Lecturas variadas

La pila de lecturas pendientes sigue aumentando y aumentando… y eso que yo hago esfuerzos ímprobos por disminuirla. Al ritmo que va, me temo que en breve comenzará a ser insostenible y que colapsará por su propio peso. Pero mientras llega el día del desastre (que más o menos será por el 2012, lo que da cierta credibilidad a los mitos mayas, todo sea dicho, que bien que hacían su versión petrificada de tebeos, ojo al dato, por algo será), hago rápida revisión de algunos tebeos que, en mi opinión, merecen destacarse de una u otra forma.
Y aunque caiga en la repetición más aliácea, comienzo por volver a alabar y glosar las maravillas del Scalped de Jason Aaron y R.M.Guera, que con su última entrega escala posiciones en mi ranking personal para compartir definitivamente el título de “mejor serie” junto a los zombis de Kirkman. Sólo por el primer episodio de El blues de la reserva, la serie ya tiene mi admiración con genuflexión y reverencia. Un sólido Aaron se acompaña de un inspirado y brutal Zezelj (impresionante dibujante, todo sea dicho) para firmar un relato construido alrededor de incómodos silencios, de pensamientos enmudecidos y complicidades que no necesitan palabras entre un matrimonio ya anciano. Un extraordinario relato de principios rotos e ilusiones devastadas con un final de aplauso y petición de bises. Y lo que sigue, quizás no tan bueno, pero de nivel suficiente como para disfrutar como enanos con estas historias de reserva de sabor a género negro. Nota mental: ¿me lo parece o Guera tiene cada vez más aires a Blanc Dumont?
Sigo con Vivés, Bastien ya saben, tan jovencísimo como sorprendente, del que llegan dos nuevas entregas bien diferentes. Primero, su casi debut en la obra larga, Ell(a)s. Una obra que puede ser criticada por lo previsible de sus planteamientos y un aire quizás demasiado adolescente, pero que deja boquiabierto al saber que Vivés la publicó con apenas 23 añitos. Una edad a la que muchos dibujantes todavía están buscando un estilo o, simplemente aprendiendo, mientras que Vivés abruma con un derroche de talento gráfico y narrativo. Puede que el argumento sea pobre, sí, pero es que ya se comienzan a ver los mimbres de ese autor que maravillará después con El gusto del cloro o En mis ojos. Su brutal dominio de la figura humana, que mueve con un dinamismo y naturalidad de bellísima armonía (incluyendo, todo sea dicho, la representación más realista del bamboleo de pectorales femeninos que uno recuerde desde los tiempos gloriosos de Richard Corben), su sentido del ritmo narrativo, con esa sobrenatural capacidad para la dosificación de los silencios… todo ya se empieza a ver en Ell(a)s. Puede que en el poso final de la lectura no haya nada especialmente destacable en lo argumental, pero en lo gráfico uno se queda anonadado por la increíble capacidad innata de este autor, llamado a hacer verdaderas obras maestras como Polina, que en breve publicará Diábolo. Una obra que contrasta con la rápida madurez que demuestra en Por el imperio, que concluye con su tercera entrega redondeando su periplo volviendo a la revisión particular del mito de Lope de Aguirre. El guión de Merwan seduce con su propuesta reflexiva sobre el poder de creación de las leyendas, sobre la ambición del ser humano de trascender a través de la aventura, de la épica de lo legendario. Ese espíritu de locura que transforma a Lope y que está en la base de la cultura que conocemos, en un delirio irracional que arrastró ya a Ulises y que sigue en la base de la búsqueda de las fronteras últimas, de los límites del ser humano. Una necesidad casi fisiológica de ir más allá que Merwan y Vivés retratan dejando más preguntas y dudas, obligando al lector a la reflexión. Vivés crea el ritmo y la colorista Sandra Desmazières aporta una atmósfera tan inquietante como necesaria para la historia con su espectacular trabajo. Muy, muy recomendable.

R97

Dije ya, en su día, hablando de Los impostores, que el dibujante Christian Cailleaux era brillante en su estilo, pero que había alcanzado una cota insuperable formando pareja creativa con el polifacético actor y escritor Bernard Giraudeau. Y decía aquello fascinado todavía por la lectura de R97: Los hombres en tierra, una obra de argumento tan tópico como eterno, el largo viaje iniciático alrededor del mundo que vive un joven marinero, pero resuelta con una lustre y excelencia de las que se recuerdan en el tiempo. Y es que Giraudeau parte de unas anécdotas propias para construir un bellísimo relato sobre la madurez que tiene en la mar su eje y cimientos, en esa atracción hipnótica que tiene el largo periplo del marino, que lo convierte en un sin tierra pero también, en un alma solitaria. En su vuelta al globo terráqueo, Theo verá como la esperanza de un amor romántico se irá transformando en la resignación de la realidad cercana, testigo de infinitas historias de amor, tan imposibles algunas como ciertas y tristes otras. Testigo también de lugares maravillosos, legendarios, que se convierten al final en puertos donde olvidar por unos momentos las exigencias de esa severa pareja que es la mar. Del romanticismo visceral del mar de Conrad a las callejuelas de los lupanares más oscuros, del amor virgen al sexo robado. De la esperanza de vida a la muerte en cada esquina.
Cailleaux, sabedor del regalo que le hace Giraudeau, se luce con un trazo vital, con un juego narrativo extraordinario donde cuerpos y lugares se entremezclan, donde el cromatismo exprime las sensaciones y ayuda a sentir ese contraste entre mar y tierra, entre el aislamiento que crea un mundo en sí mismo y esos puertos que parecen casi utopías de leyenda, como extraños momentos de fábula imaginaria frente a la existencia real y omnipresente del barco.
Una obra preciosa, poesía gráfica en estado puro, que por desgracia se publica en España, como ya es costumbre, en un formato reducido que impide explayarse en las bellas planchas de Cailleaux pero que, pese a todo, es tremendamente recomendable.
A ver si dibbuks se anima con la también excelente Les longues traversées, que por desgracia se conviertió en la última obra de la pareja creativa, tras el triste fallecimiento de Giraudeau en julio del año pasado. (3+)

Informe sobre ciegos

Ser dibujante de tebeos de terror debe ser deprimente. No por nada, no es cuestión de consideración peyorativa sobre el género (que la hay, seguro) o de la sempiterna cuestión de las miserias del que afila lápices para dibujar (que las hay, y a toneladas). Es algo tan simple como impotencia. Me imagino al señor o señora dibujante o dibujanta delante de la página, intentando trasladar esa experiencia cinéfila de escalofrío gélido que va agarrándose a la columna y que explota finalmente en un aterrador susto que nos hace saltar del asiento, ese clima de terror tensionado, de nerviosismo ansioso ante la siguiente imagen… Y claro, también me imagino al pobre dibujante o dibujanta poniendo velitas por tener a mano una sala oscura, una banda sonora de chillones y estridentes violines y el control férreo de los tiempos para que el lector, obediente, pase de viñeta única y exclusivamente cuando se le indique. Pero, ¡ay!, dura es la vida del dibujante o dibujanta o dibujanto, porque el lector resulta ser caprichoso y lee el terrorífico tebeo con halógenos de 2000W y gafas de sol, con música de Parchís y antes de pasar la página, esa que escondía un impactante y terrorífica doble-página destinada a hacerle saltar por los aires, se va a echarse una meadilla ante la presión de la fresquita cerveza que se estaba tomando. Y si esto me lo imagino yo, piensen ustedes en la cara del dibujante/a/o/u/i ante la página en blanco, pensando en lo mismo: terminará dibujando ositos amorosos, que por lo que le pagan es lo mismo. 
Pero no. Resulta que es posible trasladar el terror al papel. A viñetas exactamente. O por lo menos, hay un precedente claro. O una excepción: Alberto Breccia. 
Mira que uno ya está baqueteado en esto de las lecturas terroríficas, pero sigo teniendo grabado a fuego el día que leí dos historias de Breccia, dos adaptaciones: La gallina degollada de Quiroga y El corazón delator de Poe. Aparecían en el Biblioteca TOTEM de El Eternauta, una espléndida versión inacabada de la genial creación de Oesterheld, como algo casi sin importancia, como un relleno más. Pero oigan, qué relleno. Era dos historietas que jugaban con ese expresionismo brutal del claroscuro rotundo para crear una tensión y un ritmo únicos, para romper todas las reglas del juego: el dibujo, antes pasivo ante el lector, toma las riendas y le marca los tiempos. Era algo increíble: en una secuencia sin precedentes (Krigstein, quizás, se acercaba), cuatro viñetas se repetían incesantemente. Un solo cambio: una onomatopeya cada vez mayor. Un único resultado: nuestros propios latidos se acompasaban frenéticamente al ritmo de lo ficcionado, se transformaban en ansiedad y sentíamos ese escalofrío primordial y atávico incomprensible que es el miedo. Y lo mismo para La gallina degollada, en la que de nuevo la imagen repetida y esa palabra ROJO, marcada a fuego tipográfico saliendo de bocas mudas y de unos ojos perdidos consigue espantar hasta lo impensable. Breccia había captado la esencia del terror, no necesitaba de ritmos, músicas ni efectos. Sólo necesitaba crear miedo y espanto. Era lógico que fuese, también, el único dibujante capaz de traducir a dibujos la prosa de Lovecraft. Esos monstruos ignominiosos que se desplazaban por geometrías imposibles con formas y colores inhumanos encontraron en las aguadas y los efectos de Breccia el cómplice ideal, llevando el expresionismo al límite del impacto visual ante el lector, usando luces y sombres para insinuar y sugerir, para ir deslizando lentamente un estado de ánimo, un cúmulo de sensaciones, una alucinación gráfica que se tornase tangible, que erizase todos y cada uno de los pelos del cogote. 
Pero donde quizás ese terror se hace más palpable es cuando Breccia se atrevió con Sabato y su Informe sobre ciegos, un relato magistral sobre el camino que lleva a la locura que deja siempre pequeños flecos a la reflexión, a la duda sobre esa sociedad atenazante y mutiladora del individuo que nos rodea. Manteniendo ese espíritu – y perdóneseme la herejía-, Breccia multiplicó la eficacia de la pluma de Sabato hasta el infinito, extrayendo del relato original la esencia del terror, de ese miedo a lo desconocido que lleva del delirio y la paranoia a la pura locura. De golpe, los miedos atávicos y primordiales de Lovecraft toman sentido y forma, como parte oculta de la mente humana que puede aparecer proyectada en cualquier esquina. Nuestra psique se intenta proteger de lo desconocido, de aquello que nos perturba transformándolo en señal de peligro, de algo a evitar ante todo y sobre todo. Sin embargo, como bien demuestra el personaje de Fernando Vidal, aquello que nos atemoriza nos fascina, nos impulsa a seguirlo pese a la amenaza de destrucción. Y Breccia borda esa avalancha de sensaciones contradictorias, de elementos que nos inquietan y nos atraen a la vez, siempre con ese juego magistral de sus aguadas, con la insinuación de sus contrastes, con formas imposibles que la razón no reconoce pero el subconsciente acepta como parte de sus recuerdos más olvidados, dinamitando las conexiones entre imaginación y realidad para conseguir dibujar la esencia del terror.
Aprovechen ustedes la edición de Astiberri y no se pierdan esta obra maestra del viejo Breccia.

Cadáver Exquisito

Las etiquetas tienen atractivo, es indudable. Por alguna razón profundamente instalada en alguna parte de nuestro cerebro de reptil, nos encanta poner etiquetas a las cosas. Quizás la burocracia no tiene nada que ver con la civilización y sí con la genética humana, quién sabe. Ponemos etiquetas y las dejamos ahí puestas, bien grandes, expuestas y con cierto ánimo de perpetua eternidad, alegres y felices de haber ordenado el mundo a nuestro alrededor. Lo que no está muy claro es si las cosas llevan su etiqueta o si, al final, el mundo se va adaptando a esas etiquetas cual Matrix mutable, transformando el ligero papel del post-it en duro mármol de lápida que entierra cualquier futuro cambio. Divago, pero me explico: ¿hasta qué punto la etiqueta que le ponemos a un autor condiciona su obra? En estos tiempos de tags y web semántica, parece que la costumbre que parecía haber alcanzado su cénit con la invención del Dymo se haya exacerbado exponencialmente, hasta el punto que lo que era calificativo pasa a ser identidad pura y dura. Si no tienes etiqueta, no sales en Google, y si no sales en Google, no eres, finito. Lo de pienso, luego existo ha pasado a la historia: estoy en Google, luego existo. Si a un autor le plantamos la lápida-etiqueta de “costumbrista” o “autobiográfico” o “novelagrafista” o lo que sea… ¿puede sobrevivir a un cambio de etiqueta?¿Se puede quitar alegremente esa etiqueta sin caer en el olvido mediático 2.0©? En su día, la diversidad, la riqueza y adaptabilidad del artista eran valores y méritos, pero en esta sociedad que funciona a velocidad de F1 (no el coche, sino la tecla), como cambies de tag demasiadas veces, Google no te pone en los primeros puestos y, chas, desapareces. Y sin banda sonora de Alex y Cristina (gran chica, proclamo).
Pongo un ejemplo: llega una joven autora, que se lanza allá por 2007 a eso de la internet para contar su vida en uno de los mejores webcomics (o webBD) que se hacen por las galias (referente absurdo, reconozcámoslo, en un tiempo donde la geografía sólo tiene sentido para la geolocalización de tiendas próximas): Ma vie est tout à fait fascinant (algo así como “Mi vida es completamente fascinante”). Blog/webcomic donde la autora demostraba chispa, ingenio e inteligencia para esto de la historieta y que la lanzaría a la fama mediática. Fue conocida y le encargaron series que enlazaban con los contenidos de las etiquetas de Google: “joven”, “mujer”, “autobiografía”. Y le fue bien la cosa: revistas femeninas que le encargan series, buenas ventas de los libros que recopilan sus historietas en web…
¿Pero podría escapar de las lápidas? ¿Era Penélope Bagieu un ejemplo más de la rapidez con la que internet encumbra y entierra, de esa capacidad indecible para crear humo con forma de nube de tags?
Pues ni idea, la verdad. Pero ha dado un argumento incontestable en forma de tebeo que demuestra que conseguirlo, quién sabe si lo logrará, pero merecerlo, lo merece sobradamente: Cadáver exquisito. Una ficción que cuenta la historia de Zoe, joven y con una vida de mierda. Cualquier estudio académico la catalogaría automáticamente en el cajón de incultas o casi analfabetas, con un novio en el paro que duerme con los calcetines puestos mientras se tira pedos y un trabajo de azafata que no parece la aspiración de su vida. Una existencia gris que encuentra un día un punto de inflexión total cuando conoce a un escritor sin inspiración, ermitañado en su casa. Contado así, parece el comienzo de una nueva película de un Rohmer redivivo, pero puede asegurarles a ustedes que el devenir de los acontecimientos es tan sorprendente como bien aderezado de una sana mala leche que acerca más a la joven autora a la acidez del genio de un Lauzier que a la plácida bonhomía del cineasta. A Bagieu no le tiembla el pulso y va dinamitando los tópicos, lanzando salvas a diestro y siniestro y dándole la vuelta a la tortilla para beneplácito de un lector que poco a poco va tomando partido hasta casi lanzar olés ante el quiebro final que reconvierte a Zoe en heroína completa de la picaresca industrial. No en vano, la obra apareció originalmente en la colección Bayou, demostrando que Joann Sfar tiene tanto ojo creando tebeos como fichando nuevos valores para el noveno arte. Vamos, que la señorita Bagieu se merece que toda la ristra de lápidas que se le encalomaron en su día se derrumben para dejar sólo una: la de una excelente autora.

Fin de semana (lecturas variadas)

Corregir es aburrido. Tremendamente aburrido, es la parte que más odio de la docencia, por mucho que algunos compañeros me hablen maravillas del punto sádico que se puede conseguir durante el proceso de corrección. Y, sobre todo, deja poco tiempo para la lectura, pero algo deja, así que os hago rápida recapitulación de algunos tebeos que no deben caer en el olvido:
Él fue malo con ella (He done her wrong), de Milt Gross es uno de esos tebeos que merecen no un reseña, sino una tesis doctoral completa. Como bien comentaba Santiago García, posiblemente la primera novela gráfica de la historia, el primer cómic consciente de usar la historieta desde la completa libertad autoral, conectando las experiencias pictórico-narrativas de Masereel, Nuckel o Ward con la tradición estilística y narrativa del cómic de prensa en una obra profundamente moderna. La exquisita edición de Caldas es una ocasión inmejorable para hacerse con esta obra. Volveré a hablar de esta genialidad.
Paolo Pinocchio, una divertidísima reescritura del mito de Collodi que toma del original ese catálogo de perversiones sociales para ponerlo al día y transformarlo en una cruel y ácida revisión de esta sociedad mass-media que nos envuelve. SI Little Nemo se despertaba al final de cada aventura, Paolo Pinocchio comiena cada historieta intentando escapar de un infierno que recuerda gráficamente a Sfar y Trondheim, pero suelta mala baba a raudales en cada paso. Referencias a los mitos mediáticos, a la política, a la mitología y la religión mezcladas con el único afán de ser lo más corrosivo posible. Muy recomendable (2+)
Billy Bat, de Naoki Urasawa, comienza con ese arranque apasionante y adictivo al que ya nos tiene acostumbrados este autor. A medio camino entre la estructura repetitiva de las novelas de King y de la genialidad hipnótica de Hitchcock, el nipón transforma un tebeo de espías de esos que se publicaban tradicionalmente en la Golden en una trama de misterio apasionante. Sabemos que la cagará al final, pero el camino con este hombre suele ser una montaña rusa de sensaciones tan, tan adictiva, que vale la pena. Me estoy comiendo ya las uñas esperando el segundo.
Los hombres lobo de Montpellier, de Jason, es un nuevo ejemplo de la atípica capacidad de este hombre para hacer cócteles imposibles de lo inmiscible. Y mira que se había atrevido al pastiche más inverosímil, pero reconozco que mezclar una historia de hombres lobos americanos en París con Truman Capote me parecía, a priori, tan delirante como irrealizable. Vamos, que el noruego había encontrado definitivamente la horma de su zapato. Pero nada más lejos de la realidad: el resultado es, como siempre. sorprendentemente novedoso. Pese a que Jason vuelve una y otra vez sobre la misma estructura argumental, cada obra se articula desde una elección narrativa completamente distinta, transformado esta vez la historia de Desayuno con diamantes en una especie de reflexión bergmaniana sobre el amor con toques de fantasía imposible, con una puesta en escena de los silencios extraordinaria. Otro más a la saca de los obligados. (2+)
La vida con Mr. Dangerous, del impronunciable Paul Hornschemeier reúne a la perfección todas las virtudes y vicios de este autor. Por un lado una innegable capacidad para trasladar al lector historias profundamente melancólicas pese a su estilo frío y distante. Por otro, una reiterada costumbre de caer en el diálogo excesivo y artificioso que rompe en muchos momentos el buen ritmo de la historia. Dos extremos que, en afortunadamente se equilibran en la balanza para producir obras de discreto encanto que, sin emocionar, dan espacio a la reflexión. Y la obra publicada por Astiberri es un buen ejemplo, un interesante planteamiento sobre la génesis de la soledad y el aislamiento social, sobre el cascarón que el ser humano se crea para alejarse de los suyos, pero que en algunos momentos se torna ajeno. Aun así, una lectura estimulante. (1+)
Y, mientras, en la mesa, me esperan cuatro delicatesen: el If’n Oof de Brian Chippendale, el mejor discípulo de Gary Panther, el Congress of Animals del inconmensurable Jim Woodring (reconozco que es uno de esos pocos autores que me fascinan), la fantabulosa edición del Mickey Mouse de Floyd Gottfredson de Fantagraphics y la edición anotada por Dennis Kitchen de esa joya que es la saga de los Shmoos de Li’l Abner que se ha marcado Dark Horse. Me espera un gran fin de semana… :)

