Historias del Barrio

Otro más contando sus neuras de infancia”. Lo oigo mientras un par de personas ojean un ejemplar de Historias del Barrio, de Bartolomé Seguí y Gabi Beltrán y pienso acto seguido en la típica retahíla que suele acompañar cualquier a tebeo autobiográfico: que si no me interesa la vida de los demás, que si no tienen imaginación para crear historias, que si es mucho más rica la ficción…
Paparruchas.
Entiendo y admito que alguien no le guste un tipo de relato basado en la realidad cotidiana, pero argumentar que se prefiere la “ficción” es ridículo: desde el momento en que sale del ámbito del autor, cualquier relato autobiográfico es ficción. Y, si se me apura, hasta la ficción más extrema puede ser autobiográfica, que se lo digan a Howard Chaykin y su Time², un ejemplo claro de lo compleja, enrevesada e incluso estrambótica que puede llegar a ser la interpretación autobiográfica. Y aunque estoy seguro que para Beltrán el relato de estas anécdotas de su juventud en los arrabales de Palma debe haber sido tan duro de escribir como catártico y liberador en su exposición al público, para el lector es un relato de pura ficción al que poco importa si los hechos narrados son fieles a lo ocurrido o forman parte de las experiencias vitales de una persona. Es más, para muchos esta incursión en el gueto puede ser hasta ciencia-ficción si se me apura. Lo único que importa es la fuerza que tienen las historias que cuentan Beltrán y Seguí, ese fresco de un mundo tan próximo como ajeno, que la sociedad esconde y que prefiere olvidar. Recuerdos que fotografían ese momento en que la infancia pierde su inocencia en un entorno donde el niño llega a la madurez a golpe de realidad, sin posibilidad de vivir esa felicidad inventada que escupen los anuncios de juguetes de El Corte Inglés. Anécdotas donde las luces que brillan no son las de la decoración navideña, sino las del puticlub de la esquina.
Leyendo Historias del Barrio no se puede evitar pensar en Antoine Doinel, en el neorrealismo de De Sicca y Rosellini, en el cinema-vérité de Godard, en esa Barcelona de suburbio que retrataba tan bien Alfredo Pons en sus tebeos para El Víbora allá por los 80. Aromas que nacen del impecable trabajo de Bartolomé Seguí, dibujante que en los 90 demostró repetidamente que lo cotidiano era lo suyo con esa pandilla formada por Luis, Lola, Ernesto, Héctor y Rita, cuyas aventuras y desventuras se podrían definir como el verdadero testimonio de esa generación de treintañeros que vivió la apertura social y cultural de este país a duras penas. Seguí se adapta a las necesidades del guionista y sabe integrar perfectamente los relatos de Beltrán en un doble nivel narrativo: por un lado, la voz del narrador, que fluye independiente en el ejercicio de la memoria; por otro, las historias que se van contando, que van apoyándose en el primer relato pero sin perder su propia autonomía. Seguí consigue gestionar silencios en lo gráfico pese a la voz de fondo del narrador, haciendo chocar ese texto de naturaleza puramente literaria con la fuerza de la narración visual para obtener efectos impensables en cualquier otra arte.
Eso sí: es verdad que no hay fantasía. Ni falta que hace. Historias del Barrio es vida, de la de verdad. Y uno de los mejores tebeos que se van a poder leer este año.

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