El perdón y la furia

La colección del Museo del Prado va tomando forma y adquiriendo una personalidad propia que la diferencia del referente directo, la colección del Museo del Louvre. Frente a la opción de historias que transcurran en el entorno físico del museo y que éste sea el protagonista absoluto, la colección española opta por ceder ese protagonismo a los cuadros, aprovechando el empuje de las colecciones temporales que monta El Prado. Una elección que permite la libertad absoluta del autor, pero que obliga a ejercicios complejos de imaginación, que entablen diálogos entre la pintura y el cómic. Es curioso que esta imposición ha llevado, en cierta manera, a que las dos obras realicen ese intercambio no entre disciplinas, sino entre el autor y su obra. Si en El tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana), Max analizaba la obra de El Bosco estableciendo una relación directa con las claves que el mismo autor había desarrollado en Vapor, ahora Altarriba y Keko se aproximan a la obra de Ribera tejiendo una conexión clara con su anterior colaboración, Yo, asesino.  En ella, recordemos, los autores desarrollaban un discurso sobre la creación que enlazaba la investigación sobre la estética de su protagonista, un profesor universitario, con la necesidad de profundizar en ella a través del asesinato, de seguir la propuesta de Thomas de Quincey y transformar el asesinato en una bella arte. En El perdón y la furia, encontramos un planteamiento casi mimético: un profesor universitario, obsesionado con Las furias de José de Ribera, analiza la creación del pintor poniéndose en su lugar, suplantando su personalidad para encontrar el camino de la inspiración. Un esquema que, además, bebe de imágenes y conceptos similares: la sangre, la figura del protagonista desnudo, la corrupción de la universidad, el color rojo… Son constantes en Yo, asesino que renuevan su importancia en esta nueva obra, construyendo esas ligazones de diálogo entre las obras, pero que Altarriba y Keko manejan con precisión para evitar caer en simple autoplagio. Esos nexos son, precisamente, los cimientos sobre los que Altarriba edifica una trama negra que se aleja de los caminos de la anterior para encontrar un discurso propio, diferenciado, que explora la obra de Ribera desde la fascinación y, también, desde el descubrimiento, con la habilidad suficiente para transformar la información en pistas necesarias y no en simple didactismo, pero dejando al lector con ganas de seguir investigando por su cuenta la realidad histórica.  Keko, por su parte, carga con la presión más extenuante: la integración del estilo de Ribera dentro de su propio universo gráfico. Y si bien es cierto que la obra de Keko comparte ese tenebrismo de Ribera, no es menos verdad que el expresionismo radical en blanco y negro del trazo de Keko parece no coincidir con el naturalismo clasicista de El Españoleto. Pero Keko es mucho Keko, y no solo esa integración se produce con facilidad, sino que el dibujante lanza continuos guiños a la obra del pintor incluyendo composiciones sacadas de famosos cuadros de Ribera, integradas con total naturalidad.

El resultado es que El perdón y la furia funciona como un perfecto reloj desde cualquier mirada: como thriller, atrapa en la lectura; como conmemoración de la obra de José de Ribera, deja al lector con ganas de seguir ahondando en la pintura del setabense. Pero, además, crea un juego de espejos con Yo, asesino que permite analizar una y otra creación desde el análisis de las claves creativas de los autores.

En resumen: una obra recomendabilísima.

 

Micharmut

Enlazando con la entrada de ayer, os cuelgo el texto que publiqué en Cartelera Turia para recordar a Micharmut

Micharmut (1953-2016)
Cuando entrabas en el estudio de Micharmut, uno sentía la extraña sensación de penetrar en un templo de la cultura popular. Las altas estanterías que empapelaban las paredes recogían desde modernas ediciones de Popeye a colecciones del DDT o de las novelitas de kiosco de Silver Kane, Curtis Gartland o Clark Carrados. Y, al lado de la ventana, una mesa de madera, antigua, que se alzaba paradójicamente como el altar máximo donde se ejecutó la mayor obra vanguardia del noveno arte. No se puede entender la obra de Micharmut sin conocer su pasión por la cultura popular, por el arte de Coll, Urda o Palop, por los géneros que se expresaban sin vergüenza en los cuadernillos de aventuras que trufaron su infancia entre el Cabanyal y Navajas. Fue el caldo de cultivo de un autor que aprendió a mirar esas obras como un arte al que le quedaban muchos peldaños por subir, y solo él fue capaz de ver que esa escalera era infinita en sus posibilidades. Sus compañeros de la llamada “Nueva Escuela Valenciana” y sus amigos coincidían en que era el gran genio del grupo, el gran renovador, el que se atrevía a romper todas las barreras y, con su entusiasmo, empujaba a los demás a encontrar nuevos límites a sus capacidades. Es imposible explicar la renovación que vivió el cómic en los 80 sin su figura, pese a que su obra solo obtuviera la incomprensión del público y de los editores. Dogón, Futurama, Raya… fueron obras que describían paisajes imposibles de la historieta, que definían posibilidades que estaban ahí, pero nadie se había atrevido a explorar antes.
Sin apenas posibilidades de publicar, tras esa declaración de rebeldía vital que fue Marisco, volvió a su mesa de trabajo para seguir mirando a su alrededor con una mirada que traspasaba los objetos para encontrar esencias vitales en lo inorgánico. Paco Camarasa entendió perfectamente que esa visión era única y una de las primeras entregas de la revolucionaria colección Mercat fue Veinticuatro horas, un retrato urbano que transformaba ese patio de vecinos que veía por su ventana en un ser vital y palpitante. Le siguió apoyando siempre, a sabiendas de que sus obras solo llegaban a una minoría y de que Micharmut creaba por pulsión.
Sabedor de que cada vez era más difícil publicar, encontró en internet un lugar donde poder tener todas las libertades que el papel le negaba. Solo para moscas (https://soloparamoscas.wordpress.com/) fue su espacio privado, su rincón de libertad donde solo importaba romper todas las ataduras impuestas para encontrar nuevos caminos. Durante cuatro años, su blog se convirtió en la expresión pura de la vanguardia del cómic, donde ni críticas ni prejuicios podían interferir un proyecto que, finalmente vio la luz en papel en 2012. Con el mismo título que su blog, el grueso volumen que publicó Edicions de Ponent era tan solo un pequeño exponente de los muchos recovecos que poblaban su mente: Krautodélica, KinoTBO, Pat y Murphy, Memorias de Cosas, Pictografías, 13 Rue Babilonia… Todos eran por separado genialidades indescriptibles. Juntos, una profunda renovación del cómic que establecía nuevas rutas para el noveno arte del siglo XXI. Tras este proyecto, volvió con ilusión a internet con Teatro Eléctrico (https://teatroelectrico.wordpress.com/), donde de nuevo planteaba un salto sin red, un gigantesco avance que, por desgracia, no finalizaría. Quizás, cuando publicó Time In Time Out en la antología Panorama (Astiberri), ya era inquietantemente consciente de que la parca rondaba demasiado cerca. Apenas unos meses después, comenzó una larga lucha que, al final, Quique perdió. Pero Micharmut sigue. Sigue en todas y cada una de esas obras avanzadas a su tiempo, que definieron la historieta como un arte vivo, vibrante y en continua mutación vanguardista.