Superman vs. Muhammad Alí

Recuerdo que la edición gigante de Superman vs. Muhammad Alí me fascinó de pequeño. Aquella edición gigante de Novaro destacaba brutalmente entre el montón de tebeos colgados con pinzas que había en el quiosco. Y salía Cassius Clay, que por aquél entonces era casi un mito mediático para la chiquillería de la época, aunque no tuviésemos muy claro el porqué y nos dejara un poco aturullados lo del cambio de nombre. Pero joder, cómo fascinaba este tebeo. Qué luchas míticas, que puñetazo de Superman parando la ola gigante (lo de tsunami no se llevaba)… En resumen, un tebeo candidato ideal a permanecer bien resguardado en la memoria nostálgica al que, con casi total seguridad, le sentaría muy mal la relectura adulta. Sin embargo, leído hoy, casi cuarenta años después de aquél primer shock, me sigue pareciendo igual de fascinador en su extraña y peculiar rareza. Es verdad que no aguanta el mínimo análisis intelectual: Denny O’Neil firma un previsible guión de manual, plagado de tópicos desde la primera a la última página, desde el tratamiento de la historia –los malos extraterrestres, malísimos, copiados fielmente de los skrulls en aspecto y casi, casi en fonética, el combate con esfuerzo titánico en el último momento- a, por supuesto, unos prejuicios sociales que en ningún momento son, ni tan siquiera, puestos en duda: el héroe afroamericano se presenta como un ejemplo máximo del american way of life, aunque nadie se plantee que la única posibilidad de éxito entonces para un afroamericano sean los deportes… por no hablar de que la única opción de duelo entre civilizaciones es, por supuesto, a hostia limpia. Pero, pese a todo, sigue siendo raro: es un crossover imposible que hace tambalearse los cimientos del género de superhéroes. La mezcla del Mundo Real ™ con el universo superheroico era ya habitual por esas fechas, tanto desde el acercamiento de los superhéroes al comportamiento de la vida real (que tendría como cúspide la obra de Alan Moore décadas después) como desde la inclusión de los comportamientos sociales reales como escenario de fondo de las personalidades y actitudes de los personajes (con el Spiderman de Lee y Ditko como referente claro y primigenio). No era raro que personajes reales se pasearan por las páginas de los tebeos de Marvel o DC; sin embargo, Superman vs. Muhammad Alí no plantea una simple aparición estelar del púgil americano, es un enfrentamiento entre el concepto de héroe mitológico -reconvertido por el género de superhéroes en el ideal conceptual de héroe del siglo XX- con el héroe de la calle, el ídolo real. Un héroe que sigue a pies juntillas el manual de Campbell frente a un héroe nacido de los mass media, en el que el carisma y la ambición pesan más que el camino seguido. Superhombre vs. Hombre en toda su extensión, el American Way of Life adoptado por un alienígena de bondad incorruptible frente a la verdadera expresión de un American Way of Life consentido por las clases dominantes pero ganado a golpe de tortazo. Los tópicos se suceden, pero en el fondo, no se puede obviar que el discurso triunfal y provocador de Alí, rebelde y revolucionario si se quiere, es una reivindicación del héroe real frente al imaginado, una fractura brutal de ese universo de superhombres que, de golpe y porrazo –nunca mejor dicho-, baja a la cruda realidad: ellos no existen, el único héroe que existe de verdad es Alí, el hombre, el real. El apretón de manos final entre Superman y Alí es, más que una expresión tontorrona y bobalicona de feliz cooperación intergaláctica, un reconocimiento tácito de mutua no agresión: “no salgáis de los tebeos”, parece decir Alí, “en el mundo real no tenéis nada que hacer contra los puñetazos de verdad”.
Seguramente O’Neil y Adams no se planteaban esta lectura de su obra, más operación comercial afortunada en un momento de bajada en picado de las ventas que reflexión sesuda sobre el género. Sin embargo, la tentación está ahí y la lectura es tan posible como sugerente y atractiva.
Aunque no deja de ser una paja mental innecesaria para disfrutar de este tebeo: si usted o usteda, querido o querida, lector o lectora se quiere obviar lo anterior, hágalo con total tranquilidad y refocílese con lujuria en el espectacular trabajo gráfico de Neal Adams. Ponga el cerebro en modo de ahorro de energía y dé saltos de alegría incontenible ante el despliegue de sapiencia compositiva y narrativa del dibujante, que firma el que, a mi entender, es su mejor trabajo. Sólo por ver cómo Adams concentra toda la potencia la potencia visual de la página en el puñetazo de Superman contra el tsunami o por esa magistral e impresionante doble página donde Alí da su discurso, ya vale la pena tener esta historia. Qué habilidad para resaltar el momento épico, para acentuar el dramatismo y subrayarlo visualmente, obligando al lector a seguir el camino marcado… Toda una lección de narrativa. Lástima que para esta ansiada reedición se haya optado por un espantoso recoloreado photoshopero lleno de brillitos y volúmenes que, en algunas ocasiones, se carga el trazo de Adams. Una actualización tan innecesaria como absurda, que no aporta nada a la obra y, a mi entender, le resta fuerza. Planeta sigue en este aspecto fielmente lo marcado por la nueva edición americana, con una excelente calidad de reproducción, aunque sigue su política de publicar las obras en formato contrario al original. Y eso que lo tenía difícil esta vez, ya que en los USA esta nueva edición se publicó en formato comic-book y en el original gigante. Pero la solución era obvia: ni uno ni otro. Así que la edición española se queda a medio camino entre las dos… Snif.
En cualquier caso, un tebeo a disfrutar.

Flujo

La última obra de Dave Cooper llega a España con retraso. Iba a decir “como ya es habitual”, pero la verdad es que este esquizofrénico mercado nuestro ha conseguido que perdamos la capacidad de sorpresa y que las obras aparezcan por estos lares sin un calendario mínimamente descifrable. Obras a priori interesantísimas, duermen el sueño de los inéditos por tiempo indefinido, mientras que otras que parecían condenadas al olvido aparecen con tal rapidez que a poco aparecen antes de que el autor las termine. Pero al menos llega, aunque en este caso casi, casi como cruel esquela de la carrera comiquera de Cooper, que decidió tras esta obra dejar los difíciles esfuerzos del noveno arte para dedicarse en cuerpo y alma a la ilustración. Una verdadera lástima: las ilustraciones de Cooper son extraordinarias, una extraña mezcla barroca y recargada de curvas orgánicas llenas de volúmenes y de ingenuidad malsana que hacen a uno imaginar una especie de Frankenstein formado con Botero y Disney formado en la escuela nocturna de Crumb; pero sus tebeos son todavía más inquietantes y destacables. Demuestran en lo gráfico esa formación crumbiana, pero también una malsana imaginación desbordada que crea enfermizas versiones de Coconino County. Obras siempre atractivas entre las que destaca especialmente Flujo, que llega ahora a las librerías. Es tentador, supongo, resumir la obra de Cooper copn el manido “crónica de una perversión”, pero sólo se demostraría que la imaginación, más que dispararse con las cosas del sexo, se repite cosa mala, y que hay lectores que a la primera muestra de tetamen, pierden el oremus. No, Flujo es otra cosa: a primera vista, una especie de porno glamouroso de Andrew Blake, de esos de ninfas de infinitas piernas con pequeñas insinuaciones sadomasoquistas, pero pasado por el tamiz de la realidad más mundana. Cambiando los pechos diseñados a golpe de Autocad por la ubre voluminosa y caída, la cintura de avispa por el Michelín currado a golpe de chopped y el chorreo de vaselina en la lente del objetivo por sudores malolientes u otras secreciones de las que es mejor no hablar.
Pero rascando un poco esa morbosa superficie, este relato de la atracción del ilustrador Martin por su inusual modelo Tina es un minucioso y detallado análisis de ese extraño proceso por el cual la mente humana es capaz de convertir lo más inesperado en obsesión enfermiza. De cómo el mundo pierde su sentido y lo que era, posiblemente, simple soledad, se transmuta en aislamiento total que sólo deja espacio para el objeto de obsesión. Pero, también, es una aproximación a los mecanismos ignotos que mueven la atracción humana, que huyen de los cánones que marcan los medios o el arte para encontrar su propio camino. La belleza idealizada mostrada en su carnosa voluptuosidad pierde su glamour y se transforma en un puro ejercicio de exhibicionismo visceral (sirva com ejemplo la excesiva -e inspirada en Boucq, si se me permite- portada), no hay fronteras entre lo grotesco y lo hermoso, no existe un criterio objetivo que dé un aprobado a la atracción, ni tan siquiera el consenso de un canon socialmente aprobado se corresponde con la realidad de aquello que perturba en la intimidad. Tras Escombros y Succión, Cooper cierra una extraña y atípica trilogía que nace de la fantasía para ir acercándose a una realidad que, paradójicamente, parece más ajena que nunca, entroncando con esas visiones supuestamente deformadas de la realidad que firman autos como Cronenberg, Ballard o Witkin. O, quizás, más exactas e inquietantes que ninguna… (4)

El bueno de Cuttlas

El bueno de Cuttlas es una obra maestra.
Y Calpurnio un genio del noveno arte.
Hala, ya lo he dicho.
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Eeeeehhhhh ¿no pasa nada? ¡Uy! ¡Si no hay comentarios!… Me perdonarán ustedes, pero es la costumbre. Tras esas dos frases, lo normal hubiera sido recibir centenares de comentarios furibundos ante tan heréticas afirmaciones, poco más o menos que llamando al linchamiento en algunos casos o, los más amables, recomendándome un neurólogo no vaya a ser que esto sea síntoma de algún tumor cerebral en ciernes. Eso sí, con cierta coincidencia general en el uso de la expresión “¡Pero si eso lo puede dibujar hasta mi hijo de tres años!”. Con la que reconozco, estoy de acuerdo. Es verdad, para que negarlo: Cuttlas, Jim o al malvado Jack pueden ser dibujados sin problemas por un niño de tres años. Incluso mi hijo con 16 meses creo que tiene capacidad para acercarse. ¡Hasta yo puedo dibujarlos! (aunque ojo, la cosa no es tan sencilla como aparenta…). Ni siquiera es original que hace casi doscientos años ya el señor George Cruishank hacía su versión particular del Cuttlas. Verdades como templos, oigan. Pero dibujar al vaquero con cuatro palotes es una cosa y, ¡ay!, dibujar las historietas del Cuttlas…eso, señoras y señores, eso es otro cantar. Porque aquí entramos en otra dimensión completamente diferente, la de la historieta. Y resulta que, en ese juego, Calpurnio es un genio que lleva 20 años haciendo una obra maestra con los recursos más limitados del mundo: el espacio cerrado de una página y unos personajes esbozados de la forma más sintética posible, con unos palotes. Minimalismo puro y duro en el dibujo para lanzarse a la exploración del lenguaje de la narrativa gráfica con una imaginación desbordante y una ausencia de prejuicios total que le ha llevado a la fusión más impensable de medios, consiguiendo que todo sea posible en la entrega del Cuttlas y convirtiendo la serie en el mayor catálogo de recursos narrativos jamás visto, de los que han existido, existen y existirán. Porque ahora nos maravillamos de los recursos creados por Dash Shaw, Ruppert y Mulot, Ware o Yokoyama…pero seguro que este Michael Nyman del tebeo que es Calpurnio ya los uso alguna vez. Experimentando con la dinámica y la estática de la secuencia, con la composición en todas sus formas, tomando préstamos del cine, del videojuego, del videoclip, de la literatura, del videoarte, de la pintura… O de la electrónica, biología, meteorología, geografía, astronomía, topografía o tipografía, porque la imaginación desbordada de Calpurnio se ha atrevido con todo en lo gráfico igual que en sus argumentos toda opción tenía cabida: desde la parodia del género de western, por supuesto, principio y origen de la serie, a cualquier tema por extraño o delicado que fuera, desde el más trascendente al más banal, desde la actualidad a la filosofía de andar por casa, desde la simple pasión por Kraftwerk (creando los mejores comic-clips jamás vistos) a la astenia primaveral o incluso, por qué no, un cómic-sudoku o un calendario-cómic. Y, siempre, desde la ironía, desde una visión que sabe ser ácida e inteligente, ya desde la reflexión pausada o desde la pasión estética.
Admito mi total admiración por la obra de Calpurnio: después de más de 20 años al pie del cañón, Cuttlas sigue sorprendiéndome con cada una de esas entregas de una página donde uno se puede perder descubriendo siempre nuevos caminos, en una obra absolutamente inclasificable, pero que explora el lenguaje de la historieta como pocos autores han hecho en la historia.
Y que, encima, es divertidísimo.
Aprovechen la edición integral que publica Glénat. Imprescindible.

Lecturas bárbaras

Dos lecturas en idioma bárbaro que esperaba con verdadera ansia: las nuevas obras de Chester Brown y Yuichi Yokoyama. Empiezo por el primero.
Paying for it no es una novela gráfica. Bueno, sí, claro que sí es una novela gráfica, pero creo que si tuviera que decidir cómo definir escuetamente la última obra de Chester Brown, no usaría ese término. Ni el de cómic, tebeo o historieta… Cuando uno se sumerge en la lectura de esta obra, lo de menos es cuál es el medio usado, ésa es su grandeza: deja atrás todas las polémicas para sobresalir como un impactante, brutal y provocativo objeto de debate. El tema, peliagudo y controvertido: la prostitución. La opción elegida por Brown, casi documental: narrar los encuentros sexuales con prostitutas que ha tenido en los últimos años. El resultado, una exposición milimétrica y consciente, depurada hasta la asepsia en algunos momentos, de todas las cuestiones morales y sociales involucradas en el sexo de pago, reflexionando en voz alta para, más allá de establecer un discurso propio, lanzar temas de debate que es imposible no recoger. Mientras vas leyendo los diferentes capítulos de la obra, las conversaciones con sus amigos de siempre (ya se sabe, Seth y Joe Matt), es imposible no detenerse a reflexionar, espoleado por una exposición tan desnuda y certera que obliga a replantearse desde el propio concepto de moralidad a todo ese edificio formal llamado amor que se ha construido durante milenios alrededor del sexo, las relaciones personales y la reproducción. La gélida ausencia de sentimientos con que Brown aborda el tema sorprende inicialmente, pero anima a entrar en el debate sin prejuicios ni ideas preconcebidas, intentando evitar la carga de la educación moral previa para discutir el problema desde posiciones que van desde el simple análisis de una transacción económica a un replanteamiento total de a qué llamamos relación de pareja y cuál es la base de su definición, construida sobre una inercia ética que esconde desde intereses puramente reproductivos o de necesidades sexuales a los más comunes socioeconómicos, dejando un espacio desnudo de discusión para entender mejor ese sentimiento llamado amor.
Es posible que, como lectura, se puedan achacar bastantes defectos a la nueva obra de Brown (un exceso de reiteración en la simple enumeración de los encuentros sexuales, que puede tener efecto narrativo en lo global, pero aburre en lo particular; una elección de formato poco compatible con los problemas de presbicia…), pero su efecto como objeto de debate es devastador, eficiente al 200%. A ver si se publica rápido por estos lares…
La segunda lectura bárbara, igualmente esperada: Garden, la nueva obra de Yuichi Yokoyama, ese transgresor del lenguaje gráfico que tanto me sorprendió en New Engineering y en Travel, y que en Garden vuelve a las andadas con una propuesta excitante que nace de esa concepción del movimiento continuo, de esa dinámica de lo inesperado, para adentrarse directamente en el terreno de la narrativa del videojuego. No hay lugar al respiro o la preparación, Garden comienza desde la primera página que el lector encuentra, no existen esas páginas de cortesía con la información de la editorial: la acción comienza desde una primera viñeta donde el lector no sabe qué ocurre: sólo que hay una grieta en el muro de un jardín y que una extraña masa de gente, cambiante y mutable, entra por ahí. A partir de ese momento, la masa seguirá de forma obligada su camino, encontrando a cada paso pruebas y sorpresas, un mundo nuevo que se va formando. A medida que iba leyendo, he recordado aquél maravilloso videojuego llamado Lemmings, un puzzle donde una serie interminable de pequeños lemmings se lanzaba con fervor al suicidio siguiendo el camino interpuesto por el jugador (reconozco mi absoluta ignorancia del arte de los videojuegos, pero éste ha sido uno de los pocos que me enganchó en su día… y de eso ya hace años). Y no he podido evitar ver en este grupo de innumerables individuos distintos a los lemmings de aquél juego, pensando en cómo Yokoyama cambiaba la perspectiva y nos hacía, en cierta medida, parte de ese flujo continuo e imparable. Los personajes van describiendo cada elemento de este gigantesco y siempre imprevisible puzzle, reiterativamente, como simples testigos fríos de la voluntad del extraño creador de ese gigantesco campo de juegos, impelidos sin razón en la búsqueda de nuevos caminos, de una salida quizás inexistente. Mientras, el lector toma un rol extraño: se sabe como jugador que ha sido, el creador de esos mundos cibernéticos, pero por otra parte asiste de forma completamente pasiva a una partida desde dentro, un cambio de ángulo de visión que convierte la experiencia de entretenimiento en una experiencia próxima al fervor religioso del que cree estar admirando milagros continuos. Es difícil no sentirse fascinado por el cúmulo de extrañas sensaciones que Yokoyama provoca en sus obras, siempre sin aliento por ese continuo movimiento que percibimos como real y extenuante. Brillante.

