El paraíso perdido

Lo del Premio Nacional este año estaba complicado. Muy complicado. Las dos casas, la de Torres y la de Roca, optaban con fuerza al premio, cada una desde perspectivas muy diferentes y, cada una, con prejuicios absurdos (una, que “no es un cómic exactamente”, como muchas veces me han dicho; la otra, por esa norma no escrita de que un ganador de premio nacional no puede repetir). Pero junto a ella se alzaba con toda su espectacularidad la adaptación de El paraíso perdido de Milton que firmó, con rúbrica ornamentada y contundente, Pablo Auladell. Una trinidad de calidad extraordinaria a la que, en cualquier caso, se podían haber añadido sin desmerecimiento alguno obras como Atrapado en Belchite, de Sento o Los vagabundos de la chatarra de Carrión y Forniés.
Al final, la responsabilidad ha estado en el tejado del jurado, en una decisión que seguro ha sido difícil, pero que tenía la suerte de saber de su acierto asegurado, habida cuenta de la calidad de las obras de este año. Y el jurado ha decidido que la galardonada sea El paraíso perdido de Auladell, por lo que recupero la reseña que hice para Cartelera Turia hace ahora casi dos años…

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De paraísos perdidos

El trasvase de obra literaria al cómic es una práctica normal y bien conocida. Todos los que ya apuntamos algo más que canas disfrutamos en su día con la famosa colección de clásicos literarios de Bruguera, aquellos libros que presentaban una versión sui géneris de obras fundamentales de la literatura,  intercalando cada tres páginas de texto, una de historieta que adaptaba con viñetas la misma obra. Una práctica habitual que se ha extendido a todo tipo de obras, desde el Génesis que firmó Robert Crumb a la Ciudad de Cristal de Auster firmada por Paul Karasik y David Mazzucchelli, en un juego sin límites aparentes, pero que ha respetado muchas creaciones que generaban no pocas dudas sobre su posibilidad de traslado. Una de ellas, sin duda, es el monumental poema épico de Milton, El paraíso perdido. Un clásico de la literatura en lengua inglesa que impone no pocas dificultades incluso al lector más aguerrido: los más de 10.000 versos que narran la caída de Lucifer y la expulsión del Paraíso de Adán y Eva, el alambicado lenguaje poético y la propia aproximación temática plena de escondidos referentes pueden ahuyentar a cualquiera. Pero la posibilidad de trasladarlo al lenguaje del cómic tiene que luchar además con la conocida iconografía creada para esta obra por ilustradores de la talla de William Blake o Gustave Doré, ya implantada en el imaginario colectivo. Un reto colosal, casi suicida, que aceptó el alicantino Pablo Auladell y que ahora publica en su totalidad la editorial Sexto Piso, tras largos años de trabajo (la parte inicial fue editada por Huacánamo en 2012). Y el resultado es fácil de describir en una palabra: magistral. Auladell ha optado por una adaptación casi directa de los versos de Milton, trabajando su grafismo para trasladar al lector la esencia de los poemas: por un lado, la fuerza del verbo del poeta, esa majestuosidad de la palabra que impregna cada línea de la obra; por otro, hacer llegar al lector la calculada ambigüedad con la que Milton presenta a sus personajes, atrapados entre la desesperación de la pérdida del favor divino y la libertad conquistada, generando un profundo y doloroso debate interno que Auladell traslada perfectamente en su trazo. Los ambientes opresivos y oscuros del infierno se transforman en luminosos en el paraíso, pero dejando una componente cenicienta, una suciedad escondida que sugiere perfectamente la confusión que impregna la lucha entre el bien y el mal. Auladell firma, sin duda, una de las obras maestras de la década, ensalzada por la exquisita edición de Sexto Piso.

