NonNonBa
Ya se sabe, no hay dos sin tres. Y el profético dicho se ha cumplido con precisión germana, porque llega a las librerías una nueva biografía de un autor japonés. Si tanto Jiro Taniguchi como Yoshihiro Tatsumi centraban sus obras en sus comienzos como autor de manga, en las diferentes razones que los llevaron al arte de las viñetas, Shigeru Mizuki hace lo propio en NonNonBa buscando las razones mucho más profundamente, en su infancia, en un retorno a un pasado a medio camino entre la realidad y lo mitificado, caminando por senderos de imaginación infantil desbordada. Las biografías suelen ser obras que requieren un contacto previo entre protagonista y lector, que marque una serie de puntos referenciales queservirán al lector como anclajes para el montaje de esa estructura paralela de comprensión de una obra que supone una biografía. Pasaba así en las autobiografías de Tatsumi o Taniguchi, donde los acontecimientos narrados, la contextualización histórica y personal, proporcionaban datos para entender y repensar las obras que el lector conoce de los autores. La concienciación y compromiso social de Tatsumi o la exquisita sensibilidad contemplativa de Taniguchi aparecen claramente fundamentadas y resulta especialmente gratificante para el lector establecer esos invisibles mecanismos creativos que suman un valor añadido al placer de la lectura de una obra. Por desgracia, esas conexiones son casi imposibles de establecer en la lectura de NonNonBa. Pese a que Mizuki es uno de los más grandes y prolíficos autores de la historia del manga, en España su obra es prácticamente desconocida. Apenas hace unos meses conocimos de su existencia gracias a la soberbia Hitler, una biografía (Glénat), que apenas da acceso a una de las múltiples facetas de este autor, especialmente conocido en Japón por otra muy distinta, de fantasía desbordante basada en las mitologías y leyendas populares de ese país. Una extensa bibliografía en la que destaca Gegege No Kitaro (que anuncia Astiberri, siguiendo supongo la edición francesa de Cornelius), donde Mizuki explora el mundo de los yokai, fantasmas y monstruos populares que conforman un fascinante santuario profundamente entroncado con la realidad diaria de la vida japonesa (y que comparte muchos lugares comunes con otro “monstruo”, Hayao Miyazaki). Aunque sólo he podido leer algunos de los volúmenes de la edición francesa, es evidente que Mizuki explota precisamente esa frontera intangible entre la imaginación y la realidad, colocando a su protagonista como nexo de unión entre lo cotidiano y lo fantástico.
Tras conocer Kitaro, la lectura de NonNonBa adquiere muchos más matices: es fácil identificar al mágico Kitaro con ese Shigeru juguetón y travieso que siente fascinación por los yokai que conviven a su alrededor, muchos de los cuales veremos en las aventuras que después dibujaría. Pero que nadie se preocupe: pese a que no se conozca la obra de Mizuki, la lectura de este volumen sigue siendo un deleite supremo. La sencillez con la que el autor plasma la imaginación infantil es magnética: no estamos ante una más de esas nostálgicas revisiones de la infancia, sino ante un auténtico recuerdo transcrito de esos primeros años. La realidad y la invención se entremezclan violentamente, sin límites ni fronteras que las delimiten, al igual que en la imaginación de un niño. Los cuentos de la vieja NonNonBa se transforman en realidades tangibles, en esos monstruos que sólo existen en la mente del niño, pero que son tan reales como cualquier otro objeto cotidiano. Con una sutileza exquisita, Mizuki muestra esas apariciones siempre en un plano invisible para todos excepto para la fantasía infantil, jugando con esa frontera todavía difusa en la mente del niño que dará lugar después a recuerdos tan nebulosos como fascinantes. Y como tal, como recuerdos, Mizuki estructura su obra como pequeños retazos independientes, como memorias que llegan de forma algo inconexa, sin más relación que el pasado. Renuncia a cualquier estructura tradicional del relato para establecer un flujo natural de lo narrado, sin tener que someterse a la esclavitud de la necesidad de un nudo y desenlace, dejando que los recuerdos aparezcan con la misma imperfección que llegaron, a veces atestados de detalles, otras incompletos, variando el foco de la atención con la misma facilidad con la que la pierde el niño en su juego continuo. Hay quien puede decir que no pasa nada en NonNonBa, que es un relato vacuo y superficial. En mi opinión, lo que encontraremos es precisamente todo lo contrario: la plenitud de la infancia. Tan frívola y vacua como sugerente y atractiva, con esa mentalidad virgen y preparada para absorber todo lo que le rodea, sea verdad o mentira, capaz de fascinarse con una historia de fantasmas o con un juego entre niños.
Pero si sugerente es la historia del joven Shigeru en un mundo de fantasmas escondidos en las esquinas, más lo es todavía la inteligencia del Mizuki adulto para destilar en cada relato un fértil y prolífico segundo plano, contando las costumbres de un pueblo del Japón profundo antes de la Guerra Mundial, los complejos usos sociales y los primeros contrastes con la nueva civilización que esperaba apenas a unos pasos. Desde las relaciones familiares y los protocolos milenarios a la durísima realidad social, la asunción de la muerte con una escalofriante naturalidad o la trata de niños como una forma más de supervivencia.
Pocas veces una lectura puede ser más fascinante y satisfactoria: como pura ficción de imaginación desbordante o como durísimo retrato social de una época, como catálogo leyendas populares o como reflejo del nacimiento de la pasión por contar historias. Se mire como se mire, NonNonBa es una obra maestra, un prodigio absoluto de obligada lectura. (4+)
PD: Respecto a la edición de Astiberri, luces y sombras. Reproducción excelente y maquetación impecable que por fin resuelve la horrorosa elección de la repelente Comic Sans en la edición francesa. Sin embargo, no entiendo porqué no se han incluido las utilísimas notas de traducción de la edición francesa, que ayudan a contextualizar históricamente muchas de las situaciones que leemos o explica muchas de las tradiciones. Es una lástima, porque aunque no sean estrictamente necesarias, esas notas, junto a un buen artículo introductorio sobre la figura de Mizuki (y expertos tenemos), hubieran redondeado una edición casi perfecta.





