Una década encarcelado

Hace diez años abrí La Cárcel de Papel. Hace ahora casi un año, cerré este espacio. Han pasado muchas cosas, quizás demasiadas, entre ese 27 de diciembre de 2002 y éste de 2012.
Y creo que es un buen momento para divagar un rato sobre estos diez años.
Vamos primero por lo más personal.
Nunca me imaginé el éxito que tendría la página. Es algo que aun hoy me sigue pareciendo increíble: ¡miles de personas siguiendo las tonterías que decía día a día! La verdad es que, con el tiempo, uno va comprendiendo que el éxito en internet tiene un mérito personal relativo: la red suele funcionar cambiando el clásico “winner takes all” por un más escueto “first takes all”. El que primero llega se lo come todo. Simple, pero eficaz. Y yo fui el primero. Simplemente. Ni soy un gurú, ni un iluminado, ni mi sapiencia es ilimitada ni tengo carisma. Llegué el primero y la propia naturaleza de la web favoreció que fuera de los más visitados, por encima de otras páginas que llegaron después y que eran muy superiores a ésta. A partir de ahí, la historia está escrita y el éxito de la página me llevó a meterme de lleno en el “mundillo del tebeo”. Pero el tiempo pasa y fueron ocurriendo muchas cosas, la más importante, obviamente, ser padre.
Dice el tópico que te cambia la vida. Mentira. Se queda corto.
Es un cambio profundo que trastoca por completo todo tu esquema de valores, que relativiza todo lo que te pueda ocurrir y que, sobre todo y ante todo, devora todo tu tiempo. Y cansa, también. Que nadie avisa a los futuros padres de ese extraño estado en el que vivirás durante años, en el que sueño y cansancio se entretejen para crear una pesada cota de malla que es imposible de quitarse de encima. Pero oigan, que uno la lleva con felicidad, porque aunque las ojeras te lleguen a los talones, aunque el cuerpo te exija a grito pelado caer tendido en cualquier cuneta, en cuanto el crío te hace una gracia, tu cerebro libera serotoninas hasta dejarte anestesiado en un estado de bienestar casi lisérgico. ¡La Naturaleza es sabia!
Hoy, ya con la tranquilidad de esos once meses alejado de esta página, creo que fue una decisión muy acertada. Ya no tenía tiempo para estar al día y mi ritmo de lecturas se había desplomado de leer un tebeo casi todos los días a que ahora leo un tebeo cuando me acuerdo. No se puede mantener una página de “actualidad” en condiciones con esos términos. Y, afortunadamente, hay muchas páginas que suplen con creces lo que yo hacía aquí, muchísimo mejor de lo que yo hubiera sido capaz nunca de hacer. Es más, ahora soy consciente de hasta qué punto la página había degenerado. Había entrado en una inercia absurda en la que leía tebeos para reseñarlos con el automático puesto. Leo ahora las últimas entradas de La Cárcel y no me reconozco, no me encuentro como sí lo hago en las de los primeros años. Había perdido la frescura y, sobre todo, la libertad: me había creído al final la estupidez esa de que “todo poder conlleva una gran responsabilidad” y no me daba cuenta de que la opinión es libre. Que la responsabilidad del que opina es consigo mismo, con su coherencia, con sus ideas, y que no está sujeta a más obligación que el respeto mutuo. Tenía que haber cortado mucho antes, pero esa supuesta responsabilidad me nubló la sensatez.
¿Volveré a escribir aquí? No creo, aunque ya se sabe, “nunca digas nunca jamás”. Si algo tengo claro es que, si volviera a escribir en esta página, no sería para volver a esa dinámica loca de actualizaciones diarias obligadas. Hoy por hoy, me encuentro mucho más cómodo compartiendo mis lecturas a través de twitter o facebook. Es verdad, como algunos me han dicho, que sigo haciendo reseñas, aunque sean de sólo 140 caracteres, pero que nadie se equivoque: es simple deformación profesional como docente. Me cuesta escribir sólo el “mola/no mola” que sería más apropiado a las redes sociales, más que nada porque llevo años poniendo exámenes donde la pregunta solía acabar con la coletilla “Justifica brevemente tu respuesta”. Vamos, que si yo lo exijo, debo ser el primero en dar ejemplo.