Fotografía de García Póveda

Lo mejor del año (III): Cosas mías

El 2016 que nos ha dejado ha sido un año especial para mí en lo comiquero, marcado por contrastes extremos. Ha sido el año en el que he hecho realidad un sueño: poder organizar una exposición de los autores de la llamada Nueva Escuela Valenciana, una ilusión que llevaba persiguiendo desde hace años para poder reivindicar la importancia de una generación de autores que, a mi entender, se estaba olvidando. El proyecto, además, se enmarcaba dentro otro mucho más ambicioso: la incorporación del cómic al discurso expositivo del IVAM. Reconozco que cuando desde la dirección del IVAM se contactó conmigo para hacer una exposición sobre tebeos, tuve muchas dudas y fui muy escéptico, lo veía simplemente como un intento sencillo de desvincularse de las funestas épocas pasadas del museo, pero como siempre que en Valencia se habla de tebeos, como flor de un día sin mayor recorrido. Pero me equivoqué: desde la primera entrevista con la nueva dirección tuve claro dos cosas: por un lado, la sinceridad de la propuesta, fundamental, y por otro, no menos importante, que la intención del museo no acababa en esa exposición inicial, sino que la encuadraba como punto de partida de la incorporación del cómic a la oferta artística y cultural de la institución. Estos primeros contactos fueron a finales de 2014, y ya a principios de 2015 se me hizo el encargo formal de preparar una gran exposición sobre tebeos. Yo tenía clara cuál era mi propuesta inicial, pero no tuve ni que presentarla: el mismo director me propuso que nos centráramos en el cómic valenciano de los años 70 y 80. ¡Fue como darme un chute de adrenalina directo! Lo que no me podía esperar es que, al mismo tiempo (exactamente, casi el mismo instante: ambos proyectos se me plantearon el mismo día), desde el Museo de Prehistoria se me propusiera otro proyecto completamente distinto, una exposición didáctica sobre Prehistoria y Cómic. Un proyecto tremendamente sugerente (sobre todo con un hijo pequeño, al que le encantan esos temas), pero que me parecía complicado combinar con el anterior. Afortunadamente había casi un año de distancia entre las fechas de inauguración, con lo que me decidí, algo inconscientemente, a aceptar ambos. Al final, ese año de distancia se convirtió en cinco días. Verídico. Pero esas dos exposiciones salieron y, por los comentarios, bastante bien. En ambos casos con total implicación de la institución y, sobre todo, con gran y entusiasta respuesta de público.

Dejando lo personal a un lado, creo que las dos exposiciones marcan un camino al que hay que sumar la exposición organizada por el Museo ABC, Superhéroes con Ñ, comisariada por Julián Clemente, y la impulsada por la Fundación Telefónica, El arte en el cómic, comisariada por Asier Mensuro. Son cuatro ejemplos claros que demuestran que el cómic ha derribado totalmente las barreras que se le habían impuesto y que ha entrado en la consideración cultural institucional sin prejuicios, desde perspectivas tan diferentes como los superhéroes o la línea clara, desde la consideración expositiva artística o la didáctica, explotando y aprovechando todas sus vertientes. Me consta que estas iniciativas han contagiado a otros museos y que, desde varias grandes instituciones museísticas ya se está trabajando en la incorporación del cómic a su discurso desde diferentes opciones. Y aquí, por importancia, hay que incluir por necesidad la colección de cómic del Museo del Prado, inaugurada durante la exposición de El Bosco con el cómic de Max y que tendrá continuidad (¡y qué continuidad!).

Pero vuelvo a lo personal: reconozco que la recepción de la exposición VLC Valencia Línea Clara me emocionó. Poder deambular por el museo, de forma anónima, escuchando las conversaciones de admiración hacia la obra de autores que me parecen fundamentales, fue algo maravilloso. Pero igualmente me emocionó, casi más si me apuráis, la respuesta de los chavales a la exposición de Prehistoria y Cómic. Las respuestas de los chavales, el libro de firmas donde dibujaban y expresaban lo bien que se lo habían pasado, fue realmente una satisfacción.

