Excluidos
Están ahí. Aunque seamos incapaces de verlos, están ahí. Nuestro maravilloso y complejo córtex visual, siempre atento a interpretar la realidad según nuestras necesidades, se encarga de transformarlos en inocuos elementos decorativos perfectamente integrados en el paisaje. Mobiliario urbano fabricado en carne y huesos destinados al olvido, cuya presencia sólo pincha en ese quiste de ignorancia colectiva que ha crecido a golpe de intolerancia, clasismo y miedo. Son la “otra” sociedad, la culpable segura de todos los males de la buena, de la verdad, de esa perfecta y magnífica sociedad que nos acoge con tal bondad y cuidados que llega a anestesiar todos nuestros sentidos. Somos capaces de demostrar sentimientos de compasión y solidaridad hacia cualquier petición que una sonrisa de dientes perfectos nos largue por la televisión, pero ellos siguen siendo invisibles. Si tienen suerte, claro. Porque a poco que nuestros aguzados sentidos fallen y podamos verlos de refilón, sentiremos un profundo rechazo y repugnancia, y nos justificaremos con mil razones que deben ser expulsados de nuestra vista, lejos de nosotros y del peligro de volver a ver la realidad de cerca.
Son excluidos de la sociedad. Marginados como los que encontraremos en Sopa fría, de Charles Masson o Un día, de Nacho Casanova. Dos obras que tienen la virtud de mover los excrementos de esta sociedad que nos rodea lo suficiente como para que nuestro delicado olfato reaccione con molestia e intente apartarlas.
La primera habla de los vagabundos de la calle, de esos que un día tuvieron una vida normal y al siguiente, por mil y una razones, acabaron viviendo sin techo. Masson, médico en la “vida real”, toma varias historias que vivió en primera persona para componer un único relato que nos cuenta la evasión de un mendigo, que huye de la humillación de haber tenido que tomar una sopa fría. Una excusa absurda, pero que es el último reducto de dignidad que le queda a quien ya ha perdido todas las ilusiones. Un largo trayecto bajo el frío y la nieve en el que Masson intenta descubrir qué lleva a alguien a abandonarlo todo. Lo cuenta con un trazo nervioso e inseguro y una narrativa torpe, en dónde no es difícil deducir que su dominio del dibujo y de la técnica del cómic es primitivo y burdo. Sin embargo, pone tanta pasión y fervor en lo que cuenta, pone tanta emoción, que se le perdonan todos los errores. Es el grito de del manifestante que no sabe de letras ni literaturas, pero sabe lo que grita y porqué lo grita. Y eso, a veces, es mucho. Es verdad, sería mil veces mejor si un gran dibujante lo hubiera bordado, pero hay ocasiones en las que la intención vale mucho más que los resultados. Y ésta es una de ellas. (2-)
No tiene esos problemas Nacho Casanova, que domina con oficio los mimbres de la historieta y demuestra ya una soltura y brío en la secuencia impecable. Ha evolucionado hacia una síntesis gráfica en la que el dibujo se simplifica en los trazos justos y necesarios para lo que quiere contar, en una economía gráfica que esconde, como debe ser, un gran trabajo de estudio y análisis, estudiando con detalle y cuidado cuáles son los trazos que se pueden ahorrar. Todo con un único objetivo: la fluidez narrativa, la construcción de un cauce artificial para la lectura que el lector debe sentir como natural y no impuesto. Una simplificación que, además, es perfecta para la historia que quiere contar el autor con Un día: la rutina diaria de dos drogadictos. Dos marginados que centralizarán la acción en una aplastante rutina cotidiana de humillaciones y olvido. En cómo un ser humano llega a lo más hondo y sobrevive intentando olvidar hasta dónde ha llegado, pensando en el hoy y obligándose a olvidar que el mañana será exactamente igual. Un episodio que Nacho comienza a contar como una anécdota más de las que nutren sus obras autobiográficas, una instantánea de su quehacer diario que, de repente crece como una historia propia y va adquiriendo personalidad y sentido independiente. Matiza esa ingenuidad que empapa esas otras obras, manteniéndola larvada, para dejar que su lúcida reflexión nazca con fuerza. Una reflexión apenas esbozada que deja al lector todo el peso del debate, de la decisión sobre lo que ha leído. Ahí está, por ejemplo, esa invisibilidad social del marginado, que Nacho apunta con brillantez, con esas páginas iniciales donde prácticamente sólo existe el mundo de los dos protagonistas. Vemos espacios reconocibles, calles y rincones. Pero no hay nadie. Las calles parecen desiertas, sólo vemos a dos personas. La paradoja de la invisibilidad social: la sociedad los elude y los borra de su retrato idílico hasta tal punto que ellos mismos se escapan de esa sociedad que les niega. ¿Si no existen para el colectivo, por qué el colectivo tiene que existir para ellos? Los únicos contactos con esa sociedad, las únicas personas que veremos son aquellas que les humillan y les recuerdan el foso en el que están. No hay manos tendidas ni ayudas. Sólo falsas caridades impostadas que aseguran, dicen, la entrada en el paraíso.
