Sí que se ha caído, sí…

Alucinado estoy. Psicotropizado, psicodelizado y alucinado.
Y con un tebeo oigan. Con el último Astérix concretamente, !El Cielo se nos cae encima!
No iba a comprarlo, no me interesaba nada, pero a lo largo del día iban apareciendo opiniones a las que no llegaba a dar crédito…¿podía ser posible lo que estaba leyendo? Tenía que leerlo.
No podía ser posible.
Pues lo es. ¡Vaya si lo es!
Os pongo en antecedentes porque la cosa se lo merece: resulta a que nuestra bien conocida aldea gala llega un extraterrestre, un dyswaltniano llamado Kar Tun (una mezcla de Pogo y Mickey Mouse), acompañado de sus superclones (vestidos de azul con una gran capa roja, calzoncillos y botas rojas y cara de Arnoldo Chucheneger), para advertir a los irreductibles galos del terrible peligro que se avecina: los terribles y malísimos ‘Namgas’, seres amarillos de ojos rasgados con caparazón metálico y que viajan en naves gigantes de extraño parecido a Mazinger Z.
Parece una broma, pero no lo es… es muy cierto. Resulta que el sr. Uderzo y sus ayudantes se descuelgan en pleno s XXI con una pueril y absurda denuncia de la invasión manga que llega al mundo del tebeo, que sólo los irreductibles franceses de la BD pueden detener gracias a su ingenio y valentía.
Chauvinismo vulgar que no tiene nada que ver con el practicado en su día por Goscinny, que sabía reírse sabiamente de los tópicos franceses, con elegancia, inteligencia y brillantes diálogos y personajes.
Pero ya no es que el argumento sea una simple rabieta de abuelo que no entiende el manga… es que el resto del álbum es terrible. Los diseños de los “namgas” son dignos del Sanchis-manga, esa forma de entender el tebeo japonés que se inventó Sanchís en los 70 con sus adaptaciones de “Mazinger Z, el robot de las estrellas”, mezcladas con un poquito de “Los Caballeros del Zodiaco”, para que no se diga. A lo que hay que añadir que Uderzo (o sus ayudantes) ha descubierto el Photoshop, calzándonos unos ‘efectos especiales’ dignos de principiante que acaba de descubrir el programa y comienza a probar los botoncitos.
No discuto que Uderzo tenga derecho a quejarse de cómo el manga le quita mercado al tebeo tradicional francés, que a fin de cuentas, seguro que parte de ese 30% creciente de cuota que tiene el tebeo japonés en Francia ha sido a costa de sus suculentos ingresos, pero… con dignidad por favor. Recuerdo todavía la genial historieta de Boucq de Jerónimo Puchero en la que los personajes de siempre tienen que aprender el lenguaje del manga. Simple, concisa, imaginativa y genial. A años luz de lo que esta nueva entrega de la factoría Uderzo que no es sólo que sea un destarifo sin pies ni cabeza, es que no tiene gracia.
Ni disfrutar con el dibujo de Uderzo he podido.
Un rotundo (0).

Gafada

Jinx fue la primera obra de Brian Michael Bendis que leí y, debo reconocer, que me dejó un buen sabor de boca en su día, hace algunos añitos ya. “Género negro actualizado y pensado, con personajes bien desarrollados” era la nota mental que tenía sobre la obra, ya casi olvidada, por lo que no viene de más aprovechar la edición de Planeta para volver a leerla.
Y el resultado de la lectura es casi idéntico. Por aquellos tiempos, Bendis era un autor completo muy interesado en contar cosas nuevas desde la tradición del género negro, y nada mejor que recuperar al patético pícaro Goldfish y enfrentarlo con la cazarrecompensas Jinx en una clásica historia de búsqueda de dineros robados por mafiosos para lograr un potente e interesante relato de género. Una historia en la que Bendis construye perfectamente a sus personajes, con una personalidad propia que emerge rápidamente y se apropia del relato, en la mejor tradición de la literatura negra de los años 30, pero actualizando sus contenidos a la década final del siglo XX.
Pero si en algo sorprendía Bendis era en su radical tratamiento gráfico. Sabedor de sus múltiples y variadas carencias como dibujante, desarrolló una compleja narrativa gráfica, mezcla de una cuidada puesta en escena (basada siempre en la referencia fotográfica), un impactante uso de la mancha de negro y una atrevida composición de página. Tres factores reunidos con habilidad que potenciaban la historia y conseguían un sólido tebeo pese al pobre dibujo de su autor. Verdad es que en algunos momentos -pocos- la acción se torna confusa y resulta difícil seguir el relato, pero que se podían perdonar ante la ambiciosa obra de un, todavía por aquel entonces, autor novel.
Lo que es una verdadera lástima es que un autor que prometía tanto (de hecho, confirmó estos buenos presagios con la excelente Torso, también publicada por Planeta) fuera absorbido por el mainstream y se diluyera de una manera tan calamitosa. Su omnipresencia en multitud de series Marvel, más las independientes le llevó a autoplagiarse de forma descarada, repitiendo esquemas de una a otra serie o, peor, imponiendo sus esquemas narrativos (desarrollados, recordemos, para ocultar sus defectos como dibujante) a profesionales del dibujo a los que no les beneficiaban en absoluto. Cualquiera que haya leído la obra antes comentada verá en la Jessica Jones de Alias un trasunto del personaje de Jinx Alameda, en el que se repiten planteamientos casi miméticamente.
Una verdadera lástima, porque Bendis podía haber sido el gran recuperador del género negro en los 90 junto a Max Allan Collins.
En cualquier caso, vale la pena leer Jinx y disfrutar con el Bendis que pudo haber sido (3).
Eso sí, comentario aparte merece la edición de Planeta, de calidad ínfima. Por un lado, el papel elegido para un volumen de más de 400 págs. hace que sea inmanejable, nada más abrirlo la encuadernación sucumbe y comienza a cuartearse. Personalmente hubiera optado por una edición en dos volúmenes o por un papel de menor gramaje. Por otro lado, la impresión, absolutamente quemada. La comparación con la edición americana es desoladora: viñetas donde fondos completos (generalmente fotográficos) desaparecen en una mancha de negro, líneas que se aumentan al doble de su tamaño o más (con cuentahílos en la mano) haciendo desaparecer los detalles…un desastre. Por desgracia, algo que viene siendo común en algunas de las ediciones en BN de Planeta (ocurre también en 20th Century Boys) y que la editorial debería atajar rápidamente, porque ha demostrado que puede editar con calidad cuando quiere, sólo basta echarle un vistazo al Sharazad de Toppi.