Más lecturas variadas

Yo sigo con mis lecturas variadas: tenía ganas de leer el Curiosity Shop (Glénat) de Montse Martín y Teresa Valero. Primero, porque Teresa es guionista en la que tener confianza y segundo, reconozco, por una extraña relación mental que me llevaba desde esa tienda de curiosidades que plantean las autoras a la lóbrega e inquietante tienda de Ben Chusai que visitaba Gog (sí, me gusta Papini, ese extraño individuo capaz de pasar del escepticismo agnóstico a un ultracristianismo pasando por el fascismo y terminando casi en la acusación de apostasía por apologético del diablo). Las neuronas tienen estos comportamientos erráticos, ya se sabe, y poco tiene que ver la obra de Teresa y Montse con la oscura ensoñación de Papini, sin que eso signifique demérito alguno. A lo que iba, que una vez leído, lo que me encuentro es un correctísimo y canónico tebeo de aventuras, de esos que tanto gustan en Francia. A medida que uno lo va degustando, recibe sabores conocidos en todo momento: por aquí un Indiana Jones, por allí un Adéle Blanc-Sec y por allá hasta un aroma de Beroy… Quizás incluso pueda caer una ligera sensación de ya visto, pero aunque sean cartas marcadas, las autoras juegan tan bien con ellas que uno se deja llevar por esta intriga policiaca entre arqueólogos con tintes (pocos, pero justos) fantásticos. Entretenidísima, conforme a todas las reglas y requerimientos del tebeo de aventuras, pero sólida e inteligentemente desarrolladas, con esos apuntes históricos y políticos que dan realismo a la trama y con la excelente labor gráfica de Montse Martín, de cuidada ambientación en lo visual y sencilla y efectiva en lo narrativo. El primer álbum deja buen sabor de boca, ahora a por el segundo. (2-)
Se me había retrasado la lectura de Agencia de Viajes Lemming (Astiberri), nueva entrega de mi segundo portugués más adorado en esto de los tebeos, José Carlos Fernandes (el primero, por si alguien siente curiosidad, tiene nombre que empieza por Manuel y termina por Caldas), que recupera en este caso el tránsito por ese particularísimo universo que fusiona a Ben Katchor, Italo Calvino o Borges en este encargo veraniego para un diario portugués que se convirtió en un sugerente atlas de geografías imposibles. Es cierto que una vez uno conoce a Ben Katchor se puede tener la tentación de pensar que al portugués le falta originalidad (y no digamos si se es más o menos aficionado a los cuentos de Calvino o Borges), pero si bien pueda ser cierta la escasez de novedad, lo cierto es que el portugués asume sus influencias para bordarlas en un discurso personal y tan válido y de calidad como los referentes, hasta el punto que, por lo menos en mi caso, me la refanfinfla: disfruto su obra con el mismo entusiasmo que la de sus inspiradores y servidor se lo ha pasado pipa con estas historias de ciudades fractales, ciudades banales o conjuntos históricos construidos desde la falsedad histórica. (2)
Sigo con Cárcel de amor (Apa Apa Cómics), obra con la que Sergi Puyol toma carrera y ambiciones con una narración larga en la que demuestra que las buenas vibraciones que dejaban las historias cortas de Una caja, una silla eran más que justificadas. Puyol elige buscar la inquietud del lector con una historia de amor llevada a un universo frío y distante, una sociedad aparentemente real donde cada individuo es presa de sus temores y frustraciones, una sociedad enferma de miedo y odio al otro. Es ese universo de extraños que se miran sin reconocerse que tan bien retrató Clowes en Like a velvet glove cast in iron, o el de la terrorífica opresión constante de Eraserhead, en el que Puyol ha eliminado el elemento extraño para dejar sólo lo cotidiano, aumentando si cabe esa extraña sensación de desasosiego sin causa aparente. Un terrorífico mundo que esconde un secreto que, sorprendentemente, resulta más aceptable y lógico que ese exterior de agobiante normalidad. Puyol juega con el ritmo de las 20 primeras páginas con tino para llevar a ese extraño descubrimiento que romperá las reglas de lo aceptado, siguiendo las enseñanzas de Dash Shaw, pero intentando en todo momento que la composición y la narrativa aporten también esa sensación de cotidiana indiferencia desganada para centrar todo la atención del lector en ese diálogo de la diferencia que centra la obra, la oposición entre lo extraño y lo supuestamente normal y aceptado por la sociedad. Buen arranque del que se puede notar cierto bajón en la segunda parte de la obra, en la que se entiende el objetivo del autor – intentando dar una vuelta de tuerca a esa aceptación de lo anómalo como natural- pero que, por lo menos en mi caso, me chirría en su desarrollo argumental quizás demasiado forzado. Puede ser la falta de experiencia en una obra de mayor recorrido pero, pese a todo, el resultado es recomendable y sugerente. (2-)

Lecturas variadas

La lectura se amontona y, peor, las reseñas. Que ir leyendo es una cosa, pero encontrar el tiempo para hacer aunque sea una rápida cita de lo leído, es otra. Así que aprovecho que es viernes y hay fin de semana reflexivo por medio para hacer un pequeño repaso a recientes lecturas que no deben caer en saco roto, aunque sea a vuelapluma y testimonialmente.
Tiro de memoria, no especialmente fina, todo sea dicho: La señorita Else (Sins Entido) es el debut en España del señor Manuel Fior, nada conocido en este país pero si citado como reciente ganador del festival de Angouleme, lo que como siempre debe poner, al menos, la mosca tras la oreja y concederle el beneficio de la duda. Y puede prometer y prometo -frase muy propia para estos días, no sabía cómo meterla y mira, ya está- que a este señor hay que seguirle muy de cerca. Porque elegir una obra de Arthur Schnitzler ya es, de por sí, un detalle (sólo he leído de él Relato soñado y rendido a sus pies me tiene, aunque Kubrick lo desdibujara para su provecho), pero la labor de Fior lo convierte además en regalo para el intelecto y los sentidos. Dibujante de estilo elegante, de cromatismos delicados y sutiles, adapta el relato de Schnitzler con referencias elitistas a su coetáneo Klimt o más casquivanas a Lautrec, consiguiendo esa atmósfera de educada galantería capaz de esconder el cinismo más hipócrita que necesita el relato de esta nueva Ifigenia sacrificándose -en este caso la virtud- para salvar a su padre. Una brillante exploración de los motivos inconfesables de la psique, que la labor gráfica de Fior apuntala con nuevos matices a golpe de trazo insinuado y una preciosa paleta de sugerentes cromatismos. (2+)
Muy, muy diferente es El lugar equivocado, debut también por estos lares para Bretch Evens, autor, holandés para más señas, de esos que se pasan las normas establecidas por el forro de sus vergüenzas para lanzar propuestas atrevidas que obligan al lector, por lo menos, a pensar. A simple vista, testimonio banal de una noche de juerga, un episodio frívolo presentado desde una coralidad alegre y superficial. Rascando un poco, crudo documento sobre la soledad en la sociedad de hoy. Brillante esa libertad total con la que Evens usa el color, buscando en sus acuarelas la violencia del contraste de colores oponentes, jugando aparentemente al azar con el color, pero logrando siempre una composición cromática de la página tan equilibrada como efectiva en lograr impactantes sensaciones visuales. Me recuerda, en la distancia, a esa joya que es Duelo de caracoles; sin embargo, si algo me ha impresionado es ese efecto que logra el dibujante con las acuarelas, dejando la figura humana traslúcida frente a los escenarios por los que deambula. Los personajes de Evens son fantasmas que se mueven sin rumbo definido, zarandeados por las situaciones… Apenas dejan huella de su paso en ese continuo cambio de foco entre escenarios, entre coralidad de unos personajes e inquietantes imágenes de esos mismos lugares vacíos, sin esos espectros de humanos. Existencialismo en acuarelas (y ojito a la excelente labor de Sins Entido en un tebeo complejísimo de editar) (3+).
Sigo con tebeos que me han interesado: Chernobyl, de Francisco Sánchez y Natacha Bustos (Glénat), perfecto ejemplo de esa nueva forma de entender el tebeo no simplemente como un elemento de entretenimiento industrial, sino como un medio, como un lenguaje con el que acercarse a cualquier reflexión, desde la ficción al análisis de los hechos históricos. En esta ocasión, una obra que elige ficcionar desde la exhaustiva labor documental lo ocurrido durante la catástrofe de Chernobyl, acercándose a las vivencias de los afectados. Valiente propuesta que tiene como mayor problema un primer capítulo con un planteamiento argumental que recuerda en exceso, por desgracia, a la magistral Cuando el viento sopla de Raymond Briggs (posiblemente, el mejor alegato antinuclear que jamás se haya hecho). Una comparación de la que es difícil salir victorioso y que condiciona la lectura, pudiendo llegar a impedir valorar el buen camino que sigue la obra a partir de ahí, mucho más sólido y definido, denunciando los muchos errores cometidos en aquél incidente y que, por desgracia, hoy es rabiosa actualidad no tanto por su aniversario como por la dolorosa realidad de su repetición. Aunque en algunos momentos se caiga en un tono excesivamente melodramático, y pese a los problemas que se puedan derivar de ese primer capítulo, son mucho menos los errores que los aciertos, liderados por la excelente labor gráfica de Natacha Bustos. Una lectura interesante (1+).
Más de por aquí: pocas cosas me indignaron más que aquella campaña orquestada hace años contra Carla Berrocal, una joven dibujante entonces (y hoy, todo sea dicho) cuyo mayor pecado era tener ilusión por hacer tebeos. Lo lógico, el sentido común, dicta que lo que Carla debería haber hecho es mandar a tomar por saco al mundo del tebeo. Pero afortunadamente no lo hizo y hoy podemos leer El Brujo, madura obra en la que plasma el desconocido, por lo menos para mí, mundo de las leyendas y mitologías chilenas siguiendo a este peculiar cicerone de fábula. Y es evidente que la dibujante se vuelca en la obra poniendo toda la carne en el asador, en un apartado gráfico que opta por el cambio continuo de estilos: prácticamente cada página está planteada desde una técnica diferente, desde el lápiz a la acuarela, desde los rotuladores a la tinta, desde el color informático al directo, en un despliegue espectacular en el que hay que incluir, también, la experimentación continua de recursos narrativos. Una avalancha visual que es, posiblemente, el mayor pero que se le puede poner al libro: en algunos momentos el baile continuado de estilos y recursos va en contra de la fluidez de una historia que basa su acierto en la sencillez de su planteamiento, próxima a un cuento con forma de poemario gráfico. En cualquier caso, se disfruta en lo visual y despierta la curiosidad en lo contado. (2-)
Ración de superhéroes, que no falte: Starman, de James Robinson y Tony Harris es uno de esos tebeos que en los 90 jugaba en la difícil liga de igualar los aciertos y hallazgos con los que Moore, Gaiman o Morrison renovaban el discurso del género superheroico. Industria manda y si la resurrección de personajes en quiebra por la vía mágica inglesa funciona, hay que resucitarlos a todos por el mismo método, a mogollón. Afortunadamente, Robinson puso los pies en tierra e imitó a sus colegas y compatriotas no en su forma, sino en su actitud: hizo lo que mejor sabía hacer. Y de lo que sabía, y mucho, es de superhéroes, por lo que su renovación del personaje de la Golden es todo un homenaje al género desde el género. Hay en el fondo una reflexión tenue sobre las relaciones paterno-filiales, sí, igual que hay también la consabida humanización post-Moore del personaje, pero lo importante en Starman es revisar el sentido de maravilla de la Golden Age desde estos tiempos de descreimiento, reivindicando una forma de entender el género que no necesita acudir ni a piruetas formales ni excusas prestadas desde otras formas artísticas. Esa humanización de los personajes, esa visión realista, no es más que un subterfugio que simplemente aporta a la narración la visión del lector más fan. Abandona así la teatralidad de los tebeos de los años 40 para darle la mentalidad de un aficionado de los 90, más próxima y campechana si se quiere, sencilla en lo argumental pero efectiva y suficiente para los objetivos que busca. Eso sí, aprovechando la infinita sapiencia de Robinson sobre la época, que ya mostró en La Edad de Oro y que aquí refina dando algo más que una propuesta de renovación, extendiendo y ampliando lo que era un alegato en un discurso cohesionado que es capaz de conectar sin estridencias ni rupturas el género que se hacía en los orígenes con el de hoy en día. Vamos, que es un tebeo de lo más recomendable, de lectura amable y entretenidísima, con un Tony Harris esforzado que sabe aportar atmósfera y ambientación. (2)
Otro día más. Circulen, circulen…

Binky Brown encuentra a la Virgen María

Escribí hace seis años….
“Justin Green cuenta a través de Binky Brown la influencia de la religión y la opresiva tradición puritana religiosa americana en su juventud, del trayecto desde su niñez hasta que consigue despegarse del trauma de culpa católico. Pero mientras que Blankets trata un tema similar desde la perspectiva del adolescente, Green estudia todo el proceso desde una perspectiva mucho más reflexiva y análitica, consciente de ser víctima de un desorden obsesivo compulsivo (él mismo lo reconoce) que se transforma en la historieta en una brutal mezcla de surrealismo y denuncia social. Con gran inteligencia, Green hace uso de los delirios compulsivos de Binky para mostrarnos una sociedad que basa su educación y su cultura en la represión excusada en la religiosidad, que hace uso de los símbolos como cadenas que atan la libertad del individuo, que es ferozmente atacado por sus propios sentimientos de culpa. Es sorprendente cómo Justin Green analiza las ataduras del sistema desde dentro del mismo. A diferencia de otros autores del momento como Robert Crumb o Gilbert Shelton, que usaron personajes como Los Freak Brothers o Mr. Natural que representaban precisamente el arquetipo de lo considerado “antisistema”, Binky Brown es un buen chico, políticamente correcto, pero que ve cómo la influencia de la sociedad destroza su vida. Casi 33 años después de su publicación, su lectura permite entender perfectamente el camino que siguió el cómic americano independiente en los 80 a través de autores como Chester Brown, Joe Matt, Gary Panter y muchos otros.”
Y hoy, al releer la magna obra de Justin Green que publicaba (¡por fin!) La Cúpula, creo que me quedé corto. Me quedé cortísimo en los valores propios de la obra, porque la reflexión que hace el autor sobre su trastorno obsesivo-compulsivo (T.O.C.) nace de la catarsis terapéutica, sí, pero consigue proyectarse como uno de los análisis más lúcidos –y radicales- que uno recuerde sobre las consecuencias de entender el hecho religioso no como una opción privada, sino como una norma pública y social tan estricta y severa en su puritanismo que puede llegar a condicionar la existencia. El joven Binky, un buen chico en los términos que la sociedad de la época consideraba, queda completamente destrozado ante una pubertad y una sexualidad naciente que interpreta como un insulto a los valores de ortodoxia católica en los que se había educado. Ese sentimiento de culpa que Nietzsche acusaba de estar propiciado por la religión judeocristiana se amplifica a través de la TOC hasta convertirse en un delirio completo que la pacata mentalidad del joven Binky es incapaz de procesar. La interpretación simbólica que lanza Brown de las visiones y alucinaciones provocadas por esta colisión de morales es un paso adelante que organiza y da sentido a las propuestas visuales que los entonces nacientes cómics undergrounds estaban lanzando, convirtiendo en recurso narrativo lo que hasta ese momento eran inspiraciones lisérgicas.
Y me quedé corto, también, en la influencia e importancia que esta obra ha tenido en el noveno arte: como dice Art Spiegelman en su prólogo, Binky Brown conoce a la Virgen María es el origen de todo un género dentro de la historieta, de una traslación de las experiencias autobiográficas de la generación beat a la narración gráfica que apuesta decididamente por la catarsis como terapia, diferenciándose de las experiencias previas del cómic underground, donde la autorrepresentación, habitual, es una forma de provocación y de denuncia. “Sin Binky Brown no existiría Maus” dice Spiegelman. Y, posiblemente, sin la obra de Justin Green no hubiese existido toda una forma de usar la historieta que se proyecta desde Crumb (inspirador y, a la par, inspirado) hasta David B., pasando por Chester Brown, Joe Matt, Linda Barry y tantos y tantos otros que han encontrado en la autobiografía su forma de expresión. Una influencia brutal a la que hay que añadir que cambia también la ambición de esa narrativa: Binky Brown es entendida por muchos como la primera “novela gráfica”, en tanto es la primera manifestación en los EEUU de cómic de autor dirigida a un público adulto que se aparta de la tradición de relato corto para articularse como una narración larga y autocontenida con formalismos propios.
Ya sea por sus valores intrínsecos, ya sea por la incuestionable influencia que ha proyectado, una obra maestra. Todo un acierto de La Cúpula, que firma además una excelente edición.
Enlaces:
The ABC of autobiographical comix, por Patrick Rosenkranz
Introducción de Art Spiegelman (en inglés)

El paréntesis

Supongo que es imposible leer El paréntesis, de Elodie Durand, sin el molesto revoloteo continuado de la presencia David B. El hecho de tratar la epilepsia marca un camino que lleva a La Ascensión del Gran Mal de una forma automática, en una relación casi obligada que, en otras condiciones, hubiera supuesto la terrible losa de una comparación donde es muy difícil salir ileso. Pero afortunadamente, pese a focalizarse ambas obras sobre la epilepsia, la obra de Durand consigue encontrar un terreno propio donde, más que la comparación con la genial saga de David B., consigue una acertada complementación. Frente a la reflexión que éste hace sobre el impacto de la epilepsia en la vida de los que rodean al enfermo, Elodie Durand aporta el relato en primera persona de ese padecimiento, dando una perspectiva radicalmente distinta y muy enriquecedora donde consigue introducir reflexiones sobre diversos temas que con una naturalidad que, en muchos momentos, resulta escalofriante. La pérdida de la memoria, el aislamiento interior, el miedo a la muerte… son temas brutales que van apareciendo en el complejo desarrollo y tratamiento de la enfermedad, pero que Durand va desgranando sin caer en el fácil dramón lacrimógeno para optar por una visión realista que evita tanto el optimismo utópico como el pesimismo crónico, logrando un tono familiar y cómplice con el lector que hace la lectura tan ligera como interesante. No hay, desde luego, la magistralidad narrativa de un David B, pero hay la suficiente solidez como para abordar ciertas propuestas simbólicas, sencillas pero eficaces en su funcionalidad, consiguiendo un conjunto de lo más recomendable.
Una obra a leer. (2+)