La realidad™

materiaTras Inercia, Antonio Hitos sigue ahondando en Materia (Astiberri) en la construcción de un imaginario generacional a partir de la observación aséptica, deshumanizada en este caso de forma explícita al desposeer a sus personajes de la forma humana para revertirlos en una suerte de evolucionados reptiles que caen sistemáticamente en los mismos errores que los humanos. Y, al igual que en su primera obra, Hitos vuelve a proponer al lector un ejercicio de abstracción e inteligencia que obliga necesariamente a cavar en esa capa de aparente superficialidad con la que construye su relato. Lo hace ya desde un planteamiento capitular que da un paso más allá de los tradicionales enfrentamientos filosóficos entre ética y estética, ciencia y ética o ciencia y estética. Si entre estos conceptos hay una tensión constante que los años no han conseguido resolver, nada mejor que elevar esa relación biunívoca a un triángulo de transitividad completo: ciencia, ética y estética, convirtiendo sus diferencias en un ciclo completo que se necesita entre sí. Cada capítulo de Materia resuelve uno de los conceptos desde la contemplación de la vida diaria de una juventud que ha perdido ya toda esperanza en un futuro que les fue sustraído sin permiso. La Ciencia, el primer capítulo, toma en la ambigua existencia del gato de Schrödinger el mejor símil para la tediosa realidad que vive un joven de la sociedad hipermercantilizada global, existe solo en un juego de espejos, cuando cumple lo establecido por una sociedad que no dudará en invisibilizarlo cuando se aparta del canon. La Ética se representa desde la cultura del éxito como aspiración, contrapuesta con la de las emergentes religiones diseñadas por ordenador, mientras que la Estética se convierte en un refugio natural, contaminado a cada paso por el control de la hipersociedad que castiga la disensión. En el fondo, un escenario de abducciones extraterrestres, un elemento de disrupción que sirve a Hitos para desarrollar con toda la extensión la complejidad de un discurso en el que nada se deja al azar. Los personajes son desarrollados de forma lineal y básica, sin emociones, sin pasiones, como simples piezas en un tablero sobre el que no saben cuál es su función real, reforzado por un trazo esquemático y una paleta de colores fundamentales (aproximaciones al cyan, magenta y amarillo) que distancia al lector lo suficiente para descubrir la interrelación del entorno con los personajes. Al igual que los alienígenas que observan desde su nave, el lector puede observar Materia con un continuo donde seres vivos y entorno desarrollan una relación simbiótica: la ciencia, ética y estética se revelan (o quizás, se rebelan) como el esqueleto fundamental de una existencia que está siendo arrebatada.

Materia es una obra densa y compleja escondida tras esos trazos simples y sus diálogos triviales. Porque su propuesta es, precisamente, ir tras las causas que han transformado nuestro hoy en una elegía de la banalidad.

beverlyEs curioso cómo se pueden trazar conexiones entre la obra de Hitos y Beverly, de Nick Drnaso, nueva adición de Fulgencio Pimentel a su maravillosa lista de impronunciables. Una serie de historias cortas que van ensamblando un relato desolador de ese invento llamado la “América profunda”. Un concepto que solo se entiende desde la supina (y profundamente soberbia) ignorancia de la compleja realidad de una sociedad americana. La realidad que plasma Drnaso no es la de una américa pueblerina, sino la de una sociedad que vive su deshumanización progresiva con la alegría de las canciones de la Coca-Cola. La frialdad del análisis de Drnaso transforma dramas urbanos cotidianos en inquietantes fotos fijas, perturbadoras. Más que las reflexiones sobre el aislamiento, sobre el miedo al otro, sobre el distanciamiento impuesto, quizás el relato que mejor representa la decepción hacia la sociedad que nos narra Beverly es esa historia sobre la alegría de una madre al saber que va a formar parte del grupo de evaluadores de una nueva serie de televisión. Drnaso borda en este capítulo su discurso, mostrando en paralelo el anodino y absurdo episodio piloto, la publicidad que lo trufa y el análisis de la atenta madre. La máxima ilusión en la sociedad de la TV de 24h es formar parte de las élites que deciden lo que ven los demás, que pueden influir en el supuesto devenir de los mitos catódicos. Una ilusión que Drnaso machacará sin piedad con la confrontación de la realidad: la serie es tan solo un vehículo de los mensajes de consumo, lo único verdaderamente importante en nuestra sociedad. No importa la calidad de la serie, lo intrincado de la trama, la calidad de las interpretaciones. Solo su eficacia como transporte de anuncios publicitarios.  Con su línea de trazo finísimo y sus colores casi completamente desaturados, Drnaso crea una realidad fantasmal a la par que inexplicablemente fidedigna, pero irrefutable en su diagnóstico de los tiempos que vivimos.