Como veis, una soplapollez, pero uno ya peina canas y como que le da igual…
Dejemos lo personal, va, y hablemos de tebeos. Joder, cómo ha cambiado la cosa…
Hace diez años, el mundillo del tebeo intentaba salir todavía de esa fosa abisal en la que se había hundido durante los 90. Recordemos un poco la situación: durante los 80, los tebeos en España dieron un salto desconocido. Un medio puramente infantil rompía todos los esquemas y se subía al carro de la modernidad siguiendo el ejemplo de los colegas gabachos una década y media antes. ¡Qué tiempos! Fue el boom de las revistas, el boom del cómic de autor, que encontraba en los magazines el lugar ideal para expresarse con total libertad. De ser adulto y considerado. Fue la revolución autoral total: de hace chistes para niños de una página, a tratar cualquier tema por espinoso que fuera. Ser podía hacer género desde la fresca renovación que venía de Francia o desde la tradición americana, se podía hablar de experiencias personales o de cuestiones sociales, se podía hablar de sexo o de política, de la Guerra Civil o de la movida… ¡se podía hacer cualquier cosa con una historieta! Los medios de comunicación hablaban de historietas, los programas modernos dedicaban especiales a la historieta… la sociedad comenzaba a reconocer que la historieta era adulta y libre, que era un medio tan válido como cualquier otro. El cómic de autor, como bien bautizaba Javier Coma, campaba a sus anchas, por fin. Tenía la limitación de la publicación seriada en revistas, pero como explicaba el mismo Coma en El ocaso de los héroes en los cómics de autor, los autores habían sabido siempre aprovechar al máximo las limitaciones de la técnica editorial, buscando cualquier resquicio de la todopoderosa industria del entertainment para expresarse, para romper los esquemas. Con la tira diaria, con el comic-book, con el álbum francobelga o con la entonces incipiente comic-novela (¿os suena?). La repanocha fue aquello. Yo viví todo aquello con la pasión del que aprende sin parar, maravillado con lo que se publicaba en TOTEM, Comix, Vertigo, Madriz, Cairo, CIMOC… ¡Aprendiendo como loco con las maravillas que atesoraba la Historia de los Cómics de Toutain! Deseando leer todas aquellas joyas… hasta que la ilusión desapareció. La crisis de los 90 pegó con fuerza en el sector editorial y la burbuja explotó. El tebeo que tanto había deslumbrado volvió a quedarse en un objeto de entretenimiento para jóvenes. Y cuidadín con moverse que no salen en la foto. Durante los 90, los autores, de nuevo, tercos, intentaron amoldarse a ese formato de comicbook que anegaba e inundaba las estanterías de las librerías especializadas. Tuvieron suerte, bien mirado. Sobrevivieron gracias a que las librerías especializadas generaron un circuito de distribución limitado pero eficaz y a que la técnica rebajó los costes de edición, evitando las otrora obligadas tiradas abultadas. Se podía hacer un tebeo con una tirada de 500 o 1000 ejemplares a un coste razonable, algo que era inviable económicamente apenas una década antes. Circunstancias que favorecieron que, con el cambio de mileno, el tebeo se encontrara con una situación tan curiosa como inesperada: por un lado, una infraestructura de distribución casi perfecta para pequeñas tiradas. Por otro, una serie de evoluciones tecnológicas que permitían editar un libro con una tirada mínima. Y por último, un grupo de locos que montaron pequeñas editoriales para defender la obra personal de otro grupo de locos que querían, ante todo y sobre todo, hacer tebeos. En el 2002, cuando abrí la página, comenzaban a proliferar pequeñas editoriales que, desde casi la marginalidad, publicaban obras que recogían ese estandarte del cómic de autor. Ponent, Astiberri, Sins Entido, Inrevés… rompían los esquemas apostando por una edición en formato de libro, de obras de autor tan personales como minoritarias. Pero que ahora tenían un mercado. Minúsculo, pero existía. Era el comienzo de algo que todavía no tenía nombre claro, pero que pronto adoptó uno que venía de los USA: novela gráfica. Pero no era un término nuevo en España: mucho antes