Let’s to the taciturnos procesos de un oficinista bipolar
En estos días me siento cual conejo blanco corriendo con un reloj en la mano al grito de “¡Llego tarde! ¡Llego tarde!”. Las lecturas pendientes se van acumulando y las pocas que puedo hacer engrosan sin remedio la lista de reseñas prometidas que nunca llegan. Que Lorentz y compañía dirían lo que dirían del tiempo y su plasticidad, pero juro por Snoopy que, ni trabajando a la velocidad de la luz, el tiempo se dilata lo más mínimo. Cada vez me falta más. Y lo que te rondaré, morena (ya os contaré en lo que ando metido…).
Así que aprovecho eso que dije de hacer las cosas más informales para lanzar una megaentrada de tebeos que hay que recomendar antes de que acabe el año o me da algo.
El primero, por tamaño y enjundia, Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo. Primorosamente editado por Bang y del que ya han dicho cosas muy buenas por aquí y allá, demostrando que el libro es importancia. Y vaya si lo es, porque leerse las, más que aventuras, desventuras de este pequeño oficinista es lo más parecido que se puede tener a la experiencia de una montaña rusa leyendo un tebeo. Subidas y bajadas a toda velocidad que ponen la adrenalina a buenos niveles y que, sobre todo, son tan divertidas que uno no puede menos que dar la vuelta y volverse a poner en la cola. Lo que en este caso es fácil, basta con volver a abrir las páginas y dejarse llevar por ese ciclo infinito de desventuras. No es fácil lo que hace Domingo: parte de una estructura fija, una viñeta muda con disposición casi repetida (la figura del pequeño oficinista casi siempre en el centro), plano fijo y perspectiva axonométrica por la que desfila un delirio a modo de cinta sin fin. Se podría hablar de surrealismo, de locura, de zambullida en los mitos de la cultura pop y de masas y de mil cosas más, pero yo me quedo con ese subidón de buen humor que deja de poso el libro, con las horas y horas que se pueden perder en cada viñeta, descubriendo los mil y un detalles de esta imagen dinámica de los caprichos del destino. Tiene un aire a videojuego antiguo, de esos que servidor jugaba hace 20 años en el MSX, de aquellos añorados juegos “Filmation” como Head over heels o Batman, del aquél Boulder Dash que obligaba al movimiento continuo sin saber qué había en la pantalla siguiente (sorry, servidor es en esto de los videojuegos un dinosaurio artrítico que nunca supo adaptarse a los tiempos modernos, uno apenas ha salido de las moscas y las partidas de a duro). Recuerda, claro, a Yokoyama y su movimiento perpetuo, pero es otra cosa: si el japonés extrae la esencia del movimiento, Domingo lo usa precisamente para lo contrario, como guía para ir deteniéndose en cada una de esas inmensas viñetas que describen detalles tan nimios como importantes. Aunque puestos a buscar, encontrarán influencias de Dave Cooper, de Álex Fito, de Max, de Chris Ware, de Toriyama, de Trondheim, de Blanquet… Quizás porque parte de este juego infinito es también encontrar todos esos referentes, todo este inmenso bucle infinito que es la cultura popular y en el que Domingo te mete sin remisión. Buenísimo, oigan.
Más de por aquí: La bipolaridad del chocolate, confirmación de que a Ximo Abadía ya hay que llamarle Don Ximo, con respeto y reverencia. Porque ya sólo por el título llama a la curiosidad, aunque luego resulte ser una trampa maquiavélica para que entremos en un juego arriesgado: el de reescribir los cuentos. La aventura del niño Jan y su amigo invisible es un relato construido a modo de patchwork de otros miles de historias, de cuentos y leyendas que se cuentan a los niños, pero digeridos a la manera de Don Ximo para componer algo distinto, una historia que a veces parece va a entrar en honduras trascendentales para a la página siguiente convertirse en algo nuevo que recuerda a Collodi, para después volver a reflexionar sobre esos episodios de niño que comienza a crecer. Inocente en una página, cruel en la otra. Quizás la palabra que mejor lo define es la desconcertante, tanto como esa infancia que retrata, sacando de ahí un atractivo que en algunos momentos es irresistible.
Con Las fabulosas crónicas del ratón taciturno, Martín Romero se licencia con méritos en eso que se llama la narración larga. Una historia que hay que leer de forma paralela al reciente Sangre de mi sangre de Lola Lorente, en cuanto ambos comparten estructuras y argumentos similares: al igual que la alicantina, toma antiguas publicaciones como La ratonera o El Lobo para construir una nueva historia que se centra en la pérdida de la infancia, en esos momentos en los que el niño pierde definitivamente la inocencia. Sigue también un camino de simbolismos insinuados, de juegos con la amistad extraña y de golpes con la verdad de la vida… Muchas coincidencias, cierto, pero este ratón taciturno es una lectura diferente, completamente distinta, que demuestra la riqueza de esta generación de nuevos autores que nos espera. De hecho, creo que es muy recomendable la lectura paralela de ambas, extraer un valor añadido a partir de la comparación de experiencias y universos personales, de esas visiones tan similares pero tan disparejas a la vez, no ya sólo por la evidente diferencia de estilo gráfico y narrativo, sino por la propia aproximación tan desigual que hacen a la muerte como rito de paso, a la amistad, a la imaginación como elemento nuclear de la niñez. Cada perspectiva resulta tan singular como interesante, casi jugando a aquél experimento que proponía Matt Madden contando 99 veces la misma historia para encontrar 99 caminos a recorrer, pero esta vez con la dificultad de una trayectoria larga y de obligada reflexión. Otro a la saca.
Sigo. Esperaba con ganas la edición en papel de Let’s Pacheco!, ese excelente webcómic que no me canso de recomendar, pero los de ¡Caramba! me han obligado a exclamar el nombre de su editorial con asombro y alegría cuando he descubierto que Let’s Pacheco! Una semana en familia es una historia completamente inédita, que parte como es obvio de las andanzas narradas en la web para detenerse en una semana de la singular familia Pacheco. Anécdotas cotidianas que las hermanas Pacheco saben llevar al papel con desvergüenza y frescura, dominando ese extraño y esquivo arte del gag a partir de diálogos bien armados. No es fácil mezclar un poco de ternura con otro tanto de mala leche para conseguir que el lector se divierta, pero ellas lo hacen, hasta el punto que esa supuesta extravagancia de la familia Pacheco, en el fondo, nos recuerda un poquito a la de la nuestra.
Más cosas, dejo los tebeos patrios y me quedo con un par de allende Pirineos. El primero Háblame de amor, de Robert Crumb y Aline Kominsky- Crumb, que recopila las historias hechas al alimón por la pareja demostrando varias cosas, a saber: que Crumb es un genio de la historieta, acompañado o en solitario y que las historias de amor son historias de amor aunque los protagonistas sean los referentes del movimiento underground. Que es verdad que nada hay normal, aparentemente, en la relación de estos dos y que si las Pacheco calificaban las andanzas de su familia de extravagancias, las de la familia Crumb se quedan sin calificativos que siquiera se aproximen ni de lejos pero, en el fondo, lo que nos cuentan Robert y Aline es nada más y nada menos que una historia de amor. Y bonita, oigan.
Punto final por hoy: El proceso, de Franz Kafka, reencuentro con una de mis autoras favoritas, Chantal Montellier, de la que no sabíamos nada desde aquellos años de Metal Hurlant. Era autora arriesgada, de atracción por las desviaciones de la sociedad desde una posición comprometida. Eran los tiempos de Andy Gang, de Shelter, de 1996, en los que rescribía la realidad circundante o creaba dixtopías que daban nuevas lecturas a las clásicas de Huxley u Orwell. Su mirada era siempre incisiva, planteando las reacciones extremas de una sociedad que pierde los límites, por lo que no me extraña que haya llegado a la perturbadora epopeya de Joseph K. Una obra asfixiante en la que muchos ven una parábola sobre la locura de una sociedad que pierde su humanidad sumida en una burocracia agigantada que toma vida propia y que Montellier adapta con la ayuda de David Z. Mairowitz. Y, pese a que hace años que no leía nada de ella, me he rencontrado con esa visión inteligente y atenta, llena de matices y sugerencias para reflexionar. Pese a su claro compromiso, la autora no suele caer en el juicio sencillo, prefiere mostrar las cartas y dejar al lector ante el precipicio de la decisión. No esconde su opción, pero deja libertad para la interpretación y el debate.
Sin embargo, la adaptación de Kafka suponía un reto frente a otras obras de la autora: si antes miraba de reojo a las dixtopías literarias, ahora adapta fielmente el relato original a partir de las pautas marcadas por Mairowitz. Un corsé del que la autora se libera a través de un planteamiento gráfico agresivo que se basa en las enseñanzas de Spiegelman. Al igual que aquella historia realizada con recortes de caras de tiras de prensa, la faz de Joseph K. irá poco a poco convirtiéndose en una especie de careta recortada que representa al propio Kafka. A medida que la burocracia deshumaniza al personaje, la careta es cada vez más evidente: el individuo pierde toda expresión de individualidad ante la apisonadora, pero paradójicamente con la cara del autor la que toma su lugar. Montellier exagera el juego simbólico habitual de sus anteriores obras y logra aquí una angustiosa e inquietante adaptación del clásico de Kafka. A ver si se animan las editoriales españolas a recuperar la extensa obra inédita en castellano de esta autora…
¡Que tengan ustedes un feliz año! :)
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El fotógrafo
Cuando leí por primera vez El Fotógrafo me impresionó la constante experimentación que Guibert realizaba, con esa particular integración de la imagen real con el dibujo que aportaba una lectura novedosa al enfrentamiento entre la realidad y su interpretación gráfica. No era nuevo, el uso de fotografía dentro de la historieta ha sido habitual, tanto como simple recurso gráfico (ahí están las psicodélicas experiencias de Jack Kirby, que conseguía a través de la inclusión de elementos fotográficos dar al lector una perspectiva única de sus galácticas visiones) o como elemento narrativo, ya a través de la referencia a ese medio de parentesco cercano que es la fotonovela, ya a través del juego de enfrentamiento realidad/ficción (sin ir más lejos, hace poco pudimos ver este uso en l excelente obra de Rayco Pulido, Sin título). Sin embargo, Guibert conseguía encontrar un camino distinto, en el que el uso de las fotografías de Didier Lefèvre aporta al lector un contraste inesperado: frente al habitual recurso a la fotografía como reflejo de la realidad, en el relato orquestado por Guibert las fotos aparecen como un elemento casi ficticio, que se enfrenta directamente a la realidad, a la verdad que marca el relato dibujado. El peso de lo real lo marca la narración gráfica contando el devenir cotidiano de la misión de Médicos sin Fronteras, pero las fotografías logran un halo sorprendentemente ajeno. Es difícil expresar la sensación de confusión que produce, como una ilusión óptica inexplicable que obliga a nuestro cerebro a hacer un quiebro ante lo que ve. Pero no es fácil: ya sea por el uso del blanco y negro o por la ausencia de textos, las fotos parecen una añadido irreal, una reinterpretación imaginaria (¿artística quizás?) de lo contado en historietas.
Un primer choque que pronto se iba diluyendo ante la fuerza de lo contado: la entrega de los voluntarios de MsF durante la ocupación soviética en Afganistán. A medida que avanza el relato, Guibert va componiendo con inteligencia un retrato que va de la visión ensimismada del turista a la comprometida del protagonista en primera persona de un drama. Los primeros pasos de Didier con el grupo de médicos son más un documental de Lonely Planet, casi una jocosa relación de las anécdotas cotidianas del descubrimiento de costumbres, ese “choque de civilizaciones” tan habitual de los programas de viajes que no deja de ser una visión condescendiente e incluso paternalista del turista occidental. Y como partícipes de esa mentalidad, nos reímos o nos sorprendemos ante las descripciones que hace Didier de esas costumbres, incluyendo la obligada referencia escatológica a la forma de resolver las necesidades fisiológicas más básicas en un entorno como aquél. Sin embargo, a medida que va avanzando la historia, se produce una lenta mutación: Didier va cambiando, y con él, el tono del relato. Hay un cambio real, físico, pero también uno íntimo, psicológico, que Guibert va desgranando con sutileza, convirtiendo a El fotográfo en un diario de la transformación de Didier a Ahmaddiya. El turista accidental pasa a ser casi un afgano más, que sufre en sus carnes la dureza de la subsistencia diaria: ya no hay sorpresa ante lo desconocido, sólo queda la necesidad de sobrevivir al hoy para poder tener un mañana.
Las más de 4000 fotos que Lefèvre realizó (de las que tan sólo 6 vieron la luz en el periódico, paradojas de la prensa) eran una buena base para construir un documental sobre la labor de MsF, el objetivo original del fotógrafo, pero Guibert logra dar muchísimas más lecturas a la historia, sin perder de vista en ningún momento ese horizonte inicial.
Sin embargo, hay algo más que se me había pasado en la lectura inicial y que ahora, en la cuidada edición integral de sins entido, aparece con mucha más nitidez: el sutil cambio gráfico de Guibert. Ya sabía de la capacidad camaleónica de Guibert con los lápices, pero en este lectura de un tirón, me ha dejado estupefacto la delicadeza y sutileza con l que va introduciendo cambios gráficos. Apenas perceptibles de forma aislada, como ya me pasó en la lectura de los álbumes, demasiado separados en el tiempo como para apreciar que el cambio de Didier también es formulado desde el grafismo. Guibert practica un naturalismo de perfecta base académica, que en los primeros compases de la obra se moldea con un entintado roto que dota de gran fuerza a su dibujo, tan bien apoyado por el color de Frédéric Lemercier. Nada desconocido en el autor de La Guerra de Alain (que, por cierto, parece que está continuando). Sin embargo, en estas primeras páginas opta por apenas utilizar fondos. En su momento pensé que era una elección motivada por el uso de las fotografías: la instantánea fotográfica dota el escenario, la historieta la acción. Diálogos sin fondos que centran la atención en la palabra. Parecía lógico, pero a medida que avanza la lectura hay dos cambios fundamentales en el estilo de El fotógrafo: por un lado, el grafismo pierde esa dureza y se va perfilando, haciendo que ese trazo naturalista gane en realismo. Por otro, los fondos se van definiendo, toman forma clara y perceptible. Y, poco a poco, la fotografía pierde su omnipresencia para apenas aparecer ya en las últimas páginas. Es un cambio muy sutil, pero que marca la transformación del protagonista y que define esa transición del relato entre lo documental y lo personal.
Reconozco que me he pasado horas comparando viñetas, como un niño que juega con los pasatiempos de buscar las diferencias. Si en su día casi se me saltan las lágrimas ante la dura percepción de la cercanía de la muerte que narra en uno de los episodios o ante la cruel naturalidad con la que el pueblo afgano acepta su destino, ahora Guibert conseguía emocionarme con la sutileza de su perfección narrativa. Se mire por donde se mire, El fotógrafo es una obra que impacta y que logra emocionar, tanto al lector más ajeno a la historieta como al más curtido aficionado al tebeo.
Una maravilla.
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De Howard Chaykin a American Flagg!
Tanto Watchmen como The Dark Knight Returns son obras maestras de la historieta. Afirmación indiscutible a mi entender: la lista de razones, tanto de sus valores artísticos como por su contribución a la total renovación de un género mayoritario como el de superhéroes, es interminable. Sin embargo, su inagotable y abrumadora excelencia puede a veces dejar de lado una contribución más fundamental si cabe: su papel como punto de inflexión en la consideración una forma de entender el cómic de autor dirigido a un público adulto. Es cierto que ni el cómic adulto ni el cómic de autor comienzan con las obras de Moore y Miller: en el cómic americano encontramos ejemplos de ambas ideas desde los inicios de la historieta de prensa (con un Hoogan’s Alley, por ejemplo, dirigido a un público adulto) hasta la brutal renovación de la historieta nacida desde la contracultura underground en los 60. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos son experiencia al margen del mainstream, de esa corriente generalista que más que definirla como “comercial”, deberíamos definirla como entroncada en los mecanismos industriales del medio. Durante décadas, la consideración fundamental del tebeo desde la industria era de objeto de consumo y entretenimiento para el público infantil y juvenil, cualquier desviación de la norma sólo podía venir desde la insurgencia combativa y rebelde. Pasó en los EE.UU. , en Europa ( donde el golpe de timón que dan las publicaciones de Losfeld en los años 60 nace desde fuera de la industria establecida) o en Japón (donde la defensa de un cómic adulto comprometido viene a través del movimiento gekiga), aunque en estos dos mercados, la industria supo asumir las reivindicaciones autorales en su provecho, llegando a un ‘entente cordiale’ : en Francia la rebeldía autoral se articuló como movimientos de autoedición que impulsaron toda una nueva industria y concepción de la historieta a su alrededor, que conseguía que el público aceptara y abrazara con fuerza esta una nueva forma de entender la historieta dando lugar a esa época dorada de la revista-magazine de cómics para un público adulto, donde el centro de atención pasaba del personaje al autor. “El ocaso de los héroes en los cómics de autor” titulaba Javier Coma en su famoso libro de los 80, en una frase que acertadamente resumía este cambio de tendencia (un libro a releer, todo sea dicho). Un movimiento que tenía como precedentes claros la reescritura concienciada del género que practica el guionista argentino H. G. Oesterheld ya en los años 50 o al peculiar tradición del manga, que sin dejar de lado la importancia del personaje, daba al autor suficiente autoridad como para decidir sobre su futuro por encima de las decisiones empresariales.
Sin embargo, en los USA los movimientos autorales no afectaban de igual manera a la industria establecida: es cierto que durante el final de la década de los 60 y parte de los 70, la todopoderosa hegemonía del género superheroico se vio torpedeada por experiencias que emulaban el éxito europeo de la revista-magazine, obligando a cambios profundos en las estructuras productivas y creativas del comic-book americano e incluso dando cobijo a experiencias de autor dentro del mainstream. Pero eran movimientos obligados por una coyuntura donde el personaje seguía siendo el motor de la industria. Pese a que incluso la editorial Marvel abrazaba experiencias autorales bajo el paraguas protector de la novela gráfica o incluso de la revista-magazine, el autor seguía estando en un segundo plano de importancia respecto al personaje tanto en la consideración del público como de la industria. Una situación que cambió radicalmente con la llegada de estas obras que tenían a Moore y Miller como cabezas visibles. Watchmen, Daredevil o The Dark Knight nacen desde dentro la industria, con personajes propios de una tradición empresarial que rechazaba violentamente cualquier atisbo de autoría, pero que definitivamente se rinden ante el autor. Frente a la costumbre de seguir los cómics de un personaje, Moore y Miller establecen un cambio de rumbo fundamental: a partir de ellos, serán los autores los que marcarán la pauta. Más allá de la creación de esa Edad Oscura del superhéroe, de la maduración del género o de la generalización absurda del ‘grim & gritty’, el cambio real que marcan es que la hermética industria americana del comic-book, el paradigma y epítome de la consideración del comic como objeto de consumo y entretenimiento juvenil, supo darse cuenta de que estas obras cambiaron el foco de atención del público y la propia consideración del cómic. Se pueden dar muchas razones, desde el agotamiento del género al cambio de hábitos de un lector cuyo media de edad crecía rápidamente, pero lo realmente cierto es que este cambio en el mainstream que fue decisivo para que el cómic de autor dirigido a un público adulto llegase en el mercado americano a una mayoría de edad que se impulsó definitivamente a través de la novela gráfica, logrando trasvases y puntos de conexión entre el lector del mainstream superheroico y el alternativo indie que dieron lugar a una nueva concepción de la industria americana del cómic que ya no se aglutina de forma tan exclusiva alrededor del género de superhéroes y da oportunidades al autor.
Todo esto es conocido (si no lo han hecho ya, leánse La novela Gráfica, donde Santiago García desgrana este recorrido exhaustivamente). Sin embargo, creo que sistemáticamente olvidamos en estos razonamientos una figura que, por su transversalidad e inconformismo, muchas veces es tan inclasificable que queda invisible fuera de todo razonamiento: Howard Chaykin. Un autor formado en la prolífica (y lógica) escuela de admiradores de Gil Kane que entraría en la industria mainstream justo en ese momento de alejamiento circunstancial del género superheroico para abrazar otros territorios como la fantasía o el terror, permitiéndole dedicarse a personajes poco convencionales como Dominic Fortune o Killraven. Pero su rebeldía pronto le llevó a aterrizar con proyecto propio en Star*Reach, el influyente proyecto alternativo de Mike Friedich que se convertiría con el tiempo en uno de los principales impulsores de la nueva filosofía autoral que se estaba gestando en la industria americana. Una revista que, a diferencia de la pujante rebeldía del movimiento underground, apostaba por una interpretación novedosa de la fantasía y ciencia-ficción, donde la mentalidad de Chaykin entroncaba perfectamente. Cody Starbuck nacía en estas páginas como una space-opera canónica en los cimientos, pero de vocación rebelde y provocadora en sus formas, tanto por la osadía de las temáticas y diálogos como por una concepción gráfica de radical experimentación. Frente a la tradición narrativa imperante, Chaykin remueve toda preconcepción: deja el tradicional dibujo entintado y de coloreado industrial para aprovechar las nuevas posibilidades de reproducción con un estilo pictórico influenciado por la ilustración de Bob Peak o Bernie Fuchs; rompe la estructura de la página y la usual identificación de la viñeta como elemento nuclear de la narración para depurar las enseñanzas de Kane y Steranko aportando ideas más modernas con claras influencias también europeas (es difícil no imaginar ciertas influencias de Sergio Toppi). Paradójicamente, se mantiene fiel a una concepción de la historieta como objeto de entretenimiento, pero revisando sus posibilidades desde una postura que no renuncia a ser compatible con la provocación inteligente.
Cody Starbuck es un completamente consciente de su naturaleza pulp y se regodea en ella, defendiendo una concepción del héroe más próxima a un alegre y dicharachero Douglas Fairbanks que al canon de Campbell, marcando esa distancia con un elemento fundamental en la obra de Chaykin: la ironía. Un camino que refinaría en sus siguientes adaptaciones literarias (Las estrellas mi destino, Espadas del cielo, flores del infierno e Imperio, obras en su mayoría inéditas en España a excepción de lo poco publicado en Comix Internacional) pero que culminaría en 1983 con una obra que merece por sus características entrar de pleno derecho dentro de ese Olimpo particular habitualmente monopolizado por Watchmen o The Dark Knight Returns: American Flagg!.
Publicada como serie propia, fue uno de los lanzamientos pioneros de First Comics, un proyecto editorial pionero que intentaba combatir el monopolio de Marvel y DC con propuestas que si bien compartían lugares comunes en lo argumental, se basaban en la filosofía de respeto a la autoría (creator-owned) generalizada en el movimiento indie. Una fusión de conceptos que Chykin aprovechó completamente con una serie transgresora desde cualquier perspectiva que se tomara: American Flagg! es una serie de ciencia-ficción con un héroe que se autodefine como ortodoxo, defendiendo el “american way of life” clásico y los valores fundamentales del país, en una apariencia canónica que pronto se revelará como una más de las continuas ironías del autor. A modo completamente profético, crea una distopía agresiva y radical donde el poder político ha sido completamente sustituido por el de los mass-media empresariales a través de la megacorporación Plex, que mantiene un control total de lo que queda de unos EE.UU. completamente asolados por los desastres (ojito a las predicciones explicativas que da Chaykin en una de las entregas: cambio climático, colapso financiero…). Los supervivientes tuvieron que trasladarse a Marte como única opción de supervivencia y, años más tarde, el actor judío Reuben Flagg vuelve a la Tierra como policía de la corporación para intentar redimir a un país fagocitado por el mercantilismo. A priori, uno más de los muchos guiños evidentes hacia el judaísmo que Chaykin suele introducir en sus obras (se ha reconocido repetidamente como ateo pero de raíces judías), pero que de nuevo no son más que juegos de manos envenenados para lanzar sus inteligentes provocaciones: frente al sacrifico cristiano que está en la base del camino del héroe, Chaykin recupera su héroe modelo-Fairbanks (de hecho, todos los héroes de sus tebeos tienen el mismo rostro) como un pícaro de manual. Busca, como todo héroe que se precie, el bien, pero sus medios y maneras son cuanto menos cuestionables: Reuben Flagg es, ante todo, un vividor que disfruta de la vida y que se toma su labor heroica no como una misión evangélica, sino como un divertimento, como una aventura lúdica en la que no se priva de gozar del sexo, de la fiesta y de cualquier placer que se le ponga delante. Un auténtico hedonista que, aunque sus éxitos como actor hayan pasado a la historia, no duda ni un minuto en sacar partido de su atractivo físico con las féminas.
Un andamiaje festivo y recreativo que no duda en ir abarrotando de tipo de críticas hacia la sociedad, los modelos empresariales, los emporios mediáticos, la política corrupta y, por supuesto, el propio concepto de aventurero, siempre envueltas en sátira e ironía fundamentada en unos diálogos vibrantes, rápidos y cáusticos. Pese a que la crítica al contexto político del momento (la administración Reagan) es obvio, la obra de Chaykin no sólo no ha envejecido, sino que su mensaje permanece vivo hoy en día. Y siempre junto a una composición tan barroca como atrevida crean ese particular discurso narrativo tan acelerado que parece pura síncopa. Con el control completo de los recursos clásicos en la mano, se lanza a una experimentación pura en la narración: juega con la composición, con la distribución de la página, con la ruptura de los límites de la viñeta. Juega con las onomatopeyas integrándolas en la dinámica visual de la página, que a su vez es puesta a prueba en todas sus posibilidades. Actuando como precursor, Chaykin toma préstamos de otros medios como la televisión, la informática o los entonces nacientes videojuegos. Toma elementos visuales de la ciencia-ficción de la época (con Blade Runner a la cabeza), pero los reescribe a la luz de su pasión por la estética de los años 50, omnipresente en toda obra de este autor, pero como siempre peculiarmente revisada para esta obra.
A mi entender, American Flagg! debería ser el tercer gran cimiento, junto a Watchmen y The Dark Knight Returns, sobre el que se edifica esa reinterpretación moderna de los géneros del mainstream que desemboca claramente en un cambio de concepción del lector sobre la naturaleza de la historieta. Sin embargo, nunca aparece mencionada. Reconozco que ni siquiera yo la cito cuando he hablado de estos temas… ¿por qué? Supongo que las razones hay que buscarlas en la propia iconoclastia de Chaykin: al igual que Moore o Miller, no sólo nunca ha renunciado a la naturaleza del cómic como parte básica de la industria del entertainment, sino que la reivindica, pero a diferencia de ellos, nunca se ha reconocido como un artista. De forma consciente y reiterada ha evitado y rechazado cualquier interpretación de su obra más allá del entretenimiento, pese a las obvias diferencias con otros productos de la época, actuando siempre a contracorriente: cuando Moore y Miller reformulan el género desde el mainstream, Chaykin lo hace desde la independencia. Cuando esos mismos autores salen de la gran industria para buscar nuevas perspectivas, él vuelve al mainstream más clasicó para reivindicar los personajes de la Golden Age (Blackhawk, Twilight…) adelantándose al espíritu de ABC Comics. Y, sobre todo, hay un elemento diferenciador claro: la ironía. Las obras de referencia que cambiaron el mainstream se toman en serio tanto el medio como las historias que contaban. Es verdad que Moore deja sutiles elementos de ironía en Watchmen, pero Chaykin es abiertamente satírico, el humor es parte consustancial de un discurso que capaz de lanzar sus invectivas desde un primer paso fundamental, reírse de sí mismo. Una apariencia de superficialidad que le permite desligarse de toda hipoteca previa y lanzarse a esa aventura tan acelerada como ácida. No me gustaría pensar que la seriedad marca la diferencia de consideración de una obra frente a las otras, pero reconozco que es imposible evitar cierta aprobación condescendiente de la grave transcendencia de las obras de Moore y Miller frente al desvergonzado libertinaje de un autor que bebe directamente de Kurtzman en sus planteamientos satíricos. Es absurdo, pero esa habitual falta de respeto hacia el humor como la forma más importante de la inteligencia en la cultura existe.
Y, también, hay que añadir en el caso de American Flagg! que la prolongación forzada de la serie pasó factura. Tras un primer arco argumental espectacular (que coincide con lo publicado por Norma en su recopilatorio), Chaykin fue dejando la autoría de la serie primero en dibujantes invitados y, posteriormente, en guionistas (incluyendo un pequeño spin-off de Alan Moore), que no supieron mantener el elevadísimo nivel de la serie. Aunque la retomó más adelante con brillantez, ese bajón de la serie pasa demasiada factura y muchos recuerdan más esa agonía que el deslumbrante inicio y su importante influencia.