Sería una pena que pasase desapercibido por las librerías españolas Rupay, de Luis Rossell, Alfredo Villar y Jesús Cossio. A partir de las conclusiones de la 




Charlie Parker vivió rápido y murió pronto, demasiado pronto. Escuchar Ornithology o su magistral versión de‘Round Midnight sigue siendo un placer indescriptible (quizás, sólo quizás, superado por su dueto con Miles Davis en A Night in Tunisia). Único. Cortázar hizo de Bird literatura vibrante, que trasladaba las notas del saxo a palabras en uno de los mejores cuentos de la historia de la Literatura, con mayúscula. Clint Eastwood demostró que podía dirigir con el pulso de los mejores clásicos cuando lo llevó al cine. Sólo quedaba que el dibujo, que alguien de la historieta se fijara en él. No ha podido ser. Pero casi. Las ilustraciones de José Muñoz para la edición que acaba de publicar del cuento de Cortázar son tan hermosas como la música de Parker.
No sé si estas palabras de Mario Benedetti estaban en la mente de Edmon Baudoin cuando se planteó hacer Arlerí, pero cada uno de esos versos tiene mucho que ver con esta apasionada declaración de amor a las mujeres que firma el dibujante. Su elegante trazo funciona como el verso de un poema, arrastrando sugerencias y evocando sensaciones. Se dibuja a sí mismo anciano, para hablar de sus amores ya olvidadas las pasiones, entablando diálogo con su último enamoramiento, una joven desnuda que alumbra su largo monólogo y actúa de contrapunto para que el autor se conteste e indague en sí mismo. Diálogos que nacen de una aparente espontaneidad que pronto se perderá, rompiendo la línea que une la ficción para entrar directamente en el discurso del autor, que a su vez romperá los límites de la historieta y de la página para invitar al lector a que entre en esta confesión sobre los propios amores.
Pero afortunadamente la medicina existe, se llama simplicidad, síntesis, sencillez… Una cura de humildad que nos recuerde que la necesidad real de la experimentación no es sacarnos del tedio, sino descubrir nuevas fronteras. Si alguno de los presentes necesita una dosis importante y rápida de ese remedio mágico, que no dude en comprarse el primer volumen de la edición integral de Gil Pupila, de Maurice Tillieux. Una obra maestra del tebeo francobelga, con una perfecta aplicación de las normas sin estridencias ni sorpresas, pero con una efectividad demoledora. Historias de género policiaco pasadas por el tamiz de la historieta francobelga, con su dosis de humor y un equilibrio perfecto entre la aventura juvenil y el guiño adulto. Una serie a reivindicar, de un autor prácticamente desconocido por estos lares pese a que la serie se publicara en la recordada revista Strong o tuviera un pequeño recorrido en álbum en edición de Casals. La amplísima y extensa introducción permite poner en escena a un autor que absorbió estilos (Hergé, Caniff, Jijé, Franquin, Morris…) para crear un estilo tan indeterminado como personal, a medio camino entre el realismo de Jijé y la caricatura de Franquin que se complementa con unas historias de construcción exquisita y que casi definieron por sí mismas una forma de entender el género (y si no, que se lo digan a Dodier). Perderse por las páginas de este integral de bella factura es recuperar el gusto por el tebeo que basa su calidad en la perfecta integración de lo sencillo, que va mucho más allá del simple oficio de artesano –tan habitual en el medio- para encontrar una buena historia contada con precisión y acierto, que basa su genialidad en lo invisible, en el buen argumento, por supuesto, pero también en la perfección del encuadre, del ritmo, de la puesta en escena. Que no es moco de pavo, oigan. Eso sí tirón de orejas a la traducción de la obra, pelín forzada en algunos momentos.
Una, la del suizo, que narra una aventura en los años 50 a medio camino entre el onirismo y las películas de espías de serie B de la guerra fría; otra, la del español, que se lanza sin red a la piscina de las referencias de la cultura (pop)ular de los lectores infantiles de los años 70. Premisas que, seguramente, las adjetivarían a priori como muy diferentes, pero que gracias a una lectura contigua en el tiempo desarrollan una particular relación entre ellas, retroalimentándose en el efecto sobre el lector (por lo menos en uno, el que esto escribe) y compartiendo finalmente mensaje único: la sutil relación entre ficción y realidad, ese tejido inconsciente que nos lleva de los sueños imaginados a las realidades vividas. Lo hacen, además, desde un juego de simbolismos consciente, en el que ambos autores dejan en el lector la responsabilidad de una interpretación que, obligatoriamente, será personal y aceptará con dificultad la traslación a otro lector. Sin embargo, ese universo simbólico que desarrollan resulta tener características propias en cada caso, ambas desde una perspectiva que nace en el imaginario colectivo de cada época considerada pero desde consideraciones alejadas. Peeters se centra en la década de los 50, en esa época de guerra fría donde los rusos (ergo los malos malosos en la interpretación mediática dominante en Occidente) estaban a la vuelta de la esquina dispuestos a comprar todos los secretos. Un escenario en el que la protagonista vivirá una experiencia onírica de clara raigambre freudiana, con símbolos y alegorías de obvia inspiración sexual (la vagina, el coito, la maternidad, el adulterio, entrar en un mundo distinto a través de una vagina…) que se codean sin problemas con otros de interpretación más clásica (la muerte, la vejez, el paquidermo reiterativo en su obra…) en un conjunto de evidente inspiración psicoanalítica. Onirismo como referente de análisis que se entremezcla con la realidad en una propuesta que no por previsible deja de ser atractiva, sobre todo por la ventaja añadida que lo gráfico aporta a lo simbólico en tanto impacto visual. Frente a la descriptiva literaria, el simbolismo representado gráficamente actúa de forma inmediata, sin la necesaria intervención de una interpretación que traduzca las palabras a concepto. Un atajo perceptual que evita las defensas de la razón y permite que el dibujo ataque desde un nivel subconsciente para propagar sus efectos con rapidez.