Dos obras recomendabilísimas

Pasos

Que la ansiada “normalización” ya es un concepto superado y asimilado tiene una de sus muchas pruebas definitivas en la noticia comiquera de la semana: la compra de dibbuks por parte de Malpaso Ediciones. Los tebeos son ya parte de las páginas naranjas de la prensa, se ha superado la frontera máxima… ¡El tebeo ha entrado en el IBEX! Me temo que me dejo llevar por la emoción. No, no se ha entrado en bolsa, es evidente, pero sí en los procesos empresariales estos que gustan tanto de fusiones, adquisiciones y compras. Transacciones de este tipo son habituales en el mundo editorial, que tiende como otros sectores a la concentración para “competir en los mercados globales”, según se suele argumentar, y aunque en el mundillo del tebeo se habían dado movimientos desde hace unos años (la rumorología ha estado hablando de adquisiciones, ventas y fusiones durante los últimos diez años, implicando a casi todas las editoriales españolas de tebeos, grandes, medianas y pequeñas), la realidad es que la primera operación efectiva la hemos visto esta semana: el 70% de dibbuks, la editorial de Ricardo Esteban, ha sido comprado Malpaso Ediciones. Una editorial joven, con apenas tres años en el mercado, pero que está revolucionando el mercado editorial con sus acuerdos con la mexicana Jus o las compras de editoriales españoles como Lince o ahora dibbuks. Hasta ahí, todo normal o una singularidad, según se mire. Desde el campo editorial del libro, una noticia más, pero desde los tebeos, una bomba informativa que, quizás, no lo debería ser tanto. Porque la realidad es que la industria del tebeo en España está protagonizando un giro radical en los últimos años: de ser una industria editorial profundamente endogámica, con editoriales que solo publicaban tebeos, librerías que solo vendían tebeos, distribuidoras que solo trabajaban con tebeos y lectores que solo leían tebeos, a formar parte del entramado de la industria del libro. El tebeo en España era la industria Juan Palomo por antonomasia: yo me lo guiso y yo me lo como. Sin embargo, la incorporación de la novela gráfica a las costumbres de los lectores ha supuesto una pequeña revolución industrial que ha subvertido el estatus establecido. Pongan ustedes el orden de los factores como quieran, la cosa no cambiará mucho: modificación en las tendencias de lectura que dejan de lado la publicación periódica por el formato libro, avances tecnológicos que favorecen tiradas pequeñas, cambios en los sistemas de distribución que eliminan la necesidad de grandes tiradas, salto de las temáticas adultas de las revistas a los libros, nuevas posibilidades creativas para los autores, atracción de nuevos lectores hacia esas propuestas novedosas, superación de la etiqueta infantil, blockbusters cinematográficos basados en cómic, premio nacional, generalización de la presencia del tebeo en los medios, irrupción en las grandes superficies, creación de líneas de novela gráfica en editoriales generalistas, introducción del tebeo en la librería generalista…  Unos cambios que se han dado en muy poco tiempo, todo sea dicho, y que han cambiado radicalmente el aspecto de la industria del tebeo en este país: de esa industria endogámica se ha pasado a formar parte de la industria del libro, mimetizando y asimilando sus ventajas y, por supuesto, sus inconvenientes. Es indudable es que ha aumentado muchísimo el número de novedades, que se ha trasladado el lugar preferente de venta y que se ha transformado el perfil del lector tradicional, aunque es más difícil saber si la cifra de negocio, el quid de la cuestión, ha cambiado realmente. Es probable que haya aumentado, pero no creo que de una forma sustancial y tan espectacular como el resto de cambios. Y en ese tránsito hacia la industria del libro, el tebeo ha dejado de tener sus problemas particulares – recordemos los mantras: ¡El tebeo está en crisis!¡Los tebeos no son para niños!¡Ya no hay tebeos en los quioscos!, etc – para incorporarse al lamento común del mundo editorial español: en este sacrosanto país nuestro no se lee ni por equivocación y los libros se venden poco o nada.