Puede que la causa del olvido que comentaba haya que buscarla en esa inquietud inconformista de Chaykin. De hecho, durante ese periodo de decadencia, firma algunas de sus mejores obras, como Time2, un ciclo de dos novelas gráficas en las que Chaykin realiza un ejercicio autobiográfico insólito, que evita la narración historicista de su vida para acometer un arriesgado periplo sentimental por sus gustos culturales. Si la norma dice que la personalidad de una persona se reconocer a partir de sus vivencias pasadas, Chaykin la transgrede de nuevo siendo capaz de definir su personalidad fijándose en sus pasiones culturales, buscando explicación a su afición por el jazz, la literatura pulp o la estética años 50. Pero no se queda contento con semejante experimento: se atreve a lanzar una de las críticas más salvajes y despiadadas que se han escrito hacia la industria del entretenimiento hollywoodiense. Black Kiss es, aparentemente, una inmensa gamberrada que es capaz componer un mejunje que mezcla el mundo del cine con vampiros, sexo explícito en todas sus formas y maneras, hiperviolencia e incluso al Vaticano y su supuesta gran colección privada de pornografía. Pero de nuevo, Chaykin lanzaba un órdago a la grande a la industria: una década antes de que otros autores “provocaran” a las almas bienpensantes y puritanas con excesos hiperviolentos y algo de sexo impúdico, los cómics publicados por Vortex buscaban sistemáticamente los límites de la industria atacándola con todo aquello que era tabú. Transexuales, mafiosos, políticos corruptos, Iglesia vendida… todo era posible en una obra que fue prohibida en algunos estados y que sufrió todo tipo de censuras previas por parte de imprentas y distribuidores, obligada a venderse dentro de una bolsa negra.

Curiosamente, un ataque hacia una industria que le acogería durante varios años (en los 90 comenzaría en la televisión actuando de asesor de series como The Flash), hastiado de una industria del cómic de la que pese a todo nunca llegó a separarse (ahí quedan obras tan interesantes como Power & Glory, para aquella aventura pseudo-Legend-pero-quiero-ser-Image llamada Bravura), a la que volvió por la puerta grande en el nuevo siglo. Es cierto que su prolífica vuelta al mainstream parece más bien seguir una política de procurarse un cómodo plan de pensiones, pero quien tuvo retuvo y, de vez en cuando, se descuelga con joyas de la detonación incontrolada como la miniserie Challengers of Unknown, una excelente revisión de esta mítica creación de Jack Kirby que recoge el espíritu provocador de American Flagg! (inexplicablemente inédita en castellano), o esa nueva incursión en Dominic Fortune que más bien parece la continuación -algo edulcorada- de su Black Kiss.
Norma reeditó hace poco Black Kiss y acaba de editar ahora el primer volumen recopilatorio de American Flagg!, en una edición que supera a mi entender la original americana de Dynamic Forces. De momento en los EE.UU. no se ha publicado el largamente anunciado segundo recopilatorio de la serie (este volumen contiene los números 1 al 14), pero vale la pena lanzarse ya por este tomo: contiene lo mejorcito de la serie y el primer arco argumental de doce números se puede leer de forma casi autoconclusiva, por primera vez además de forma completa en España (una parte se publicó en Zona 84).
Aprovechen estas dos ediciones y háganse un regalo estas navidades (y a ver si alguien se anima a recuperar otras obras ya publicadas en España como Cody Starbuck, Espadas del cielo, flores del infierno y, por supuesto, las inéditas Las estrellas mi destino o Imperio).
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De Intisar a Zahra
Cada vez que se habla de “comercialidad” en los tebeos (y, en general, en la cultura) no puedo evitar esbozar una sonrisa. Me divierte la reiterada machaconería de los que defienden este mantra de lo “comercial” asociando ese concepto a determinados esquemas bien reconocibles, para terminar restringiendo el término “comercial” a una serie de tópicos elementos de género. Y me divierte, todavía más, como el público, ése que de verdad tiene que definir y dar sentido a ese término, hace lo que le da la gana y adjudica la etiqueta de “comercial” a las creaciones más inesperadas, demostrando día sí y día también que es una etiqueta que sólo se puede poner a posteriori, nunca a priori. Algo que bien saben los editores, aunque muchas veces se tapen los ojos: si de verdad supieran qué es “comercial”, estarían forrados. La realidad es que la industria cultural funciona desde hace años por un procedimiento que se podría resumir en disparar a ciegas lo más aleatoria y rápidamente posible y, si suena la flauta y se da en el blanco, a mogollón a por eso. No existe bola mágica ni carta astral computerizada que pueda predecir qué se venderá, por lo que la resignación de la industria cultural es aprovechar y ordeñar cada éxito hasta la exageración y el aburrimiento: ¿Que tiene éxito una adaptación al cine de un cómic de superhéroes? Pues siéntense y esperen que lleguen 80 más. ¿Qué los vampiros adolescentes llenan salas? Pues nada, nada, a revivir todo el monstruario clásico en versión adolescente. Lo curioso es que la última de Woody Allen es una de las películas más taquilleras del año y los productores parecen mirarlo como una especie de aberración….”¡pero si no es ‘comercial’!” parecen decir. Pues oigan, sí, sí que lo es…
El tebeo, hermana pobre de esta industria, sigue a pie juntillas esta máxima y, quizás, la exagera todavía más en su corta medida de posibilidades. Sirva como ejemplo claro de este comportamiento lo que podríamos llamar “el efecto Persépolis”. Una editorial francesa independiente saca al mercado un título que reunía todas las premisas para ser “anticomercial”: dibujo naif (“malo”, según los supuestos cánones del dibujo de historieta), temática autobiográfica, reflexiones sociopolíticas y sobre los problemas de la mujer en Oriente Medio… En teoría, vendería los ejemplares de los familiares, con suerte. Pero la realidad es terca: bombazo mediático, múltiples ediciones con éxito de ventas, traducciones a varios idiomas… ¡Hasta película de dibujos animados!
Persépolis se convirtió en un estandarte de esa nueva concepción del tebeo de autor para adultos que se potencia con la novela gráfica, rompiendo barreras continuamente y demostrando, ante todo y sobre todo, que el lector no es tonto y no quiere simple soma cultural de fácil deglución, que también quiere obras diferentes y las aprecia. Pero también demostró esa particular forma de entender el mercado de la industria cultural: durante los meses siguientes las estanterías se inundaron de obras, a ser posible firmadas por autoras, que trataban temáticas autobiográficas (o no) con tintes exóticos.
Pero sería injusto pensar que la única razón es ésa en este caso particular. Es verdad, y eso es innegable, que este particular género a medio camino entre lo periodístico y la confesión personal encuentra en la historieta un medio ideal: frente a la exactitud documental de la fotografía o la síntesis obligada de la televisión o cine, la historieta aporta al lector una experiencia distinta mucho más rica. El dibujo establece una interpretación previa que descubre al lector una serie de emociones que la fotografía oculta en la infinidad de información pura y dura, establece un foco que favorece una conexión mucho más rápida entre mensaje y lector. Y la lectura de la historieta favorece la reflexión mucho más que la imagen en movimiento, es un medio dominado por el lector a su antojo, pudiendo detenerse en aquellos momentos que exijan una mayor profundidad, volver atrás y repensar lo leído, implicarse mucho más en lo reflexionado. En ese constreñido corsé que definía la historieta sólo en el ámbito infantil y juvenil, esta puerta abierta suponía para los autores un soplo de aire fresco y una guía clara para escapar del encasillamiento aprovechando el reconocimiento mediático que estaba obteniendo la obra de Satrapi.
El problema es que ambas situaciones se dieron a la par, tanto el ordeñado industrial como la expansión autoral. Es lo que ocurre habitualmente en la industria cultural, cierto, pero la ventaja que tiene el consumidor en otros medios es la existencia de una crítica sistemática que le ayuda a separar el grano de la paja. Algo que, por desgracia, todavía no ocurre en el cómic: la crítica sigue relegada al ámbito de la vocación personal, que alcanza un grado de profesionalidad y calidad excelente pese a su amateurismo, pero que no puede llegar a ese grado de análisis sistemático y exhaustivo del mercado que tienen otras formas culturales por obvias razones económicas. Aunque también es cierto que quizás ya no tenga sentido reivindicar esa función para la crítica y se deba apostar claramente por la fuerza de las redes sociales como nuevo actor de esta tarea de criba cultural. Quizás más que críticos, lo que hace falta es que el tebeo encuentre lugares propios estilo Filmaffinity o Entrelectores, que podrían ser la evolución natural de foros como el activo PAMMHG!
Mientras no exista esa criba, el “efecto Persépolis” puede tener como consecuencia lógica que muchas obras puedan pasar desapercibidas a un lector que automáticamente pone esa etiqueta ante cualquier obra pueda englobarse dentro de esa clasificación, más si en un periodo corto aparecen varias obras de temática similar, como acaba de ocurrir con la publicación de El coche de Intisar, de Pedro Riera y Nacho Casanova, Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle o El paraíso de Zahra, de Amir y Khalil.
Y me sirven de buen ejemplo porque quizás aquella que más números tiene de quedarse con la etiqueta de “Clon de Persépolis” es precisamente la más interesante de estas novedades: El coche de Intisar. La sinopsis, la verdad, no puede ser más “persepolizada”: una aproximación a la situación de la mujer en Yemen a través de la vida de una joven de ese país, pero a poco que uno deje el prejuicio de lado, descubrirá que la obra que firman Pedro Riera y Nacho Casanova aporta no pocas características diferenciales. La primera, que evita el tono autobiográfico y entra más en un periodismo ficcionalizado, creando a la joven Intisar a partir de los testimonios reales de diferentes mujeres yemenís. La segunda, que Nacho Casanova ha sabido dotar al guión de Riera de la frescura habitual con que afronta sus obras. Y la tercera, y quizás más importante, que la perspectiva que consiguen rompe continuamente los esquemas del lector occidental y aporta una lectura novedosa, que evita caer en los tópicos y manidos argumentos de siempre para obligar a contemplar la situación de la mujer yemení no desde el común prejuicio religioso sino desde la realidad social. Precisamente debido a la profunda unión entre religión y sociedad que se alienta desde algunos de estos países contamina toda reflexión o debate, el relato de Intisar resulta ser especialmente valioso para el lector de aquí, porque aporta las claves necesarias para delimitar cada uno de los contextos dentro de su importancia real en el análisis. Aunque en algunos momentos, fundamentalmente en los aquellos de transición entre capítulos, el relato flaquea por acudir a ciertas estructuras y recursos de manual que tienden peligrosamente al tópico, el buen hacer de Casanova logra que se minimicen y queden como anécdotas dentro de una lectura de lo más jugosa, que debe obligatoriamente ampliarse en el blog que los autores han realizado sobre la obra, demostrando que la nueva cultura 2.0 trasciende el papel para globalizarse desde diferentes frentes y que la historieta es un excelente eje de conexión entre todas esas nuevas posibilidades.
La nueva obra de Guy Delisle, Crónicas de Jerusalén, por su parte, tiene que asumir una etiqueta más difícil de sortear: es una obra de Delisle. Le guste o no al canadiense, ha encasillado su producción de tal forma que es difícil reconocer ya a aquél innovador que sorprendía con Aline et les autres o Albert el les autres. Sabemos perfectamente lo que nos vamos a encontrar en cada nueva obra y, pese al interés indudable de esa particular visión aparentemente ingenua y distancia que aporta el dibujante, no se puede evitar cierta desgana ante un déjà vu previsible. Para el que no conozca las obras anteriores de Delisle, esta crónica de la particular realidad de una ciudad dividida por las religiones y el testimonio del enquistado enfrentamiento entre palestinos e israelíes será, sin duda, toda una sorpresa. El dibujante ha aprendido a tomar una postura desapegada que sabe sacar jugo de la anécdota para lanzar ácidas reflexiones que, desde una envoltura de engañosa sencillez, suele acertar en la provocación del debate. Pero para los que ya conocen bien los anteriores viajes del dibujante, la sensación es de estar ante una continuación de lo ya leído, pese a que en este caso hay se advierte una inacostumbrada toma de partido por parte de Delisle que rompe un poco el discurso de sus obras previas.
Por su parte, El paraíso de Zahra carga con la parte más difícil: volver al escenario de Persépolis. Es imposible leer la obra de Amir y Khalil sin tener en mente la de Satrapi, que actúa como pesada losa tanto en lo argumental como en lo estético, enturbiando una lectura que está muy alejada en sus planteamientos de los de la famosa novela gráfica. Frente a la visión de la realidad desde la interpretación de la experiencia personal que planteaba Persépolis en sus páginas, El paraíso de Zhara es una obra más próxima a la denuncia periodística, que describe la realidad de las desapariciones y persecuciones en Irán siguiendo en parte el modelo de Costa-Gavras en Missing: una ficción creada desde el fundamento de los hechos reales, contando la búsqueda del joven Mehdi. El problema es que esa ficción en algunos momentos se teatraliza en exceso y aunque es obvio que el dolor y la indignación son extremos ante la injusticia, la lectura se resiente en exceso por unos diálogos que no terminan de funcionar y unas situaciones que, por acumulación, parecen exageradas cuando son crudamente reales.
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Historias del Barrio
“Otro más contando sus neuras de infancia”. Lo oigo mientras un par de personas ojean un ejemplar de Historias del Barrio, de Bartolomé Seguí y Gabi Beltrán y pienso acto seguido en la típica retahíla que suele acompañar cualquier a tebeo autobiográfico: que si no me interesa la vida de los demás, que si no tienen imaginación para crear historias, que si es mucho más rica la ficción…
Paparruchas.
Entiendo y admito que alguien no le guste un tipo de relato basado en la realidad cotidiana, pero argumentar que se prefiere la “ficción” es ridículo: desde el momento en que sale del ámbito del autor, cualquier relato autobiográfico es ficción. Y, si se me apura, hasta la ficción más extrema puede ser autobiográfica, que se lo digan a Howard Chaykin y su Time², un ejemplo claro de lo compleja, enrevesada e incluso estrambótica que puede llegar a ser la interpretación autobiográfica. Y aunque estoy seguro que para Beltrán el relato de estas anécdotas de su juventud en los arrabales de Palma debe haber sido tan duro de escribir como catártico y liberador en su exposición al público, para el lector es un relato de pura ficción al que poco importa si los hechos narrados son fieles a lo ocurrido o forman parte de las experiencias vitales de una persona. Es más, para muchos esta incursión en el gueto puede ser hasta ciencia-ficción si se me apura. Lo único que importa es la fuerza que tienen las historias que cuentan Beltrán y Seguí, ese fresco de un mundo tan próximo como ajeno, que la sociedad esconde y que prefiere olvidar. Recuerdos que fotografían ese momento en que la infancia pierde su inocencia en un entorno donde el niño llega a la madurez a golpe de realidad, sin posibilidad de vivir esa felicidad inventada que escupen los anuncios de juguetes de El Corte Inglés. Anécdotas donde las luces que brillan no son las de la decoración navideña, sino las del puticlub de la esquina.
Leyendo Historias del Barrio no se puede evitar pensar en Antoine Doinel, en el neorrealismo de De Sicca y Rosellini, en el cinema-vérité de Godard, en esa Barcelona de suburbio que retrataba tan bien Alfredo Pons en sus tebeos para El Víbora allá por los 80. Aromas que nacen del impecable trabajo de Bartolomé Seguí, dibujante que en los 90 demostró repetidamente que lo cotidiano era lo suyo con esa pandilla formada por Luis, Lola, Ernesto, Héctor y Rita, cuyas aventuras y desventuras se podrían definir como el verdadero testimonio de esa generación de treintañeros que vivió la apertura social y cultural de este país a duras penas. Seguí se adapta a las necesidades del guionista y sabe integrar perfectamente los relatos de Beltrán en un doble nivel narrativo: por un lado, la voz del narrador, que fluye independiente en el ejercicio de la memoria; por otro, las historias que se van contando, que van apoyándose en el primer relato pero sin perder su propia autonomía. Seguí consigue gestionar silencios en lo gráfico pese a la voz de fondo del narrador, haciendo chocar ese texto de naturaleza puramente literaria con la fuerza de la narración visual para obtener efectos impensables en cualquier otra arte.
Eso sí: es verdad que no hay fantasía. Ni falta que hace. Historias del Barrio es vida, de la de verdad. Y uno de los mejores tebeos que se van a poder leer este año.
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Primer plato y postre
Que Mauro Entrialgo es uno de los mejores humoristas que tenemos en este país no es noticia nueva. Ya he comentado por estos lares mi admiración por su mirada inquisitiva y ácida de la realidad cotidiana, que le confirma como el mejor notario de las incoherencias y estupideces de ese colectivo sin cabeza llamado sociedad. Estamos acostumbrados a que sus historietas tengan, además, un humor discreto de contundente efecto retardado, se leen con una sonrisa que no da lugar a sonoras carcajadas pero que queda ahí, en un runrún continuo, enquistadas en alguna neurona perdida para, de repente, aparecer como un fogonazo que ilumina la triste realidad: es inevitable, en algún (demasiados, me temo) momento de nuestro vida nos reconocemos como protagonistas de una de esas anécdotas que Mauro contaba. Y es entonces cuando nos rendimos, a la risa abierta por nuestro ridículo, y a la sabiduría del dibujante que ya predijo la situación.
Un maestro del humor, vamos, pero que quizás para muchos estaba encasillado en una forma de hacer particular de hacer reír entroncada en el costumbrismo. Lo que en principio, es una tontería como la copa de un pino, porque ya me dirán ustedes por qué un humorista o un dibujante tiene que salir de su estilo para ser mejor. Como si un tenista de éxito tuviera que meter goles para ser bueno o un científico cantar la Traviata sin fallos para optar al Nobel.
Una tontería que, además, Mauro ya había callado reiteradamente con obras que certificaban su capacidad camaleónica (recuerdo ahora aquella delicia que fue Los domingos). Pero por si quedaba alguien que dudara, no tiene más que acercarse a De Postre, pequeña delicatesen gastronómica que acaba de editar Fulgencio Pimentel (con su archiconocida y reconocida calidad) reuniendo los chistes que se publicaron durante un par de años en un suplemento semanal. Y digo “chistes” por dos razones: primera, porque son muy divertidos y, segunda, porque son un homenaje irredento y entregado a esos chistes que poblaban las revistas de Bruguera de los años 60 y 70, rebosantes de ese humor absurdo y casi surrealista que tan bien practicaban los Vázquez, Peñarroya, Ibáñez, Conti, Cifré y demás genios de la época. Es curioso cómo podemos encontrar a través de estas viñetas las raíces del humor de Mauro, fuertemente anclada en esos autores prodigiosos que firmaban un humor universal pero que, también, supieron usar vitriolo de alto octanaje en sus historias de lo cotidiano, como hace el creador de personajes que ya forman parte de la fauna urbana como Ángel Sefija, El Demonio Rojo, Tyrex, Herminio Bolaextra o Drugos.
Y ojo que la cosa no termina aquí, porque este mes tenemos ración doble de Mauro. A la delicatesen anterior hay que sumar una nuevo aportación gastronómica, ésta más propia del invierno y de los excesos navideños, a modo de excesivo y suculento plato de cocido de esos que obligan a terminar la comida con ración doble de sal de frutas ENO: El dibujosaurio, más de 400 páginas publicadas por Diábolo que reúnen toda la amplísima diversidad de trabajos de Mauro, desde historietas hasta diseños, carteles, dibujos, bocetos y lo que haya salido de la inagotable mente de este creador.
Dos obras inexcusables.

(Adelanto de El dibujosaurio)
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Chagall en Rusia
Los flirteos de Sfar con el cine parecían habernos robado a uno de los artistas más sugerentes e importantes que ha dado la historieta francesa en las últimas décadas. Pero aunque sus ya legendarias inconstancia y prolífica capacidad creadora se veían tentadas por el séptimo arte, Sfar vive y piensa en tebeos, por lo que sólo era cuestión de tiempo que las veleidades cinematográficas dejaran paso a nuevas incursiones del autor en la historieta.
Y la vuelta no puede ser más triunfante: Chagall en Rusia es puro Sfar, una obra que recoge todas las constantes de sus inquietudes y las plasma en viñetas con esa vitalista y contagiosa capacidad que el autor proclama a los cuatro vientos, que le permite volver a todos sus lugares comunes argumentales sin que aparezca la más mínima traza de repetición o cansancio en el lector. Porque aunque la nueva obra de Sfar vuelve a acercarse a la biografía de un pintor, rompe con la biografía modélica que practicara en Pascin. Si en aquella obra analizaba el contexto creativo del creador de origen búlgaro para encontrar la esencia de la inspiración artística, ahora se adentra directamente en el cerebro de Marc Chagall para entender su obra desde la fabulación: no intenta encontrar el impulso que motiva la creación artística, sino dar un paso más atrevido y arriesgado que busca expresar el mundo tal cual lo ve el artista. Un objetivo que sólo se puede lograr tomando las obras de Chagall como expresión de una representación de la realidad percibida, del pensamiento y de los sueños del pintor, uniéndolos para darle corporeidad en forma de narrativa. El resultado es una fábula onírica que es capaz de entrar en el universo de sutil pre-surrealismo (quizás aquí es más indicado que nunca el uso del concepto de superrealismo), con una historia que reconvierte a Chagall y sus creaciones en émulos de Dorothy y sus amigos explorando el mágico mundo de Oz de la imaginación del pintor.
Todo sin perder el foco en las constantes temáticas del autor: el tratamiento temático de la iconografía judía que hacía Chagall en sus pinturas (desde elementos del Klezmer al teatro judío) es aprovechado por Sfar para hablar de nuevo sobre el judaísmo, sobre la represión del pueblo judío o sobre la religión, pero también para entrar en una profunda reflexión sobre el arte y su necesidad vital, en la compleja pulsión que el artista siente y que transforma la realidad que le circunda.
Pero donde Sfar vuelve a demostrar todo su potencial es en su innata capacidad para la fusión, que transforma a Chagall en un personaje más de la particular iconografía sfariana con una naturalidad sorprendente, absorbiendo la estética del pintor (ya presente en muchas de sus acuarelas) para transformar su dibujo y su narrativa. Las páginas de Chagall en Rusia son evidentemente Sfar en estado puro: es reconocible en cada trazo, en cada viñeta, pero también son Chagall. Desde ese tratamiento de la ingenuidad del personaje que se contagia a lo gráfico, desde esos sutiles cambios de estilo que nacen de la obra del pintor: no es difícil reconocer mientras leemos esta obra elementos pictóricos del bielorruso, pero completamente reescritos y asimilados por el lápiz del francés, que se alía con la colorista Brigitte Findakly para introducir la paleta cromática de la obra de Chagall en las viñetas.
Chagall en Rusia es un nuevo regalo de Sfar a sus lectores, una fiesta alegre y entusiasta que arrastra al lector en esa visión apasionada, casi arrebatada, de la vida y el arte.
La edición en España corre a cargo de 451 editores, que certifica con esta obra su apuesta por la novela gráfica, pero aunque su calidad de reproducción es excelente, debería haber cuidado más la rotulación: la caligrafía de Sfar forma parte intrínseca de su estilo gráfico y cualquier desviación del original, por pequeña que sea, se amplifica instantáneamente.
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Sangre de mi sangre
Mucho hemos tenido que esperar para ver por fin el primer trabajo largo de Lola Lorente, autora de dilatada trayectoria en el mundo del fanzine/prozine (por citar sólo algunas de sus colaboraciones:Nosotros Somos Los Muertos, Humo, Dos veces breve o Fanzine Enfermo) que dejaba siempre un agradable poso de elegancia y tristeza, con historias que revelaban siempre una esencia amarga desde la apariencia de ternura. Una constante que se mantiene en Sangre de mi sangre para tomar sentido protagonista: a partir de dos relatos publicados en Fanzine Enfermo, define una obra que asume y resume toda su trayectoria anterior en una novela gráfica donde están presentes todas las claves de su rica personalidad autoral. Como siempre, el reto de pasar del relato corto al largo es para el debutante un salto sin red arriesgado que precisa de arrojo y valentía, pero también de tiempo, de la necesaria reflexión que resuelva las incertidumbres y las inseguridades propias de quien empieza. Y Lola Lorente, se nota, ha tenido ese tiempo para este proyecto largamente esperado por los que hemos seguido su trayectoria. Quizás, por eso, Sangre de mi sangre no sorprende, porque certifica lo que ya esperábamos de esta autora: una obra sugerente e interesante, que explora el juego del niño como metáfora real y ficcionada de la experiencia del adulto. Esa necesaria etapa formativa del niño le permite a la autora crear interesantes simbolismos de oposición entre la madurez imaginada y lo que debería ser la real, deteniéndose en diferentes ritos de paso sociales y en su visión infantil. Desde la complejidad de las relaciones sociales al proceso de revelación de la propia identidad, desde el sexo hasta la muerte, en una perspectiva que la autora ancla en su cuidado grafismo, elegante, voluptuoso, pero que hábilmente deja espacio a una ternura aparente en la representación infantil, una disimulada impostura que esconderá tras ese disfraz preguntas sin respuesta sobre eso que puede denominarse “hacerse mayor”.
Como ya hacía en sus relatos cortos, la autora plasma un universo gráfico muy personal (¡qué grande ha sido la influencia de Blanquet en esta generación de autores y autoras!), que por sí mismo es uno de los protagonistas principales de la obra, en tanto captura en determinados momentos el devenir del relato reconvertido en fuente de simbolismo gráfico de gran potencia evocadora. Una característica que genera muchos niveles de lectura posibles en Sangre de mi sangre, desde la indudable experiencia visual que supone la lectura de la obra – recomiendo detenerse en los juegos compositivos y en el uso alegórico de la ilustración- a la obligada reflexión que provoca el contraste entre la realidad adulta y la visión supuestamente cándida de la infancia (muy acertada la elección de la fiesta de disfraces popular como escenario de la historia, generando la confrontación entre el juego de un adulto que busca esconder su personalidad y el de un niño que juega para encontrarla), en esa reinterpretación en términos cercanos que hace el niño que resulta ser, muchas veces, tremendamente más rica que la del adulto.
Es posible que se le pueda achacar a la obra de Lola Lorente cierta falta de originalidad en la propuesta argumental básica (el impacto de la muerte visto desde la infancia es una constante en la cultura), cierto, pero la riqueza de su aproximación gráfica, esa visión tan personal e íntima hace la lectura de Sangre de mi sangre una experiencia muy recomendable.
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Astérix
Que el Astérix de Goscinny y Uderzo (y remarco, por si queda duda, de Goscinny y Uderzo) es una obra maestra de la historieta huelga explicación. Es una joya del noveno arte que, si se me apura, vuelve con más fuerza que nunca en estos días, porque la explicación más devastadora que jamás haya leído sobre las maravillas del capitalismo salvaje, la manipulación de los mercados, la política aprovechada y sus consecuencias es Obélix y Cia, un tebeo que debería ser lectura obligada y biblia del movimiento de indignación. Que a fin de cuentas, pocas metáforas más adecuadas para ejemplificar lo de resistir ante los ataques de la que nos esta cayendo que la terca resistencia de la perdida aldea gala.
Sin embargo, como ya es costumbre, las obras maestras de la historieta suelen padecer ese síndrome de paria que logra que, cuánto mejor sea la obra, más se ensañen con ella. Desde el olvido absoluto al desprecio más repugnante: que nos lo digan a los que hemos sufrido aquella espantosa edición en miniatura de Little Nemo con colores para daltónicos que publicó Ttartalo en los 80. O los desastres y abandono de la edición de Krazy Kat firmada por Planeta. O la sistemática reedición de la obra de Goscinny y Uderzo con planchas requemadas, colores dados con desidia, traducciones que usaban cada vez un nombre para los personajes y rotulaciones mecánicas que hacía añorar la comic sans… Releer Astérix había sido siempre un amargo dulce: el disfrute era pantagruélico, como los famosos banquetes con que acaban los álbumes, pero el dolor que causaba al corazón el maltrato de la edición dejaba la tortura auditiva de Asurancetúrix en dulce balada.