Consumido

Tacaño, gorrón, pajillero compulsivo, cínico, egoísta a ultranza, vago hasta guardar una botella de meados en el armario por no salir al water… La verdad es que la ristra de calificativos que se le pueden endosar al señor Joe Matt no es precisamente un rosario de halagos, pero lo cierto es que todos salen de él mismo. Toda su obra es un ejemplo de exhibicionismo voyeurista casi masoquista, componiendo un retrato de sí mismo atroz y autodestructivo. Alumno aventajado de Robert Crumb, Justin Green o Harvey Pekar en la exposición de sus miserias, Matt lleva el ejercicio de ostentación impúdica a tal extremo que se reconvierte en un anómalo e incongruente síntoma de honestidad. Quizás la única que es capaz de reflejar, un único espacio de integridad que paradójicamente se vuelve contra él en ese mejunje entre existencia real y ficcionada que es Peepshow, la vida de Joe Matt, perdiendo amigos y relaciones por su supuesto compromiso con el desconocido que lee sus peripecias vitales. Por todo esto ya valdría la pena leer a Joe Matt, aunque sólo fuera como contrapunto en quien ver a alguien que siempre estará peor que nosotros. Sin embargo, para el aficionado a los cómics, los tebeos de Joe Matt presentan un añadido sorprendente, un extra que transforma su lectura en un ejercicio casi metalingüístico: su relación con Chester Brown y Seth. Extraño trío de amigos que aparece de forma repetida en sus obras (lógicamente) y que convierten la lectura de Peepshow o este Consumido que edita Fulgencio Pimentel en el reflejo de las bambalinas del creador, el testimonio de lo que ocurre en el otro lado del papel. Un trío que además complemente a la perfección sus obsesiones, pero en el que Matt actúa de extraña argamasa que cimenta y da sentido: frente a la reflexión angustiada ante la propia existencia de Brown, siempre en círculos alrededor del sentimiento de culpa cristiano o la huída espantada de la realidad circundante hacía un mundo ficticio del pasado de Seth, Matt aporta no sólo la realidad, la de verdad, la que se toca y se siente, sino un componente de reflexión sobre la obras de los tres autores que es imposible de obtener en solitario de cada uno. Una aproximación distinta que relaciona autor con obra de una manera muy diferente a la habitual, que no busca la morbosa anécdota, sino que consigue entender esas neuras vitales desde lo cotidiano (por desgracia, en nuestro país queda inédito ese extraño experimento que es Joe Matt’s ‘Jam’ Sketchbook, donde los tres autores interactúan en un cadáver exquisito -junto a amigos de la talla de Max, Julie Doucet, Gilbert Shelton o incluso ¡Will Eisner!- dando todavía más sentido a ese trío particular de creadores cohesionado por Matt).
La virtuosa edición de Fulgencio Pimentel (¡un premio ya a la mejor edición para este hombre!) de Consumido es un excelente momento para acercarse a la obra de Joe Matt y, de paso, recuperar a Chester Brown y Seth. (3)

Los jóvenes no lloran

Coinciden dos obras en las estanterías de las librerías que tienen a la juventud como argumento principal. En primer lugar la segunda entrega de La vida secreta de los jóvenes de Riad Satouff (La Cúpula), un visión de la juventud construida a modo de fragmentos deslavazados oídos aquí y allá, más que nunca “tranches de vie” cogidas a vuelapluma que configuran un panorama desolador de la sociedad que vivimos. No soy seguidor del Satouff humorista de Fluide Glacial (reconozco que su serie más famosa, Pascal Brutal, me deja totalmente frío), pero su mirada como testigo de su entorno es tan atenta como lúcida y destacable. Aunque aparentemente su labor sea simplemente de espectador circunstancial, el azar de las pequeñas historias cotidianas que va recopilando resulta de lo más inquietante, convirtiéndose en una especie de muestreo de la realidad social circundante donde la medianía se alza como protagonista absoluto. Se puede tomar la lectura de La vida secreta de los jóvenes como esos catálogos de burradas colegiales de adolescentes, cierto, pero a poco que uno deje un pequeño espacio a la reflexión, las risas se convierten en sudor frío. Y si encima uno mira a su alrededor, comprobará que esa atonía existencial está también nuestro alrededor, expandiéndose como una terrible epidemia (2+).
Y no menos interesante es el Girls don’t cry de Nine Antico (Glénat), última obra de esta autora con la que se estrena en nuestro país (dejando inédita la extraordinaria Conney Island Baby). Tras esa colorida portada que homenajea explícitamente el Boys don’t cry de The Cure se oculta una corrosiva revisión de realidad de las adolescentes parisinas, un seguido de anécdotas cotidianas de la vida de tres jovencillas que se revelan como un cliché exagerado y acentuado de la superficialidad más frívola, exponentes perfectos de ese modelo de comportamiento vomitado por los medios que ensalza el adiós el culto a la marca registrada como forma de éxito social. La mirada de la autora es despiadada y feroz en una fingida sencillez que, por desgracia, resulta extrañamente próxima y verídica, construyendo unos personajes que recuerdan a extraños monstruos de Frankenstein catódicos creados con los retales de cualquier revista para quinceañeras o la publicidad que las bombardea. La propuesta no puede ser más subversiva, porque el retrato de Antico sabe moverse en el filo de la navaja de un cariño paternalista y consentidor hacia esos jóvenes y la reflexión obligada que ese testimonio produce hacia nuestra responsabilidad como sociedad. ¿Qué sociedad estamos construyendo? ¿Es la felicidad de la juventud un simple escenario de cartón piedra de banalidad absoluta? ¿O debemos aceptar que esos valores que adoramos ya no existen y la sociedad ha cambiado radicalmente?
Una propuesta muy interesante que se acompaña además de un tratamiento gráfico de inspiración setentera cautivador, donde las líneas rectas desaparecen sustituidas por las más apacibles curvas, con un tratamiento del color completamente pop que acentúa el trazo que define con elegancia vestuarios y peinados como elemento fundamental de esta nueva cultura de la moda de marca (y que, por momentos, me recuerda a ese genial francotirador que fue Serafín). Muy recomendable (2+).

La imposible Patrulla X

¿Qué tiene la Patrulla-X de Claremont y Byrne? Se le pregunte a quien se le pregunte, desde el aficionado más gafapastoso hasta el marvelzombie más declarado, todos tienen un espacio en su corazoncito para la saga que firmaron estos dos autores y que relanzó a esos hombres de nombre con incógnita matemática que por estos lares recibían el sobrenombre más policial de “la Patrulla X”. La encarnación original de Lee y Kirby tenía el encanto de los desclasados, de esa particular forma de entender el drama adolescente que tanto era del agrado de Lee pasado por el tamiz épico del gran dibujante, pero esta nueva versión era algo diferente. Y no era una simple cuestión de cambio de trajes o de nombres, porque los famosos Vengadores ya nos habían acostumbrado al baile continuo de miembros. No, era otra cosa. La escuela de “jóvenes talentos” seguía ahí, el calvo telépata y el sentimiento de exclusión también. ¿Qué era la diferencia? ¿Qué habían encontrado Claremont y Byrne? Es evidente que Byrne era un alumno algo rezagadillo de Neal Adams en lo gráfico, pero brillante en su fuerza narrativa, atento siempre al golpe dramático y al efecto… pero no justifica ese común encanto. Posiblemente la clave es tan sencilla que a veces se pasa por alto: Claremont llevó al cómic-book los mecanismos del culebrón. Si los autores de los años 40 pusieron su vista en el cine para incorporar elementos de narrativa cinematográfica en las tiras diarias, Claremont se fijaba en el medio por antonomasia de los 70 para enlazar aquello que tenía éxito en la narrativa por entregas televisiva en su equivalente en los kioscos. Y bien que lo hizo: sus tebeos son, evidentemente, de temática superheroica, pero a poco que uno rasque un poco se da cuenta de que el vehículo de esa temática ya no es la propia reflexión sobre los poderes, el conflicto del héroe que tanto había remarcado Stan Lee en todas sus creaciones. El foco se había desplazado del drama interior a una tragedia de relaciones personales, de conflictos emocionales y amorosos que jugaban en el filo del melodrama más exagerado, pero acertando plenamente en tocar todas esas cuerdas que hacen del “soap opera” un fenómeno adictivo: la muerte de Jean Grey ya no es tan importante por el sacrificio heroico de la mutante, sino por el drama que descubrimos en Cíclope al perder a su amada; la relación entre Cíclope y Fénix no será un seguido de problemas por sus responsabilidades, sino por la presencia de Lobezno… Los problemas se proyectan y Claremont tejió con habilidad endiablada un tapiz enmarañado de relaciones personales con los sinsabores de los amores posibles e imposibles en primer término. Aparentemente, nada había cambiado, el género seguía funcionando milimétricamente y los villanos y los héroes se enfrentaban continuamente para evitar que el mundo fuera destruido, pero el edificio que los contenía se transformaba radicalmente. Si casi una década antes Vértice se curaba en salud ante las posibles malediciencias de la censura con aquél curioso subtítulo de “Historias gráficas para adultos” para tebeos pensados para adolescente, ahora acertaban casi de pleno ante unos tebeos que maduraban en su mecanismo interno con los métodos de adultos importados de la televisión, obligando a su vez a madurar los temas y comenzando ese camino sin retorno que llevó el género de un lector infantil y juvenil a otro adulto.
Leído hoy, con más años y experiencia, los trucos de Claremont son tan palmarios y manifiestos… como terriblemente eficaces. Da igual que uno reconozca el ardid y la vuelta de tuerca imposible: vuelve a caer enganchado por la pericia de estos dos pícaros embaucadores que en su día nos embelesaron y que hoy, quizás, juegan además con la baza extra de la nostalgia.
Partida ganada señores Claremont & Byrne.
(Eso sí, alguien debería decirles a los señores editores que esta manía de los tochazos de más de 600 páginas es lo más incómodo que jamás se ha visto. Son volúmenes candidatos al eterno reposo en estantería…)

A graphic cosmogony

Con el tiempo, las lecturas se van conformando como pequeños palillos de una inmensa construcción que va escribiendo la palabra TEBEO (ponga el nombre que usted quiera, historieta, comic, novela gráfica, literatura dibujada,…) a tamaño gigantesco. Un inmenso monstruo que configura aquello que entendemos por tebeo y que incluye desde nuestros gustos más privados a las reflexiones más sesudas y profundas sobre el noveno arte, que suele descansar sobre cimientos tan inestables como el atrevimiento de esa ignorancia galopante de la que es imposible escapar por mucho que lo intentemos o la arrogancia de creer que se está en posesión de la razón por el simple hecho de tener una opinión o un gusto. Pero da igual. Palillito a palillito, la construcción se va alzando hasta erguirse de forma hercúlea, desafiante, tan enorme que se pierden los límites de lo que empezamos. Y nosotros, orgullosos, pensamos que hemos hecho algo así como descubrir América con nuestro flamante monumento palillero. Pero, ay, siempre llega alguien dispuesto a darle una patada y tirar por tierra lo construido y, de paso, nuestro orgullo, a lo que reaccionamos, generalmente, con furia incontenible. “¿Cómo se atreve éste mindundi?”, pensamos, dispuestos a masacrar, linchar, destrozar y vilipendiar al suicida elemento en cuestión. Y si encima es un jovenzuelo, pues mejor que mejor, que a la cosa se le añade lo de la estirpe demoníaca de la experiencia y afirmaciones palmatorias de obligado uso como “los jóvenes de hoy en día no saben lo que es bueno” y “ en mis tiempos todo era mucho mejor”.
Y no nos damos cuenta del terrible y maravilloso favor que nos han hecho. Que nos han obligado a poner el contador a cero y a desembarazarnos de un bagaje que pesaba y que mediatizaba completamente nuestros pensamientos.
Así que cuando uno tiene en sus manos A graphic cosmogony, la primera antología editada por la fascinante Nobrow, en lugar de pensar en unos gamberros que se creen que han descubierto la pólvora y que han tirado por tierra nuestro maravilloso y totémico monolito, lo más sano para el espíritu es resetear las neuronas y lanzarse a esta montaña rusa de ideas con un “Uuuuuuaaaaaauuuuuuuuuuuuuuu” continuo, dejando que nuestro corazón palpite con fuerza descubriendo propuestas locas, maravillosas, diferentes y mágicas. Porque los de Nobrow, pequeña editorial que lleva ya unos años dedicada al sano arte de romper esquemas, debutan en la antología con temeridad suicida, con ambición inmensurable, nada más y nada menos que darle a 24 artistas la categoría de Dios. Y si aquél tuvo siete días para crear el mundo y echarse una cabezadita, estos tendrán siete páginas – ya se sabe que la historieta cambia lo temporal por lo espacial- para hacer lo propio, es decir, contar su versión de la creación de todo. Ahí es nada. Y los jóvenes creadores, como son jóvenes, aceptan el guante con chulerío y poderío, convencidos que poca diferencia debe haber entre un creador de historias y un creador de mundos, el demiurgo supremo, que a fin de cuentas lo de crear no parece potestad más que del ingenio humano. Razonamiento que dará lugar a 24 propuestas tan sorprendentes como osadas. Ahí está quien sencillamente prefiere buscar leyendas alternativas e irse a las explicaciones dadas por otras religiones o quien se plantea que esto de crear universos no es más que un ejercicio de clase de la escuela de deidades; o que lo mismo da crear que destruir; o que lo de Roswell no iba desencaminado y los alienígenas tenían que estar por ahí o, simplemente, piensan que es un truco de magia. Eso sí, cargándose por el camino cualquier convención o presupuesto sobre eso que llamamos historieta, con composiciones imposibles, rupturas radicales, narrativas antinarrativas y secuencias sin secuencia. Como debe ser, dinamitando todo lo anterior, que para eso está lo antiguo, para ser admirado, sí, pero no para ser seguido como mandamiento escrito en piedra. Y si uno acepta este juego, terminará pisoteando su maravilloso puzle de palillitos a sabiendas de que el que construirá después de esto será mejor, más grande, más amplio y más hermoso. Cada nueva historieta de esta cosmogónica antología será una sorpresa y, aunque sea sólo durante el rato de lectura de este libro, se recupera ese sentido infantil e ingenuo del pasmo, del asombro con la boca abierta y con el cerebro funcionando a mil por hora. Tanto que uno se queda con muchas ganas de leer más de Jon McNaught (ojo a este hombre, puede ser un futuro referente), Andrew Rae, Matthew Lyons, Luc Melanson o Ben Newman, por citar sólo algunos que me han dejado boquiabierto. A ver si alguien se atreve a editarla por estos lares…

Almanaque comestible

No puede ser más provocadora la publicación en esta época pascuera de ese catálogo de excesos pantagruélicos que es Almanaque Comestible. Una suerte de reverencia e idolatría de la gula en todas sus formas que tiene tanto que ver con los excesos suicidas de Mastroianni y sus compañeros en La Grand Bouffé (muy relacionada con los tebeos, ahora que lo pienso, con ese cartel provocador de Reiser) como con la pulcra pero implacable denuncia de la escatología de lo social que practicaba Buñuel en El Fantasma de la Libertad. A fin de cuentas, el disfrute de lo gastronómico y la escatología más vergonzante están ligadas íntimamente por una vía tan retorcida y sinuosa como visceral y directa.
Y Micharmut, genio díscolo y provocador dondequiera que los haya, coordina este almanaque recuperando el espíritu de aquellos de otros tiempos que buscaban dar recomendaciones y predicciones útiles para el ciudadano, efemérides variadas o, como en este caso, consejos gastronómicos de la mano de un equipo de imposible definición que borda lo que dibuja. Con la exquisitez de uno de los gurus de la Haute Cuisine, atendiendo a la estética de una transgresión medida que entre por los ojos y atienda a los placeres de la cata en su primera degustación. Pero, cuidado, también preparados para metamorfearse en grasiento y orondo carnicero que cortará vísceras y desangrará espíritus una vez haya sido digerido el tebeo, a golpe y machetazo directo que dejará nuestras entrañas bien jodidas.
Un tebeo coral que sería de obligada lectura sólo por las contribuciones de apertura que entregan un Auladell en estado de gracia acompañado de Pedro F. Navarro o un Keko inspirado que sigue la incisiva pegada de esa obra maestra que fue La casa del muerto. Dos entrantes de contudencia saciante en el menú, parece, pero la cosa no se queda ahí y Micharmut se destapa con dos platos de esos que Nestor Luján o Manuel Vázquez Montalban glosarían con prosa cuidada y precisa. El primero, con la anuencia de Felipe Hernández Cava, componiendo una degustación múltiple que se atraganta a golpe de realidad de corredor de la muerte, trasladando la búsqueda del alma del momento de la muerte al momento de la última comida, analizando con el mismo cuidado de una autopsia los alimentos que rellenarán las vísceras del futuro finado. Y el segundo, uno de esos ejercicios de experimentación radical que sólo Micharmut es capaz de hacer, jugando a las variaciones sobre un mismo tema para intentar descubrir la realidad que hay tras la foto oficial del banquete, creando misteriosos hilos dinámicos de acción que sólo se pueden ver en el instante congelado de una viñeta. Y no se piensen que la cosa termina ahí, porque Txemacantropus, Cifré y Jorge García y Gustavo Rico cierran el ágape con aportaciones tan acertadas como apetecibles.
Un Almanaque Comestible que, quizás, sólo tiene el error de no haber sido impreso en papel comestible para cerrar por completo el círculo, no dejar sólo que contamine nuestras neuronas, sino también todas y cada una de las células de nuestro cuerpo.
Para gourmets que quieran disfrutar de un placer privado refocilándose con la comida.

El héroe

20110414-071729.jpgMira que no me gusta hablar de obras en curso, pero el primer volumen de El héroe, de David Rubín, es de esas obras que obligan a la fuerza. Porque es un tebeo que contagia entusiasmo y vitalidad desde esa primera página que hace reverencia a Jack Kirby sin prejuicios, abriendo una lectura briosa e incontenible. Leer El héroe es como escuchar una de esas canciones de swing imparable que obligan a mover los pies, a repiquetear los dedos siguiendo la melodía de forma casi inconsciente. Es pasar páginas con afán infantil, recuperando esa experiencia de lector que se olvida de la razón por un momento y disfruta con plenitud de un héroe que se adapta a los tiempos, una revisión de los trabajos de Hércules que ha pasado por Jack Kirby, por la MTV y los videojuegos sin vergüenza, absorbiendo y volcando influencias culturales y mediáticas sin dejar espacio para tomar aliento.
Pero hay que tener cuidado: hablamos de David Rubín, de un autor que ha dado muestras sobradas de saber jugar con sentimientos descarnados a la par que reflexivos en sus obras anteriores y que, en ésta, oculta tras esa fachada de emoción aventurera, también nos reserva algo más. No sabemos el qué, pero la narración va dejando pistas, pequeñas ideas sueltas apenas esbozadas que hablan del conflicto entre el héroe y la realidad, de la ficción enfrentada a reconocerse sólo como parte de la imaginación.
Muchas ideas, mucha pasión, mucho disfrute, mucho entretenimiento y, sobre todo, muchas ganas de ver la siguiente entrega de esta obra que se antoja, de momento, como extraordinariamente apetecible.

