Lo mejor del 2013

Con esto de las listas me siento casi siempre inmerso en una dicotomía, como decían los Luthiers. La razón, en plan Pepito Grillo, me repite machaconamente que es una tontería, que no se puede hacer una lista rigurosa sin haberlo leído todo, que no deja de ser una chorrada sin más importancia, por mucho que Eco eleve las listas al origen de la cultura… Y tiene razón, obviamente, como su nombre indica. Pero claro, en el momento en que la dichosa razón se da la vuelta, entono cánticos plañideros de culpa para justificarme pero me dedico a hacer listas de todo, a seguirlas, a buscarlas y a divertirme con ellas. Porque sí, porque es divertido, ya sea para criticar, para debatir o simplemente para reconocer espíritus hermanos. Es verdad que podemos encontrar mil y una justificaciones más, que incluso son útiles si se usan bien y con cierto tino, pero lo de las listas es, básicamente, un divertimento. Decía Don Umberto, también, que sirven para ordenar y generar conocimiento, lo que no deja de ser cierto y práctico, pero a lo que vamos, lo fundamental es pasárselo bien con ellas. Llevo ya un par de años un poco apartado de la primera línea y, aunque todavía no he podido recuperar el ritmo lector de antes, este año me he pegado un atracón de lecturas comparado con los tres anteriores. Y oigan, menuda suerte, porque el año ha sido suculento hasta decir basta…
Les pongo la lista de mis 25 mejores lecturas (el orden, azaroso, no le hagan demasiado caso, los cinco primeros sí que me parecen superiores al resto, pero el orden que le he puesto puede variar según cómo amanezca la mañana), y luego voy comentado:

1. El libro de los insectos humanos, de Osamu Tezuka (Astiberri)
2. Los surcos del azar, de Paco Roca (Astiberri)
3. La cuerda del laúd /Fran, de Jim Woodring (Fulgencio Pimentel)
4. La infancia de Alan, de Emmanuel Guibert (sins entido)
5. Atajos, de Martí (La Cúpula)
6. La propiedad, de Rutu Modan (Sins Entido)
7. El rayo mortal, de Daniel Clowes (Random House)
8. Playground, de Berliac (Ediciones Valiente)
9. Grandes preguntas, de Andres Nilsen (Fulgencio Pimentel)
10. Un médico novato, de Sento (sins entido)
11. La hermandad de historietistas del Gran Norte, de Seth (Sins Entido)
12. Vampir, de Joann Sfar (Fulgencio Pimentel)
13. No os indignéis tanto, de Manel Fontdevila (Astiberri)
14. Nela, de Rayco Pulido (Astiberri)
15. Aâma 3, de Frederick Peeters (Astiberri)
16. La gran odalisca, de Bastien Vives, Ruppert y Mulot (Diábolo)
17. Beowulf, de Santiago García y David Rubín (Astiberri)
18. Spleen, de Esteban Hernández (Autoedición)
19. Pulir, de Nacho García (Fulgencio Pimentel)
20. Conversación de sombras, de Max (La Cúpula)
21. El fuego, de Miguel B. Núñez (Caramba)
22. Autobiografía, de Shigeru Mizuki (Astiberri)
23. I am a hero, de Kengo Hanazawa (Norma)
24. Pornográfica, de Nacho Casanova (Diábolo)
25. Cuaderno de frases encontradas, de Juan Berrio (Autoedición)

Como este año no he hecho reseñas, comento algunas cosas…