 

vlcprehis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son dos exposiciones que tuvieron muchísimo trabajo. La primera la tenía clarísima desde hace años, pero hubiera sido imposible sin la colaboración desinteresada de Jesús Moreno, que con su conocimiento expositivo me aportó ideas y soluciones que nunca hubiera pensado y que multiplicaron el impacto de la muestra. No era fácil, había que exprimir un presupuesto voluntarioso y esforzado para las expoliadas cuentas del museo, pero exiguo. Gracias a Jesús y el gran equipo del IVAM, conseguimos que ese presupuesto pareciera diez veces superior y que la obra de Calatayud, Sento, Micharmut, Daniel Torres Mique Beltrán, Mariscal y Manel Gimeno brillaran todavía más. La segunda creía que era una exposición más modesta… ¡pero resultó un monstruo que crecía desmesuradamente! Cuando comencé a preparar la expo, tenía en la mente un buen puñado de series con protagonismo prehistórico, pero cuando fui tirando del hilo, la lista se hizo interminable. Afortunadamente, el museo se implicó totalmente y la exposición fue tomando forma. Aquí la labor de Helena Bonet, que comisarió conmigo la expo, fue esencial: su capacidad didáctica, su conocimiento y su implicación fueron la base real de todo lo que se ha visto en la Beneficiencia de Valencia, al que hay que añadir el gran trabajo de diseño del equipo del museo.

Os podéis imaginar que estas dos exposiciones me produjeron muchas satisfacciones. Pero miré usted por dónde, el destino siempre equilibra la balanza. Durante la preparación de la expo, me llegaron dos terribles noticias: casi en los primeros preparativos, Micharmut me contaba que estaba gravemente enfermo. Cuando ya estábamos preparando el montaje, Paco Camarasa me daba la noticia de que el cáncer que padecía se había propagado al páncreas.
Me quedé devastado.
Conozco Conocía a Paco desde hace 20 años, desde que comenzó su aventura en Ediciones Joputa, casi en paralelo a que comenzara a escribir en la Cartelera Turia. A partir de una entrevista que le hice, comenzamos a tratarnos hasta desarrollar una profunda amistad. Gustos similares, ideas parejas y mucha complicidad que se plasmó en decenas de proyectos, muchos que llegaron a buen término, muchos más que se quedaron en el camino. El origen de la expo del IVAM hay que buscarlo, precisamente, en la expo que preparé con Pedro Porcel y Paco para la Biblioteca Valenciana, tebeos Valencianos, un repaso a la historia del tebeo valenciano desde sus orígenes que circuló por la comunidad y el salón del cómic de Barcelona en 2007 y del que salió el libro Viñetas a la luna de València. Fue también de ese catálogo de donde salió mi amistad con Micharmut. Un autor casi maldito, con fama de ermitaño, pero que me abrió las puertas de su casa. Primero fue para trabajar en la maqueta del libro, pero poco a poco, las largas conversaciones dejaron paso a una buena amistad que se tradujo en muchas, muchísimas horas hablando con él, intercambiando tebeos, descubriendo maravillas. Dice Pedro Porcel que él ha conocido artistas de talento inmenso, pero solo a un genio, Micharmut. Y yo hago mías esas palabras. Porque al estar con él, descubrías que su mirada era diferente a la de los demás, que veía cosas ocultas para el ojo normal. Donde tú ves el balcón de una casa, Micharmut veía vida llena de historias.
Paco fue el único editor que supo ver esa genialidad de Micharmut.
En apenas unos meses, el puto cáncer se los llevó. Lo de Paco fue inesperado. Sabíamos que su cáncer era terminal, pero ya lo había vencido un par de veces antes y él mismo creía que, aunque la batalla estaba perdida, tendría un poco más de tiempo para cerrar sus proyectos. No lo tuvo. Un jueves hablaba con él sobre un par de proyectos que quería acabar a la vuelta del verano y en los que le estaba echando una mano, y apenas dos días después me comunicaban su muerte. Lo de Quique era esperado, cierto, fue una larga, larguísima lucha, pero al final no pudo aguantar. Ninguno de los dos pudo ver la exposición, esa espina se me quedará clavada siempre. No soy creyente pero, en este caso, quiero imaginar que existe algo, algún lugar remoto donde Paco y Quique están confabulando imposibles y maravillosos tebeos.

pacoquique

(Foto de Gotham News)

Lo mejor del 2016 (II): Reediciones y clásicos

ACTUALIZACIÓN DEL POST ANTERIOR: se me pasó hablar de dos obras realmente interesantes: Hopper, de F.H.Navarro (http://www.cachalotecomix.com/hopper), un webcómic que aprovecha las nuevas opciones narrativas que da la publicación digital desde una fascinante revisión poética de la geometría. Junto a esta obra, el interesante debut de Laura Pérez y Pablo Monforte en Náufragos (Salamandra Graphic), una historia de amor y desamor que se atreve con una fuerte carga literaria para asimilarla con naturalidad.