Madre, vuelve a casa

Hay lecturas que, tras pasar su última página, nos obligan a parar un momento, a sentarnos y reflexionar sobre lo leído y, sobre todo, lo sentido. Obras que nos hablan de seres humanos, de sus sentimientos y de sus acciones, pero que lo hacen de tal manera que su última página es un espejo desde el que nuestro reflejo nos pide que nos involucremos, que pensemos sobre lo leído.
Madre, vuelve a casa, de Paul Hornschenmeier, es una de esas obras.
El autor nos cuenta la historia de una muerte, la de una mujer de la que no sabemos más que el terrible vacío que ha creado en su marido y su niño de siete años. Lentamente, el pequeño nos va relatando lo que ocurre a su alrededor, nos va hablando del peso de la ausencia, de lo difícil que es hacerse a ella, y de cómo el dolor puede llevar a la obsesión y a la locura. Dos caminos contrarios, el del niño que deja la fantasía de la infancia para entrar en la vida real y el del padre que quiere dejar la vida real para introducirse en su obsesión, pero que confluyen obligatoriamente.
Sin estridencias, sin melodramatismos impostados, Hornschenmeier consigue que su pausado relato transmita un dolor infinito, que flota por todas las páginas como el imaginario reflejo que abre el libro gracias a un dibujo sencillo, minimalista, desprovisto de todo exceso que nos obliga a centrarnos en ese dolor una y otra vez. Una sencillez ilusoria, porque el autor desarrolla una cuidadísima narrativa que nos arrastra sin remisión, eligiendo planos y ritmos con sabiduría. Todos y cada uno de los detalles están pensados hasta la extenuación para conseguir transmitir un mensaje que es, en el fondo, liberador, como bien demuestra su última página.
Mención aparte merece la increíble edición de Astiberri, sencillamente perfecta, cuidada con cariño y esmero hasta el más mínimo detalle y que supera ampliamente a la original, convirtiendo a la edición española en la verdadera edición “canónica” de esta obra.
Un tebeo que no se olvida y que es, desde ya, candidato seguro a una de las obras del año (4).

