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Excluidos

Están ahí. Aunque seamos incapaces de verlos, están ahí. Nuestro maravilloso y complejo córtex visual, siempre atento a interpretar la realidad según nuestras necesidades, se encarga de transformarlos en inocuos elementos decorativos perfectamente integrados en el paisaje. Mobiliario urbano fabricado en carne y huesos destinados al olvido, cuya presencia sólo pincha en ese quiste de ignorancia colectiva que ha crecido a golpe de intolerancia, clasismo y miedo. Son la “otra” sociedad, la culpable segura de todos los males de la buena, de la verdad, de esa perfecta y magnífica sociedad que nos acoge con tal bondad y cuidados que llega a anestesiar todos nuestros sentidos. Somos capaces de demostrar sentimientos de compasión y solidaridad hacia cualquier petición que una sonrisa de dientes perfectos nos largue por la televisión, pero ellos siguen siendo invisibles. Si tienen suerte, claro. Porque a poco que nuestros aguzados sentidos fallen y podamos verlos de refilón, sentiremos un profundo rechazo y repugnancia, y nos justificaremos con mil razones que deben ser expulsados de nuestra vista, lejos de nosotros y del peligro de volver a ver la realidad de cerca.
Son excluidos de la sociedad. Marginados como los que encontraremos en Sopa fría, de Charles Masson o Un día, de Nacho Casanova. Dos obras que tienen la virtud de mover los excrementos de esta sociedad que nos rodea lo suficiente como para que nuestro delicado olfato reaccione con molestia e intente apartarlas.
La primera habla de los vagabundos de la calle, de esos que un día tuvieron una vida normal y al siguiente, por mil y una razones, acabaron viviendo sin techo. Masson, médico en la “vida real”, toma varias historias que vivió en primera persona para componer un único relato que nos cuenta la evasión de un mendigo, que huye de la humillación de haber tenido que tomar una sopa fría. Una excusa absurda, pero que es el último reducto de dignidad que le queda a quien ya ha perdido todas las ilusiones. Un largo trayecto bajo el frío y la nieve en el que Masson intenta descubrir qué lleva a alguien a abandonarlo todo. Lo cuenta con un trazo nervioso e inseguro y una narrativa torpe, en dónde no es difícil deducir que su dominio del dibujo y de la técnica del cómic es primitivo y burdo. Sin embargo, pone tanta pasión y fervor en lo que cuenta, pone tanta emoción, que se le perdonan todos los errores. Es el grito de del manifestante que no sabe de letras ni literaturas, pero sabe lo que grita y porqué lo grita. Y eso, a veces, es mucho. Es verdad, sería mil veces mejor si un gran dibujante lo hubiera bordado, pero hay ocasiones en las que la intención vale mucho más que los resultados. Y ésta es una de ellas. (2-)
No tiene esos problemas Nacho Casanova, que domina con oficio los mimbres de la historieta y demuestra ya una soltura y brío en la secuencia impecable. Ha evolucionado hacia una síntesis gráfica en la que el dibujo se simplifica en los trazos justos y necesarios para lo que quiere contar, en una economía gráfica que esconde, como debe ser, un gran trabajo de estudio y análisis, estudiando con detalle y cuidado cuáles son los trazos que se pueden ahorrar. Todo con un único objetivo: la fluidez narrativa, la construcción de un cauce artificial para la lectura que el lector debe sentir como natural y no impuesto. Una simplificación que, además, es perfecta para la historia que quiere contar el autor con Un día: la rutina diaria de dos drogadictos. Dos marginados que centralizarán la acción en una aplastante rutina cotidiana de humillaciones y olvido. En cómo un ser humano llega a lo más hondo y sobrevive intentando olvidar hasta dónde ha llegado, pensando en el hoy y obligándose a olvidar que el mañana será exactamente igual. Un episodio que Nacho comienza a contar como una anécdota más de las que nutren sus obras autobiográficas, una instantánea de su quehacer diario que, de repente crece como una historia propia y va adquiriendo personalidad y sentido independiente. Matiza esa ingenuidad que empapa esas otras obras, manteniéndola larvada, para dejar que su lúcida reflexión nazca con fuerza. Una reflexión apenas esbozada que deja al lector todo el peso del debate, de la decisión sobre lo que ha leído. Ahí está, por ejemplo, esa invisibilidad social del marginado, que Nacho apunta con brillantez, con esas páginas iniciales donde prácticamente sólo existe el mundo de los dos protagonistas. Vemos espacios reconocibles, calles y rincones. Pero no hay nadie. Las calles parecen desiertas, sólo vemos a dos personas. La paradoja de la invisibilidad social: la sociedad los elude y los borra de su retrato idílico hasta tal punto que ellos mismos se escapan de esa sociedad que les niega. ¿Si no existen para el colectivo, por qué el colectivo tiene que existir para ellos? Los únicos contactos con esa sociedad, las únicas personas que veremos son aquellas que les humillan y les recuerdan el foso en el que están. No hay manos tendidas ni ayudas. Sólo falsas caridades impostadas que aseguran, dicen, la entrada en el paraíso.
Ellos que tienen uno.
Un tebeo de lectura obligada. (3)
Enlace: avance de Un día y entrevista a Nacho Casanova en Guía del Cómic.

19.Noviembre.2008 | Lecturas

Contando la vida tres veces

Curiosa coincidencia de tres tebeos de corte autobiográfico que demuestran la tremenda plasticidad de este género. En sus obras, Peter Kuper, Ramón Boldú y Nacho Casanova parten del mismo planteamiento argumental: contar episodios de su vida. Sin embargo, el desarrollo formal, la aproximación, tono de la historia… todo es absoluta y totalmente dispar, cada uno en un estilo particular e inconfundible, pero logrando los tres lograr sus objetivos.
Voy por partes comenzando por el producto ajeno: No te olvides de recordar, de Peter Kuper es una obra que abre su contacto al lector jugando al despiste, anunciando una obra de claras reminiscencias al Understanding Comics de Scott McCloud para luego dar un giro que le llevará a mantener los recursos narrativos usados por aquél (la figura del dibujante/narrador omnipresente, juegos gráficos formales, establecimiento de una conexión directa lector-autor paralela a la narración de la historia…) para contar diferentes episodios de su vida, centrados alrededor de obsesiones puramente freudianas: la pérdida de la virginidad o la primera paternidad. Kuper, un maestro del expresionismo más radical –recordemos maravillas como La Jungla o La metamorfosis- que aquí se modera parcialmente para recordar de forma indirecta desde la relación con las drogas y la sexualidad en la sociedad americana post-vietnam hasta el trauma del 11-S. Como es habitual en Kuper, su visión resulta lúcida y alejada de fáciles concesiones: es consciente de cómo el tiempo modifica la memoria, planteando su historia con infinidad de matices e integrando al lector, estableciendo con él casi una conversación informal en el que su yo-presente analiza con acidez a su yo-pasado. Una obra muy interesante en la que, además, hay que destacar como siempre el apartado formal, en el que Kuper establece varios niveles de lectura a través del grafismo y del uso de diferentes recursos narrativos, entre los que destaca, como ya es habitual y esperable, el expresionismo más extremo. (3)
En el producto nacional, dos obras que continúan anteriores entregas y que por diferentes razones esperaba muchísimo. En primer lugar, El arte de criar malvas, nueva entrega de las memorias de Ramón Boldú en las que sigue manteniendo incólumes todas las características de sus dos primeras entregas (Bohemio pero abstemio y Memorias de un hombre de segunda mano): ritmo vertiginoso, un sentido renovado del esperpento valleinclanesco y una lenguaraz desvergüenza, que lleva a Boldú a contar todo tipo de detalles de una vida que, en muchos casos sorprende tanto que parece imposible que sea realidad. Sin embargo, como bien indica Santiago Segura en el prólogo, la gracia de las aventuras de Boldú es que son tan extremas que sólo pueden ser reales. Sus personajes son personas de carne y hueso que expondrán sus miserias más extremas, con el propio autor a la cabeza autoflagelándose para dar ejemplo de exhibicionismo en este vodevil esperpéntico que construye. Hay, sin embargo, una diferencia clara con sus dos anteriores entregas gracias a ese juego metalingüístico que supone la inclusión de la obra en blanco y negro sobre la que estaba trabajando “Hasta que la muerte nos separe”. Manteniendo siempre la relación directa con el lector, optar por contar los entresijos de la creación y publicación de esta historieta convierte además a esta entrega de sus memorias tanto en un ejercicio autobiográfico como en un retrato de la creación de historieta de este género. El resultado no puede ser más sorprendente: asistimos no sólo al proceso creativo, podemos leer la historieta y comprobar in situ sus resultados en los protagonistas involuntarios de la historia –¿quién será Nick Gualda?-. Un tebeo divertidísimo que será el previo a la reedición integral de sus dos anteriores entregas (3).
Y por último, segunda entrega de Autobiografía no autorizada, de Nacho Casanova, en la que ahonda en todo aquello que dije de la primera. Abandona, afortunadamente, aquellos momentos más duros que retrataba en la primera parte para detenerse en anécdotas del día a día con esa capacidad innata de Nacho de fijarse en las cosas que le rodean con mirada infinitamente curiosa de un niño, con un sentido infantil de la maravilla perenne que conjuga siempre con un guiño final de sátira gamberra y mordaz, en esa unión imposible de cándida ingenuidad y picardía disimulada que le proporciona un resultado mágico, que atrapa en su sencillez pero deja una picadura de lucidez que irá desarrollándose después tiempo después de la lectura. Una bomba retardada con la que Nacho demuestra que la aparente simplicidad de las anécdotas no es tal. Que es tan sólo una apariencia para que le dejemos puerta franca para entrar en nuestra casa y asentarse tranquilamente en nuestro sofá preferido mientras nos cuenta sus historias, esas anécdotas casi de chiste divertido que luego nos obligarán a pensar. Como bien indica Carlos Ortín en su estupendo prólogo, quizás algunos se preguntarán simplemente si las historias son verdaderas. No es cuestión baladí: Nacho enmarca todas sus historias en entornos reconocibles, reales, que hacen todavía más fácil el alejamiento del concepto de ficción y el acercamiento a la realidad. Pero quizás otros se inquieran sobre lo que Nacho ha contado, sobre ese pequeño pedazo de vida que le podría haber pasado a cualquiera. Y ahí la pifiamos, porque Nacho nos habrá atrapado en su trampa. Y con mucho gusto, oigan. (3)
PD: Nacho, ¿para cuándo el tercero? ¡Ya tardas!
Enlace: entrevista a Nacho Casanova