Resumiendo: que deberíamos ver la adquisición de dibbuks como algo normal. Sin embargo, lo que es evidente es que la irrupción generalizada en el mundo del tebeo tanto de las grandes editoriales (Planeta –olvidemos su pasado, hoy Planeta Cómic es solo una sección más del conglomerado-, Salamandra, Random House, Anagrama, Alianza, Roca, etc..), como de las pequeñas editoriales (Impedimenta, Zorro Rojo, Reino de Cordelia, El Nadir, Nórdica, Sexto Piso, etc…), está cambiando las reglas del juego. Las editoriales de cómic de toda la vida están viendo cómo las negociaciones de derechos internacionales se han convertido en agresivas subastas donde las pujas comienzan a marear. Los derechos que antes se contrataban por cifras que podían oscilar entre los 1000 y 2000€ empiezan a subir como la espuma y, ante la competencia, no es raro ya ver números que duplican o triplican lo que era habitual. Por no hablar de la rumorología que coloca los derechos de algunos famosos best-sellers en Francia o USA en cantidades mareantes. De nuevo, nada raro: la tradicional lucha por los derechos del mundo del libro ha llegado al mundo del tebeo. ¿Justifican las cifras de ventas en España justifican cantidades? Pues ni idea. Es cierto que no las sabemos, pero de nuevo el vox pópuli habla de excelentes ventas del manga (que está volviendo a ser uno de los pulmones de la industria editorial, solo hace falta ver cómo editoriales como Norma o ECC están incorporando el cómic japonés a sus catálogos) y muy buenas ventas de un selecto grupo de autores españoles (liderado como es lógico por Francisco Ibáñez y Paco Roca, seguidos de nombres como Ana Oncina, Juanjo Sáez, Moderna de Pueblo o David Rubín), que puede competir de tú a tú con sus colegas literarios. Pero no se habla mucho de las ventas de autores franceses o americanos (que no sean superhéroes, obviously).
Datos que tampoco es que tengan ya demasiada importancia: el tejido editorial del tebeo está cambiando tan rápido que es difícil hacer predicciones o evaluar impactos. Porque si bien es cierto que la entrada de grandes editoriales está produciendo lo que comentaba respecto a los derechos, también, por otra parte, no es menos cierto que ahora ya no se puede hablar de una industria clara del tebeo. Las editoriales que antes solo publicaban cómic, ahora ofertan también libros (el caso de Dolmen es paradigmático, que es más ya una editorial literaria que de tebeos a la vista de sus novedades, pero también nos encontramos casos como los de Diábolo o Fulgencio Pimentel, que incorporan el libro a sus catálogos con naturalidad). El propio concepto de “editorial” se tambalea ante la pléyade de microeditoriales que están apareciendo con ofertas tan atractivas como las presentadas por Fosfatina, Ediciones Valiente, DeHavilland o Apa-Apa, que se suman a la autoedición en un movimiento que gana personalidad hasta encontrar sus propias vías de gestión y distribución en festivales como Gutter, Graf o Tenderete. E incluso la propia labor de la editorial va mutando, con concepciones que van más allá de la producción e impresión para atender a conceptos más globales como la venta de derechos en el extranjero (con el ejemplo claro de Astiberri, que se ha convertido en la mayor promotora de autores españoles fuera de nuestras fronteras).

Y todo esto… ¿es bueno o es malo? Pues ni idea, oigan. Es diferente, simplemente. Porque la sociedad evoluciona y cambia. E igual que antes hacíamos fotos con carretes de 36 fotos cuidando cada pose e iluminación porque luego nos clavaban una pasta en el revelado, ahora a la que nos descuidamos hemos hecho 247 fotos de nuestro hijo mientras se saca un moco con gracia. Lo mismo para los tebeos: antes leíamos tebeos de una forma y, ahora, los leemos de otra. Y mañana los leeremos de otra, que nadie se preocupe.
Quizás ahora la única duda es qué pasará con dibbuks. De momento, que continúen Ricardo Esteban y Marion Duc garantiza la línea de la editorial, que es lo importante, aunque no se puede evitar pensar en que, con un 70%, más tarde o más temprano la ahora casa madre quiera influir en las decisiones editoriales. Quién sabe.
Pero eso será otra historia.

 