Aquí mismo

Cuando Norma anunció la publicación de Ici Même, de J.C. Forest y Tardi, varios sentimientos contradictorios me invadieron. A un lado el buen recuerdo que guardaba de este tebeo, leído en su edición de Laertes hace ya más de veinte años (¡ay! de cuando esta editorial nos regalaba con las maravillosas ediciones de McCay, Altan o F’Murr), una lectura combativa perfecta para la ideología versión pupurrí típica de un adolescente de aquellos años 80. Pero la experiencia me dice que veinte años pueden ser nada o mucho y que muchas de aquellas lecturas que me fascinaron entonces ahora han bajado muchos enteros en mi apreciación (por no decir que me saca los colores pensar lo mucho que me gustaron) y esta obra es hija de su tiempo, de esa historieta tan particular que parieron los franceses en los 70, hija de la Dña. Psicodelia y Don Anarquismo aburguesado. Un tebeo que visto con la perspectiva es, además, extraño en su concepción, uniendo dos autores tan dispares como Forest y Tardi. El primero, un autor de culto que dio el pistoletazo de ese nuevo cómic francés de los 60 con Barbarella, y que siguió en la ciencia-ficción más onirista como vehículo de expresión de sus ideas, con obras tan interesantes como Los Náufragos del tiempo (con Gillon), o con tan hipnóticas como La jonque fantme, vue de l’orchestre; el segundo, un autor que ya había dejado la etapa de promesa para ser toda una revelación con obras como Griffú o Adéle Blanc-Sec, donde había demostrado su pasión por el género y el novela de misterio del s. XIX. Dos autores en las antípodas que se unían para el primer número de la revista (A Suivre) con un relato que mezclaba el surrealismo con la denuncia social, pero contado a modo de relato popular.
Una situación en la que no me he podido resistir y he desempolvado el vestusto ejemplar de la edición de Casterman que tenía para resolver la duda.
¡Y qué equivocado estaba!
Pese a los años pasados, Ici Même sigue manteniendo su fuerza inicial, producto de esa unión de contrarios tan antinatura. Me he vuelto a quedar prendado de la extraña historia del pobre Arthur Même, desterrado a vivir encima de los muros de su antigua propiedad familiar, lo único que le han dejado sus despóticos primos. Paradójicamente, estos muros que son su única propiedad contienen también las puertas de entrada y salida de la propiedad, lo que le permite a Même cobrar peaje a sus enemigos, que es usado para pagar a los abogados que intentan devolverle su propiedad. Entre el onirismo y el costumbrismo más surrealista, Forest y Tardi crean una metáfora apasionante de la sociedad, de la ambigua relación entre el poder (los políticos y terrateniente) y el pueblo (el propio Même). Son los poderosos los que disfrutan de las posesiones de Même, pero es él el que tiene las llaves que dan paso o salida a la propiedad, una representación casi literal de lo que es la política en democracia.
Es verdad que, veinticinco años después de su concepción, chirrían algunos conceptos, algunas poses que hoy se nos antojan lejanas, pero son pocas y no le restan sentido a su lectura. Quizás sigue pesando todavía en el debe esa parte final de la historia, que ya en su día me pareció excesiva y laberíntica, que se antoja como sin rumbo claro y que le resta la posibilidad de convertirse en una obra redonda y perfecta.
Aún así, una excelente lectura que sorprenderá a más de uno. (4-)

Lecturas astronómicas

No recordaba yo que los lunes por la mañana las sábanas se transmutasen en hormigón del bueno, de ese de tonelada por metro cuadrado que se usa en puentes y viaductos. Vamos, que levantar las sábanas hoy ha sido un ejercicio digno de Bruce Banner en sus mejores momentos de verdosidad fosforescente.
Aunque tampoco hay que quejarse, que hoy tendremos acontecimiento astronómico de esos que dejan patidifuso al personal y que haría que nos acojonásemos de no ser por el bombardeo mediático que nos ha dejado bien claro que el mundo no se acaba (bueno, quizás Lagerfeld piense lo contrario). Pero ojito, y nunca mejor dicho, que mi vena profesional de la visión me obliga a advertiros que toméis todas las precauciones posibles para su correcta observación: gafitas de protección homologadas y demás, ya sabéis. O que lo veáis por internet, que se verá de maravilla. Más información en eclipseanular.com.
Claro que entre tanta información sobre planetas, sistemas solares y demás, me ha venido al pelo que tuviera pendiente un par de lecturas. La primera, una que se podría calificar como ideal para estos días: el primer recopilatorio de El Cuarto Mundo de Jack Kirby, que recoge los primeros números de la serie New Gods. Un volumen que se pude resumir fácilmente en dos palabras: Kirby desatado. El “rey” llegó a DC con ganas de seguir explorando ese mundo mítico y épico que había iniciado en Marvel (desde los episodios más épicos de 4F a las memorables sagas mitologicas en Thor), retomando viejas series como Jimmy Olsen y creando nuevas para dar rienda suelta a sus excesos. Posiblemente hoy la serie quede anticuada, casi ridícula, con unos personajes estrambóticos y delirantes (¿qué pensar de un esquiador galáctico?) que sólo abren la boca para dictar sentencias grandilocuentes y vacuas. Es cierto, no lo voy a negar, pero también es cierto que si se sabe entrar en el juego épico de Kirby, en ese teatro de la maravilla épica, la serie adquiere todo su potencial, a modo de relato que comparte y explota todas las claves de la mitología más clásica. Kirby ha sido el único dibujante que ha sido capaz de representar lo grandioso, lo inabarcable e inabordable. Sólo él es capaz de dibujar espacios profundos donde “gigantes prometeicos están anclados a gigantescos mundos”, a representar el infinito. A Kirby hay que leerlo con el espíritu de un niño que va a ver “Star Wars”, que se ofrece a ser hipnotizado por las imágenes.
Si se consigue llegar con esa virginal conducta a “El Cuarto Mundo”, la serie os proporcionará un buen rato de diversión. Si no lo conseguís, queda siempre el recurso de admirar la potencia de la narrativa de Kirby, su uso de la splash page como momento de impacto dramático o su espectacular composición de viñeta. Que no es poco. (4-)
La edición de Planeta, correcta, aunque no le encuentro mucho sentido a aumentar el tamaño de página respecto a la antigua Biblioteca Marcel para no aumentar la mancha, el espacio que ocupa la historieta en la misma.
La segunda lectura me llega de los USA, el último volumen del Sleeper de Brubaker y Philips, The long way home, brillante conclusión de una de las mejores series que ha dado el mainstream en los últimos años. Tenía yo mis dudas sobre cómo se iba a cerrar la serie y mucho me temía que la evolución del agente doble Holden Carver se estaba dirigiendo a un callejón sin salida, pero debo reconocer que Brubaker me ha sorprendido con un arriesgado giro argumental que redondea a la perfección la historia. En las anteriores entregas se nos ha presentado un personaje que desconocía realmente dónde estaban los límites del bien y del mal, que tenía que decidir cuál de las dos visiones del juego era la correcta aún a sabiendas que él mismo era el protagonista de una gran mentira, donde las dos partes se desvelaban como dos caras de la misma moneda. Una situación compleja, porque pocas salidas le quedaban al protagonista salvo este enfrentamiento cara a cara contra Lynch y Tao, un pulso del que se sabe perdedor pero en el que juega una carta desesperada.
Es una verdadera lástima que Planeta no publique esta segunda sesión de la serie, porque es, sin duda y como ya he dicho, uno de los mejores tebeos que he leído este año. Un tebeo de género con un guión sólido, excelentes personajes, bien conducidos en una trama compleja que atrapa. Otro gallo nos cantaría si el mainstream americano tuviera siempre esta calidad. (4-)