17.Noviembre.2008 | Lecturas

Carruajes

La escena más sobrecogedora que jamás he visto en el cine pertenece a una película de Theo Angelopulos, Pasaje en la niebla. Es de una sencillez demoledora: un hombre se dirige con una niña a la parte trasera de su camión, entra y cierra la puerta. La cámara comienza entonces un largo y lento plano en el que se va alejando del contenedor del camión para centrarse en un paisaje nebuloso, inmenso y solitario. Y de fondo, primero los gritos de la niña y después, sus lloros. Es terrible la impotencia y la agonía que sufre el espectador. Nos revolvemos en nuestras sillas, queriendo no oír el dolor de la niña, obligándonos a intentar engañarnos pensando que no sabemos lo que está pasando. Una escena devastadora y brutal, que basa su potencia en aquello que no muestra, en dejar que seamos nosotros los que lleguemos a imaginar hasta dónde lleva la perversidad del ser humano.
Mientras leía el comienzo de Los carruajes de Bradherley, de Hiroaki Samura, no he podido evitar recordar aquella película y pensar en las pocas veces que una obra, ya sea de literatura, historieta o cine había conseguido transmitirme la misma angustia. Quizás uno de los pocos que lo había logrado era Carlos Giménez, pero ahora debo añadir a la lista a Hiroaki Samura, un autor que me había dejado indiferente con La espada del Inmortal pero que me ha impactado con esta durísima historia sobre el terrible destino de las niñas de un orfanato, utilizadas como parte de un cruel “experimento sociológico”. El cuento de hadas frustrado de estas niñas se transforma en un alegato desesperado de denuncia de la profunda depravación a la que puede llegar el ser humano. En cada capítulo encontraremos las supuestas razones de alguien para dejar que el suplicio de las niñas siga adelante, inventando justificaciones imposibles o simplemente dejándose llevar por la bestialidad que todo ser humano sigue ocultando. Juegos de excusas y mentiras que sólo esconden el tremendo egoísmo de la humanidad, un instinto de supervivencia animal que no conoce los términos de piedad o bondad. Sólo la prevalencia del más fuerte y la sumisión de los demás a él.
Samura no ahorra durísimas escenas explícitas, pero es precisamente en aquellos episodios donde el dolor es visto externamente, sin violencia, cuando la ingenuidad de las niñas se sobrepone al terror y la crueldad, donde el impacto hacia el lector es contundente. Es donde cerramos las páginas de este manga, respiramos y cogemos fuerza para seguir leyendo, más que sabedores, temerosos de lo que vamos a encontrarnos, todavía con la esperanza vana de encontrar un final feliz que nos mienta y nos engañe.
Un tebeo brillante que sorprende todavía más leyendo las declaraciones del propio autor al final del manga, tan superficiales y banales que resulta increíble que lo que acabamos de leer corresponda con la intención inicial de hacer una versión de Ana de las Tejas Verdes. Unas declaraciones que ayudan a entender, quizás, ciertas vacilaciones en el tono inicial de la historia (sobre todo en lo referente a la explicitación de las escenas más violentas) y ciertos momentos de inseguridad en el desarrollo de la historia que impiden redondear lo que, pese a todo, es uno de los tebeos que más duros y angustiosos que he leído en mucho tiempo. (3+)

Enlace: Las primeras 15 páginas

16.Noviembre.2008 | Lecturas

Judíos y japoneses

Que sea viernes es una de esas cosas que alegra el día. Si encima te dicen que hoy salen en las librerías dos obras tan interesantes como Judenhass de Dave Sim y Elegía Roja de Seiichi Hayashi, pues el día ya es brillante. Y si, para colmo, tengo dos entraditas hechas de estos dos tebeos y no tengo que mover ni una dedo -más allá del obligatorio cortar y pegar- para reseñarlo, la cosa ya se torna simplemente perfecta.

Judenhass es una obra tan sorprendente como extraña. Sim realiza un alegato contundente contra la persecución judía, describiendo el Holocausto como la consecuencia de un odio secular hacia el pueblo judío, haciendo uso de un guión que no puede ser más esquemático: citas de personajes famosos, tanto de la cultura como de la política mundial, con declaraciones ofensivas o denigrantes hacia el pueblo judío. Una simple estructura que Sim acompaña de dibujos fotorrealistas (siguiendo la filosofía definida en Glamourpuss) de los horrores en los campos de concentración nazi, dando lugar a un contraste entre citas y retratos con los cadáveres almacenados que no puede ser más efectivo y contundente.
Sin embargo, más allá de la interesante estructura formal, en un autor como Sim es obligatorio analizar el mensaje, la argumentación que, con seguridad estará complejamente construida: para el autor, el problema del Holocausto no fue la locura nazi, sino el silencio del resto del mundo durante siglos de acumulación de odio. El Holocausto, según Sim, no fue una excepción que sólo podía ocurrir en la Alemania nazi, era algo que podía haberse dado en cualquier país y en cualquier momento y Hitler sólo dio el paso para sacar a la superficie un odio que se había ido cultivando en la sociedad. Se podría argumentar, no sin razón, que el alegato de Sim tiene una fuerte componente demagógica, pero es completamente lógica: el autor no busca un análisis reflexivo sobre el Holocausto, sino una denuncia que actúe de forma categórica sobre el lector. No busca la complacencia del lector, sino provocar y hacer saltar conciencias, desatando el debate.
Al no existir una necesidad narrativa, Sim se centra en la composición de la página para el mayor impacto visual, integrando perfectamente el estilo fotorrealista, consiguiendo resultados mucho más coherentes y logrados que en Glamourpuss.
Un ejemplo claro del estrambótico laberinto que debe ser en este momento la mente de Sim. Un autor fundamental en el tebeo americano, pero capaz de provocar las reacciones más extremas con su particular visión de la vida.

Elegía Roja, de Seiichi Hayashi, rompe por completo, tanto en forma y fondo, con la tendencia que conocemos del gekiga representado por autores como Tatsumi o Tsuge. Hayashi compone un poema visual sobre el amor, compuesto de pequeñas píldoras de cotidianeidad que van desgranando la esencia de la relación amorosa. La historia de Ichiro y Sachiko, escrita entre 1970 y 1971, nace de una variada unión de influencias, que van desde los planteamientos realistas de la nouvelle vague francesa hasta la tradición de los haikus, combinándose en una forma distinta de poesía visual, minimalista, en la que la página aporta un ritmo especial para unos dibujos apenas esbozados, en los que los personajes parecen apenas unos trazos livianos, de rostros sin rasgos que dejan toda la expresividad en el lenguaje de los cuerpos, obligados a narrar con sus posturas, con sus ademanes, haciendo que sus miembros formen líneas que llevan la vista como en un poema gráfico, en un hipnótico movimiento que nos hablará de la incomprensión de sus padres, de las dificultades de una joven pareja y, sobre todo, del amor, de su presencia en cada acto diario, desde un desayuno a un enfado, de una sonrisa al sexo. Pero es que, además, Hayashi se permite juegos con los referentes visuales de su época, incluyendo imágenes de animación, de publicidad, anclajes con la realidad que parecen elementos oníricos dentro de la existencia de los protagonistas. Una bellísima obra, delicada e insinuante, de sensibilidad exquisita, espléndidamente editada por Ponent Mon. (4)

14.Noviembre.2008 | Lecturas

Manga (III, bueno, ¡manga zombis!)

El género zombi en Japón ha tenido muchas aproximaciones desde el cine, aunque generalmente la subdivisión “apocalipsis zombi romeriano” ha dado lugar a versiones donde ese particular humor ingenuo nipón era la principal componente. Películas tan delirantes como Attack of the scoohlgirls zombies o Tokyo Zombie son buenos ejemplos de esta particular forma de entender el género. Sin embargo, las primeras páginas de Apocalipsis en el instituto, de los hermanos Sato, con sus evidentes referencias a Umezu y a Romero, parece dejar la puerta abierta a una interpretación ortodoxa del género. Esperanza vana que desaparece apenas unas páginas después, porque lo que encontraremos es un tebeo para adolescentes hiperhormonados, donde todas las féminas aparecen en extrañas y acrobáticas posturas para poder enseñar posaderas y braguitas o retuercen sus generosas anatomías para que sus pechos consigan derramarse en geometría imposibles por la viñeta. Eso sí, regado del adecuado gore salvaje y visceral propio del género, pero sin un ápice de situaciones que puedan provocar el uso de alguna neurona, no vaya a ser que los jóvenes lectores sufran algún síncope. Lo que no tengo claro es si la narrativa torpe y confusa de los hermanos Sato es un problema o una bendición. En cualquier caso, un tebeo sólo recomendable a adolescentes con subidón de testosterona o a aficionados al género con amplias tragaderas y pelín de afición al masoquismo. Para los demás, se aconseja huída táctica. (0)
Muy diferente es, afortunadamente, Cinderalla, la primera obra de Junko Mizuno que se publica en España y que retrata perfectamente el particular y sugerente universo de esta autora. Su lectura de los cuentos clásicos es una sorprendente mezcla de ingenuidad y perversión, que reinterpreta la historia de Cenicienta en una historia de zombis con ribetes gastronómicos a medio camino entre lo alucinógeno y la psicodelia pop más desbordada. Su estilo de dibujo, claramente enmarcable dentro de la ilustración infantil más naif, descoloca completamente al lector, que en lugar de encontrar pastelosos anuncios publicitarios de coloridos ponys, gatitos cabezones llenos de lazitos o universos de muñequitas de sonrisa disneyniana se topará una combinación enfermiza, que une un tratamiento ingenuo de los personajes con unas situaciones malsanas. Mizuno dota a sus preciosos dibujos de un erotismo de cándida apariencia, de un atractivo indudable que le permite pervertir el mensaje del cuento clásico con un planteamiento delirante en el que todo cambia su sentido sin perder su esencia. Cenicienta se enamorará de su príncipe, como debe ser, y el cuento tendrá un final feliz y, si se me apura, es muchísimo más bondadoso que la versión de Perrault de la narración popular o su empalagosa adaptación disneyniana, pero su calabaza particular será ahora un paso por el reino de las muertos vivientes, con un zapato de cristal renacido en viscoso ojo de bonitas irisaciones. El cóctel es atrevido y con aromas de depravación, pero no se le puede negar en ningún momento el magnetismo que ejerce sobre el lector. Es verdad que la narrativa de Mizuno es en muchos momentos imperfecta e incluso torpe, más centrada en la componente ilustrativa y estética que en la narrativa, pero ese batiburrillo antinatural de dibujo y temática – algo así como un Maruo dibujado por Carl Barks - seduce y fascina a partes iguales, atrayendo como un imán poderoso, provocando al lector continuamente con inteligencia.
Un tebeo que, pese a sus irregularidades, es de lectura interesante y puede atraer a muchos lectores en busca de experiencias distintas. Esperemos que la editorial IMHO siga editando el resto de la trilogía de cuentos a la que pertenece esta obra (que se completa con Hansel y Gretel y La sirenita) y otras obras como la psicotrónica Pure Trance. (2)