Y sigo ya con el post de hoy:

Si algo está caracterizando los últimos años es la efervescencia publicadora de recopilaciones en formato integral. Es cierto que la moda tuvo más que ver con el aprovechamiento del filón nostálgico que con la necesaria presencia continuada de los clásicos de la historieta en las librerías, pero poco a poco se ha consolidado como una excelente opción para recuperar obras que es necesario que estén al alcance de todos. La posibilidad de reducir tiradas hasta hacerlas casi a demanda, el espectacular abaratamiento de costes de preimpresión e impresión y una distribución que ya no requiere de mínimos se han aliado con los deseos de muchos lectores que querían recuperar lecturas de su juventud, indudablemente, pero también ha favorecido que determinadas obras que no entran de forma específica en esa categorización se recuperen para nuevos lectores. O, simplemente, porque sus ediciones anteriores no estuvieron al nivel de la obra y es necesario reivindicarlas.
La lista es imponente y es casi imposible hacer una selección dada su naturaleza de obras maestras, pero vais a permitir hacer una pequeña selección de sugerencias que encabezarían esta docenita:

  1. Impresiones de la isla, de Carlos Portela y Fernando Iglesias (Retranca)
  2. El teniente Blueberry Integral, de Charlier y Giraud (Norma Editorial)
  3. Gastón el gafe, de Franquin (Norma Editorial)
  4. Historias de Taberna Galáctica, de Josep Mª Beà (Trilita Ediciones)
  5. Ayako, de Osamu Tezuka (PlanetaCómic)
  6. Pequeño Vampir, de Joann Sfar (Fulgencio Pimentel)
  7. Contra Raúl, de Raúl (Ponent Mon)
  8. Perramus, de Juan Saturain y Alberto Breccia (001 Ediciones)
  9. Extraño, de Steve Ditko y Stan Lee (Panini)
  10. Benito Sansón, de Peyo (Dolmen)
  11. Historias del barrio, de Seguí y Beltrán (Astiberrri)
  12. Las aventuras de M, de Manel Gimeno (Reino de Cordelia)

impresiones

Impresiones de la Isla es, a mi entender, uno de los grandes tebeos de la historia de este país. Un homenaje irredento a la historia del tebeo, de Explorigator a Krazy Kat, que sabe encontrar caminos propios a través de la indagación en un surrealismo vintage simplemente encantador y delicioso. De El teniente Blueberry, poco más se puede decir, es un clásico inexcusable. Igual que Gastón el gafe, mi serie preferida de Franquin que Norma publica con el cariño necesario para hacer olvidar desastres anteriores. De las Historias de Taberna Galáctica del Beà solo puedo decir que forman parte de mi educación sentimental como lector, pero además que son un festejo continuo de la ciencia-ficción desde una visión satírica que entronca desvergonzadamente con el teatro del absurdo. Ayako me parece una obra sublime sobre la miseria del ser humano, un catálogo de la depravación a la que puede llegar nuestra especie que debe ser leído. Pequeño Vampir es una delicia, uno de esos tebeos infantiles que los adultos debemos leer sin ningún tipo de prejuicio para poder disfrutar, de nuevo, del placer de leer como un niño. Perramus es un compendio de lo que es Argentina, una ficción que resulta un retrato fiel de un país tan desconocido como próximo. El Dr. Extraño de Ditko y Lee es puro delirio, es pop-art en estado de gracia superheroica, naif y hippy, delicioso. Benito Sansón (o Benet Tallaferro, como yo lo conocí en Cavall Fort) es mi serie preferida de Peyo, por encima –siento la herejía- de Johan y Pirluit o Los Pitufos. Cosa de la nostalgia y de, creo, la excelente mezcla de superhéroes y género negro que consigue Peyo (con la gran ayuda de Will) en esta serie. Historias del barrio crece en cada lectura y, a cada nuevo repaso, me parece una obra todavía más importante, sin duda, una de las grandes obras del cómic español de la última década. Y dejo como última a una pasión particular, más este año, como ya comentaré mañana: Las aventuras de M., obra de ese “lado oscuro de la línea clara”, como se autodenomina Manel Gimeno y que ha ganado enteros con el tiempo como una gran obra de género negro y ciencia-ficción que se anticipó a otras experiencias.

historiasdelbarriointegral

 

Pero la lista, como digo, es inmensa y debería incluir, por ejemplo, la recuperación en un solo volumen de los tres primeros números de ese inmenso fanzine que es Usted, de Esteban Hernández. Usted(es), recopilada acertadamente por Libros de Autoengaño, permite seguir el talento de este autor, posiblemente uno de los mejores que ha dado el cómic español de los últimos años. Hay sitio para el terror, con la inquietante  Tomie, de Junji Ito (ECC) y para la fantasía desbocada de Amazing Fantasy, de Jack Kirby, Steve Ditko, Don Heck (Panini). Precisamente esta última editorial se ha encargado este año de recuperar obras maestras del género superheroico que deben estar continuamente en las librerías, comenzando por las grandes creaciones de Frank Miller en Marvel, Daredevil, Daredevil: Born Again o Elektra Lives Again , pero siguiendo con los grandes iniciadores de la renovación que vivió el género en los sesenta, de Los Cuatro Fantásticos: Origen, de Jack Kirby y Stan Lee a La Patrulla-X contra Magneto (Stan Lee, Jack Kirby y otros), pasando por el pop Nick Furia, Agent of SHIELD, de Jack Kirby,Stan Lee y Jim Steranko o el ácido Howard el pato, de Steve Gerber.
A esta fiesta superheroica se ha sumado alegremente ECC Ediciones, que ha recuperado con fuerza todas las grandes series de los inicios del sello Vertigo de DC, como Animal Man, Hellblazer, La patrulla condenada y Orquídea Negra, pero también éxitos recientes como el excelente Scalped de Aaron y Guera o las enésimas, pero necesarias, reediciones de V de Vendetta y Watchmen.  Siguiendo con los superhéroes, Dolmen se apuntó con la recuperación de la divertida reescritura a la española del género que firmaron Rafa Marín, Carlos Pacheco y Rafa Fonteriz en Iberia Inc; y Planeta Cómic recopiló en integral el siempre estimulante Zot!, de Scott McCloud.
En la lista de obras europeas recuperadas tenemos desde la exquisita edición de Los pitufos integral, de Peyo (Norma Editorial); la sugerente Caroline Baldwin, de André Taymans (Yermo); el interesante género negro de Soda, de Warnant y Tomé (Ponent Mon); el corrosivo pero canónico Los innombrables, ciclo de Hong Kong, de Yann y Conrad (Dibbuks); la olvidada comedia costumbrista a la francesa Modesto y Pompón, Franquin y Greg (Dolmen) o incluso la recuperación del McCoy de Antonio Hernández Palacios y Gourmelen.