Leyendo voy, leyendo vengo

Decía yo hace unos meses, muchos meses, que reabría La Cárcel. Y abierta estaba, pero con polvo y telarañas acumuladas por meses de mucho, demasiado trabajo que habían dejado aquél objetivo completamente olvidado. Que no es excusa, lo sé, que en sus buenos tiempos, iba yo con estrés postraumático haciendo cien cosas a la vez y no dejaba de mimar este espacio ni un día. Pero, ay, los tiempos cambian. Por un lado, la manida excusa de la edad, que por repetida parece coartada de fórmula más que realidad. Yo mismo defendía hace diez años que eso de la edad era cosa de mindundis y debiluchos, para chocar ahora con que quizás no iba tan desencaminada la cosa. Que el cuerpo no da para más (sobre todo si se tiene un hijo pequeño que desborda energía mientras tú ves como el indicador de la tuya se desvanece) y las neuronas, digan lo que digan, se van jubilando a medida que uno envejece. Tras haberme quemado profundamente en 2012, poco a poco fui recuperando tiempo e ilusión, pero los avances tecnológicos se aliaron con mi nueva y cómoda situación: ¿para qué hacer una reseña si uno puede marcarse un tuit de 140 letras? Economía y síntesis comunicativa, se puede decir. O, según se mire, apoteosis dionisiaca de la inteligencia aletargada. Aunque puede que, simplemente, sea la plasmación de estos tiempos IKEA nuestros donde brevedad y comodidad son el nuevo ídolo de masas. El caso es que si a eso le añaden dos proyectos tan ilusionantes –pero devoradores de tiempo- como las exposiciones de VLC València Línia Clara en el IVAM o Prehistòria i Còmic en el Museo de Prehistoria de Valencia, pues a uno le quedaban pocas ganas de escribir por aquí.
Pero el caso que, al final, el comezón por escribir termina por ser molesto y uno tiene que decidir si lo afronta por la vía farmacológica para olvidarlo o si se envalentona y coge el toro por los cuernos. Y aunque me siento tan profundamente antitaurino como devoto de la farmacopea y de la química, va y hago lo contrario: me pongo a escribir otra vez. A joerse toca, el ser humano es inescrutable. No sé lo que duraré, pero apliquemos lo de la famosa expresión sobre la dureza y su duración, a ver qué pasa. Eso sí, que nadie espere ya la locura prolífica de antaño. Una o dos veces a la semana, que uno ya está mayor.
A lo que iba: tebeos. Mucho de lo que hablar, pero me voy a centrar en las muchas y variadas lecturas de estos últimos días, que uno ya ha recuperado ritmo lector tras años de retraso.
lamiaEmpiezo por Lamia, de Rayco Pulido (Astiberri), que certifica la capacidad de este autor para sorprender al lector en cada nuevo envite, erigiéndose en infatigable y camaleónico explorador de caminos desde aquellos recordados Final Feliz y Sordo, donde todavía se apoyaba en el trabajo de Migoya y Muñoz para dejarnos estupefactos después con la sugerente Sin título: 2008-2011, donde comenzaba un atrevido vuelo en solitario que apabulló con la osadía de adaptar a Pérez Galdós en Nela. Un atrevimiento se revela intacto tres años después con esta nueva obra, donde la curiosidad por indagar nuevas opciones le lleva a desarrollar una compleja exploración de la España más profunda. Lamia nace en las entrañas de la posguerra española, en esa tradición por lo morboso que siempre ha tenido esta nuestra querida patria y que alcanzo en esos años el culmen en El caso y en El consultorio de Doña Elena Francis, exponentes de las dos caras entonces obligadamente separadas del morbo, la criminal y la sexual, que Rayco zurce con habilidad, tejiendo un thriller de esos de los que no se debe decir nada porque se arruinan las sorpresas. Me ataré los dedos en lo argumental (aunque no me resisto a decir que estamos ante uno de los mejores relatos de serial killers que uno recuerda), pero no en comentar el excelente retrato social que compone Rayco en segundo plano. Lamia va dejando temas para la reflexión que van desde la manipuladora tutela religiosa de la moral impuesta por el franquismo a un repaso contundente a la situación de la mujer en España durante esos años, relegada y sometida por decreto y palabra divina. Solo por esos dos análisis, ya la obra es fundamental, pero hay que añadirle multitud de detalles que va desperdigando por el camino, desde el homenaje a obras clásicas de nuestro cómic (de Bruguera a Las memorias de Amorós) al debate sobre la maternidad como realización de la mujer. Con un tratamiento gráfico moderno con toques de art déco (inspirado precisamente en ese Del Barrio que rompió moldes en Madriz y demostró con Hernández Cava que la innovación no estaba reñida con el género y la inteligencia en Las memorias de Amorós), Rayco proyecta los hallazgos de Lamia hasta nuestros días, estableciendo una macabra línea que conecta aquella pasión por lo luctuoso con sus hiperbólicos hijos, los Sálvames de hoy. Lamia es una obra que se disfruta en todos los niveles imaginables, en lo gráfico, en la lectura, en el posterior debate… Una de esas joyas que hay que leer obligatoriamente y que Astiberri ha editado con un cuidado exquisito. Un tebeo espléndido.