Lo de Tezuka, simplemente brutal (Nota: no, no he puesto Fénix porque es reedición y sólo he considerado las nuevas ediciones en España), estratosférico. La capacidad de este autor para sacar a flote las miserias humanas es de genuflexión y saludo florido. Me sorprende además cómo Tezuka consigue salirse de la tradición nipona de relatos extraordinariamente extensos (que él mismo practica en Fénix, Buda, Astroboy o Black Jack) para sintetizar en obras cortas como El libro de los insectos humanos o la magistral también Ayako unos mensajes tan potentes, tan acertados. Para muchos puede que su estilo gráfico humorístico sea un problema, pero creo que en este caso juega a su favor y aporta un contraste entre forma y fondo que consigue descolocar todavía más al lector. De Don Paco Roca, ¡qué decir! Que firma su mejor obra hasta el momento y que me sigue sorprendiendo su innata capacidad para construir sobre todo lo que ha hecho antes. En Los Surcos del Azar se pueden detectar los mejores hallazgos de El invierno del dibujante y de Memorias de un hombre en pijama, pero corregidos y asimilados para entenderse en una historia donde el mensaje superficial es contundente y el subyacente, magistral. Porque me ha parecido que su reflexión sobre las muchas heridas abiertas de la Guerra Civil es pertinente y necesaria, pero esa realidad imaginada que analiza y cuestiona las razones del autor, que es capaz de lanzar una autocrítica tan dura hacia la canibalización de las personas que hace la ficcionalización de la historia es tan necesaria como demoledora. Del señor Jim Woodring nos ha llegado doble entrega y hago trampa, colocándolos juntos, cierto, pero es que mi pasión por el Omnifactor® es sólo comparable a otras coconinadas mías. Me apasiona cómo Woodring desgrana lo cotidiano para transformarlo en materia imaginada, pero que sigue manteniendo intactas sus propiedades vitales. Las historias de Frank cabalgan entre lo real y lo imaginario, son ventanas que muestran un retrato colorido en blanco y negro de una realidad deformada y repugnante. Y de las dos entregas, Fran concentra lo mejor de lo mejor, la síntesis de la vida humana expuesta en dos extremos contrapuestos. El congreso de las bestias y Fran son, para mí, la síntesis perfecta de lo que representa la visión de Woodring, y la edición de Fulgencio Pimentel en un solo volumen potencia todavía más esa doble versión: por un lado, una visión repleta de actualidad que pone en tela de juicio la triste verdad del ser humano, creyente en una esperanza de felicidad que es manipulada por otros; por otro, la única felicidad verdadera que le queda al ser humano, el amor, apenas un concepto que vive más de la imaginación que de lo efímero de su existencia. Las dos, sin principio ni fin, cara y cruz, una refugio de la otra. Maravilloso.
De La infancia de Alan sólo decir que el señor Guibert había alcanzado los cielos con El Fotográfo y La guerra de Alan, pero que al llegar a la infancia se transfigura y logra en sí mismo el estatus de dios celestial. Porque lo que hace con la niñez de Alan no es dar testimonio de la dureza de una infancia o del paso del tiempo, es hilar con esmero un tapiz donde todas las infancias están recogidas, donde todos nos podemos reconocer de una forma u otra. Universaliza al ser humano a través de la infancia, crea un espacio común en el que todos podemos ser parte a través de nuestra memoria. Por su parte Atajos me ha vuelto a llevar a los 80, a esos momentos donde mis neuronas fueron destrozadas y reeducadas a golpe de historieta de El Víbora, descubriendo que el tebeo lo podía todo y se atrevía con todo. Y mucha culpa tuvieron las historietas de Martí, desnudas de artificios y decoraciones, que se me clavaban en los ojos hasta hacerlos sangrar. Y lo increíble es que lo siguen haciendo, que treinta años después me siguen descolocando y desasosegando con la fuerza de ese trazo grueso y limpio (a ver si se anima La Cúpula con esa genialidad que es Dr. Vértigo, uno de mis tebeos españoles preferidos de la historia).