Ellos que tienen uno.
Un tebeo de lectura obligada. (3)
Enlace: avance de Un día y entrevista a Nacho Casanova en Guía del Cómic.

Voy por partes comenzando por el producto ajeno: No te olvides de recordar, de Peter Kuper es una obra que abre su contacto al lector jugando al despiste, anunciando una obra de claras reminiscencias al Understanding Comics de Scott McCloud para luego dar un giro que le llevará a mantener los recursos narrativos usados por aquél (la figura del dibujante/narrador omnipresente, juegos gráficos formales, establecimiento de una conexión directa lector-autor paralela a la narración de la historia…) para contar diferentes episodios de su vida, centrados alrededor de obsesiones puramente freudianas: la pérdida de la virginidad o la primera paternidad. Kuper, un maestro del expresionismo más radical –recordemos maravillas como La Jungla o La metamorfosis- que aquí se modera parcialmente para recordar de forma indirecta desde la relación con las drogas y la sexualidad en la sociedad americana post-vietnam hasta el trauma del 11-S. Como es habitual en Kuper, su visión resulta lúcida y alejada de fáciles concesiones: es consciente de cómo el tiempo modifica la memoria, planteando su historia con infinidad de matices e integrando al lector, estableciendo con él casi una conversación informal en el que su yo-presente analiza con acidez a su yo-pasado. Una obra muy interesante en la que, además, hay que destacar como siempre el apartado formal, en el que Kuper establece varios niveles de lectura a través del grafismo y del uso de diferentes recursos narrativos, entre los que destaca, como ya es habitual y esperable, el expresionismo más extremo.
En el producto nacional, dos obras que continúan anteriores entregas y que por diferentes razones esperaba muchísimo. En primer lugar, El arte de criar malvas, nueva entrega de las memorias de Ramón Boldú en las que sigue manteniendo incólumes todas las características de sus dos primeras entregas (Bohemio pero abstemio y Memorias de un hombre de segunda mano): ritmo vertiginoso, un sentido renovado del esperpento valleinclanesco y una lenguaraz desvergüenza, que lleva a Boldú a contar todo tipo de detalles de una vida que, en muchos casos sorprende tanto que parece imposible que sea realidad. Sin embargo, como bien indica Santiago Segura en el prólogo, la gracia de las aventuras de Boldú es que son tan extremas que sólo pueden ser reales. Sus personajes son personas de carne y hueso que expondrán sus miserias más extremas, con el propio autor a la cabeza autoflagelándose para dar ejemplo de exhibicionismo en este vodevil esperpéntico que construye. Hay, sin embargo, una diferencia clara con sus dos anteriores entregas gracias a ese juego metalingüístico que supone la inclusión de la obra en blanco y negro sobre la que estaba trabajando “Hasta que la muerte nos separe”. Manteniendo siempre la relación directa con el lector, optar por contar los entresijos de la creación y publicación de esta historieta convierte además a esta entrega de sus memorias tanto en un ejercicio autobiográfico como en un retrato de la creación de historieta de este género. El resultado no puede ser más sorprendente: asistimos no sólo al proceso creativo, podemos leer la historieta y comprobar in situ sus resultados en los protagonistas involuntarios de la historia –¿quién será Nick Gualda?-. Un tebeo divertidísimo que será el previo a la reedición integral de sus dos anteriores entregas
Y por último, segunda entrega de Autobiografía no autorizada, de Nacho Casanova, en la que ahonda en todo aquello que 
Judenhass es una obra tan sorprendente como extraña. Sim realiza un alegato contundente contra la persecución judía, describiendo el Holocausto como la consecuencia de un odio secular hacia el pueblo judío, haciendo uso de un guión que no puede ser más esquemático: citas de personajes famosos, tanto de la cultura como de la política mundial, con declaraciones ofensivas o denigrantes hacia el pueblo judío. Una simple estructura que Sim acompaña de dibujos fotorrealistas (siguiendo la filosofía definida en Glamourpuss) de los horrores en los campos de concentración nazi, dando lugar a un contraste entre citas y retratos con los cadáveres almacenados que no puede ser más efectivo y contundente.



