbrica hasta hacerse indisoluble con un concepto de patria que no tiene que ver con líneas geográficas, sino con historia, pasado y ese refrán tan sabio que dice que uno es “de donde pace, no de donde nace”.
Ambición no le falta al autor, que acomete a través de la incursión patagónica una inmersión en toda regla a la esencia de la historia, siguiendo durante más de cien años las distintas generaciones de la familia que pasaron por ese pequeño pueblo de Facundo. Y tampoco le falta inteligencia, porque sabedor de la poliédrica realidad que quiere explorar, se ayuda de tres guionistas más (Horacio Altuna, Hernán González y Alejandro Aguado) para que el discurso de la obra se enriquezca y gane en pluralidad, que se enriquece todavía más con un último capítulo que, al igual que en Fueye, rompe la ficción para entrar en la realidad, generando una relectura de todo lo anterior en términos que permiten aportar una nueva reflexión, tanto desde las motivaciones que el propio autor ha tenido para acometer esta obra como desde una perspectiva casi de estudio académico sobre la Patagonia que permite al lector profundizar todavía más en lo leído.
Es realmente sugerente cómo a través de ese foco que sigue a los habitantes de Facundo, se establece un sutil análisis de una cantidad casi infinita de temas: la compleja relación del argentino con los poblados indígenas, muy diferente a las que se pudieron establecer en otros momentos y lugares del mismo continente; las consecuencias de un mestizaje casi obligado en un escenario perdido que apenas tiene un habitante por kilómetro cuadrado, una lugar donde hay más aire, viento y polvo que humanidad; las diferentes olas migratorias que conformaron esa realidad multicultural argentina… Hay que estar muy atentos a la lectura de Dear Patagonia: no hay detalles inútiles o caprichos frívolos de dibujante, todo tendrá un sentido, en algunos casos sorprendente en su inclusión y consecuencias no tanto para la trama de la historia como para la reflexión que induce sobre los diferentes temas tratados. No puedo evitar aquí hablar de cómo gestiona González esa película rodada en los primeros capítulos, que resultará un elemento recurrente y protagonista en sí mismo, tanto por su contexto como por las propias meditaciones que le acompañan.
No es fácil conseguir la cuadratura del círculo, pero González casi la logra: a todo lo anterior, a ese minucioso trabajo de guión, hay que añadir una labor gráfica que sólo admite el calificativo de soberbia. Esa luz y atmósfera que da a toda la obra se convierte por derecho propio en el verdadero protagonista de Dear Patagonia, tan omnipresente como asfixiante, opresiva hasta alzarse como columna vertebral de la narración a través de esos momentos donde el autor para el relato para volver al espacio, a la vacía soledad que deja oír el sonido de la nada, de lo infinito, que toma voz propia con el tono del sordo rumor de viento. Me recuerda, no sé por qué, a una antítesis del tratamiento luminoso de las pinturas de Turner, de la que es difícil separar la mirada, dotada de una fascinación particular que obliga a atenderla como un mantra caleidoscópico. Como en Fueye, el autor se prodiga poco en los excesos narrativos durante la ficción, aunque deje caer con cuentagotas atrevidas composiciones, pero se libera por completo cuando pisa la realidad, rompiendo toda regla preconcebida para transitar entre el diario y el cuaderno de viajes, entre la experimentación radical narrativa y la improvisación de la ilustración esbozada. Un contraste que resalta todavía más esa capacidad analítica que aporta la parte final de la obra, rompiendo el esquema tópico de los ficcional imaginario frente a lo real palpable: la ficción tiene un tratamiento naturalista con trazo visceral, de esa fuerza que comparte con otros autores como De Crecy o Blutch; la realidad es pura interpretación visual, una reflexión gráfica sobre lo ficcionado que exige al lector ir más allá de lo ilustrado para obtener sus propias conclusiones.
Una obra que deja tras su lectura muchos posos: las imágenes del cielo patagónico que vuelven y vuelven a cada momento que cierras los ojos, las ideas sobre el origen de la identidad de un pueblo que diluyen el concepto de patria hasta dejarlo irreconocible y, por supuesto, la inexcusable sensación de haber leído uno de los mejores tebeos que se han editado este año.
(No se pierdan el blog de Jorge González, con muchas imágenes de la obra)

Próximas novedades de Dolmen

City of Dust, de Steve Niles y Brandon Chng, Zid Cartoné. 168 páginas. Color. 20 euros.
Dentro de la noche, de Eduardo González Novela gráfica. Cartoné. B/N. 72 páginas. 14 euros.
Dolmen #194, de Varios autores Revista. 116 págs. Color. 6,95 euros.
Dolmen Europa #5
El Antifaz del Guerrero, de Mariano Bayona y Diego Matos Libro cartoné. 312 páginas. B/NN. 29,95 euros.
Eros #131, de Varios autores Revista. 68 págs. B/N y color. 5 euros.
(**)- Històries del barri, de Gabi Beltrán i Bartomeu Seguí Novela gráfica. Cartoné. Catalán. Color. 160 páginas. 20 euros.
Mazinger Z Vol. 2, de J. Aurelio Sanz Libro. 312 págs. B/N. 15 euros.