Lecturas de Dolmen

Pues tres son las lecturas de Dolmen que llevo este mes:
La primera, la obligada cita con el Kane de Paul Grist. Un excelente cuarto número, en la mísma línea que los anteriores y del que calcaría exactamente todo lo que dije. Sólido género policial, bien escrito, bien llevado, con un genial avance de la trama y un sensacional uso de los personajes que se acompaña de una pensada e interesante narrativa, siempre en el filo de la búsuqeda más radical. A destacar en esta cuarta entrega la genial parodia de Sin City que hace Grist, una buena respuesta a la continuada acusación de copiar a Frank Miller. Es verdad que Grist sigue a Miller, no lo oculta, pero que hoy por hoy está alcanzando unas cotas de innovación narrativa que le alzan como uno de los grandes del panorama actual, tampoco es muy discutible. Y precisamente, esos detalles se ven en esa parodia, donde hay muchos más detalles a seguir que la simple anécdota divertida, desde el cambio de dibujo, aproximándolo al de Miller a la planificación. Hay mucha mala leche escondida en esa parodia… Un tebeo obligatorio (4-)
El primer número de la nueva colección Qu4ttrocento, dedicado a David Lafuente, es un buen ejemplo de iniciativa interesante. Dolmen sigue el ejemplo de la colección Solo de DC y la aplica con mucha más lógica, dedicándo cada número un autor joven, dándole cancha para presentar su obra al público. Los resultados serán más o menos afortunados, pero la iniciativa es un balón de oxígeno importante para los autores jóvenes que, todavía empezando, apenas pueden salir del círculo cerrado de la publicación en fanzines. Qu4ttrocento es un experimento que abre puertas y que debe ser bienvenido como tal. En este primer número, David Lafuente tiene la difícil tarea de ser el primero de la lista con historias que van de la parodia del género negro más puro a la anécdota “slice of life”. Y como todo en botica, hay para todos los gustos. Personalmente me quedo más con la frescura de la última historia, más anécdotica, pero donde el estilo de David se adapta mejor a la historia, hay más ‘chispa’, si se puede decir así. Y lo que no se puede negar son las ganas de currar y demostrar la valía.
Y la tercera lectura ha sido el libro de David Hernando de la colección En Primera Persona sobre Frank Miller, que recopila declaraciones del autor sobre diferentes temas. Aunque el libro es interesante y Hernando ha hecho una buena labor en la traducción y recomposición de las entrevistas de las que parte, yo le veo dos problemas al libro. Primero, que la elección de sólo dar cabida a las opiniones de Miller hacen que la lectura del libro quede coja si no se es aficionado a los tebeos, ya que no hay una introducción previa a las obras del autor o referencias que permitan contextualizar las declaraciones. Pese al glosario de nombres introducido al final, se echa mucho en falta una buena introducción a las obras, quizás con breves (o no) artículos sobre cada una de las obras o introducciones en cada sección que permitan al lector más profano situarse en lo que va a leer después. El segundo problema viene en el formato en sí mismo. Hernando parte fundamentalmente de la recopilación de entrevistas que publicó Fantagraphics en The Comics Journal Library (a excepción de las declaraciones sobre Sin City) y aunque la labor de concatenación es buena, hubiera sido muchísimo más interesante, a mi entender, la traducción directa de las entrevistas, sin más. Son largas y prolijas entrevistas donde el diálogo entre en el entrevistador y el entrevistado es muy frúctifero, más con la fuerte personalidad de Miller, con ideas muy claras sobre la industria y la creación que, en el caso del libro de Fantagraphics son acompañadas de largos artículos sobre la obra de Miller. En cualquier caso, es una lectura interesante si se conoce la obra de Miller.