Nocilla Experience

Muchas son las discusiones que hay alrededor de la historieta y su naturaleza. La indefinición de su esencia, la propia renuncia del medio a muchas de sus características inmerso siempre en complejos de inferioridad no asumidos, la poca atención que ha tenido como objeto de estudio y una larga lista de causas hacen que estas discusiones sigan vivas y generen no pocas encendidas polémicas. Una de ellas, recurrente, atiende a su posible calificación como género literario y su relación con la literatura. No es una discusión fácil: desde el momento en que la historieta no ha sido analizada todavía con la profundidad de otras disciplinas artísticas, la argumentación quedará siempre coja por el lado de la historieta, todavía sumida en el terreno de la hipótesis no corroborada. A lo que hay que añadir, en este caso, complejos propios que enturbian la discusión desviando el foco, ya que se confunde la posible naturaleza literaria de la historieta como género con el ya tradicional acercamiento de la historieta hacia la literatura en busca de una dignificación que será siempre bastarda. Dos conceptos completamente diferentes que, sin embargo, se entrecruzan en cualquier debate, posiblemente porque éste se realiza a pie de calle y los que entramos al trapo no tenemos bagaje suficiente para argumentar lo primero y caemos en lo segundo.
Sin embargo, por lo menos esta discusión acaba de quedar cerrada completamente. Más estrictamente, dinamitada desde su base. El terrorista ha usado armas tan peligrosas como el lápiz y la tinta y responde al nombre de Pere Joan.
El paso de las obras de un medio a otro es común, hemos mamado cómo la historieta se nutría de la literatura al igual que el cine, cómo ahora el cine atraca sin prejuicios la historieta y las relaciones son infinitas: videojuegos, cine, música, literatura, cómic, pintura, se prestan obras entre ellos en traducciones que incurren siempre por obligación en el traduttore, traditore. Desde el momento en que una obra pasa de un medio a otro, se traiciona una parte de ella, se pierde parte de su substancia en el cambio formal que debe ser cosustancial a ella. Y Pere Joan, aparentemente, sólo plantea entrar en esa tradición de impíos traidores adaptando a la historieta Nocilla Experience, la novela de Agustín Fernández Mallo. Pero, ¡ay!, la cosa resulta ser más compleja de lo que parece porque Pere Joan juega una carta tramposa. El referente ineludible del afterpop que definía Fernández Porta parece un buen candidato a la traslación, a fin de cuentas, el propio concepto de fragmentación y de interdisciplinariedad que caracteriza a esas ideas son ya en el fondo una renuncia a la categorización tradicional. En un mundo globalizado donde los mensajes llegan ya hibridados, en mestizaje continuo entre los antiguos géneros, establecer limitaciones o fronteras es ridículo. La propia discusión sobre si el cómic es un género literario o sobre si tiene carga literaria quedaría obsoleta ante la naturaleza dispersa y difusa de unos límites que tienden indefectiblemente a desaparece, generando una comunicación de masas multidisciplinar y, a la vez, común entre medios.
Pero Pere Joan lanza una bomba envenenada a la discusión, una línea de pensamiento a la gallega pasada por la socarronería mallorquina que tan bien practica el dibujante que subvierte la cuestión en términos completamente nuevos. Y de la manera más sencilla: adaptando literalmente la obra de Agustín Fernández Mallo. No puede haber traición al original en la traducción entre medios porque el texto del escritor es respetado escrupulosamente (tan sólo en algunos momentos hay ligerísimos cambios para adaptar alguna conversación o se omite algún capítulo), de forma que lo que estamos leyendo es, sin duda alguna, la obra literaria original, desde la misma portada. Sin embargo, es una adaptación a la historieta, porque Pere Joan ha interpretado cada capítulo desde un punto de vista gráfico que aporta una lectura completamente distinta, transformando la obra completamente. ¿Dónde están los límites entre literatura e historieta? O mejor todavía ¿existe realmente la posibilidad de establecer compartimentos estancos? La bien conocida y popular teoría que establece la historieta como un arte híbrido entre literatura y dibujo queda completamente refutada ante una obra donde lo gráfico establece su propio discurso en paralelo al original del escritor. Están claramente separados, pero fusionados en unión indisoluble.
Una paradoja de imposible solución, un enigma cuántico. Poco podía imaginar DeBroglie que la dualidad onda-corpúsculo tendría hoy un nuevo equivalente en esta extraña dualidad literatura-historieta que Pere Joan plantea. Y es que, como en la naturaleza, la realidad no es un ente definido, es una función de probabilidad que se construye por el solapamiento de estados, como esta historieta/literatura que se añade al gato de Schrödinger y al amigo de Wigner en su dualidad, nunca sabremos lo que es hasta que la leamos. Y cada observador, posiblemente, establezca una naturaleza distinta de lo leído.
Pero no se acaba aquí la importancia de la propuesta de Pere Joan, porque su “adaptación”, o como se quiera llamar a este experimento, atrapa además a la perfección esa concepción de la realidad múltiple que plantea Fernández Mallo en su novela. La fragmentación de la narración desde lo multidisciplinar sigue estando, por lo anteriormente expuesto, en la base argumental de la obra, pero el dibujante aporta un nuevo nivel de composición: las partículas elementales que formaban la obra literaria resultan estar compuestas de pequeños quarks gráficos, de elementos compositivos visuales que aportan información que no era discernible a primera vista. Extraños quantos subjetivos, quizás la esencia de los memes, con los que Pere Joan establece un doble nivel de lectura: por un lado, el de plasmación fidedigna de la obra original, por otro, una sutil interpretación que invita a la reflexión y transforma el original en una segunda obra, distinta y con peculiaridades propias.
El resultado no puede ser más desasosegante: ¿hemos leído Nocilla Experience o no? ¿Qué hemos leído? ¿No era la historieta una forma de vulgarización de la literatura que la acercaba al populacho más iletrado?
Y, en el fondo, volvemos por tanto a esa discusión inicial: ¿dónde están hoy los límites entre los medios? Si atendemos a Nocilla Experience, la novela gráfica, son cosa de un pasado que se aleja a la velocidad de los bits.
Sin duda, una de las obras más sugerentes del año, que traslada al lector con inusual escrupulosidad la novedosa visión de una realidad construida a golpe de zapping que plantea Mallo (reconozco aquí que, por alguna extraña razón, esa visión me resulta familiar, quizás porque los físicos salimos de la carrera con algún tipo de tara neuronal común, quien sabe), pero que es a la vez una apasionante reflexión sobre la propia naturaleza de los medios hoy. (4)

Los años dulces

Para los que gusten de la literatura japonesa, el nombre Hiromi Kawakami no es nuevo. La editorial Acantilado ha publicado ya dos de las obras de esta interesante escritora, El cielo es azul, la tierra blanca y, recientemente, Algo que brilla como el mar, dos obras que comparten la delicada sutileza con la que la autora va introduciendo al lector en las vidas de sus protagonistas, siempre a través de pequeños detalles. Una característica especialmente importante en la primera de las obras, que narra la relación entre una mujer ya en la frontera de los 40 y su antiguo profesor. Relato en primera persona que, a través de los momentos compartidos por los dos de forma, extrae de lo cotidiano y de la observación de los pequeños detalles los elementos que construyen la vida de su protagonista Tsukiko. Una obra de gran belleza, de prosa sencilla y algo distante que recuerda en la lejanía a la de grandes maestros como Inoué, y cuyo éxito (ganó el Premio Tanizaki) provocara que fuera adaptada al cine por Kuze Mitsuhiko con bastante poca fortuna, sin poder captar esos detalles que tanta importancia tenían en el original. Sin embargo, la adaptación al cómic de Taniguchi, Los años dulces (curioso que ni la edición española de la novela ni el cómic se titulen como el original, El maletín del profesor), no sólo es fiel a la obra, sino que la potencia, la multiplica dotándola de un escenario de sensaciones omnipresentes. El relato de los encuentros casuales que conforman la relación entre profesor y alumna es transformado por el dibujante en una narración exhaustiva de todos los detalles que la rodean. El lector se transforma en ese observador pausado que protagonizaba El caminante para seguirlos y dar acta de todo aquello que pueda pasar desapercibido. El aroma del sake caliente al caer en la taza, el sonido de la cocina de la taberna donde se encuentran, el aroma del bosque o de las setas hirviendo en la olla. El color de las hojas en invierno que se mimetizan con el traje del profesor. Como en El gourmet solitario, el lector se transforma en un silencioso solitario más que escudriña con distancia pero interés los encuentros de dos personas que sólo tienen en común su soledad. Paradoja cruel si se quiere, que la realidad que les une, en el fondo, sea contradictoria con la ansiedad de la compañía que ambos esconden pero rehúyen. Con la parsimonia de un paseo tranquilo, el relato avanza contenidamente dentro de esta atmósfera de profundo lirismo, ajeno a veces, que vive la rutina de lo cotidiano sobre un camino de recuerdos que cada vez se alejan más.
Una conmovedora y bellísima obra de Taniguchi (y van…) (4)

Simbad

Lo comenté hace un tiempo y cada vez estoy más convencido. Hay en esto de escribir de tebeos un problema que nace, creo, de forma casi inconsciente a medida que uno va curtiéndose en lecturas. Poco a poco, es imposible no tener cierta sensación de déjà vu casi continua, de cansancio. Perdemos la capacidad de sorpresa y cada vez, espoleados por una nostalgia mal entendida de aquélla, buscamos más la filigrana última, la pirueta narrativa más compleja y arriesgada. Le exigimos al autor que no sólo sea capaz de contar la historia que quiere contar, sino que además lo haga imbuido de espíritu de renovación formal extrema.
Y no.
Por supuesto que es necesario, loable y atractivo que exista esa búsqueda constante de un nuevo paso adelante, de esos Ware, Clowes, Ruppert y Mulot o Baudoin que rompen esquemas a cada paso. Pero no debemos caer en la tentación de exigir esa capacidad como único criterio de calidad y como única posible escapatoria a nuestro crónico tedio lector. De vez en cuando es de lo más saludable intentar quitarse unas cuantas arrobas de sesudos planteamientos y disfrutar de una lectura que sólo tenga como ambición proporcionar un buen rato de entretenimiento. Y lo bien que viene, porque uno se desintoxica, le da el aire y recuerda que el tebeo es todo eso, desde ese buen rato de entretenimiento hasta ese apasionante reto mental gordiano. Lo que en el fondo sólo hace que se sienta más y más admiración y devoción por este noveno arte que tanto amamos.
Al caso, que me he tomado el Simbad de Arleston, Alwett y Alary cual jarabe contra los excesos de la experimentación sin control y me ha venido de perlas. Ojo, que jugaba con red, porque Arleston es una especie de Ken Follet de esto de los tebeos, es decir, avispado escritor de fórmula –miren ustedes si no el Lanfeust y sus cien mil hijos- , al que se le ven las hechuras por todas partes, pero que firma obras muy legibles y que suelen ser de lectura adictiva. Ya se sabe: un poquito de aventura, un poco de humor, una tetita por aquí, unas gotitas de tensión sexual no resuelta por allá… Minuciosamente medido con química precisión y mejunje acabado. Vale, es artificial cual gominola, se pega a las arterias (neuronas en este caso) peligrosamente hasta dejarlas obstruidas si abusamos, pero buenas están un rato. Si a eso se le añade un dibujante tan eficaz como Pierre Alary, con ese estilo tan dinámico de la animación disneyniana -aunque algo tosco y confuso a veces en lo narrativo-, pues el resultado es que la gominola, además, es bonita. Ingredientes perfectos a los que se une mi querencia por los cuentos de las Mil y Una Noches, en especial los de Simbad (personaje al que siempre he admirado, tanto en su maravillosa versión Harryhausen como en la más psicotrónica de Hannah-Barbera, que a poco me dejo yo el hígado apretándome el cinturón cuando era nano… pero ésa es otra historia), que Arleston mezcla con soltura y algo de agradable descaro herético. ¿El resultado? Pues un buen rato de lectura entretenidísima. Nada más. Y nada menos. (2-)

Enlaces:
Entrevista a Pierre Alary

En curso

Es difícil hablar de obras en curso. El cuerpo te pide decir cosas, expresar ideas y opiniones, pero la razón te dice que no serán más que sensaciones y prejuicios, filias y fobias que no dicen nada de la futura marcha de lo que será esa obra. A veces tiene sentido: obras de largo recorrido, las llamadas “abiertas”. Otras, mucho menos. Como cuando el autor ya avanza que será una trilogía o una duración determinada. Y es lo que me pasa tanto con el Tóxico de Charles Burns como con La marcha de los cangrejos de Arthur de Pins, obras para las que el verdadero juicio tendrá que esperar, con suerte un par de años.
Se pueden decir cosas pero, en el fondo, caemos en lugares comunes. En el caso de Tóxico (extraña traducción de X’ed Out), ese fascinante cóctel que es mezclar a pelo y sin anestesia la concepción de la aventura y narrativa gráfica de Hergé con el universo de sociedad corrupta ante la excepción que practica Burns, todo travestido de enésima revisión de la creación de Lewis Caroll. Mundo real TM frente a mundo onírico, en un combate donde la perfección y limpieza de línea clara tintiniana se convierte en trazo de pesadillas quizás más oscuras que las que el claroscuro de Burns se reserva para la realidad. Lynch y Burroughs en línea clara, delirios de visceralidad en húmeda secreción en un universo donde nunca hay una mancha. No está mal como primer bocado de un menú de tres platos que se antoja pantagruélico, aunque para estómagos poco delicados. Provocación, atrevimiento, osadía… todo parece estar en esta nueva propuesta de Burns de la que sólo se puede decir una cosa: muerde y deja con (muchas) ganas de más. Sin duda, es tóxica y engancha, ojo.
Lo mismo pasa con el último Arthur de Pins, que quizás se vea aquejado de ese síndrome propio de los autores que practican el humor, a saber, la continua y machacona repetición de que “hacer humor no es serio”. Que por mucho que se diga, explique y repita que eso del humor sí que es cosa seria, parece que juega siempre en segunda liga frente a los que hacen cosas sesudas y pensativas “de verdad”. Error que ha llevado a muchos dibujantes a intentar a callejones sin salida que aportan más ridículo y mofa que la esperada dignidad y reconocimiento. Y ese miedo se tiene cuando uno se encuentra frente a La marcha del cangrejo. Cuando uno ve que la cosa se aleja de los terrenos picantones que tan bien practica el señor de Pins, ya arruga el ceño. Cuando ve además que su estilo de dibujo ha cambiado, más. Pero cuando empieza a leer la cosa cambia y aparece la sorpresa, porque a primera vista lo que está planteando el francés es algo tan universal como una fábula moral. Con cangrejos, eso sí, que no era lo más habitual en Esopo o La Fontaine, cierto, pero no nos vamos a poner racistas a estas alturas (eso se lo dejo a los lectores belgas de Tintín), pero como Pins dibuja como los ángeles, hasta lo cangrejos tienen su gracia. No se puede evitar la sonrisa cómplice a medida que uno lee y cierta curiosidad malsana, porque lo leído parece demasiado evidente, parábolas bien conocidas (ayuda al prójimo, la superación personal…), algo infantiles, que poco a poco van enturbiándose y escondiendo otros mensajes más elaborados (la manipulación del individuo, las creencias axiomáticas…). Aquí hay algo raro… y justo cuando uno levanta la ceja, chimpón, se acaba el primer álbum. Y uno se queda interruptus con ganas de llamar al señor de Pins y exigir ya mismo la continuación. De momento, es buena cosa…

Crisis

Oigan, que releyendo los chistes que Manel Fontdevila hacía para el diario Público recopilados en ¡La crisis está siendo un éxito! uno llega a la conclusión de que lo de Manel no es humor. Es sentido común. A arrobas. Y que a este país/continente/planeta le iría seguramente bastante mejor si su clase política tuviera una mínima e infinitesimal parte del que derrocha este hombre todos los días. Resumiendo: que no encuentro mejor exposición de lo que ha sido, es y será esta crisis que lo que recoge Fontdevila en este volumen. Eso sí, recomiendo leerlo junto al ¡Indignaos! de Hessel (y hagan sitio para Reacciona), a ver si a base de pellizcos la gente se entera…

3 relatos, la historia secreta del hombre gigante

Me perdonarán, pero sigo con mis apuntes autobiográficos…
Recuerdo ver El asombroso hombre creciente en tele de blanco y negro, todavía impactado por una contrapartida menguante que me había dejado tan anodadado por la perfección técnica de sus efectos especiales (que todo sea dicho, me recordaba al Batman que leía en Novaro) como preocupado por los letales efectos de la radiación nuclear. Más que nada porque servidor era ya de por sí algo taponcete y mi doctor de entonces (lo de los pediatras no se llevaba), era de los de costumbre de pegarnos una pasadita por los rayos X mientras se fumaba un cigarrillo (hoy sería linchado sin piedad), por lo que comenzaba a preocuparme no ya sólo crecer, sino incluso tomar el camino inverso y encogerme hasta ridículos tamaños. Afortunadamente, la peripecia del Coronel Manning me trajo algo de esperanza, pensando que lo aleatorio de lo radiactivo podía jugar a mi favor. No sé si los rayos X del Dr. Real (que algo se parecía a Ray Milland, mire usted) tuvieron algo que ver, pero con los años pegué un discreto estirón en todas las direcciones del espacio. Algo se me pegó del Coronel Manning, mira, pero me quedé, además, con dos recuerdos grabados a fuego de esa película: a saber, que por qué a este hombre no le había dado por ponerse verde y bruto en plan David Banner/Bill Bixby –que también, por cierto, se veían en blanco y negro, lo que tenía su gracia- y qué cómo haría este gigantón para esas cosas cotidianas tan escatológicas pero comunes -además de otras cuestiones variadas sobre vida privada-.
El primero creo que es particular mío y debe ser una de las muchas causas insondables que llevaron mis huesos y carnes expandidas a una Facultad de Física; lo segundo es pensamiento casi vulgar me atrevería a decir, no por lo prosaico, sino porque creo que es común a todos los humanos, que por las razones que sean han tenido especial fijación por los gigantes. Desde Gigamesh y Goliat a Paul Bunyan y seguidores, la lista es interminable y la cultura popular ha sido siempre fiel reflejo de esa pasión, que se ha llevado a películas y tebeos con inusitado fervor. Basta hacer un pequeño ejercicio de memoria y los tebeos con gigantones aparecen como setas, desde superhéroes a señoras de buen ver afectadas de gigantismo (¡ay!, que nadie se olvide de la “Gran Chica” de Bruce Jones y Richard Corben), algunos truños del mismo tamaño que sus protagonistas, otros hasta muy buenos, pero reconozco que de todos, me quedo con la visión de Matt Kindt, que en breve aparecerá en España de la mano de Norma: 3 relatos, la historia secreta del hombre gigante. Podría dar razones de peso, pero este hombre ha demostrado ya sobradamente que es tan dotado experimentador en la construcción del relato como excursionista habitual de los entresijos de las series que van de la B a la Z (recuerden ustedes esa maravilla que es SuperSpy o las también brillantes pero desconocidas por estos lares PistolWhip), lo que repite en este acercamiento a la vida privada del hombre gigante. Lo que me ha atraído esta vez es que Kindt da respuesta cumplida a las preguntas que de pequeño me hice sobre el hombre colosal. Más que cumplida, excedida, porque el autor no sólo contesta a las dudas que todo hijo de vecino tiene sobre el tema, sino que aprovecha para bordar un bello relato sobre la exclusión, sobre ese mundo que no acepta lo que es diferente. Lo hemos visto mil veces, desde en los tebeos de mutantes a la más sesuda reflexión sociológica, pero Kindt sabe darle una visión distinta, no nueva, ojo, de hecho, se diría que intenta crecer desde los lugares comunes de la serie B lanzando guiños a leyendas, mitos, creencias y cultura pop. Eso sí, siempre comedido, restringido a ser fiel a esa parte “que nunca se cuenta” de las historias de hombres gigantes, construyendo una historia íntima desde los cimientos de la fantasía más desbordada, con mucho de nostalgia no de ese sentido ingenuo de la maravilla de la serie B, sino de la visión inocente del niño que las veía. Hay muchas visiones de la vida secreta de los gigantes, el cine ha dado muchas (aunque me quedo, y les recomiendo, la histriónica Big Man Japan del genial Hitoshi Matsumoto) y el tebeo no les digo, desde la ya citada de Corben y Jones a la reciente de Lili Carré, pero esta versión de Kindt es especial. Es bonita. (3+)