Pero Vizuete, si bien hace uso también de un cierto onirismo, cambia a Freud por Lévi-Strauss, los sueños por los mitos, por una mitología nacidos desde la cultura popular y representados a través de su última acepción, el género superheroico. Tres fantásticos seres reconocibles, que reescriben el clásico de Kirby y Lee en forma de experimento de reclusión que bebe sin prejuicios de las nuevas fuentes mediáticas de la cultura popular moderna, de Gran Hermano y J.J.Abrams. Expresado todo como en un experimento de narrativa fragmentaria, heredero de la naturaleza episódica de los tebeos de antaño, de cuando no existía el “decompressive storytelling” y en ocho páginas se podía contar una historia, pero aderezada con una síncopa propia de la histeria televisiva de hoy. Y así, con esos mimbres, Juaco teje una estructura que le permite ir deslizando todas esas dudas que el género provoca al lector en sus primeros contactos. El sexo, la personalidad real de los villanos, el enfrentamiento con el exterior como referente de todos los males… Un recorrido que parte de la representación canónica en puesta en escena para lanzar sus dudas como elementos simbólicos, que resumen el comportamiento de los personajes en ese miedo cerval a lo que hay fuera, a unas afueras que más que geográficas son psicológicas: la frontera entre la ficción y la realidad, entre la imaginación infantil contaminada de los pensamientos adultos –el omnipresente sexo- y una realidad a la que ese Peter Pan interno se niega a acudir, cómodo y seguro en su reclusión interior. Y, de nuevo, el contraste final entre lo imaginario y lo real, un jarro de agua fría que traslada la épica de lo imposible a las miserias de lo cotidiano que no deja de ser, en el fondo, una exploración mundana de las condiciones de la creación, de ese entorno del creador que siempre consigue trasladarse a la creación por fantástica que este sea.
La enfermiza obsesión de Jacques Tardi con la primera guerra mundial tiene un nuevo capítulo:
Edward Ray Cochran no se encontró al diablo en un cruce de caminos. Ni siquiera tuvo la suerte de ser uno de los primeros rockeros como su famoso homónimo. Fue alguien que quería vivir del blues y lo dejó todo en busca de un sueño. Abandonó a su mujer encinta, su trabajo, su casa y siguió los pasos de Robert Johnson, intentando que su voz y su guitarra fueran las que hablaran del gran “Meteor Slim” y no del pobre y desgraciado Eddie Cochran.
“Una constante que marcará las profundas diferencias existentes entre el movimiento underground que se originara en Barcelona y el que posteriormente se generará en Valencia, cimentado en forma definitiva con la vuelta a Valencia de Mariscal para realizar el servicio militar en 1975. Un año clave en el cómic valenciano, ya que con apenas unos meses de diferencia aparecerían dos publicaciones fundamentales para entender su evolución posterior.
la revista seguían fielmente la ortodoxia del relato aventurero que triunfaba en Francia en los 60, con un dibujo de estilo naturalista y temáticas de corte más juvenil, alejadas del modelo del cuadernillo clásico de las décadas anteriores, que conectaron rápidamente con el público español. Sin embargo, dentro de este contexto de sumisión a la ortodoxia, las historietas de Miguel Calatayud aparecían como un elemento sonoramente discordante. Su primera serie, «Peter Petrake» es difícilmente caracterizable dentro de los parámetros antes descritos, ya que temáticamente es una parodia de las películas de espías con toques de folletín de radio, con una mirada irónica que contrastaba con la del resto de series de la revista. Pero si difícil era que sus argumentos casasen con la línea redaccional de la revista, su universo gráfico sencillamente se encontraba a años luz del de sus compañeros. Mientras que las influencias de Hernández Palacios o Brocal Remohí se debían buscar en autores de fuerte formación académica como Jean Giraud, Harold Foster o John Buscema, Calatayud es una esponja que absorbe todas las vanguardias artísticas, desde el pop americano hasta las corrientes de diseñadores gráficos como Heinz Edelmann (responsable de la imagen gráfica del Yellow Submarine de los Beatles) pasando, por supuesto, por los movimientos artísticos que se estaban dando en la ciudad de Valencia. Sus historietas son una explosión de hallazgos, con la incorporación de elementos propios del diseño gráfico como recursos narrativos de la historieta y, sobre todo, con una magistral utilización del color como elemento clave en la secuencia gráfica. «Los doce trabajos de Hércules», su siguiente contribución para la revista, sólo haría que confirmar lo iniciado con su anterior trabajo y, pese a que su temática se suaviza, siguiendo una adaptación de la mitología clásica, su grafismo consigue una rúbrica propia y definida, consiguiendo una obra fascinante que, lógicamente, impactaría en los jóvenes creadores del Ademuz Km.6 y de resto de fanzines que aparecerían en la ciudad de Valencia de forma indeleble.”
Reconozco que la segunda parte de El Vecino me desconcertó. Tras el buen sabor de boca que me había dejado el estreno de la serie (la reseña se puede encontrar en los archivos de 
Tras la lectura de los dos volúmenes de la biografía de Yoshihiro Tatsumi, sólo puedo decir que me quedo con las ganas de leer más, mucho más. Resulta difícil destacar algo en particular de esta obra: su sabia dosificación entre lo personal y lo histórico, esa vista de reojo a lo que ocurría en la calle desde las paredes de un estudio o desde una pequeña editorial con ínfulas de revolución que definitivamente sí revolucionó el mundo, su visión de la industria y el arte… La lectura de Una vida errante ha sido apasionante y adictiva, pero me quedaría con esa forma sutil en la que Tatsumi o, mejor dicho, su alter ego Hiroshi, narra su evolución personal como autor, esa pasión que le ata a la página en blanco y le lleva a crear y crear, a fijarse en los autores a los que adora y cómo poco a poco busca un estilo personal y siente la necesidad de ir más allá, de “no hacer manga” y buscar nuevos caminos. Tatsumi consigue plasmar con elegancia esa imperceptible relación entre esos cambios lentos, esa evolución madurativa y las circunstancias de su biografía, desde sus relaciones personales y familiares a sus aspiraciones formativas y profesionales, revelando ese tejido invisible que forma la personalidad del autor, hilado a base de vivencias y sentimientos. Generalmente, en las autobiografías los autores se centran en los momentos claves, en esos puntos de inflexión que la memoria ha ensalzado como “el día que decidí…”, pero que no dejan de ser espejismos de un pasado reconstruido. Sin embargo, Tatsumi logra alejarse de sí mismo y tener una perspectiva mucho más pausada, capaz de fijarse en todos los pequeños ladrillos que conformaron su personalidad como autor. Cada detalle es ahora trascendente, son fragmentos que aislados parecen triviales pero que sólo en su conjunto adquieren significado.