Afortunadamente, el quincuagésimo aniversario de la serie se aprovecho para restaurar la edición francesa, reescaneando los originales de Uderzo, con un nuevo y cuidado color aprobado por el autor (que, ¡increíble!, no abusa excesivamente de photoshopeos variados -algún brillito se le es escapa- y se dedica a dar sentido narrativo a las viñetas -aunque, quizás, a veces, se pierdan ciertas exageraciones cromáticas que tenían su lógica-) y a más tamaño. Un auténtico bocatto di cardinale que hacía la edición española todavía más terrible a la vista.
Pero de vez en cuando tenemos suerte y la editorial Salvat publica por fin en España esta edición, conocida como La Gran Colección. Y aunque miedo había ante las posibles tropelías que suelen ocurrirle a los tebeos cuando bajan de los Pirineos, la verdad es que la edición es en esta ocasión impecable: excelente calidad de reproducción, rotulación que sigue fielmente la original, repaso a la traducción clásica española pero eliminando los errores e incoherencias… De momento, Salvat edita cuatro volúmenes (Astérix el galo, La hoz de oro, Astérix y los godos y Astérix gladiador) que son un excelente idea para regalar(se) estas navidades.

Enlaces:
El proceso de restauración
-Antes y después
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Fraternity
Fraternity, la obra de J.L.Munuera y Juan Díaz Canales que acaba de publicar Astiberri tiene olor de filmoteca, de atracón cinéfilo en sesión triple con pequeño descanso de esos de los de antes, con diapositiva de “Visite nuestro bar” incluida. De esos días donde uno descubre El niño salvaje de Truffaut y, casi sin solución de continuidad, degustar después las aventuras de Sabu en El ladrón de Bagdad.
Porque aunque el origen de la historia de esta comunidad utópica de New Fraternity que cuentan Díaz Canales y Munuera hay que buscarlo en la realidad, en ese final de siglo XIX donde eran posibles experimentos sociales como el New Harmony de Robert Owen, buscando alternativas a un capitalismo que tras la revolución industrial empezaba a enseñar ya esas garras de depredador inmisericorde que con tanto orgullo presume hoy, todo la ficción que presentan los autores bebe de decenas de influencias de la cultura popular. Del cine, del cómic, de la literatura… desde la leyenda del niño salvaje que toma sin vergüenza elementos de Mogwli, Victor de Aveyron o Kaspar Hauser a la isla Utopía pasando por El gigante de hierro de Bird, el extraterrestre spielbergiano (de hecho, no son pocos los lugares comunes con el reciente Super 8 de Abrams a los que llega esta obra), el Village de Night Shyalamayan o, incluso, el Watchmen de Gibbons y Moore. No tomados a modo de puzzle o influencias conscientes, sino a modo de matices, de aromas que van llegando a medida que vamos leyendo y que demuestran hasta qué punto un autor es hijo de sus propias culturas. Es verdad que la historia tiene como punto débil la previsibilidad, ese anticipado “homo homini lupus” que viene obligado por la introducción del elemento fantástico (en un curioso modo contrario a la esperanza unificadora del ataque exterior que Moore tomaba de Reagan), que a mi entender debilita la estructura en tanto fuerza una conclusión demasiado epidérmica por evidente, cuando el referente real daba a la historia mimbres para una reflexión mucho más profunda y compleja. No sé hasta qué punto es voluntad de los autores o inconsciente exigencia del mercado francobelga más comercial, que suele gustar de ese elemento mágico aun cuando su inclusión rompa la baraja de la coherencia (pienso ahora en el caso de Luxley, de Mangin y Ruizgé, un excelente punto de partida al que los elementos mágicos restan muchísima fuerza), pero aunque da lectura suficiente, me quedo con las ganas de haber ahondado un poco más en esa utopía que hoy ya no sabemos si es imposible o la salvación del desastre que vivimos.
Mención aparte para la labor de Munuera, que desde una solidez narrativa y gráfica intachable se permite jugar con el cromatismo (con la inestimable ayuda de Sedyas) y el estilo pictórico de los fondos para matizar y crear atmósferas y estados de ánimo en el lector. Una gran labor que, como ya es habitual, se hubiera disfrutado mucho más en el tamaño original francés, pero uno ya se va acostumbrando a esta esquizofrénica industria editorial española que tiene como norma editar en cualquier tamaño que sea distinto al original.
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Los dientes de la Eternidad
Mi casa estaba llena de enciclopedias, de ésas que se compraban por fascículos durante años y años. De todo había, desde zoología a historia pasando por cocina, arte… pero la que más me gustaba cuando era niño era, sin duda, la de Mitología de Editorial Vergara. Tres volúmenes dedicados a la mitología clásica grecorromana, a la germánica y a la oriental. Recuerdo que, al principio, me arrebataba el hedonismo de la mitología clásica, con esa festiva presencia de las deidades más entretenidas en sus propios culebrones y veleidades que en atender las preocupaciones de los insignificantes humanos. Pero con el tiempo me fui enganchando a la germánica y sus parientes nórdicas, mucho más atribulada y dramática, que basaba su épica en un profundo sentido trágico de la existencia. Por esas épocas comenzaba a leer el Thor de Kirby en aquellos tomos espantosamente remontados de Vértice y, supongo, una cosa llevó a la otra o viceversa. No tengo muy claro qué fue primero, pero sí tengo todavía algunos retazos vívidos en la memoria (quién sabe si reales o no, a estas alturas la memoria se va reconstruyendo a sí misma) de cómo comparaba la creación de Kirby con lo que contaba aquella enciclopedia profusamente ilustrada. Descubrí que el tebeo se había quedado apenas en la superficie de una historia complejísima de traiciones y ambiciones, tan inabarcable como sugerente y, sobre todo, de imaginación fascinante. Bueno, eso y que cualquier lectura de mitología nórdica debía acompañarse de música wagneriana de fondo.
Resumiendo: que las dichosas historias de aesires, vanires, jotuns, valquirias y demás fauna me han cautivado durante décadas. Así que comprenderán ustedes que la lectura de Los dientes de la Eternidad haya sido un placer dionisíaco, valga la herejía mitológica. Porque Jorge García (guionista que se está ganando con méritos sobrados ser considerado el más ilustre heredero de Felipe Hernández Cava, el mejor guionista que el tebeo español ha tenido en las últimas décadas) se zambulle sin complejos en la mitología nórdica para contar la historia del rey Gylfi, reescribiendo a su antojo las leyendas pero manteniendo ese espíritu de tragedia infinita, de dolorosa aceptación del destino. Como ya ha demostrado otras veces, García tiene la habilidad de tejer la ficción sobre sus intereses, de crear historias que transportan su mensaje bien a resguardo de lo imaginario, para que poco a poco esa cáscara fingida vaya diluyéndose e invadiendo toda la historia ante un lector ya entregado. La amistad, la traición y la mentira serán temas universales sobre los que reflexionar, bien llevados por un guionista que, además, deja al dibujante un regalo maravilloso, un lienzo perfecto para el lucimiento, para el despliegue de todo talento visual. Y Gustavo Rico no sólo recoge el guante, sino que responde con valentía dando un do de pecho espectacular. Toma como base la épica gráfica de Kirby, su potencia compositiva y visual, pero la va aderezando de préstamos tan variados como el inteligente tratamiento narrativo del color de Calatayud, la composición de Toppi o la fuerza de la línea rota de Olivares, para conseguir una obra que se lee en estado de permanente sorpresa ante el despliegue de talento del dibujante (ojo a los dolores de quijadas, que estar tanto rato boquiabierto pasa factura)…
Un tebeo para disfrutar de los mitos y, durante un rato, volver a creer en los dioses.(3+)
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Dear Patagonia
Dicen que la primera frase de un libro es la clave para que un lector siga adelante o no. De que quede atrapado en la telaraña urdida por el escritor o de que abandone la lectura a golpe de bostezo. Intento recordar y, la verdad, no sé si esas pocas líneas iniciales han tenido alguna vez ese efecto magnético en alguna novela que haya leído, pero tengo claro que Jorge González lo ha conseguido totalmente con las primeras páginas de Dear Patagonia. Ese cielo plomizo, inmenso y omnipresente, esas viñetas dónde sólo vemos esa atmósfera turbia actúan como una catapulta que introduce al lector en la obra casi con arrebato, con violencia, a empellones sin consideración que te dejan desvalido ante lo que parece un relato de la soledad de los grandes páramos patagónicos, pero que pronto comenzará a evolucionar, a dar giros insospechados para crecer en complejidad y pluralidad. Ese relato inicial del joven encerrado en el culo del mundo, con ansias de libertad que ve en la gran ciudad la utopía es tan sólo el cimiento necesario para ahondar en un tema más peliagudo y difícil, tan espinoso como el propio concepto de identidad de un pueblo. La historia de la familia del inquieto Julián es la historia del emigrante obligado, del colonizador a la fuerza que no busca una patria, sino trabajo y paz para su familiar allá donde sea. Desde ese ejemplo casi didáctico, si se me apura tan previsible en su planteamiento como reiterativo y común a otros escenarios y geografías, González va dejando matices diferenciados, esos “versos sueltos” que no encajan en primera lectura pero que van sembrando la realidad que el autor quiere explorar y que comenzará a vislumbrarse en un ritmo in crescendo que irá profundizando lentamente en la compleja naturaleza de la identidad de una sociedad, de esos conceptos tan ambiguos como la tierra, las raíces, los orígenes. Y de la pluralidad multiforme de la Argentina, González toma el elemento precisamente más multifacético: la Patagonia. Y va recorriendo el camino de la ficción a la realidad, desde aquellos momentos donde su nombre era sinónimo de aventura austral, de científicos heroicos a la busca de lo desconocido, para pasar una evolución lógica que lo lleva de la leyenda al desconocimiento, del desconocimiento al misterio, del misterio al miedo, del miedo a la ignorancia y de la ignorancia al descubrimiento. En un camino que deja abierta la puerta a la reflexión sobre cada uno de esos pasos y sobre cómo cada uno de ellos se imbrica hasta hacerse indisoluble con un concepto de patria que no tiene que ver con líneas geográficas, sino con historia, pasado y ese refrán tan sabio que dice que uno es “de donde pace, no de donde nace”.
Ambición no le falta al autor, que acomete a través de la incursión patagónica una inmersión en toda regla a la esencia de la historia, siguiendo durante más de cien años las distintas generaciones de la familia que pasaron por ese pequeño pueblo de Facundo. Y tampoco le falta inteligencia, porque sabedor de la poliédrica realidad que quiere explorar, se ayuda de tres guionistas más (Horacio Altuna, Hernán González y Alejandro Aguado) para que el discurso de la obra se enriquezca y gane en pluralidad, que se enriquece todavía más con un último capítulo que, al igual que en Fueye, rompe la ficción para entrar en la realidad, generando una relectura de todo lo anterior en términos que permiten aportar una nueva reflexión, tanto desde las motivaciones que el propio autor ha tenido para acometer esta obra como desde una perspectiva casi de estudio académico sobre la Patagonia que permite al lector profundizar todavía más en lo leído.
Es realmente sugerente cómo a través de ese foco que sigue a los habitantes de Facundo, se establece un sutil análisis de una cantidad casi infinita de temas: la compleja relación del argentino con los poblados indígenas, muy diferente a las que se pudieron establecer en otros momentos y lugares del mismo continente; las consecuencias de un mestizaje casi obligado en un escenario perdido que apenas tiene un habitante por kilómetro cuadrado, una lugar donde hay más aire, viento y polvo que humanidad; las diferentes olas migratorias que conformaron esa realidad multicultural argentina… Hay que estar muy atentos a la lectura de Dear Patagonia: no hay detalles inútiles o caprichos frívolos de dibujante, todo tendrá un sentido, en algunos casos sorprendente en su inclusión y consecuencias no tanto para la trama de la historia como para la reflexión que induce sobre los diferentes temas tratados. No puedo evitar aquí hablar de cómo gestiona González esa película rodada en los primeros capítulos, que resultará un elemento recurrente y protagonista en sí mismo, tanto por su contexto como por las propias meditaciones que le acompañan.
No es fácil conseguir la cuadratura del círculo, pero González casi la logra: a todo lo anterior, a ese minucioso trabajo de guión, hay que añadir una labor gráfica que sólo admite el calificativo de soberbia. Esa luz y atmósfera que da a toda la obra se convierte por derecho propio en el verdadero protagonista de Dear Patagonia, tan omnipresente como asfixiante, opresiva hasta alzarse como columna vertebral de la narración a través de esos momentos donde el autor para el relato para volver al espacio, a la vacía soledad que deja oír el sonido de la nada, de lo infinito, que toma voz propia con el tono del sordo rumor de viento. Me recuerda, no sé por qué, a una antítesis del tratamiento luminoso de las pinturas de Turner, de la que es difícil separar la mirada, dotada de una fascinación particular que obliga a atenderla como un mantra caleidoscópico. Como en Fueye, el autor se prodiga poco en los excesos narrativos durante la ficción, aunque deje caer con cuentagotas atrevidas composiciones, pero se libera por completo cuando pisa la realidad, rompiendo toda regla preconcebida para transitar entre el diario y el cuaderno de viajes, entre la experimentación radical narrativa y la improvisación de la ilustración esbozada. Un contraste que resalta todavía más esa capacidad analítica que aporta la parte final de la obra, rompiendo el esquema tópico de los ficcional imaginario frente a lo real palpable: la ficción tiene un tratamiento naturalista con trazo visceral, de esa fuerza que comparte con otros autores como De Crecy o Blutch; la realidad es pura interpretación visual, una reflexión gráfica sobre lo ficcionado que exige al lector ir más allá de lo ilustrado para obtener sus propias conclusiones.
Una obra que deja tras su lectura muchos posos: las imágenes del cielo patagónico que vuelven y vuelven a cada momento que cierras los ojos, las ideas sobre el origen de la identidad de un pueblo que diluyen el concepto de patria hasta dejarlo irreconocible y, por supuesto, la inexcusable sensación de haber leído uno de los mejores tebeos que se han editado este año.
(No se pierdan el blog de Jorge González, con muchas imágenes de la obra)
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La muchacha salvaje
Hay un discurso dentro del mundo de la historieta que afirma que uno de sus grandes problemas es la falta de revistas donde los autores jóvenes puedan “romper mano”. Es una idea que viene de ese momento glorioso del tebeo de autor que fue la eclosión brutal de los magazines de cómic adulto de los años 80, que no deja de tener bastante sentido enmarcado dentro de la dinámica y tradición de la industria del tebeo español de los años 60 y 70, pero que en este nuevo siglo resulta completamente obsoleta ante la profunda transformación que ha protagonizado el noveno arte. Reconozco que yo mismo he reivindicado esa política para los jóvenes debutantes, pero es una visión tan nostálgica como irreal: la historieta ha entrado por derecho propio en el primer nivel del arte y de la cultura, y con su largamente esperado reconocimiento mediático y social, ha tenido que asumir también entrar en unos modelos de producción y distribución radicalmente distintos, que alejan el tebeo de su comportamientos heredados de su época de producción masiva de la industria infantil y juvenil para entrar a compartir los mismos esquemas de funcionamiento que puedan tener la literatura o cualquier otra arte. Y, en todos estos casos, el camino que lleva al receptor es espinoso y jodido, muy jodido. Frente a ese capullo protector que representaba la revista, que permitía al autor bisoño ir cayendo en la obligada senda de la prueba y error con la red salvadora de sus colegas de publicación, la realidad actual es puramente darwinista y salvaje. Un proceso de selección natural donde el autor se lanza directamente a su prueba iniciática sin más compañía que la de un lector escéptico dispuesto a negarle el pan a la mínima de cambio y un editor que a duras penas podrá pagarle un porcentaje eximio del trabajo real que ha realizado. El inmaduro dibujante ha tenido, a lo mejor, la suerte de publicar en algún fanzine unas cuantas páginas, posiblemente autoeditadas ya sea en papel o aprovechando las ventajas de internet, pero cuando quiere salir al mercado “de verdad” tendrá que ajustarse a la exigencia de una narración larga, de una novela gráfica de cierta extensión que reclama unos recursos y habilidades narrativas mucho más delicados que la narración corta. El cambio no es pequeño: es un auténtico rito iniciático de dolor y sufrimiento que requiere tanta valentía y osadía como ilusión desbordada e inconsciencia.
Y todas esas características están en La muchacha salvaje, de Mireia Pérez, recientemente editada por sins entido. Una obra que, consciente o inconscientemente, trata en cierta manera ese rito de iniciación autoral y personal que supone la independencia vital. Lo hace desde la metáfora, alejando la visión de la realidad de hoy para trasladarse a una inidentificable edad de piedra donde pueda dar rienda suelta a la exploración de sus ideas sin las restricciones que impone lo cotidiano, siguiendo la peripecia de una joven muchacha que decide romper con las imposiciones que le marca la “sociedad”, su contexto más cercano, para buscar su propia experiencia. Un relato al que se aproxima desde un compromiso claro por parte de la autora, que busca poner el énfasis sobre la diferencia que marca el género en el proceso de maduración de la persona en una sociedad que todavía se siente incómoda con la igualdad de la mujer. La opción elegida por la autora de colocar la misma peripecia vital en una época antediluviana es lógica entonces: permite llevar al límite la diferencia de género, con un entorno donde la primacía machista es casi puramente darwiniana.
Es verdad que, llegado a este punto, quizás se podría suponer que la autora muestra su inexperiencia y juventud con una propuesta quizás demasiado ingenua, que repite esquemas bien conocidos de la literatura o incluso el cine. No es difícil asumir que la muda protagonista de la obra de Mireia Pérez sigue el camino de esa transición entre la sufrida compañera del héroe y la protagonista activa que ha tenido el rol de la mujer en la nutrida fantasía prehistórica que tanto ha gustado a la ficción, desde el estereotipo sexual reconvertido en imagen icónica de Raquel Welch en Hace un millón de años a la figura más activa y comprometida de Ayla en la saga-río de Jean Auel, Los hijos de la Tierra. O, restringidos al cómic, de la Lila del Purk de Manuel Gago a la combativa Epoxy de Cuvelier y Van Hamme.
Sin embargo, a medida que avanza la lectura de La muchacha salvaje, es obligado variar esa idea preconcebida: como buena principiante, la autora toma la decisión inteligente de refugiarse en un estilo conocido y, pese a que ya ha demostrado fehacientemente la plasticidad y flexibilidad de su dibujo en otros trabajos, opta por seguir las enseñanzas gráficas y narrativas de Joann Sfar. Se podría pensar que su obra es un clon de inacabado (como es habitual) El valle de las maravillas, pero Mireia Pérez sabe tomar exactamente lo que necesita del francés: la libertad narrativa y esa pulsión característica por contar historias. Con esa acertada guía, Mireia suelta su estilo y se centra en una historia donde demuestra ser una auténtica esponja de influencias: lejos de la fidelidad arqueológica, la edad de piedra de La Muchacha Salvaje es una auténtica síntesis de todos los tópicos de las ficciones que la han recreado, desde Jean-Jaques Annaud a Bernet Toledano, de Los picapiedra de Hanna-Barbera a cualquier referente que la autora conozca de forma consciente e inconsciente. Y, desde ese cóctel tan curioso como sugerente, reflexiona sin prejuicios no tanto sobre el papel de la mujer en una sociedad falócrata como en los propios límites que la mujer encuentra en su naturaleza. La vuelta a las cavernas no es tanto una forma de encauzar un discurso sobre la antropología del feminismo como un recurso para intentar lanzar ideas sobre los enfrentamientos entre la animalidad del ser humano y su racionalidad desde una visión de género comprometida.
El resultado no puede ser más interesante: esa ingenuidad de la propuesta, que existe y es acentuada por el estilo sfariano se convierte en un aliado poderoso para articular un discurso fresco que se antepone a cualquier deficiencia. Que las hay, sobre todo derivadas de una transición a la narración larga que es evidente que la autora no domina todavía con fluidez. Hay episodios que se entienden en su objetivo pero quizás no logran el resultado que la autora busca, ritmos que no siempre se mantienen (no es fácil medir el tempo de lo contemplativo: se nota que la autora ha buceado en los autores japoneses, pero es evidente que es uno de los ejercicios más complejos de la narración gráfica)… Pero todas estas imperfecciones se perdonan con facilidad ante el desparpajo e ilusión que muestra la autora y, sobre todo, la acertada construcción de su personaje principal, una protagonista muda llena de carisma que transmite con sensibilidad tanto la impotencia ante una sociedad injusta como la sorpresa ante los descubrimientos de su propio ser.
La muchacha salvaje se anuncia como el primer volumen de la saga. Esperemos que Mireia Pérez no se fije en la habitual inconstancia de Sfar con sus creaciones y veamos pronto la segunda entrega de una serie que promete confirmar a su autora como un nombre a seguir en la historieta. De momento, éste Nómada es una lectura de lo más recomendable. :)
Mireia dibuja from CAN on Vimeo.
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Pagando por ello
Reciclo reseña de lo ultimo de Chester Brown, Pagando por ello, que acaba de publicar La Cúpula en cuidadosa edición idéntica a la original (sí, hay que reconocer que Brown nos lo pone difícil a los présbitas con un tamaño mínimo):
Pagando por ello no es una novela gráfica. Bueno, sí, claro que sí es una novela gráfica, pero creo que si tuviera que decidir cómo definir escuetamente la última obra de Chester Brown, no usaría ese término. Ni el de cómic, tebeo o historieta… Cuando uno se sumerge en la lectura de esta obra, lo de menos es cuál es el medio usado, ésa es su grandeza: deja atrás todas las polémicas para sobresalir como un impactante, brutal y provocativo objeto de debate. El tema, peliagudo y controvertido: la prostitución. La opción elegida por Brown, casi documental: narrar los encuentros sexuales con prostitutas que ha tenido en los últimos años. El resultado, una exposición milimétrica y consciente, depurada hasta la asepsia en algunos momentos, de todas las cuestiones morales y sociales involucradas en el sexo de pago, reflexionando en voz alta para, más allá de establecer un discurso propio, lanzar temas de debate que es imposible no recoger. Mientras vas leyendo los diferentes capítulos de la obra, atendiendo a las conversaciones con sus amigos de siempre (ya se sabe, Seth y Joe Matt), es imposible no detenerse a reflexionar, espoleado por una exposición tan desnuda y certera que obliga a replantearse desde el propio concepto de moralidad a todo ese edificio formal llamado amor que se ha construido durante milenios alrededor del sexo, las relaciones personales y la reproducción. La gélida ausencia de sentimientos con que Brown aborda el tema sorprende inicialmente, pero anima a entrar en el debate sin prejuicios ni ideas preconcebidas, intentando evitar la carga de la educación moral previa para discutir el problema desde posiciones que van desde el simple análisis de una transacción económica a un replanteamiento total de a qué llamamos relación de pareja y cuál es la base de su definición, construida sobre una inercia ética que esconde desde intereses puramente reproductivos o de necesidades sexuales a los más comunes socioeconómicos, dejando un espacio desnudo de discusión para entender mejor ese sentimiento llamado amor.
Es posible que, como lectura, se puedan achacar bastantes defectos a la nueva obra de Brown (un exceso de reiteración en la simple enumeración de los encuentros sexuales, que puede tener efecto narrativo en lo global, pero aburre en lo particular; una elección de formato poco compatible con los problemas de presbicia…), pero su efecto como objeto de debate es devastador, eficiente al 200%.
Muy recomendable, de lo mejorcito de este año que ya se va acabando.
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Un adiós especial
Qué jodido es morirse. Sabemos que pasará, que es la gran verdad de la vida, pero sigue siendo jodido. Es curioso: de niños nos aterra, tenemos esos primeros contactos con la muerte en forma de entregas casi programadas que van acercándonos a la madurez a empujones. La muerte de una mascota, la del familiar lejano que no conocíamos, la más directa de un abuelo… poco a poco, vamos asumiendo lo inevitable de la muerte y, quizás por esa imposible lucha, aparcamos el tema en nuestra muerte como un asunto a tratar más tarde. Importante, claro, pero que contra más tarde lo abordemos, mejor. Hasta que llega un punto sin retorno en el desarrollo de la persona: la muerte de los padres. Es el momento en que nos damos cuenta de que, definitivamente, somos los siguientes, que ya no hay nadie entre nosotros y la dama blanca. Que vamos cuesta abajo. Es el momento en que somos conscientes de qué significa envejecer.
Contar todo esto desde el sentimiento íntimo es jodido. Muy jodido. Se debe luchar contra muchos sentimientos, algunos tan primitivos como incontenibles; otros, producto de una reflexión que obliga a una siempre dolorosa introspección. ¿Cómo hacerlo bien? Cómo enfrentarse a la muerte sin caer en la desesperación o el tópico?
La historieta no ha sido ajena a esta reflexión: desde que existe, desde que Frank King decidiera contar la vida cotidiana, la muerte es un invitado necesario de cualquier planteamiento mínimamente realista. Desde el dramatismo exacerbado de las series herederas del pulp como Crime Does Not Pay hasta ese escena magistral de dolor contenido que fue la viñeta de la muerte de Raven Sherman en Terry y los piratas. Hasta los superhéroes, enfocados desde sus inicios a un público infantil y juvenil, comenzaron su transición hacia un público adulto a través de un rito de iniciación particular que tomaba la muerte de Gwen Stacy como elemento nuclear. Un camino que la historieta francesa dividió claramente desde sus inicios, separando el cómic tradicional juvenil, donde la muerte cercana no existe (a diferencia de la moda fúnebre que recorre el cómic americano, los héroes francobelgas nunca mueren), del adulto, que asume la referencia como propia: desde aquel bello y enloquecido poema fúnebre a la muerte de su esposa que es La nuit, de Phillpe Druillet hasta obras más próximas en el tiempo como Les funérailles de Luce, de Benoit Springer o Mi mámá está en América de Emile Bravo. Por no hablar del caso japonés, donde las evidentes y profundas diferencias entre las culturas sobre la muerte marcan radicales distancias en cómo se ha plasmado el tema.
Sin embargo, en todos estos casos se evita la plasmación directa del dolor por la pérdida. Se reflexiona sobre la muerte, sobre la desaparición, pero se elude entrar a tratar precisamente aquella muerte que más nos puede afectar: la del ser querido. Y es que realmente pocos, muy pocos, se han atrevido a dar ese salto: lo hemos visto en El arte de volar, de Antonio Altarriba, en Los años del elefante, de Willy Linthout, En El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi, en Autobiografía no autorizada, de Nacho Casanova… En todos los casos, obras que optan por el uso catártico de la creación, que buscan la reflexión particular a través del exhibicionismo de sentimientos dolorosos, quizás impúdico, quizás una solución fácil en tanto buscan una conexión directa a través de la tristeza, Pero en los casos comentados, parece evidente que esa empatía exitosa con el lector no era resultado de un objetivo consciente en sí mismo, sino de la honestidad y sinceridad de su planteamiento.
Pero queda una opción que el cómic rara vez ha barajado: la exposición descriptiva que aleje esa componente de empatía, que busque la reflexión desnuda de elementos sentimentales que puedan condicionarla. Una opción que requiere por parte del autor un ejercicio todavía más doloroso: el de una abstracción que, en muchos casos, puede ser casi insostenible. Pero no imposible, como demuestra Joyce Farmer en Un adiós especial, relato fidedigno de la muerte de sus padres que opta precisamente por una consciente asepsia narrativa. Farmer cuenta la agonía y muerte de su madre y padre desde una perspectiva ajena, tomando incluso una voz distinta que le permita no involucrarse en primera persona, que le permita narrar el declive vital con absoluta precisión quirúrgica. Una labor titánica, de la que sólo se puede atisbar su complejidad y dificultad atendiendo al tiempo dedicado por la autora culminar su creación: pese a acumular una larga experiencia en el underground (Farmer es una autora importantísima en los USA, aunque prácticamente desconocida en España), pese a ser ya una veterana curtida en mil batallas creativas, Un adiós especial supuso para la dibujante una tarea casi inconmensurable que le ocupó trece años de su vida.
Me cuesta imaginar lo difícil que ha tenido que ser despojar los hechos de los sentimientos, analizar los recuerdos para apartar el dolor y dejar sólo la exposición veraz de lo ocurrido, evitar la tentación constante de la reflexión particular, de la expresión de la pena íntima. Pero Farmer lo consigue y narra con minuciosidad profiláctica todo el proceso de degeneración de dos personas: la pérdida de memoria, la caída en la dejadez, la depresión, el olvido, el dolor, la muerte. No deja ningún paso, no olvida ningún momento. No hay lugar para esa empatía, para ese atisbo de tristeza compartida que nos pide el cuerpo.