Más lecturas variadillas (Francia, España, Japón…)

Sigo con las lecturas, a ver si la pila de lecturas baja un poco de tamaño…
El Gabinete Chino, de Nancy Peña es, sin duda, una de las grandes sorpresas de mis últimas lecturas. La autora ha creado una historia que se desarrolla por cauces que van de la fábula clásica al relato de misterio pasando por el histórico, jugando en un terreno muy resbaladizo con bastante destreza y habilidad, con un tono muy pausado para contar esta historia de amores perdidos y amores que es a su vez un relato de la efervescencia renacentista, capaz de pasar de la ciencia a la alquimia y de la magia a la realidad en un parpadeo. Dos historias que avanzan en paralelo, una en la que la magia y la fantasía discurren el camino de los amores perdidos, otra que explora a través de la alquimia la locura y la obsesión, que se funden después en esa primera. Cierto es que es quizás con esta segunda historia con la que pueda haber más problemas, ya que se acopla a la primea con mayor dificultad, se antoja en el total del relato como secundaria y, quizás, podría haberse obviado. Es quizás el mayor problema que se puede achacar a esta obra, que queda minorado al saber que es su debú en la narración larga, lo que sorprende todavía más por lo cuidado y elegante de su estilo gráfico y su buen pulso en la narración. Un álbum que añade un nombre a seguir en el futuro. (3-)
Una buhardilla en París, de Sergio Meliá supone su primer álbum en Francia tras una larga experiencia que le ha llevado a trabajar para editoriales como Marvel, DC, Image o Malibú o para empresas de animación como Disney. Después de toda esa trayectoria, casi oculta para el lector español, Melía ha reconvertido una de sus series para Eros Comix con acierto e inteligencia, consiguiendo una compleja historia de amor en la que las mentiras y las medias verdades esconden realidades que nunca se quieren reconocer. Meliá sabe evitar que su narración caiga en el melodrama, llegando a un equilibrio casi perfecto entre el drama y la intriga, bordeando la solución más sencilla y sorprendiendo al lector en cada giro argumental, lo que se agradece. Un sólido argumento que se acompaña de un estilo gráfico que recordará a los más antiguos del lugar a los seguidores franceses de la llamada línea clara de los 80, a los Chaland, Benoit, Sire y demás pasados por la escuela valenciana de Torres o Sento. Un bonito álbum (3-).
Homunculus, de Hideo Yamamoto es el desembarco de Ponent Mon en el manga más “comercial”, demostrando que éste concepto no está reñido con la calidad. El autor de Ichi The Killer se adentra en el fantástico con esta extraña historia de un joven arruinado que se deja trepanar un agujero en su frente para estudiar una forma diferente de percepción. La intriga y el suspense soportan con eficacia la narración, dosificando los elementos más sobrenaturales con destreza para enganchar al lector, que se ve sumido en este primer volumen en la personalidad contradictoria de Susumu y Manabu, los dos protagonistas. Como siempre en el manga (la serie se sigue publicando en Japón, donde es todo un éxito), este primer volumen deja al lector con todas las preguntas abiertas y sin contestar, necesitado de seguir leyendo la siguiente entrega. Y de momento, vale la pena seguir… (3-)