Es verdad: Ed Brubaker se repite como el papel pintado. Incógnito redunda en esquemas y conceptos de Sleeper, mezclados hábilmente con las técnicas narrativas que ejercitó en Criminal. Relato negro combinado con superhéroes, personaje que cambia de bando, ambigüedades, traiciones… y una idea de partida, eso sí, tremendamente original: un servicio de protección de testigos para supervillanos. Pero el equipo funciona bien engrasado y el resultado es género entendido con micrométrica perfección, que entretiene y engancha desde la primera página. No es nada nuevo, cierto, pero tras la pérdida de fuelle de series como Daredevil o Capitán América, donde es evidente que Brubaker ya está en piloto automático, Incógnito es una recomendabilísima lectura, con una sólida historia que respeta al lector. Y eso, hoy, desde una industria que considera a los lectores como meros descerebrados a la espera de su ración de soma, se agradece mucho y demuestra que se puede hacer mainstream de calidad.
En el caso de La estación de las flechas, Guillaume Trouillard y Samuel Stento, podría repetir palabra por palabra todo lo que comenté con motivo de la aparición de Fueye, su ilustre predecesora. Esa transición entre una idea apenas esbozada, todavía virgen de todas las trampas que la narración planteara, y el libro final ya publicado es fascinante, magnética. Recuerdo perfectamente miedos similares a los que tenía con la obra de Jorge González: una idea originalísima que corría el peligro de quedarse en una anécdota graciosa si los autores no amarraban correctamente la historia. Y, de nuevo, sorpresa mayúscula ante los resultados finales: Trouillard y Stento despliegan en su obra una imaginación portentosa, que nace del humor absurdo para adentrarse en un western delirante, que bien habría podido firmar el gran Fred. Al igual que Philemon descubría los mundos que escondían las letras de Océano Atlántico, esta discreta familia que decide comprar una familia de indios en conserva para alegrar sus días descubrirá pasmada como su casa esconde nada más y nada menos que todo un escenario de western. Baños convertidos en lagos, pasillos en amplios valles, salones en inmensas extensiones… La lectura se va acelerando y casi sin solución de continuidad nos vamos introduciendo en una inmensa espiral donde es imposible adivinar qué nos sorprenderá en la próxima página. Siniestros funcionarios que intentan extraditar a la familia india, persecuciones por las amplias praderas, fontaneros que arreglan el desagüe de los lagos… el recuerdo de Fred nos ataca a cada página sin suponer la más mínima rémora, al contrario, traducido en inspirador constante que hace todavía más brillante el ejercicio de los autores. Con acierto, dejan que el ritmo se desboque para dejar al lector boquiabierto, contagiado de ese sentido de la maravilla que empapa todo el álbum.
Con Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti no existe ese componente de sorpresa, cierto, pero es que tras sus estimables colaboraciones en La Burbuja de Bertold y Gran Lienzo, sólo se pueden esperar cosas buenas de estos autores. Y Planeta Extra sigue perfectamente esa línea de recuperación de una forma de entender el género de ciencia ficción o fantástico que practicaran con éxito guionistas como Carlos Trillo o Ricardo Barreiro en los 80, usándolo como vehículo de un mensaje comprometido y social desde una aproximación costumbrista. Una historia familiar con muchos matices berlanguianos, encajada dentro de un mundo tan contaminado que la humanidad debe abandonarlo conseguirá el contraste perfecto para que Agrimbau desarrolle esa inteligente crítica de la sociedad y sus problemas que ya demostró en obras anteriores. Acompañado de un brillantisimo Ippóliti, que vuelve a demostrar unas impresionantes dotes camaleónicas para transformase ahora en seguidor del Miguelanxo Prado que nos fascinara con historias con las que guarda no pocas conexiones este álbum. Destaca, como ya es habitual, el acertado uso del color, que con esa paleta de rojos y naranjas traslada una atmósfera opresiva y sofocante, que se convierten en un protagonista más de la historia. No se puede evitar cierto regusto de historia “antigua” (¡Ay! Esta sociedad de prisas que transforma en viejo algo que apenas tiene 20 años), pero Agrimbau sigue confirmando que es uno de los guionistas más sugerentes e inteligentes del panorama historietístico, con historias que invitan a la reflexión desde el respeto al género. Se agradece (3).
El mismo razonamiento se puede aplicar al Génesis de Robert Crumb. Desde el primer momento, y sin estar siquiera publicada, la obra ha generado ríos de opinión que se han basado en la personalidad y trayectoria de su autor. Unos, esperando una parodia destructiva y mordaz que pusiera en ridículo uno de los libros básicos de la doctrina cristiana. Otros, pensando que por la misma razón sería una provocación, una ofensa herética con el único afán de reírse de sus creencias. Incluso muchos pensarían que el señor Crumb pagaba factura por sus muchos años de excesos psicotrópicos y definitivamente perdía el oremus, pasándose al bando de los fundamentalistas religiosos, que ya contaba con importantes miembros dedicados al arte del plumín. En todos los casos, el Génesis de Crumb había sido prejuzgado y sentenciado sin ni siquiera abrir una página. El pecado, ser la obra de uno de los autores más importantes de la historia del tebeo, verdadera fuerza motriz de una forma adulta de entender el tebeo.

La realización de un diario en historieta no es nueva, James Kochalka lleva ya casi diez años haciéndolo. Utilizar la historieta como mecanismo para purgar demonios internos es, de una forma u otra, una práctica bien conocida en el noveno arte, sobre todo desde los inicios del underground americano. Hacer un diario en viñetas con la excusa de haber dejado la marihuana puede ser un interesante ejercicio de sinceridad o un anodino ejemplo de onanismo exhibicionista. Pero si lo firma Moebius… puede ser cualquier cosa.
