Listando

Me está costando horrores preparar la lista de lo mejor del 2011. Ha sido un año de cosecha inmensa gracias a un buen puñado de obras maestras inéditas en España y al buen nivel de las novedades de fuera y dentro.
Lo único que tengo claro es que la lista la encabezará el Frank de Jim Woodring, una debilidad personal… :)
(por si alguien quiere pistas, esta lista la hice hace unos meses -cosas de las previsiones en prensa- y hoy cambiaría unas cuantas cosas).

Let’s to the taciturnos procesos de un oficinista bipolar

En estos días me siento cual conejo blanco corriendo con un reloj en la mano al grito de “¡Llego tarde! ¡Llego tarde!”. Las lecturas pendientes se van acumulando y las pocas que puedo hacer engrosan sin remedio la lista de reseñas prometidas que nunca llegan. Que Lorentz y compañía dirían lo que dirían del tiempo y su plasticidad, pero juro por Snoopy que, ni trabajando a la velocidad de la luz, el tiempo se dilata lo más mínimo. Cada vez me falta más. Y lo que te rondaré, morena (ya os contaré en lo que ando metido…).
Así que aprovecho eso que dije de hacer las cosas más informales para lanzar una megaentrada de tebeos que hay que recomendar antes de que acabe el año o me da algo.
El primero, por tamaño y enjundia, Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo. Primorosamente editado por Bang y del que ya han dicho cosas muy buenas por aquí y allá, demostrando que el libro es importancia. Y vaya si lo es, porque leerse las, más que aventuras, desventuras de este pequeño oficinista es lo más parecido que se puede tener a la experiencia de una montaña rusa leyendo un tebeo. Subidas y bajadas a toda velocidad que ponen la adrenalina a buenos niveles y que, sobre todo, son tan divertidas que uno no puede menos que dar la vuelta y volverse a poner en la cola. Lo que en este caso es fácil, basta con volver a abrir las páginas y dejarse llevar por ese ciclo infinito de desventuras. No es fácil lo que hace Domingo: parte de una estructura fija, una viñeta muda con disposición casi repetida (la figura del pequeño oficinista casi siempre en el centro), plano fijo y perspectiva axonométrica por la que desfila un delirio a modo de cinta sin fin. Se podría hablar de surrealismo, de locura, de zambullida en los mitos de la cultura pop y de masas y de mil cosas más, pero yo me quedo con ese subidón de buen humor que deja de poso el libro, con las horas y horas que se pueden perder en cada viñeta, descubriendo los mil y un detalles de esta imagen dinámica de los caprichos del destino. Tiene un aire a videojuego antiguo, de esos que servidor jugaba hace 20 años en el MSX, de aquellos añorados juegos “Filmation” como Head over heels o Batman, del aquél Boulder Dash que obligaba al movimiento continuo sin saber qué había en la pantalla siguiente (sorry, servidor es en esto de los videojuegos un dinosaurio artrítico que nunca supo adaptarse a los tiempos modernos, uno apenas ha salido de las moscas y las partidas de a duro). Recuerda, claro, a Yokoyama y su movimiento perpetuo, pero es otra cosa: si el japonés extrae la esencia del movimiento, Domingo lo usa precisamente para lo contrario, como guía para ir deteniéndose en cada una de esas inmensas viñetas que describen detalles tan nimios como importantes. Aunque puestos a buscar, encontrarán influencias de Dave Cooper, de Álex Fito, de Max, de Chris Ware, de Toriyama, de Trondheim, de Blanquet… Quizás porque parte de este juego infinito es también encontrar todos esos referentes, todo este inmenso bucle infinito que es la cultura popular y en el que Domingo te mete sin remisión. Buenísimo, oigan.

Más de por aquí: La bipolaridad del chocolate, confirmación de que a Ximo Abadía ya hay que llamarle Don Ximo, con respeto y reverencia. Porque ya sólo por el título llama a la curiosidad, aunque luego resulte ser una trampa maquiavélica para que entremos en un juego arriesgado: el de reescribir los cuentos. La aventura del niño Jan y su amigo invisible es un relato construido a modo de patchwork de otros miles de historias, de cuentos y leyendas que se cuentan a los niños, pero digeridos a la manera de Don Ximo para componer algo distinto, una historia que a veces parece va a entrar en honduras trascendentales para a la página siguiente convertirse en algo nuevo que recuerda a Collodi, para después volver a reflexionar sobre esos episodios de niño que comienza a crecer. Inocente en una página, cruel en la otra. Quizás la palabra que mejor lo define es la desconcertante, tanto como esa infancia que retrata, sacando de ahí un atractivo que en algunos momentos es irresistible.