Y el efecto no pude ser más letal: ante la presentación fría de los acontecimientos, el lector no puede más que acudir a la identificación. Todo aquél que haya pasado por la muerte de un padre o una madre verá lugares comunes: la negación de la enfermedad, la dejadez del enfermo hacia sí mismo… Lo de menos es cuándo se produce la conexión del lector: se dará. Puede que, hasta cierto momento, la lectura de Un adiós especial simplemente mueva a una reflexión banal (“¡pero cómo podía dejar su hija que vivieran con tanta mierda alrededor!”), pero todo lector encontrará una página donde la viñeta actúe como un doloroso espejo en el asistimos sin el filtro del recuerdo a nuestro pasado. En otras obras, la coartada de la empatía permitía alejarse de lo personal y centrarse en el sufrimiento ajeno: no he podido evitar pensar en obras tan geniales como Cuando el viento sopla, que pese a tratar un tema radicalmente distinto, también muestra la degeneración de una pareja desde un tratamiento donde el lector se siente arrastrado por el suplicio que pasan los dos mayores; en la película Las invasiones bárbaras, donde las reflexiones que circundan a la muerte permiten desviar el foco de uno mismo; o en nuestro querido Carlos Giménez, experto como pocos en sacudir bofetadas de realidad que duelen como pocas.
En Un adiós especial no existe esa posibilidad. No existen sentimientos desatados de la autora, sólo hechos que desatan sentimientos, los del lector. Ahí es nada.
Es verdad que, pese a todo, se dejan ver las hechuras de ese dolor: los trece años que tardó la autora se ven en la obra, en los cambios de registro gráfico, en cierta dificultad para expresar los sentimientos de sus personajes que creo que tiene más razones personales que la poca pericia gráfica de la dibujante, ampliamente contrastada en el pasado. Farmer no necesita de la visceralidad que muestra Linthout en Los años del elefante, de hecho, la debe evitar en su planteamiento, pero es evidente que hay ciertos momentos en que no llega a dibujarse a sí misma: Laura, su voz en la ficción, muestra un grafismo inerte muchas veces que sólo puede ser contrapesado por la exhaustividad de la representación gráfica, que se vuelca en todos los detalles, desde el mobiliario de la casa a la presencia física de la enfermedad en los protagonistas, en ese deterioro palpable y visible a lo largo de toda la obra.
No se puede negar tampoco que la gelidez argumental de Farmer puede lograr, en determinados momentos, sacar al lector de la obra, pero lo cierto es que en el global de la experiencia de lectura de Un adiós especial, son detalles que pasan desapercibidos, que apenas importan ante el proceso de reflexión que el lector obligatoriamente ha iniciado, ante un recuerdo renacido de creíamos enterrado y que resulta indefectiblemente descarnado y doloroso.
Yo reconozco que, después de leer esta obra no pensé ni en la narrativa, ni en el dibujo de Farmer ni en nada más que tuviera que ver con los tebeos. Estuve un buen rato acordándome de un año terrible que, casi día por día, estaba en ese tebeo, en esas viñetas.
Y mira que me jodió.
Quizás Un adiós especial no sea una obra maestra del tebeo. Pero es uno de esos tebeos que hay que leer para entender lo que es la vida. La de verdad.
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Lupus
Recupero la reseña que hice de Lupus en el extinto DDT ahora que Astiberri publica un integral de los cuatro volúmenes, añadiendo nota final sobre la edición:
Puede que, a primera vista, sorprendiera el espectacular salto cualitativo que dio Frederick Peeters al comenzar su serie Lupus. El referente de la hermosa y singular Píldoras Azules estaba en la mente de todos y pasar de una historia autobiográfica, intimista y tremendamente sensible a una aventura de ciencia-ficción trepidante dejó descolocados a los seguidores de este autor, que no entendían el cambio. Pero basta entrar en la primera página de Lupus para darse cuenta de que no estamos ante un relato de género convencional o superficial. Peeters ha sabido ampararse perfectamente en los andamiajes formales de la ciencia-ficción para ir tejiendo sobre ellos con tranquilidad una historia de amor, con la misma sensibilidad que demostró en su anterior obra, pero con mayor sabiduría, si cabe, en el planteamiento. Se permite incluso un ejercicio de mestizaje muy particular, uniendo las formas del “road-comic sideral” con los de la comedia sentimental intimista, gracias a las que puede analizar con profundidad y sentimiento la relación entre los protagonistas, Lupus y Sanaa. Si en el primer volumen presentaba a sus protagonistas y les creaba un entorno ideal para que sólo les quedara como opción el comienzo de este largo viaje por el espacio, en el segundo sentaba las bases de esta relación, para lanzarlos por fin en el tercer volumen a una loca escapada que les llevará a una estación espacial abandonada, donde el aislamiento y la soledad les obligará a conocerse en profundidad sincerando y expresando sin tapujos sus sentimientos. Peeters ha imbricado perfectamente los acontecimientos, ensamblando con delicadeza las piezas una detrás de otra, creando una compleja telaraña en la que nada se deja al azar. Ha usado hábilmente el género como envoltorio de lujo para crear las situaciones que empujarán a los protagonistas uno contra el otro, pero también como referente ineludible que le ayuda a contraponer ideas a sentimientos y sensaciones. Plantear únicamente la historia de amor entre Sanaa y Lupus no hubiese sido diferente a cualquier otra historia de miedos e inseguridades ante el amor, pero gracias a su inclusión en el género, le permite jugar con simbolismos muy elaborados, contrastes que generan ideas y sentimientos que no hubiesen existido en un entorno real. Multiplica así la fuerza del relato, generando una complejidad que le permite acercarse de una manera más depurada a la historia de amor, centrarse más en sus personajes y hacerlos, paradójicamente, más reales si cabe.
Es evidente que todo esto sería imposible sin la increíble calidad como dibujante de Peeters. Su trazo impetuoso, expresionista, es el mejor medio para transmitir emotividad, para que el lector palpe los sentimientos de los personajes que se mueven en esas viñetas cerradas. Un estilo que absorbe como una esponja influencias, mezclándolas con frescura y descaro: es capaz de unir la composición de página del manga y su puesta en escena (sobre todo en las escenas más íntimas) con los hallazgos narrativos de los clásicos americanos, con Caniff y Robbins a la cabeza, de los que aprende el uso expresivo del blanco y negro, pero sin olvidar las enseñanzas de autores como De Crecy o Blutch.
Es verdad que Píldoras azules tiene una componente de sinceridad y proximidad que la hace entrañable y encantadora, pero en Lupus encontramos ya a un autor en estado de gracia, que domina a la perfección los recursos narrativos y que, sobre todo, los utiliza para explorar con inteligencia los sentimientos y caminos del ser humano.
No es extraño que, tras tres nominaciones, el final de la saga fuera galardonado con uno de los premios “Esenciales” del festival de Angoulême, reconociendo una de las mejores series publicadas en Francia en los últimos años.
La edición integral de Astiberri opta por reducir el tamaño original, siguiendo lo que ya parece ser costumbre en la industria editorial española en las ediciones de integrales. Es verdad que el trazo y composición de Peeters lo permite y afecta menos que en otros casos, pero no deja de ser incómodo. (3)
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Memorias de un hombre en pijama
Hay gente que llega a la cima y se sienta en un trono dorado para ver desde las alturas al resto del mundo, endiosados, instalados en la élite más selecta y poder olvidarse, por fin, del vulgo.
Hay otros que, sin embargo, llegan a la cima en pijama, echan un vistazo todavía legañoso, se toman su Cola Cao mañanero y se ponen a currar otra vez.
Como Paco Roca.
Y es que Paquito es la hostia. Yo mantengo la teoría de que su cerebro tiene algún tipo de problema que le impide comprender términos como “ambición”, “egoísmo” o “envidia”; algún desorden patológico todavía desconocido que, como muchos otros, ha obligado a su cerebro a desarrollar otras habilidades para compensar los déficits. Y en su caso, sus neuronas se han especializado en generar sentido común y bonhomía a raudales.
Quizás pueda parecer contraproducente que en estos tiempos en los que se valora más en los autores la irreverencia cínica, el sarcasmo destructivo o un gamberrismo adolescente, llegue un señor que lleva por bandera la bondad y cierta dosis de ingenuidad, pero no se confíen, señoras y señores, no se confíen.
Porque aunque Paco ha llegado a la cima en pijama y pantuflas, aunque él mire el éxito con cierta indiferencia, lo cierto es que desde hace años su obra responde por él con unos niveles de calidad inimaginables. Uno, que sí que es más escéptico, tiene siempre por norma admirar la obra y no a los autores por aquello de las decepciones. Que también los dibujantes son humanos y tienen derecho a cagarla justo después de haber tocado las cotas más altas de la genialidad, así que mejor mantener siempre la duda metódica para evitar caer en un desengaño que suele amplificarse exageradamente. Y pensaba, de verdad, que el anuncio de que Paco haría una serie para el periódico Las Provincias de Valencia (además, un diario de derechas, pero si es que este Paquito…) sería el presagio de la primera debilidad de este hombre en mucho tiempo. Que le había llegado su kryptonita particular en forma de encargo, vamos. Y que incluso le vendría bien, qué narices.
Joder, qué error.
Memorias de un hombre en pijama es, de nuevo, otra de las genialidades de Paco. Historias de una página (en la edición de Astiberri se presentan cortadas en dos partes por cuestiones de formato a indicación del propio autor, pero no afecta demasiado a la legibilidad o composición de la página) donde el autor, en pijama, observa la realidad cotidiana con su particular mirada ingenua. Punto de partida que uno podría pensar, como decía antes, que no tendría la mordiente necesaria para una serie de humor. Paco siempre ha querido ser gamberro, pero no le sale, es de los que le tiran una piedra a un gato y luego lo lleva corriendo al veterinario. Y claro, acostumbrados al vitriolo del humor de la tradición de la prensa satírica que va desde La Codorniz a El Jueves, pues como que no.
Craso error, repito.
Porque Paco se guarda un as en la manga, esa enfermedad neuronal que le provoca sentido común a borbotones. Y ante la realidad que nos circunda, ríanse ustedes del ácido más potente que pueda fabricar la química: unas gotitas del sentido común de Paco se convierten en la fuerza más demoledora de la naturaleza. Ni Mjolnir en las manos de Thor consigue tanta potencia en su golpe como la mirada inocente de Paco. Y lo peor es que, pasando páginas, es imposible no reconocerse en algún momento de ese análisis pormenorizado de lo cotidiano que desfila por las páginas. Las miserias de la vida, de la nuestra y de todo lo que nos rodea, quedan al descubierto y uno no puede evitar reírse. Sanamente, de sí mismo y del mundo, porque las historias de Paco son como esos gags de cámara oculta que dejan a alguien con el culo al aire: no podemos evitarlo, nos reímos. Nos carcajeamos aunque la procesión vaya por dentro y, entre lágrimas, pensemos lo de “¡Coño!¡Qué gran verdad!”.
Y así, en pijama, Paco se sube a otro Olimpo, el del género de humor, ése tan vilipendiado que resulta, en verdad, ser el único que realmente nos ayuda a llevar esta vida con un mínimo de felicidad.
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R.I.P. Rest In Peace
R.I.P. es la nueva obra de Felipe Almendros, pero en portada aparece el nombre de su padre, Alfonso Almendros. No es trivial el asunto: puede parecer una sentida expresión de admiración de un hijo a su progenitor o la confirmación de la definición que el propio autor hace de su obra como terapia de autoayuda, pero a poco que nos adentremos en este extraño viaje que firma el autor de la sugerente Save Our Souls, comprenderemos que, de nuevo, Felipe Almendros dinamita toda preconcepción para saltarse a la torera cualquier límite que la historieta le quiera imponer. Si en su anterior obra sorprendía la frescura irreverente de su planteamiento, en ésta deja al lector absolutamente pasmado con una interpretación peculiar del descenso a los infiernos del propio autor provocado por la muerte de su padre y la grave enfermedad de su hermana. La muerte, como elemento catalizador de la expresión de los miedos, se convierte en la puerta de un viaje onírico a través de las angustias personales del autor, que desarrolla una sesión de autopsicoanálisis tú a tú con el papel. Igual que su personaje se aísla en una caja para bajar a su particular averno, el autor crea con las páginas de su libro un castillo impenetrable, ante el que el lector sólo actúa de convidado de piedra, de voyeur inerte que no puede más que asistir al proceso de construcción/deconstrucción puramente estocástica de las fobias del autor. Un strip-tease integral psicológico orquestado como una acción continuada imparable, que a estilo y semejanza de aquél hipnótico Viaje de Yokoyama no deja más opción que seguir mirando, a medias entre la curiosidad malsana y morbosa del cotilla y un extraño efecto mesmérico que aporta ese dibujo minimalista, apenas esbozado, que deja la página prácticamente en blanco. Almendros reduce a sus personajes, a sí mismo, a pequeñas hormigas que van desarrollando sobre el papel una actividad incesante, febril y compulsiva, una danza cinética que plasma un ritmo propio sobre la página que actúa como una especie de catártica flauta de Hamelin para el lector. Y, mientras, el autor arroja de forma imparable sus confesiones, sus sueños, sus obsesiones… desde las ilusiones infantiles a los iconos pop de una vida, usando recurrentemente la simbología pero nunca buscando aportar una explicación. Y, ahí, el lector puede entrar en la propuesta que quiera: puede intentar desentrañar los conceptos simbólicos jugando a ser psicólogo, o bien puede dejarse llevar por la compleja melodía que plantea Almendros para buscar su propia reflexión introspectiva.
R.I.P. tiene algo de Gary Panter en ese espíritu de alucinación desmandada (pese a la diferencia de estilos, completamente opuestos, del barroquismo horror vacui del americano al minimalismo de Almendros), de propuesta hermética que el lector debe desgranar desde una apertura total de miras, siguiendo un manojo de raíces endiabladamente retorcidas que se alimentan de Freud, de Kafka, de los planteamientos estéticos del art brut o del surrealismo, pasando por un reguero inmenso de influencias que el autor va dejando apenas esbozadas.
Las obras de Almendros son radicales rupturas no de la concepción clásica de la historieta, sino de la propia esencia del autor dentro del medio. Experimentos estilísticos y narrativos han existido desde los años 60 (similares incluso a los de Almendros) pero, por primera vez, el autor no sólo está siendo consciente del potencial de la historieta más allá de su consideración como parte de la industria del entretenimiento, lo está llevando a práctica rompiendo las barreras impuestas por los condicionantes puramente productivos para establecer un discurso personal creativo sin límites que lo equipara a cualquier otra arte sin renunciar a sus especifidades. El cómic de autor alcanza, por fin, toda su extensión: tanto como reescritura de las claves que se consideraban canónicas dentro del mainstream manteniendo sus principios de comercialidad y difusión (los Blain, Sfar, Alan Moore, etc), como expresión artística sin restricciones de la voluntad autoral. Y, todos, retroalimentándose para hacer avanzar este arte/cultura/medio/negocio que llamamos historieta. (4)
(Edita Random House Mondadori)
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Cinco mil kilómetros por segundo
Sigo manteniendo la costumbre de hojear un tebeo antes de leerlo. Hojear y ojear, que para evitar la duda de la hache dichosa, nada hay como pasar rápido las páginas del tebeo mientras se saca una impresión visual tan apresurada como espontánea. Rutina que, todo sea dicho, dejaba además un sutil y agradable cosquilleo olfativo por el fuerte aroma de las tintas de entonces, hoy reconvertido en tufillo acre a costa de ser más respetuosos con la salud y el medio ambiente, qué se le va a hacer. Ya no lo hago con demasiada pasión, lo reconozco, es más un automatismo, o los rescoldos que quedan de la adicción a oler los tebeos, pero mantengo esta rutina que pocas alegrías me había dado hasta recibir la nueva obra de Manuele Fior.
Pedí Cinco mil kilómetros por segundo nada más enterarme de su premio en el Salón de Angoulême (siguiendo otro hábito, más moderno, el de aprovechar las bondades de internet para hacerme rápidamente con los premiados o seleccionados en el salón francés) y, nada más abrir la caja, lo hojeé/ojeé con los gestos mecánicos de siempre. Pero fue distinto. Aquella rápida pasada me dejó una imagen tan atípica como sugerente: un torrente de colores, un arco iris casi perfecto formado por la tonalidad imperante en cada capítulo, desde agresivos amarillos a discretos violetas pasando por pardos, rojizos, azules y verdes… Volví a pasar las páginas y ahí estaba, de nuevo, ese curioso y fascinante efecto cromático que logró que todos mis prejuicios se cayeron de golpe. Y tenía muchos, porque el premio al italiano me pareció en su momento excesivo, habida cuenta de que competía con genios como Robert Crumb, Joe Sacco y una larga lista de pesos pesados de la historieta. Pero ese efecto era tan hipnótico, que era fácil dejar de lado todas las ideas preconcebidas para lanzarse a la búsqueda del caldero lleno de monedas de oro que prometía.
Y vaya si escondía un tesoro… Nada más y nada menos que una gran historia de amor.
Todo un atrevimiento, porque en estos tiempos de cinismo y decepción, parece que contar historias de amor es de cursis o sosainas, olvidando que las grandes historias de amor han pervivido en nuestra cultura, desde Ulises y Penélope hasta Romeo y Julieta. No voy a comparar, evidentemente, la historia de Piero y Lucía con estas obras maestras, pero Fior logra plasmar en Cinco mil kilómetros por segundo un bello y sosegado retrato de la descomposición del amor, de cómo la distancia va poco a poco deshaciendo la pasión para dejar un retrato desenfocado de aquél primer amor, pintado con cariño y afecto, pero sin esa esencia de definición imposible del amor.
Creo que, desde el título, Fior toma como punto de partida el anime Cinco centímetros por segundo, dirigida por Makoto Shinkai con una cuidada factura para hablar, también en tres momentos del tiempo, del amor a distancia entre dos jóvenes. Pero el dibujante abandona pronto la cuidada y aséptica factura del japonés – esa narración inanimada basada en desplazar el foco a los objetos alejándose de los seres humanos-, para mostrar un trazo vital, enérgico y orgánico, que se fundamenta en las caras, en las expresiones y gestos modulados por el omnipresente cromatismo que traslada sensaciones y sentimientos. Opta por una sencilla cuadrícula fija de nueve viñetas por página para que todo el ritmo de la composición delegue en el dibujo de cada viñeta, en el color, ganando en lo fisiológico, en lo palpable. Y deja también de lado el hermoso romanticismo adolescente de la obra japonesa para abordar un tratamiento más adulto, más naturalista, más real. Despoja el relato de amor de los tópicos propios para centrarse en aquellas cotidianeidades de la existencia, del día a día, que van minando esa ilusión adolescente, siguiéndola a lo largo del tiempo y de la distancia. Y, en cada, paso, aportando esas zancadillas que la vida pone al amor no como terribles y dramáticos sucesos, sino como la vida que es, con todo lo bueno y malo que tiene.
Desde los silencios, Fior va adentrándose en los sentimientos, en los conflictos que un amor siempre caprichoso e indeciso va creando a cada paso de nuestra vida, dejando ver las incoherencias de la duda y las felicidades de la razón con la misma evidencia que sus contrarios. Lentamente, Lucía y Piero van contándonos su historia de amor, llevando al lector hacia esa conclusión tan descorazonadora que espera tras recorrer el camino que lleva del romanticismo a la melancolía, de la ilusión adolescente a sincera adulta.
Es curioso el efecto que produce la lectura de Cinco mil kilómetros por segundo: acostumbrados a la tópica dinámica del romanticismo que parece marcada en los manuales de los guionistas de cine, la materialidad final de la historia de Lucía y Piero duele. Quizás estamos tan habituados al canon de lo que debe ser una historia de amor, que descubrir que la realidad no se parece en nada a la ficción deja poso amargo. O quizás es que Fior ha sido cruel hasta al extremo, labrando una historia que despierta esas esperanzas adolescentes para luego echar el jarro de agua fría de la realidad. Para los que quieran seguir viviendo la ficción, recomiendo encarecidamente la película de Makoto Shinkai. Para los que prefieren la realidad, el tebeo de Manuele Fior. Aunque, quizás, lo más sensato y humano es poder vivir con ambos. (4)
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Habibi
“Hay defectos en esta vida que, según cómo se mire, pueden ser a la larga virtudes”. No sé dónde leí o escuché esta frase, pero a medida que avanzaba en la lectura del monumental mamotreto que Craig Thompson ha construido con Habibi, me venía una y otra vez a modo de mantra machacón al que intentaba no hacer caso peroy que, tras pasar la última de las casi 700 páginas que conforman el libro, me parece tremendamente adecuada para describirlo.
Hay mucho que hablar y mucho que reflexionar sobre este libro, que difícilmente se puede separar de las anteriores creaciones del autor (tanto Adiós Chunky Rice como Blankets o sus minicómics y Cuaderno de viajes), en tanto plasma la obsesiva personalidad del autor hacia su obra, en la que parece involucrarse de forma total. Así ha sido con Habibi, una novela gráfica que le ha llevado nada más y nada menos que siete años de trabajo al autor, un largo periodo que es fácil de creer ante las casi 700 páginas que resultan de él, abigarradas en lo gráfico y con evidentes pruebas de profundas tareas de documentación. Sin embargo, creo que en la lectura de Habibi es todavía más importante la mimetización profunda que se produce entre obra y autor. Durante esas 700 páginas, no asistimos a la lectura de una obra consiste y sólida, sino a la confección de una compleja y sofisticada vidriera de inquietudes e intereses del autor, apenas sostenidas por una débil excusa argumental. No es difícil ver a lo largo de la obra cómo el autor iba zambulléndose en la cultura islámica y ampliando poco a poco sus intereses, creando nuevas preguntas a las que va buscando respuesta, utilizando a sus dos protagonistas como extensiones propias que le permiten explorar y reflexionar sobre sus dudas. Y aparece aquí el primer problema: es evidente que Thompson buscaba desesperadamente compartir su fascinación por la cultura del Islam, sabía de qué cosas quería hablar, pero no cómo cohesionarlas en un único flujo. La historia de Dodola y Zam, aislada de todo su contexto gráfico, es un culebrón exagerado, que alarga una historia de amor imposible a través de esos excesos melodramáticos que tanto lastran por ejemplo la filmografía almodovariana. Ridículos incluso, si se quiere. Intenta trasladar la fascinación de la leyenda de Scheherezade a un entorno actual, para dar lugar a un escenario extraño de indefinición temporal que más sugiere el anacronismo que la leyenda, generando dos partes diferenciadas en su escenario de fondo (la primera, de fábula, la segunda, realista) que no llegan a cuajar. La ya conocida ingenuidad del autor, que tan bien funcionaba en sus dos obras anteriores, actúa aquí de forma contraria: la historia se resquebraja, no tiene cohesión y resulta pobre.
Un buen carro de defectos. Muchos, demasiados.
Y, sin embargo, la obra funciona. “E la nave va”.
Creo que la razón se encuentra precisamente en esa dispersión y diversificación temática de la que hablaba antes: Habibi es un cúmulo de historias a través de un nexo común que, en la práctica, es olvidable. Si dejamos de lado ese relato vertebrador, cada una de sus ramas adquiere presencia propia y resulta especialmente interesante, mucho más que el conjunto, ayudada por una labor gráfica simplemente espectacular.
Es entonces cuando comienzan a aparecer los temas que de verdad interesaban a Thompson, que creo que se pueden centrar en la fascinación por la palabra, tanto como elemento básico de la iconografía árabe como parte constitutiva del cuento como elemento basal de la imaginación, la sublimación de la sexualidad y un cierto mensaje de denuncia social.
Vayamos por partes:
Sin duda, si en algo destaca Habibi es por su aspecto formal. Thompson explora a lo largo de toda la obra la rica iconografía simbólica islámica, que sin la posibilidad de desarrollarse en la imagen naturalista por imperativo religioso, se vuelca en los elementos geométricos y caligráficos. Durante toda la obra, esa presencia es total, y Thompson vuelca con verdadero acierto el análisis y fijación por el simbolismo alegórico de los elementos de la iconografía islámica, trasladando al lector la belleza de la caligrafía árabe, imbricándola en composiciones gráficas que explotan esa elegancia, logrando el difícil equilibrio de ser tan didácticas como hermosas en su conjunto. Hay un profundo trabajo de investigación detrás de cada página, de minuciosa exploración de las raíces históricas y religiosas de los símbolos, de las letras, de las estructuras geométricas, así como de su significado y uso. Thompson entiende a la perfección la potencia de la composición gráfica de la página como elemento fundamental de la capacidad pedagógica del lenguaje de la historieta, pero se muestra como alumno aventajado de David B. para añadir a esa capacidad la traslación de emociones y sentimientos al lector a través de la metáfora gráfica. Sobre todo, resulta fascinador cómo Thompson consigue combinar la iconografía musulmana con la tradición gráfica ilustrativa occidental. Las formas repetitivas geométricas, la caligrafía omnipresente o la línea recta como elemento axial se unen a la representación naturalista para generar una imaginería propia, reconocible desde las dos perspectivas, pero propia y definida en su particularidad. Imágenes de gran belleza y de un inusitado impacto visual, que Thompson borda a lo largo de toda la obra.

Y es precisamente de esa fascinación por el simbolismo de la palabra como elemento gráfico de donde deriva otro de los defectos reconvertidos en virtudes del libro: el uso del referente a las mil y una noches puede ser inconsistente en su globalidad, pero es tremendamente evocador y sugerente en lo individual. Dodola, la protagonista, toma el lugar de Scheherezade para fabular, para crear bellísimas historias que sirven al autor para explorar tanto el Corán como la mitología oriental, con especial atención a las reescrituras de la tradición cristiana. Y el resultado no puede ser más afortunado: cada una de las historias profundiza en el sentido de la fábula clásica como elemento transmisor de una moral, esbozando como la compleja estructura de la Biblia o el Corán es tan sólo una consecuencia de su función como garante del paso de esas enseñanzas de una generación a otra. Pero, también, lanzando una reflexión muy interesante sobre la relación existente entre la fábula popular y las leyendas (representadas claramente por la figura de Scheherezade) y la génesis de las religiones, tanto monoteístas como politeístas.
El segundo de los aspectos que se desarrolla en Habibi entronca directamente con Blankets: el desarrollo de la sexualidad. Aquella vivencia de los inicios sexuales marcada por los complejos de culpa de origen religioso que conformaba el núcleo fundamental de Blankets, se desarrolla en Habibi y toma forma de tesis fundamental a través de la sublimación de la sexualidad. El sexo como fuente de impureza pero, a su vez, como elemento necesario de la relación de amor. Una difícil dualidad que Thompson resuelve a través de la exaltación de la sexualidad hacia lo espiritual para dejar atrás lo físico y corpóreo, en un planteamiento quizás excesivamente ingenuo. A lo largo de la obra, Thompson repite y remacha esa visión pecaminosa del sexo, tanto desde la represión consciente del deseo (casi representado de forma incestuosa) como de la representación del acto sexual físico como una forma de violación constante, forzada y rechazable (hasta el punto de dar una imagen inicial casi sucia de la maternidad, como una especie de consecuencia del acto sexual representada desde una visceralidad opresiva). Dos ideas que encontrarán en la clásica figura de la cultura oriental del eunuco una forma de canalización en la historia, que le dará excusa a Thompson para desarrollar su visión ascética y elevada del sexo como una especia de nivel máximo de espiritualidad dentro de la relación de pareja. Quizás dentro del entorno de fábula que plantea el autor, pueda perdonarse la candidez de la propuesta, pero dentro del desarrollo de la obra, esta idea llega precisamente en un momento de contraste con una supuesta realidad actual donde puede chirríar todavía más.