ACTUALIZACIÓN:
- Entrevista a Junko Mizuno en 3xl
- Entrevista a Junko Mizuno en Oxygenstar

13.Noviembre.2008 | Lecturas

Mosqueteros reciclados

Aprovecho la edición en España de El último mosquetero para reciclar reseña que hice a principios de año:
Reto para guionista: ¿Conseguiría usted crear una historia en la que se mezclasen Los Tres Mosqueteros de Dumas, La guerra de los mundos de Wells, el Flash Gordon de Raymond… y a Catherine Deneuve?
Lo reconozco, más que un reto parece una trampa mortal para conseguir que algún psiquiatra amplíe definitivamente su lista de pacientes, pero conozco al menos a alguien que resultaría ganador en este casting maléfico: el noruego Jason. Un autor que suele jugar al mestizaje y travestismo de géneros que con El último mosquetero (Fantagraphics) logra salir victorioso de un tour de force casi quimérico, mezclando géneros y tendencias sin rubor alguno, enfrentando a Athos con Ming con la misma facilidad con la que aceptamos que un Marte a medio camino entre el que surcó John Carter y Mongo es el escenario perfecto para una historia de aventuras de espíritu decimonónico. Un laberinto de referencias continuadas que no tiene como objeto confundir al lector, sino llevarlo pausadamente por un universo de homenajes donde, en el fondo, se habla de la coherencia del discurso clásico del héroe a lo largo de la historia, de las conexiones infinitas de la cultura popular y, sobre todo, de la necesidad imperiosa de la evasión por parte del hombre. En un final simplemente perfecto, Jason nos recuerda que la aventura es parte fundamental de nuestras vidas y que nunca deberá ser olvidada.
Un tebeo delicioso, con excelente edición de Astiberri. (3)
¡Ah! ¡Y sale Catherine Deneuve!

10.Noviembre.2008 | Lecturas

Verne

Julio Verne es un autor que transformó el concepto de la novela de aventuras. Fue el vínculo perfecto entre una tradición decimonónica de novela de aventuras por entregas y una concepción mucho más moderna, que no sólo daría lugar a lo que hoy entendemos como ficción científica, sino que estableció además esquemas mucho más evolucionados. Un argumento razonable para considerar a Verne, pero que a mí, personalmente me importa un pimiento. Me da igual que sea importante o no, que fuera el que inventó la ciencia-ficción… no me interesa.
A mí sólo me importa que con Verne comencé a leer novelas. Fue el autor que prendió en mí el vicio de la lectura de literatura. Evidentemente, ya sabía leer y leía continuamente. Los tebeos eran mi gran fuente de lectura, pero cuando descubrí a Verne comprendí que el mundo de la lectura era todavía más amplio de lo que yo imaginaba. Que los tebeos eran maravillosos, pero que las novelas escondían mundos igualmente apasionantes. Y Verne abría esa puerta con una sencillez pasmosa para aquél niño que apenas sabía leer. Tuve la suerte además, de vivir la época de aquellas Joyas Literarias Juveniles de Bruguera que picaban todavía más mi curiosidad por la literatura clásica de aventuras. Y tuve más suerte, porque en mi casa estaban las ediciones de Molino de las obras de Verne, por lo que me evité las versiones reducidas de Bruguera y mamé directamente de los clásicos de verdad. Recuerdo casi como si fuera hoy la pasión con la que devoré la aventura del profesor Pierre Aronnax a bordo del Nautilus, lo que me maravillaron las descripciones de la tecnología del fabuloso navío submarino y del mundo que existía a miles de metros bajo la superficie del mar. Y me fascinó, por supuesto, la figura hierática del capitán Nemo. Fue una espoleta perfecta para leer y leer y leer. Los tebeos y los libros han formado, desde entonces, parte fundamental y obligada de mi vida.
Quizás por eso, el simple hecho de que un dibujante intente versionar a Verne ya me predispone positivamente, más si el propósito es mi novela preferida, 20.000 leguas de viaje submarino. Si le añadimos que ese dibujante es Brüno, un autor que me ha dado excelentes lecturas últimamente, ya no sólo hablamos de una propensión favorable, sino de verdadero interés por leer cómo ha interpretado a este clásico en Nemo. Y tras la lectura, debo reconocer que Brüno colma sobradamente todas mis expectativas. Hace una adaptación que comienza fielmente, siguiendo el texto de Verne con escrupulosa rigurosidad (excepción hecha del marco temporal, que se traslada al inicio del s.XX), pero que irá poco a poco evolucionando hacia una versión propia, más oscura y dura, más adaptada al lector del siglo XXI y con una sorprendente fusión parcial con el clásico de Melville, Moby Dick, que puede chocar inicialmente, pero que resulta en una acertada e inteligente elección a la vista de su desarrollo. En cierta medida, se podría decir que la lectura plenamente adolescente de la obra de Verne adquiere matices más adultos, desarrollando mucho más la psicología de los personajes a través de pequeñas pero atinadas pinceladas. Cambios que hacen lógica la variación del final, que se acerca más a la tragedia romántica.
El estilo de dibujo de este autor, de línea sencilla pero definida, se adapta perfectamente a las necesidades del relato, consiguiendo sobre todo una representación brillante de la figura de Nemo, imponente en todas sus apariciones. La edición de dibbuks recupera la versión integral editada en Francia, en la que el autor remontó las páginas de su edición original en álbum clásico para una publicación en formato cuadrado y en blanco y negro. El trazo de Brüno tiene mucha fuerza en blanco y negro, pero me incomoda en parte haber perdido la elegancia cromática de los tebeos de este autor, pese a que el resultado sea más que notable. Recomendabilísimo (3).

ENLACE: entrevista a Brüno sobre esta obra, con imágenes del proceso creativo.

6.Noviembre.2008 | Lecturas

Viajando a Italia

Hay un hilo conductor común en todas las historias de Cosey: la búsqueda. Una búsqueda infructuosa, en tanto en cuanto es una acción sin objetivo conocido, pero que parece ser el motor de una vida que necesita una ilusión, pero que rechaza conocerla para no caer en la decepción que arrebate las ganas de vivir. Una especie de paradoja total que Cosey retrata a la perfección en sus historias y que quedan perfectamente resumidas y ejemplificadas en El viaje a Italia. Art es un veterano del Vietnam, que vive una vida normal y anodina y que un día acompañará a su amigo Ian a Italia, a visitar a sus parientes. Una anécdota que Cosey comenzará a desgranar con sabiduría, mostrando poco a poco la lenta y pausada búsqueda de Art. Una búsqueda que nos irá llevando por la amistad y el amor, que nos traerá la importancia del recuerdo y de la nostalgia, pero también la necesidad de vivir el presente. Art y Ian encontrarán en Italia a su antigua y común compañera de juventud Shirley, amor compartido por ambos y, en su día, representante de esa ilusión por la vida que fue truncada brutalmente por la guerra de Vietnam. Un pasado que vuelve en la forma de nostalgia imposible, de cuento de hadas sin final feliz que sólo existe en las mentes de ambos, pero que sirve para poner sobre una balanza pasado y presente. Y para reflexionar, valorando aquello que parece tener importancia en nuestras vidas y darle su justa medida. Cosey, como siempre, es brillante en el planteamiento de situaciones que buscan la reflexión cómplice del lector, obligando a una introspección forzada en apenas unas viñetas. Mueve los hilos con elegancia, mostrando como la naturalidad de lo cotidiano se puede desmontar con apenas un gesto, demostrando que la percepción que tenemos de lo que es perpetuo y estable es tan sólo una imagen de la realidad, un intento vano de reproducir en nuestras vidas el estereotipo de eso llamado felicidad y que sólo encontramos muchas veces en el recuerdo distorsionado de tiempos pasados. En el viaje, Art descubrirá que la amistad a veces no es tan compleja como pensamos, que es mucho más sencilla en su belleza. Y que el amor no está en las grandes palabras, sino en los pequeños detalles, en los momentos ínfimos que conforman las bambalinas que sólo ve el protagonista de la historia. Y poco a poco descubrirá que los grandes objetivos en la vida son una máscara que esconde algo tan humilde como la necesidad de creer en la vida todos los días. La adopción de la pequeña Keo, una niña camboyana acogida por su amiga Shirley será, aparentemente, la gran empresa vital de Art. Un honorable y admirable cometido que pronto veremos que no deja de ser una necesidad egoísta de dar sentido a una vida, pero cuyo real sentido iremos descubriendo gracias a la lúcida reflexión de Cosey.
Resulta gratificante que autores como Cosey sepan desplegar esa sensibilidad e inteligencia sin caer en el melodramatismo ni el absurdo maniqueísmo, dejando participar al lector, sin juicios ni sentencias, sólo planteando historias cuya realidad aleja la tentación de fáciles veredictos morales. La realidad nunca es blanco o negro, es siempre un inmenso catálogo de matices de gris que Cosey nos muestra para que pensemos y recapacitemos sobre el mundo que nos rodea. Una obra tan brillante en su fondo que apenas nos permite admirar su cuidadísima forma, de elipsis certeras en una narrativa exquisitamente estudiada, con una ambientación y documentación minuciosa, escrupulosamente buscada para acompañar al relato.
Una obra brillante, de lo mejor de Cosey y casi al nivel de la magistral Saigon-Hanoi (4)

6.Noviembre.2008 | Lecturas

¡Manga! (II)