Tras este grupo de cinco genialidades, el orden deja de importar, pero voy comentando telegráficamente que me encantó como Rutu Modan se convierte en nuevo estandarte de la línea clara (puro Flotc’h en este libro) para seguir esa línea suya de contar historias en segundo plano, ahí escondidas. Porque La propiedad toma lo cotidiano y anecdótico para devolver casi, casi, el suspense de una aventura canónica de Hergé, pero inoculando inadvertidamente duras reflexiones sobre la historia judía y sobre las relaciones personales. El rayo mortal llega tarde a España, demasiado tarde, toda una década, pero sigue siendo una lectura catártica, un fin de etapa emocional para el lector aficionado a los superhéroes. Reconozco que nunca he tenido ese punto adicto a los superhéroes, quizás porque nunca me han enganchado los personajes (en general, no os creáis, siempre he sido un repelente empollón gafapastoso como bien saben los que esto leen), pero la obra de Clowes tiene fuerza hasta para alguien que jamás los haya leído. Es el degüello final, la pica en Flandes: Moore mató a los personajes llevándolos a la realidad y Clowes mata aquí los restos de ilusión del aficionado demostrando que la realidad no cabe en los personajes. Quizás la lástima es que se pierde en la edición que llega aquí (la misma que la reciente reedición americana) el formato original en grapa de gran tamaño, que aportaba una reflexión metalingüística nada desdeñable. Pero sigue siendo una gran, gran tebeo. Playground fue una sorpresa, un discurso agresivo y descarado que obliga a repensar los dogmas del tebeo desde una reflexión paralela que toma a Cassavetes como inspirador e hilo conductor. A mí me dejó bocabierto por su atrevimiento y fuerza. Por su parte, las Grandes preguntas de Andres Nilsen son el ejemplo perfecto de cómo la trascendencia tiene también su lugar en el tebeo, pero desbrozándola de pretenciosidad y pontificados doctrinales para llegar a ella desde el minimalismo más absurdo, dejando un discurso tan limpio como penetrante y efectivo. Sento fue, en su día, uno de los grandes renovadores del tebeo español, formó parte de esa generación de autores que reivindicaron un arte adulto y comprometido con lo cotidiano y con una nueva estética, que nunca se marchó del todo, pero que por fin vuelve por la puerta grande con Un médico novato, adaptación de la biografía de su suegro, Pablo Uriel, que sirve como testimonio de cómo la Guerra Civil atrapó a muchos a medio camino de todo, de la vida y de las ideas. Y de cómo las adscripciones a bandos estaban más ligadas al azar de la vida que a la realidad de las ideas. Sento está ahí, en esos dibujos tan reconocibles y suyos (¡Ay! Lo hice, me volví a releer por enésima vez Velvet Nights y Cazando millonarios) para soltar esa bonhomía que le inunda a capazos en sus viñetas, en forma de narrativa tan sencilla como perfecta. Me ha encantado. Seth es un señor que me encanta cuando se poner el traje de Ware para renovar lenguajes, pero reconozco que me apasiona cuando hace relatos de apariencia sencilla e inocente como Wimbledon Green y su continuación natural, La hermandad de historietistas del Gran Norte, deliciosa reivindicación de la lectura de tebeos y de sus autores. Hago trampa con Sfar, lo sé, porque Vampir se ha publicado ya, pero como la edición de Fulgencio Pimentel incluye dos inéditos en España, aprovecho para colarla en la lista. Porque Sfar me apasiona y porque Vampir, también. Por su frescura, por su sinvergonzonería, por su descaro y por su romanticismo. Porque los vampiros molan, pero los vampiros románticos que más que obsesión por morder, tienen obsesión por estar enamorados, molan más. De No os indignéis tanto, de Manel Fontdevila, mantengo lo que dije en twitter: en el futuro, debería ser el libro de texto obligado para entender el comienzo del siglo XXI. Primero, porque Manel pone la bala donde pone el ojo. Pero una bala tan fina y certera como explosiva y destructora. Segundo, porque las reflexiones de Manel son lúcidas y acertadas, y más de uno debería hacérselo ver si no coincide con él. Y tercero, porque este señor es un genio dibujando y estruja el lenguaje del tebeo hasta donde muchos no se atreven. Con la excusa de que es humorismo gráfico, que son chistes, o incluso que no son tebeos, más de uno se pierde los logros increíbles logros para el lenguaje de la historieta que está haciendo este hombre. Las futuras generaciones de autores se lo agradecerán. Y las de españolitos.
De la actualidad al pasado, nada menos que a Don Benito Pérez Galdós, señor famoso porque en la EGB consiguieron que lo odiáramos, obligándonos a leer los episodios nacionales cuando lo que nos pedía el cuerpo era leer a Julio Verne. Con el tiempo me enganché a los Episodios Nacionales, a sus extremos exagerados y su populismo, que me encantaron, pero reconozco que no había leído la Marianela que adapta Pulido. Y como que me da igual, porque con mis disculpas a Don Benito, menudo tebeo se marca Rayco Pulido con Nela, atreviéndose con un clásico difícil pero reescribiéndolo hasta hacerlo próximo y actual, pero sin perder ese realismo costumbrista añejo. Brillantísimo. La tercera entrega de Aâma, de Frederick Peeters es otra genialidad de este hombre, que está construyendo con esta saga una revisión de la ciencia ficción en cómic de los 70. Comenzó su primer volumen homenajeando a Gillon y Los náufragos del tiempo, para terminar en esta tercera entrega inmerso en la lisergia humanoide de Moebius y Jodorowsky. Y todo con una historia que no te deja de atrapar. Otros que se dedican al homenaje con espíritu revisionista son el trío calavera formado por Bastién Vives, Ruppert y Mulot. El primero ya había demostrado ser un estilista del lápiz, un superdotado para transmitir sensaciones. Los otros dos son unos dinamitadores de las preconcepciones en el 9º arte, personalmente los autores que más me están haciendo disfrutar en los últimos años con su constante reinvención del medio. La unión era extraña a priori, pero el resultado ha sido afortunado, un homenaje repleto de guiños a la aventura clásica (manga, TV, etc) pero lleno de claves propias de las tendencias actuales de la historieta, en el que lo íntimo se encuentra con los fuegos de artificio en una mezcla atípica donde la ironía actúa de perfecto cemento. Porque si algo tiene La gran odalisca es que es un tebeo divertidísimo. Y que hace pensar mucho sobre cómo ha evolucionado el medio, todo sea dicho.