Elegía Roja, de Seiichi Hayashi, rompe por completo, tanto en forma y fondo, con la tendencia que conocemos del gekiga representado por autores como Tatsumi o Tsuge. Hayashi compone un poema visual sobre el amor, compuesto de pequeñas píldoras de cotidianeidad que van desgranando la esencia de la relación amorosa. La historia de Ichiro y Sachiko, escrita entre 1970 y 1971, nace de una variada unión de influencias, que van desde los planteamientos realistas de la nouvelle vague francesa hasta la tradición de los haikus, combinándose en una forma distinta de poesía visual, minimalista, en la que la página aporta un ritmo especial para unos dibujos apenas esbozados, en los que los personajes parecen apenas unos trazos livianos, de rostros sin rasgos que dejan toda la expresividad en el lenguaje de los cuerpos, obligados a narrar con sus posturas, con sus ademanes, haciendo que sus miembros formen líneas que llevan la vista como en un poema gráfico, en un hipnótico movimiento que nos hablará de la incomprensión de sus padres, de las dificultades de una joven pareja y, sobre todo, del amor, de su presencia en cada acto diario, desde un desayuno a un enfado, de una sonrisa al sexo. Pero es que, además, Hayashi se permite juegos con los referentes visuales de su época, incluyendo imágenes de animación, de publicidad, anclajes con la realidad que parecen elementos oníricos dentro de la existencia de los protagonistas. Una bellísima obra, delicada e insinuante, de sensibilidad exquisita, espléndidamente editada por Ponent Mon. 



hermanos Sato, con sus evidentes referencias a Umezu y a Romero, parece dejar la puerta abierta a una interpretación ortodoxa del género. Esperanza vana que desaparece apenas unas páginas después, porque lo que encontraremos es un tebeo para adolescentes hiperhormonados, donde todas las féminas aparecen en extrañas y acrobáticas posturas para poder enseñar posaderas y braguitas o retuercen sus generosas anatomías para que sus pechos consigan derramarse en geometría imposibles por la viñeta. Eso sí, regado del adecuado gore salvaje y visceral propio del género, pero sin un ápice de situaciones que puedan provocar el uso de alguna neurona, no vaya a ser que los jóvenes lectores sufran algún síncope. Lo que no tengo claro es si la narrativa torpe y confusa de los hermanos Sato es un problema o una bendición. En cualquier caso, un tebeo sólo recomendable a adolescentes con subidón de testosterona o a aficionados al género con amplias tragaderas y pelín de afición al masoquismo. Para los demás, se aconseja huída táctica. (0)
Muy diferente es, afortunadamente, Cinderalla, la primera obra de Junko Mizuno que se publica en España y que retrata perfectamente el particular y sugerente universo de esta autora. Su lectura de los cuentos clásicos es una sorprendente mezcla de ingenuidad y perversión, que reinterpreta la historia de Cenicienta en una historia de zombis con ribetes gastronómicos a medio camino entre lo alucinógeno y la psicodelia pop más desbordada. Su estilo de dibujo, claramente enmarcable dentro de la ilustración infantil más naif, descoloca completamente al lector, que en lugar de encontrar pastelosos anuncios publicitarios de coloridos ponys, gatitos cabezones llenos de lazitos o universos de muñequitas de sonrisa disneyniana se topará una combinación enfermiza, que une un tratamiento ingenuo de los personajes con unas situaciones malsanas. Mizuno dota a sus preciosos dibujos de un erotismo de cándida apariencia, de un atractivo indudable que le permite pervertir el mensaje del cuento clásico con un planteamiento delirante en el que todo cambia su sentido sin perder su esencia. Cenicienta se enamorará de su príncipe, como debe ser, y el cuento tendrá un final feliz y, si se me apura, es muchísimo más bondadoso que la versión de Perrault de la narración popular o su empalagosa adaptación disneyniana, pero su calabaza particular será ahora un paso por el reino de las muertos vivientes, con un zapato de cristal renacido en viscoso ojo de bonitas irisaciones. El cóctel es atrevido y con aromas de depravación, pero no se le puede negar en ningún momento el magnetismo que ejerce sobre el lector. Es verdad que la narrativa de Mizuno es en muchos momentos imperfecta e incluso torpe, más centrada en la componente ilustrativa y estética que en la narrativa, pero ese batiburrillo antinatural de dibujo y temática – algo así como un Maruo dibujado por Carl Barks - seduce y fascina a partes iguales, atrayendo como un imán poderoso, provocando al lector continuamente con inteligencia.
Reto para guionista: ¿Conseguiría usted crear una historia en la que se mezclasen Los Tres Mosqueteros de Dumas, La guerra de los mundos de Wells, el Flash Gordon de Raymond… y a Catherine Deneuve?