En Pluto, Naoki Urasawa demuestra que una serie puede ser estirada cual chicle con una única condición: mantener la tensión. Con una habilidad endiablada, va encajando misterio tras misterio, en una sucesión infinita que pone de los nervios al lector, pero le deja enganchado a la siguiente entrega. Urasawa se está permitiendo reescribir el clásico Astroboy de Tezuka incorporando elementos cinematográficos que van desde Blade Runner a El Silencio de los corderos, innovando a cada paso. El tradicional alargamiento artificioso e impuesto de las series más exitosas del manga es, sin duda, uno de los aspectos más enervantes de la historieta japonesa, pero Urasawa lo ha elevado a la categoría de magisterio no exenta riesgos. Buen ejemplo fue 20th Century Boys, una historia donde ese estiramiento hasta el infinito terminó por romperse frente a la solidez global de Monster. Quizás también porque la impresión final que se obtenía es que mientras en la aventura del Dr. Tenma tenía claro principio y final, rellenando el interior con una fórmula de serie televisva –en particular, El fugitivo-, en las peripecias de los amigos de Kenji partían de una brillante idea sin final decidido o que quedó sin sentido por el alargamiento de una trama que se obligaba al giro de 180º continuo. De momento, en Pluto, el disfrute de ese camino es ya de por sí aliciente suficiente para su lectura. (3)
Scalped debería ser similar en planteamientos a la serie de Urasawa, pero permite ver las profundas divergencias en los desarrollos argumentales y de concepción de las series en el manga y el cómic USA. La serie de Jason Aaron y R.M. Guera se posiciona en esta entrega como la más interesante que se está publicando en la actualidad, por encima de un autor de calidad incuestionable pero que están pasando por un pequeño (y esperable, todo sea dicho, es humano), Ed Brubaker. Frente a cierto debilitamiento de la fuerza inicial de seriales como Criminal, Capitán América o Daredevil, Scalped crece a cada entrega, con una estructura que huye de un único protagonismo para ir creciendo como una estructura coral de unos personajes de compleja caracterización. El cambio de foco sobre la figura de Cuervo Rojo permite mantener un tono con un interesante cambio de perspectiva (que no pasa por el ya tópico “rebobinado” para contar la misma historia desde la mirada de diferentes personajes), ahondando en una definición psicológica que sortea el maniqueísmo habitual para sorprender con una escritura tan ambigua como humana y, sobre todo, los desarrolla, haciéndolos evolucionar. Los dos relatos incluidos en La grava en tus tripas son magnéticos y emocionantes, pero tienen en su única contra la habitual incontinencia de las editoriales americanas, que obliga al baile de equipos creativos al más mínimo retraso. En este caso, el italiano Davidé Furno acepta el difícil reto de sustituir a Guera, que supera con nota gracias a un estilo de trazo diametralmente opuesto, de herencia del grabado con asimilación de lecciones modernas, que deja el conjunto extrañamente asimétrico pero sin restar un mínimo de interés. (3+)
Y para finalizar, la tercera entrega de Gus, donde Christophe Blain consigue definitivamente que este tahúr, ladrón y redomado ligón se nos antoje como adorable y de imprescindible lectura. Me reafirmo 
Beto sigue explorando nuevos caminos con la afortunada excusa de seguir la carrera como actriz de Fritz, una de las protagonistas de Palomar. Un argumento que le permite dejar de lado una historia que le apresaba y en la que ya daba muestras de agotamiento para probar y descubrir nuevas formas de expresar sus ideas. Tras la brillante
La verdad es tras
El comienzo de curso está siendo un poco complicado y mi empacho de boloñesa (que ya me gustaría que fuese debido a los excesos con la pasta, y no con los futuros planes de estudio) está haciendo que me retrase en todo, como por ejemplo con las reseñas de la colección de Clásicos del Humor, que ha entrado en una etapa simplemente imprescindible. Tras varios volúmenes dedicados a personajes de los 70 y 80 con los que servidor, debo reconocer, no conecta demasiado (aunque entre ellos se encontrara esa joya del tebeo infantil que es el Pulgarcito de Jan), los dos últimos hacen un pequeños pupurrí de personajes absolutamente delicioso. La semana pasada, los personajes más inocentones llenaron un volumen de magisterio historietístico, con Vázquez a la cabeza y dos genialidades como La Abuelita Paz y el surrealista pero vitriólico Ángel Siseñor. Sin embargo, personalmente creo que ese volumen pasará a la historia del tebeo gracias a la inclusión de casi todas las planchas de la monumental La adormilada vida de Morfeo Pérez, de Conti, una especie de versión berlanguiana de Little Nemo interpretada a modo de Walter Mitty patrio. Indispensable.
Por su parte, aunque su lectura resulte al final agridulce y muy alejada de los grandes momentos de este autor, mucho más interesante es la adaptación del clásico de William Lindsay Gresham, Nightmare Alley. Una obra con largo recorrido, nacida de un proyecto de traslación de novelas de género a la historieta dirigido por Art Speigelman de resultados tan escasos como importantes: la colección Neon Lit se estrenó con la fundamental adaptación de La ciudad de cristal de Karasik y Mazzucchelli, y se prolongó después con la de Perdita Durango, pero tuvieron que pasar casi tres lustros para que viera la luz este tercer libro. A priori, el atractivo de tener al combativo Rodríguez al frente de la adaptación no podía dar mejores referencias: el potente libro de Gresham ya contaba con una extraordinaria traducción a la gran pantalla dirigida por Edmund Goudling (con un Tyrone Power en una de sus mejores interpretaciones), pero las imposiciones de la época obligaban a una cierta edulcoración de los comportamientos de los personajes y del mensaje final que restaba contundencia al pesimista argumento original (sin que eso evite que El callejón de las almas perdidas sea una excelente película de obligado visionado). La sordidez de los escenarios, ese viaje al lado más oscuro de la miseria humana que Gresham ejemplifica con la vida del timador Stanton Carlisle, eran el caldo de cultivo perfecto para que Rodriguez expandiese su siempre combativa y cáustica visión de la sociedad americana, perfectamente plasmada en la comentada Trashman. Sin embargo, es evidente que el encargo quizás llega tarde: acostumbrado a la historieta corta, esta adaptación de más de 130 páginas obliga a cambios fundamentales en la concepción narrativa del autor que no llegan a cuajar. La austera composición elegida de cuatro viñetas por página, radicalmente distinta a su habitual planificación libre y exuberante de la página, encorseta en este caso en exceso la narración, afectada también por un respeto reverencial por el texto original le lleva a incluir largos párrafos que lastran el ritmo. Es evidente que el autor no encuentra su encaje durante la primera mitad del libro y la lectura se hace algo tediosa –incluso confusa en algunos momentos-. Afortunadamente, el peculiar estilo de dibujo de Rodríguez, de anatomía acartonada y tosca pero con un entintado limpio heredado de Wally Wood, logra una atmósfera enfermiza que se acopla como un guante a la historia (aunque sea evidente que el autor ya no tiene el pulso de antaño). Poco a poco Rodríguez va encajando las piezas y en la segunda mitad la narración toma otro ritmo. Pese a mantener los largos textos, va acoplando sus elecciones narrativas a las necesidades del duro relato de Gresham, que va ganando protagonismo para fortuna del dibujante: la fuerza de la novela es tal que la literalidad de la adaptación, antes lastre de la historieta, se convierte en un punto positivo para el global del libro. El inmisericorde retrato de las mezquindades humanas es capaz por sí solo de mantener el interés del lector y minimizar las elecciones menos afortunadas del dibujante.
