Belchite

Hace casi veinte años visité Belchite. El viejo, esas ruinas que Franco quiso dejar como exponente de la “barbarie rojo-comunista”. Era un verano bastante agobiante, que dedicamos a visitar los alrededores de Zaragoza y, recuerdo, yo me emperré en visitar el famoso pueblo pese a la indiferencia de mis acompañantes. Llegamos a Belchite, el nuevo, y desde ahí caminamos hasta lo que quedaba del antiguo pueblo. La verdad es que no sé lo que me esperaba, pero desde luego no fue lo que encontré. Supongo que esperaba alguna iglesia derruida, o el ayuntamiento, y alguna inscripción con las soflamas propias del fascismo franquista. Incluso, creo, estaba preparado para eso de oír “los gritos de los miles de muertos que allí dejaron sus vidas”. Sin embargo, lo que encontré fue un pueblo, completo, derruido desde la primera hasta la última piedra. Paredes por cuyas ventanas se veía el cielo. Una iglesia sin techo que dejaba pasar el sol asfixiante. Y silencio. Un silencio omnipresente, que lo inundaba todo, que solo dejaba oír los pasos de los otros turistas que llegaban por la zona. Recuerdo que todos nos mirábamos sin decir palabra, recorriendo unas ruinas cuya desolación solo rompía alguna pintada adolescente que otra. Belchite no era, desde luego, ese reflejo del salvajismo rojo que tanto aprovechó en propaganda el dictador. Ni siquiera un renovado testimonio del “horror del enfrentamiento entre hermanos”, como se decía entonces, recién celebrado el 60 aniversario del inicio de la guerra civil y en plena campaña de reivindicación hipócrita de que “todos hicieron salvajadas en el 36”. Belchite era un fósil inerte de lo único que queda tras la guerra: nada. Y esa sensación de nada contra la que es imposible luchar, acojonaba. Luego, la reflexión, sí, te llevaba a pensar en las vidas perdidas, en el horror que se vivió durante el sitio. Y en el absurdo, claro, en esa patética forma de pensamiento que justifica que puedas asesinar a alguien simplemente porque piensa distinto que tú.

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Leyendo Atrapado en Belchite, la nueva entrega de las memorias de Pablo Uriel que está adaptando Sento, aquellas imágenes han vuelto a mi memoria con una nitidez extraordinaria, pero ahora con la capa de realidad de la vida de este médico novato. Sento nos cuenta cómo, tras la cárcel, Pablo Uriel llegó como médico al frente para encontrarse con ese día a día de la guerra que no conoce épicas, solo estupidez y miserias. Y llegó, nada más y nada menos, que a Belchite, el escenario de un enfrentamiento cruel. Un pequeño pueblo que tuvo la desgracia de ser elegido como ejemplo de resistencia, como paradigma de la victoria de unos y de la valentía y sacrificio de otros. Una elección hecha por los que no estaban allí, por supuesto, que como ya vimos en la primera entrega, defendían un bando u otro porque les tocaba, no por sus ideas, sino por empadronamiento. Pablo cuenta el absurdo surrealista continuo en el que vivía el frente, que deja eso que se conoce como “berlanguiano” en un simple chiste de niños. Pero cuenta, sobre todo, el asedio. El terrible sitio que vivió como médico de un hospital inexistente donde los enfermos eran comidos por la suciedad y las moscas, condenados por el fuego “enemigo” y por las órdenes “amigas” a ser carne de cañón, combustible barato para eso que llaman gestas heroicas.
Reconozco que pensaba que el trazo de Sento era poco adecuado para esta obra. Ligaba su dibujo a la elegancia, a ese glamour estético que nos inundaba en los 80 y del que el valenciano fue máximo exponente. No pensaba yo que de Velvet Nights se pudiera llegar a describir el hambre, el dolor, la gangrena, las amputaciones.  ¡Y, joder, cómo me equivocaba! Porque Sento es un maestro contando historias, que sabe adaptar su trazo limpio para plasmar la atmósfera irrespirable de la iglesia de Belchite, llena de moscas que nos asfixian y que espantamos a manotazos casi instintivamente.  Y sabe perfectamente cómo llevar al lector esa sensación opresiva de estar atrapado sin salida. De ser un animal en el matadero que solo importa que se desangre lo antes posible para alimentar el ego de otros. Sento sigue con rigurosidad la historia, pero consigue traspasar el discurso tradicional de los bandos para hablar de las personas, pero sin caer en el peligroso juego de olvidar que hubo un culpable. Sento describe excesos de unos y otros, por supuesto, están en la historia, pero sabe perfectamente que el inicio fue un golpe de estado, sin eufemismos ni hipocresías absurdas.
Atrapado en Belchite es un libro que duele al leerlo. Que trata al lector de forma inmisericorde mostrando la historia que hace daño, la que levanta ampollas. Pero es una historia que hay que leer. Me atrevería a decir que obligatoriamente. Una obra tan brillante como necesaria.