De hecho, esa realidad actual supone el tercer mensaje claro que lanza Thompson y, quizás, el que entra con más dificultades dentro de la historia que plantea: si en la primera mitad de la obra todo parece indicar que estamos inmersos en una fábula de las mil y una noches situada en un indeterminado tiempo pasado, la segunda mitad del libro se traslada a un presente de podredumbre y deterioro donde, de nuevo, la sencillez de planteamientos de Thompson le pasa factura: la representación de la destrucción medioambiental o de la avidez de la sociedad neocapitalista están tan plagadas de tópicos que, sin dejar de ser completamente reales (desamparo de la infancia, poblaciones famélicas que viven en vertederos, la completa devastación de la naturaleza reconvertida en vertederos venenosos, la esclavitud del trabajador o las diferencias de clases cada vez más acentuadas son constantes de los telediarios), en su acumulación resultan tan maniqueas como increíbles. Y es que la denuncia de la realidad se debe basar, precisamente, en la realidad: no es necesario acentuarla para hacerla dramática. La comparación con la obra de Joe Sacco, por ejemplo, viene al caso: sus novelas gráficas hacen una representación angustiosa de la terrible situación del Oriente Medio, que en ningún momento necesita acudir a la exageración o a redundar en la dureza de lo que allí ocurre para sobrecoger al lector. Sin embargo, Thompson abusa de la reincidencia continuada en el dramatismo, de amontonar desgracias y horrores hasta un punto en que, decididamente, echa al lector de esa realidad, ayudado por ese difícil equilibrio que intenta mantener entre fábula y actualidad.
Pero pese a los defectos, es indudable que la obra funciona, que la lectura es fluida aún a pesar de todos esos defectos argumentales. Como ya he comentado, esa dispersión de ideas juega a favor del autor en todo momento: posiblemente si hubiera planteado su obra de forma más sólida, los defectos habrían pesado demasiado, pero esa improvisación constante, ese cambio continuado de foco de atención, hace que los defectos se vayan diluyendo, que antes de que frunzamos el ceño por uno de esos episodios que pueden resultar frustrados, estemos ya inmersos en una nueva parte que hace olvidar la anterior, siempre ayudado por una labor gráfica extraordinaria, brillantísima.
En el fondo, Habibi no es la exploración de la cultura árabe, sino el reflejo de la personalidad de un autor, con sus ambiciones, inquietudes, imperfecciones y sus virtudes, con sus luces y oscuridades. Personalmente creo que eso ya es suficiente para darle una oportunidad, pero si no es suficiente, sigue quedando ese fascinante trabajo de exploración de la iconografía árabe. Cualquiera de las dos razones justifica su lectura.
Enlaces:
- Blog de Craig Thompson
- Process Gallery
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Fantasmas
No se debe decir mucho de The new ghost. Es un tebeito editado con cariño por Nobrow, ya saben esa editorial británica llena de gente joven con ganas de devorar el futuro del tebeo (ojito con ellos), pero éso es lo de menos.
De momento, me tienen robado el corazón con sus preciosas ediciones, de apariencia casi artesanal, de tacto sensible y olor a tinta a la antigua usanza. Grapa en el lomo que recuerda que su columna vertebral es la del fanzine, pero estética de qualité que lo acerca al objeto fetiche arrebatador. Muy bonito, sí, pero burdo celofán si no atesorase una historia como la firmada por Robert Hunter, que nace en el relato de terror fantasmal para desembocar en la fábula infantil a través de un recorrido consciente por el sentido de la maravilla. No quiero decir mucho, repito, porque como en los cuentos que leíamos de niños, la sorpresa final forma parte del encanto ingenuo de la fábula. Pero es que este tebeo es una de las historias más bellas que recuerdo en mucho tiempo.
Decía Fernando Savater en la mesa redonda de la Fundación Mapfre que él gustaba de esos tebeos que no olvidaban que eran para niños. Me gustan esos tebeos. Pero yo prefiero, quizás por unas canas mal asumidas, quién sabe, lo que ofrece The new ghost: un tebeo para adultos que por un momento quieren volver a sentir lo que es ser un niño.
Que alguien lo publique en España, por favor…
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Arzak
Para comentar Arzak, es necesario antes hablar de Arzach. Y de Harzak. O de Harzack. E incluso de Harzach. Ortografías mutables con las que aparecieron cuatro historietas llamadas a cambiar una forma de entender el tebeo. Hagamos un poco de historia: mediados de los 70, recién estrenados los primeros movimientos de cómic adulto en Francia en la década anterior y con las primeras experiencias de cómic alternativo lideradas por dibujantes (Hara Kiri, L’Echo des Savanes) ya en los kioscos, se anuncia una nueva experiencia editorial autogestionada: Metal Hurlant. Cuatro dibujantes (exactamente tres y un gestor, Dionnet, Moebius, Druillet y Farkas), todos con experiencia en esta nueva etapa que se estaba gestando tras las revueltas culturales de los años 60, toman las riendas de un proyecto que nace, como toda contracultura joven y contestaria, en oposición a los modelos establecidos. El objetivo, lanzar una revista de cómics de género, siguiendo la tradición francobelga liderada entonces por Pilote pero dejando esta vez todo la libertad en manos del dibujante, con especial atención a lo gráfico. Una revista llamada a revolucionar concepciones estéticas que tendría como icono más representativo de toda su producción cuatro historietas mudas. Cuatro relatos breves firmados por Moebius, el alter ego de un Jean Giraud que ya triunfaba con Blueberry, protagonizados por un silencioso personaje que surcaba extraños paisajes a lomos de algo parecido a un pterodáctilo. Publicadas en los primeros números de la nueva revista, cada una de las entregas llevaba un título de cambiante ortografía: todas fonéticamente idénticas, todas escritas de forma diferente. Sin guión previo. “Improvisadas”, según el autor, en una afirmación casi imposible de creer a la vista de la perfección técnica del dibujo. Absurdas y surrealistas en su fondo. Espectaculares en su forma. Influyentes hasta cambiar completamente la forma de entender el género durante una década.
Y es que la propuesta de Moebius no era tan espontánea como parecía: en un mercado claramente dominado por los personajes y, sobre todo, regido por una serie de guionistas que no sólo acaparaban la atención medíatica (Goscinny, Charlier…) sino que también eran los responsables de la producción, Moebius lanza así una defensa a ultranza del dibujante, de la historieta como narración gráfica no literaria. Toma ejemplo del dadaísmo para reclamar una forma de creación más fresca e improvisada, pero es tan sólo una coartada para su discurso: una historieta muda, apabullante en lo gráfico, que deja la palabra apartada para centrarse en la narración dibujada. El dibujo como centro absoluto de la historieta, con historias que nacen de la fantasía (lógico en tanto se busca el lucimiento gráfico) pero cometen la entonces herejía de apostar conscientemente por un públic adulto, pervirtiendo las tradiciones del cómic francobelga clásico juvenil. Sexo, violencia y drogas como alambrada que impide la entrada al lector juvenil y que anuncian claramente la vocación adulta de esta nueva historieta. Quizás hoy se puede ver esta estrategía como ingenua, pero en su día era toda una provocación, brutal. Y, para colmo, un título cambiante que resumen claramente esa idea: las palabras cambian, el sonido es siempre el mismo. Arzak.
Un mensaje claro, conciso y contundente que resultó transcender rápidamente sus motivaciones. La excelencia gráfica de Moebius, la potencia de las ilustraciones de estas cuatro historias, la sugerente atmósfera de estos mundos oníricos (Moebius afirmaba que eran historias creadas a partir de sueños), resultaron todavía más influyentes que el discurso de rebeldía del dibujante. Se convirtieron en un icono, en el exponente máximo de una nueva era de libertad gráfica y argumental que, paradójicamente, daría lugar a una preocupante uniformidad estilística. El trazo de Moebius se convirtió en el paradigma de la nueva historieta: desde el tebeo americano al japonés, los imitadores de Moebius se multiplicaron por todo el planeta, en un fenómeno sólo comparable a la influencia de los grandes clásicos como Disney.
Arzach/Harzach/Harzak/Harzack formaba ya parte de la mitología de la historieta y se convertía en la primera piedra del edificio Humanoide, de una leyenda con no pocos claroscuros, pero que está plagada de aciertos sorprendentes.
Pero ésa es otra historia…
Treinta años después, Moebius retoma a su silencioso personaje tras su particular travesía del desierto llamada Inside Moebius, ya instaurado en el Olimpo de la historieta, sin necesidad de cambiar nada ni de llamar a la revolución. Sólo por el placer de volver a los enigmáticos paisajes de Tassili. Era lógico, tras Le Chasseur Deprimmé, el hiponótico regreso al universo del garaje hermético de Jerry Cornelius (inexplicablemente inédita todavía en castellano), el siguiente paso sólo podía ser éste. Sin embargo, en esas décadas han pasado muchas cosas y aquél personaje rebelde se ha dejado por el camino muchas cosas, como el silencio, la ortografía incierta y voluble y la improvisación. Arzak habla y protagoniza una historia de ciencia-ficción de corte clásico, deudora hasta límites sospechosos -de momento- de George Lucas.
Arzak llega a Tassili con espíritu de western crepuscular, aprovechando esa capacidad innata del dibujante para dar profundidad a sus viñetas de espacios abiertos (¡Pocos desiertos son tan inmensos como los que dibuja Moebius!), con diálogos de inspiración ochentera llenos de palabras inventadas a modo de retruécano con ínfulas tecnológicas. Todavía es pronto para juzgar una historia que se desarrollará durante tres álbumes, pero no se puede evitar cierto aroma a naftalina en la historia que plantea Moebius, que no deja de tener su atractivo. Para los que vivimos aquellos locos 80 de las revistas, la nueva singladura de Arzak tiene algo de encanto nostálgico pese (o gracias) a las continuas referencias starwarseras, llevada en volandas por la calidad gráfica de Moebius, que como décadas atrás vuelve a ser el centro absoluto de la obra. Es curioso cómo la dualidad Giraud/Moebius se mantiene pese al paso del tiempo, sólo hay que comparar las últimas entregas de Blueberry con este nuevo Arzak: se comparten, paradójicamente, escenarios y argumentos basales del western, en un caso literales, en otro proyectados a la ciencia-ficción, pero con estrategias narrativas diferenciadas. Mientras que Blueberry prima la acción, la profusión de viñetas para una narración rápida y un dibujo de cuidado barroquismo en el detalle, en Arzak las viñetas se amplían para dar espacio a un ritmo más pausado, con un trazo de línea limpia que da más protagonismo al color. Giraud/Moebius vuelve a mostrar una bicefalia perfectamente planificada, que pierde quizás el atractivo de la dualidad entre tradición y revolución que expresaba en los 70, pero mantiene el de su excelsa calidad gráfica.
Una lectura curiosa de momento, veremos cómo sigue la serie, pero que a mi entender tiene como principal problema el carisma de aquellas primeras cuatro entregas. Demasiado fundamentales, demasiado icónicas como para volver a ellas. Es cierto que Moebius se aparta de aquella línea, pero hay mitos que es mejor no tocar, dejarlos en el recuerdo para que sigan aumentando su leyenda.
Ya veremos…
Eso sí, espectacular la edición de Norma de este álbum, a gran formato, con exquisita reproducción (lástima que se haya quedado en el camino la primera edición que se lanzó del álbum en Francia, en blanco y negro).
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Lecturas variadas de fin de semana
El fin de semana se presentaba interesante: el impresionante volumen que acaba de editar Drawn & Quaterly recopilando historias de Anders Nilsen era suficiente motivo para esperar una lectura fructífera pero, al final, las cosas se tuercen y lo leído nada tiene que ver con lo previsto. Pero antes de que se me vaya de la cabeza, que hay un par de obras de autores patrios que merecen lectura:
comienzo por La mano del diablo, de Brais Rodríguez, que llegaba con un amplio palmito de suficientes razones para justificar su lectura (ahí es nada: premio Castelao, primera obra larga del cocreador del sugerente Carne líquida…). Y las previsiones se cumplen: el dibujante se lanza a una historia compleja, de denuncia de la guerra a través de los sinsentidos y absurdos que genera desde una perspectiva íntima, separada del gran ruido de la batalla. Evita mostrar la barbarie para centrarse en la locura humana que rige la guerra contando la historia de unos soldados que llegan a una pequeña alquería, confrontando la realidad sencilla de los que simplemente quieren seguir su vida con la lógica imposible de los que justifican el horror. Como era de esperar, el dibujante se acerca al problema desde atajos inesperados, que evitan lo patente para sugerir y mostrar desde una posición escorzada, difícil, que obligue al lector a continuar el razonamiento, dejándole espacios en blanco para la reflexión. Se nota, eso sí, que el relato largo le pasa todavía factura a un autor acostumbrado a la historia breve, con una narración que se desarrolla demasiado por momentos, por escenas definidas en donde el autor exprime ese mensaje que busca trasladar, pero que flaquea en la argamasa que las une. No es grave, la obra se disfruta y deja buen poso y, sobre todo, anuncia a un autor a seguir en el futuro.
Otra obra que también deja buen sabor de boca es Borra de LuisD, un autor que debuta en el escenario de la mirada al pasado, volviendo a la inocencia de la niñez para buscar esos momentos donde la infancia comienza a quebrarse. El autor opta por un ritmo tranquilo, de paseo por el pasado que intenta rememorar las sensaciones de aquellos momentos, desde los primeros miedos a las ilusiones, de los olores a los sonidos. No hay grandes dramas ni momentos que cambian una vida. Sólo hay experiencias, de esas que se van sumando para formar eso que se llama persona. Un tebeo agradable que, quizás, juega con la desventaja de cierta saturación para el lector en este tipo de temas y con el evidente problema de llegar el último. Es difícil, por ejemplo, sustraerse a comparar el trabajo de LuisD con el de Fermín Solís, coincidente en temas, pero es injusto y erróneo: el extremeño es ya un maestro en su trabajo, definido, enfocado y centrado en lo que quiere contar y LuisD todavía tiene tiempo para encontrar un discurso propio, un lugar para contar sus historias. Borra es un excelente primer paso.
Sigo con cosas leídas que quiero comentar: Los muertos vivientes 14, de Kirkman y Adlard. Tengo por un momento la tentación de ponerlo a caer de un burro, por aquello de aburrirme de decir siempre lo bueno que es. Decir que es repetitivo en sus esquemas, que Kirkman vuelve a introducir un vértice dramático exagerado para romper la línea argumental y provocar una nueva y esperada inflexión. Que Adlard es un poco muñón y que funciona tan de fórmula que cansa. Que la historia comienza a agotarse…¡yo qué sé! Y todo sería verdad, ojo, pero me dejaría en el tintero lo más importante: que funciona a las mil maravillas. Todo lo dicho es cierto, palabrita, el reguero de defectos de la serie es largo y extenso a poco que uno se ponga a buscarlos, pero todos desaparecen como por arte de magia cuando se juntan. Juego de espejos, prestidigitación, trampas, sí, pero para el lector sigue siendo lo menos importante. Lo único que sabe el lector es que queda fascinado por el malabarismo continuo de estos dos autores. Aun sabiendo todos los trucos, Los muertos vivientes sigue enganchando desde su primera a su última página.

Toca leer en otro idioma, que siempre es bueno esto de ejercer las lenguas bárbaras: The hidden, de Richard Sala. Nueva prueba de lo incomprensible del mercado español, que da la espalda a uno de los autores más sugerentes e interesantes que está teniendo el género de terror hoy en día (menos mal que, en su día, Recerca editó Peculia…).
Y nueva vuelta de tuerca del autor, que esta vez se lanza directamente a bucear en los clásicos para continuar a Mary Shelley, explorando y actualizando la continuación del mito de Frankenstein a golpe de apocalipsis pseudo-zombi. Los lugares comunes de Sala se repiten: querencia por la atmósfera pulp, la estética Addams y Gorey para ahondar en la visión ingenua del terror de la cultura popular, desde el mito clásico del mad doctor a la scream girl de los años cincuenta cinematográfica… Pero siempre aportando una lectura reflexiva que une la propia exploración respetuosa del género con la desmitificación más deconstructiva. Empeño complicado que Sala suele conseguir con nota. Vamos, una gozada.
La siguiente lectura, la continuación del Arzak de Moebius. Eso mañana, que tengo que digerir un poco esta versión starwarsizada y de domada ortografía de aquellas míticas cuatro historias que definían la iconografía e ideología de Metal Hurlant.
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Monstruos
Así entre nosotros, no me apetecía mucho leer Monstruos, la novela gráfica de Ken Dahl sobre el herpes. Primero porque no tengo últimamente mucho tiempo para lecturas, y para los padecimientos ajenos ya tengo yo los míos. Segundo, porque en este caso, uno ya va servido y sabe por experiencia propia lo verdaderamente irritante que pueden llegar a ser las famosas calenturas, así que no me hacía falta que me lo contaran de segunda mano.
Pero oigan, pese a todo, uno no puede evitar sentirse atraído por esas cosas con dibujitos en papel llamados tebeos y, por mucho que tuviera razones para evitar la lectura, a poco que un par de conocidos me preguntaron sobre el tebeo y otro par me comentó lo bien que estaba, pues oye, a tomar por saco los remilgos y directo a la lectura.
Y bien que hice, porque Ken Dahl si bien es cierto que la obra podría calificarse de “tebeo didáctico” sobre los penosos males de las pústulas labiales del herpes, hay mucho más. Ante todo y sobre todo, el relato del desarrollo de un hipocondriaco tan exagerado como patético, que transforma toda su vida en obcecación por el dichoso virus, destrozando su existencia desde el exterior al interior. Dahl tiene pulso narrativo y cuenta su vida enferma con gracia y salero, que se dice, desde los achaques de su enfermedad a las dificultades del tratamiento en el sistema sanitario americano, pasando por supuesto a cómo afecta a sus relaciones personales, en una especie de crescendo obsesivo que, sin embargo, toma total sentido una vez concluida la lectura. Monstruos es una obra armada alrededor de un final (ya saben, la teoría de Miller), que mientras la vas leyendo es divertida y tiene su aquél, pero que no evita que pensemos “pues no es para tanto”, pero que cuando llegas al final adquiere un sentido completamente nuevo, convirtiéndose en una cruel ironía que vapulea al autobiografiado y lo pone a la altura del betún.
¡OJO! SPOILERS Leer más Monstruos
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La protectora
En días como éstos, con la que está cayendo con la dichosa crisis, no puedo evitar acordarme continuamente de El perfil requerido, una historieta corta de Keko incluida en esa genialidad que es La casa del muerto, en la que el dibujante retrataba con escalpelo filoso la silueta del “político perfecto”. Era una más de las muchas historietas que conformaban un tebeo que provocaba un espanto profundo, abisal, firmado por un autor ya especializado en andar por el filo de la navaja para asomarse al precipicio de las miserias humanas, plasmándolas a modo de reflexiones inquietantes más próximas al género de terror que al ensayo social. Y es que Keko Godoy, madrileño que muchos recordarán por aquellos primeros pasos de contrastado blanco y negro en el Madriz, ha ido perfeccionando la angustiosa habilidad de desnudar con sus dibujos la psique humana, dejando expuesta una pesadilla ponzoñosa, que tumba cualquier discurso de hipocresía individual o colectiva. Como en aquella película de Carpenter, las historietas de Keko son unas gafas que permiten ver la realidad que oculta la atmósfera de neones coloridos y brillantes que nos rodea, hurgando en nuestra materia gris para activar unas neuronas anestesiadas por el incesante bombardeo mediático. No hay más que recordar esa visión escalofriante de la feliz iconografía de los cincuenta que se marcó el dibujante en 4 botas o las píldoras de hiriente sentido común que ha lanzado en los Almanaques dirigidos por Micharmut.
Poco a poco, Keko ha ido creando con su obra un catálogo de terrores cotidianos, de los miedos que intentamos olvidar maquillados con aroma de McDonalds e iluminación catódica. Un paseo involuntario por un género que pedía a gritos que, por fin, se lanzara directamente a sus brazos. Sin ambages ni intermediarios: si Keko es capaz de erizar hasta vellos que no sabíamos que existían con su retrato de la realidad, ¿por qué no zambullirse a consciencia en terror, en ese género clásico entre los clásicos?
La respuesta tiene nombre La protectora. Y apellidos: Henry James. Nada en Keko es fácil. Su obra es un reto a la inteligencia del lector porque para él mismo es un desafío. Lidiar con el terror no podía ser menos y se pone el listón a una altura estratosférica: continuar a Henry James. Tomar una de las narraciones de terror que más fascinación ha provocado, Otra vuelta de tuerca, y darle una nueva lectura a partir de dónde lo dejó el que es considerado como uno de los escritores más importantes de la historia (Harold Bloom dixit). Una nueva vuelta de tuerca.
Tras los terribles sucesos que desembocaron en la muerte de Miles, la pequeña Flora vuelve junto a la Sra. Grose con su tío, el señor de Bly. Punto de partida para que Keko teja una compleja y opresiva red alrededor de la historia original, que mantiene intacto el juego de ambigüedades de James, pero que ahonda en las razones de la locura que ocurrió en aquella casa. De repente, la enajenación de la institutriz comienza a ser sólo un pequeño resquicio por el que escapar de un entorno insano, en el que iremos descubriendo que aquellas perversiones insinuadas de Quint y la anterior institutriz no son más que una parte del verdadero terror, el de mirarse al espejo de un degeneración asumida como única libertad frente a la imagen que el mundo ha creado de sí mismo.

Keko afina su trazo para dotar a sus viñetas de una atmósfera asfixiante, jugando con imágenes de realidad fotográfica, pero manipuladas a modo de grabados de época hasta conseguir una sensación de irrealidad indefinible. El inmaculado blanco y negro se ensucia de tramas grises de naturaleza orgánica, imprevista y visceral, consiguiendo que una extraña sensación de impudicia se extienda por toda la obra. Composiciones que obligan al lector a detenerse, a tocar la ruptura de las líneas para sentir como se quiebra la razón. Páginas que enfocan su atención a las miradas, a ojos ausentes, a miradas soslayadas, a miradas discretas, a miradas perturbadas y, sobre todo, a ojos que desafían al lector directamente, mirándole sin pestañear trasladando una desazón perturbadora. Llevando la lectura por las cloacas del ser humano para sentir su hedor y sentir miedo, pánico por la verdadera naturaleza de lo que somos.
La obra de James ha tenido muchas adaptaciones, más o menos literales (en el cine, desde Frankenheimer a Amenábar, pasando por la estupendísima versión de Clayton o la curiosa de Eloy de la Iglesia, en la literatura en incluso en el cómic, como la poco conocida versión de Crepax), pero pocas veces han conseguido trasladar esa sensación indescriptible de angustia y desasosiego que transmitía James, de espiral hacia una locura desconocida.
Keko lo consigue.
Ahí es nada, oigan, ahí es nada. (4+)
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Parábola
Releer hoy Parábola de Stan Lee y Moebius tiene algo de masoquista. Es una de esas lecturas que, en su día, ya parecían rancias y que hoy, veinte años después, llegan ya como casi momificadas, pura mojama argumental si se quiere. Pero, curiosamente, siguen manteniendo intactos los puntos de interés que entonces todavía podían salvar el esfuerzo de su lectura.
Vayamos por partes, pequeña introducción histórica: Parábola es un proyecto de finales de los 80 que ya entonces nacía antiguo, retomando aquella tradición de los megacrossovers entre majors de los 70 (¿recuerdan ustedes el Batman contra Hulk o el Spiderman conta Superman?) actualizada mirando a lo que venía desde Europa. Una especie de unión del cómic-book americano más mainstream con la ‘qualité’ que se importaba desde Europa para la revista Heavy Metal, simbolizada en la colaboración de sus dos referentes más importantes: Stan Lee y Moebius.

Hasta ahí, nada que decir. Operación de mercadotecnia acompañada de declaraciones mutuas en las que el guionista y editor loaba las maravillas del dibujante y éste a su vez expresaba su interés y ganas de trabajar para la gran industria americana. Pues perfecto.
El problema es que, además, tenían que hacer un tebeo. Para la ocasión, Lee pensó -nada erróneamente, todo sea dicho- que había que aprovechar las ínfulas metafísicas en las que el francés se hallaba flotando (recordemos que venía de terminar la saga del Incal con Jodorowsky, una obra cuyos últimos álbumes dan buena cuenta del nivel de “flotabilidad” espiritual al que habían llegado guionista y dibujante) para sacarle todo el jugo a su colaboración. Tomó a su personaje más dado a la trascendencia, Estela Plateada (yo, me perdonarán el uso de la traducción, pero es que cuando pienso en lo del Surfista de Plata y los mamotretos existenciales, me da la risa) y a su personaje más totémico, Galactus, para desarrollar un concepto que ya era obvio en su debut sesentero en Los 4 fantásticos, pero que sonaba exageradamente atrevido para una sociedad americana que ni siquiera había estrenado minifalda: Galactus es El Dios del Universo Marvel. El Dios, con mayúscula, no me equivoco, que una cosa es el amplio panteón mitológico de ese universo y otro es la recreación clara y evidente del dios de las religiones monoteístas, con sacrificio de su enviado/hijo/heraldo incluido para salvar la humanidad. Y planteó una historia, a priori, acertada: ¿qué pasaría si de repente se apareciera Dios/Galactus por la tierra? La cuestión no es nueva, es obvio, ni en el cómic (que se lo digan a Marc Antonie Mathieu y su Dios en persona, por ejemplo) ni en otras artes (tema recurrente de la ciencia-ficción, todo sea dicho), pero siempre puede dar lugar a interesantes reflexiones y preguntas abiertas sobre el espinoso tema de la trascendencia y la religiosidad. De hecho, hasta las líneas que esboza Lee son atractivas: auge de los fanatismos, control de las masas por los líderes religiosos renacidos desde la telepredicación, la suposición de la desaparición de la moral cuando desaparece la religión o la necesidad del mal común como elemento de unión de la humanidad (uy, me suena a algo…). El problema es que el editor estrella lo desarrolla con una simpleza tan torpe que sonroja: diálogos que fundamentan su supuesta trascendencia en una pomposidad tan recargada como ridícula, situaciones que de tan estrambóticas pasan a ser risibles… Todo lo que podía ser de interés se desinfla por momentos en este ambicioso globo que el guionista no puede abarcar (no sé por qué, releyendo el tebeo me ha venido a la memoria la muy estimable Renacer de Bigas Luna, una contundente reflexión sobre las sectas y los fanatismos). Es verdad que los diálogos de esta obra no son muy diferentes a los que se pueden encontrar en los 4 Fantásticos veinte años antes, pero no es menos cierto que los contextos cambian y pesan: aunque no parece lógico atender sólo al paso del tiempo (a fin de cuentas en los años 60 –y antes- ya existían tebeos con un discurso mucho más adulto en Francia o, por poner un ejemplo más claro y evidente, con las obras maestras de H.G. Oesterheld), es evidente que no es lo mismo un tebeo dedicado a un lector adolescente americano de principios de los años 60 que un lector adulto de los años 90 y, mucho menos, del actual siglo XXI. Hoy, cuando leo aquellos tebeos de la llegada de Galactus no puedo evitar sonreír con la ingenua rimbombancia de los diálogos que Lee creaba para los épicos dibujos de Kirby, pero se perdonan pensando en ese sentido de la maravilla que sentiría el chaval de 14 años de 1968 cuando veía por primera vez algo parecido un drama épico de dimensiones galácticas. Si no se tiene en cuenta esa situación, esa sonrisa condescendiente se trastoca en gesto de burla, como casi le pasa a esta Parábola.
Y digo casi, porque hay algo en todo esto que salva la lectura y tiene nombre propio: Moebius. El ser humano siempre ha tenido malsana curiosidad por ver a un pez fuera del agua y comprobar si el genio galo era capaz de defenderse en las bravas aguas del mainstream americano no puede ser más morboso.
Y, desde luego, lo consigue. No se puede decir, desde luego, que sea su mejor obra, pero resulta muy, muy interesante ver cómo dos formas antitéticas de entender la creación pueden llegar a lugares comunes y, sobre todo, como un autor como Moebius es capaz de plegarse a las necesidades industriales sin perder su personalidad. Con un dibujo mucho más ligero al que entonces nos tenía acostumbrados y con una mezcla de soluciones narrativas que las hace simultáneamente tan poco comunes en el comic-book americano como en el estilo de Giraud, como bien explica el dibujante en la conclusión de su texto (que, inexplicablemente, no aparece en la edición de Panini). No sólo eso, sino que el dibujante reconoce abiertamente el reto que supone para él trabajar con los fuertes condicionantes industriales del comic book (hace especial referencia a la limitada paleta de colores de la época, por ejemplo). El resultado es, desde luego, muy sugerente: tanto para el aficionado al comic-book como para el lector habitual de comic europeo, la versión Marvel de Moebius es un extraño pero atractivo punto de encuentro en el que perder un buen rato. Evidentemente, con la lujosa y cuidada reproducción de la nueva edición que pone Panini en las librerías perdemos el color original y el papel de pulpa que quería expresamente Moebius (de hecho, el dibujante optó por la edición en formato de comic-book americano y no por el de álbum europeo que Marvel estaba dispuesta a realizar), pero el nuevo recoloreado es bastante fiel al de la versión de Chiarello y Wellington, permitiendo recuperar una experiencia cercana a la original que olvida definitivamente los espantosos delirios cromáticos de la versión de 2001.