Los clásicos de siempre han tenido también su espacio, como las planchas dominicales del Tarzán de Harold Foster (Yermo), esa joya desconocida que es Vida, Dimes y Diretes Del Mago De Los Penetes, de Jaime Tomás García (Reino de Cordelia); el quinto volumen de Popeye, de Segar (Kraken), la nueva entrega de la gloriosa restauración en blanco y negro que Manuel Caldas hace de Príncipe Valiente o el maravilloso clásico infantil  Mumin, de Tove Jansson (Coco Books).

Más modernas, pero ya también clásicos son las tres grandes series de El Jueves, Martínez el facha, de Kim, Historias de la puta mili, de Ivà y Makinavaja, el último chorizo de Ivà, las tres editadas por Dolmen; la potentísima expresividad de las historias cortas de Enrique Breccia que 001 ediciones ha recuperado en La guerra del desierto; la socarrona mezcla de negro y ciencia-ficción de Bogey, de Antonio Segura y Leopoldo Sánchez (Ponent Mon); el magistral retrato de la homosexualidad en la América de los años 60 de Stuck Rubber Baby, de Howard Cruse (Astiberri); la imponente Las aventuras de Luther Arkwright, de Brian Talbot (Astiberri), base de la ciencia-ficción moderna británica o una de esas obras que ya forma parte del imaginario popular: 13 Rue del Percebe, de Francisco Ibáñez (Ediciones B).

Casi nada.

(Continuará)

Repaso al 2016 (I): Lo mejor

Que quede claro que hacer la lista del 2016 ha sido un esfuerzo titánico. Después de varios años con un nivel de lecturas relativamente bajo, he conseguido por fin alcanzar cierta velocidad de crucero en las lecturas. Las cosas de la evolución natural de la paternidad, que poco a poco te permite recuperar tu vida “normal” (es un eufemismo, está claro) y gracias a lo que he podido volver a leer casi, casi un tebeo al día aprovechando la estadística, el empujón veraniego y el incluir en las lecturas muchas anteriores en diferentes idiomas bárbaros. Pero este aumento del ritmo de lecturas se ha visto machacado por un espectacular incremento de la calidad media de los tebeos editados.  Puede ser simple percepción mía, pero esa dificultad que estaba notando in crescendo en los últimos años, magnificada -o no- por la reducción de lecturas, este año se ha disparado exponencialmente. Hasta el punto que me ha sido literalmente imposible hacer una lista de 25 y he decidido incrementarla a 35. Decisión arbitraria, por supuesto, pero este es mi reino de taifas particular, así que, se siente.

Dos avisos: el primero, que veréis que puede haber diferencias con la lista que publiqué en Babelia. Que nadie busque conspiraciones: simplemente, un mes después, unas 500 vueltas a la lista y el hecho de que aquí están “ordenadas”, me ha hecho reconsiderar posiciones, recordar olvidados o, simplemente, cambiar de opinión porque he añadido lecturas. Segundo aviso, el tradicional: esta lista no es un canon, es la expresión de mi gusto. Ni más ni menos. Se puede estar de acuerdo, muy en desacuerdo, o no, pero no significa que sea mejor ni peor. Es otra lista, nada más, de esas que deben ser divertimentos, guías o recordatorios según uno quiera.

Dicho esto, la lista:

  1. Philemon, de Fred (ECC Ediciones)
  2. Sirio, de Martín López Lam (Fulgencio Pimentel)
  3. Gialla, de Martín López Lam (Ediciones Valiente)/ El título no corresponde, Martín López Lam (Ediciones Valiente)
  4. Spirou, de Yves Chaland (dibbuks)
  5. Marcelín, de Sempé (Blackie Books)
  6. VIP, de Felipe Almendros (reservoir Books)
  7. El ala rota, de Altarriba y Kim (Norma Editorial)
  8. La ternura de las piedras, de Marion Fayolle (Nórdica)
  9. Hoodoo Voodoo / Teen Wolf/ Fosfatina 2000 (Fosfatina)
  10. Intrusos, de Adrian Tomine (Sapristi Cómic)
  11. El piano oriental, de Zeina Abirechad (Salamandra)
  12. Orlando y el juego 3, de Luís Durán (Diábolo)
  13. Crisálida, de Carlos Giménez (Reservoir Books)
  14. Si dios existe, de Joann Sfar (Confluencias)
  15. Una entre muchas, de Una (Astiberri)
  16. La favorita, de Matthias Lehmann (La Cúpula)
  17. Lamia, de Rayco Pulido (Astiberrri)
  18. Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)
  19. La grieta, de Spottorno y Abril (Astiberri)
  20. Dios ha muerto, de Irkus Zeberio (Bang Ediciones)
  21. Tiktok comics (http://www.tiktokcomics.com)
  22. Paciencia, de Daniel Clowes (Fulgencio Pimentel)
  23. Gran Bola de Helado, de Conxita Herreros (Apa Apa Comics)
  24. El día de Julio, de Beto Hernandez (La Cúpula)
  25. Epigrafías, de Carla Berrocal (Libros de Autoengaño)
  26. Los dientes de la eternidad, de Jorge García y Gustavo Rico (Norma Editorial)
  27. Beverly, de Nick Drnaso (Fulgencio Pimentel)
  28. Vencedor y Vencido, de Sento (Autoedición)
  29. Materia, de Antonio Hitos (Astiberri)
  30. Tokyo Zombie, de Yusaku Hanakuma (Autsaider Cómics)
  31. Las amapolas de Irak, de Brigitte Findlaky y Lewis Trondheim (Astiberri)
  32. 8 poemas, de Laura Pérez Vernetti
  33. Mundo plasma, de Calpurnio (Reservoir Books)
  34. Cuadernos japoneses, de Igort (Salamandra)
  35. Fuga de la muerte, de Fidel Martínez (Edicions de Ponent)