Soltero, con una vida rutinaria que se resume en el camino de su trabajo en la peluquería a su casa para soportar a su posesiva madre (ejemplo y definición perfecta de ese concepto tan adorado por los psicólogos de “madre castradora”). Televisión, un único amigo con el que compartir algunos momentos y, desde que le abandonó su novia, su única compañera sexual es su mano. Vincent es, posiblemente, el ser más anodino y aburrido que hay en el mundo. Sin embargo, un día, descubre a Rosalie Blum. Una joven que le prendará, ocupará sus pensamientos y cambiará su vida.
Aprovecho la nueva edición de Panini para releer la miniserie de Escuadrón Supremo, firmada por Mark Gruenwald y dibujantes como Bob Hall, Paul Neary o John Buscema. Un tebeo que indaga en una interpretación realista del género superheroico, explorando sus límites y considerando a los héroes no como los entes de maniquea perfección de la Golden y Silver Age, sino como seres ambiguos y sujetos a las mismas miserias que el resto de la humanidad. Héroes que se arrogan el derecho de decidir qué está bien y qué está mal, convirtiéndose en espejismos deformados de los dioses en los que se basan.
La segunda, la poca profundidad y definición psicológica de los personajes. Gruenwald intenta denodadamente incluir conceptos y comportamientos claramente adultos, que en muchos casos recordarán a esa chispa primigenia de esta nueva aproximación que fue el Miracleman de Alan Moore, pero termina siempre enfrentado a unas actitudes heredadas de planteamientos anteriores. A priori, no sería mayor problema: el contraste entre ese maniqueísmo de los años 50, 60 y 70 nacía de la clara vocación infantil y juvenil del género (impuesta si se quiere, por el Comics Code, pero asumida plenamente por la industria), por lo que enfrentar lo que hasta ese momento era una de las particularidades del género con un pensamiento nuevo, adulto, podía derivar en una interesante metareflexión sobre la evolución del género. Introduce, por ejemplo, la mortalidad y el sexo como elementos naturales, frente a su presencia casi tabú en el género (es curioso como antes de este cambio, las pocas muertes de personajes eran tratadas como eventos cruciales, traslación en cierta medida de la asunción de la muerte como definidor de la maduración del joven), pero su tratamiento choca con el uso de todo tipo de clichés y tópicos en la caracterización de los personajes, a veces derivando en un ridículo anacrónico. Gruenwald intenta seguir, en cierta forma, el camino de planteamiento realista que O’Neill y Adams ya habían iniciado una década antes, pero su melodramatismo exagerado y teatral, perfecto para las excelencias gráficas de Adams, se queda aquí excesivamente antiguo y, además, lastrado por esas gestualidades impostadas de las que hablaba antes.
¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?¿Dónde vamos? Tres simples preguntas que esconden el mayor reto de la humanidad. Llevamos buscando una respuesta a esas tres preguntas desde que la evolución encendió la chispa del pensamiento racional y han sido, son y serán el detonante de todo movimiento filosófico o religioso, empeñados en justificar que la causalidad es algo más que una percepción netamente humana. Enfrentarse a ellas forma parte natural de la evolución del ser humano, una especie de deuda pendiente con ese regalo de la aleatoriedad genética que fue la inteligencia, pero también según se mire, un intento de ambición desmedida o de ignorancia atrevida. Cuando un autor se pone delante de estas tres preguntas, el afán de trascendentalidad se convierte muchas veces en un único motor que eclipsa completamente el sentido común, transformando la reflexión en un duro ladrillo de difícil digestión e ínfulas de importancia.


Una obra que se retrae al origen del personaje de Rob-Vel e intenta ser el inicio nunca contado de este personaje, pero que finalmente desarrollará un fascinante y complejo análisis del proceso de maduración. No son pocos, en ese sentido, los paralelismos que encontraremos entre esta obra y su anterior experiencia con Regnaud, Mi mama está en América. Si en aquélla se plantea el sutil y delicado momento en que se pierde la infancia, en este álbum de Spirou asistiremos a ese momento que significa el fin de la adolescencia, la asunción de la madurez. Bravo lo escenifica, además, en una propuesta triple: por un lado, la maduración del adolescente a través de ritos de paso sociales: el primer trabajo o el primer beso, representados por Bravo con una sensibilidad exquisita, en la que es posible captar perfectamente los matices que diferencian la ingenuidad infantil de los primeros reflejos del incipiente adulto. En segundo lugar, por la cuestión histórica, que se enmarca un año después de comienzo de la serie, en 1939, y en los momentos previos a la invasión alemana de Polonia. Y por último, en un requiebro ya genial, en el aspecto ficcional, dotando a Spirou de un pasado coherente y lógico, en el que comprenderemos desde su vocación por la aventura hasta su amistad con Fantasio o las razones que hacen de Spip una ardilla pensante. Tres rutas que, lejos de ser dispares, no sólo corren en paralelo, sino que van entrelazándose hasta formar una única y vital historia. La ficción se aglutina a la realidad, formando una única línea de sorprendente verosimilitud: Spirou deja de ser una invención para ser parte de lo real. Comprenderemos su sempiterno uniforme de botones, se identificará con su época hasta el punto de desarrollar un genial paralelismo con el reportero del Petit Vingtiéme, con inspirados momentos que conectarán además al personaje de con el autor de Tintin. Es simplemente genial ver cómo Bravo resuelve de un plumazo las acusaciones de racista, fascista y colaboracionista que recibía Hergé con las propias incertidumbres y vacilaciones de un joven belga de esa época. Y, sobre todo, la pasión por la aventura tendrá un sentido, natural, que nace con una aplastante sencillez como resultado de pasar esa línea invisible entre lo adolescente y lo adulto.