Más tranquilo por saber que el mundo ya tiene luz y guía que nos llevará por el buen camino, sigo leyendo mangas:
Hace años que descubrí el particularísimo mundo de Tori Miki. Un autor con un humor peculiar que es comparado con Gary Larson o los Monty Python, pero que personalmente me parece que entronca más con una visión muchísimo más surrealista como la de Bill Plympton o incluso Glen Baxter y que ahora, por fin, llega a España de la mano de IMHO que publica el primer volumen de Intermezzo. Historietas mudas de una página, formadas por una rígida estructura de nueve viñetas cuadradas protagonizadas siempre por el mismo personaje y que no siguen ninguna estructura lógica o razonada. Ejercicios casi de escritura automática que pueden ir desde el surrealismo más incompresible al chiste escatológico pasando por la situación más tierna. No hay término medio para unas historietas que tienen en común únicamente la capacidad de fascinación que producen. Su estilo minimalista y simplista esconde siempre un extraño mecanismo de atracción, me atrevería a calificar de poético, cercano posiblemente a la sencillez y enigmática belleza de los haikus, que muchas veces tiene un ritmo interno propio coherente con esa lectura, pero que en otras se rompe brutalmente con un quiebro deforme y brutal. Un tebeo sorprendente (más sabiendo que es la sección de humor de una conocido revista nipona sobre televisión), del que esperamos ansiosos la nueva entrega… (2+)

Y casi parece obligado hoy hablar de Eagle, de Kaiji Kawaguchi, un manga que relata la carrera presidencial de Kenneth Yamaoka, un senador asiático-americano que decide luchar por la presidencia de los EE.UU. Pese a que el manga es del año 1998 y Yamaoka se disputa la candidatura demócrata con un sosías de Al Gore entusiasmado con internet, las semejanzas con Barack Obama son más que evidentes, lo que sin duda relanza la curiosidad por este tebeo. Una coincidencia que se queda en las apariencias, porque el desarrollo del manga deriva más hacia la descripción de las complejas tramas que se esconden tras las maquinarias electorales. Como ya es habitual en estos casos, el manga parte de una historia vehicular sobre la relación entre el joven periodista japonés Takashi Jo, encargado de seguir la campaña, y el senador, para a partir de ahí mostrar todos las entretelas del proceso electoral. Hay un claro afán didáctico –muy común, de nuevo, en tebeo japonés-, que se mezcla con eficacia con la trama gracias a una narrativa tan eficaz como previsible. Un tebeo entretenido, pero que multiplica su atractivo por la coincidencia temporal con las elecciones americanas, lo que quizás habla más del buen ojo de Glénat a la hora de editarlo que de la propia calidad del manga. En cualquier caso una lectura que no molesta y que incluso puede descubrir algunos aspectos desconocidos del complejo sistema electoral americano (1+).

5.Noviembre.2008 | Lecturas

¡Manga!

Tocan reseñas de manga, que ha habido Salón del ídem y hay unas cuantas novedades de las que, creo, vale la pena hablar.
Primero: el mastodóntico volumen recopilatorio de Tekkon Kinkreet que edita Glénat. Un tebeo de Matsumoto Taiyou de extraña filiación, que se mueve a medio camino entre la mejor tradición temática del manga y la admiración rendida al tebeo occidental. Por un lado, una historia de mafias y yakuzas transportadas a un futuro indefinido; por otro, dos huérfanos Shiro y Kuro que defienden su barrio de las intromisiones de los mafiosos. Dos extremos que se unen en un cóctel extraño, de sabor ácido y amargo en algunos momentos, pero sugerente y de lectura cautivadora. Encontraremos tópicos del manga, desde la hiperviolencia a un tratamiento surrealista y mágico, pero mezclados de una forma original y distinta, simbolizada perfectamente en el enfrentamiento constante entre los dos hermanos: Kuro es violento, brutal, pragmático. Shiro es pura imaginación desbordada, un espíritu puro inocente. Kuro cuida de Shiro, la violencia debe velar por la inocencia, una revisión exagerada del amor filial (una versión fraternal extrema del “todo poder conlleva una responsabilidad”) que se verá rota completamente ante la ausencia de Shiro. ¿Qué sentido tiene entonces la violencia aislada? La reflexión es esbozada por Taiyou a partir de imágenes de contundente fuerza, que llevan la voz cantante de una narrativa compleja claramente inspirada en el tebeo europeo. Pese a que el ritmo de la historia está claramente entroncado en la tradición del manga, hay una fructífera fusión entre aquél y la narrativa europea, más rápida, más elíptica, menos descriptiva, que Taiyou incorpora junto a una amalgama de estilos gráficos que va desde las evidentes referencias a Moebius a otras más sutiles que englobarían a José Muñoz (no sólo en trazo, sino en puesta en escena de las viñetas) o Didier Comés, sin olvidar a otros autores japoneses que también han acudido al tebeo europeo, como Katsuhiro Otomo. Es absolutamente innegable el atractivo del resultado final, al que hay que añadir un acercamiento inusual a los personajes y las relaciones entre ellos. Quizás la única objeción que se le pueda poner es que la mezcla casi antinatural de temas resulta al final en un eje argumental excesivamente frágil, que no llega a justificar plenamente todo el múltiple desarrollo de historias paralelas que se nos están contando. Un pero que queda compensado por el indiscutible atractivo y fuerza de cómo se nos está contando la historia y el arrastre que consigue en el lector. Eso sí, la luxación de muñecas que provoca la lectura del volumen sugiere que hubiera sido mucho más cómodo publicarlo en un par de entregas (2+).

Segunda: Nodame cantabile viene precedida de un importante éxito de ventas en Japón, pero en mi caso el interés se debía a la anterior obra de esta autora publicada en nuestro país, la inclasificable Vidas Etílicas, una obra que hablaba de los excesos alcohólicos de su protagonista desde una sorprendente perspectiva, describiéndolo no como un terrible y destructor vicio sino como una forma elegida de vida (hay una reseña en la entrada del 13 de Noviembre de 2004). Sinceramente, tras leer aquella obra, se me hacía muy difícil ver a Tomoko Ninomiya como una autora integrada dentro de un shojo tradicional, hablando de amores para adolescentes quinceañeras. Sin embargo, hay que reconocerle a la autora que consigue una curiosa hibridación entre los requerimientos del mercado y sus inquietudes argumentales con una historia tan aparentemente insustancial como la relación entre dos jóvenes en una escuela de música. Un tema que se desarrolla desde el habitual planteamiento de tensión amorosa (chico no quiere saber nada de chica, chica se siente perdidamente enamorada de chico, etc, etc) pero que Ninomiya contamina su obra de matices absolutamente imprevistos: su personaje principal, Chiaki, cumple las condiciones y normas del protagonista de un shojo (atractivo, inteligente, músico brillante..:) pero Nodame, su compañera de estudios, es aparentemente un excéntrico sinsentido incrustado a presión en la historia, que parece rememorar en ciertos momentos a la protagonista de Vidas Etílicas (síndrome de Diógenes, reacciones extremas…), pero que resulta conseguir una perfecta química para contar esta historia de música clásica con ribetes de comedia absurda desenfrenada. Eso sí, no deja de sorprenderme la capacidad de los autores de manga para conseguir que una temática aparentemente ajena a la historieta se vea integrada y consiga un ritmo que enganche al lector. Si hace un tiempo me maravillaba con el interés que podía conseguir una competición de panaderos en ¡Amasando japan!, reconozco ahora el mismo esquema en esta competición de músicos, que parece ser que ha conseguido desatar (gracias al manga y la serie posterior de actores reales) una nueva fiebre por la música clásica entre la juventud nipona. Lo que nunca viene mal. Curioso. (1+).

Y tercero, el que por fin se haya visto en España una obra de Kazuo Umezu, uno de los grandes de la historieta japonesa. Ponent Mon publica el primer volumen de Aula a la deriva, en la que podemos comprobar la capacidad del japonés para provocar la inquietud y el desasosiego. Aunque su planteamiento no es inicialmente original (una escuela al completo se ve bruscamente trasladada a un lugar desconocido), su desarrollo y la elección de un colectivo infantil como protagonista, con la sola presencia de algunos adultos, consigue una aproximación distinta e interesante, que toma elementos fantásticos para plantear la reacción del ser humano en una situación límite. Hay conexiones evidentes con clásicos de la literatura, como El señor de las moscas, pero Umezu busca fundamentalmente la reflexión sobre los límites del ser humano, sobre su verdadera reacción ante situaciones que exceden lo que puede aguantar el razonamiento y que obligan a una respuesta animal y brutal. La oposición entre la actitud de los profesores y los niños permite a Umezu además desarrollar dos líneas paralelas, enfrentando la reacción supuestamente adulta y reflexiva con la de una mente todavía por formar. La fuerza del relato se basa en una narrativa violenta y exacerbada, muy propia del manga de los años 70 en el que parece que todos los personajes reacciones de forma teatral y extrema, de dramatismo excedido, casi colérico, que puede resultar chocante al lector de hoy, pero que forma parte de la evolución del lenguaje del manga. Una obra importante, en la que muchos reconocerán rápidamente la conexión con obras posteriores como Dragon Head, de Minetaro Mochizuki, una obra que bebe directamente tanto argumental como formalmente del manga de Umezu. La edición de Ponent Mon, como siempre, modélica (3).