Quizás por eso, el simple hecho de que un dibujante intente versionar a Verne ya me predispone positivamente, más si el propósito es mi novela preferida, 20.000 leguas de viaje submarino. Si le añadimos que ese dibujante es Brüno, un autor que me ha dado excelentes lecturas últimamente, ya no sólo hablamos de una propensión favorable, sino de verdadero interés por leer cómo ha interpretado a este clásico en Nemo. Y tras la lectura, debo reconocer que Brüno colma sobradamente todas mis expectativas. Hace una adaptación que comienza fielmente, siguiendo el texto de Verne con escrupulosa rigurosidad (excepción hecha del marco temporal, que se traslada al inicio del s.XX), pero que irá poco a poco evolucionando hacia una versión propia, más oscura y dura, más adaptada al lector del siglo XXI y con una sorprendente fusión parcial con el clásico de Melville, Moby Dick, que puede chocar inicialmente, pero que resulta en una acertada e inteligente elección a la vista de su desarrollo. En cierta medida, se podría decir que la lectura plenamente adolescente de la obra de Verne adquiere matices más adultos, desarrollando mucho más la psicología de los personajes a través de pequeñas pero atinadas pinceladas. Cambios que hacen lógica la variación del final, que se acerca más a la tragedia romántica.
Hay un hilo conductor común en todas las historias de
días. La adopción de la pequeña Keo, una niña camboyana acogida por su amiga Shirley será, aparentemente, la gran empresa vital de Art. Un honorable y admirable cometido que pronto veremos que no deja de ser una necesidad egoísta de dar sentido a una vida, pero cuyo real sentido iremos descubriendo gracias a la lúcida reflexión de Cosey.
Hace años que descubrí el particularísimo mundo de Tori Miki. Un autor con un humor peculiar que es comparado con 


Y casi parece obligado hoy hablar de Eagle, de Kaiji Kawaguchi, un manga que relata la carrera presidencial de Kenneth Yamaoka, un senador asiático-americano que decide luchar por la presidencia de los EE.UU. Pese a que el manga es del año 1998 y Yamaoka se disputa la candidatura demócrata con un sosías de Al Gore entusiasmado con internet, las semejanzas con Barack Obama son más que evidentes, lo que sin duda relanza la curiosidad por este tebeo. Una coincidencia que se queda en las apariencias, porque el desarrollo del manga deriva más hacia la descripción de las complejas tramas que se esconden tras las maquinarias electorales. Como ya es habitual en estos casos, el manga parte de una historia vehicular sobre la relación entre el joven periodista japonés Takashi Jo, encargado de seguir la campaña, y el senador, para a partir de ahí mostrar todos las entretelas del proceso electoral. Hay un claro afán didáctico –muy común, de nuevo, en tebeo japonés-, que se mezcla con eficacia con la trama gracias a una narrativa tan eficaz como previsible. Un tebeo entretenido, pero que multiplica su atractivo por la coincidencia temporal con las elecciones americanas, lo que quizás habla más del buen ojo de Glénat a la hora de editarlo que de la propia calidad del manga. En cualquier caso una lectura que no molesta y que incluso puede descubrir algunos aspectos desconocidos del complejo sistema electoral americano
Primero: el mastodóntico volumen recopilatorio de Tekkon Kinkreet que edita Glénat. Un tebeo de Matsumoto Taiyou de extraña filiación, que se mueve a medio camino entre la mejor tradición temática del manga y la admiración rendida al tebeo occidental. Por un lado, una historia de mafias y yakuzas transportadas a un futuro indefinido; por otro, dos huérfanos Shiro y Kuro que defienden su barrio de las intromisiones de los mafiosos. Dos extremos que se unen en un cóctel extraño, de sabor ácido y amargo en algunos momentos, pero sugerente y de lectura cautivadora. Encontraremos tópicos del manga, desde la hiperviolencia a un tratamiento surrealista y mágico, pero mezclados de una forma original y distinta, simbolizada perfectamente en el enfrentamiento constante entre los dos hermanos: Kuro es violento, brutal, pragmático. Shiro es pura imaginación desbordada, un espíritu puro inocente. Kuro cuida de Shiro, la violencia debe velar por la inocencia, una revisión exagerada del amor filial (una versión fraternal extrema del “todo poder conlleva una responsabilidad”) que se verá rota completamente ante la ausencia de Shiro. ¿Qué sentido tiene entonces la violencia aislada? La reflexión es esbozada por Taiyou a partir de imágenes de contundente fuerza, que llevan la voz cantante de una narrativa compleja claramente inspirada en el tebeo europeo. Pese a que el ritmo de la historia está claramente entroncado en la tradición del manga, hay una fructífera fusión entre aquél y la narrativa europea, más rápida, más elíptica, menos descriptiva, que Taiyou incorpora junto a una amalgama de estilos gráficos que va desde las evidentes referencias a Moebius a otras más sutiles que englobarían a José Muñoz (no sólo en trazo, sino en puesta en escena de las viñetas) o Didier Comés, sin olvidar a otros autores japoneses que también han acudido al tebeo europeo, como Katsuhiro Otomo. Es absolutamente innegable el atractivo del resultado final, al que hay que añadir un acercamiento inusual a los personajes y las relaciones entre ellos. Quizás la única objeción que se le pueda poner es que la mezcla casi antinatural de temas resulta al final en un eje argumental excesivamente frágil, que no llega a justificar plenamente todo el múltiple desarrollo de historias paralelas que se nos están contando. Un pero que queda compensado por el indiscutible atractivo y fuerza de cómo se nos está contando la historia y el arrastre que consigue en el lector. Eso sí, la luxación de muñecas que provoca la lectura del volumen sugiere que hubiera sido mucho más cómodo publicarlo en un par de entregas