Lo recuerdo rápidamente: hablaba del trío de amigos que representaban el movimiento de historieta indie de los 90 y comentaba que “Seth encarnaba la parsimonia, el sosiego y la introspección frente a sus compañeros Chester Brown o Joe Matt, que abordaban una historieta de corte autobiográfico desde una visión realista, ya introspectiva y casi surrealista en el primero en Yummy Fur, ya ferozmente irónica en el segundo con Peepshow. Sin embargo, Seth tomo una línea diferente, un camino que podía llevar al mismo lugar pero que era bastante más complejo: la ficcionalización de su propia vida como punto de partida de su análisis. En Palookaville, comenzó la serialización de “It’s a good life if you don’t weaken” (La vida es buena si no te rindes), la historia de la búsqueda de un humorista gráfico de prensa de mediados de siglo por el propio autor. Seth construye la vida del imaginario Kalo como espejo donde mirarse, donde reflejar sus propias vivencias de forma tangencial a través de la investigación tras la ficción. Seth habla de sus problemas, de su trabajo, de sus relaciones personales, pero nunca en primer plano. Alza una estructura formal sencilla pero que cumple su función de ocultar a la primera visión el objetivo real de su narración, dejándonos entrever tan sólo, sugerir más que mostrar…Es el lector el que se transforma en parte activa para ver más allá del relato sobre Kalo, en llegar a ese segundo nivel de lectura. “

De nuevo un ejercicio de biografía imaginaria -esta vez de un presentador de televisión- que sin la opresión de las formas tradicionales, se deja llevar por un tamaño gigante que le permita juegos formales continuados que van de las grandes viñetas únicas a la multiplicación ad infinitum de viñetas minúsculas, llegando incluso al atrevimiento de apostar por escapar fuera de las dos dimensiones de la página con imágenes tridimensionales de los edificios donde se desarrolla la acción. Elementos gráficos que son combinados con acierto con un planteamiento narrativo de múltiples perspectivas que usan las entrevistas, los flahsbacks, los saltos, los esquemas o incluso evocadores imágenes gigantes de base simbólica… Todos tratados con un planteamiento visual diferenciado. 

Hace apenas unos meses aparecía publicado por primera vez en España Me acuerdo, la obra de Joe Brainard que reconstruye el pasado con una fórmula tan sencilla como evocadora: simples frases que apelan a la memoria personal para recordar. Memorias dispersas, recogidas cas azarosamente con ese bucólico inicio – “Me acuerdo..” – como único punto de unión que cohesiona alrededor de la conciencia del que cuenta sus recuerdos. Son a veces llamadas a la catarsis nostálgica entre lector y autor. Otras simplemente momentos tan íntimos que el lector prefiere pasar con puntillas, casi sonrojado por la desvergonzada violación de ese espacio íntimo de memoria. Una fórmula tan perfecta que muchos después se la apropiaron, como Georges Perec para confeccionar un retrato de la cotidianeidad de su generación, más referencial, o ahora la autora libanesa Zeina Abirached, que los traslada al lenguaje de la historieta. No era la primera vez que ahondaba en la memoria:
Aprovecho la edición en castellano por Astiberri de la maravillosa Gentleman Jim de Raymond Briggs para recuperar la reseña que hice con motivo de su edición americana, coincidiendo con que poco antes
gusto cultural nos ensarta con sus flechitas, que no son tan irracionales como las de su colega Cupido, pero casi: comienzas a pasar páginas y cuando te das cuenta estás leyendo con gula, devorando viñetas y dejándose llevar para dejar eso de los argumentos para otro momento. Me pasó con el coreano con Chassés croisés, la primera obra que descubrí de este autor en su edición francesa de Casterman. Como buen gafapasta amante de lo mal dibujado, me llamó la atención el estilo naif de brillante colorido y pensé que podría ser una versión coreana de Yoshito Usui, razón más que sobrada para darle una oportunidad. Pero lo que no me podía esperar es que tras esa simpleza formal me iba a encontrar unos personajes profundos, delineados con toda la fuerza de la complejidad humana. Lo que contaba no era nada extraño, historias de amor sencillas, pero plenas de una sensibilidad muy especial, con personajes supurando sinceridad en sus sentimientos y palabras. Y me gustó que esos dibujos apenas esbozados, sin marco que les rodee, formaran un fluido continuo y orgánico, de naturaleza vertical que sería interminable existencia en un webcómic pero que la página obliga a cortar en pequeños bocados de vida. Y me gustó que sus diálogos fuesen de una elegante naturalidad, sin que parezcan el impostado discurso de un monologuista. Pero sobre todo, me gustó que sus protagonistas que no fueran personajes. Eran personas de carne y hueso. Tan simple y tan difícil como eso. Un tebeo que era difícil dejar de leer y que me dejó con
muchas ganas de seguir leyendo obras de Kang Full. Estaba yo dispuesto a pedirme todo lo publicado por Casterman cuando Planeta comienza a publicar El idiota, donde Kang Full cambia de escenario pero mantiene intacta esa capacidad de empatizar con el lector a través de personajes reales y tangibles. Vuelve a montar un castillo con pequeñas piezas simples, contando la historia de Ji-Rho, la brillante pianista que un día decide volver a su país para buscar respuestas que sólo encontrará en Seung-Lyeong, el tonto del pueblo, el idiota. Con la misma sencillez con la que dibuja, Kang Full se atreve a reflexionar a través de sus dos protagonistas sobre lo que queremos en esta vida, lo que esperamos de ella. Y, otra vez, esa sensibilidad. A medio camino entre la ternura y la crueldad de la verdad, pero llevada con una delicadeza que recuerda en momentos a Yoko Ogawa o a Inoué.