Al final, y pese a lo indigesto del argumento, uno puede disfrutar de este curioso crossover continental a modo de pintoresca curiosidad.
PD: Es una lástima que la excelente edición de Panini deje fuera el último apartado del texto final de Moebius, posiblemente el más interesante en su análisis de la experiencia. Lo dejo aquí por si alguien quiere leerlo (sacado de la edición de Planeta de 1989):

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Dulces, dulces
Si ya me encantó la primera parte de Los años dulces, la adaptación que Jiro Taniguchi hace de la novela de Hiromi Kawakami, al finalizar la segunda entrega sólo puedo hablar de maravillas. Reafirmarme en todo lo que dije y multiplicar las loas y halagos a este autor, que borda ese difícil equilibrio entre la tensión romántica entre la protagonista y el profesor y un tono contenido, apenas esbozado, intimista, que deja los sentimientos ocultos tras un muro de sensaciones ajenas. Taniguchi ha sabido leer con brillantez la novela de Kawakami para fijar su atención en la descripción minuciosa del entorno de los enamorados, en el cúmulo de sensaciones que arropa la relación naciente entre Tsukiko y el profesor. Olores y sabores se presentan al lector a borbotones, representados con una fidelidad y cuidado exquisito, obligando a recrearse en ellos para entretener y desviar la atención del juego los roces robados, de la tímida mirada enamorada… Y todo con ese ritmo pausado, de buen gastrónomo, que te deja paladear con gusto cada momento, cada paso de la historia. Reconozco mi pasión y gusto por este tono tan profundamente intrínseco a la cultura japonesa, por esa manera de plantear los relatos que deja tiempo para la reflexión, para el análisis. Ese andar lento que obliga a detenerse, a mirar a los ojos al protagonista para preguntarle, para relacionarse con él y sentir como propias sus vivencias. Y Taniguchi demuestra un dominio del lenguaje gráfico abrumador para lograrlo: su dibujo se vuelve perfeccionista hasta en el detalle más nimio cuando describe los lugares, dejando una foto fija inmaculada del escenario donde los personajes vivirán con un trazo mucho más vital, que abandona la inmovilidad del acabado impecable para surcar un naturalismo más espontáneo. No es un cambio drástico, como era de espera en este autor, es un cambio sutil, que hay que ver con ojo entrenado quizás, pero que proporciona un fino contraste que dota de vida íntima a la narración.
Sorprende, en ese juego de contrastes gráficos insinuados, el cambio radical del relato de niñez, que opta muy acertadamente por una ruptura en el trazo (con referencias obvias a Tezuka y Mizuki) para acompañar los recuerdos de Tsukiko.
Aunque tras la lectura, vuelvo a quedarme maravillado por cómo Taniguchi controla los tiempos, cómo dosifica las acciones, cómo pauta los ritmos para que transitemos sin prisas por la historia, pero sin perder el interés, con silencios cronometrados para que el lector reflexione, con momentos de gran romanticismo contados con una delicadeza a prueba de cursilería y ñoñería, pero también con momentos dramáticos que, sin buscar el impacto sentimental brusco, logran que el lector se emocione. Una obra preciosa para degustar con tranquilidad (4).
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Rebooteando
Pero qué olor más rancio tiene el reboot de DC. Quizás porque la posibilidad de comprar los tebeos en formato digital el mismo día de su aparición evita que el fuerte olor de la tinta recién impresa oculte esos vahos de papel añejo y algo mohoso que desprenden casi todas las “nuevas” series que ha lanzado la editorial, quien sabe, pero aunque sólo he leído la primera oleada, la verdad es que el escepticismo ideal se ve desbordado por una realidad todavía más deprimente: las ideas de siempre, las actitudes de siempre, los conceptos de siempre… La supuesta revitalización de los personajes para atraer nuevos lectores es tan sólo una falacia que esconde la falta de ideas crónica. Series que intentan jugar a captar al lector juvenil más acostumbrado a los superhéroes que aparecen en cine y videojuegos blockbuster, con planteamientos estéticos “marchosos” que no hacen más que lograr que añoraremos aquellos escorzos geniales de Neal Adams (los de antes, porque lo de Batman Odyssey es de vergüenza ajena, un truño tan en expansión como su teoría del hinchamiento, que deja el Batman & Robin de Miller y Lee como obra maestra indiscutible). Series que se ponen la medalla de “¡Ey!, ¡somos adultos!” pero que no hacen más que sonrojar con sus planteamientos… Es verdad que sólo con un primer número es difícil hacer evaluación de nada, pero el tufo viejo que desprenden las series del reboot es de tal calibre que uno actúa con la misma celeridad que cuando olemos un alimento podrido: no queremos seguir catando semejante “manjar”. No es que estemos ante malas series, ojo, pero es que es más de lo mismo. Es volver al New Universe shooteriano pero con aspecto externo de photoshop y alma de operación de marketing.
Se salva, eso sí, la propuesta de Morrison en Action Comics #1, que transforma a Superman en un Li’L Abner hipervitaminado que podría estar acampado en la Puerta del Sol. Un “perroflauta” en toda regla que todavía tiene ideales de juventud, y que no se enfrenta contra perversos galácticos, sino contra millonarios corruptos, todo contado con guiños continuos al Spiderman de Lee y Ditko, reciclando ideas con cierta frescura que por desgracia está ausente en el resto de la propuesta hasta el momento. Lo de ponerle a este Super Li’L Abner la capita roja es ridículo hasta decir basta, pero se le perdona, de momento. Tampoco está mal el Animal Man de Lemire, y eso que este señor no es precisamente de mi gusto. Aunque su versión del zoo ambulante es flojita, gana todos los puntos con una inquietante estampa infantil final que, bien llevada, podría dar lugar a una curiosa reflexión sobre la vida familiar superheroica.
Faltan treinta series más. Pero mucho, mucho, mucho tendrán que cambiar las cosas para que este reboot tenga el más mínimo interés. Más que una atracción para nuevos lectores, es la ocasión ideal para que los lectores de siempre que se compraban las series por inercia las dejen definitivamente.
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Quai d’Orsay
Comparto con mi buen amigo Patrick dos aficiones: la física y los tebeos. Bueno, no estrictamente, porque este marsellés aficionado a la buena gastronomía gusta de la bédé, pero no entiende mi pasión por la acumulación compulsiva de papel. De hecho, como buen físico, lo primero que me preguntó cuando le dije la cantidad de tebeos que tenía en casa es “¿Sabes cuál es el límite de carga del suelo de tu piso?” (pregunta que, todo sea dicho, me afané en intentar responder, con un resultado que todavía me deja preocupado, pero ésa es otra historia…). El caso, y por eso traigo a mi amigo Patrick por aquí, es que hace unos meses comentábamos Quai d’Orsay, de Blain y Lanzac y le decía que la elección de Villepin como blanco de críticas debía ser cuestión de evitar problemas, aprovechando que estaba fuera del ruedo político. Pero nada más lejos de la realidad según mi colega: era una opción muy lógica, me aseguró. Primero, porque el susodicho parecía haber superado el escándalo Clearstream y se rumorea que está dispuesto a ser el sucesor de Sarkozy. Segundo, porque desde DeGaulle, los políticos franceses se habían emperrado continuamente en la tarea de crear algún tipo de “ismo” que les sobreviviera como legado, en una carrera inacabada que hasta el momento ha tenido como mejor postor precisamente al peculiar y carismático Domenique de Villepin. Y es precisamente este segundo aspecto el que creo que centra fundamentalmente el trabajo de Blain y Lanzac. Los autores toman la figura del ex-primer ministro y aprovechan su etapa previa en el Ministerio de Asuntos Exteriores (Quai d’Orsay es su sede en la capital gala) para realizar un estricto retrato, casi costumbrista se podría decir, del día a día de la política real, de la rutina cotidiana, si se puede considerar de ese modo un trabajo tan peculiar. Una intención realista que Blain trata con su habitual estilo proporcionándole unos acertados y oportunos toques de humor que permitirán extraer el verdadero mensaje y crítica de la obra. Pese a que la obra es presentada y vendida como una sátira, creo que el trabajo de Blain y Lanzac se haya muy lejos de modelos como la estupendísima y recordada Yes, minister o los flojos ejemplos de sátira política que venían de las galas últimamente (como las flojas obras sobre Sarkozy que se han dado, por ejemplo), de hecho da un paso más allá y su crítica es mucho más sutil. No es una simple crítica de la figura de Villepin a través de este imaginario Alexandre Taillard de Vorms, sino una reflexión terrorífica sobre los mecanismos del poder y de la política. Uno podía esperar de la lectura la imagen del caos absoluto que marca la realidad del ministerio, el juego de vacuidades y ambiciones continuo, la incompetencia del político que siempre salva el cuello por la callada y oscura labor de los técnicos que se hayan por debajo o del funcionario de turno que se dedica a arreglar las chapuzas y entuertos que el jefe va formando (una realidad que se supone que conoce Abel Lanzac, pseudónimo que esconde, según se dice, a un antiguo colaborador del ministro). Pero lo que me ha parecido mucho más interesante es cómo reflejan los autores el peligroso efecto del carisma, ese magnetismo sin explicación que atrae irremediablemente desconectando todo mecanismo de sentido común previo. Arthur, el protagonista, un joven que entra a trabajar para escribir discursos al ministro sufrirá en propias carnes esa sutil atracción, ese hechizo que va calando y calando, acercando poco a poco al lado oscuro dejando los argumentos sólidos y razonables en nebulosas y olvidadas ideas. Blain y Lanzac nos presentan esa lenta y espeluznante conversión con todo lujo de detalles, usando el contraste entre el tono realista de la trama con el acertado dibujo paródico de Blain, que usa su trazo para hacer una descripción única de eso que se llama “carisma” (las manos siempre en movimiento, la figura de apariencia gigantesca, titánica, el dinamismo electrizante y casi contagioso…). Juego de luces donde todos los ingredientes están a la vista: el discurso vacuo, la pose intelectual (la absurda y recurrente cita a Heráclito), el narcisismo tan exagerado como inane… Pero, pese a todo, son capaces de formar un mejunje tan delicioso a la vista y el gusto como ponzoñoso en sus consecuencias. Y eso que los autores dejan un pequeño resquicio al sentido común en la figura de la novia del protagonista, en un recurso tan tópico y manido como efectivo a la hora de definir claramente los objetivos de los autores y lanzar un guiño al lector.
La verdad es que en estos tiempos de descreimiento de la política, de decepción ante las instituciones que teóricamente nos representan, Quai d’Orsay echa leña al fuego con eficacia, pero recordando lo fácil que es caer en ese canto de sirenas del carisma, del palabrerío sin fundamento, banal y repetitivo, que tan del gusto es de los que nos gobiernan. Y recuerda, también, a esos que están justo por debajo, aguantando el barco para que no se hunda pese a que los de arriba intentan torpedearlo continuamente.
Tan divertido como inquietante.
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Julia y Roem
La nueva encarnación de Enki Bilal como autor cumplidor que entrega un álbum al año a sus lectores –veremos lo que dura…- me tiene algo desconcertado, lo reconozco. Pero oigan, que se agradece ver más activo al dibujante, que parece más entregado a su labor creativa comiquera que a los excesos del panteón mitológico en el que le había colocado la prensa francesa durante años (recordemos que este hombre conseguía que uno nuevo de sus álbumes fuera primera página de diarios), aunque eso signifique el paso a una etapa de irregularidad tras años de soberbias obras. Buen ejemplo era la primero tri y después tetralogía de El sueño del monstruo, una serie que deambuló entre lo casi infumable y lo extraordinario con una preocupante tranquilidad, o la reciente (que raro utilizar esta palabra con Bilal) Animal’z, donde parece dejar por fin los temas anteriores para centrarse en un futuro apocalíptico que, por lo menos personalmente, no me llegó a atraer demasiado. Así que ante el anuncio de una nueva obra, tocaba ahora santiguarse ante San Eisner y preguntarse qué Bilal daría la cara ahora. ¿El de las magistrales continuaciones de Nikopol?¿El de la ácida 32 de diciembre? ¿O el de la flojísima Cita en París?…
Pues ni uno ni otro sino todo lo contrario, porque Bilal da un inesperado giro acudiendo al clásico de los clásicos para su nueva obra, adaptando el Romeo y Julieta de Shakespeare a ese particular universo apocalíptico predicho en Animal’z. Curioso y arriesgado, cuanto menos. La obra de Shakespeare, casi el catálogo por antonomasia de los retratos de las relaciones humanas, ha conocido todo tipo de traslaciones, incluyendo evidentemente el cómic, donde destacan por derecho propio las geniales aproximaciones de Gianni de Luca, que transformaba la composición de página en una puesta en escena teatral rigurosa y brillante, exquisitamente respetuosa con la obra original. Pero, también, ha sido la excusa de no pocas transformaciones tan cargantes como olvidables. A priori, un reparto restringido de personajes, las pasiones humanas desatadas, las trampas del destino… juegan a favor de Bilal: son elementos presentes de forma casi constante en su obra desde que comenzara su andadura personal, ya sin Pierre Christin, en aquella hipnótica y sugerente Femme Piege. A lo que hay que añadir que tampoco la obra Shakespeare es nueva para él: a principios de los 90, uno de los primeros trabajos fuera del mundo del cómic de Bilal fue la realización de decorados del ballet Roméo et Juliete para el prestigioso coreógrafo Angelin Preljocaj.
Y juega bien sus cartas: Bilal va introduciendo el drama de Montescos y Capuletos en su universo apocalíptico y devastado de forma gradual, como una especie de pregunta retórica que se interroga sobre si es posible todavía el amor apasionado en esa escena de destrucción final, de plomiza atmósfera sin vida. Poco a poco, los personajes de Shakespeare van poseyendo a los protagonistas de Roem y Julia, transformando la realidad en una representación teatral improvisada de la que sólo Lawrence/Lorenzo parece ser consciente. El drama va creciendo ante los ojos del lector y Bilal, siempre inteligente, lanza la pregunta crucial: ¿hasta dónde puede existir la tragedia de la existencia humana? Las obras de contenido apocalíptico suelen aferrarse a ese espíritu de supervivencia del ser humano, una necesidad puramente animal de permanecer frente a las circunstancias más adversas y terribles, pero la cuestión aquí es más sutil, más profunda: ¿es el drama parte indivisible del ser humano? O incluso, si se me apura, plantea esa inmanencia intrínseca a las tragedias de Shakespeare de lo convierten, más que en un referente de los posibles argumentos del drama, en el canon absoluto de la literatura occidental que proponía Bloom, en el retrato exacto de la naturaleza humana que tanto irritaba a Wittgenstein.
Bilal no sorprende en el apartado gráfico: sus atmósferas plomizas son más opresivas que nunca, su ritmo pausado es tan brillante como siempre, su dominio de la elipsis y los tiempos, magistral… Pero es capaz de ir más allá, proporcionando un sutil tono de teatralidad para adaptarse a las necesidades del original shakesperiano que redondea su soberbia labor de interpretación gráfica.
Sin embargo, y pese a que la lectura es gratificante, queda un regusto extraño, inclasificable. Por alguna razón, Julia y Roem no termina de cuajar. Es interesante, sin duda: plantea una original aproximación a la adaptación teatral y deja interesantes cuestiones en el aire… pero hay algo en la maquinaria que no llega a funcionar engrasadamente. Puede que sea ese final ajeno y discordante, más capriano que shakesperiano. Puede que sea esa gelidez habitual con que Bilal se aproxima a las relaciones humanas, mala acompañante de la visceralidad de los sentimientos del dramaturgo británico… Reconozco que no sé encontrar el porqué de esa sensación final agridulce. Ni siquiera argumentar de forma razonada esas sensaciones. Podría resumir, quizás, en un ambiguo “Me ha gustado, pero no me ha convencido”, pero sería traicionar por los buenos momentos que me ha proporcionado la lectura.
Ustedes mismos.
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Autobiografías
Debería, pero a estas alturas todavía no pierdo mi capacidad de sorpresa ante la polémica que levantan las obras de género autobiográfico entre los aficionados al cómic. Es verdad que es un género acompañado muchas veces por la controversia, pero mientras que en literatura ésta suele ser originada por los contenidos de la obra en cuestión (ya saben, la morbosa revelación de cualquier secreto de alcoba o de escándalos políticos de aupa), en este nuestro tebeo, el tema de discusión es otro, es el que se haga un tebeo sobre la propia vida. Un debate completamente estéril, de imposible planteamiento en cualquier otra área de la creación, porque sí, uno puede discutir si tal o cual chaval es demasiado joven para contar su vida –lo vemos a diario en las biografías de futbolistas o cantantes que con menos de 20 años ya cuentan su vida-, pero cuestionar la validez de un género es un poco ridículo. Todavía estamos así, qué se le va a hacer. En otros campos se discute sobre la transición entre el diario personal y la autoficción impuesto por la postmodernidad y, en este mundo virtual de los tebeos, sobre si sólo se publican obras de gente que cuenta su vida. Lo que todo sea dicho, es ridículo, porque de las más de 1700 obras publicadas en España el año pasado, el número de tebeos con argumento autobiográfico es de apenas un puñadito de obras. Otra cosa diferente es que esas obras puedan tener o no más atención mediática…pero tampoco. Al final, lo que reina en prensa es si Superman deja de ser americano o si Spiderman se muere de una vez con una sobredosis de Raid.
A mí, personalmente, me gusta la autobiografía. Es verdad que contar la vida puede ser un ejercicio narcisista aburrido. Es verdad que puede ser una catarsis personal tan ajena como críptica para el lector. Es verdad que se puede perder la identificación con lo contado. Todo verdad, pero también es cierto que la única aventura real que tenemos en este mundo es vivir la vida. Ahí es nada. A algunos les parecerá una chorrada, una nimiedad, pero uno piensa que eso de vivir todos los días es algo tan maravilloso, tan único, que cualquier vida por aburrida que parezca ya es un logro. Es más, soy de los que piensan que leer sobre las experiencias de los demás no es una práctica voyeurista enmascarada de intelectualidad, sino una forma de reconocer a los demás y comprenderlos, de ponernos en su lugar. De eso tan demodé de ser mejores personas. Es posible que, como dicen los teóricos del tema, el aumento de la autobiografía y su forma más moderna, la autoficción, tenga que ver con la famosa muerte del autor que enunciara Barthes, que tiene que tomar el protagonismo para convertirse en personaje. Puede ser, pero el siglo pasado ya dejó claro que la única norma creativa es que no existen normas y lo que de verdad queda es poder disfrutar de las obras que nos llegan. Y, en muy poco tiempo, para regocijo de los que piensan que sobran las obras de este tema, me llegan dos obras autobiográficas muy diferentes.
Hoy es el último día del resto de tu vida, de Ulli Lust es una de esas obras llamadas a captar la atención mediática contando la escapada a Italia de la autora cuando era una joven punk de 17 años. No se le puede negar a la directora del sugerente proyecto electrocomics.com la ambición de planteamientos y la buena intención, pero me quedan demasiadas dudas tras la lectura. Hay un intento razonable de trasladar al relato la estructura de un diario personal, con una estructura azarosa que tan pronto es una reflexión personal como un cuaderno de viaje, pero es una elección que casa mal con la ficcionalización del relato, introduciendo confusiones narrativas que sorprenden y que al final resultan anticlimáticas en el hilo narrativo. Es verdad que se puede argüir que esas incoherencias son las propias de una joven de 17 años, pero resultan ajenas e increíbles dentro de la autoficción elegida. De hecho, el relato gana enteros en su segunda parte, cuando se convierte en una excusa para retratar la sociedad siciliana controlada por las familias mafiosas. Es más, uno se olvida de la historia de Ulli y Edi para centrarse más en los comportamientos, actitudes y protocolos mafiosos que relata la autora. Sin embargo, el mayor problema que le encuentro a la obra es una molesta carga de moralina que recorre toda la obra. Una especie de juicio paternalista que rechaza de forma inconsciente las decisiones de la joven Ulli y que no pude evitar aflorar a lo largo del relato, que poco a poco se va constituyendo en una gran catalogo tópicos moralistas, a saber que lo de las malas compañías es muy malo y que quien se aparta del recto camino, lo pasa muy mal. No he podido evitar pensar en la transparencia con la que Davodeau planteaba la escapada de Lulú, mucho más rica para el lector. Decepcionante.
Muy diferente es Mi organismo en obras, nueva incursión de Fermín Solís en ese sosías suyo que es Martín Mostaza, del que hemos conocido su infancia y ahora llegamos a una madurez incipiente, a esas primeras decisiones que condicionan una vida que ya empieza a cambiar. Y Fermín, ya curtido en esto de contar su vida a través de otro, demuestra que la autobiografía destila riqueza en cómo llegan las vivencias al lector, en la capacidad de contagiar los sentimientos y las emociones. No es necesaria la identificación, el reconocimiento de los lugares comunes: se disfruta precisamente de la felicidad del otro, se sufren sus dudas y se lamenta su desgracia. No es una comunión de sentimientos, sino llegar a la conexión de la complicidad entre autor y lector. Una complicidad que transforma la lectura en un ejercicio más complejo, de construcción de una memoria común en la que Martín Mostaza nos da pie a, también, recordar nuestras propias experiencias. Y como buenos amigos, sentimos que compartimos con el autor esos momentos, esas vivencias. No es fácil conseguir la naturalidad a la que ha llegado Solís. Ha sido un largo camino, que comenzaba en aquél bonito pero primerizo Los días más largos que yo, en aquellos días de Cárcel titubeante, decía que me recordaba mucho a Rabagliatti. Un camino errático, de experiencias distintas y variadas, de cambios vitales para el autor y, sobre todo, de aprendizaje para Martín Mostaza, que ha tomado lecciones tanto de las incursiones genéricas como de las experiencias aparentemente anecdóticas de Las pelusas de mi ombligo. Hoy, Solís ya no me recuerda a Rabagliatti. Me recuerda a Fermín Solís y, sobre todo, me trae memoria de mí mismo.
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Polina
Aprovecho la (excelente) edición en castellano que acaba de lanzar Diábolo de Polina, de Bastien Vivés, para recuperar la reseña que hice con motivo de la edición en Francia de esta imprescindible obra:
Comenté en su día que Amistad Estrecha me había decepcionado, que desprovisto Bastien Vivès de esa especial capacidad para transmitir emociones y sensaciones, su obra quedaba mermada, excesivamente ingenua y conocida, como ya ocurría con la primeriza Elle(s). Pero Vivès me sigue pareciendo llamado a hacer cosas grandes, muy grandes en la historieta, por lo que no he tenido ningún problema en lanzarme a devorar su siguiente obra, Polina.
Y qué maravilla.
Triple pirueta mortal sin red, ahí es nada. Primera vuelta, en un simple y delicado bitono, dejando que las masas de negro y el trazo se muevan limpios en la página. Segunda vuelta, sin artificios narrativos, una composición sencilla y discreta. Tercera vuelta: lidiar en la arena de las historias íntimas y privadas del maestro Baudoin. Ejecución perfecta, giros impolutos, recepción en el suelo sin apenas violencia, dejándose llevar. Aplausos. El público en pie, pidiendo más.
Pero que la perfección de la ejecución no oculte la inspiración de la historia que cuenta esta vez Vivès, la de la joven bailarina Polina Oulinov, entregada a la danza desde que era apenas una niña, en cuerpo y alma. Una historia construida a través de silencios, de decisiones calladas, de renuncias. Que sigue la relación entre la niña que llega a mujer y su férreo profesor Bojinski, en una historia prohibida que rezuma sensualidad en apenas unos gestos unas miradas. Y Vivès, excelso, dejando que los cuerpos sean de nuevo los que manden las expresiones y sensaciones. Fijando gestos apenas perceptibles. Miradas furtivas de culpa, de pasión contenida. Construyendo una olla exprés de sentimientos que nunca llega a explotar, manteniendo una tensión inaguantable escondida tras la bambalina de la historia. Contenida, apenas vislumbrada en esos silencios, pero omnipresente, opresiva.
Sigue las enseñanzas de Baudoin con mimo y escrupuloso respeto, pero pronto se revela como un alumno superdotado capaz de rebatir al maestro las enseñanzas. Vivès y Baudoin viven la misma relación de tensa admiración que Polina y Bojinski. Se unen, se abrazan, bailan juntos, aprenden y se admiran, se separan…pero no pueden estar apartados. Y en Polina, se desata esa pasión con un dibujante en estado de gracia, capaz de llevar al papel la danza como pocas veces hemos visto, capaz de exprimir esa sinestesia que afloraba en cada viñeta de El Gusto del Cloro para que oigamos la música, que leamos la partitura a través de unos cuerpos en movimiento que acaparan toda la atención en un espacio sin fondos, blanco, sólo marcado por una gestualidad corporal apenas esbozada con un par de trazos donde siempre contrasta la fina línea con gruesas masas de oscuridad.
Un álbum hermosísimo. Impactante. Para degustar en silencio, dejando que la música y el movimiento emanen de él con la naturalidad que sólo Vivès es capaz de transmitir. (4)
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Sin título
No existe la crítica objetiva. Punto. No existe, es imposible que ambas palabras, crítica y objetividad, estén en la misma frase. Existe, sí, la crítica coherente, la honesta, la constructiva, la argumentada… pero siempre desde un planteamiento de subjetividad, de opinión. Puede existir, por supuesto, información objetiva, pero no la crítica. Es más, me atrevo a afirmar que la crítica debe ser subjetiva, con argumentación, por supuesto, pero subjetiva. Lo que lleva a que siempre que escribimos sobre un tebeo, lo que estamos plasmando es una opinión propia y particular, una interpretación de la creación de otro basada en nuestro bagaje personal que transforma el mensaje original del autor en función de nuestras percepciones. No es una cosa de los críticos, todo sea dicho, es la base del arte: la existencia de una relación entre el creador y el receptor de la obra, de un mensaje estético, narrativo, informativo o reflexivo.
Sin embargo, esa lectura personal lleva siempre una duda: ¿hasta dónde estamos interpretando el sentido original del autor? ¿Hasta dónde entramos en el juego del autor o aportamos como lectores una interpretación completamente nueva? ¿Realmente es necesario comprender la motivación del autor o sólo es importante la respuesta que nos provoca? Es, sin duda, la gran riqueza del arte, el hecho de que la obra tiene vida propia una vez sale de las manos del autor, creando un universo de experiencias, sensaciones y sentimientos particular, intrasferible y único para cada lector.
Pero cuando escribes sobre tebeos, esa duda es mayor y, posiblemente, más importante. Por lo menos para el que escribe, ya que desde el momento que uno pone en negro sobre blanco su experiencia lectora, está haciendo un ejercicio de exhibicionismo impúdico de esa interpretación que debía ser única, convirtiéndola en pública y estableciendo, de forma consciente o no, unos criterios de valoración, que van desde la propia síntesis que uno hace de la obra a la disección de los mecanismos narrativos y creativos. Escribimos sobre el proceso creativo desde la honestidad, por supuesto, pero caemos casi siempre en el intento de comprender lo que estaba en la mente del autor mientras realizaba la obra. Tarea imposible. Incluso inútil, según se mire. Es una experiencia tan ajena como casi misteriosa e inescrutable. Lo he hablado mil veces con autores, intentando comprender las elecciones de recursos narrativos, el planteamiento de la obra, las soluciones halladas o los problemas encontrados… para llegar a concluir que es imposible. Que la creación es tan azarosa como caprichosa y autores hay que reflexionan cada viñeta durante días, que realizan un trabajo de análisis narrativo exhaustivo, minucioso, con pruebas y más pruebas… Igual que hay otros que directamente plasman lo primero que les viene a la cabeza. Que cuando hablo con un autor de su obra y le pregunto sobre la originalidad de tal planteamiento, me mira con cara de alucinado y me pregunta “¿de verdad he hecho yo eso?”. O, al revés, que después de un buen rato me mira con cara indignado después de hablar de una página, recriminándome que no me diese cuenta de lo que costó y lo original que era esa solución narrativa.