Con Las fabulosas crónicas del ratón taciturno, Martín Romero se licencia con méritos en eso que se llama la narración larga. Una historia que hay que leer de forma paralela al reciente Sangre de mi sangre de Lola Lorente, en cuanto ambos comparten estructuras y argumentos similares: al igual que la alicantina, toma antiguas publicaciones como La ratonera o El Lobo para construir una nueva historia que se centra en la pérdida de la infancia, en esos momentos en los que el niño pierde definitivamente la inocencia. Sigue también un camino de simbolismos insinuados, de juegos con la amistad extraña y de golpes con la verdad de la vida… Muchas coincidencias, cierto, pero este ratón taciturno es una lectura diferente, completamente distinta, que demuestra la riqueza de esta generación de nuevos autores que nos espera. De hecho, creo que es muy recomendable la lectura paralela de ambas, extraer un valor añadido a partir de la comparación de experiencias y universos personales, de esas visiones tan similares pero tan disparejas a la vez, no ya sólo por la evidente diferencia de estilo gráfico y narrativo, sino por la propia aproximación tan desigual que hacen a la muerte como rito de paso, a la amistad, a la imaginación como elemento nuclear de la niñez. Cada perspectiva resulta tan singular como interesante, casi jugando a aquél experimento que proponía Matt Madden contando 99 veces la misma historia para encontrar 99 caminos a recorrer, pero esta vez con la dificultad de una trayectoria larga y de obligada reflexión. Otro a la saca.

Sigo. Esperaba con ganas la edición en papel de Let’s Pacheco!, ese excelente webcómic que no me canso de recomendar, pero los de ¡Caramba! me han obligado a exclamar el nombre de su editorial con asombro y alegría cuando he descubierto que Let’s Pacheco! Una semana en familia es una historia completamente inédita, que parte como es obvio de las andanzas narradas en la web para detenerse en una semana de la singular familia Pacheco. Anécdotas cotidianas que las hermanas Pacheco saben llevar al papel con desvergüenza y frescura, dominando ese extraño y esquivo arte del gag a partir de diálogos bien armados. No es fácil mezclar un poco de ternura con otro tanto de mala leche para conseguir que el lector se divierta, pero ellas lo hacen, hasta el punto que esa supuesta extravagancia de la familia Pacheco, en el fondo, nos recuerda un poquito a la de la nuestra.

Más cosas, dejo los tebeos patrios y me quedo con un par de allende Pirineos. El primero Háblame de amor, de Robert Crumb y Aline Kominsky- Crumb, que recopila las historias hechas al alimón por la pareja demostrando varias cosas, a saber: que Crumb es un genio de la historieta, acompañado o en solitario y que las historias de amor son historias de amor aunque los protagonistas sean los referentes del movimiento underground. Que es verdad que nada hay normal, aparentemente, en la relación de estos dos y que si las Pacheco calificaban las andanzas de su familia de extravagancias, las de la familia Crumb se quedan sin calificativos que siquiera se aproximen ni de lejos pero, en el fondo, lo que nos cuentan Robert y Aline es nada más y nada menos que una historia de amor. Y bonita, oigan.

Punto final por hoy: El proceso, de Franz Kafka, reencuentro con una de mis autoras favoritas, Chantal Montellier, de la que no sabíamos nada desde aquellos años de Metal Hurlant. Era autora arriesgada, de atracción por las desviaciones de la sociedad desde una posición comprometida. Eran los tiempos de Andy Gang, de Shelter, de 1996, en los que rescribía la realidad circundante o creaba dixtopías que daban nuevas lecturas a las clásicas de Huxley u Orwell. Su mirada era siempre incisiva, planteando las reacciones extremas de una sociedad que pierde los límites, por lo que no me extraña que haya llegado a la perturbadora epopeya de Joseph K. Una obra asfixiante en la que muchos ven una parábola sobre la locura de una sociedad que pierde su humanidad sumida en una burocracia agigantada que toma vida propia y que Montellier adapta con la ayuda de David Z. Mairowitz. Y, pese a que hace años que no leía nada de ella, me he rencontrado con esa visión inteligente y atenta, llena de matices y sugerencias para reflexionar. Pese a su claro compromiso, la autora no suele caer en el juicio sencillo, prefiere mostrar las cartas y dejar al lector ante el precipicio de la decisión. No esconde su opción, pero deja libertad para la interpretación y el debate.
Sin embargo, la adaptación de Kafka suponía un reto frente a otras obras de la autora: si antes miraba de reojo a las dixtopías literarias, ahora adapta fielmente el relato original a partir de las pautas marcadas por Mairowitz. Un corsé del que la autora se libera a través de un planteamiento gráfico agresivo que se basa en las enseñanzas de Spiegelman. Al igual que aquella historia realizada con recortes de caras de tiras de prensa, la faz de Joseph K. irá poco a poco convirtiéndose en una especie de careta recortada que representa al propio Kafka. A medida que la burocracia deshumaniza al personaje, la careta es cada vez más evidente: el individuo pierde toda expresión de individualidad ante la apisonadora, pero paradójicamente con la cara del autor la que toma su lugar. Montellier exagera el juego simbólico habitual de sus anteriores obras y logra aquí una angustiosa e inquietante adaptación del clásico de Kafka. A ver si se animan las editoriales españolas a recuperar la extensa obra inédita en castellano de esta autora…
¡Que tengan ustedes un feliz año! :)