4.Noviembre.2008 | Lecturas

Fueye

Hace un año, justo por estas fechas, estaba sentado alrededor de una gran mesa, compartiendo con cuatro personas más una maratoniana sesión como jurado de la primera edición de un premio de historieta que nacía ya con la intención de ser prestigioso e importante. La labor había sido dura, muy dura, con proyectos atractivos e interesantes, de los que tan sólo quedaban tres encima de la mesa. Uno de ellos era Fueye, de Jorge González, que finalmente se alzaría con el premio. Recuerdo perfectamente el impacto que supusieron las ocho páginas que acompañaban a la sinopsis del proyecto. Eran de un grafismo vibrante y nervioso, de cromatismo apagado y sucio, pero que transmitían potencia y expresividad con fuerza. No era una sorpresa: los que conocíamos la obra anterior de este autor sabíamos de su solvencia gráfica y las páginas que teníamos ante nuestros ojos eran tan sólo el resultado de una evolución lógica y constante. Pero pese a tener claro que era el mejor proyecto que había sobre la mesa, debo confesar aquí que tenía ciertas inquietudes. En Fueye había mucha ambición, necesaria en cualquier proyecto, pero peligrosa arma de doble filo. La larga sinopsis que presentaba estaba armada con apariencia de consistencia, pero la duda era obvia: era su primera obra larga con argumento propio y la complejidad de la propuesta podía exceder su capacidad como guionista. Era una duda íntima, creada a partir de argumentos ajenos al proyecto que se nos ponía encima de la mesa y que quedó ahí, enquistada, dormida, hasta que el lunes recibí un ejemplar de Fueye.
Y volvió la duda.
Ya no tenía unas hojas sueltas y un proyecto. Ante mí tenía un libro perfectamente editado, de apariencia contundente y que respondía en apariencia a lo prometido. Curiosa sensación esa la de haber asistido a la concepción inicial y parto final de una obra, sin conocer nada de su larga y, con seguridad, laboriosa preñez. La respuesta a las dudas estaba ahí, a un paso de pasar la primera página. Y la pasé. Y tras ella cayeron todas las páginas, hasta esa acción casi protocolaria de cerrar el libro y reflexionar un poco sobre lo leído.
Ya no quedaban dudas. Jorge había respondido a todas, con solvencia y, me atrevería a decir, exceso, porque Fueye es uno de los mejores libros que he podido leer este año.
Fueye es un libro de lecturas múltiples, que se esconde tras el disfraz de una historia de inmigrantes que llegan a Argentina en busca de fortuna en 1916. Horacio será el eje de la narración, encontrándolo en tres momentos de su vida. De niño descubriremos su pasión por el piano y la tutela que sobre él ejerce El Gordo, bandoneonista que ejerce como músico de tango, acompañando las fiestas de ricos, políticos y mafiosos en los burdeles de Buenos Aires. Años después lo descubriremos como brillante pianista, famoso y respetado, que convive con su pasión nocturna por tocar tangos en las mismas plazas que El Gordo le enseñara. Y por fin, lo encontraremos ya adulto, cuando todos sus sueños han sido cambiados por un status social. Tras leer las tres historias, la tentación te obliga a hablar de emigración y nostalgia, sin embargo, creo que hay un nexo común entre las propuestas de González que sobrepasa ampliamente esa primera lectura: la pérdida de las ilusiones. En los tres momentos en los que encontramos a Horacio, debe realizar una dura elección, entre la ilusión y un pragmatismo inducido por el entorno social. De niño, de joven o de adulto, la ilusión toma formas diferentes, pero es siempre un objeto inalcanzable que da sentido a la vida. Ya sea un bandoneón, el éxito en América o el amor de una mujer, el ser humano necesita de esa ilusión como de un combustible que le impele a seguir adelante. Sin embargo, la sociedad se empeña en engullir a sus miembros en una alienación de perfecta uniformidad, donde no existen diferencias y la única ilusión es la que marca la versión oficial. La ilusión es una aberración, una perversión de la normalidad que debe ser eliminada rápidamente para dejar lugar al perfecto niño estudiante, al joven que se casa con chica bien y tiene un trabajo decente y al marido fiel y anodino que todos los días trabaja y lleva a casa el jornal, como Dios manda. González consigue retratar esos tres momentos con absoluta perfección, con una expresividad violenta, extrema, que sobrepasa los límites de la página. La admiración que siente el niño Horacio hacia El Gordo se transmite al lector a través de esa puesta en escena casi teatral de cada aparición del músico, que siempre es visto desde escorzos imposibles que amplían todavía más la omnipresencia de su oronda figura. La repetitiva rutina diaria del Horacio adulto consigue ser opresiva y estresante, encarnada en esas pequeñas viñetas que se multiplican hasta el agobio. Tres narraciones a las que González adapta camaleónicamente estilo gráfico y narrativo para llegar a expresar con fuera ese paradójico contraste entre la ilusión incontenible del que deja su tierra para buscar nuevas oportunidades y, ya en su nuevo destino, la abandona por las seguridades de una vida anónima y fagocitada por los usos sociales.
Sólo con la historia de Horacio, estaríamos ante uno de los libros del año, pero González consigue rizar el rizo de su propuesta con dos inesperados añadidos. Por un lado, un capítulo final en el que el autor reflexiona sobre las razones que le han llevado a realizar Fueye. Una especie de “making of” que supera ampliamente el habitual objetivo anecdótico para conformarse en un epílogo que consigue transformar todo el sentido de la obra, pasando de ficción a autoficción, consiguiendo comprender cómo la reflexión sobre ese contraste entre la ilusión del que emigra y la pérdida de la ilusión ha venido por el sufrimiento en propias carnes de esa situación. El barco, el elemento gráfico cohesionador de la primera parte es sustituido por un avión que es temido a la vez que admirado por la velocidad con la que conecta hogar y destino. A diferencia de Horacio y su padre Antonino, ahora el emigrante Jorge sabe que puede volver a su casa en apenas unas horas, permitiendo una perspectiva completamente distinta. Ya no existe la sensación de haber abandonado para siempre tu tierra, sólo existe, precisamente, la ilusión. Y ahí, Jorge, ya no el autor, aporta una reflexión lúcida de ambigüedad e inquietud, de consciencia sobre lo buscado y lo encontrado. Pasado de ficción y realidad presente se unen para construir un discurso único que dota al conjunto de una perspectiva nueva, realista y profunda, que va mucho más allá de la individualidad de sus partes.
Pero además, Fueye se acompaña de una banda sonora de Marcelo Mercadante que consigue que su lectura se transforme en una experiencia completa. Las notas de Mercadante traen ese recuerdo triste del tango, esa atmósfera nostálgica continuada que habla de amores imposibles y de sentimientos rotos que resulta ser un delicado guante que encaja a la perfección con la narración y el grafismo del libro.
Un libro para leer y releer, para disfrutar y dejarse llevar por su ritmo visual porteño, para pensar y para debatir. Sin duda alguna, estamos ante uno de los libros del año. (4+)

Enlaces:
- Blog de Jorge González, con avances de la obra
- Blog de Club Cultura, donde el autor ha ido narrando la creación y desarrollo de Fueye

31.Octubre.2008 | Lecturas

Vampiros mafiosos

La idea de partida de Bite Club es tan simple como atractiva: reescribir una historia de mafiosos desde la perspectiva del género de vampiros. No es la primera vez que la literatura plantea argumentos de vampiros integrados en la sociedad de una u otra forma (desde Marc Behm a Claraine Harris, tan de moda ahora gracias a True Blood), pero hay que reconocerle a Tischam y Chaykin el indudable acierto de enmarcar su historia en una trama más propia de Los Soprano, contando los vericuetos de la familia Del Toro, una clan vampírico que domina una Miami donde los enfrentamientos étnicos incluyen ahora a los chupasangres como una minoría más. Un acierto que se prolonga por el buen ritmo que los guionistas le imprimen a la obra y, sobre todo, por la imaginativa descriptiva de la realidad socio-cultural alrededor de este mundo de vampiros integrados en la sociedad. A medida que avanza la trama, Chaykin y Tischam dejan caer pistas e ideas sobre las peculiares características del proceso de integración en la población de una minoría que, por naturaleza, sería depredador natural de los mismos que los acogen. La cadena alimenticia como cuestión puramente biológica se transforma en adecuada metáfora en una especie de cadena económica, donde los depredadores naturales son sustituidos por los depredadores económicos. No deja de ser una reflexión secundaria, pero que se añade a la lista de afortunadas ideas que esconde Bite Club. Un tebeo que ganaría muchos enteros si contase en su labor gráfica con un dibujante más dotado que David Hahn, que sin duda pone empeño en su labor, pero con un resultado que no pasa de labor de esforzado oficiante. La simpleza de su puesta en escena y composición se traduce en una narrativa monótona, que apaga la tensión de la acción e incluso de las muchas escenas sexuales, supuestamente tórridas. Una lástima, porque con los buenos mimbres que Tischam y Chaykin ponen a disposición de Hahn se podría haber tejido un excelente tebeo que queda, simplemente en un tebeo entretenido y correcto.
Eso sí, todo lo anteriormente dicho se circunscribe a Bite Club, la primera de las dos miniseries que hicieron los autores y que Planeta recopila en un único volumen. La segunda, Bite Club: UDV, es la típica (y ya tópica) demostración que confirma, pese a lo que crean los ejecutivos editoriales, que las ideas no son chicles a estirar sin límite y que la desidia de unos autores sin más interés que el económico suele traducirse en un producto tan anodino como olvidable. En resumen: un (2-) para Bite Club y un (0) para Bite Club: UDV.

30.Octubre.2008 | Lecturas

Por el camino

A priori, se podría mantener que un cuaderno de viaje es un ejemplo perfecto de ilustración no narrativa, puramente escénica y estética. Un conjunto de imágenes que reflejan un lugar y un momento, buscando tanto un efecto nostálgico como descriptivo. Una perfecta postal que incorporará, evidentemente, la interpretación particular del dibujante, su traducción visual.
Sin embargo, mientras se pasan las páginas de Por el camino me entretengo, ese aspecto descriptivo va poco a poco dejando paso a un hilo narrativo, apenas esbozado, pero que va ganando peso y sentido, estructurando un relato autobiográfico sincero y espontáneo. Si el “slice of life” se puede definir como un tebeo basado en la propia vida, las ilustraciones de viajes de López Cruces conforman precisamente un perfecto retrato de una parte de su día a día, en el que las ilustraciones cuentan pequeñas anécdotas cotidianas. En sus dibujos, el dibujante se incluye como parte constituyente de la escena, aportando una perspectiva personal inesperada a estas historias de viajes y largos caminos. Lugares exóticos que López Cruces no retrata de forma fiel a través de perfectas postales de parajes famosos, sino a través de esas pequeñas historias tangenciales que hablan de amistad, amor y mil detalles de la vida. De una comida entre amigos, del tiquet de metro usado o del restaurante en el que se comió en una famosa ciudad o en un pueblo apenas desconocido.
Todo siempre con el elegante trazo de López Cruces, esbozos de naturalidad casi excesiva, que dota a las ilustraciones de un añadido de sinceridad y realismo, que transporta al lector a esos exóticos destinos a través de los sentimientos del dibujante.
Una obra preciosa, con exquisita edición de Ponent.