Pero pese a todo, reconozco que es fascinante intentar entrar en ese proceso mágico de la creación. Aplicar, ingenuamente, los útiles de disección para intentar extraer la esencia de esa creación con el mismo resultado frustrante que el cirujano que buscaba el alma del ser humano. Es, quizás, una más de esa manías académica de categorizar y dar explicación racional a todo, quién sabe.
El caso es que todo esto que pienso en privado, hay un autor que acaba de plasmarlo en una obra. Rayco Pulido, dibujante canario que ya captase mi atención en obras como Sordo o Final feliz (con guiones, respectivamente, David Muñoz y Hernán Migoya), suelta amarras y se lanza al proceloso mar de la autoría completa con una obra tan atrevida como sorprendente, que sintetiza y plasma todo lo que yo anteriormente he expuesto con mucho más sentido y brillantez. Sin título (2008-2011) podría pasar por una obra más que entra en el análisis de la realidad social de nuestros días, quizás con un exceso de ambiciones por intentar mezclar en un único cóctel todos los males que nos aquejan, desde la corrupción a la violencia de género, pasando por la inmigración, paro y demás problemas que aparecen constantemente en las encuestas del CIS. Pero resulta que Rayco da un paso más allá y, apenas un par de páginas después de comenzar el relato de Abel, el protagonista, nos sorprende con un cambio radical, con una fotonovela en la que el propio autor es el protagonista, relatando un encuentro con un amigo -experto en teoría del guión- con el que va discutiendo el proceso creativo. De golpe, sin esperarlo, asistimos a ese famoso enfrentamiento entre crítico y autor, a ese proceso de análisis de los mecanismos y recursos narrativos expuesto y cuestionado desde la perspectiva del propio autor. No como un simple juego de crítica al crítico, sino como un completo ejercicio de reflexión sobre el proceso creativo. La historia principal, pese a mantener su interés, pasa a un segundo plano y queda como el andamiaje sobre el que se va desarrollando la verdadera acción principal, ese ejercicio final metalingüístico que no deja ningún resquicio sin inspeccionar. De hecho, El autor nos muestra una obra en la que es consciente de los errores y fallos, poniéndolos él mismo en evidencia. Una propuesta apasionante que tiene, además, un atractivo fundamental: el guiño que en todo momento lanza el autor al lector. Rompe la cuarta pared de forma consciente, dejando que el lector asista a la discusión como testigo mudo, pero sabedores ambos de su presencia. De que está ahí, que está desarrollando su propia teoría, confrontando el impacto de lo que ha leído con la discusión entre crítico y autor. Creando su propia y particular opinión desde una perspectiva inédita, que une en un solo trazo creación, autor y crítica. El resultado es tan sorprendente como sugerente. No es nuevo el que un autor descubra su proceso creativo, que lo comparta con el lector, pero sí lo es que asistamos a una disección profunda desde el lado de la crítica y de la recepción que tiene el autor. No se lo pierdan.
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Lecturas variadas
La pila de lecturas pendientes sigue aumentando y aumentando… y eso que yo hago esfuerzos ímprobos por disminuirla. Al ritmo que va, me temo que en breve comenzará a ser insostenible y que colapsará por su propio peso. Pero mientras llega el día del desastre (que más o menos será por el 2012, lo que da cierta credibilidad a los mitos mayas, todo sea dicho, que bien que hacían su versión petrificada de tebeos, ojo al dato, por algo será), hago rápida revisión de algunos tebeos que, en mi opinión, merecen destacarse de una u otra forma.
Y aunque caiga en la repetición más aliácea, comienzo por volver a alabar y glosar las maravillas del Scalped de Jason Aaron y R.M.Guera, que con su última entrega escala posiciones en mi ranking personal para compartir definitivamente el título de “mejor serie” junto a los zombis de Kirkman. Sólo por el primer episodio de El blues de la reserva, la serie ya tiene mi admiración con genuflexión y reverencia. Un sólido Aaron se acompaña de un inspirado y brutal Zezelj (impresionante dibujante, todo sea dicho) para firmar un relato construido alrededor de incómodos silencios, de pensamientos enmudecidos y complicidades que no necesitan palabras entre un matrimonio ya anciano. Un extraordinario relato de principios rotos e ilusiones devastadas con un final de aplauso y petición de bises. Y lo que sigue, quizás no tan bueno, pero de nivel suficiente como para disfrutar como enanos con estas historias de reserva de sabor a género negro. Nota mental: ¿me lo parece o Guera tiene cada vez más aires a Blanc Dumont?
Sigo con Vivés, Bastien ya saben, tan jovencísimo como sorprendente, del que llegan dos nuevas entregas bien diferentes. Primero, su casi debut en la obra larga, Ell(a)s. Una obra que puede ser criticada por lo previsible de sus planteamientos y un aire quizás demasiado adolescente, pero que deja boquiabierto al saber que Vivés la publicó con apenas 23 añitos. Una edad a la que muchos dibujantes todavía están buscando un estilo o, simplemente aprendiendo, mientras que Vivés abruma con un derroche de talento gráfico y narrativo. Puede que el argumento sea pobre, sí, pero es que ya se comienzan a ver los mimbres de ese autor que maravillará después con El gusto del cloro o En mis ojos. Su brutal dominio de la figura humana, que mueve con un dinamismo y naturalidad de bellísima armonía (incluyendo, todo sea dicho, la representación más realista del bamboleo de pectorales femeninos que uno recuerde desde los tiempos gloriosos de Richard Corben), su sentido del ritmo narrativo, con esa sobrenatural capacidad para la dosificación de los silencios… todo ya se empieza a ver en Ell(a)s. Puede que en el poso final de la lectura no haya nada especialmente destacable en lo argumental, pero en lo gráfico uno se queda anonadado por la increíble capacidad innata de este autor, llamado a hacer verdaderas obras maestras como Polina, que en breve publicará Diábolo. Una obra que contrasta con la rápida madurez que demuestra en Por el imperio, que concluye con su tercera entrega redondeando su periplo volviendo a la revisión particular del mito de Lope de Aguirre. El guión de Merwan seduce con su propuesta reflexiva sobre el poder de creación de las leyendas, sobre la ambición del ser humano de trascender a través de la aventura, de la épica de lo legendario. Ese espíritu de locura que transforma a Lope y que está en la base de la cultura que conocemos, en un delirio irracional que arrastró ya a Ulises y que sigue en la base de la búsqueda de las fronteras últimas, de los límites del ser humano. Una necesidad casi fisiológica de ir más allá que Merwan y Vivés retratan dejando más preguntas y dudas, obligando al lector a la reflexión. Vivés crea el ritmo y la colorista Sandra Desmazières aporta una atmósfera tan inquietante como necesaria para la historia con su espectacular trabajo. Muy, muy recomendable.
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R97
Dije ya, en su día, hablando de Los impostores, que el dibujante Christian Cailleaux era brillante en su estilo, pero que había alcanzado una cota insuperable formando pareja creativa con el polifacético actor y escritor Bernard Giraudeau. Y decía aquello fascinado todavía por la lectura de R97: Los hombres en tierra, una obra de argumento tan tópico como eterno, el largo viaje iniciático alrededor del mundo que vive un joven marinero, pero resuelta con una lustre y excelencia de las que se recuerdan en el tiempo. Y es que Giraudeau parte de unas anécdotas propias para construir un bellísimo relato sobre la madurez que tiene en la mar su eje y cimientos, en esa atracción hipnótica que tiene el largo periplo del marino, que lo convierte en un sin tierra pero también, en un alma solitaria. En su vuelta al globo terráqueo, Theo verá como la esperanza de un amor romántico se irá transformando en la resignación de la realidad cercana, testigo de infinitas historias de amor, tan imposibles algunas como ciertas y tristes otras. Testigo también de lugares maravillosos, legendarios, que se convierten al final en puertos donde olvidar por unos momentos las exigencias de esa severa pareja que es la mar. Del romanticismo visceral del mar de Conrad a las callejuelas de los lupanares más oscuros, del amor virgen al sexo robado. De la esperanza de vida a la muerte en cada esquina.
Cailleaux, sabedor del regalo que le hace Giraudeau, se luce con un trazo vital, con un juego narrativo extraordinario donde cuerpos y lugares se entremezclan, donde el cromatismo exprime las sensaciones y ayuda a sentir ese contraste entre mar y tierra, entre el aislamiento que crea un mundo en sí mismo y esos puertos que parecen casi utopías de leyenda, como extraños momentos de fábula imaginaria frente a la existencia real y omnipresente del barco.
Una obra preciosa, poesía gráfica en estado puro, que por desgracia se publica en España, como ya es costumbre, en un formato reducido que impide explayarse en las bellas planchas de Cailleaux pero que, pese a todo, es tremendamente recomendable.
A ver si dibbuks se anima con la también excelente Les longues traversées, que por desgracia se conviertió en la última obra de la pareja creativa, tras el triste fallecimiento de Giraudeau en julio del año pasado. (3+)
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Informe sobre ciegos
Ser dibujante de tebeos de terror debe ser deprimente. No por nada, no es cuestión de consideración peyorativa sobre el género (que la hay, seguro) o de la sempiterna cuestión de las miserias del que afila lápices para dibujar (que las hay, y a toneladas). Es algo tan simple como impotencia. Me imagino al señor o señora dibujante o dibujanta delante de la página, intentando trasladar esa experiencia cinéfila de escalofrío gélido que va agarrándose a la columna y que explota finalmente en un aterrador susto que nos hace saltar del asiento, ese clima de terror tensionado, de nerviosismo ansioso ante la siguiente imagen… Y claro, también me imagino al pobre dibujante o dibujanta poniendo velitas por tener a mano una sala oscura, una banda sonora de chillones y estridentes violines y el control férreo de los tiempos para que el lector, obediente, pase de viñeta única y exclusivamente cuando se le indique. Pero, ¡ay!, dura es la vida del dibujante o dibujanta o dibujanto, porque el lector resulta ser caprichoso y lee el terrorífico tebeo con halógenos de 2000W y gafas de sol, con música de Parchís y antes de pasar la página, esa que escondía un impactante y terrorífica doble-página destinada a hacerle saltar por los aires, se va a echarse una meadilla ante la presión de la fresquita cerveza que se estaba tomando. Y si esto me lo imagino yo, piensen ustedes en la cara del dibujante/a/o/u/i ante la página en blanco, pensando en lo mismo: terminará dibujando ositos amorosos, que por lo que le pagan es lo mismo.
Pero no. Resulta que es posible trasladar el terror al papel. A viñetas exactamente. O por lo menos, hay un precedente claro. O una excepción: Alberto Breccia.
Mira que uno ya está baqueteado en esto de las lecturas terroríficas, pero sigo teniendo grabado a fuego el día que leí dos historias de Breccia, dos adaptaciones: La gallina degollada de Quiroga y El corazón delator de Poe. Aparecían en el Biblioteca TOTEM de El Eternauta, una espléndida versión inacabada de la genial creación de Oesterheld, como algo casi sin importancia, como un relleno más. Pero oigan, qué relleno. Era dos historietas que jugaban con ese expresionismo brutal del claroscuro rotundo para crear una tensión y un ritmo únicos, para romper todas las reglas del juego: el dibujo, antes pasivo ante el lector, toma las riendas y le marca los tiempos. Era algo increíble: en una secuencia sin precedentes (Krigstein, quizás, se acercaba), cuatro viñetas se repetían incesantemente.
Un solo cambio: una onomatopeya cada vez mayor. Un único resultado: nuestros propios latidos se acompasaban frenéticamente al ritmo de lo ficcionado, se transformaban en ansiedad y sentíamos ese escalofrío primordial y atávico incomprensible que es el miedo. Y lo mismo para La gallina degollada, en la que de nuevo la imagen repetida y esa palabra ROJO, marcada a fuego tipográfico saliendo de bocas mudas y de unos ojos perdidos consigue espantar hasta lo impensable. Breccia había captado la esencia del terror, no necesitaba de ritmos, músicas ni efectos. Sólo necesitaba crear miedo y espanto. Era lógico que fuese, también, el único dibujante capaz de traducir a dibujos la prosa de Lovecraft. Esos monstruos ignominiosos que se desplazaban por geometrías imposibles con formas y colores inhumanos encontraron en las aguadas y los efectos de Breccia el cómplice ideal, llevando el expresionismo al límite del impacto visual ante el lector, usando luces y sombres para insinuar y sugerir, para ir deslizando lentamente un estado de ánimo, un cúmulo de sensaciones, una alucinación gráfica que se tornase tangible, que erizase todos y cada uno de los pelos del cogote.
Pero donde quizás ese terror se hace más palpable es cuando Breccia se atrevió con Sabato y su Informe sobre ciegos
, un relato magistral sobre el camino que lleva a la locura que deja siempre pequeños flecos a la reflexión, a la duda sobre esa sociedad atenazante y mutiladora del individuo que nos rodea. Manteniendo ese espíritu – y perdóneseme la herejía-, Breccia multiplicó la eficacia de la pluma de Sabato hasta el infinito, extrayendo del relato original la esencia del terror, de ese miedo a lo desconocido que lleva del delirio y la paranoia a la pura locura. De golpe, los miedos atávicos y primordiales de Lovecraft toman sentido y forma, como parte oculta de la mente humana que puede aparecer proyectada en cualquier esquina. Nuestra psique se intenta proteger de lo desconocido, de aquello que nos perturba transformándolo en señal de peligro, de algo a evitar ante todo y sobre todo. Sin embargo, como bien demuestra el personaje de Fernando Vidal, aquello que nos atemoriza nos fascina, nos impulsa a seguirlo pese a la amenaza de destrucción. Y Breccia borda esa avalancha de sensaciones contradictorias, de elementos que nos inquietan y nos atraen a la vez, siempre con ese juego magistral de sus aguadas, con la insinuación de sus contrastes, con formas imposibles que la razón no reconoce pero el subconsciente acepta como parte de sus recuerdos más olvidados, dinamitando las conexiones entre imaginación y realidad para conseguir dibujar la esencia del terror.
Aprovechen ustedes la edición de Astiberri y no se pierdan esta obra maestra del viejo Breccia.

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Cadáver Exquisito
Las etiquetas tienen atractivo, es indudable. Por alguna razón profundamente instalada en alguna parte de nuestro cerebro de reptil, nos encanta poner etiquetas a las cosas. Quizás la burocracia no tiene nada que ver con la civilización y sí con la genética humana, quién sabe. Ponemos etiquetas y las dejamos ahí puestas, bien grandes, expuestas y con cierto ánimo de perpetua eternidad, alegres y felices de haber ordenado el mundo a nuestro alrededor. Lo que no está muy claro es si las cosas llevan su etiqueta o si, al final, el mundo se va adaptando a esas etiquetas cual Matrix mutable, transformando el ligero papel del post-it en duro mármol de lápida que entierra cualquier futuro cambio. Divago, pero me explico: ¿hasta qué punto la etiqueta que le ponemos a un autor condiciona su obra? En estos tiempos de tags y web semántica, parece que la costumbre que parecía haber alcanzado su cénit con la invención del Dymo se haya exacerbado exponencialmente, hasta el punto que lo que era calificativo pasa a ser identidad pura y dura. Si no tienes etiqueta, no sales en Google, y si no sales en Google, no eres, finito. Lo de pienso, luego existo ha pasado a la historia: estoy en Google, luego existo. Si a un autor le plantamos la lápida-etiqueta de “costumbrista” o “autobiográfico” o “novelagrafista” o lo que sea… ¿puede sobrevivir a un cambio de etiqueta?¿Se puede quitar alegremente esa etiqueta sin caer en el olvido mediático 2.0©? En su día, la diversidad, la riqueza y adaptabilidad del artista eran valores y méritos, pero en esta sociedad que funciona a velocidad de F1 (no el coche, sino la tecla), como cambies de tag demasiadas veces, Google no te pone en los primeros puestos y, chas, desapareces. Y sin banda sonora de Alex y Cristina (gran chica, proclamo).
Pongo un ejemplo: llega una joven autora, que se lanza allá por 2007 a eso de la internet para contar su vida en uno de los mejores webcomics (o webBD) que se hacen por las galias (referente absurdo, reconozcámoslo, en un tiempo donde la geografía sólo tiene sentido para la geolocalización de tiendas próximas): Ma vie est tout à fait fascinant (algo así como “Mi vida es completamente fascinante”). Blog/webcomic donde la autora demostraba chispa, ingenio e inteligencia para esto de la historieta y que la lanzaría a la fama mediática. Fue conocida y le encargaron series que enlazaban con los contenidos de las etiquetas de Google: “joven”, “mujer”, “autobiografía”. Y le fue bien la cosa: revistas femeninas que le encargan series, buenas ventas de los libros que recopilan sus historietas en web…
¿Pero podría escapar de las lápidas? ¿Era Penélope Bagieu un ejemplo más de la rapidez con la que internet encumbra y entierra, de esa capacidad indecible para crear humo con forma de nube de tags?
Pues ni idea, la verdad. Pero ha dado un argumento incontestable en forma de tebeo que demuestra que conseguirlo, quién sabe si lo logrará, pero merecerlo, lo merece sobradamente: Cadáver exquisito. Una ficción que cuenta la historia de Zoe, joven y con una vida de mierda. Cualquier estudio académico la catalogaría automáticamente en el cajón de incultas o casi analfabetas, con un novio en el paro que duerme con los calcetines puestos mientras se tira pedos y un trabajo de azafata que no parece la aspiración de su vida. Una existencia gris que encuentra un día un punto de inflexión total cuando conoce a un escritor sin inspiración, ermitañado en su casa. Contado así, parece el comienzo de una nueva película de un Rohmer redivivo, pero puede asegurarles a ustedes que el devenir de los acontecimientos es tan sorprendente como bien aderezado de una sana mala leche que acerca más a la joven autora a la acidez del genio de un Lauzier que a la plácida bonhomía del cineasta. A Bagieu no le tiembla el pulso y va dinamitando los tópicos, lanzando salvas a diestro y siniestro y dándole la vuelta a la tortilla para beneplácito de un lector que poco a poco va tomando partido hasta casi lanzar olés ante el quiebro final que reconvierte a Zoe en heroína completa de la picaresca industrial. No en vano, la obra apareció originalmente en la colección Bayou, demostrando que Joann Sfar tiene tanto ojo creando tebeos como fichando nuevos valores para el noveno arte. Vamos, que la señorita Bagieu se merece que toda la ristra de lápidas que se le encalomaron en su día se derrumben para dejar sólo una: la de una excelente autora.
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Fin de semana (lecturas variadas)
Corregir es aburrido. Tremendamente aburrido, es la parte que más odio de la docencia, por mucho que algunos compañeros me hablen maravillas del punto sádico que se puede conseguir durante el proceso de corrección. Y, sobre todo, deja poco tiempo para la lectura, pero algo deja, así que os hago rápida recapitulación de algunos tebeos que no deben caer en el olvido:
- Él fue malo con ella (He done her wrong), de Milt Gross es uno de esos tebeos que merecen no un reseña, sino una tesis doctoral completa. Como bien comentaba Santiago García, posiblemente la primera novela gráfica de la historia, el primer cómic consciente de usar la historieta desde la completa libertad autoral, conectando las experiencias pictórico-narrativas de Masereel, Nuckel o Ward con la tradición estilística y narrativa del cómic de prensa en una obra profundamente moderna. La exquisita edición de Caldas es una ocasión inmejorable para hacerse con esta obra. Volveré a hablar de esta genialidad.
- Paolo Pinocchio, una divertidísima reescritura del mito de Collodi que toma del original ese catálogo de perversiones sociales para ponerlo al día y transformarlo en una cruel y ácida revisión de esta sociedad mass-media que nos envuelve. SI Little Nemo se despertaba al final de cada aventura, Paolo Pinocchio comiena cada historieta intentando escapar de un infierno que recuerda gráficamente a Sfar y Trondheim, pero suelta mala baba a raudales en cada paso. Referencias a los mitos mediáticos, a la política, a la mitología y la religión mezcladas con el único afán de ser lo más corrosivo posible. Muy recomendable (2+)
- Billy Bat, de Naoki Urasawa, comienza con ese arranque apasionante y adictivo al que ya nos tiene acostumbrados este autor. A medio camino entre la estructura repetitiva de las novelas de King y de la genialidad hipnótica de Hitchcock, el nipón transforma un tebeo de espías de esos que se publicaban tradicionalmente en la Golden en una trama de misterio apasionante. Sabemos que la cagará al final, pero el camino con este hombre suele ser una montaña rusa de sensaciones tan, tan adictiva, que vale la pena. Me estoy comiendo ya las uñas esperando el segundo.
- Los hombres lobo de Montpellier, de Jason, es un nuevo ejemplo de la atípica capacidad de este hombre para hacer cócteles imposibles de lo inmiscible. Y mira que se había atrevido al pastiche más inverosímil, pero reconozco que mezclar una historia de hombres lobos americanos en París con Truman Capote me parecía, a priori, tan delirante como irrealizable. Vamos, que el noruego había encontrado definitivamente la horma de su zapato. Pero nada más lejos de la realidad: el resultado es, como siempre. sorprendentemente novedoso. Pese a que Jason vuelve una y otra vez sobre la misma estructura argumental, cada obra se articula desde una elección narrativa completamente distinta, transformado esta vez la historia de Desayuno con diamantes en una especie de reflexión bergmaniana sobre el amor con toques de fantasía imposible, con una puesta en escena de los silencios extraordinaria. Otro más a la saca de los obligados. (2+)
-La vida con Mr. Dangerous, del impronunciable Paul Hornschemeier reúne a la perfección todas las virtudes y vicios de este autor. Por un lado una innegable capacidad para trasladar al lector historias profundamente melancólicas pese a su estilo frío y distante. Por otro, una reiterada costumbre de caer en el diálogo excesivo y artificioso que rompe en muchos momentos el buen ritmo de la historia. Dos extremos que, en afortunadamente se equilibran en la balanza para producir obras de discreto encanto que, sin emocionar, dan espacio a la reflexión. Y la obra publicada por Astiberri es un buen ejemplo, un interesante planteamiento sobre la génesis de la soledad y el aislamiento social, sobre el cascarón que el ser humano se crea para alejarse de los suyos, pero que en algunos momentos se torna ajeno. Aun así, una lectura estimulante. (1+)
Y, mientras, en la mesa, me esperan cuatro delicatesen: el If’n Oof de Brian Chippendale, el mejor discípulo de Gary Panther, el Congress of Animals del inconmensurable Jim Woodring (reconozco que es uno de esos pocos autores que me fascinan), la fantabulosa edición del Mickey Mouse de Floyd Gottfredson de Fantagraphics y la edición anotada por Dennis Kitchen de esa joya que es la saga de los Shmoos de Li’l Abner que se ha marcado Dark Horse. Me espera un gran fin de semana… :)
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Superman vs. Muhammad Alí
Recuerdo que la edición gigante de Superman vs. Muhammad Alí me fascinó de pequeño. Aquella edición gigante de Novaro destacaba brutalmente entre el montón de tebeos colgados con pinzas que había en el quiosco. Y salía Cassius Clay, que por aquél entonces era casi un mito mediático para la chiquillería de la época, aunque no tuviésemos muy claro el porqué y nos dejara un poco aturullados lo del cambio de nombre. Pero joder, cómo fascinaba este tebeo. Qué luchas míticas, que puñetazo de Superman parando la ola gigante (lo de tsunami no se llevaba)… En resumen, un tebeo candidato ideal a permanecer bien resguardado en la memoria nostálgica al que, con casi total seguridad, le sentaría muy mal la relectura adulta. Sin embargo, leído hoy, casi cuarenta años después de aquél primer shock, me sigue pareciendo igual de fascinador en su extraña y peculiar rareza. Es verdad que no aguanta el mínimo análisis intelectual: Denny O’Neil firma un previsible guión de manual, plagado de tópicos desde la primera a la última página, desde el tratamiento de la historia –los malos extraterrestres, malísimos, copiados fielmente de los skrulls en aspecto y casi, casi en fonética, el combate con esfuerzo titánico en el último momento- a, por supuesto, unos prejuicios sociales que en ningún momento son, ni tan siquiera, puestos en duda: el héroe afroamericano se presenta como un ejemplo máximo del american way of life, aunque nadie se plantee que la única posibilidad de éxito entonces para un afroamericano sean los deportes… por no hablar de que la única opción de duelo entre civilizaciones es, por supuesto, a hostia limpia. Pero, pese a todo, sigue siendo raro: es un crossover imposible que hace tambalearse los cimientos del género de superhéroes. La mezcla del Mundo Real ™ con el universo superheroico era ya habitual por esas fechas, tanto desde el acercamiento de los superhéroes al comportamiento de la vida real (que tendría como cúspide la obra de Alan Moore décadas después) como desde la inclusión de los comportamientos sociales reales como escenario de fondo de las personalidades y actitudes de los personajes (con el Spiderman de Lee y Ditko como referente claro y primigenio). No era raro que personajes reales se pasearan por las páginas de los tebeos de Marvel o DC; sin embargo, Superman vs. Muhammad Alí no plantea una simple aparición estelar del púgil americano, es un enfrentamiento entre el concepto de héroe mitológico -reconvertido por el género de superhéroes en el ideal conceptual de héroe del siglo XX- con el héroe de la calle, el ídolo real. Un héroe que sigue a pies juntillas el manual de Campbell frente a un héroe nacido de los mass media, en el que el carisma y la ambición pesan más que el camino seguido. Superhombre vs. Hombre en toda su extensión, el American Way of Life adoptado por un alienígena de bondad incorruptible frente a la verdadera expresión de un American Way of Life consentido por las clases dominantes pero ganado a golpe de tortazo. Los tópicos se suceden, pero en el fondo, no se puede obviar que el discurso triunfal y provocador de Alí, rebelde y revolucionario si se quiere, es una reivindicación del héroe real frente al imaginado, una fractura brutal de ese universo de superhombres que, de golpe y porrazo –nunca mejor dicho-, baja a la cruda realidad: ellos no existen, el único héroe que existe de verdad es Alí, el hombre, el real. El apretón de manos final entre Superman y Alí es, más que una expresión tontorrona y bobalicona de feliz cooperación intergaláctica, un reconocimiento tácito de mutua no agresión: “no salgáis de los tebeos”, parece decir Alí, “en el mundo real no tenéis nada que hacer contra los puñetazos de verdad”.
Seguramente O’Neil y Adams no se planteaban esta lectura de su obra, más operación comercial afortunada en un momento de bajada en picado de las ventas que reflexión sesuda sobre el género. Sin embargo, la tentación está ahí y la lectura es tan posible como sugerente y atractiva.
Aunque no deja de ser una paja mental innecesaria para disfrutar de este tebeo: si usted o usteda, querido o querida, lector o lectora se quiere obviar lo anterior, hágalo con total tranquilidad y refocílese con lujuria en el espectacular trabajo gráfico de Neal Adams. Ponga el cerebro en modo de ahorro de energía y dé saltos de alegría incontenible ante el despliegue de sapiencia compositiva y narrativa del dibujante, que firma el que, a mi entender, es su mejor trabajo. Sólo por ver cómo Adams concentra toda la potencia la potencia visual de la página en el puñetazo de Superman contra el tsunami o por esa magistral e impresionante doble página donde Alí da su discurso, ya vale la pena tener esta historia. Qué habilidad para resaltar el momento épico, para acentuar el dramatismo y subrayarlo visualmente, obligando al lector a seguir el camino marcado… Toda una lección de narrativa. Lástima que para esta ansiada reedición se haya optado por un espantoso recoloreado photoshopero lleno de brillitos y volúmenes que, en algunas ocasiones, se carga el trazo de Adams. Una actualización tan innecesaria como absurda, que no aporta nada a la obra y, a mi entender, le resta fuerza. Planeta sigue en este aspecto fielmente lo marcado por la nueva edición americana, con una excelente calidad de reproducción, aunque sigue su política de publicar las obras en formato contrario al original. Y eso que lo tenía difícil esta vez, ya que en los USA esta nueva edición se publicó en formato comic-book y en el original gigante. Pero la solución era obvia: ni uno ni otro. Así que la edición española se queda a medio camino entre las dos… Snif.
En cualquier caso, un tebeo a disfrutar.