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Finalistas de los Premios de la Crítica

Los premios franceses del 2011 y la ACBD anuncia los finalistas de los premios de la crítica:

L’Art de voler, de Kim y Antonio Altarriba (Denoël Graphic)
Atar Gull ou le destin d’un esclave modèle, de Brüno y Fabien Nury (Dargaud)
Les Autres gens, colectivo dirigido por Thomas Cadène (Dupuis)
Blast T.2 : L’Apocalypse selon Saint Jacky, de Manu Larcenet (Dargaud)
Habibi de Craig Thompson (Casterman)
Les Ignorants : récit d’une initiation croisée, de Étienne Davodeau (Futuropolis)
Lomax : collecteurs de folk songs, de Frantz Duchazeau (Dargaud)
Julia & Roem, de Enki Bilal (Casterman)
Polina, de Bastien Vivès (Casterman-KSTR)
Portugal , de Cyril Pedrosa (Dupuis)
Pour en finir avec le cinéma, de Blutch (Dargaud)
Stalingrad Khronika T.1, de Franck Bourgeron y Sylvain Ricard (Dupuis)
3’’ , de Marc-Antoine Mathieu (Delcourt)
Trop n’est pas assez, de Ulli Lust (çà et là)
Un enchantement , de Christian Durieux (Futuropolis/Musée du Louvre)

Y ahí está, como era de esperar, El arte de volar. ¡Enhorabuena a Altarriba y Kim!