Segunda: Nodame cantabile viene precedida de un importante éxito de ventas en Japón, pero en mi caso el interés se debía a la anterior obra de esta autora publicada en nuestro país, la inclasificable Vidas Etílicas, una obra que hablaba de los excesos alcohólicos de su protagonista desde una sorprendente perspectiva, describiéndolo no como un terrible y destructor vicio sino como una forma elegida de vida (hay una reseña en
Y tercero, el que por fin se haya visto en España una obra de Kazuo Umezu, uno de los grandes de la historieta japonesa. Ponent Mon publica el primer volumen de Aula a la deriva, en la que podemos comprobar la capacidad del japonés para provocar la inquietud y el desasosiego. Aunque su planteamiento no es inicialmente original (una escuela al completo se ve bruscamente trasladada a un lugar desconocido), su desarrollo y la elección de un colectivo infantil como protagonista, con la sola presencia de algunos adultos, consigue una aproximación distinta e interesante, que toma elementos fantásticos para plantear la reacción del ser humano en una situación límite. Hay conexiones evidentes con clásicos de la literatura, como El señor de las moscas, pero Umezu busca fundamentalmente la reflexión sobre los límites del ser humano, sobre su verdadera reacción ante situaciones que exceden lo que puede aguantar el razonamiento y que obligan a una respuesta animal y brutal. La oposición entre la actitud de los profesores y los niños permite a Umezu además desarrollar dos líneas paralelas, enfrentando la reacción supuestamente adulta y reflexiva con la de una mente todavía por formar. La fuerza del relato se basa en una narrativa violenta y exacerbada, muy propia del manga de los años 70 en el que parece que todos los personajes reacciones de forma teatral y extrema, de dramatismo excedido, casi colérico, que puede resultar chocante al lector de hoy, pero que forma parte de la evolución del lenguaje del manga. Una obra importante, en la que muchos reconocerán rápidamente la conexión con obras posteriores como Dragon Head, de Minetaro Mochizuki, una obra que bebe directamente tanto argumental como formalmente del manga de Umezu. La edición de Ponent Mon, como siempre, modélica
Hace un año, justo por estas fechas, estaba sentado alrededor de una gran mesa, compartiendo con cuatro personas más una maratoniana sesión como jurado de la primera edición de un premio de historieta que nacía ya con la intención de ser prestigioso e importante. La labor había sido dura, muy dura, con proyectos atractivos e interesantes, de los que tan sólo quedaban tres encima de la mesa. Uno de ellos era Fueye, de Jorge González, que finalmente se alzaría con el premio. Recuerdo perfectamente el impacto que supusieron las ocho páginas que acompañaban a la sinopsis del proyecto. Eran de un grafismo vibrante y nervioso, de cromatismo apagado y sucio, pero que transmitían potencia y expresividad con fuerza. No era una sorpresa: los que conocíamos la obra anterior 

La idea de partida de Bite Club es tan simple como atractiva: reescribir una historia de mafiosos desde la perspectiva del género de vampiros. No es la primera vez que la literatura plantea argumentos de vampiros integrados en la sociedad de una u otra forma (desde Marc Behm a Claraine Harris, tan de moda ahora gracias a True Blood), pero hay que reconocerle a Tischam y Chaykin el indudable acierto de enmarcar su historia en una trama más propia de Los Soprano, contando los vericuetos de la familia Del Toro, una clan vampírico que domina una Miami donde los enfrentamientos étnicos incluyen ahora a los chupasangres como una minoría más. Un acierto que se prolonga por el buen ritmo que los guionistas le imprimen a la obra y, sobre todo, por la imaginativa descriptiva de la realidad socio-cultural alrededor de este mundo de vampiros integrados en la sociedad. A medida que avanza la trama, Chaykin y Tischam dejan caer pistas e ideas sobre las peculiares características del proceso de integración en la población de una minoría que, por naturaleza, sería depredador natural de los mismos que los acogen. La cadena alimenticia como cuestión puramente biológica se transforma en adecuada metáfora en una especie de cadena económica, donde los depredadores naturales son sustituidos por los depredadores económicos. No deja de ser una reflexión secundaria, pero que se añade a la lista de afortunadas ideas que esconde Bite Club. Un tebeo que ganaría muchos enteros si contase en su labor gráfica con un dibujante más dotado que David Hahn, que sin duda pone empeño en su labor, pero con un resultado que no pasa de labor de esforzado oficiante. La simpleza de su puesta en escena y composición se traduce en una narrativa monótona, que apaga la tensión de la acción e incluso de las muchas escenas sexuales, supuestamente tórridas. Una lástima, porque con los buenos mimbres que Tischam y Chaykin ponen a disposición de Hahn se podría haber tejido un excelente tebeo que queda, simplemente en un tebeo entretenido y correcto.