(Sento ha decidido autoeditarse esta segunda entrega, que se puede conseguir en Yojimbo Cómics y en algunas librerías especializadas)

Tangos

lavidaesuntangoEl tango es una danza hipnótica, de cuerpos que giran y se enrollan entre sí, que deambulan de un lado para otro en un baile donde hombre y mujer crean un universo aislado del mundo, absortos en sí mismos, apenas ligados con la realidad por el sonido del bandoneón que va y viene.  No es difícil ver en esa danza la realidad de la vida, que nos lleva siempre a bandazos, metidos en esa burbuja egoísta que nos creamos alrededor, dando tumbos imprevisibles a merced de una música que apenas oímos. Decía Borges que las letras del tango antiguo nos permitían tener un pasado imaginario. No las de Gardel, que odiaba por lloronas, sino las de esos tangos que nacieron en los arrabales, en los prostíbulos donde la Parda Flora, en los barrios bajos que hicieron suyo al tango para contar las vicisitudes del alma, las suyas, las del país. En la última entrega de su “vida comicgrafiada”, Ramón Boldú nos habla del tango de forma aparentemente ajena. Cuenta que, buscando un sustituto a las batallas del ajedrez, diseñó un juego basado en el tango donde lo importante no es derrotar al adversario, sino ligar con él. Sin embargo, a medida que vamos leyendo La vida es un tango y te piso bailando (Astiberri), se hace cada vez más evidente que la excusa traspasa el juego y el tango se convierte en metáfora real de la que es, sin duda, la mejor entrega de su biografía en viñetas. Como en el baile, Boldú va yendo de un lugar a otro, sin destino previo, cambiando de épocas, de lugares y de momentos, girando en cada argumento sin dar respiro. De la guerra civil a la actualidad, de ahí a su infancia a su juventud y vuelta a la realidad y su infancia. De los 50 a los 80, de los 70 a los 40, de los 40 al 2015. De una idea a otra sin solución de continuidad, en un salto continuo improvisado y casi suicida, pero que poco a poco, como anunciaba Borges, va componiendo un retrato que toma forma. El caos va enfocando una figura definida,  ese pasado imaginario del que hablaba el escritor, compuesto de retazos de memorias propias y ajenas que ya no se sabe si son reales o inventadas. En el fondo, da igual, porque el recuerdo es siempre real para nosotros, aunque haya sido creado en alguna neurona algo pocha o, simplemente, como medida de defensa contra un pasado que nos inquieta. Y resulta que, en ese ir y venir de azares y serendipias, hay un relato real y particular, como en el tango. Hay una vida que gana en riqueza por el asombro que nos provocan las conexiones de la existencia, es que siempre hemos resumido con un “¡Qué cosas tiene la vida!”. Boldú repasa su vida, la de sus padres y la de sus abuelos, componiendo un tratado de su historia que es, también, la historia chusca de este país. La de verdad, o no, pero es la que recordamos, la berlanguiana, la de Buñuel. Con ese humor exuberante con el que Boldú lleva contando su vida desde hace más de 20 años, cuando comenzó con este particular viaje en las páginas de El Víbora. La vida es un tango y te piso bailando es un paso más de ese camino, quizás el más brillante dado hasta ahora, pero que –esperemos- será tan solo uno más en esta gigantesca y genial obra que es la autobiografía de Ramón Boldú. (4)

(Ojo a la excelente edición de Astiberri -lo que no es sorpresa-, que incluye el juego diseñado por Boldú)