Clásicos del Humor: final y balance
¡Menuda traca final se reservaba la colección de Clásicos del Humor para sus dos últimos volúmenes! Pese a ser recopilaciones de varios personajes, incluyen maravillas como Doña Tula, de Escobar (a mi entender, su mejor serie), La terrible Fifí, de Nené Estivill, Los casos del Inspector O’Jal, de Manuel Vázquez y, sobre todo Apolino Tarúguez, hombre de negocios, de Conti, posiblemente una de las series más carismáticas e importantes de los años 50. Un empresario dedicado al estraperlo que representa a la perfección la realidad de la sociedad de la posguerra española, tanto la situación socioeconómica como la de los trabajadores. Un humor salvaje y brutal, que posiblemente inspirara a Pablo para su tétrica Oficina Siniestra y que confirma a Conti como uno de los grandes indiscutibles de la historieta española. Sin olvidar la reivindicación de otro de los grandes, Nadal, presente con la excelente comedia costumbrista Casildo Calasparra y Señora (y que gracias a la inclusión de planchas de Maripili y Gustavito, todavía sin pisito -¡qué actual hoy!- es posible comprobar su evolución hacia el “estilo Divito”) .
Dos tomos que cierran la que es, sin duda, la colección dedicada a la historieta más importante que se ha hecho en España. Pese a la deficiente calidad de reproducción crónica, el balance final no puede ser más positivo: se han recuperado y reivindicado algunos de los autores y series más importantes de la historia del tebeo español, algunos por primera vez en la historia, permitiendo que el lector español descubra el impresionante pasado historietístico de los años 50 y 60.
Y detrás de todo, un nombre propio: Antoni Guiral. Creo que no exagero nada si afirmo que Guiral es, hoy por hoy, el estudioso del tebeo más importante de España pero, sobre todo, silencioso impulsor de los dos proyectos más valiosos y trascendentales que se han hecho en décadas: la enciclopédica Del tebeo al manga y esta Clásicos del Humor. Dos razones que justifican ampliamente mi afirmación y que obligan a un reconocimiento público de una labor que, creo, no está siendo valorada en toda su importancia y significado. Pocos países tienen una colección que recupere lo mejor de las publicaciones infantiles de los años 50, 60 y 70, pero menos una historia del tebeo de la extensión y ambición de la que dirige Guiral, convirtiéndolos en proyectos únicos.
Y, ya finalmente, una consideración puramente personal: pocas veces he sentido mayor felicidad como lector de tebeos que al leer estos volúmenes. Ya fuera por el componente nostálgico, ineludible y demoledor, pero delicioso, o por el de interés como amante de la historieta, cada volumen ha sido una mezcla maravillosa del placer de recordar con el de descubrir. Gracias Toni.



El comienzo de curso está siendo un poco complicado y mi empacho de boloñesa (que ya me gustaría que fuese debido a los excesos con la pasta, y no con los futuros planes de estudio) está haciendo que me retrase en todo, como por ejemplo con las reseñas de la colección de Clásicos del Humor, que ha entrado en una etapa simplemente imprescindible. Tras varios volúmenes dedicados a personajes de los 70 y 80 con los que servidor, debo reconocer, no conecta demasiado (aunque entre ellos se encontrara esa joya del tebeo infantil que es el Pulgarcito de Jan), los dos últimos hacen un pequeños pupurrí de personajes absolutamente delicioso. La semana pasada, los personajes más inocentones llenaron un volumen de magisterio historietístico, con Vázquez a la cabeza y dos genialidades como La Abuelita Paz y el surrealista pero vitriólico Ángel Siseñor. Sin embargo, personalmente creo que ese volumen pasará a la historia del tebeo gracias a la inclusión de casi todas las planchas de la monumental La adormilada vida de Morfeo Pérez, de Conti, una especie de versión berlanguiana de Little Nemo interpretada a modo de Walter Mitty patrio. Indispensable.
Llega el turno de uno de los volúmenes más importantes de esta colección: Pascual, criado leal. Es la primera vez que la obra de Nadal es protagonista de un recopilatorio con esta extensión, recuperando y reivindicando a uno de los grandes autores de la “primera generación” de Bruguera que, debido a su precoz retirada, nunca ha tenido la repercusión de sus compañeros. Nadal fue el creador de series tan interesantes como la incluida en este volumen, Casildo Calasparra o Rosita la vampiresa, en las que dio muestras sobradas de su gran capacidad para el costumbrismo humorístico y, sobre todo, de la elegancia de su dibujo. Su facilidad para dibujar espectaculares mujeres le llevaría pronto a ser el equivalente español de Divito, traduciendo las conocidas “Chicas de Divito” de la argentina Rico Tipo a las patrias “Mujeres de Nadal” en DDT.