De Beowulf, a priori, no esperaba mucho. No por la solvencia de los autores, fuera de toda duda, sino por mi alergia a la épica y la fantasía, que no sólo está fuera de toda duda, sino que con la edad se agrava. Me hago abuelo cebolleta y cada vez me interesan menos las épicas, héroes, leyendas y fantasías. Y no es desprecio hacia ellas, ojo, sino aceptación resignada de mi degeneración neuronal, que llega tan galopante como la presbicia. El caso es que lo cogí sin ganas y, de repente, me encontré devorándolo con fruición, encantado y apasionado por los requiebros narrativos y artísticos que Santiago y David había urdido. Hay hallazgos realmente interesantes en la propuesta, como esas visiones paralelas del Grendel, desasosegantes, o la concepción de la puesta en escena que despliega Rubín, impactante. Por lo dicho antes, Spleen estaba destinado a gustarme. Y vaya si me ha gustado, no sólo porque de Esteban siempre me espero propuestas interesantes, sino porque en este caso me ha parecido una de sus obras más conseguidas. Esteban ha actuado siempre de francotirador de esa cultura de apariencia novedosa pero profundamente acomodada, es un autor que se resiste, afortunadamente, a caer en lo sencillo con propuestas que obligan a lector a pensar y repensar. Pero con Spleen le da la vuelta a todo y se planta ante el lector con una obra que le da lo que quiere, la felicidad a buen precio y facilita. Pero claro, menudo regalo envenenado, porque el misil de Spleen da en la diana y obliga a replantear si la felicidad es posible o si vale la pena la mierda -literal- a la que aspiramos… De Pulir no se puede ni se debe decir mucho. Pulir se debe leer. O mirar. O qué se yo. Pulir es la nueva presentación del LSD, que ahora en lugar de inhalarse, tragrase, inyectarse o fumarse, se lee. Pulir te deja noqueado durante horas, te rompe las retinas, te deja la corteza cerebral hecha unos zorros y luego te deja tirado como una piltrafa. Pero te levantas después como un ser (humano) nuevo, de verdad, oigan. De Miguel B. Núñez soy fan irredento: me encanta, me parece uno de esos autores que supuran inteligencia en sus propuestas y que parece que son invisibles para el resto del mundo. Me da igual, me sigue encantando y El fuego me ha parecido una lectura sugerente, un porno diferente capaz de impregnar de sexo los cuentos de siempre. Miguel suma y sigue, tras la prodigiosa El corazón de los árboles, El fuego me parece recomendabilísima. Conversación de sombras en la villa de los papiros, de Max, nace quizás con espíritu de obra menor, casi de sainete filosófico, pero que creo que recupera un Max gamberro, capaz de traducir una conversación filosófica entre Graco y Filodemo a puro estilo Bruguera, pero sin perder un ápice de la trascendencia de lo tratado. En apenas unas páginas, sabiduría gráfica y existencial por el mismo precio. La Autobiografía de Shigeru Mizuki ha sido a lo largo de sus seis volúmenes un deleite, un disfrute de esos pantagruélicos. El descubrimiento de Mizuki me dejó pasmado, es de esas dosis de humildad cruelmente humillante que el tebeo nipón nos suelta de vez en cuando: ¿te creías que lo sabías todo de tebeos? ¡Zas! En toda la boca, por chulo y garrulo. Un autor del que no sabías nada y es un genio. Entrar en su vida es puro cotilleo, puede, pero también una forma excepcional de conocer a un genio. I am a hero, de Kengo Hanazawa me gusta porque es un manga de zombis. Y punto. Pero también porque se atreve a iniciar el periplo matazombis con un guiño a Bakuman, y luego ponerse canónico pero contarlo de maravilla. Tras el agotamiento de la fórmula de Kirkman y Adalrd, Hanazawa es un soplo