Cósmicos

En esto de las religiones, hay que reconocer que la mitología nórdica tuvo mala suerte. Si en lugar de Snorri Sturluson, las Eddas que contaban los hechos de los Aesir, Vanir y Jotuns hubieran sido dadas a conocer por Jack Kirby, es obvio que ni cristianos ni musulmanes se habrían comido un torrao y hoy los templos de adoración tendrían espectaculares y épicos altares con ilustraciones del profeta Kirby narrando la epopeya de los dioses nórdicos en lugar de episodios bíblicos o versos del Corán.
Y si no me creen, échenle un vistazo al reciente volumen de la edición Master Gold que acaba de editar Panini recopilando los Relatos de Asgard de Jack Kirby y Stan Lee. Una obra donde Kirby despliega sin freno esa capacidad única de llevar al papel la fuerza y la épica hasta reconvertirla en pura epopeya. Pese al espantoso recoloreado photoshopero lleno de brillitos y volúmenes de esta edición, capaz de destrozar la labor del dibujante más dotado, el trabajo de Kirby se convierte rápidamente en protagonista, conectando rápidamente con esa imaginación inocente que todavía cree en héroes y que se maravilla ante lo imposible. Por alguna razón ignota, el poderoso trazo de Kirby se convierte en una especie de llave maestra que desbloquea nuestra racionalidad consciente y adulta para imbuirnos de ese delicioso “sentido de la maravilla”, completamente entregados a una épica tan sencilla como contundente y disfrutable. Esa cósmica grandeza que impregna cada página y de la que uno se contagia con ganas, nos creemos esa mítica Asgard y nos refocilamos en ese disfrute inocente si se quiere, hasta infantil, pero maravilloso.
Nadie ha sabido trasladar al papel esa grandiosidad cósmica, esa épica incomensurable como lo hizo Kirby. El único que supo, más que heredar, aprovechar en cierta medida esa concepción de lo cósmico fue Jim Starlin. Es evidente que el grequiano estilo de dibujo de dimensiones imposibles de Starlin no podía llegar, ni de lejos, a transmitir la fuerza que conseguía Kirby en un único trazo, pero supo sacar partido de sus limitaciones para dotar a la serie de Capitán Marvel de un espíritu novedoso, que reconvertía el drama basado en el tradicional síndrome de último mohicano, ups, perdón, kryptoniano, a un terreno cosmológico donde lo infinito se transforma en carga dramática y donde la épica vital de Kirby es sustituida por una épica de la muerte. Un empujón en esa consideración adulta del género superheroico, esta vez ayudado de las obvias conexiones con la ciencia-ficción que permitía el personaje, que llegaría a su punto álgido con la novela gráfica La muerte del Capitán Marvel, casi un punto de inflexión en el género que parte de una idea tan bien conocida como paradójica: el superhéroe también es humano. Todos los poderes del mundo, todos los superhéroes del universo, un ser alienígena que contiene infinita energía, se muere de un vulgar cáncer, tan humano como cotidiano. Se pueden enumerar cientos de incongruencias en la idea y en el desarrollo, pero lo cierto es que Starlin supo escenificar un drama que funciona, quizás leído hoy chirrían un poco más los efectismos lacrimógenos, pero consigue hacer olvidar todas sus posibles incoherencias centrándose en la tragedia personal del alienígena Mar-Vell, logrando un hito desconocido en el universo Marvel: introducir la muerte como un elemento natural dentro de la mitología superheroica. No era nueva, cierto, y también se introdujo revestida de personaje a través de Thanos, pero abría una forma más adulta de tragedia dentro de los universos superheroicos que pronto se reconvertiría en simple y suculenta estrategia de marketing. A favor de Starlin hay que decir que la muerte que plasmó fue tan, tan dramática, que nadie se atrevió a resucitar al personaje (creo, que me corrijan los expertos), convirtiendo al señor Mar-Vell en el único pobre desgraciado que no ha resucitado… Vale la pena aprovechar el volumen Vida y muerte del Capitán Marvel que publica Panini en su colección Marvel Gold y recuperar esta obra de Starlin.

Logicomix

A ver cómo me explico: mientras que en su juventud algunos fueron hombres-lobo o frankensteins adolescentes, servidor se tuvo que conformar con ser un empollón adolescente. Cosa de la década de los 80, que recién estrenábamos entonces sin saber la avalancha de hombreras y movidas varias que nos vendría en breve y muchos años antes de que lo vampírico y licantrópico se convirtiese de verdad en cool-que-te-cagas para la horda adolescente. Uno era entonces empollón esférico: era empollón en cualquier dirección del espacio, se mirara por donde se mirara. Le daba igual a la historia que a la biología que a cualquier otra disciplina, pero ya comenzaba yo a tener especial querencia por las matemáticas. Tanta que, con apenas 14 años, me lancé a la lectura de Los principios de la Matemática de Bertrand Russell. Era una gruesa edición de Espasa-Calpe que todavía deambula por mi librería. Pensaba yo, por las lecturas de su biografía, que el tal Russell era algo así como el Dios de las Matemáticas y que servidor se desharía en placeres con la lectura del voluminoso tocho. No se equivoquen: más que demostración de superdotada inteligencia infantil, era de soberbia y estupidez adolescente, porque el libro de Russell me pareció un coñazo incomprensible. Lo que, todo sea dicho, guardé en secreto, no fuera que mi estima de empollón quedara en entredicho.
El caso es que, años después, tras haberme enfrentado en duelo sin fin con mecánicas cuánticas, espacios de Hilbert, álgebras de Lie y teoremas de completitud de Gödel varios, pensando que uno ya era ducho y experto en la lidia matemática, desempolvé el libro (inmaculado, todo sea dicho) para volver a leerlo. Y lo entendí, vaya que sí…. pero seguía siendo un soberano peñazo. No del todo, creo recordar brumosamente que incluso me lo pasé bastante bien con los capítulos filosóficos sobre lo infinitesimal y lo infinito… pero en su conjunto, era un rollo sólo apto para matemáticos “hard”. Todo sea dicho, y sin ánimo de compensar, reconozco también que otras muchas lecturas de Russell me han parecido tan apasionantes que, casi sin dudarlo, se puede decir que es una de las bases de lo que hoy puedo llamar “mis principios”.
Todo este aburrimiento biográfico es necesario como prólogo para entender lo que pensé cuando me enteré del proyecto de los griegos Apostolos Doxiadis, Christos Papadimitriou y Alecos Papadatos adaptando la biografía de Russell y la escritura de Los principios de las Matemáticas y el Principia Mathematica: “¡están locos estos griegos!”. Vamos, que tenía más posibilidades de ser interesante una adaptación al cómic de la guía telefónica que esto. Y eso que uno es muy dado a los tebeos didácticos sobre ciencia, como los de Jim Ottaviani, pero no, por esto no pasaba que ya había tenido suficientes traumas infantiles.
Pero mire usted por dónde, el libro comenzó a tener críticas muy positivas, que alababan lo entretenido de la propuesta de los griegos y lo bien hecho que estaba, bla, bla, bla… Y yo, que en esto soy siempre escéptico, volvía a pensar: “no me pillan, estos ni se lo han leído y quieren quedar bien como gafapastoso de pro nada más y nada menos que con Bertrand Rusell”.
Así seguí, convencido de mis argumentos, pero la lista de loas a Logicomix no hacía más que crecer y crecer, hasta que al final, un amigo matemático me dejó trastornado: me recomendaba a mí, “que te gustan los tebeos”, uno que se había comprado en los USA llamado Logicomix y que estaba genial.
Y caí, tiré de Amazon y me compré el libro de marras. Recuerdo que cuando llegó, lo primero en que me fijé es que tenía un volumen similar al del libro de Espasa-Calpe. Mal comienzo. Yuyu. Pero oigan, que comencé a leerlo y me lo zampé de un tirón. Y no sólo me gustó, es que me lo pasé bomba. Doxiadis, Papadimitriou y Papadatos lograban transformar la búsqueda de la verdad matemática de Russell en un documental apasionante sobre la historia de las matemáticas centrado en la figura del matemático, tan entretenido como didáctico sin caer en los excesos del manierismo pedagógico, con acertados guiños al lector que lo hacen cómplice de las dificultades del tema a tratar… Y sin una fórmula, acercando las matemáticas a los legos, transmitiendo la pasión de la investigación y la búsqueda del saber.
Formalmente no inventan nada, cierto: la composición es sobria (algún homenaje a DeLucca hay por ahí…) y el dibujo es correctamente tintiniano… pero conseguir mantener el el ritmo y el interés de la obra a partir de una conferencia es, en verdad, todo un logro nada desdeñable. Quizás en estos tiempos nos dejamos embelesar más por las piruetas compositivas y la innovación formal y no recordamos que se pueden hacer verdaderos alardes narrativos desde el minimalismo formal, como es el caso de este Logicomix.
Resumiendo: que se lo pasarán muy bien, oigan, no se la pierdan.

Jijé

Razones tendrá la cosa, pero lo cierto es que mientras el tebeo francobelga más humorístico ha estado siempre presente en nuestro país, con evidente éxito (Astérix, Spirou, Pitufos, etc), la línea más realista del tebeo francobelga ha sido casi siempre más ignorada. Siempre se han dado honrosas excepciones, pero lo cierto es que instituciones del tebeo realista del otro lado de los Pirineos como Hubinon, Jijé o Jacques Martín son por estos lares unos ilustres desconocidos, quizás porque por estos lares hemos sido más de la escuela americana realista: mientras que Buck Danny, Barbarroja, Tanguy, Alix o Jerry Spring apenas aparecían por los kioscos, Flash Gordon, Príncipe Valiente o El hombre enmascarado han tenido una presencia casi continuada.
Y es una verdadera lástima, porque al aficionado español se le niega la posibilidad de conocer a algunos de los autores más importantes de la historia del tebeo, como el caso de Jijé, de importancia decisiva para entender el tebeo adulto actual y del que difícilmente ningún aficionado español podrá decir mucho más allá de los tópicos conocidos: “el maestro de Moebius”, “Jerry Spring es el antecendente de Blueberry”… Frases hechas que en modo alguno hacen justicia al que posiblemente sea el autor más importante, junto a Hergé, en la construcción de la BD actual. Una trascendencia fundada no sólo en su obra, sino en la proyección e influencia que ha tenido. Recordemos brevemente que Joseph Gillian comenzó su carrera profesional en Spirou, la gran competidora del Journal de Tintin que con tanto éxito se publicaba en la Bélgica de los años 40 y 50. Tras la segunda guerra mundial, Dupuis se lanzó a la “reconquista” del mercado con un número especial firmado por nombres que revolucionarían el medio como Jijé, el debutante Jean Michel Charlier, Sirius, Hubinon, Morris, Maurice Tilleux… Excelentes autores entre los que destacaba con luz propia Jijé, encargado entonces de series como Valhardi, Christophe Colomb o la continuación del Spirou de Rob-Vel, que creó un estudio en Bruselas en el que se rodeó jóvenes dibujantes provenientes del dibujo animado: Franquin, Morris, Will y Eddy Paape, formando un equipo que pronto se conocería con el nombre de Escuela de Marcinelle, en contraposición a la Escuela de Bruselas liderada por Hergé. Aunque muchos siguen pensando en la Escuela de Marcinelle como la línea Franquin, la realidad es que fue Jijé el gran inspirador e impulsor de este grupo, eje fundamental de lo que sería la revista Spirou, que poco a poco dejaba atrás la era dirigida por Jean Doisy para lanzarse a una nueva forma de entender la historieta bajo la dirección de Yvan Delporte. Fue el responsable de que Franquin pasase a Spirou comenzando una carrera magistral, de que Morris iniciase Lucky Luke en el almanaque de 1947 de la revista o de que Hubinon se dedicase a Blondin et Cirage. Poco a poco, abandonó toda su ingente producción en la revista para dedicarse a partir de 1955 a una de sus creaciones Jerry Spring, donde plasmaría su magistral concepción de la historieta. El cowboy llenaba el hueco del género western que había dejado la desaparición en la revista del Red Ryder de Fred Harman con una visión renovada, que heredaba los conceptos canónicos marcados por Harman o el Cisco Kid de Salinas (con el que tiene no pocas conexiones), pero los reinterpretaba con un grafismo y narrativa visual heredados de Caniff, creando una serie que no perdía de vista su objetivo de entretenimiento juvenil (gracias además a la colaboración en los guiones de autores como Maurice Rosy, René Goscinny o Acquaviva entre otros) pero que rompía los esquemas habituales del género introduciendo una mayor dinámica, una concepción más abierta de la aventura con toques humanistas – que sentaría la base de lo que sería una de las grandes obras maestras del tebeo mundial, El teniente Blueberry de Charlier y Giraud- y, sobre todo, una concepción gráfica que bebía tanto de los escenarios cinematográficos como de los seriales televisivos que Jijé pudo ver durante su breve etapa en los EE.UU. Una serie y un autor que influenciaría de forma decisiva a autores como Moebius (alumno aventajado de Jijé, que trabajó en Jerry Spring igual que su maestro terminó colaborando en alguno álbumes de Blueberry), Derib, Hermann o Mezieres, aumentando si cabe la importancia de Jijé.
Por desgracia, en España la serie apenas se publicó. De los más de veinte álbumes de la serie que firmó Jijé, tan sólo se llegaron a publicar aquí un puñado por iniciativas de Editorial Molino (que publicó tres álbumes), SEPP Mundis (1 álbum) o RO Ediciones (1 álbum). Una inexplicable ausencia que la edición de Ponent Mon del primer integral de la serie en blanco y negro resuelve levemente. Con una excelente edición, calcada de la francesa, el primer volumen recoge las cuatro primeras aventuras del personaje (Golden Creek (Le secret de la mine abandonnée) 1955, Yucca Ranch 1955, Lune d’argent 1956 y Trafic d’armes 1957), en cuidado blanco y negro siguiendo los deseos del autor, que siempre indicó sus preferencias por publicar sus dibujos sin color (no es la primera vez, en los años 70, en vida del autor, se reeditó ya en este formato) y con una excelente (aunque polémica) introducción de Philippe Capart que quizás tiene como mayor problema su elevado precio. Cara, quizás demasiado para un mercado tan pequeño como el español, pero precisamente consecuencia de ese reducido tamaño, creando un círculo vicioso del que es difícil salir. Esperemos que no sea un impedimento y que esta edición pueda seguir en un futuro hasta completarse.
Un autor tan imprescindible como Jijé merece ser conocido en nuestro país.
Enlace:
Jijé parodiando a Jijé
Una curiosidad: las pinturas de Jijé

Un verano insolente

¡Fíjese usted cómo avanzan las ciencias! Decían los tebeos de entonces a la primera de cambio. Y las películas, y lo que se terciara, porque verdad es que muchas veces la ciencia semeja más a magia que un conjunto ordenado de leyes y mecanismos. Como la química, capaz de predecir cómo reaccionar los elementos para formar los compuestos más complejos de la naturaleza. Pero mire usted, oiga. Con toda esa ciencia a las espaldas y en lo que a química autoral se dice, seguimos en la época de búsqueda de esas extrañas piedras filosofales que transforman en oro todo lo que tocan. Son raras de encontrar: toman la forma de guionista y dibujante en apariencia pero, en la práctica, se entrelazan de tal forma que dan lugar a un autor único, indistinguible en sus componentes, perfecto en la coordinación de sus actos hasta tal punto que hablar de quién puso las palabras y quién los dibujos es irrelevante. Pasa pocas veces, pero cuando pasa es de esos momentos en los que hay que hacer reverencia con genuflexión y volteo de sombrero.
Aunque claro, uno siempre un poco escéptico como ordenan los cánones científicos, siempre piensa que las extrañas leyes que coordinan esta química autoral deben ser tan sutiles y complicadas que su estabilidad es mínima, siempre a punto de desvanecerse. Pero no, son mucho más fuertes de lo que parece, y si no que se lo digan a Denis Lapière y Rubén Pellejero, que con Un verano insolente vuelven a demostrar que lo ocurrido con Un poco de humo azul o El vals del gulag no era pura coincidencia. Era uno de esos insólitos e inspirados casos de perfecta química autoral, funcionando a la perfección para conseguir una obra de esas que se recuerdan y apetece siempre volver a leer. Que se deben, eso sí, disfrutar con sosiego, sin premuras ni impaciencias. Hay que paladear cómo cada viñeta de Pellejero sabe envolver los diálogos de Lapière. Hay que deleitarse comprobando cómo el guionista conoce a su dibujante y le deja momentos de lucimiento. Trabajo conjunto que se va al México de Diego Rivera, Edward Weston y Tina Modotti para crear una historia que habla de libertades, de cómo las individuales y colectivas se entrecruzan entre sí sin miramientos, de cómo las libertades de palabras muchas veces cuestan en la hora de los hechos. De libertinajes, liberalismos, liberadores, librepensadores, libérrimos, libertinos y libertarios. De las ambigüedades de una palabra y un concepto que muchas veces le viene grande a los hombres. Y, de paso, del arte y sus circunstancias. De los creadores que buscaban la utopía y se encontraron con la realidad. Y todo con la sorna de ser simple protagonista de la conversación de un borracho.
Un tebeo excelente, que sufre de nuevo la manía de los editores españoles de ver las obras francesas a través de una lente reductora. Afortunadamente, en este caso la reducción de las páginas de Pellejero no sufren tanto comparado con su anterior obra publicada en España, al tener menos viñetas por página, pero sigue siendo una lástima que se opte por la reducción. En cualquier caso, un tebeo para leer muchas, muchas veces. (3)