26.Octubre.2008 | Lecturas

Peplum

Blutch es un autor de excesos viscerales, que pese a no ser un autor prolífico está siempre en renovación constante de su propio estilo. En España apenas hemos podido leer tres de sus obras, pero los que hayan seguido su obra desde la edición de Mitchum han podido encontrar un investigador incansable del lenguaje gráfico desde una perspectiva aparentemente tradicional, con influencias evidentes de autores como Forest o Goossens, pero sin miedo a entrar en otros estilos radicalmente distintos como el de Sempé. Sus cambios han sido radicales, convirtiéndose en una perfecta conexión entre Baudoin y la generación de L’Atelier Nawak y demostrando ser una fundamental ascendencia en autores como Peeters.
Afortunadamente, su obra se va recuperando en España y Ponent Mon acaba de publicar una de sus obras iniciales, Peplum, prepublicada parcialmente en A Suivre en 1996 y, a mi entender, una de sus obras más interesantes.
Concebido como una especie de adaptación libre del Satiricón de Petronio, las primeras páginas ya nos indican que Blutch se va a alejar claramente de la traslación del clásico de la literatura satírica, optando por un objetivo mucho más ambicioso, una reescritura de episodios que parecen querer completar los fragmentos perdidos de esta obra. Recupera la figura de Gitón, pero centrará su discurso en una historia de amor imposible, el del romano Publio Cimber hacia una mujer enterrada en un bloque de hielo. Una representación perfecta de la belleza a la que el tiempo no puede afectar, tan inalcanzable como dolorosamente presente, en una constante contradicción que llevará a Publio a la locura total. Una crónica del descenso a la demencia que es narrado como un largo viaje, en cierta medida paralelo al de Ulises, como una odisea interminable donde la épica del héroe es sustituida por una figura peripatética, donde el sublime amor a Penélope que comandaba aquélla aventura primordial, es relevado por una mujer muerta, anónima, enterrada en un bloque de hielo que la hace inaccesible. El amor llegará a Publio en todas sus formas, desde la del efebo Gitón que inspirase a Encolpio a todo tipo de mujeres: bellas, viejas, jóvenes, mutiladas… Al igual que Gitón era pretendido por todos, Publio lo será por todas…

Una historia compleja que Blutch narra de forma visceral, con una composición de página sencilla, donde el trazo nervioso del autor se acompaña de claroscuros radicales y extremos para articular una puesta en escena de complejo equilibrio estético, que dota a la historia de un ritmo interno más próximo a la poesía que a la narrativa en prosa. Una difícil armonía que permite a Blutch acercarse todavía más al estilo formal de la obra de Petronio, pero que se distancia claramente de su vertiente picaresca o de la más histriónica de Fellini para plantear al lector un debate de ideas sobre los absurdos del amor, sobre lo ininteligible que resultam sis mecanismos.
Una obra excepcionalmente brillante, al que sólo se le puede poner la pega que para su edición en España se ha optado por un tamaño muy inferior al de su edición en Francia (inferior a A Suivre y muy inferior a la edición de Cornelius), que no permite disfrutar al máximo de la gran tarea gráfica de Blutch. En cualquier caso, una obra de obligada lectura. (4)

23.Octubre.2008 | Lecturas

El estado libre de Fiume

Cuando David B anunció que su próxima obra trataría sobre el periodo de entreguerras, centrándose en el episodio de la ciudad estado de Fiume, me pareció una idea fascinante: Fiume supone uno de esos momentos fascinantes de la historia en la que las reglas de la lógica parecen esfumarse definitivamente par dar lugar a situaciones tan extravagantes como apasionantes. Como que un poeta como Gabrielle d’Anunzio estableciera un estado independiente en la ciudad fronteriza de Fiume, cuya ideología fundacional iba en bandadas entre el prefascismo y el sindicalismo revolucionario, recuperando estructuras de la época medieval, como las comunas italianas, mientras que se desarrollaban los derechos individuales como nunca antes se había propuesto. El poeta-soldado llegó a declarar la guerra al estado italiano, en un seguido de cierta lógica dentro del esquizofrénico panorama que se daba en Fiume, una especie de laboratorio inmenso de utopías extremas.
Un escenario perfecto para desarrollar cualquier historia, más viniendo de la mano de David B y conociendo su anterior incursión onírica en la primera guerra mundial, La lectura de las ruinas (una obra que se referencia como primera parte de la presente en una forma a mi entender, errónea, ya que su coincidencia es puramente casual).
Sin embargo, las primeras impresiones son desiguales y contradictorias, que van de cierta decepción con las primeras páginas hasta el entusiasmo hacia las expectativas de las próximas entregas. Intentaré explicar esta extraña paradoja:
Para Por los caminos oscuros, el dibujante abandona la componente onírica para desarrollar una historieta de corte más realista, que le obliga incluso a un cambio en el estilo y en sus estructuras narrativas. Si tradicionalmente encontramos en las obras de David B una compleja y espectacular construcción de la página, que se convierte en el principal recurso narrativo y verdadero vehículo de la acción, aquí renuncia prácticamente a ella optando por una composición sencilla y tradicional, en apariencia. Hay algunos ejemplos de su bien conocida forma de componer, pero son apenas unas cuantas páginas dispersas en un conjunto donde el autor ha preferido un trabajo de composición más discreto, pero igual de complejo. Ya no es la página la unidad narrativa, sino la secuencia de páginas y, en cierta medida, todo el álbum, como se marca en ciertas simetrías a lo largo de la historia. Su estilo de trazo limpio, basado en la pulcritud de la línea y en la macha de tinta es sustituido por uno más nervioso, de pincelada temblorosa, que recuerda más a los pintores dibujantes de los años 20 o a las violentas representaciones de la guerra de Grosz. Su puesta en escena, siempre bidimensional, cobra volumen y profundidad. Cambios que se unen para que David B cuente varias historias en paralelo, en varias tramas que, de momento, confluyen de forma confusa e inconexa. Quizás el hecho de estar todavía en una presentación inicial de situaciones y personajes haga que esta característica pese en contra de la sensación final que se puede tener de la lectura del álbum. Demasiadas puertas abiertas y demasiadas incógnitas, que dejan al lector desconcertado. Hay, por supuesto, un punto a favor: pese a la desorientación que se siente, hay una necesidad perentoria de seguir leyendo, indagando hacia dónde nos quiere llevar David B.
Un primer volumen que deja un sabor agridulce pero que, conociendo a este autor y admirándolo, deja con la sospecha de que es tan sólo un desafortunado efecto secundario de su edición en varias entregas. Un (2) momentáneo que, algo me dice, irá aumentando en cada entrega.

20.Octubre.2008 | Lecturas

Entre Hitler y Wells

Leer una nueva obra de Jason esconde una curiosa contradicción: el noruego juegue siempre a una mezcla atípica y contranatura de géneros, con una inigualable capacidad para descontextualizar referentes conocidos, en un juego similar que recuerda al que realizaba el Equipo Crónica con su fusión de pinturas clásicas. Pero después de leer casi todos sus anteriores tebeos, se ha perdido en cierta medida la sorpresa que causaban sus anteriores obras: sabemos que Jason va a intentar sorprendernos. Sin embargo, pese a la prevención y el aviso, aunque sepamos de antemano su juego, Jason conseguirá siempre su objetivo. Y lo hace sin despeinarse lo más mínimo en Yo maté a Adolf Hitler. Todos los ingredientes son bien conocidos: su estilo de línea clara, limpio y sencillo, basado en la casi ausencia de fondos; animales antropomorfos como protagonistas; narrativa basada en los silencios y las elipsis y, por supuesto, un amasijo de géneros que une desde el género negro a la ciencia-ficción de H.G.Wells con una situación histórica como la muerte de Hitler y todas las leyendas que generó. Y todos juntos consiguen el efecto deseado: sorprender. Porque en el fondo, Jason consigue crear un escenario irreal para algo tan sencillo como una historia de amor que se prolonga en el tiempo y en los tiempos. La máquina del tiempo, Hitler, y una sociedad en la que el asesinato es una transacción comercial común y habitual son meros acompañamientos para que Jason nos cuente una historia de amor transtemporal, descrita a través de diálogos en los que, como siempre en este autor, los silencios son fundamentales, momentos sin palabras que consiguen transmitir al lector sentimientos y emociones con una efectividad infinitamente superior a la de la sustantivos, verbos y adjetivos. Su aparente frialdad y distanciamiento es todo un paradigma del efecto contrario, dejando siempre un espacio para ese soterrado e irónico sentido del humor que siempre impregna sus obras.
Un tebeo excelente y recomendabilísimo, antesala y preparación perfecta para El último mosquetero, otra de las grandes obras del noruego que, esperemos, Astiberri publique en breve.(3)

19.Octubre.2008 | Lecturas

Superosos

¿Sería posible unir el onirismo de Little Nemo in Slumberland con la genial aproximación a la infancia de Bill Watterson en Calvin & Hobbes aderezándolo con la gestualidad de las animaciones de Chuck Jones?
Sólo imaginando la combinación propuesta, cualquier buen aficionado al tebeo ya habrá comenzado un proceso intensivo de salivación acompañado de extravío de mirada y sonrisa bobalicona con ligero babeo lateral… Lástima, porque por desgracia, ese utópico tebeo no existe. Eso sí, por poco, porque Mike Kunkel demuestra en Superoso y su amigo que el camino lo tenía claro. El problema, quizás, es que le falta práctica y oficio, y se queda en un tebeo interesante y no en la soberbia obra maestra que pudo ser, pero tiempo al tiempo, que estas cosas con ganas, ejercicio y voluntad ser resuelven tarde o temprano. De momento, lo que tenemos es un tebeo que parte de evidentes referencias –en algunos casos explícitias, en otros indirectas- a los tebeos citados para contar la historia del pequeño Tyler, un niño que descubre sorprendido secreto increíble del oso de peluche que ha heredado de su abuelo: la capacidad de transformarse en un gigantesco oso polar, inteligente, de descomunal fuerza y con la capacidad de volar, hasta lleva una gran capa roja incluida. Un superhéroe en toda regla con el que tendrá que colaborar para derrotar terribles peligros como un inmenso y tópico, pero no menos cruel robot gigante. A primera vista, una trama sencilla, perfecta para un tebeo infantil, contada con acierto (incluso permitiéndose algunos ligeros experimentos), ingenuamente divertida y con un excelente dibujo, de gran expresividad, claramente deudor del dibujo animado pero que evita su aspecto gracias a un acabado aparentemente descuidado, a lápiz, que consigue transmitir muchísimas más fuerza y dinamismo.
Juegos de apariencias, porque Kunkel no ha creado una obra que tiene como objetivo a los niños: realmente busca a los adultos que quieren recordar haber sido niños. Tyler demuestra una perspicacia y razonamiento propio de un adulto atrapado en el cuerpo de un niño o, mejor, de un adulto que quiere recordar cómo era ser un niño. Un pequeño matiz que sirve al autor para poder hacer tanto un ejercicio nostálgico como una especie de reescritura de la niñez, contando lo que de verdad le hubiera gustado que fuera su niñez, haciendo realidad los momentos de imaginación desmedida de un niño. Un doble juego que consigue enganchar y que actúa en todo momento como un doble nivel de lectura hilvanado con inteligencia, pero dejando de lado todos los prejuicios. Es de lo más reconfortante encontrar un autor que es capaz de quitarse de encima la terca obsesión por la trascendencia o la comercialidad prefabricada para demostrar que la calidad está en la obra bien hecha, con frescura y, sobre todo, inteligencia.
Muy recomendable, con una buena edición de Dolmen que incluye numerosos e interesantes extras (2+).