Miren: no hay mal que por bien no venga. Verdad es que uno estaba ya desesperado, a puntito de convertirme en una especie de Frank Castle comiquero y comenzar a castigar cruelmente a todo quiosquero que no tuviera las entregas veraniegas del coleccionable de RBA, pero los cinco volúmenes que me han llegado de golpe han sido un subidón de endorfinas que ríase usted de los pecados capitales. Hago rápida revisión de algunos de ellos, comenzando por el más sencillo de reseñar, el Angelito de Vázquez. Una sóla palabra: magistral. Y, si quieren, le pueden ir añadiendo calificativos: inconmensurable, espléndido, increíble, único, etc, etc. Una serie que certifica la magistralidad de uno de los más grandes historietistas de todos tiempos, con una capacidad para el gag nunca igualada y con un sentido del humor corrosivo como pocos. Un placer que se complementará con el esperado integral que Glénat edita este mes.
Al caso, y por orden cronológico: el primero de los tres es El loco Carioco, de Conti, volumen indispensable que reivindica a uno de los grandes olvidados de la escuela Bruguera, pero a mi entender uno de los pilares básicos para entender la revolución que vivió la escuela de humor de Bruguera en los 50. Autor de impresionante capacidad gráfica, su humor entronca con la tradición del absurdo y el surrealismo, pero sin dejar de lado una componente costumbrista que, unida a las anteriores, logra un cóctel de acidez extrema. La selección de Guiral para este volumen, exquisita, permite a su vez comprobar la evolución estilística de este maestro de la síntesis gráfica y formal, esteta del gag y experimentador continuado, incorporando hallazgos de la pintura y del humor gráfico. Un volumen extraordinario e indispensable.
Y por último, esta semana nada más y nada menos que volumen dedicado al Dr. Cataplasma de Martz Schmidt, otro de los grandísimos autores de Bruguera que suele ser olvidado en todas las enumeraciones de dibujantes de la editorial. Un gran error, porque es sin duda uno de los mejores creadores de gags que ha tenido el tebeo español, brillante dibujante y mejor narrador, francotirador de las aristocracias con series tan delirantes como Don Danubio, personaje influyente o Deliranta Rococó. Un volumen muy interesante, en el que el único pero que puedo poner es que me hubiera gustado ver más proporción de historietas anteriores a 1964 (apenas una treintena), pero que no invalida poder disfrutar de él (con los ya consabidos problemas crónicos de reproducción).
Nueva entrega absolutamente imprescindible del coleccionable de RBA, esta vez dedicada al Don Pío de Peñarroya. Una serie atípica, como bien recalca Guiral en su introducción, vocacionalmente costumbrista y afectada por la censura en términos delirantes. La vida de pareja y los problemas conyugales fueron originalmente el eje fundamental de las historias que Peñarroya plasmaba desde una perspectiva menos fundamentada en el gag, más dirigida hacia un costumbrismo casi descriptivo, que en sus primeros tiempos evitaba toda imagen dulcificante o ingenua y apostaba por la puesta en escena de todo aquellos momentos difíciles de la convivencia que nunca se cuentan. El humor, en estas primeras entregas de finales de los 40, escondía matices amargos, agrios, que se fueron mitigando a partir de la intervención de una censura que no podía permitir una representación de la familia que no integrara los mensajes de felicidad que se esperaban de la institución. A partir de mediados de los 50, Peñarroya rebajó el tono de las historias con la inclusión del sobrino de la pareja (en un requiebro surrealista, un hijo que en realidad es un sobrino porque no se podía mostrar el embarazo de Benita), llevándolas a un terreno más infantil (y, muy acertada la puntualización de Guiral, sin que eso suponga una matización peyorativa) pero sin perder ese tono costumbrista. Pese a que las historias ya no tenían ese atractivo inicial, el tomo que edita RBA es una especie de resumen de la historia de este país de los años 50 a los 70, reflejando los cambios de las modas sociales y cómo eran aceptadas por la sociedad. Incluye planchas de todas las épocas (por desgracia pocas de finales de los 40 y primera mitad de los 50, pero suficientes para poder analizar los cambios que sufrió la serie.