Fagocitosis

Definir Fagocitosis implica, casi de forma obligada, asumir que los límites que se pudieran establecer entre los mecanismos inherentes del mass media han quedado definitivamente destrozados por la vorágine globalizadora. Si algo se puede o debe achacar al siglo XXI es que la famosa frase de Robert Guerin que establecía que la compososición del aire que respiramos incluía definitivamente tanto oxígeno como publicidad ha quedado superada y enterrada. La publicidad ya no es algo que respiramos, se ha convertido en parte genética del pensamiento, en un elemento indivisible a cualquier experiencia humana. Pensamos con pausas publicitarias y con infinitos elementos de publicidad encubierta. La creación, ya sea artística o filosófica, poco importa, se ha convertido en un extraño mecanismo donde las influencias globales se confunden para dar lugar a mensajes que no tienen empacho en reconocer su inspiración bastarda. Más que nunca, el medio es el mensaje como indicaba McLuhan.
Un siglo de turbulencias en el que Fagocitosis desembarca proporcionando una extraña sensación de naturalidad pese a la osadía de su planteamiento formal. Denuncia brutal y sin paliativos de esta sociedad capaz de atender al desastre financiero mientras consume tranquilamente en el Mac Donalds, Fagocitosis se estructura a modo de ejercicio de conexiones, en el que los pensamientos se van hilando por comparación insconciente, como en esos juegos psicológicos donde hay que decir la primera palabra que se nos ocurra ante una idea. Cada conexión, cada idea, un capítulo, elaborado desde un elemento distinto y muchas veces discordante del aluvión de información que nos ataca diariamene. De Youtube a una de esas cutres presentaciones de power point que se abren haciendo “pop” saturando nuestro email, desde una historieta de cómic-book a un cartel publicitario. No hay límites, todo es válido en la sociedad 2.0 que vivimos y la historieta debe asumir que es obligatorio contaminarse de ese espíritu de hibridación globalizada, tal y como proponen Marcos Prior y Danide, jugando con actualidad, denuncia, ficción, filosofía y una omnipresencia mediática de la publicidad, que transforma los mensajes reflexivos en compras compulsivamente reflexionadas.
Sin duda, uno de los álbumes más sorprendentes, sugerentes y atractivos que se han publicado este año, constatación de la inquietud y ambición de un guionista como Marcos Prior, que desde aquél lejano Oropel o el excelente rAu ya daba razones para seguirlo, pero que aquí encuentra un especial estado de gracia. Muy, muy recomendable. (4)

Body World, de la geografía física a la geografía emocional

Si en Ombligo sin fondo la inclusión y uso de elementos cartográficos como recurso narrativo llamaba poderosamente la atención por su sorprendente transformación simbólica, en Body World, la nueva obra de Dash Shaw que nos llega de la mano de sin sentido y Apa Apa, crece hasta alcanzar la categoría de obsesión total. A través de un relato enmarcado en una indefinible categoría próxima a la ciencia-ficción con ecos tanto de gloriosas películas de serie B, como El pueblo de los malditos o La invasión de los ultracuerpos, como de más modernas, desde Brainstorming a, sobre todo, la injustamente olvidada Días extraños de Kathryn Bigelow, Shaw da rienda suelta a su exploración de la geografía como elemento nuclear y reiterativo de la existencia humana, lanzando ideas y conceptos que relacionan la geografía física con la geografía emocional. Body World, Cuerpo y Mundo, dos conceptos lejanos que Shaw une a través de la taxonomía cartográfica mediante una obsesiva experimentación en la que la atípica composición de página -en el original digital una larga sucesión vertical de tiras de tres viñetas- se ve modificada espacialmente por el propio escenario omnipresente, representado en un mapa del que los ciudadanos de la extraña ciudad de Boney Borough no pueden salir. Un mapa físico que es contrastado continuamente con el simbolismo del cuerpo como mapa emocional también claustrofóbico, en el que los sentimientos están atrapados. Una situación paralela que Shaw dinamitará con un elemento de digresión ajeno a todo: una pequeña planta, unas hojas que utilizadas como droga romperán esos límites cartográficos para unirlos en uno sólo: la cartografía física se confundirá entonces con la cartografía emocional individual para lanzar un ente colectivo nuevo y distinto. Un punto de partida perfecto para que Shaw realice un sugerente análisis del propio concepto de identidad emocional y de ideas como la intimidad, los secretos y la relaciones establecidas a través de secretos, enlazando directamente con su anterior obra, Ombligo sin fondo, esta vez desde una perspectiva que incluye una visión aterradora del colectivo, muy próxima en paradigmas y propuestas a las ideas formuladas por Charles Burns en Agujero Negro.
Pero, sin duda, si interesantes son los atrevidos planteamientos argumentales de Shaw, de una riqueza indiscutible nacida totalmente de los subterráneos de la cultura pop, más lo es su atrevimiento formal. Body World nace como cómic digital hace ya más de dos años, con un planteamiento estético donde el ritmo narrativo se ve completamente influido por la elección de un formato de lectura vertical en el que Shaw plasmará todo tipo de usos narrativos. Es cierto que muchos no son originales de forma aislada, pero la osadía de Shaw a la hora de combinarlos es increíble: desde el uso de elementos cartográficos de forma continuada y obsesiva, heredado del maestro Ware, a la descripción de la pérdida de la identidad individual a través de la superposición de los perfiles/mapas de los personales, exprimiendo al máximo –e incluso dando sentido- el recurso que Ditko creara para el personaje de Shade hace décadas. A lo que hay que añadir un transgresor uso del color, a mi entender completamente rompedor, basado en el uso de la oponencia cromática como elemento de violencia emocional y de la transición cromática como elemento de ritmo narrativo, algo que por desgracia se pierde en la versión en papel.
Existen, pese a todo lo destacable, algunos peros: el primero, derivado de la transición de una obra originalmente digital a papel. Aunque la excelente y cuidada edición de Apa Apa y Sins Entido (idéntica a la americana), intenta trasladar los mecanismos de lectura vertical del navegador de internet al papel, existe una quiebra del ritmo narrativo original. Recuerdo perfectamente que cuando leí la obra en internet, la sensación de velocidad de lectura era mucho mayor, de un ritmo mucho más ágil, sincopado en algunas secuencias. En estos tiempos de reivindicación de publicación en formatos originales de tamaño y color, quizás debamos extender estas peticiones también a las obras que nacen en un formato digital. A lo que hay añadir que es muy incómodo leer en vertical un volumen de este tamaño (aunque ya lo era algo mucho menor y similar como el Vertical de Seagle y Allred).
El segundo, que Shaw sigue teniendo problemas para mantener la integridad de la obra: todavía existen momentos donde el ritmo decae, en este caso, por cierta sensación de déjà vu de algunas secuencias y por una estructura más dispersa en la última parte del relato. Un problema que de nuevo vuelve a ser menor ante la potencia del planteamiento argumental inicial y la originalidad de su desarrollo, apasionante en muchos momentos y, sobre todo, con propuestas reflexivas sumamente interesantes.
Una obra sumamente recomendable (3+).

Polina

Comenté en su día que Amistad Estrecha me había decepcionado, que desprovisto Bastien Vivès de esa especial capacidad para transmitir emociones y sensaciones, su obra quedaba mermada, excesivamente ingenua y conocida, como ya ocurría con la primeriza Elle(s). Pero Vivès me sigue pareciendo llamado a hacer cosas grandes, muy grandes en la historieta, por lo que no he tenido ningún problema en lanzarme a devorar su siguiente obra, Polina, recién salidita del horno chez Casterman.
Y qué maravilla.
Triple pirueta mortal sin red, ahí es nada. Primera vuelta, en un simple y delicado bitono, dejando que las masas de negro y el trazo se muevan limpios en la página. Segunda vuelta, sin artificios narrativos, una composición sencilla y discreta. Tercera vuelta: lidiar en la arena de las historias íntimas y privadas del maestro Baudoin. Ejecución perfecta, giros impolutos, recepción en el suelo sin apenas violencia, dejándose llevar. Aplausos. El público en pie, pidiendo más.
Pero que la perfección de la ejecución no oculte la inspiración de la historia que cuenta esta vez VIvès, la de la joven bailarina Polina Oulinov, entregada a la danza desde que era apenas una niña, en cuerpo y alma. Una historia construida a través de silencios, de decisiones calladas, de renuncias. Que sigue la relación entre la niña que llega a mujer y su férreo profesor Bojinski, en una historia prohibida que rezuma sensualidad en apenas unos gestos unas miradas. Y Vivès, excelso, dejando que los cuerpos sean de nuevo los que manden las expresiones y sensaciones. Fijando gestos apenas perceptibles. Miradas furtivas de culpa, de pasión contenida. Construyendo una olla exprés de sentimientos que nunca llega a explotar, manteniendo una tensión inaguantable escondida tras la bambalina de la historia. Contenida, apenas vislumbrada en esos silencios, pero omnipresente, opresiva.
Sigue las enseñanzas de Baudoin con mimo y escrupuloso respeto, pero pronto se revela como un alumno superdotado capaz de rebatir al maestro las enseñanzas. Vivès y Baudoin viven la misma relación de tensa admiración que Polina y Bojinski. Se unen, se abrazan, bailan juntos, aprenden y se admiran, se separan…pero no pueden estar apartados. Y en Polina, se desata esa pasión con un dibujante en estado de gracia, capaz de llevar al papel la danza como pocas veces hemos visto, capaz de exprimir esa sinestesia que afloraba en cada viñeta de El Gusto del Cloro para que oigamos la música, que leamos la partitura a través de unos cuerpos en movimiento que acaparan toda la atención en un espacio sin fondos, blanco, sólo marcado por una gestualidad corporal apenas esbozada con un par de trazos donde siempre contrasta la fina línea con gruesas masas de oscuridad.
Un álbum hermosísimo. Impactante. Para degustar en silencio, dejando que la música y el movimiento emanen de él con la naturalidad que sólo Vivès es capaz de transmitir. Edita en Francia Casterman y es de esperar que pronto veamos su edición española cortesía, espero, de Diábolo. (4)

Celluloid

Que un cómic erótico decepcione tiene muchas lecturas, lo reconozco. A fin de cuentas, los objetivos de un lector de cómic erótico pueden ser bien variados. Y todos dignos, oigan, que a estas alturas no nos vamos a poner pejigueros y tan gratificante es el placer intelectual para el espíritu como el onanista para el cuerpo. Y digan lo que digan, los placeres del cuerpo también lo son del espíritu y viceversa. Pero el caso es que en mi caso – que ustedes se lo crean o no, busco la parte más espiritual en la lectura erótica- la lectura de Celluloid, la nueva novela gráfica de Dave McKean, ha sido bastante decepcionante. Partía con buenas intenciones: me gusta mucho el estilo gráfico de McKean y me gusta su manera de abordar la inquietud creativa… pero aquí la cosa no funciona. Primero porque creo que su estilo de dibujo, entre el trazo visceral y el collage de dibujo y fotografía, le pega poco a las intenciones. Lo segundo, porque lo leído es una especie de pastiche que a ratos recuerda a un tanto a una enésima Eyes Wide Shut como a una versión descafeinada de Gothika sin Halle Berry, todo bien a arregladito a modo de previsible Rosa Púrpura del Cairo por no dejar los símiles fílmicos.
Resumiendo: que me he aburrido como una ostra. Me sigo quedando con Laura, Moore y Melinda y demás.
Seguimos, con ganas, a la espera de Calligaro.

La bella huida

Todavía estamos discutiendo qué es una novela gráfica y ya llegan propuestas de post-novela gráfica como La bella huida, de Hedoi Etxarte y Alain M. Urrutia (Alberdania), un ejemplo de hasta qué punto el lenguaje de la historieta está vivo y en evolución constante, superando a todos aquellos que intentamos debatir sobre el tebeo y dejándonos atrás.
Una obra capaz de sorprender en todos los frentes a los que se asoma, desde lo argumental a lo formal. Un escenario de fondo de propuesta apasionante: una ucronía donde la guerra de sucesión tuvo como consecuencia que, en la actualidad, el País Vasco junto con Cataluña son dos republicas más de la poderosa República Federal Francesa, donde el nacionalismo abertzale es de extrema derecha y busca la secesión y posterior anexión con España. Una forma sencilla en la composición (prácticamente siempre de dos viñetas por página), pero que lanza constantes lazos a la sociedad 2.0 con referencias bibliográficas, enlaces de internet y, sobre todo, una imbricación completa de todos los medios: periodismo escrito, imagen, texto, historieta, se mezclan sin prejuicios para ofrecer la sensación de globalización total de los mass media que nos envuelve y oprime. Un juego que se complementa con blogs de los protagonistas y continuas referencias de actualidad política sutilmente (y, en ocasiones, con mucha socarronería) trastocadas, todo acondicionado para acoger la verdadera historia que hay tras La bella huida: qué queda del juego de la seducción y del enamoramiento en esta sociedad hipermedia. Una propuesta sugerente que los autores sacan de su círculo privado, interrogándose sobre la viabilidad de las relaciones personales en este nuevo contexto de realidad donde el exceso de información sobrepasa al individuo para convertirlo en parte de una nueva identidad colectiva conectada hasta tal punto que intimidad y sociedad se confunden. El constante contraste entre ficción política y realidad personal se va entretejiendo hasta que ficción y realidad construyen un discurso único en el que se diluyen entre sí, aportando al lector un tsunami de ideas para la reflexión que van desde el entorno más personal al político.
Propuestas sugerentes que encuentran, a mi entender, dos pegas para no encajar a la perfección: la primera, obvia, es que estamos ante una obra que pide a gritos ser publicada en un formato digital, que haga verdadero uso de todas las posibilidades de conectividad que la obra propone, donde el dibujo hiperrealista de Urrutia choque con la realidad digital a golpe de hiperlink. La segunda, más compleja de evitar, es que el escenario político en el que se desarrolla la historia de Joanes y Olga es tan sugerente, que en muchos momentos se convierte en protagonista absoluto de la historia, anteponiéndose al mensaje inicial que quieren lanzar los autores y creando cierta confusión narrativa aparente ante un lector que quiere seguir investigando esa realidad alternativa, pero debe seguir enganchado a la historia original. Dos objeciones que, pese a todo, no impiden disfrutar de la atrevida y muy recomendable propuesta de Etxarte y Urrutia. La obra se publicó hace un año en euskera y la editorial saco hace un par de meses ediciones en castellano y catalán. (2+)

Hágase el caos

Decía mi profesor de historia de 1º de BUP (para los más jóvenes, el equivalente a lo que ahora es 3º de ESO… ¡qué triste es tener ya que explicar estas cosas!) que la historia era la aventura más apasionante. Tenía razón el Carlitos (que, por cierto, era un grandísimo profesor, tanto literal como académicamente), aunque no es que la frase sea original ni suya: la historia es fascinante. Primero nos gustaba por la épica de las batallas y, algo que nunca me explicaré, por lo militar: coleccionábamos los cromos de “Grandes Batallas” y de “Armas de la historia” con pasión cuando éramos niños. Luego, con el tiempo, nos fuimos dando cuenta de que la historia era mucho más y que escondía una complejidad casi imposible de abarcar. Y que las historias de los conflictos humanos eran como decía mi profesor, apasionantes. Digo esto porque a veces pensamos en el “género histórico” como una especie de ficción, cuando de lo que estamos hablando es, precisamente, de nosotros. De una especie de autobiografía colectiva que nos marca como sociedad de la que se puede aprender muchísimo. Y da igual que la aproximación sea realista o de ficción, en ambos casos se pueden citar grandes obras. Sólo hace falta que el autor sea lo suficientemente inteligente como para saber sacar jugo de esa historia. Una característica que, en el caso de Felipe Hernández Cava, el mejor guionista de tebeos que tenemos en este país, se cumple por exceso, como bien demuestra con Lux, la primera entrega de Hágase el caos, su nueva obra junto a Bartolomé Seguí (bonito título, aunque no sé si me gusta más el original francés, Les racines du chaos). No me gusta mucho hablar, por norma, de series que tienen una estructura cerrada de varias entregas sólo habiendo leído la primera, pero me perdonarán ustedes, que este caso tiene bula.
El envoltorio ya de por sí es atractivo: un complot para asesinar al Mariscal Tito durante una visita a Inglaterra en 1953, presentado a modo de intrigas de espionaje con sutil aroma a Le Carré (uno no puede evitar esperar que Smiley aparezca en cualquier momento al volver la página), que ya de por sí, justifica la lectura del álbum. Pero lo que viene detrás es mucho más interesante: un análisis de la compleja y enmarañada historia de los Balcanes, núcleo gordiano de la política europea durante el siglo XX y con la figura de Tito como lugar común. De momento en este primer álbum, Cava coloca las piezas de esta partida de ajedrez con destreza, ayudado por un inspirado Seguí que tiene que lidiar con el regalo envenenado que le da su guionista: una labor de documentación que se adivina puntillosa y prolija y un guión cargado de necesario texto y muchas viñetas pequeñas. Pero Seguí consigue hacer malabares y equilibrios en la punta de un alfiler para conseguir que no sólo todo quede perfectamente unido, sino que además funcione con precisión suiza para dejarnos a la espera de la siguiente entrega.
Que esperemos sea pronto. Recomendabilísimo.

Padres ausentes y jóvenes insurgentes

Tengo 44 años. Justo el doble que Pablo Muñoz cuando escribe su ensayo Padres Ausentes. Las casualidades matemáticas son así: 44, 22, mejunje de números pares. Justo esa distancia que se suele decir de “una generación”, aunque la realidad marca que en este ya siglo XXI, a velocidad de internet, 22 años son casi la distancia entre el momento que un cavernícola hizo fuego por primera vez y el día que Neil Amstrong pisó la Luna. Lo digo para justificarme, más que nada, porque antes de leerlo, no pude evitar pensar que era mucho atrevimiento para alguien tan joven escribir un libro, aunque fuese breve. Un pensamiento que algunos fundamentan en aquello de que sabe más el diablo por viejo que por diablo, pero que es realmente un simple mecanismo de protección evolutiva, de macho viejo y achacoso frente al nuevo macho joven y vigoroso que quiere convertirse en el macho alfa de la manada. Una costumbre de la naturaleza que hoy mantenemos transformada en obligación militar de respeto a la jerarquía por edad, por el simple hecho haber vivido un poco más. Así nos va, porque si uno se quita ese velo de estupidez de la cara, descubre que esa juventud no sólo tiene ideas nuevas e interesantes, sino que las argumenta de forma brillante, como hace Pablo Muñoz en su ensayo, a medio camino entre lo autobiográfico y lo académico. Vale, no comparto su pasión por Millar, Lethem y Chabon (¡Ay! De nuevo, me temo, la distancia generacional), pero la conexión que encuentra es sugerente y no puede despreciarse con facilidad, porque la fundamenta con tino e inteligencia, a través de una línea de reflexión que une el cómic con la cultura popular contemporánea de forma ineludible.
Interesante, ya digo.
Sin embargo, hay algo que me ha atraído mucho más, si cabe, del ensayo de Pablo Muñoz (más conocido en la blogosfera como Alvy Singer): su parte autobiográfica. Precisamente la que puede dar lugar a más crítica y reproches (“¡qué tendrá que decir un jovenzuelo, por favor!”), pero en la que he encontrado algo que rompe todas las diferencias generacionales y las unifica: la pasión por los tebeos. Con todas las diferencias personales, familiares, generacionales y demás que se quieran enumerar, la descripción que hace el autor del descubrimiento de los tebeos, de cómo casi aprende a leer con ellos, de cómo centraban su vida y cómo los buscaba…es casi exactamente la que yo viví veintidós años antes. Él habla de Armaggedon 2001, la Muerte de Superman o Spiderman y la saga del clon y, después, del impacto de Preacher, Hellblazer o Miller. Yo viví primero los tebeos de Bruguera, Astérix o Novaro y, después, el impacto de las revistas de los 80, del 1984, TOTEM o CIMOC. Pero, en el fondo, ese arrebato, esa curiosidad desatada, era la misma: la pasión por los tebeos. Una pasión que, además, nos contagió el placer de la cultura.
No creo que sea una simple coincidencia entre dos personas: creo que es lo que hemos vivido muchas, muchísimas personas que somos locos aficionados por los tebeos. Y me alegra ver que esa pasión no depende de las edades o de las lecturas, que el tebeo las provoca más allá de las diferencias de edad, de conocimientos o de lo que sea.
Es la gran maravilla de los tebeos.
Y ojito con los jóvenes. Que vienen con fuerza, saben y tienen ganas de demostrarlo. Démosles paso con confianza, que saben mucho más que nosotros. Nos irá mucho mejor. Y aprenderemos mucho, mal que nos pese reconocerlo a los abuelos.