Por fin vuelvo a leer algunas cosillas

Tras muchos días atado a una mesa corrigiendo, vuelvo a recuperar el control de mi tiempo y, ¡oh sorpresa! Ya me he podido leer algunos tebeos atrasadísimos, así que para aligerar la lista, hago reseña rápida de las lecturas:
La ruta de Tao Bang, de Stanislas y Rullier es la segunda entrega de Las aventuras de Víctor Levallois, una antigua serie de Stanislas que entronca directamente con dos de las grandes pasiones francesas: la aventura y la reflexión sobre la pérdida de Indochina, una unión bien conocida por el público francés, que gusta de esa aventura de estilo oriental con tintes de Conrad y que tantas buenas series ha dado, como el Theodere Poussin de LeGall o Les Innomables de Yann y Conrad. No llega Rullier a la altura de estas series pero desarrolla un medido guión en el que exotismo, amoríos, un poco de serie negra y un poco de historia se mezclan con eficacia para lograr una lectura entretenida, al mismo nivel que la primera entrega, Tráfico en Indochina. Agradable sin estridencias (2-).
Sensaciones parecidas me provoca la lectura de los Astonishing X-Men de Cassaday y Whedon. Un tebeo entretenido y de lectura fácil que me lleva a reflexionar sobre lo curioso que es que hayan tenido que ser los guionistas que provienen de la televisión los que volvieran a darle un sentido al formato cómic-book, demasiado lastrado en estos últimos tiempos por autores que pensaban claramente en la publicación posterior en tomo recopilatorio. Whedon (y Stracynski, es evidente) traslada casi forma exacta la estructura de un capítulo televisivo al cómic-book, aplicando una concepción de los tempos narrativos muy cinematográfica (incluyendo el necesario punto de tensión de la última viñeta del tebeo para enganchar al lector) que Cassaday interpreta a la perfección, con apenas algunas concesiones a los recursos propios de la historieta, como el uso del pase de página como elemento de tensión emocional y sorpresa. No cuenta nada nuevo, es más, recupera en cierta medida el aire de los mutantes de Claremont centrándose en esta primera trama en los problemas personales de los protagonistas, con la misma ingenuidad de visión que tenía el inglés si cabe, pero es una lectura que es consciente de su función y limitaciones, lo que se agradece (1+).
La decepción, relativa, viene de City of Tomorrow, la última obra de Howard Chaykin y a la que tenía muchísimas ganas tras el buen rato pasado con Mighty Love o Challengers of Unknown. No es una mala obra, pero Chaykin ha perdido en esta parábola sobre la alienación y el progreso parte del mordiente, mala leche y, sobre todo, la radical experimentación narrativa que mostraba en sus anteriores obras. Aún así, sigue quedando la provocación inteligente y un divertido guión que traslada los enfrentamientos mafiosos de los años 20 a un futuro de telenovela donde en una utópica ciudad ideal los sirvientes robóticas se rebelan para conformar mafias locales. Un tebeo superior a la media de lo que se ve hoy en día en el mainstream pero que deja ese puntillo de amargura en su degustación de saber hasta dónde es capaz de llegar Chaykin.(1)

Lecturas de poniente

Bueno, después de tanto tebeo favorito, ya va siendo hora de que hable de cosas de hoy, y nada mejor que hablar sobre tebeos recién saliditos de la imprenta, calentitos e impregnados de ese maravilloso e hipnótico olor a tinta con el que nos encanta drogarnos a los tebeófilos.
Me descubro primero ante lo que será, sin dudas, uno de los tebeos españoles del año: La torre blanca, de Pablo Auladell. Una incursión por la nostalgia y el recuerdo de los primeros amores que convierte en poesía todas y cada una de su viñetas, repletas de silencios y pausas que nos dejan oler el mar y sentir su brisa. Auladell ha aprendido las lecciones de Castells y se erige en su mayor y mejor discípulo, logrando una narración minimalista, calmosa y reflexiva, pero repleta de sentimientos y sensaciones contenidas. La férrea estructura formal en la que discurre la vuelta del desconocido hombre a los lugares de veraneo de su niñez se erige en una forma métrica poética, en un metrónomo perfecto de los tempos de esos sentimientos falsos y reinterpretados por la memoria. El impacto del contraste entre las preciosas acuarelas y el blanco y negro que delimitan la región de la memoria y del presente no hace sino reafirmar la brillante puesta en escena de Auladell. Pero si todo lo dicho no os convence, sólo os digo que leáis las dos páginas que abren el álbum: si en las últimas viñetas no sentís como el viento os hace llegar la caricia de los cabellos de Bez, su dulce olor, es que este álbum no es para vosotros.(4-)
Y la segunda de las novedades de Ponent confirma la progresión de un autor que es capaz de sorprendernos en cada nueva obra. “Nuestro verdadero nombre” es un nuevo peldaño en la ascensión del creador de ilusiones llamado Luis Durán, un autor dotado de una imaginación desbordante que explora nuevos caminos de la fabulación clásica. En esta nueva obra Durán se adentra en los mecanismos que crean las leyendas, en cómo simples historias crecen y se desarrollan, se convierten en mágicas y toman vida propia hasta saltar los límites de la realidad para caer en el terreno de lo mitológico y legendario. Si hasta ahora sus obras eran cuentos, casi de factura clásica, ahora Durán se permite el lujo de acceder a las bambalinas de esas fabulaciones, a plantear cómo las anécdotas pasan de boca en boca y cómo la razón (perfectamente personificada en el terrible Sr. Powers, constructor de patíbulos, que usa la ciencia y la lógica para arrebatar vidas y sueños) se enfrenta inútilmente a la fuerza de la ilusión y la imaginación. Un maravilloso tebeo en el que Durán, acerca su dibujo a pasos agigantados al de mi amado y siempre incomprendido Micharmut (del que Ponent editará el mes que viene “Arf”), un estilo difícil y que no agradece en nada el grave problema que tiene, a mi entender este álbum: la penosa maquetación. A una portada poco afortunada, cuanto menos, hay que añadir una rotulación fría e inexpresiva y un diseño de páginas separadoras de capítulos horroroso, un conjunto que puede tirar atrás a cualquier posible comprador que no sepa lo que se va a encontrar en su interior. Un envoltorio que hace un flaco favor al excelente contenido. (3+)