A priori, se podría mantener que un cuaderno de viaje es un ejemplo perfecto de ilustración no narrativa, puramente escénica y estética. Un conjunto de imágenes que reflejan un lugar y un momento, buscando tanto un efecto nostálgico como descriptivo. Una perfecta postal que incorporará, evidentemente, la interpretación particular del dibujante, su traducción visual.

Cuando David B anunció que su próxima obra trataría sobre el periodo de entreguerras, centrándose en el episodio de la
Leer una nueva obra de Jason esconde una curiosa contradicción: el noruego juegue siempre a una mezcla atípica y contranatura de géneros, con una inigualable capacidad para descontextualizar referentes conocidos, en un juego similar que recuerda al que realizaba el Equipo Crónica con su fusión de pinturas clásicas. Pero después de leer casi todos sus anteriores tebeos, se ha perdido en cierta medida la sorpresa que causaban sus anteriores obras: sabemos que Jason va a intentar sorprendernos. Sin embargo, pese a la prevención y el aviso, aunque sepamos de antemano su juego, Jason conseguirá siempre su objetivo. Y lo hace sin despeinarse lo más mínimo en
¿Sería posible unir el onirismo de Little Nemo in Slumberland con la genial aproximación a la infancia de Bill Watterson en Calvin & Hobbes aderezándolo con la gestualidad de las animaciones de Chuck Jones?
¡Por fin! Parecía ya una especie de leyenda urbana, pero ayer llegó a las librerías especializadas el primer volumen de la Biblioteca Carl Barks de Planeta DeAgostini. Una obra sobre la que se tenían muchas reservas (habida cuenta de sonoras pifias como la Biblioteca MAD) pero que, a primera vista, parece pasar la primera inspección satisfactoriamente. Buena calidad de encuadernación, tamaño adecuado (ligeramente más grande que un cómic-book), papel de calidad mate… Los aspectos técnicos, en ese sentido, sólo tienen como pero que la calidad de impresión no acompaña muchas veces, con una tinta negra que a veces se agrisa en algunas páginas.
Días placidos de lectura que me han traído una agradabilísima sorpresa: La historia de mi madre, de Kim Eun-Sung. Un tebeo que parte de la sencilla premisa de ir narrando las conversaciones de la autora con su madre, pero que poco a poco va desarrollando un testimonio completo de la historia de Corea desde una perspectiva social. Los testimonios de la anciana permiten estudiar cómo era la vida en el país en un complejo momento histórico, durante la ocupación japonesa. Pequeños relatos que van componiendo una realidad que a los europeos nos puede parecer extraordinariamente alejada, pero que relatan épocas de sufrimiento y dolor, contadas desde una perspectiva muy lejana en el tiempo que permite un acercamiento reflexivo y pausado. Historias que la madre parece querer olvidar y que recupera lentamente, escarbando en su memoria, trayéndolas con todo el bagaje de la experiencia, pero siempre matizadas por los extraños virajes del recuerdo, a veces centradas en pequeños detalles del día a día, en sentimientos que han quedado marcados a fuego y que se han amplificado o dulcificado con el tiempo; otras, narraciones de prefecta rigurosidad histórica. Diferentes perspectivas que permiten diferentes visiones, una riqueza información invalorable que nos traslada a esa época con una viveza y realismo impresionante.
El concepto de la colección Graphic Journal que acaba de estrenar Norma no puede ser más interesante: libros que explotan ese género de nuevo cuño que podríamos denominar “periodístico” y que tan bien han representado autores como Joe Sacco o, más tangencialmente, Guy Delisle, acompañados de una buena serie de artículos sobre el tema en cuestión escritos por especialistas en la materia. Un tipo de edición cuidada, de exquisito diseño, que puede fácilmente salir de los circuitos de la librería especializada y encontrar acomodo en las librerías generalistas. Para su estreno, Norma apuesta por un tema tan controvertido como la mafia siciliana, editando Brancaccio: una historia de la mafia cotidiana, de Giovanni Di Gregorio y Claudio Stassi, al que se añaden artículos de la periodista María Paz López, Rita Borsellino, Saverio Lodato y Edoardo Zafutto.
