Krazy Kat es Krazy Kat es Krazy Kat

No descubro nada nuevo si declaro mi pasión incondicional por la gran creación de George Herriman, Krazy Kat. La exposición comisariada por Rafael García y Brian Walker que se inauguró ayer en el Museo Reina Sofia George Herriman. Krazy Kat es Krazy Kat es Krazy Kat es, por lo menos para mí, todo un acontecimiento. Hace casi diez años, ese orfebre de la recuperación de clásicos americanos de prensa que es Manuel Caldas me dio la oportunidad de escribir el prólogo de KRAZY+IGNATZ+PUPP, donde restauraba una cuidada selección de planchas dominicales de la serie, traducidas para la ocasión por Diego García (labor imposible a la que dedicó semanas, me consta).
Os dejo ese prólogo y os animo a visitar la exposición

Una experiencia más allá de la lectura

No llevo la cuenta de las veces que el tiempo se ha detenido mientras me perdía por Coconino County. Desde que descubrí Krazy Kat –hace ya más años de los que me gustaría recordar, en las páginas de la Historia de los Cómics de Toutain- cada nueva lectura ha sido un acontecimiento, un placer inigualable que cada vez me cuesta más definir como “lectura”. No es que la obra de Herriman no cumpla escrupulosamente los requisitos para ser calificada como tal, es que esos mínimos son multiplicados hasta lo imposible para ir mucho más allá de lo que habitualmente definimos por leer. Cuando nos dejamos atrapar por el universo de Krazy Kat, comprobamos que en sus páginas el lenguaje de la historieta adquiere su verdadero sentido y expresa todo su potencial. Deambulamos perplejos por un mundo donde las reglas físicas han sucumbido y dónde sólo existe el omnipresente imperio de su autor, que compone una melodía que podemos sentir, oír, tocar, ver y degustar. Es un poema visual donde los espacios mutan y se transfiguran para contener lo único que es fijo en este extraño escenario cambiante, tres protagonistas envueltos en un indescriptible triángulo amoroso tan simple como lleno de ambigüedades y dudas. Krazy Kat, felino de sexo indeterminado que adquiere las maneras de una dulce gatita o de un rudo gato según quiera ese día expresar su inextinguible amor por el ratón Ignatz, que la repudiará de continuo, literalmente a ladrillazos, bajo la mirada inquisidora de Ofissa Pupp, prendado hasta los tuétanos de esa misma gata (o gato) en un amor nunca correspondido. Sus persecuciones y tribulaciones se repiten tira tras tira, plancha tras plancha, consiguiendo que algo tan sencillo como un certero ladrillazo adquiera cada vez una forma diferente, una “lectura” novedosa. El humor absurdo y el surrealismo se conjugan con la ternura y la crueldad en una receta que sólo es posible llevar al papel gracias a unos diálogos que su autor transforma en melodías fonéticas. Mezclas imposibles de inglés, español, francés y yiddish que dan lugar a una nueva lengua cuyo único fin es que los bocadillos se conviertan en una suerte de partituras donde las palabras actúan como notas. Lo que se dice es lo de menos, lo que importa es cómo suena, cómo la cadencia y las entonaciones generan un discurso musical que acompaña al visual, creciendo y meciendo al lector, atacando todos sus sentidos para proporcionar mucho más que una lectura. Krazy Kat es una experiencia sensorial que encandila hoy al espectador como en su día lo hizo a Picasso, Cummings o Kerouak, que veían en esas páginas la cumbre del arte del siglo XX. Una apreciación que puede parecer exagerada, pero que alcanza todo su sentido cuando se entra en sus viñetas.
Desde 1913 a 1944, Krazy Kat evolucionó en las páginas de los diarios del magnate William Randolph Hearst, que adoraba la serie y ejercía de mecenas de Herriman pese a la poca aceptación que despertaba en los lectores de prensa. De complemento de una serie costumbrista como The Family Upstairs a tira diaria y de ahí a atípica plancha dominical en blanco y negro para terminar, finalmente, como espléndida página en color a partir de 1935. Siempre con la libertad creativa absoluta que garantizaba la protección de Hearst.

La selección que tiene usted en sus manos, estimado lector, es tan sólo un ejemplo, apenas un pequeño agujerito por el que poder mirar al interminable mundo de Coconino County. No lea las páginas. Déjese llevar y note como puede verlas, pero también oírlas, olerlas y palparlas. Siéntalas y disfrute de una experiencia sensorial y emocional que sólo puede proporcionar la historieta.

Álvaro Pons

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