No sabría explicar muy bien la mezcla de ansiedad y pánico que tenía ante la anunciada sexta entrega de Los Pasajeros del Viento. Una serie fetiche, grabada a fuego en mi particular Olimpo de series favoritas y con unos personajes fetiche, recordados y mitificados hasta la saciedad… Razones más que sobradas para esperar – casi anhelar- la continuación de la serie casi cinco lustros después de su finalización, pero que se enfrentaban a la realidad de la tremenda decepción sufrida con la última entrega del ciclo de Cyann, con un Bourgeon desdibujado y muy lejos de sus mejores momentos. La razón me hablaba de un dibujante que había perdido ese “feeling” particular que tenía con el lector, la esperanza contrarrestaba pensando que el largo periodo de parón artístico, debido a las luchas legales en las que se vio enredado el dibujante, pasaba su factura y que sólo era necesario volver a coger tono y para que se cumpliera el refrán “el que tuvo, retuvo”. Quedaba, eso sí, otro miedo lógico: la experiencia dice que retomar series cerradas suele atender sólo a razones económicas, no creativas, y sus resultados suelen ser siempre menores, por no decir abiertamente que malos. ¿Sería ése el destino de mi amada Isa?
Llega el turno de uno de los volúmenes más importantes de esta colección: Pascual, criado leal. Es la primera vez que la obra de Nadal es protagonista de un recopilatorio con esta extensión, recuperando y reivindicando a uno de los grandes autores de la “primera generación” de Bruguera que, debido a su precoz retirada, nunca ha tenido la repercusión de sus compañeros. Nadal fue el creador de series tan interesantes como la incluida en este volumen, Casildo Calasparra o Rosita la vampiresa, en las que dio muestras sobradas de su gran capacidad para el costumbrismo humorístico y, sobre todo, de la elegancia de su dibujo. Su facilidad para dibujar espectaculares mujeres le llevaría pronto a ser el equivalente español de Divito, traduciendo las conocidas “Chicas de Divito” de la argentina Rico Tipo a las patrias “Mujeres de Nadal” en DDT.
Un oficinista ya maduro, bajito, gordito y con cabeza despoblada que se evadía de la realidad convirtiendo la puerta de cualquier baño en un escape de la realidad. Un argumento en apariencia tan antiguo como la cultura misma, casi metareferencial, en tanto una de las funciones de la imaginación creativa es dar caminos de huida de la realidad, pero que en manos de Trillo y Altuna fue algo distinto, muchísimo más mordaz y peligroso. López, retrato del ciudadano medio, tenía el inmenso poder de escapar para vivir aventuras imaginarias sin par, convertirse en el héroe de las leyendas o en el latin lover deseado por las mujeres más hermosas, la mayor quimera que un humano puede aspirar: lograr que sus sueños sean realidad. Sin embargo, todos sus flirteos con los mundos que esconden las puertas de baño esconden terribles efectos secundarios, que le obligarán siempre a volver a la realidad para descubrir que Calderón tenía razón, que los sueños, sueños son y que la realidad es un lugar pavoroso, pero el único que tenemos. No es una simple caída de cama tras soñar con Slumberland, es un golpetazo de existencialismo sartriano que, posiblemente, sólo podía ser creado por argentinos en los años 70, bajo la presión de una dictadura política que cercenaba sin diferenciar vidas y opiniones, pero asimilando las enseñanzas de Borges y Onetti para explorar ese terreno ignoto de la esperanza humana. La evasión es casi una necesidad del ser humano, pero también puede ser un camino sin vuelta, un refugio cálido desde el que la realidad se ve como un lugar escalofriante. Puede ser un juguete con el que refrescar la inteligencia, pero también un cuchillo de doble filo que lleva a la misantropía. Los baños son el Santa María particular del Sr. López, donde se refugia cuando su mundo se torna insoportable -curiosa paradoja que convierte el lugar proscrito y humillante de nuestra sociedad en la salvación-, pero del que debe volver siempre, obligando al enfrentamiento entre realidad y ficción que buscan sus autores. Sus ficciones son parábolas de las situaciones del mundo real, a veces amargas, otras dulces, pero no quieren que se conviertan en una cama del mundo real de la que asusta salir, sino obligar a la reflexión: la realidad es lo que tenemos, lo que nos rodea nos guste o no, las circunstancias que definen la persona. Sólo existe el camino de enfrentarse a ella.
Vale, admito que a priori el título del último álbum de Riad Satouff parece estrictamente un ejercicio literal de onanismo historietístico. Y recalco lo de “literal” por la casi correcta interpretación semántica: mientras es habitual achacar a los autores independientes que el tema autobiográfico se está convirtiendo en una suerte de florida contemplación inútil y vacua de su ombligo, en este caso el dibujante tira de su infancia en Siria para bajar un poco su mirada y contemplarse la polla. La polla. Como lo leen. Bueno, más exactamente el prepucio. O más bien sus últimos días, así que nadie se imagine una reivindicación de los atributos masculinos al estilo Richard Corben, porque lo que hace Satouff en Mi circuncisión es recordar su traumatizante experiencia de la tradicional extirpación del prepucio que se realiza por aquellas tierras, narrada a modo de cuento infantil y desde la perspectiva de un niño que no tiene muy claro si la cirugía le acercará más a su admirado cimmerio, a un Mazinger Z gigante o a la madurez. Y así, el apriorismo que comentaba se queda en nada cuando uno se va sumergiendo en esta divertidísima revisión de las costumbres sociales de Oriente Medio, retratadas desde una ácida perspectiva. También se podría decir, con lógica incluso, que existen muchas conexiones entre esta obra y lo que ya se podría denominar el subgénero “Persépolis” que iniciara Satrapi (ya saben, acercamiento al oriente medio desde la visióninfantil) y luego seguirían Wild, Abirechad, etc, pero el contundente y corrosivo humor de Satouff lo distancia y favorece, a mi entender, un discurso mucho más crítico y jugoso, demostrando que el dibujante se mueve mucho más fructíferamente en la reflexión hacia su entorno o pasado que en el humor de series más tópicas como Pascal Brutal. En cualquier caso, una lectura divertida a la par que interesante e instructiva. Por lo de conocer las costumbres de otros lugares, claro. (2)