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Flujo
La última obra de Dave Cooper llega a España con retraso. Iba a decir “como ya es habitual”, pero la verdad es que este esquizofrénico mercado nuestro ha conseguido que perdamos la capacidad de sorpresa y que las obras aparezcan por estos lares sin un calendario mínimamente descifrable. Obras a priori interesantísimas, duermen el sueño de los inéditos por tiempo indefinido, mientras que otras que parecían condenadas al olvido aparecen con tal rapidez que a poco aparecen antes de que el autor las termine. Pero al menos llega, aunque en este caso casi, casi como cruel esquela de la carrera comiquera de Cooper, que decidió tras esta obra dejar los difíciles esfuerzos del noveno arte para dedicarse en cuerpo y alma a la ilustración. Una verdadera lástima: las ilustraciones de Cooper son extraordinarias, una extraña mezcla barroca y recargada de curvas orgánicas llenas de volúmenes y de ingenuidad malsana que hacen a uno imaginar una especie de Frankenstein formado con Botero y Disney formado en la escuela nocturna de Crumb; pero sus tebeos son todavía más inquietantes y destacables. Demuestran en lo gráfico esa formación crumbiana, pero también una malsana imaginación desbordada que crea enfermizas versiones de Coconino County. Obras siempre atractivas entre las que destaca especialmente Flujo, que llega ahora a las librerías. Es tentador, supongo, resumir la obra de Cooper copn el manido “crónica de una perversión”, pero sólo se demostraría que la imaginación, más que dispararse con las cosas del sexo, se repite cosa mala, y que hay lectores que a la primera muestra de tetamen, pierden el oremus. No, Flujo es otra cosa: a primera vista, una especie de porno glamouroso de Andrew Blake, de esos de ninfas de infinitas piernas con pequeñas insinuaciones sadomasoquistas, pero pasado por el tamiz de la realidad más mundana. Cambiando los pechos diseñados a golpe de Autocad por la ubre voluminosa y caída, la cintura de avispa por el Michelín currado a golpe de chopped y el chorreo de vaselina en la lente del objetivo por sudores malolientes u otras secreciones de las que es mejor no hablar.
Pero rascando un poco esa morbosa superficie, este relato de la atracción del ilustrador Martin por su inusual modelo Tina es un minucioso y detallado análisis de ese extraño proceso por el cual la mente humana es capaz de convertir lo más inesperado en obsesión enfermiza. De cómo el mundo pierde su sentido y lo que era, posiblemente, simple soledad, se transmuta en aislamiento total que sólo deja espacio para el objeto de obsesión. Pero, también, es una aproximación a los mecanismos ignotos que mueven la atracción humana, que huyen de los cánones que marcan los medios o el arte para encontrar su propio camino. La belleza idealizada mostrada en su carnosa voluptuosidad pierde su glamour y se transforma en un puro ejercicio de exhibicionismo visceral (sirva com ejemplo la excesiva -e inspirada en Boucq, si se me permite- portada), no hay fronteras entre lo grotesco y lo hermoso, no existe un criterio objetivo que dé un aprobado a la atracción, ni tan siquiera el consenso de un canon socialmente aprobado se corresponde con la realidad de aquello que perturba en la intimidad. Tras Escombros y Succión, Cooper cierra una extraña y atípica trilogía que nace de la fantasía para ir acercándose a una realidad que, paradójicamente, parece más ajena que nunca, entroncando con esas visiones supuestamente deformadas de la realidad que firman autos como Cronenberg, Ballard o Witkin. O, quizás, más exactas e inquietantes que ninguna… (4)
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El bueno de Cuttlas
El bueno de Cuttlas es una obra maestra.
Y Calpurnio un genio del noveno arte.
Hala, ya lo he dicho.
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Eeeeehhhhh ¿no pasa nada? ¡Uy! ¡Si no hay comentarios!… Me perdonarán ustedes, pero es la costumbre. Tras esas dos frases, lo normal hubiera sido recibir centenares de comentarios furibundos ante tan heréticas afirmaciones, poco más o menos que llamando al linchamiento en algunos casos o, los más amables, recomendándome un neurólogo no vaya a ser que esto sea síntoma de algún tumor cerebral en ciernes. Eso sí, con cierta coincidencia general en el uso de la expresión “¡Pero si eso lo puede dibujar hasta mi hijo de tres años!”. Con la que reconozco, estoy de acuerdo. Es verdad, para que negarlo: Cuttlas, Jim o al malvado Jack pueden ser dibujados sin problemas por un niño de tres años. Incluso mi hijo con 16 meses creo que tiene capacidad para acercarse. ¡Hasta yo puedo dibujarlos! (aunque ojo, la cosa no es tan sencilla como aparenta…). Ni siquiera es original que hace casi doscientos años ya el señor George Cruishank hacía su versión particular del Cuttlas. Verdades como templos, oigan. Pero dibujar al vaquero con cuatro palotes es una cosa y, ¡ay!, dibujar las historietas del Cuttlas…eso, señoras y señores, eso es otro cantar. Porque aquí entramos en otra dimensión completamente diferente, la de la historieta. Y resulta que, en ese juego, Calpurnio es un genio que lleva 20 años haciendo una obra maestra con los recursos más limitados del mundo: el espacio cerrado de una página y unos personajes esbozados de la forma más sintética posible, con unos palotes. Minimalismo puro y duro en el dibujo para lanzarse a la exploración del lenguaje de la narrativa gráfica con una imaginación desbordante y una ausencia de prejuicios total que le ha llevado a la fusión más impensable de medios, consiguiendo que todo sea posible en la entrega del Cuttlas y convirtiendo la serie en el mayor catálogo de recursos narrativos jamás visto, de los que han existido, existen y existirán. Porque ahora nos maravillamos de los recursos creados por Dash Shaw, Ruppert y Mulot, Ware o Yokoyama…pero seguro que este Michael Nyman del tebeo que es Calpurnio ya los uso alguna vez. Experimentando con la dinámica y la estática de la secuencia, con la composición en todas sus formas, tomando préstamos del cine, del videojuego, del videoclip, de la literatura, del videoarte, de la pintura… O de la electrónica, biología, meteorología, geografía, astronomía, topografía o tipografía, porque la imaginación desbordada de Calpurnio se ha atrevido con todo en lo gráfico igual que en sus argumentos toda opción tenía cabida: desde la parodia del género de western, por supuesto, principio y origen de la serie, a cualquier tema por extraño o delicado que fuera, desde el más trascendente al más banal, desde la actualidad a la filosofía de andar por casa, desde la simple pasión por Kraftwerk (creando los mejores comic-clips jamás vistos) a la astenia primaveral o incluso, por qué no, un cómic-sudoku o un calendario-cómic. Y, siempre, desde la ironía, desde una visión que sabe ser ácida e inteligente, ya desde la reflexión pausada o desde la pasión estética.
Admito mi total admiración por la obra de Calpurnio: después de más de 20 años al pie del cañón, Cuttlas sigue sorprendiéndome con cada una de esas entregas de una página donde uno se puede perder descubriendo siempre nuevos caminos, en una obra absolutamente inclasificable, pero que explora el lenguaje de la historieta como pocos autores han hecho en la historia.
Y que, encima, es divertidísimo.
Aprovechen la edición integral que publica Glénat. Imprescindible.
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Lecturas bárbaras
Dos lecturas en idioma bárbaro que esperaba con verdadera ansia: las nuevas obras de Chester Brown y Yuichi Yokoyama. Empiezo por el primero.
Paying for it no es una novela gráfica. Bueno, sí, claro que sí es una novela gráfica, pero creo que si tuviera que decidir cómo definir escuetamente la última obra de Chester Brown, no usaría ese término. Ni el de cómic, tebeo o historieta… Cuando uno se sumerge en la lectura de esta obra, lo de menos es cuál es el medio usado, ésa es su grandeza: deja atrás todas las polémicas para sobresalir como un impactante, brutal y provocativo objeto de debate. El tema, peliagudo y controvertido: la prostitución. La opción elegida por Brown, casi documental: narrar los encuentros sexuales con prostitutas que ha tenido en los últimos años. El resultado, una exposición milimétrica y consciente, depurada hasta la asepsia en algunos momentos, de todas las cuestiones morales y sociales involucradas en el sexo de pago, reflexionando en voz alta para, más allá de establecer un discurso propio, lanzar temas de debate que es imposible no recoger. Mientras vas leyendo los diferentes capítulos de la obra, las conversaciones con sus amigos de siempre (ya se sabe, Seth y Joe Matt), es imposible no detenerse a reflexionar, espoleado por una exposición tan desnuda y certera que obliga a replantearse desde el propio concepto de moralidad a todo ese edificio formal llamado amor que se ha construido durante milenios alrededor del sexo, las relaciones personales y la reproducción. La gélida ausencia de sentimientos con que Brown aborda el tema sorprende inicialmente, pero anima a entrar en el debate sin prejuicios ni ideas preconcebidas, intentando evitar la carga de la educación moral previa para discutir el problema desde posiciones que van desde el simple análisis de una transacción económica a un replanteamiento total de a qué llamamos relación de pareja y cuál es la base de su definición, construida sobre una inercia ética que esconde desde intereses puramente reproductivos o de necesidades sexuales a los más comunes socioeconómicos, dejando un espacio desnudo de discusión para entender mejor ese sentimiento llamado amor.
Es posible que, como lectura, se puedan achacar bastantes defectos a la nueva obra de Brown (un exceso de reiteración en la simple enumeración de los encuentros sexuales, que puede tener efecto narrativo en lo global, pero aburre en lo particular; una elección de formato poco compatible con los problemas de presbicia…), pero su efecto como objeto de debate es devastador, eficiente al 200%. A ver si se publica rápido por estos lares…
La segunda lectura bárbara, igualmente esperada: Garden, la nueva obra de Yuichi Yokoyama, ese transgresor del lenguaje gráfico que tanto me sorprendió en New Engineering y en Travel, y que en Garden vuelve a las andadas con una propuesta excitante que nace de esa concepción del movimiento continuo, de esa dinámica de lo inesperado, para adentrarse directamente en el terreno de la narrativa del videojuego. No hay lugar al respiro o la preparación, Garden comienza desde la primera página que el lector encuentra, no existen esas páginas de cortesía con la información de la editorial: la acción comienza desde una primera viñeta donde el lector no sabe qué ocurre: sólo que hay una grieta en el muro de un jardín y que una extraña masa de gente, cambiante y mutable, entra por ahí. A partir de ese momento, la masa seguirá de forma obligada su camino, encontrando a cada paso pruebas y sorpresas, un mundo nuevo que se va formando. A medida que iba leyendo, he recordado aquél maravilloso videojuego llamado Lemmings, un puzzle donde una serie interminable de pequeños lemmings se lanzaba con fervor al suicidio siguiendo el camino interpuesto por el jugador (reconozco mi absoluta ignorancia del arte de los videojuegos, pero éste ha sido uno de los pocos que me enganchó en su día… y de eso ya hace años). Y no he podido evitar ver en este grupo de innumerables individuos distintos a los lemmings de aquél juego, pensando en cómo Yokoyama cambiaba la perspectiva y nos hacía, en cierta medida, parte de ese flujo continuo e imparable. Los personajes van describiendo cada elemento de este gigantesco y siempre imprevisible puzzle, reiterativamente, como simples testigos fríos de la voluntad del extraño creador de ese gigantesco campo de juegos, impelidos sin razón en la búsqueda de nuevos caminos, de una salida quizás inexistente. Mientras, el lector toma un rol extraño: se sabe como jugador que ha sido, el creador de esos mundos cibernéticos, pero por otra parte asiste de forma completamente pasiva a una partida desde dentro, un cambio de ángulo de visión que convierte la experiencia de entretenimiento en una experiencia próxima al fervor religioso del que cree estar admirando milagros continuos. Es difícil no sentirse fascinado por el cúmulo de extrañas sensaciones que Yokoyama provoca en sus obras, siempre sin aliento por ese continuo movimiento que percibimos como real y extenuante. Brillante.
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Más lecturas variadas
Yo sigo con mis lecturas variadas: tenía ganas de leer el Curiosity Shop (Glénat) de Montse Martín y Teresa Valero.
Primero, porque Teresa es guionista en la que tener confianza y segundo, reconozco, por una extraña relación mental que me llevaba desde esa tienda de curiosidades que plantean las autoras a la lóbrega e inquietante tienda de Ben Chusai que visitaba Gog (sí, me gusta Papini, ese extraño individuo capaz de pasar del escepticismo agnóstico a un ultracristianismo pasando por el fascismo y terminando casi en la acusación de apostasía por apologético del diablo). Las neuronas tienen estos comportamientos erráticos, ya se sabe, y poco tiene que ver la obra de Teresa y Montse con la oscura ensoñación de Papini, sin que eso signifique demérito alguno. A lo que iba, que una vez leído, lo que me encuentro es un correctísimo y canónico tebeo de aventuras, de esos que tanto gustan en Francia. A medida que uno lo va degustando, recibe sabores conocidos en todo momento: por aquí un Indiana Jones, por allí un Adéle Blanc-Sec y por allá hasta un aroma de Beroy… Quizás incluso pueda caer una ligera sensación de ya visto, pero aunque sean cartas marcadas, las autoras juegan tan bien con ellas que uno se deja llevar por esta intriga policiaca entre arqueólogos con tintes (pocos, pero justos) fantásticos. Entretenidísima, conforme a todas las reglas y requerimientos del tebeo de aventuras, pero sólida e inteligentemente desarrolladas, con esos apuntes históricos y políticos que dan realismo a la trama y con la excelente labor gráfica de Montse Martín, de cuidada ambientación en lo visual y sencilla y efectiva en lo narrativo. El primer álbum deja buen sabor de boca, ahora a por el segundo. (2-)
Se me había retrasado la lectura de Agencia de Viajes Lemming (Astiberri), nueva entrega de mi segundo portugués más adorado en esto de los tebeos, José Carlos Fernandes (el primero, por si alguien siente curiosidad, tiene nombre que empieza por Manuel y termina por Caldas), que recupera en este caso el tránsito por ese particularísimo universo que fusiona a Ben Katchor, Italo Calvino o Borges en este encargo veraniego para un diario portugués que se convirtió en un sugerente atlas de geografías imposibles. Es cierto que una vez uno conoce a Ben Katchor se puede tener la tentación de pensar que al portugués le falta originalidad (y no digamos si se es más o menos aficionado a los cuentos de Calvino o Borges), pero si bien pueda ser cierta la escasez de novedad, lo cierto es que el portugués asume sus influencias para bordarlas en un discurso personal y tan válido y de calidad como los referentes, hasta el punto que, por lo menos en mi caso, me la refanfinfla: disfruto su obra con el mismo entusiasmo que la de sus inspiradores y servidor se lo ha pasado pipa con estas historias de ciudades fractales, ciudades banales o conjuntos históricos construidos desde la falsedad histórica. (2)
Sigo con Cárcel de amor (Apa Apa Cómics), obra con la que Sergi Puyol toma carrera y ambiciones con una narración larga en la que demuestra que las buenas vibraciones que dejaban las historias cortas de Una caja, una silla eran más que justificadas. Puyol elige buscar la inquietud del lector con una historia de amor llevada a un universo frío y distante, una sociedad aparentemente real donde cada individuo es presa de sus temores y frustraciones, una sociedad enferma de miedo y odio al otro. Es ese universo de extraños que se miran sin reconocerse que tan bien retrató Clowes en Like a velvet glove cast in iron, o el de la terrorífica opresión constante de Eraserhead, en el que Puyol ha eliminado el elemento extraño para dejar sólo lo cotidiano, aumentando si cabe esa extraña sensación de desasosiego sin causa aparente. Un terrorífico mundo que esconde un secreto que, sorprendentemente, resulta más aceptable y lógico que ese exterior de agobiante normalidad. Puyol juega con el ritmo de las 20 primeras páginas con tino para llevar a ese extraño descubrimiento que romperá las reglas de lo aceptado, siguiendo las enseñanzas de Dash Shaw, pero intentando en todo momento que la composición y la narrativa aporten también esa sensación de cotidiana indiferencia desganada para centrar todo la atención del lector en ese diálogo de la diferencia que centra la obra, la oposición entre lo extraño y lo supuestamente normal y aceptado por la sociedad. Buen arranque del que se puede notar cierto bajón en la segunda parte de la obra, en la que se entiende el objetivo del autor – intentando dar una vuelta de tuerca a esa aceptación de lo anómalo como natural- pero que, por lo menos en mi caso, me chirría en su desarrollo argumental quizás demasiado forzado. Puede ser la falta de experiencia en una obra de mayor recorrido pero, pese a todo, el resultado es recomendable y sugerente. (2-)
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Lecturas variadas
La lectura se amontona y, peor, las reseñas. Que ir leyendo es una cosa, pero encontrar el tiempo para hacer aunque sea una rápida cita de lo leído, es otra. Así que aprovecho que es viernes y hay fin de semana reflexivo por medio para hacer un pequeño repaso a recientes lecturas que no deben caer en saco roto, aunque sea a vuelapluma y testimonialmente.
Tiro de memoria, no especialmente fina, todo sea dicho: La señorita Else (Sins Entido) es el debut en España del señor Manuel Fior, nada conocido en este país pero si citado como reciente ganador del festival de Angouleme, lo que como siempre debe poner, al menos, la mosca tras la oreja y concederle el beneficio de la duda. Y puede prometer y prometo -frase muy propia para estos días, no sabía cómo meterla y mira, ya está- que a este señor hay que seguirle muy de cerca. Porque elegir una obra de Arthur Schnitzler ya es, de por sí, un detalle (sólo he leído de él Relato soñado y rendido a sus pies me tiene, aunque Kubrick lo desdibujara para su provecho), pero la labor de Fior lo convierte además en regalo para el intelecto y los sentidos. Dibujante de estilo elegante, de cromatismos delicados y sutiles, adapta el relato de Schnitzler con referencias elitistas a su coetáneo Klimt o más casquivanas a Lautrec, consiguiendo esa atmósfera de educada galantería capaz de esconder el cinismo más hipócrita que necesita el relato de esta nueva Ifigenia sacrificándose -en este caso la virtud- para salvar a su padre. Una brillante exploración de los motivos inconfesables de la psique, que la labor gráfica de Fior apuntala con nuevos matices a golpe de trazo insinuado y una preciosa paleta de sugerentes cromatismos. (2+)
Muy, muy diferente es El lugar equivocado, debut también por estos lares para Bretch Evens, autor, holandés para más señas, de esos que se pasan las normas establecidas por el forro de sus vergüenzas para lanzar propuestas atrevidas que obligan al lector, por lo menos, a pensar. A simple vista, testimonio banal de una noche de juerga, un episodio frívolo presentado desde una coralidad alegre y superficial. Rascando un poco, crudo documento sobre la soledad en la sociedad de hoy. Brillante esa libertad total con la que Evens usa el color, buscando en sus acuarelas la violencia del contraste de colores oponentes, jugando aparentemente al azar con el color, pero logrando siempre una composición cromática de la página tan equilibrada como efectiva en lograr impactantes sensaciones visuales. Me recuerda, en la distancia, a esa joya que es Duelo de caracoles; sin embargo, si algo me ha impresionado es ese efecto que logra el dibujante con las acuarelas, dejando la figura humana traslúcida frente a los escenarios por los que deambula. Los personajes de Evens son fantasmas que se mueven sin rumbo definido, zarandeados por las situaciones… Apenas dejan huella de su paso en ese continuo cambio de foco entre escenarios, entre coralidad de unos personajes e inquietantes imágenes de esos mismos lugares vacíos, sin esos espectros de humanos. Existencialismo en acuarelas (y ojito a la excelente labor de Sins Entido en un tebeo complejísimo de editar) (3+).
Sigo con tebeos que me han interesado: Chernobyl, de Francisco Sánchez y Natacha Bustos (Glénat), perfecto ejemplo de esa nueva forma de entender el tebeo no simplemente como un elemento de entretenimiento industrial, sino como un medio, como un lenguaje con el que acercarse a cualquier reflexión, desde la ficción al análisis de los hechos históricos. En esta ocasión, una obra que elige ficcionar desde la exhaustiva labor documental lo ocurrido durante la catástrofe de Chernobyl, acercándose a las vivencias de los afectados. Valiente propuesta que tiene como mayor problema un primer capítulo con un planteamiento argumental que recuerda en exceso, por desgracia, a la magistral Cuando el viento sopla de Raymond Briggs (posiblemente, el mejor alegato antinuclear que jamás se haya hecho). Una comparación de la que es difícil salir victorioso y que condiciona la lectura, pudiendo llegar a impedir valorar el buen camino que sigue la obra a partir de ahí, mucho más sólido y definido, denunciando los muchos errores cometidos en aquél incidente y que, por desgracia, hoy es rabiosa actualidad no tanto por su aniversario como por la dolorosa realidad de su repetición. Aunque en algunos momentos se caiga en un tono excesivamente melodramático, y pese a los problemas que se puedan derivar de ese primer capítulo, son mucho menos los errores que los aciertos, liderados por la excelente labor gráfica de Natacha Bustos. Una lectura interesante (1+).
Más de por aquí: pocas cosas me indignaron más que aquella campaña orquestada hace años contra Carla Berrocal, una joven dibujante entonces (y hoy, todo sea dicho) cuyo mayor pecado era tener ilusión por hacer tebeos. Lo lógico, el sentido común, dicta que lo que Carla debería haber hecho es mandar a tomar por saco al mundo del tebeo. Pero afortunadamente no lo hizo y hoy podemos leer El Brujo, madura obra en la que plasma el desconocido, por lo menos para mí, mundo de las leyendas y mitologías chilenas siguiendo a este peculiar cicerone de fábula. Y es evidente que la dibujante se vuelca en la obra poniendo toda la carne en el asador, en un apartado gráfico que opta por el cambio continuo de estilos: prácticamente cada página está planteada desde una técnica diferente, desde el lápiz a la acuarela, desde los rotuladores a la tinta, desde el color informático al directo, en un despliegue espectacular en el que hay que incluir, también, la experimentación continua de recursos narrativos. Una avalancha visual que es, posiblemente, el mayor pero que se le puede poner al libro: en algunos momentos el baile continuado de estilos y recursos va en contra de la fluidez de una historia que basa su acierto en la sencillez de su planteamiento, próxima a un cuento con forma de poemario gráfico. En cualquier caso, se disfruta en lo visual y despierta la curiosidad en lo contado. (2-)
Ración de superhéroes, que no falte: Starman, de James Robinson y Tony Harris es uno de esos tebeos que en los 90 jugaba en la difícil liga de igualar los aciertos y hallazgos con los que Moore, Gaiman o Morrison renovaban el discurso del género superheroico. Industria manda y si la resurrección de personajes en quiebra por la vía mágica inglesa funciona, hay que resucitarlos a todos por el mismo método, a mogollón. Afortunadamente, Robinson puso los pies en tierra e imitó a sus colegas y compatriotas no en su forma, sino en su actitud: hizo lo que mejor sabía hacer. Y de lo que sabía, y mucho, es de superhéroes, por lo que su renovación del personaje de la Golden es todo un homenaje al género desde el género. Hay en el fondo una reflexión tenue sobre las relaciones paterno-filiales, sí, igual que hay también la consabida humanización post-Moore del personaje, pero lo importante en Starman es revisar el sentido de maravilla de la Golden Age desde estos tiempos de descreimiento, reivindicando una forma de entender el género que no necesita acudir ni a piruetas formales ni excusas prestadas desde otras formas artísticas. Esa humanización de los personajes, esa visión realista, no es más que un subterfugio que simplemente aporta a la narración la visión del lector más fan. Abandona así la teatralidad de los tebeos de los años 40 para darle la mentalidad de un aficionado de los 90, más próxima y campechana si se quiere, sencilla en lo argumental pero efectiva y suficiente para los objetivos que busca. Eso sí, aprovechando la infinita sapiencia de Robinson sobre la época, que ya mostró en La Edad de Oro y que aquí refina dando algo más que una propuesta de renovación, extendiendo y ampliando lo que era un alegato en un discurso cohesionado que es capaz de conectar sin estridencias ni rupturas el género que se hacía en los orígenes con el de hoy en día. Vamos, que es un tebeo de lo más recomendable, de lectura amable y entretenidísima, con un Tony Harris esforzado que sabe aportar atmósfera y ambientación. (2)
Otro día más. Circulen, circulen…
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Binky Brown encuentra a la Virgen María
Escribí hace seis años….
“Justin Green cuenta a través de Binky Brown la influencia de la religión y la opresiva tradición puritana religiosa americana en su juventud, del trayecto desde su niñez hasta que consigue despegarse del trauma de culpa católico. Pero mientras que Blankets trata un tema similar desde la perspectiva del adolescente, Green estudia todo el proceso desde una perspectiva mucho más reflexiva y análitica, consciente de ser víctima de un desorden obsesivo compulsivo (él mismo lo reconoce) que se transforma en la historieta en una brutal mezcla de surrealismo y denuncia social. Con gran inteligencia, Green hace uso de los delirios compulsivos de Binky para mostrarnos una sociedad que basa su educación y su cultura en la represión excusada en la religiosidad, que hace uso de los símbolos como cadenas que atan la libertad del individuo, que es ferozmente atacado por sus propios sentimientos de culpa. Es sorprendente cómo Justin Green analiza las ataduras del sistema desde dentro del mismo. A diferencia de otros autores del momento como Robert Crumb o Gilbert Shelton, que usaron personajes como Los Freak Brothers o Mr. Natural que representaban precisamente el arquetipo de lo considerado “antisistema”, Binky Brown es un buen chico, políticamente correcto, pero que ve cómo la influencia de la sociedad destroza su vida. Casi 33 años después de su publicación, su lectura permite entender perfectamente el camino que siguió el cómic americano independiente en los 80 a través de autores como Chester Brown, Joe Matt, Gary Panter y muchos otros.”
Y hoy, al releer la magna obra de Justin Green que publicaba (¡por fin!) La Cúpula, creo que me quedé corto. Me quedé cortísimo en los valores propios de la obra, porque la reflexión que hace el autor sobre su trastorno obsesivo-compulsivo (T.O.C.) nace de la catarsis terapéutica, sí, pero consigue proyectarse como uno de los análisis más lúcidos –y radicales- que uno recuerde sobre las consecuencias de entender el hecho religioso no como una opción privada, sino como una norma pública y social tan estricta y severa en su puritanismo que puede llegar a condicionar la existencia. El joven Binky, un buen chico en los términos que la sociedad de la época consideraba, queda completamente destrozado ante una pubertad y una sexualidad naciente que interpreta como un insulto a los valores de ortodoxia católica en los que se había educado. Ese sentimiento de culpa que Nietzsche acusaba de estar propiciado por la religión judeocristiana se amplifica a través de la TOC hasta convertirse en un delirio completo que la pacata mentalidad del joven Binky es incapaz de procesar. La interpretación simbólica que lanza Brown de las visiones y alucinaciones provocadas por esta colisión de morales es un paso adelante que organiza y da sentido a las propuestas visuales que los entonces nacientes cómics undergrounds estaban lanzando, convirtiendo en recurso narrativo lo que hasta ese momento eran inspiraciones lisérgicas.
Y me quedé corto, también, en la influencia e importancia que esta obra ha tenido en el noveno arte: como dice Art Spiegelman en su prólogo, Binky Brown conoce a la Virgen María es el origen de todo un género dentro de la historieta, de una traslación de las experiencias autobiográficas de la generación beat a la narración gráfica que apuesta decididamente por la catarsis como terapia, diferenciándose de las experiencias previas del cómic underground, donde la autorrepresentación, habitual, es una forma de provocación y de denuncia. “Sin Binky Brown no existiría Maus” dice Spiegelman. Y, posiblemente, sin la obra de Justin Green no hubiese existido toda una forma de usar la historieta que se proyecta desde Crumb (inspirador y, a la par, inspirado) hasta David B., pasando por Chester Brown, Joe Matt, Linda Barry y tantos y tantos otros que han encontrado en la autobiografía su forma de expresión. Una influencia brutal a la que hay que añadir que cambia también la ambición de esa narrativa: Binky Brown es entendida por muchos como la primera “novela gráfica”, en tanto es la primera manifestación en los EEUU de cómic de autor dirigida a un público adulto que se aparta de la tradición de relato corto para articularse como una narración larga y autocontenida con formalismos propios.
Ya sea por sus valores intrínsecos, ya sea por la incuestionable influencia que ha proyectado, una obra maestra. Todo un acierto de La Cúpula, que firma además una excelente edición.
Enlaces:
- The ABC of autobiographical comix, por Patrick Rosenkranz
- Introducción de Art Spiegelman (en inglés)
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