De nuevo el coleccionable de RBA es absolutamente indispensable. Mis plegarias a San Eisner fueron oídas y el segundo volumen dedicado a Carpanta incluye una amplia selección de las historietas del personaje de los años 40, 50 y 60. La aproximación cronológica permite no sólo comprobar la evolución gráfica de Escobar, sino también la deriva temática de las historietas, que pasaron desde la brutal y ácida comedia costumbrista de los años 40 y 50 a una serie de humor blanco a finales de los 60 y 70. Escobar fue uno de los más grandes y, también, uno de los autores más perseguidos por la censura, que veían en personajes como Carpanta o Doña Tula peligrosos perturbadores de la moral de los españolitos. El humor de las primera entregas de Carpanta que podemos ver en este coleccionable llega a la crueldad más amarga: desde ese empresario sin escrúpulos, que utiliza a pobres hambrientos para llenar un pantano gracias a la saliva que segregan enseñándoles un pollo recién asado, a la picaresca que lleva a Carpanta a robarle la leche a los niños con tal de comer. La visión de Escobar de la hambrienta posguerra española es demoledora, con un retrato de todas las escalas sociales sin concesiones, sin el mínimo asomo de simpatía (comenzando por el propio Carpanta). Posiblemente, uno de los documentos historiográficos más valiosos de esa época de nuestra historia.
Señoras y señores: esta semana pasará a la historia. ¿El premio del Saló? No, para nada. El verdadero premio me lo han dado hoy con el volumen de El reporter Tribulete, de Cifré. Una selección de planchas de 1948 a 1962 que hacen un recorrido estricto a la par que amplio por las aventuras de este indómito reportero de El Chafardero Indomable, en la que podremos observar la evolución del personaje y del estilo del gran Cifré, uno de los gigantes de Bruguera, desgraciadamente desaparecido en 1962 con apenas cuarenta años de edad, en la cúspide de su carrera. En las páginas elegidas por Antoni Guiral es posible descubrir la inmensa capacidad para el gag del dibujante, su dinámica imposible, su expresividad extrema… pero también ese retrato indirecto de la sociedad española desde la posguerra más dura a los primeros años del desarrollismo del régimen franquista, construido a partir del catálogo de tipos a los que Tribulete conoce en ejercicio de su profesión. Un volumen inmenso, inconmensurable, magistral, que deja con más ganas de Cifré. Quien sabe, quizás sería posible incluir planchas de las geniales (y tremebundas) hazañas de Don Furcio Buscabollos, conocer la desvergüenza de Amapolo Nevera o los problemas del corazón de Cucufato Pi. O descubrir al gran antecedente de Superlópez, el gran Superbirria, siempre acompañado de su fiel Agapito para correr las aventuras más morrocotudas(*). ¡Ay! Soñar es gratis.
Sabía que era casi imposible, pero seguía manteniendo la esperanza de ver en la última recopilación de Mortadelo y Filemón que publica el coleccionable Clásicos del Humor de RBA una selección de las mejores historietas de los personajes de los años 60. Pero al final la realidad fue más fuerte que la ilusión y nada más abrir las páginas de este tomo, la decepción ha sido de lo más profundo. Tras disfrutar como un enano con los tomos de La Familia Cebolleta o Las Hermanas Gilda, pensaba que sería posible, pero es evidente que la editorial no ha querido poner en peligro la comercialidad de la serie. Las ventas de Mortadelo está aseguradas, pero un volumen con dibujos “antiguos” podía repeler a los muchos fans de la serie, así que nada mejor que reunir cuatro historias largas clásicas: Los inventos del profesor Bacterio, En la Olimpiada, Mundial 78 y La estatua de la libertad. Que no se me enfaden los Ibáñez-adictos: son álbumes muy divertidos y la lectura del tomo asegura un buen rato de risas… pero son álbumes fáciles de conseguir, que no aportan nada nuevo al conocimiento de un autor y una serie que son, sin dudas, las más conocidas y populares de España. Sin embargo, seguiremos sin saber casi nada de la evolución de los personajes, de sus cambios, de cómo se convirtieron en lo que son. Y servidor, como supuesto “coleccionista” al que va dirigido este tomo, babearía por un tomo que recopilara historias de Mortadelo de 1958 a 1970.