 

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Vale, se me puede achacar que el Philemon de Fred ya estaba editado en España en la revista Cavall Fort y que, por lo tanto es una reedición, pero reconozco que he hecho trampa y arrastrado para casa. Se publicó en catalán y la edición de ECC es la primera en castellano, así que aprovecho y lo incluyo en la lista.  Y, una vez incluido, tengo claro que es el mejor tebeo del año por derecho propio, porque Fred creó un universo propio arrebatador, en el que el surrealismo campa a sus anchas sin miedo a hacer críticas sociales demoledoras, mientras que el arte del cómic se eleva a través de los increíbles recursos que Fred va creando en cada entrega. Una obra maestra indiscutible del noveno arte que, por fin, se edita en castellano.

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En segunda y tercera posición, dos (o tres, según se mire) obras de un autor que ha entrado en el 2016 con una fuerza arrolladora. Martín López Lam nos dejó a todos fascinados con Sirio y su particular sentido de la historia, con esa capacidad innata de transmitir sensaciones a través del dibujo, pero es que ese tándem indisoluble que forman Gialla y El título no corresponde es una de las grandes sorpresas de los últimos años. Pura subversión narrativa que expande las posibilidades del cómic abriendo el proceso creativo en canal para darle todo el protagonismo. No deja títere con cabeza: su dibujo de trazo tan vigoroso como impulsivo se acompaña de un cromatismo radical que es perfecto para entrar directamente en la mente del creador y dejar al lector solo ante un panorama de fragmentos dispersos que componen la base de la mirada creativa. Un viaje fascinante. Ya era hora de que publicara en España el Spirou, de Yves Chaland, una genialidad que se truncó por problemas empresariales y por la muerte del dibujante, pero que auguraba una imposible fusión de la escuela de Marcinelle y la de Bruselas. Del Marcelín, de Sempé poco se pude decir: es una obra deliciosa, una joya que deja al lector con una sonrisa de oreja a oreja y, quizás, un poquito más de felicidad en la vida. Ahí es nada.

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VIP, de Felipe Almendros consolida la evolución de un autor que me ha atraído desde aquél S.O.S autoeditado. Su particularísima aproximación a la autobiografía es completamente diferente a todo lo que se puede encontrar anteriormente, desde la autoconsciencia de la obra a su aparente ficcionalización, que transforma VIP en un objeto fascinante. Se puede leer como un enfrentamiento entre la realidad y la aspiración artística, pero también como una brutal ironía autoreferente. Tras la gloria de El arte de volar, parecía difícil que sus autores pudieran repetir sintonía y acierto, pero en El ala rota Altarriba y Kim logran no solo equiparar el nivel de la anterior, sino cambiar el registro para pasar de la necesaria catarsis a una reflexión apabullante sobre el papel de la mujer en la sociedad. Marion Fayolle es una de las autoras que más sigo del panorama actual francés y La ternura de las piedras es, a mi entender, su gran confirmación. Autora de delicado surrealismo, su trazo sencillo es perfecto para desarrollar un estilo que se basa en el simbolismo gráfico para componer una poética gráfica particular.

El siguiente puesto es coral y tiene nombre de editorial: Fosfatina. La editorial gallega ha conseguido arremolinar a su alrededor un conjunto de jóvenes autores que han sabido desligarse de las mochilas del pasado para entrar en el cómic vírgenes de influencias previas del medio, lanzándose a él como esponjas que han absorbido todo tipo de referencias externas. De la música al arte moderno, de los videojuegos a la televisión… las propuestas que la editorial ha puesto en las librerías, tanto la colección Fosfatina 2000 como las indispensables antologías Hoodoo Voodoo y Teen Wolf son auténticos retos creativos que demuestran que el cómic está y debe estar en continua evolución, que como arte debe ser repensado constantemente sin remilgos ni prejuicios. El resultado es puro magnetismo gráfico, que deja al lector sin palabras descubriendo posibilidades increíbles. El futuro es suyo. Proyectos que están ligados casi de forma natural a Tiktok comics (http://www.tiktokcomics.com), una plataforma de experimentación continua necesaria y de obligatoria visita.