de que Eisner, Corben, Kane o la Marvel hablaran de novelas gráficas, las editoriales españolas de los años 40 ya usaron esa nomenclatura para definir un producto diferenciado del tebeo infantil, dirigido a lectores más adultos. Las “Novelas gráficas para adultos” fueron comunes durante los años 60, aunque generalmente con material de prensa americano (curiosamente, Terenci Moix denunciaba en Los cómics, arte para el consumo y formas pop que el término se estaba utilizando para intentar colar material extranjero). En el fondo, era siempre lo mismo. La búsqueda de un término que permitiera hablar de tebeos sin la carga peyorativa de la consideración infantil del medio. Se intentó con comic, comix, comic-novela, literatura dibujada…Y, la verdad, muchos vimos en la “novela gráfica” otro término destinado a pasar a la historia. Pero nos equivocamos. El concepto de “novela gráfica” no sólo llegó para quedarse, sino que tuvo un éxito desmedido. Se convirtió en el perfecto sinónimo de un cómic de autor que alcanzaba a través suyo un sentido total. Y es que mientras en el cine el concepto de “cine de autor” siempre estuvo en discusión, en cómic lograba sentido pleno a través de la novela gráfica: por fin, después de años buscando la expresión total, el autor tomaba pleno control de su obra, de continente y contenido. Durante toda la historia anterior, el continente quedaba siempre delimitado por unas posibilidades tecnológicas y de distribución controladas por una industria que entendía el tebeo sólo como entretenimiento. Ahora, el formato era controlado por el autor en toda su extensión. Es verdad que, bien mirado, era consecuencia de una contracción brutal del mercado, con tiradas tan pequeñas que eran ridículas comparadas con las que se daban apenas unos años antes, pero favoreció que el cómic de autor encontrara en la novela gráfica su lugar natural. Pero hizo mucho más: ese cómic de autor dio el ansiado salto a la legitimización sociocultural. El respeto que el tebeo había alcanzado durante los 80 volvió y se multiplicó, superando todo lo previsible. Los medios hablaron de tebeos, la oficialidad cultural admitía al tebeo como un arte más, las instituciones lo acogían, se creaba el Premio Nacional… Evidentemente no es un logro de la “novela gráfica”, sino de los autores, los que realmente han sostenido el tebeo y son los reales merecedores de todos los parabienes y alabanzas. Pero no se puede obviar que el término “novela gráfica” ha roto el veto que el tebeo tenía a entrar en los hábitos culturales. De hecho, el propio concepto ha tomado vida propia para convertirse en casi un sinónimo de tebeo para adultos aplicable a cualquier género o expresión, desde los tebeos más comerciales de superhéroes a los más intimistas, en una evolución de la que hay que congratularse, porque ayuda a normalizar la presencia de los tebeos en toda su extensión. Hemos visto en estos diez años cómo el género de superhéroes pasaba a ser fagocitado por la industria del cine (como, por cierto, anuncié casi al principio de la historia de La Cárcel, me pongo la medalla de Rappel de segunda B) para convertir al cómic en un merchandising de las películas, pero que seguía teniendo su espacio propio en el cómic gracias a unas “novelas gráficas” de los personajes más famosos, que afirmaban así el abandono de su originario público juvenil por uno más adulto. Ya no es necesario que el sistema se dinamite desde dentro, como hicieron Miller o Moore en los 80 con cómics de autor que hacían temblar los cimientos de una industria que busca desesperadamente la producción seriada completamente despersonalizada. El cómic de autor es ya una forma que lo impregna todo y que, cada vez más, deja en evidencia esas prácticas de producción industrial que olvidan la creatividad del autor como eje fundamental de todo producto cultural, ya sea de entretenimiento o artístico. Lo vemos en el comic-book, en el álbum francobelga con los francotiradores nacidos del Atelier Nawak, en el manga, en la tira de prensa, en los webcomics y, por supuesto, en la novela gráfica, desde la más comercial hasta la más rompedora.