Termino de leer Shortcomings y tengo la sensación de haber leído un tebeo que parece de Adrian Tomine pero no es de Adrian Tomine. Es una impresión extraña, que se va formando a medida que pasan las páginas de esta primera historia larga del americano. El estilo gráfico es inconfundible, al igual que su pausada y sencilla composición, que esconde un cuidado trabajo de estudio de la narrativa, traducido en este caso en el indudable acierto en la puesta en escena de unos diálogos brillantes e inspirados. Sin embargo, falta en Shortcomings ese matiz tan especial, diferente e indefinible que marcaba los números anteriores de Optic Nerve. Quizás era ese sambenito de comparación continuada con Carver, cierta a mi entender en los primeros números, pero que fue alcanzando un discurso propio hasta despuntar en obras como Rubia de Verano. Leyendo el volumen que acaba de editar Random House (¡Ay!, ¡Por favor!¡La tipografía, esa tipografía!) me parece estar ante la obra de otro autor, más urbanita, quizás una especie de híbrido a medio camino entre un Kevin Smith treintañero y un Woody Allen jovencito, que disecciona con bastante gracia la rutina de pareja enmarcándola en el escenario omnipresente de Nueva York. La Gran Manzana se convierte, de nuevo, en secundario de lujo de una historia donde las inercias del amor se rompen y buscan razones tan inencontrables como inexistentes. La soledad como elemento axial de la obra anterior es sustituida por una coralidad teatral, los silencios y elipsis que definían el lenguaje de Tomine han dejado lugar a diálogos deslenguados, vivarachos, dinámicos. Y no puedo decir que no me guste lo que leo: la reflexión sobre el nuevo amor y la nueva sexualidad interracial del siglo XXI, enfrentada a la tradición finisecular representada en el pueblo de la América profunda me parece sugerente y atractiva. Pero no puedo evitar pensar que es un discurso que no parece original, que Ben Tanaka podría ser el protagonista de cualquier serie de televisión de éxito que exploran una nueva forma de moderno costumbrismo post-woody, de sexualidad activa y asumida en todas sus formas. Sé que he leído un buen tebeo, narrado con eficacia y que plantea ideas que pueden atraer a un público general… pero creo que he perdido a Tomine por el camino. Ese autor que exploraba como nadie la excepción dentro de la monotonía, que nos hablaba de vidas grises que deambulan fuera de plano, ha sido abducido por otro que se entrega a las modas que obligan a tratar el amor en los tiempos del SIDA cronificado desde una perspectiva urbana multirracial donde, por supuesto, el protagonista tendrá amigas/os homosexuales que se convertirán en sus confesores (coprotagonistas, a ser posible, con escena políticamente correcta de declaración de amor entre gays y/o lesbianas). Un esquema que los ejecutivos de televisión y cine parecen haber establecido como estándar de éxito y que, en este caso, me deja una sensación vaga de impostado, de artificialidad.
Estoy acostumbrado a que Peter Milligan dé una de cal y otra de arena. Tras su espléndida etapa en X-Factor/X-Statix, la regla anunciaba un seguido de obras poco interesantes y olvidables, como así fue, por lo que esperaba con cierto interés que The Programme significase la vuelta del Milligan más interesante. Sin embargo, tras leer el primer recopilatorio, recién editado por Norma, la sensación es agridulce. Hay que reconocerle a la obra ciertas virtudes: hay una cuidada apuesta por una atmósfera opresiva, un intento de mantener un ritmo narrativo complejo, basado en varias historias simultáneas y un afán claro de crítica social. Incluso el trabajo de base fotográfica de C.P.Smith me parece interesante. Reconocible y muy influenciado por otros autores como Jae Lee o Sean Philips, pero atractivo y muy funcional para la historia, con un planteamiento narrativo de grandes viñetas que es muy adecuado para la atmósfera buscada.