18.Octubre.2008 | Lecturas

Carl Barks

¡Por fin! Parecía ya una especie de leyenda urbana, pero ayer llegó a las librerías especializadas el primer volumen de la Biblioteca Carl Barks de Planeta DeAgostini. Una obra sobre la que se tenían muchas reservas (habida cuenta de sonoras pifias como la Biblioteca MAD) pero que, a primera vista, parece pasar la primera inspección satisfactoriamente. Buena calidad de encuadernación, tamaño adecuado (ligeramente más grande que un cómic-book), papel de calidad mate… Los aspectos técnicos, en ese sentido, sólo tienen como pero que la calidad de impresión no acompaña muchas veces, con una tinta negra que a veces se agrisa en algunas páginas.
Respecto al contenido, buena calidad de los materiales de reproducción en general, con las excepciones obvias de este tipo de recuperaciones, donde siempre faltan páginas y se debe recurrir a otras opciones que no siempre son las ideales. El problema, como siempre últimamente, un color digital que se empeña en unos efectos y unas combinaciones cromáticas que hacen flaco favor a la obra de los dibujantes.
Eso sí, a destacar, por encima de todo, la impresionante labor de Alfons Moliné, que acompaña prácticamente cada historieta de excelentes artículos donde demuestra su enciclopédico saber sobre los tebeos de Disney (bueno, y sobre cualquier tebeo, que lo de este hombre es impresionante). Sólo por sus artículos ya vale la pena la compra de este volumen.

Y respecto a los tebeos de Barks.. ¡qué decir! Los tebeos de Disney siempre han tenido una importante carga peyorativa que ha hecho olvidar muchas veces la inmensa obra de autores como Barks, Al Taliaferro, Floyd Gottfredson o Don Rosa. Aunque este primer tomo presenta historias todavía primigenias, ya se puede comprobar la habilidad para el gag del autor, su ritmo narrativo -todavía deudor de la animación- y su exquisita expresividad gestual.
En resumen: algunas pegas pero, en general, satisfacción. Una obra de obligado conocimiento.

14.Octubre.2008 | Lecturas

Historias sencillas, grandes historias

Días placidos de lectura que me han traído una agradabilísima sorpresa: La historia de mi madre, de Kim Eun-Sung. Un tebeo que parte de la sencilla premisa de ir narrando las conversaciones de la autora con su madre, pero que poco a poco va desarrollando un testimonio completo de la historia de Corea desde una perspectiva social. Los testimonios de la anciana permiten estudiar cómo era la vida en el país en un complejo momento histórico, durante la ocupación japonesa. Pequeños relatos que van componiendo una realidad que a los europeos nos puede parecer extraordinariamente alejada, pero que relatan épocas de sufrimiento y dolor, contadas desde una perspectiva muy lejana en el tiempo que permite un acercamiento reflexivo y pausado. Historias que la madre parece querer olvidar y que recupera lentamente, escarbando en su memoria, trayéndolas con todo el bagaje de la experiencia, pero siempre matizadas por los extraños virajes del recuerdo, a veces centradas en pequeños detalles del día a día, en sentimientos que han quedado marcados a fuego y que se han amplificado o dulcificado con el tiempo; otras, narraciones de prefecta rigurosidad histórica. Diferentes perspectivas que permiten diferentes visiones, una riqueza información invalorable que nos traslada a esa época con una viveza y realismo impresionante.
El dibujo de Eun-Sung, sencillísimo, minimalista, reduce y simplifica al máximo los elementos gráficos para centrarse completamente en la historia de su madre, consiguiendo un efecto de contraste tremendamente efectivo. La ingenuidad del grafismo es un contrapunto ideal a la complejidad de la narración: madre e hija, narradora y dibujante, se unen a través de ese trazo simple, tremendamente expresivo.
Personalmente, la lectura de La historia de mi madre me ha resultado apasionante, sobre todo gracias a ese planteamiento de relato de apariencia informal que me parece de gran fuerza pedagógica, que nos introduce con rigurosidad en la historia, pero desde un camino tangencial que habla no de los grandes hechos, sino de las pequeñas historias personales que componen la Historia, con mayúsculas, de un pueblo.
Primero de una serie de cuatro volúmenes que esperaré con ansiedad, en una edición sins entido exquisita, como siempre. (3)

13.Octubre.2008 | Lecturas

Periodismo gráfico

El concepto de la colección Graphic Journal que acaba de estrenar Norma no puede ser más interesante: libros que explotan ese género de nuevo cuño que podríamos denominar “periodístico” y que tan bien han representado autores como Joe Sacco o, más tangencialmente, Guy Delisle, acompañados de una buena serie de artículos sobre el tema en cuestión escritos por especialistas en la materia. Un tipo de edición cuidada, de exquisito diseño, que puede fácilmente salir de los circuitos de la librería especializada y encontrar acomodo en las librerías generalistas. Para su estreno, Norma apuesta por un tema tan controvertido como la mafia siciliana, editando Brancaccio: una historia de la mafia cotidiana, de Giovanni Di Gregorio y Claudio Stassi, al que se añaden artículos de la periodista María Paz López, Rita Borsellino, Saverio Lodato y Edoardo Zafutto.
Una iniciativa muy interesante que, en este caso, quizás tiene como parte más débil precisamente la correspondiente a la historieta. Di Gregorio y Stassi parten de un planteamiento muy interesante, intentando mostrar cómo afecta a la vida diaria la existencia de la mafia y de sus prácticas, creando un código propio de normas y conductas completamente inspiradas por la atmósfera que lo impregna todo. Un objetivo a priori muy consistente y sugerente, para el que hacen uso de un estilo gráfico completamente deudor del de Gipi, pero que pronto será contaminado por una molesta tendencia a la moralina. En su intento de reflejar que todo apoyo a la mafia tiene consecuencias a largo plazo, los autores recargan el dramatismo y generan relaciones tan artificiales que caen en un melodrama exagerado y maniqueo, afectando incluso a unos personajes excesivamente estereotipados que terminan por hacer perder esa componente realista que, precisamente, querían introducir. Una especie de síndrome de trascendencia que suele afecta a aquellos autores que son conscientes de que están tratando un tema serio y complejo y que en su afán por no ser tildados de superficiales, dan tantas vueltas de tuerca que terminan en el extremo contrario al que buscaban. Una lástima, porque el referente gráfico era precisamente una excelente guía para el tratamiento que debía seguir el tebeo: en obras como Los inocentes o Apuntes para una historia de guerra, Gipi demuestra cómo tratar un tema difícil desde una perspectiva que evita el acercamiento moralista y adoctrinador, describiendo y dejando al lector siempre la reflexión final a partir de pistas previas.

En este caso los complementos son muy superiores al tebeo, compensando en cierta medida la floja componente historietística, pero es de prever que, por temática y concepción, Graphic Journal será una colección a seguir en el futuro.

7.Octubre.2008 | Lecturas

Adiós Carver, ¡Hola Hollywood!

Termino de leer Shortcomings y tengo la sensación de haber leído un tebeo que parece de Adrian Tomine pero no es de Adrian Tomine. Es una impresión extraña, que se va formando a medida que pasan las páginas de esta primera historia larga del americano. El estilo gráfico es inconfundible, al igual que su pausada y sencilla composición, que esconde un cuidado trabajo de estudio de la narrativa, traducido en este caso en el indudable acierto en la puesta en escena de unos diálogos brillantes e inspirados. Sin embargo, falta en Shortcomings ese matiz tan especial, diferente e indefinible que marcaba los números anteriores de Optic Nerve. Quizás era ese sambenito de comparación continuada con Carver, cierta a mi entender en los primeros números, pero que fue alcanzando un discurso propio hasta despuntar en obras como Rubia de Verano. Leyendo el volumen que acaba de editar Random House (¡Ay!, ¡Por favor!¡La tipografía, esa tipografía!) me parece estar ante la obra de otro autor, más urbanita, quizás una especie de híbrido a medio camino entre un Kevin Smith treintañero y un Woody Allen jovencito, que disecciona con bastante gracia la rutina de pareja enmarcándola en el escenario omnipresente de Nueva York. La Gran Manzana se convierte, de nuevo, en secundario de lujo de una historia donde las inercias del amor se rompen y buscan razones tan inencontrables como inexistentes. La soledad como elemento axial de la obra anterior es sustituida por una coralidad teatral, los silencios y elipsis que definían el lenguaje de Tomine han dejado lugar a diálogos deslenguados, vivarachos, dinámicos. Y no puedo decir que no me guste lo que leo: la reflexión sobre el nuevo amor y la nueva sexualidad interracial del siglo XXI, enfrentada a la tradición finisecular representada en el pueblo de la América profunda me parece sugerente y atractiva. Pero no puedo evitar pensar que es un discurso que no parece original, que Ben Tanaka podría ser el protagonista de cualquier serie de televisión de éxito que exploran una nueva forma de moderno costumbrismo post-woody, de sexualidad activa y asumida en todas sus formas. Sé que he leído un buen tebeo, narrado con eficacia y que plantea ideas que pueden atraer a un público general… pero creo que he perdido a Tomine por el camino. Ese autor que exploraba como nadie la excepción dentro de la monotonía, que nos hablaba de vidas grises que deambulan fuera de plano, ha sido abducido por otro que se entrega a las modas que obligan a tratar el amor en los tiempos del SIDA cronificado desde una perspectiva urbana multirracial donde, por supuesto, el protagonista tendrá amigas/os homosexuales que se convertirán en sus confesores (coprotagonistas, a ser posible, con escena políticamente correcta de declaración de amor entre gays y/o lesbianas). Un esquema que los ejecutivos de televisión y cine parecen haber establecido como estándar de éxito y que, en este caso, me deja una sensación vaga de impostado, de artificialidad.
Un tebeo de fácil recomendación a un lector no habitual de tebeos, que encontrará referentes comunes a otros medios y en el que destacan con fuerza los brillantes diálogos y la descripción y reflexión sobre la obsesión racial. Sensaciones agridulces para un tebeo correcto en el que, quizás, el problema es únicamente mío, que esperaba otra cosa y no algo que me suena a ya visto. (1+)