La pérfida Albion

Creo que una de las pocas volteretas de alegría que he dado en mi vida fue al enterarme que Alan Moore iba a recuperar el universo de los personajes de la IPC/Fleetway. El guionista que mejor ha comprendido el espíritu de la novela y el tebeo popular iba a dar vida a personajes que formaban una parte importante de la mitología de mi infancia.
De pequeño tuve la suerte de poder disfrutar de los extraños héroes de este universo, muy alejados de los que nos venían de los USA. Las aventuras de Zarpa de Acero, Kelly Ojo Mágico, Spider, Mytek el poderoso, Archie o los Muñecos de Dolmann llenaron mi imaginario infantil con extraños héroes, muy alejados de la recta figura estándar de las grandes editoriales americanas. Los héroes de la Fleetway eran precisamente todo menos héroes: desde delincuentes declarados como Spider a ambiciosos hombres que quieren usar su poder de invisibilidad para conquistar poder (como Lewis Crandell, Zarpa de Acero), pasando por monstruos gigantescos sin cerebro que eran controlados por científicos. Personajes de muchísimas caras, que se mostraban como humanos capaces de ser seducidos por toda forma de pecado capital. Cualquier cosa menos héroes al estilo clásico, desde luego.
Pero todos coincidían en una imaginación sin límites que era siempre acompañada de excelentes artistas, como el gran Jesús Blasco.
Quizás por eso, tras la haber mamado estas historias, leídas y releídas hasta aprendérmelas de memoria (y otras burradas que afortunadamente no llegué a hacer, que bien que me quedé con ganas de meter los dedos en un enchufe para ver si me hacía invisible…) los héroes de la Marvel y la DC siempre me han parecido descafeinados, planos y sin matices.
El caso es que llevaba bastantes meses esperando el estreno de Albion, esta revisión del universo Fleetway traído a nuestra época cuando me encuentro con la primera en el camino: no será Moore el encargado de los guiones, sino su hija Leah. Una noticia que me fastidió, pero intenté evitar los prejuicios: papá Moore seguiría al frente de los argumentos, y sería su hija la que se encargaría del guión completo. Algo es algo y siempre queda la esperanza de que la combinatoria mendeliana favorezca que las habilidades del padre hayan pasado a la hija.
Cuando me llegó el primer número, la primera página me generó incluso ilusiones: Leah Moore había adoptado la composición de 9 viñetas por página tan característica de los tebeos de su padre… pero fue una ilusión. Tras la lectura de los dos números de la serie aparecidos en los USA, la decepción cada vez es más evidente. Verdad es que se nota la mano de Moore en pequeños detalles de genialidad que se van dejando caer a lo largo de la serie (como esa genialidad sobre la Tatcher llevando el ojo de Zoltec o el tebeo incluido), pero de momento la serie no pasa de un seguido de despropósitos. Una planificación confusa y poco acertada, acentuada por el poco atractivo dibujo de Shane Oakley hacen que el pobre guión de Leah Moore y John Reppion sea casi un sufrimiento.
Así que servidor se retira de la serie de momento. Queda por lo menos que este anuncio ha favorecido que Titan reedite recopilatorios de los grandes héroes de la Fleetway. Y yo ya estoy esperando el de Zarpa de acero con impaciencia. (1-)

Regresando a la infancia

Debería declarar esta semana como “la semana de regresión feliz a la infancia“, o algo parecido que no sabría muy bien definir, quizás por esa sensación tan poco común en esta ajetreada vida que llevamos de ver la vida con los ojos de un niño. Un microsegundo, menos, un nanosegundo, que sé yo… un instante paralizado en el tiempo que nos abre la puerta de nuestros recuerdos de infancia, esos que tenemos ocultos y que nos traen a la memoria la infinita capacidad de fantasear que teníamos cuando éramos niños.
Comenzaba la semana saliendo del cine con una sonrisa de oreja tras ver la versión de Tim Burton de Charlie y la fábrica de chocolate, una preciosa versión de la novela del gran Road Dahl, quizás uno de los pocos autores que ha sabido recuperar en este siglo (y parte de los anteriores) la tradición del cuento moral, de las fábulas que pasaban de padres a hijos contadas para poder conciliar el sueño y transmitían los valores morales más clásicos escondidos tras ficciones que unían crueldad y ternura. Burton entiende perfectamente el universo de Dahl y ha sabido recrear el universo delicioso de Willy Wonka sin pervertir su mensaje. Y ojito, que era difícil superar la más que correcta versión de Mel Stuart.
Una de esas películas que por sí solas me alegran varios días, pero resulta que casi en las postrimerías de la semana, llega otra inyección de optimismo vital gracias a un tebeo: El trío Buenaventura, de Corcal y Edith (Azake), una hermosa historia que habla de tres hermanos que forman la sociedad secreta “los caballeros bajo la mesa redonda” y que se lanzan a la búsqueda de fantásticas aventuras. Benigna, Baltus y Bernabé se encontrarán en esta primera aventura con otros tres caballeros, ya ancianos, que comparten con ellos su ilusión: llegar a La Casa Amarilla.
Una historia que habla de la fantasía, de la necesidad de mantenerla viva, pero también de la ilusión infantil que nunca se debió perder. Corcal sabe conectar a la perfección con ese pequeño resquicio de niño que todavía llevamos dentro, recordándonos la capacidad de crear situaciones imposibles a partir de pequeños detalles sin importancia. Por su parte Edith despliega su elegancia para trasladarnos a ese mundo infantil casi entre algodones, con acuarelas de colores suaves que acompañan perfectamente el ritmo pausado de la historia. Una lástima que se desconozca en España la escasa obra de esta grandísima dibujante.
Un álbum ilusionante y optimista del que sólo cabe decir que espero que Azake (que, por cierto, hace una edición fabulosa) publique lo antes posible su segunda aventura. (3)