Dos tebeos de muy diferente temática pero que coinciden en su intención de denuncia. El primero,
Problemas que no encontraremos en Como todo el mundo (La Cúpula), donde el dibujante Rudy Spiessert se refugia con acierto en un estilo próximo a Dupuy y Berberian, que asimila y controla perfectamente, sin intentar salirse de la ortodoxia narrativa y estética. No hay sorpresas ni innovaciones en un dibujo clonado más que conocido, pero eso permite desarrollar perfectamente esta divertida historia de Denis Lapière y Pierre-Paul Renders que recorre un camino contrario al habitual estos días: del cine a la historieta. Los guionistas trasladan al papel esta película que satiriza de forma corrosiva esta sociedad que respira oxígeno, nitrógeno y publicidad con una original vuelta de tuerca al esquema del Gran Hermano o del Show de Truman. Jalil es un joven francés que resulta tener un extraño don: sus gustos coinciden con los de la gran mayoría. Una cualidad que no pasa desapercibida a las grandes empresas de marketing, que encontrarán en el joven una forma de evitarse costosos estudios y encuestas de mercado, espiándolo desde miles de ojos escondidos. Lapière, guionista siempre sólido e inteligente, desarrolla con soltura la situación a modo de comedia de enredo (una tradición muy francesa, todo sea dicho), que va aumentando tono y ritmo, con momentos muy divertidos y una agresiva y sanísima mala leche. La sociedad hiperpublicitada, el agresivo sinsentido del consumismo y la alienación de una sociedad que sigue las modas como borregos son algunas de las muchas dianas a las que los autores clavarán, bastante acertadamente, sus dardos. El resultado es un tebeo modélico: no nos sorprenderá en las formas ni lo pretende, pero consigue que durante un rato reflexionemos sobre lo que nos toca vivir con una sonrisa. Lo que no está nada mal
esperpéntico sentido del humor de Jerry Frissen, guionista que ha encontrado en la parodia un lugar donde se siente bien a gusto. Al igual que en Lucha Libre, su otra serie conocida y que acaba de ser editada en España por Glénat, el belga afincado en los EEUU demuestra aquí su habilidad para componer retorcidos y atípicos mejunjes culturales, que absorben referencias e influencias variadas y dispersas que luego serán casi vomitadas en una riada de ideas sin contención. Si en Lucha Libre encontrábamos un curioso y divertido pastiche que reinterpretaba la lucha libre mexicana en términos de superhéroes reconvertidos al estilo del manga, en esta historia de zombis George Romero es canibalizado por los tebeos franceses de los ochenta. Toma de Robin Campillo y su interesante Les Revenants la idea de unos muertos vueltos a la vida que deben ser integrados en la sociedad, pero luego se atreve a componer un delirante grupo de investigadores/cazadores, claramente inspirados en Jerónimo Puchero, que se dedican con bastante poca fortuna a la resolución de los problemas que los zombis (o no vivos en la jerga políticamente correcta de una sociedad que quiere evitar problemas de integración social) les causan a los vivos. Y a partir de aquí, lo que encontraremos es una carga continuada de irreverencia y mala leche, a veces inspirada, otras demasiado predecible y otras incluso insulsa. La verdad es que irregularidad es el término que mejor definiría la obra, pero la buena labor de Guy Davis, excelente en su tratamiento gráfico con un punto humorístico y los indudables momentos afortunados que tiene el guión de Frissen, sobre todo en su primera mitad, hacen que la obra proporcione un rato de lectura divertido. (1)
Zeina Abirached es una joven ilustradora libanesa que tras la reconocida [Beyrouth] Catharsis, ha conseguido una importante repercusión con su segunda obra, El juego de las golondrinas. A priori, una candidata perfecta a ser nominada como clon perfecto de Persépolis: autora libanesa viviendo en Francia que desarrolla una obra autobiográfica en blanco y negro sobre su niñez en Beirut. Una primera sensación que se agudiza al comprobar, en una rápida hojeada, que el estilo gráfico parece idéntico al de Satrapi. Así que debo reconocer que afronto la lectura con ánimo bajo, pensando en que voy a encontrarme una obra seguidista de modas al estilo de las de Katherin de Villiers o Johanna. Sin embargo, los prejuicios van cayendo rápidamente: pese a que existe -es indudable- una profunda similitud argumental, las diferencias estilísticas y narrativas se van acentuando a medida que avanza la obra. Marjane Satrapi está en deuda permanente con David B y tanto su estilo como recursos narrativos son referidos continuamente a la obra de este autor. Sin embargo, Zeina Abirached proviene claramente de la ilustración y de la animación y sus planteamientos estéticos y narrativos son profundamente diferentes. Su estilo gráfico es una aparente evolución de la ilustración clásica musulmana de los s. X y XI (un efecto que también utiliza en algunos momentos Satrapi), pero combinada con recursos narrativos actuales, derivados en muchos casos de la ilustración. Su composición crea motivos geométricos de indudable belleza, utilizando la propia estructura de la página como elemento gráfico más, en un evidente trasvase de la ilustración de corte más narrativo o jugando con viñetas de estructura repetitiva para marcar los ritmos de lectura. Una elección gráfica que se demuestra como muy acertada para la parte inicial del libro, casi didáctica, en la que se nos cuenta las dificultades del día a día de la vida en una ciudad sitiada por los francotiradores; pero también para la segunda parte, más opresiva y cerrada, centrada en la angustia de la espera tras un bombardeo. No hay, a diferencia de la obra de Satrapi, un espíritu tan crítico y reflexivo, sino un intento más descriptivo de la terrible realidad del Libano inmerso en una guerra civil, lo que marca en cierta medida todavía más las distancias entre las dos obras. Sin embargo, en el continuado uso de nuevos recursos narrativos de la ilustración, Abirached pierde en algunos momentos el pulso: la repetición constante de viñetas se alarga excesivamente y rompe la necesaria tensión dramática, despegando al lector del libro en algunos episodios.