6.Octubre.2008 | Lecturas

Otra vez Watchmen

Estoy acostumbrado a que Peter Milligan dé una de cal y otra de arena. Tras su espléndida etapa en X-Factor/X-Statix, la regla anunciaba un seguido de obras poco interesantes y olvidables, como así fue, por lo que esperaba con cierto interés que The Programme significase la vuelta del Milligan más interesante. Sin embargo, tras leer el primer recopilatorio, recién editado por Norma, la sensación es agridulce. Hay que reconocerle a la obra ciertas virtudes: hay una cuidada apuesta por una atmósfera opresiva, un intento de mantener un ritmo narrativo complejo, basado en varias historias simultáneas y un afán claro de crítica social. Incluso el trabajo de base fotográfica de C.P.Smith me parece interesante. Reconocible y muy influenciado por otros autores como Jae Lee o Sean Philips, pero atractivo y muy funcional para la historia, con un planteamiento narrativo de grandes viñetas que es muy adecuado para la atmósfera buscada.
Pero, pese a todas las buenas maneras, uno no puede evitar tener la sensación perenne de déjà vu mientras está leyendo The Programme: Volver a plantear el “¿qué pasaría si hubiera superhéroes en un mundo real?” es luchar de nuevo contra el inmenso “muro Watchmen” y todos sus derivados. Un gigantesco “pero” que se ve agravado, además, porque la serie apenas aporta nada nuevo y en todo momento nos referencia a otras obras similares, como New Statemen, Rising Stars o tantas y tantas que se han intentado introducir en esos peligrosos cenagales. Una verdadera lástima, porque Milligan demostró una brillantez inusitada cuando en X-Statix planteó un tema muy similar.
Sería injusto decir que The Programme es un mal tebeo. Pero a estas alturas, volver a leer la misma historia por enésima vez con pequeñas variaciones, no justifica dedicar tiempo a un tebeo cuando hay propuestas mucho más interesantes. (1-)

5.Octubre.2008 | Lecturas

Denuncia, que algo queda

Dos tebeos de muy diferente temática pero que coinciden en su intención de denuncia. El primero, Shooting War es uno de las ya cada vez más comunes casos de webcomic que pasa de la pantalla del ordenador al papel. Anthony Lape y Dan Goldman firman un tebeo con no pocas ideas interesantes, que reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación en un mundo globalizado. Un hipotético futuro cercano con McCain de presidente y un videoblogger que es fichado para retransmitir en directo la guerra de Irak es un perfecto escenario para desarrollar el discurso de los autores, que incidirá tanto en la voracidad de las grandes cadenas, capaces de traspasar cualquier límite por conseguir audiencias como en las consecuencias de la conversión de las guerras en espectáculos televisivos. Hay componentes que recuerdan mucho a la reflexión de Bertrand Tavernier en la magistral La muerte en directo, pero también se lanzan sugerentes hipótesis sobre la transformación del terrorismo en un ciberterrorismo de base capitalista. El nuevo pan y circo es la utopía que vomita la televisión en forma de mundo feliz de Huxley calzado con Nike, jugando a la Play y degustando una macburguer. Un argumento que invita al debate y que debería dar lugar a un tebeo más que notable, peroque choca con la pobre contribución de la parte gráfica. La elección por parte de Goldman de un estilo fotorrealista con incorporación de elementos fotográficos es más que adecuada para el tipo de historia que se va a contar, pero resulta excesiva para las posibilidades del dibujante. El fotorrealismo es una técnica complicada y las carencias destacan con mucha más facilidad, a lo que hay que añadir que la narrativa de Goldman es muy rígida y, en muchas ocasiones, excesivamente confusa, obligando a ir hacia atrás para comprender algunas escenas. Una conjunción terrible, porque mientras que una narrativa adecuada puede esconder defectos de estilo, una mala sólo hace que amplificarlos.
Una verdadera lástima, porque las ideas volcadas son lo suficientemente atractivas como para haber hecho de este tebeo uno de los más atractivos y mediáticos del año. (1)
Problemas que no encontraremos en Como todo el mundo (La Cúpula), donde el dibujante Rudy Spiessert se refugia con acierto en un estilo próximo a Dupuy y Berberian, que asimila y controla perfectamente, sin intentar salirse de la ortodoxia narrativa y estética. No hay sorpresas ni innovaciones en un dibujo clonado más que conocido, pero eso permite desarrollar perfectamente esta divertida historia de Denis Lapière y Pierre-Paul Renders que recorre un camino contrario al habitual estos días: del cine a la historieta. Los guionistas trasladan al papel esta película que satiriza de forma corrosiva esta sociedad que respira oxígeno, nitrógeno y publicidad con una original vuelta de tuerca al esquema del Gran Hermano o del Show de Truman. Jalil es un joven francés que resulta tener un extraño don: sus gustos coinciden con los de la gran mayoría. Una cualidad que no pasa desapercibida a las grandes empresas de marketing, que encontrarán en el joven una forma de evitarse costosos estudios y encuestas de mercado, espiándolo desde miles de ojos escondidos. Lapière, guionista siempre sólido e inteligente, desarrolla con soltura la situación a modo de comedia de enredo (una tradición muy francesa, todo sea dicho), que va aumentando tono y ritmo, con momentos muy divertidos y una agresiva y sanísima mala leche. La sociedad hiperpublicitada, el agresivo sinsentido del consumismo y la alienación de una sociedad que sigue las modas como borregos son algunas de las muchas dianas a las que los autores clavarán, bastante acertadamente, sus dardos. El resultado es un tebeo modélico: no nos sorprenderá en las formas ni lo pretende, pero consigue que durante un rato reflexionemos sobre lo que nos toca vivir con una sonrisa. Lo que no está nada mal (2).

3.Octubre.2008 | Lecturas

Zombis a la europea

-“Niños, os lo he dicho muchas veces: no le disparéis al abuelito”
-“Pero papá, si le da igual, está muerto…”

Parece uno de esos chistes de humor negro que tan bien se nos dan por estas latitudes, pero es el comienzo de Los zombis que se comieron el mundo y buen ejemplo del extraño y esperpéntico sentido del humor de Jerry Frissen, guionista que ha encontrado en la parodia un lugar donde se siente bien a gusto. Al igual que en Lucha Libre, su otra serie conocida y que acaba de ser editada en España por Glénat, el belga afincado en los EEUU demuestra aquí su habilidad para componer retorcidos y atípicos mejunjes culturales, que absorben referencias e influencias variadas y dispersas que luego serán casi vomitadas en una riada de ideas sin contención. Si en Lucha Libre encontrábamos un curioso y divertido pastiche que reinterpretaba la lucha libre mexicana en términos de superhéroes reconvertidos al estilo del manga, en esta historia de zombis George Romero es canibalizado por los tebeos franceses de los ochenta. Toma de Robin Campillo y su interesante Les Revenants la idea de unos muertos vueltos a la vida que deben ser integrados en la sociedad, pero luego se atreve a componer un delirante grupo de investigadores/cazadores, claramente inspirados en Jerónimo Puchero, que se dedican con bastante poca fortuna a la resolución de los problemas que los zombis (o no vivos en la jerga políticamente correcta de una sociedad que quiere evitar problemas de integración social) les causan a los vivos. Y a partir de aquí, lo que encontraremos es una carga continuada de irreverencia y mala leche, a veces inspirada, otras demasiado predecible y otras incluso insulsa. La verdad es que irregularidad es el término que mejor definiría la obra, pero la buena labor de Guy Davis, excelente en su tratamiento gráfico con un punto humorístico y los indudables momentos afortunados que tiene el guión de Frissen, sobre todo en su primera mitad, hacen que la obra proporcione un rato de lectura divertido. (1)

1.Octubre.2008 | Lecturas

Reciclando reseñas: El juego de las golondrinas

Aprovecho la edición en castellano de la obra de Zeina Abirached para recuperar la reseña que escribí hace unos meses:

Zeina Abirached es una joven ilustradora libanesa que tras la reconocida [Beyrouth] Catharsis, ha conseguido una importante repercusión con su segunda obra, El juego de las golondrinas. A priori, una candidata perfecta a ser nominada como clon perfecto de Persépolis: autora libanesa viviendo en Francia que desarrolla una obra autobiográfica en blanco y negro sobre su niñez en Beirut. Una primera sensación que se agudiza al comprobar, en una rápida hojeada, que el estilo gráfico parece idéntico al de Satrapi. Así que debo reconocer que afronto la lectura con ánimo bajo, pensando en que voy a encontrarme una obra seguidista de modas al estilo de las de Katherin de Villiers o Johanna. Sin embargo, los prejuicios van cayendo rápidamente: pese a que existe -es indudable- una profunda similitud argumental, las diferencias estilísticas y narrativas se van acentuando a medida que avanza la obra. Marjane Satrapi está en deuda permanente con David B y tanto su estilo como recursos narrativos son referidos continuamente a la obra de este autor. Sin embargo, Zeina Abirached proviene claramente de la ilustración y de la animación y sus planteamientos estéticos y narrativos son profundamente diferentes. Su estilo gráfico es una aparente evolución de la ilustración clásica musulmana de los s. X y XI (un efecto que también utiliza en algunos momentos Satrapi), pero combinada con recursos narrativos actuales, derivados en muchos casos de la ilustración. Su composición crea motivos geométricos de indudable belleza, utilizando la propia estructura de la página como elemento gráfico más, en un evidente trasvase de la ilustración de corte más narrativo o jugando con viñetas de estructura repetitiva para marcar los ritmos de lectura. Una elección gráfica que se demuestra como muy acertada para la parte inicial del libro, casi didáctica, en la que se nos cuenta las dificultades del día a día de la vida en una ciudad sitiada por los francotiradores; pero también para la segunda parte, más opresiva y cerrada, centrada en la angustia de la espera tras un bombardeo. No hay, a diferencia de la obra de Satrapi, un espíritu tan crítico y reflexivo, sino un intento más descriptivo de la terrible realidad del Libano inmerso en una guerra civil, lo que marca en cierta medida todavía más las distancias entre las dos obras. Sin embargo, en el continuado uso de nuevos recursos narrativos de la ilustración, Abirached pierde en algunos momentos el pulso: la repetición constante de viñetas se alarga excesivamente y rompe la necesaria tensión dramática, despegando al lector del libro en algunos episodios.
Una obra que arriesga y busca contar una historia distinta y que, pese a los errores e irregularidades, mantiene un tono interesante. Como es costumbre, la edición de sins entido, exquisita. (2-).
[Podéis ver unas páginas en la web de la editorial Cambourakis]

29.Setiembre.2008 | Lecturas