de maravilloso aire podrido para los que gozamos con los desmembramientos de muertos vivientes. Pornográfica, de Nacho Casanova es un tebeo del que no se ha hablado mucho. Y se debería. Quizás el problema es el de siempre, “uichs, le gusta el porno ¡qué depravado!”, loa soplapollez de siempre. Y no. El tebeo de Nacho es sexo puro, pero del de verdad, no el de las películas de pollas de medio metro e implantes mamarios hinchables. Es sexo del de las personas de carne y hueso, real, próximo, excitante y sincero. Es el sexo que vemos en nuestra casa, no en la tele. Y es genial. Y para acabar con un número redondo, mención para Cuaderno de frases encontradas, esa joya de Juan Berrio que, posiblemente, sea más ilustración que historieta, pero que me da igual, porque Berrio cuenta historias con una sola viñeta, abriendo tan sólo el espacio cerrado de una viñeta para contar una historia que se inició antes y seguirá después pero de la que no sabemos nada. Tan sólo imaginamos. O simplemente disfrutamos del placer voyeurista, que también. Qué más da: disfrutamos.

Me gustaron también, y cito rápidamente, La colmena, de Charles Burns (Random House), en la que el americano sigue en su extraña revisión tintinesca; Hawkeye, de Matt Fraction y David Aja (Panini), brillante Aja en su planteamiento de lo cotidiano del superhéroe con una concepción gráfica rompedora; Papel estrujado, de Nadar (Astiberri), un debut impactante, una obra que se lee de un tirón y que construye un thriller cotidiano apabullante; Hark, A Vagrant, de Kate Beaton (Ponent Mon) porque es deliciosamente absurda; Silvio José Destronado, de Paco Alcázar (Astiberri), porque Alcazar ha creado una versión hispana de Ignatius J. Reilly que supera al original con creces y Dictadores, de Irkus Zeberio y Sergio Puyol (apa apa) porque es una obra que en estos tiempos de dictadorzuelos encubiertos, se debe leer.
No son los únicos tebeos que he disfrutado, me lo he pasado pipa con reediciones como Creepy presenta Richard Corben (Planeta), con la que me he vuelto a enamorar del chicarrón de Kansas como hace 35 años; con los deliciosos Johan y Pirluit, de Peyo (Dolmen); con la incomparable Fenix, de Osamu Tezuka (Planeta de Agostini)… Me sigo quedando prendado de la elegancia de Romeo y Julieta, de Gianni de Luca (001 Ediciones) y, por supuesto, me declaro seguidor sectario y furibundo de Krazy Kat, de George Herriman, sobre todo en esa edición gigantesca de Peter Maresca que trajo Norma. Y ya puestos a hablar de clásicos, reverencia a Nadir y Reino de Cordelia por recuperar la obra de Caran d’Ache y el Litlle Sammy Sneeze, de Winsor McCay. Los agradecimientos siguen: a Astiberri por reeditar el Baco de Eddie Campbell, posiblemente la obra que más me gusta de este autor (excepción hecha de cuando colabora con el barbudo); a EDT por recuperar el Aghardi, de Enric Sió, fabuloso, rompedor e innovador y el apocalíptico Hombre de Antonio Segura y José Ortiz, lástima que hayamos perdido a estos dos gigantes de la historieta en tan corto intervalo de tiempo. Y a Planeta, por volver a editar Regreso al mar, de Satoshi Kon, uno de los mangas que me descubrió, valga la redundancia, el manga.
Y ya para acabar, resumo todo lo anterior en dos tebeos que este año me han devuelto el amor a los tebeos (que nunca he perdido, pero la frase queda bien y vosotros me entendéis): Le cadeau, de Ruppert y Mulot y La tendresse des pierres, de Marion Fayolle. El primero, porque manda a tomar por saco toda preconcepción que tengamos sobre la historieta haciéndole la autopsia literal a un tebeo. El segundo porque demuestra que existe la poética del tebeo.
Y eso es todo, amigos.