10 al 12
Reconozco que no soy muy fan de Adrian Tomine por su irregularidad, pero Intrusos me parece una obra redonda, un atroz retrato de una sociedad donde el individuo se invisibiliza y muere si no sigue las normas. Pequeñas muertes cotidianas que pasan desapercibidas y que Tomine fija en una foto espeluznante de la soledad. El piano oriental es la confirmación de esas esperanzas que Zeina Abirechad nos dejaba abiertas en sus obras anteriores. Sin dejar la exploración de sus raíces, Abirechad ha conseguido en esta obra traducir su pasado en una fábula maravillosa que entronca la música con el lenguaje y la identidad. Maravillosa. De Luís Durán lo único que puedo decir es que a este hombre no se le ha reconocido todavía en la medida que merece. La tercera entrega de Orlando y el juego es una obra que sigue dejando al lector boquiabierto con su capacidad de fabulación y de integración inmensa de la cultura popular en un relato que crece ante los ojos del lector. Otro genio que no necesita ya justificaciones es Carlos Giménez, que en Crisálida firma una obra realmente perturbadora. Su reflexión sobre el final del creador es brillante, enfrentando al ”autor/hombre de a pie” con su alter ego “autor/artista” en un diálogo que deja un nudo en la garganta. Angustiosa y dolorosa, pero magnífica.

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Igual de sincero es Joann Sfar en Si dios existe, que además de iniciar la edición de sus maravillosos cuadernos, es un ejercicio de honestidad aplastante en el que las ideas se acumulan sin parar. Siguiendo con el ejercicio de sinceridad, Una entre muchas, de Una es una de esas obras necesarias para entender lo que es la agresión machista. Una reflexión inapelable que debería ser leída obligatoriamente por cualquier hombre. Por su parte, La favorita, de Matthias Lehmann es una sorprendente ficción que aprovecha un sorprendente giro argumental para desarrollar un discurso sobre la identidad impecable. Rayco Pulido no deja de entusiasmarme con su capacidad camaleónica de cambiar registros y tras la excelente Nela, abraza el género negro con una metamorfosis gráfica brillante que lleva a Lamia a un nivel increíble. Retrato cruel de la España negra y sucia de la posguerra que contrasta con un trazo de limpieza cristalina, generando un diálogo continuo entre forma y fondo que deja un reguero de lecturas.

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De la posguerra también habla Jamás tendré 20 años, nueva obra de Jaime Martín en la que vuelve otra vez a su pasado para explorar la vida en la España de la posguerra. Martín ilustra el día a día de una época olvidada que debe ser conocida. Reconozco que La grieta, de Spottorno y Abril me genera dudas sobre si es un cómic o una fotonovela, pero los argumentos que encuentro pueden ser utilizados tanto para justificar una cosa o la otra. Un debate académico fascinante que queda relegado a un segundo plano ante la potencia del discurso de la obra firmada por estos dos periodistas: lo que cuenta La grieta es necesario gritarlo a los cuatro vientos, darlo a conocer y plantarlo delante de la cara de todos los políticos. Es desgarrador sin necesidad de mostrar una sola imagen macabra o escabrosa: las imágenes son impactos directos, pero el hilo conductor que genera, esa grieta que atraviesa Europa, es aterrador. Dios ha muerto, de Irkus Zeberio es una de esas obras que parecen imposibles en su concepto, pero que logran salir adelante por la personalidad incontenible de su autor. Adaptar a Nietzsche al cómic es una temeridad, pero Zeberio lo hace y triunfa con un cómic donde la forma explota con las ideas nihilistas. La nueva obra de Daniel Clowes se aparta en apariencia de su trayectoria anterior para entrar en la ficción pura, en un relato de ciencia ficción. Pero Paciencia se va transformando poco a poco en una obra multiforme donde el creador de Bola Ocho vuelve a transitar eso que llamamos el alma del ser humano.

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Gran Bola de Helado, de Conxita Herreros es, sin duda, una de las sorpresas de la temporada. Una obra que convierte lo cotidiano en una experiencia hipnótica, que transforma el día a día en una ficción. El día de Julio, de Beto Hernandez me parece que ha pasado algo desapercibido en los medios, pero es una obra descomunal de su creador. Lo que ya es decir, porque el creador de Palomar demuestra aquí un pulso inaudito. Epigrafías, de Carla Berrocal me ha parecido una poesía gráfica de una belleza absorbente, un retrato del amor que desprende pasión palpitante. Los dientes de la eternidad, de Jorge García y Gustavo Rico es una inteligente reflexión sobre la épica de uno de nuestros mejores y más en forma guionistas, que Rico borda con un dibujo de una fuerza inmensa, excesiva.