¡Cómo ha cambiado todo! De un mercado de comic-books a otro de novelas gráficas. De internet casi testimonial, al alcance de cuatro privilegiados a convertirse en un reto tecnológico y sociocultural que ha cambiado la forma de entender el acceso a la cultura. Con todo, vivimos una gran época para el lector de tebeos, con una oferta desconocida antes, con unas posibilidades nunca vistas que, quizás, dejan como paradójico gran damnificado al autor, el gran protagonista de esta evolución que ve cómo su figura se equipara a la de los de cualquier otra área. Como en la literatura, la pintura, la música, etc, es prácticamente imposible que el autor de cómics pueda vivir de su obra. Puede, con suerte, vivir de hacer comics, pero difícilmente de su obra personal, un lujo reservado a cuatro privilegiados. Un cambio que también ha protagonizado la red en lo que a información se refiere, con la explosión de los blogs de información y opinión sobre tebeos, quizás hoy de capa caída por la todavía mayor explosión de las redes sociales, pero con muchas cosas que decir y con una selecta nómina de supervivientes a los que hay que seguir casi obligadamente.
Es difícil olvidar estos diez años. La Cárcel se ha convertido en una parte de mí y, también, para qué negarlo, en una verdadera prisión de la que era difícil salir. Pero he salido y, como decía, no sé si volveré. De volver a escribir en esta página, si alguna vez tengo tiempo, todo sea dicho, sería más puntualmente, y con otra idea completamente diferente. Es posible, por ejemplo, que haga un par de entradas al año que mucha gente me ha pedido y de las que siempre me ha gustado hacer: a finales de enero, un resumen de mis lecturas del año, que ahora son más recortadas y limitadas que nunca; y allá por mayo, el tradicional artículo sobre “los números del años”. Dos entradas que creo que son útiles y que, sobre todo, me lo pasaban muy bien haciéndolas- Es posible, también, que recupere el espíritu original de la página y vaya colgando por aquí los artículos que hago para la Cartelera Turia y algunas colaboraciones esporádicas que hago por aquí y por allá. Quería mantenerme totalmente al margen del mundillo del tebeo, pero la cabra tira al monte. Acabé quemado, muy quemado, lo reconozco. La experiencia de Angoulême fue ya la gota que colmó el vaso: hubo cosas malas, sí, pero las positivas debían ganar por goleada a las negativas. Sin embargo, el hecho de que la exposición me hiciera perder amistades, que gente a la que apreciaba me retirara la palabra, hizo que tirara la toalla. Después de aquello quise romper toda amarra con el mundillo, pero ahora me doy cuenta de que es imposible. Ya no tengo el tiempo de antes, pero sigo haciendo cosas, es evidente. Amo demasiado los tebeos como para dejar totalmente todo lo que les rodea. Y sí, si un amigo me pide que le presente un tebeo, lo haré. Y si puedo ayudar a montar cosas, pues lo hago. Pero eso sí, ya no estaré nunca en primera fila. Es el momento de otros.
Es el momento de disfrutar de todo lo que ha cambiado en el mundo del tebeo en estos diez años, que no es poco.
Y es el momento de daros a todos las gracias. La Cárcel existió porque exististeis vosotros leyéndola. Fue vuestro espacio y me habéis dado diez años geniales.
Gracias.