La muchacha salvaje

Hay un discurso dentro del mundo de la historieta que afirma que uno de sus grandes problemas es la falta de revistas donde los autores jóvenes puedan “romper mano”. Es una idea que viene de ese momento glorioso del tebeo de autor que fue la eclosión brutal de los magazines de cómic adulto de los años 80, que no deja de tener bastante sentido enmarcado dentro de la dinámica y tradición de la industria del tebeo español de los años 60 y 70, pero que en este nuevo siglo resulta completamente obsoleta ante la profunda transformación que ha protagonizado el noveno arte. Reconozco que yo mismo he reivindicado esa política para los jóvenes debutantes, pero es una visión tan nostálgica como irreal: la historieta ha entrado por derecho propio en el primer nivel del arte y de la cultura, y con su largamente esperado reconocimiento mediático y social, ha tenido que asumir también entrar en unos modelos de producción y distribución radicalmente distintos, que alejan el tebeo de su comportamientos heredados de su época de producción masiva de la industria infantil y juvenil para entrar a compartir los mismos esquemas de funcionamiento que puedan tener la literatura o cualquier otra arte. Y, en todos estos casos, el camino que lleva al receptor es espinoso y jodido, muy jodido. Frente a ese capullo protector que representaba la revista, que permitía al autor bisoño ir cayendo en la obligada senda de la prueba y error con la red salvadora de sus colegas de publicación, la realidad actual es puramente darwinista y salvaje. Un proceso de selección natural donde el autor se lanza directamente a su prueba iniciática sin más compañía que la de un lector escéptico dispuesto a negarle el pan a la mínima de cambio y un editor que a duras penas podrá pagarle un porcentaje eximio del trabajo real que ha realizado. El inmaduro dibujante ha tenido, a lo mejor, la suerte de publicar en algún fanzine unas cuantas páginas, posiblemente autoeditadas ya sea en papel o aprovechando las ventajas de internet, pero cuando quiere salir al mercado “de verdad” tendrá que ajustarse a la exigencia de una narración larga, de una novela gráfica de cierta extensión que reclama unos recursos y habilidades narrativas mucho más delicados que la narración corta. El cambio no es pequeño: es un auténtico rito iniciático de dolor y sufrimiento que requiere tanta valentía y osadía como ilusión desbordada e inconsciencia.
Y todas esas características están en La muchacha salvaje, de Mireia Pérez, recientemente editada por sins entido. Una obra que, consciente o inconscientemente, trata en cierta manera ese rito de iniciación autoral y personal que supone la independencia vital. Lo hace desde la metáfora, alejando la visión de la realidad de hoy para trasladarse a una inidentificable edad de piedra donde pueda dar rienda suelta a la exploración de sus ideas sin las restricciones que impone lo cotidiano, siguiendo la peripecia de una joven muchacha que decide romper con las imposiciones que le marca la “sociedad”, su contexto más cercano, para buscar su propia experiencia. Un relato al que se aproxima desde un compromiso claro por parte de la autora, que busca poner el énfasis sobre la diferencia que marca el género en el proceso de maduración de la persona en una sociedad que todavía se siente incómoda con la igualdad de la mujer. La opción elegida por la autora de colocar la misma peripecia vital en una época antediluviana es lógica entonces: permite llevar al límite la diferencia de género, con un entorno donde la primacía machista es casi puramente darwiniana.
Es verdad que, llegado a este punto, quizás se podría suponer que la autora muestra su inexperiencia y juventud con una propuesta quizás demasiado ingenua, que repite esquemas bien conocidos de la literatura o incluso el cine. No es difícil asumir que la muda protagonista de la obra de Mireia Pérez sigue el camino de esa transición entre la sufrida compañera del héroe y la protagonista activa que ha tenido el rol de la mujer en la nutrida fantasía prehistórica que tanto ha gustado a la ficción, desde el estereotipo sexual reconvertido en imagen icónica de Raquel Welch en Hace un millón de años a la figura más activa y comprometida de Ayla en la saga-río de Jean Auel, Los hijos de la Tierra. O, restringidos al cómic, de la Lila del Purk de Manuel Gago a la combativa Epoxy de Cuvelier y Van Hamme.
Sin embargo, a medida que avanza la lectura de La muchacha salvaje, es obligado variar esa idea preconcebida: como buena principiante, la autora toma la decisión inteligente de refugiarse en un estilo conocido y, pese a que ya ha demostrado fehacientemente la plasticidad y flexibilidad de su dibujo en otros trabajos, opta por seguir las enseñanzas gráficas y narrativas de Joann Sfar. Se podría pensar que su obra es un clon de inacabado (como es habitual) El valle de las maravillas, pero Mireia Pérez sabe tomar exactamente lo que necesita del francés: la libertad narrativa y esa pulsión característica por contar historias. Con esa acertada guía, Mireia suelta su estilo y se centra en una historia donde demuestra ser una auténtica esponja de influencias: lejos de la fidelidad arqueológica, la edad de piedra de La Muchacha Salvaje es una auténtica síntesis de todos los tópicos de las ficciones que la han recreado, desde Jean-Jaques Annaud a Bernet Toledano, de Los picapiedra de Hanna-Barbera a cualquier referente que la autora conozca de forma consciente e inconsciente. Y, desde ese cóctel tan curioso como sugerente, reflexiona sin prejuicios no tanto sobre el papel de la mujer en una sociedad falócrata como en los propios límites que la mujer encuentra en su naturaleza. La vuelta a las cavernas no es tanto una forma de encauzar un discurso sobre la antropología del feminismo como un recurso para intentar lanzar ideas sobre los enfrentamientos entre la animalidad del ser humano y su racionalidad desde una visión de género comprometida.
El resultado no puede ser más interesante: esa ingenuidad de la propuesta, que existe y es acentuada por el estilo sfariano se convierte en un aliado poderoso para articular un discurso fresco que se antepone a cualquier deficiencia. Que las hay, sobre todo derivadas de una transición a la narración larga que es evidente que la autora no domina todavía con fluidez. Hay episodios que se entienden en su objetivo pero quizás no logran el resultado que la autora busca, ritmos que no siempre se mantienen (no es fácil medir el tempo de lo contemplativo: se nota que la autora ha buceado en los autores japoneses, pero es evidente que es uno de los ejercicios más complejos de la narración gráfica)… Pero todas estas imperfecciones se perdonan con facilidad ante el desparpajo e ilusión que muestra la autora y, sobre todo, la acertada construcción de su personaje principal, una protagonista muda llena de carisma que transmite con sensibilidad tanto la impotencia ante una sociedad injusta como la sorpresa ante los descubrimientos de su propio ser.
La muchacha salvaje se anuncia como el primer volumen de la saga. Esperemos que Mireia Pérez no se fije en la habitual inconstancia de Sfar con sus creaciones y veamos pronto la segunda entrega de una serie que promete confirmar a su autora como un nombre a seguir en la historieta. De momento, éste Nómada es una lectura de lo más recomendable. :)