Los de Fulgencio vuelve a descubrirnos un autor interesantísimo: Nick Drnaso. Su Beverly es un relato de una sociedad reprimida, de sentimientos que salen a la luz extraídos con una asepsia perturbadora e inquietante. Con Vencedor y Vencido, Sento cierra la trilogía del Dr. Uriel, posiblemente una de las mejores obras que se han escrito sobre la Guerra Civil española. Materia, es la nueva acometida de Antonio Hitos contra una juventud banalizada, pero que construye su futuro a sabiendas de que no existe. Un autor en evolución que demuestra en cada obra una inteligencia inusual. Creo Tokyo Zombie, la locura de Yusaku Hanakuma, es el mejor relato de zombies que se se puede escribir en esta época de profusión de muertos vivientes. Brutalmente divertido. Esperaba de Las amapolas de Irak, de Brigitte Findlaky y Lewis Trondheim que fuera solo una nueva entrega de este neogénero de “tebeos de mi infancia en Oriente Medio”, pero me he encontrado una de las mejores reflexiones que he leído sobre el llamado enfrentamiento de civilizaciones. Pausado, tranquilo, pero contundente. Laura Pérez Vernetti lleva años en el filo de la navaja creativo, expresando su continua inquietud y búsqueda de nuevas posibilidades del lenguaje de la historieta.  En sus últimas obras ha encontrado una forma particular de expresar la poesía que posiblemente tiene su mejor resultado en la brillante 8 poemas. Mundo plasma es pura genialidad, es mezclar ciencia con superstición, surrealismo con racionalismo, cuántica con las caras de Bélmez… Es, simplemente, Calpurnio. Tras varias obras en las que Igort, a mi entender, se quedaba demasiado atrapado en la trascendencia, en Cuadernos japoneses se relaja para centrarse en su pasado, en su experiencia profesional, lo que le libera y permite firmar una obra de múltiples lecturas, desde la simplemente anecdótica al análisis de la evolución del creador. Fuga de la muerte, de Fidel Martínez ha sido la gran última obra publicada por Edicions de Ponent. Paradójico título para la última obra que Paco Camarasa editó. Al asunto: Fidel Martínez está inmenso, se arroga sin escrúpulos el privilegio de ser el gran heredero de la grafica de El Cubri para componer una arriesgada pero apasionante biografía del poeta Paul Celan.

 

Hasta aquí, los 35 “seleccionados”, pero se me quedan fuera demasiadas obras que podían haber estado perfectamente en esa lista. Sin orden ni concierto, hay que recordar obras como la denuncia del bullying de Jane, el zorro y yo, de Isabelle Arsenault y Fanny Britt (Salamandra Graphic); la tan compleja como hipnótica Fartlek, de José JaJaJa (Fulgencio Pimentel); el regreso de Miguelanxo Prado con su reivindicación de la tercera edad en Presas Fáciles (Norma Editorial); la vitriólica Todos los hijos de puta del mundo, de Alberto González Vázquez (¡Caramba!); la visceral y corrosiva revolución utópica de Gran Hotel Abismo, de Marcos Prior y David Rubín (Astiberri); el salvaje Submundo 2, de Kaz (Autsaider); la mutación sorprendente del género zombie que firma Kengo hanazawa en I am a hero  (Norma Editorial); la opresiva Escapar, de Guy Delisle (Astiberri); el interesante Chiisakobee, de Minetaro Mochizuki (ECC Cómics); la fusión de cómic y música de Hotel California, de Nine Antico (Sapristi Cómic); la apabullante Mujer, de Los Bravú (Fulgencio Pimentel); el delicado Titú, de Stygrit y Maiques (Autoedición) o la radical experimentación de Iceland, de Yokoyama (Mincho Press).
En esa lista deben estar obligatoriamente las nuevas aproximaciones al género de superhéroes, comandadas por la interesante La visión, de Tom King, G.H. Walta y J. Bellaire (Panini), pero seguidas por La imbatible chica ardilla, de Ryan North y Erica Hendersson (Panini); Moon girl y dinosaurio diabólico, de Natacha Bustos, Brandon Montclare,Amy Reeder y Tamra Bonvillain y el Estela Plateada, de Dan Slott y Mike Allred (Panini). También incluiría el ataque directo a la industria de La luna al revés, de Blutch (Norma Editorial); la conmovedora pero racional aproximación al cáncer de La historia de mis tetas, de Jennifer Hayden (Reservoir Books); la incendiaria reescritura de la frivolidad que firma Mirena Osorno en Sensación de vivir (Fulgencio Pimentel); la renovación inquietante del género de Safari Honeymoon, de Jesse Jacobs (DeHavilland); la belleza de la experimentación formal de Nubes de Talco, Amanda Baeza (Fulgencio Pimentel); la sencillez minimalista de Algo más que amistad, algo menos que amor, de Yumi Sakugawa (Sapristi Cómic); el surrealismo delirante de Simplemente Samuel, de Tommi Musturi (Aristas Martínez); la acertada incursión en el cuaderno de viajes de Álvaro Ortiz en Viajes (Astiberri); la magistralidad del gekiga de La chica de los cigarrillos, de Masahiko Matsumoto; la provocación reflexiva de Maria lloró sobre los pies de Jesús, Chester Brown (La Cúpula); la dinamita que esconde cada página de SOT, de Cornellá; el homenaje que no cae en la concesión de El hombre que mató a Lucky Luke, de Mathieu Bonhomme (Kraken); la nostalgia crítica de Heavy 1986, de Miugel B Núñez (Sapristi); el inesperado pero inspirado debut como humorista de Pablo Ríos con Presidente Trump (Sapritsti); la increíble peripecia de Simon Radowitzky en 155, de Agustín Comotto (Nórdica); la necesaria reivindación de una autora clásica, Moto Hagio de Quién es el 11º pasajero (Tomodomo); el siempre magistral Tezuka en Dororo (Random House); la bella fábula de La reina orquídea, de Borja González (Verano del cohete) o Woodring, el siempre inclasificable Woodring en Peeping Frank (Fulgencio Pimentel).

Y ha sido también el año de las revistas, con la recuperación de la insustituible La Cruda (La Cúpula), y la aparición de nuevos proyectos, como La resistencia (dibbuks), con la reconocible huella de Juanjo el Rápido, o la renovadora Voltio (La Cúpula); sin olvidar que otros proyectos acabaron, como la interesante Paranoiland.
Parafreseando el anuncio de mi niñez, ¡año completo, año Comansi! Todo un indicativo de la increíble diversidad a la que tiene acceso el lector de cómic hoy. Pero no se vayan, ¡todavía hay más!

(Continuará)