Micharmut

Enlazando con la entrada de ayer, os cuelgo el texto que publiqué en Cartelera Turia para recordar a Micharmut

Micharmut (1953-2016)
Cuando entrabas en el estudio de Micharmut, uno sentía la extraña sensación de penetrar en un templo de la cultura popular. Las altas estanterías que empapelaban las paredes recogían desde modernas ediciones de Popeye a colecciones del DDT o de las novelitas de kiosco de Silver Kane, Curtis Gartland o Clark Carrados. Y, al lado de la ventana, una mesa de madera, antigua, que se alzaba paradójicamente como el altar máximo donde se ejecutó la mayor obra vanguardia del noveno arte. No se puede entender la obra de Micharmut sin conocer su pasión por la cultura popular, por el arte de Coll, Urda o Palop, por los géneros que se expresaban sin vergüenza en los cuadernillos de aventuras que trufaron su infancia entre el Cabanyal y Navajas. Fue el caldo de cultivo de un autor que aprendió a mirar esas obras como un arte al que le quedaban muchos peldaños por subir, y solo él fue capaz de ver que esa escalera era infinita en sus posibilidades. Sus compañeros de la llamada “Nueva Escuela Valenciana” y sus amigos coincidían en que era el gran genio del grupo, el gran renovador, el que se atrevía a romper todas las barreras y, con su entusiasmo, empujaba a los demás a encontrar nuevos límites a sus capacidades. Es imposible explicar la renovación que vivió el cómic en los 80 sin su figura, pese a que su obra solo obtuviera la incomprensión del público y de los editores. Dogón, Futurama, Raya… fueron obras que describían paisajes imposibles de la historieta, que definían posibilidades que estaban ahí, pero nadie se había atrevido a explorar antes.
Sin apenas posibilidades de publicar, tras esa declaración de rebeldía vital que fue Marisco, volvió a su mesa de trabajo para seguir mirando a su alrededor con una mirada que traspasaba los objetos para encontrar esencias vitales en lo inorgánico. Paco Camarasa entendió perfectamente que esa visión era única y una de las primeras entregas de la revolucionaria colección Mercat fue Veinticuatro horas, un retrato urbano que transformaba ese patio de vecinos que veía por su ventana en un ser vital y palpitante. Le siguió apoyando siempre, a sabiendas de que sus obras solo llegaban a una minoría y de que Micharmut creaba por pulsión.
Sabedor de que cada vez era más difícil publicar, encontró en internet un lugar donde poder tener todas las libertades que el papel le negaba. Solo para moscas (https://soloparamoscas.wordpress.com/) fue su espacio privado, su rincón de libertad donde solo importaba romper todas las ataduras impuestas para encontrar nuevos caminos. Durante cuatro años, su blog se convirtió en la expresión pura de la vanguardia del cómic, donde ni críticas ni prejuicios podían interferir un proyecto que, finalmente vio la luz en papel en 2012. Con el mismo título que su blog, el grueso volumen que publicó Edicions de Ponent era tan solo un pequeño exponente de los muchos recovecos que poblaban su mente: Krautodélica, KinoTBO, Pat y Murphy, Memorias de Cosas, Pictografías, 13 Rue Babilonia… Todos eran por separado genialidades indescriptibles. Juntos, una profunda renovación del cómic que establecía nuevas rutas para el noveno arte del siglo XXI. Tras este proyecto, volvió con ilusión a internet con Teatro Eléctrico (https://teatroelectrico.wordpress.com/), donde de nuevo planteaba un salto sin red, un gigantesco avance que, por desgracia, no finalizaría. Quizás, cuando publicó Time In Time Out en la antología Panorama (Astiberri), ya era inquietantemente consciente de que la parca rondaba demasiado cerca. Apenas unos meses después, comenzó una larga lucha que, al final, Quique perdió. Pero Micharmut sigue. Sigue en todas y cada una de esas obras avanzadas a su tiempo, que definieron la historieta como un arte vivo, vibrante y en continua mutación vanguardista.

Fotografía de García Póveda