¿La última obra mainstream de Alan Moore?

Después de varios días de abstinencia forzada en la lectura de novedades, me llegan dos esperados tebeos americanos. El primero, la supuesta despedida de Mr. Alan Moore del tebeo mainstream, The Forty-Niners. Una precuela a la serie Top Ten en la que el británico cierra un gran círculo, enlazando de alguna forma su demostrada fascinación con la novela popular de género de finales del XIX y principios del XX (homenajeada de forma explícita en “The League of extraordinary gentlemen”), su pasión por el género superheroico y su amor a los clásicos del medio.
Moore toma una historia clásica de la época para recrear un universo de transición, en el que los héroes de las tiras diarias de los 30, de los seriales de cine y de las novelas populares dan el testigo al nuevo género cultivado durante la Golden Age. De nuevo, al igual que en Top Ten, cada viñeta es un hervidero de homenajes en el que podemos encontrar a Lil Abner, Mr. Flip, Popeye, Flash Gordon, El Zorro, Tigre Woman, los RocketMen, el Chandu de Bela Lugosi, los animales de la granja de Orwell y hasta las vampiras de Musidora. Una historia plagada de referencias a ese cambio social que llevó a los comic-books a convertirse en el crisol de los sueños que habían sido antes otras formas de literatura popular, pero también una inteligente reflexión sobre lo que no se podía contar en esos tebeos, con una explícita provocación al Dr. Wertham y sus temores homófobos.
Con la precisión que le caracteriza, encaja las piezas aisladas en una lectura deliciosa, que funciona a cualquiera de los niveles que se pretenda: desde la simple ambición de pasar un buen rato de lectura sin que sea necesario conocimiento alguno a la lectura analítica que disfrute de todos y cada uno de los referentes. Una difícil tarea a la que ya nos tiene acostumbrados este genio.
Y como complemento, un inspirado Gene Ha, que adopta con sumisión la rígida estructura de 9 viñetas de base por página que con tanta habilidad trabaja Moore para conseguir uno de sus mejores trabajos, aumentado gracias al espléndido color de Art Lyon, que dota a la serie de una luz mortecina, de pálidos colores que se alejan mucho del vibrante color de la serie madre para introducirnos en esa atmósfera del pasado, de páginas que han perdido el color con el paso del tiempo. Se puede apreciar este gran trabajo en el avance en PDF que ha puesto en la red DC.
Un sólido tebeo que esperemos que no sea realmente la despedida de este hombre del mainstream, que le necesita para seguir demostrando que es posible hacer tebeos de género de calidad. (3+)

Y la segunda lectura es la nueva entrega de mi adorada Peculia, de Richard Sala. En Peculia and the groon grove vampires la pizpireta, avispada e inteligente jovencita se las tiene que ver con los mitos más terribles del vampirismo, logrando de nuevo una relectura frasca y diferente. Sala sabe conjugar el respeto a la tradición de las leyendas con una pícara y traviesa imaginación que le obliga a pervertir el orden y las normas, usando a la dulce y bella Peculia como su mano ejecutora. Será la encargada de llevar al lector por donde menos lo espera, quizás más que nunca si consideramos que esta vez se introduce en la historia en la forma del pequeño George, ese niño que todos llevamos dentro y que sigue teniendo un pavor primordial a los chupadores de sangre.
El único pero que le puedo poner a esta nueva entrega es el juego de composición de viñetas que hace Sala en esta entrega, menos inspirado que en obras anteriores y que en algunos momentos hace que se pierda uno de sus grandes hallazgos: la elegante sencillez de su puesta en escena. Aún así, una lectura agradable como pocas. (2+)