teen wolfMás cosas que he leído y disfrutado: Teen Wolf (Fosfatina), antología gozosa y refrescante que colca a un grupo de casi veinte autoras en el centro de la realidad de nuestro tebeo, en un hoy con un potencial tan brutal que resulta inimaginable hasta dónde puede llegar a poco que se les dé cancha. Porque si con solo una idea tan sencilla como revisitar la famosa película protagonizada por Michael J. Fox se consiguen estos resultados, lo que estas autoras pueden dar de sí es increíbles. Es verdad que se puede caer en la tentación de pensar que una antología solo de autoras cae en el aprovechamiento de la etiqueta, en la explotación del género como moda, pero déjense ustedes de zarandajas y olviden ya de una vez si las mentes creativas de estas obras tenían vulva o testículos, porque lo que demuestran tener es arte que se les sale por todos y cada uno de los poros. Las historias que componen Teen Wolf saben alejarse del homenaje nostálgico para bucear por casi por el oubapo: la constricción del punto de partida sirve para un verdadero brainstorming de ideas que van desde la obvia reconstrucción del licántropo como simbolismo de maduración sexual a la reescritura del mito de la bella y la bestia, pero siempre desde una aproximación fresca y renovadora. Historias como las de Mireia Pérez, Anabel Colazo o Klari Moreno (mis preferidas en este caso, sin desmerecer para nada al resto) son iconoclastas revisiones que se atreven sin pudor a transgredir toda idea previa. Y es en ese espíritu donde encuentro un valor todavía más importante en Teen Wolf: es un perfecto representante que toda una nueva generación de jóvenes artistas que llega al cómic desprovista de prejuicios. Sin duda, nunca antes hemos estado ante una efusión igual de jóvenes artistas que apuestan por la historieta como medio de expresión. Las razones dan para un largo debate, aunque supongo que una de las razones fundamentales viene necesariamente de ese cambio de imagen de la historieta, que ya por fin dejó atrás sus traumas para entrar en una nueva situación de reconocimiento y aceptación. Pero lo más importante es que es una generación que no viene mediatizada por el pasado: la gran mayoría no han sido lectores de tebeos, vienen vírgenes de influencias endogámicas para lanzarse a la historieta con todo el bagaje de haber pasado su infancia continuamente inmersos en una cultura visual omnipresente. Y eso se nota en la absoluta desvergüenza con la que se saltan cualquier dogma de la narrativa gráfica: no tiene que seguir los mandamientos de San Eisner ni ser discípulos de Hergé, no han hecho lectura catártica de Príncipe Valiente ni falta que les hace. Solo saben que quieren contar historias y que lo quieren hacer con dibujos, recordando a esa vuelta a los orígenes que propugnaba Picasso, ese querer dibujar como un niño que en el caso del tebeo es querer narrar sin imposiciones ni pesadas losas. Y vaya si lo consiguen. Recomendabilísimo.

pendantDe fuera leo Pendant le loup n’y est pas, de Valentine Gallardo y Mathilde Van Gheluwe (Atrabile), un relato escalofriante que parte de los terribles momentos que vivió Bélgica con el caso del pederasta Marc Dutroux para lanzar una reflexión sobre la capacidad de la sociedad para crear sus propios monstruos. Las autoras no hacen una narración directa de los hechos, sino que trasladan a los niños la responsabilidad de contarnos cómo sintieron aquellos hechos. Y el resultado es demoledor: porque los asesinatos de Dutroux pasan completamente a un segundo plano ante la inquietante capacidad de la sociedad para expandir el miedo. Los niños no entienden por qué deben protegerse de los demás, pero sí que son capaces de ver crecer el terror con el que se mira al otro. El delito de uno se convierte en el temor al extraño del resto, en la mirada que antepone la sospecha de culpabilidad ante cualquier gesto por inocente que sea. Es fácil ver en esta obra cómo la sociedad se construye en el recelo, en la desconfianza, encontrando lógicas conexiones con la actualidad de un mundo que, cada vez más, se atrinchera en el desprecio y el odio al otro.  La mirada del niño sirve como filtro perfecto: la inocencia infantil se ve viciada por el relato del adulto mucho más allá de las perversiones del delincuente. Reconozco que este libro me ha dejado tocado porque yo mismo, como padre, soy partícipe de esa locura colectiva que traduce el lógico deseo de proteger a nuestros hijos en una obsesión hiperprotectiva que construye auténticas murallas a su alrededor. Pendant le loup n’y est pas (maravilloso título, Mientras el lobo no está) es un espejo que nos devuelve hasta qué punto estamos ya deformados y viciados. Y lo que vemos no es agradable. A ver si alguien se anima a publicar este excelente tebeo en España.

Y ya está bien por hoy…