Edén

Yo no hubiera publicado Edén como un libro, la verdad. No tengo muy clara la argumentación, no se crean ustedes, es algo más empírico que racional. Yo lo hubiera publicado en forma de esos almanaques en taco – ya un poco demodés, cierto- que llevan en cada página un sudoku o una viñeta de Peanuts o de Mafalda. Así, antes de empezar a trabajar, uno lee tranquilamente la entrega diaria de este particular y extraño Edén, esta mezcla de ideas e inspiraciones que bien han relacionado con los haikus japoneses. Días habrá que uno se levantará con el pie torcido y pensará “¡qué cursilería!” o “¡qué chorrada más grande!”. Pero también, otros, leerá quizás la misma historia y pensará en la extraña y delicada belleza que tenía la historia. O simplemente exclamará un “qué hermosura!” y se pasará un día un poco más feliz. Y así, día tras día, Edén tomaría su ritmo y función verdaderos, lejos del mundanal ruido y velocidad que impone un libro, que obliga a leer una detrás de otra todas las historietas en una cadencia que poco favor le hace a la obra de Kioskerman. Las ideas, las metáforas, las greguerías gráficas que propone se deben tomar en pequeñas píldoras, degustarlas con tranquilidad y relajación y no con gula que llevará al empacho indigesto.
Mi recomendación para leer Edén es que tengan el libro a mano y que cada día lean una página al azar. Da igual que al final se repitan historias, no hay dos días que tengamos el humor igual y la lectura será completamente distinta. Ya verán ustedes como vale la pena hacerlo así y como, al final, uso se acostumbrará a estar todos los días un poquito en este particular Edén.

Hellboy: la cacería salvaje

Lo he dicho muchas veces y me repito como el ajo antivampiros: soy de los del bando Hellboy. Hago confesión pública antes de decir nada porque creo que rojo demonio creado por Mignola genera tantas pasiones como aburridos bostezos. Y lo entiendo. Para algunos, el universo de Hellboy es fascinante: una especie de pastiche autoconsciente de su existencia, que es capaz de fusionar sin vergüenza ni prejuicios los mitos y leyendas esotéricas de la cultura popular clásica con esa nueva encarnación pop del siglo XX que reescribe el terror en términos de confabulaciones, pero sin perder un delicioso aroma folletinesco. Aunque ya digo, entiendo que para muchos sea un aburrimiento soberano, porque aunque Mignola sea un dibujante de grafismo atractivo, aunque sus tebeos tengan ritmo y sean de lo más entretenidos, es verdad que repite esquemas y planteamientos continuamente. Vamos, que incluso servidor, que es fan del personaje, muchas veces no tiene muy claro si está leyendo una entrega nueva o releyendo una antigua, para qué negarlo. Y claro, si uno es fan, fan, fan, pues oigan, que le da lo mismo una que dos tazas. Pero si no lo es, los bostezos se escuchan hasta en Sebastopol, lógico.
Sin embargo, su nueva entrega, La cacería salvaje representa una radical ruptura de esta línea. Acompañado del siempre espectacular Fegredo, Mignola parece buscar un nuevo camino a las aventuras de Hellboy, que si bien es consistente y coherente con todo lo leído hasta ahora, abre un amplísimo abanico de nuevas posibilidades a la serie, entroncando la mitología pop propia de Hellboy con la de los jugosos mitos artúricos. Una atrevida jugada, muy sorprendente cuando estamos ante un icono de proyección mediática y comercial establecida, pero que puede ser muy interesante. De momento, el primer volumen de esta nueva saga aporta una mayor introspección del protagonista, un mayor desarrollo de personajes, a costa eso sí de perder algo de ese humor socarrón que caracterizaba la serie. Puede no ser importante según cómo derive la serie, pero hay que estar atentos, porque puede hacer también que la serie se lastre de forma irremediable, ya veremos. Esas chispas de humor formaban parte indisoluble de la personalidad del personaje.
Resumiendo: si sois fans, una entrega entretenidísima que aporta sorprendentes giros. Si dejasteis la serie por aburrimiento, dadle una oportunidad que la cosa se pone interesante… (2)

Rabo con almejas

Cuando leo sobre lo provocadores que son autores como Garth Ennis, Mark Millar o Warren Ellis, lo bestias que son, etc, etc, no puedo evitar que me vengan a la mente automáticamente colegas patrios de la talla de Álvarez Rabo, Pedro Vera, Miguel Ángel Martín o cualquiera de los dibujantes del TMEO. Y comparo, claro. Y en ese combate, oigan, no es que los de aquí ganen por K.O. técnico, es que se los meriendan en bocadillo de pan de a cuarto bien relleno, con olivitas, cacaos y cervecita, dejándolos a la altura de marisabidillos escandalosos de patio de recreo. Es posible que los antes citados sean azotes de mentes bienpensantes para la rancia mentalidad puritana anglicana, y que tengan buenos tebeos, que los tienen, pero destacarlos por su capacidad de provocación tiene algún problemilla: sólo un par de páginas de A las mujeres no les gusta follar o del Analfabetos de Álvarez Rabo almacenan más provocación y mala leche (condensada) que toda la producción de estos guionistas. Y si no me creen, háganse con el recopilatorio Rabo con almejas que acaba de publicar La Cúpula, donde este (supuesto) dependiente de zapatillas de El Corte Inglés demuestra con desfachatez que es capaz de hablar de cualquier tema sin pelos en la lengua y metiendo el dedo en el ojo ajeno con especial insidia. Ya sea hablando de sexo, política, la situación del País Vasco, religión, la monarquía, gastronomía, educación, economía o la biblia en pasta, Rabo se erige en flagelador inmisericorde de la corrección política, en un francotirador acertado que dibuja con el rabo historietas que, más que historietas, son sopapos en toda regla. De esos de “¡despierta chaval!”, que dicen lo que todos alguna vez hemos pensado pero a nadie se le ocurre decir por aquello del qué dirán. Y como el qué dirán se la refanfinfla al señor Rabo, se dedicas a repartir hondonadas de ostias manquiñianas en forma de historietas dibujadas en tiempo récord (Guiness).
Tras su suicidio creativo hace ya casi una década, Rabo vuelve en forma de libro a todo lujo, en cartoné y papel del bueno. Vamos que sólo le faltan las letras doradas. Un contrasentido aparente o una especie de ironía post-mortem malvada, que cada cual elija.
Servidor, por lo menos, se confiesa rabero. Seguidor de Rabo. Don Álvarez Rabo, digo. Y Rabo con almejas, tebeo del bueno. Dibujado con el rabo, of course. ¿Y?

Egypt (el de Peter Milligan)

Las cosas de las coincidencias: Planeta DeAgostini publica Egypt, recopilación de la miniserie de Vertigo Voices firmada por Peter Milligan, Glyn Dillon y Roberto Corona, justo cuando el país vive una revolución sin precedentes en la historia, que consigue derrocar a Mubarak tras tres décadas en el poder. Que yo sepa, no hay relación alguna entre ambas cosas. Creo.
Al caso. Disfrutar de esta edición requiere de dos condiciones previas a la lectura, a saber:
1) Si está usted o usteda comprando la edición española…NO MIRE BAJO NINGÚN CONCEPTO LA PORTADA.
2) Piense usted o usteda que está leyendo una historia apócrifa de John Constantine.
La primera condición es indispensable. Sabido es que una portada tiene como función ejercer de canto de sirena que atraiga al lector despistado, pero la edición española que recopila los seis números de esta miniserie tiene exactamente el efecto contrario. Recordaba con agrado la lectura de la serie cuando apareció originalmente en Vertigo, hace la friolera de quince años, pero debo reconocer que la portada elegida para esta edición es tan, tan horrenda (vale, sí, las portadas de la miniserie original tampoco es que fuesen muy originales, pero alguna había pasable) que creo que mi cerebro la bloqueaba y ocultaba a la vista tan perfectamente que tuve que pedirla a mi librero. A lo práctico: los interesados en comprar el tebeo se lo piden al librero y éste, cuidadosamente debe guardar el tomo dentro de un periódico, que aprovecharemos para forrar la portada original a la antigua usanza.
La segunda le da mucho más sentido a esta extraña pero sugerente historia de saltos temporales y antiguas civilizaciones. O por lo menos, lo intenta, porque no hace falta leer muchas páginas para darse cuenta que Vincent Me, el protagonista de esta obra, es un claro sosias de John Constantine con el pelo teñido. Temática, ambientación, personalidad… todo lleva casi de forma unívoca al rubio cínico creado por Alan Moore. Lo que no es ni mejor, ni peor, es implemente una curiosa característica añadida.
Y con las advertencias explicadas, no queda más que decir que Egypt es una historia de lo más entretenido, con planteamientos atractivos, que quizás se pierden en algunas ocasiones por unos dibujantes que cumplen sin más (o incluso con algún menos en el caso de Corona) pese a que la temática daba para el lucimiento gráfico. Se nota que Milligan se encontraba en excelente momento de forma (recién salido de ese monumento que era Shade y tras obras tan interesantes como Enigma, The Extremist o Girl, lejos de la cambiante irregularidad con tendencia a instalarse en la mediocridad a la que nos tiene ahora acostumbrados, excepción hecha de esa magistral reescritura del género superheroico que es X-Force/X-Statix) y que, pese a no firmar uno de sus mejores guiones, sabía cómo mover las piezas de la trama para mantener atento al lector e incluso llegar a sorprenderlo en algunos –contados- momentos.
Esperemos que Planeta recupere de Vertigo, ya puestos, la mucho más interesante Faces con Fegredo o la curiosa y alucinógena Rogan Gosh con Brendan McCarthy (y, por pedir, ¿se acordará alguien del skinhead talidomídico de Skin?). (2)

La edad del silencio

Como bien dice Hernández Cava en su excelente prólogo a La edad del silencio, buscarle a OPS equiparaciones con Chirico, Topor, Dalí o Magritte es tarea baldía. Vale, aceptemos que se puede entrar en juego del rastreo de influencias gráficas de ese heterónimo de Andrés Rábago que fue OPS, pero no dejaría de ser eso, un entretenimiento que demostraría que OPS resulta de un ejercicio consciente de absorción de ideas y estilos al que habría que sumar desde el surrealismo a nombres como Hogarth, Grosz, El Bosco, Munch o Gutiérrez Solana, en una lista casi infinita que hace imposible cualquier intento de etiquetación más allá de la definida por esas tres enigmáticas letras. Y sería además una pérdida de tiempo ante una obra que lo que requiere, lo que pide a gritos, es ser absorbida con todos los sentidos. No vale simplemente pasar las páginas. Hay que empaparse, embelesarse, abstraerse, sumergirse y fascinarse. Hacer de cada imagen un mantra que ejerza toda su potencia de extractor brutal de ideas y reflexiones. Sólo así se puede disfrutar al 100% de este reto continuado al lector que recopila las contribuciones de OPS a revistas como Triunfo, Hermano Lobo o Cuadernos para el diálogo.
Y ojo, mucho ojo con el tramposo envoltorio aparente de surrealismo que usa OPS en sus imágenes. Un espejismo que hace pensar en ese automatismo psíquico puro ajeno a la razón que enunciaba Breton, en un juego simbólico que elude lo racional para escapar al mundo onírico. Incluso Andrés Rábago, el hombre escondido tras las tres letras, ha llegado a identificar a OPS precisamente con lo no racional frente a un El roto que navegaría por lo cotidiano. Sin embargo, las propuestas de OPS son exactamente lo contrario, no son huídas del mundo real, son metáforas razonadas de la realidad circundante, lúcidas traducciones de la sociedad que nos rodea, que actúan de exorcismo controlado de sus demonios con eficacia quirúrgica. Ya sea en forma de ilustración o de historieta, el mensaje de OPS es siempre categórico, irrebatible. Puede estar sujeto a interpretaciones y matizaciones, puede suponerle al lector un esfuerzo mayor o menor de implicación y descubrimiento, pero será siempre aplastante, definitivo.
Pero además de su valor intrínseco, el lector ya avezado tiene una oportunidad única para descubrir el inicio de ese camino que años más tarde desembocaría en ese compañero diario que es El Roto. No es difícil ver entre las páginas de La edad del silencio ideas y destellos que luego se retomarían más tarde en las colaboraciones que OPS tenía en TOTEM o Madriz, en ese Bestiario de animales domésticos reconvertidos en pesadillas siniestras de inquietante cotidaneidad. Recuerdo perfectamente la turbadora portada del número 19 de TOTEM, esas marionetas perdidas en sí mismas con la mirada fría y muerta, que ahora encuentro en forma primitiva pero ya intrigante en las páginas de La edad del silencio… Y esas historietas donde, ya en los años 70, OPS ensayaba narraciones donde tiempo y espacio se expandían más allá de la viñeta y la composición, experimentando con composiciones y formas que tres décadas después siguen siendo vanguardistas y atrevidas.
Un libro que, además, goza de edición espectacular, cuidada y mimada en la reproducción, que tiene como único pecado no haber incluido referencia cronológica alguna. Quizás la atemporalidad de la obra de OPS no la precisa, pero algunos –posiblemente demasiado enciclopedistas- la hubiésemos agradecido.

3, Calle de los Misterios

Era difícil que 3, Calle de los Misterios, la nueva obra de Shigeru Mizuki que publica Astiberri alcanzara las cotas de las magistrales Operación Muerte y NonNonBa o de la sugerente Kitaro pero, aun así, uno no puede evitar el esperar cada nuevo título de Mizuki como un acontecimiento, casi recuperando aquella juvenil pasión que obligaba a ir cada día a darle la lata al quiosquero para ver si había salido nuestro tebeo favorito. Tales eran las ganas que no sé yo si leí esta nueva obra o la deglutí, habida cuenta del placentero eructo intelectual expelido tras cerrar el libro. Pero qué gustazo oigan. No se puede negar que 3, Calle de los Misterios no es del nivel de las citadas antes, está claro, pero eso no quita que este paseo por el misterioso mundo de las leyendas urbanas que hace Mizuki sea de lo más gratificante: pisos desaparecidos en centros comerciales, mujeres que vuelven de la muerte insospechadamente, portales que llevan a mundos desconocidos, calles que llevan a otras dimensiones… Temas clásicos de esos programas nocturnos de lo paranormal que Mizuki reescribe en términos propios, conectando esa mitología moderna del misterio con las antiguas tradiciones japonesas de fantasmas. Y el resultado, como era de esperar, tan sugestivo como interesante. Sin necesidad llegar a la provocación continuada que destila el tratamiento del terror de Hino o Suehiro Maruo – en otra perspectiva diferente aunque coincidente en muchos términos-, las siete historias que componen este volumen generan inquietud a través de una extraña sensación de misterio enraizada en lo desconocido de lo cotidiano. Una relectura de aquello que nos parece normal que lo transforma en ajeno y distinto de lo más atractiva. No se lo pierdan. (3+)

Granja 54

Tomo la lectura de Granja 54 con prejuicios. La sombra de Rutu Modan es alargada y pienso que la obra de los hermanos Seliktar será similar y, por tanto, inferior. Error. Craso y terrible error. Sólo las primeras páginas, con esa lenta aproximación a una habitación en la que sólo entrevemos apenas unas personas de pie, indican que la obra sigue caminos muy diferentes a los imaginados, en una sensación que se confirma de inmediato con la primera de las tres historias que componen el libro. Tres momentos en la vida de Noga, tres instantes anecdóticos de la vida de esta mujer apenas esbozados por Galit y Gilad con una delicadeza exquisita, articulando texto y dibujo con la geometría de los versos de un poema, dotando a la lectura de niveles de ritmo diferenciados. El fino y elegante grafismo, apoyado en un bitono de presencia contundente, juega con un compás lento, de secuencia cinematográfica descompuesta. El texto, por su parte, apuesta por una aparente redundancia que pronto revela su intención: texto y dibujo coincidirán prácticamente en su descripción excepto en pequeños detalles, en ínfimos y casi indescriptibles rasgos que aparecen así subrayados, señalados con evidencia por ser la única discordancia en la intersección de imagen y texto, llevando al lector a la ruptura de ese equilibrio horizontal que texto y dibujo marcan con exactitud.
Tres historias sobre infancia, adolescencia y madurez que coinciden en buscar momentos de confrontación de vida y muerte en la vida de Noga: el primer beso torpe de amor y la muerte de su hermano pequeño, la muerte de un perro y la estupidez de la adolescencia, el amor adulto y el descubrimiento de una realidad social de enfrentamiento. Momentos de tragedia profunda o ridícula, como suelen ser en esta vida, contrastados con los pocos de dicha, que son entrelazados, tejidos con una sencillez falsa, que va dejando una estela de pequeños matices y trazos que demuestran la minuciosidad con la que los hermanos Seliktar han compuesto este particular poema gráfico, en el que se escuchan tanto ecos del proceso de aprendizaje, de la pérdida de la infancia y la locura de la juventud, como de la situación política y social de un país en estado de guerra permanente. Apenas se oyen mientras leemos el libro, apenas se entreven, pero van envolviendo la lectura hasta tomar forma propia y definida, acompañando y enriqueciendo la lectura de Granja 54. Muy recomendable. (3)

Actor Aspirante: Comedia en un acto

Decía yo hace ya tres años, con motivo de la aparición del primer número de Actor Aspirante, la serie de Max Vento, que prometía pero que tenía dos debes fundamentales: la caracterización de personajes, excesivamente teatral y tópica, y la gestualidad de su dibujo. Llegada la tercera entrega, no puedo menos que decir que Max Vento no sólo ha saldado sus deudas, sino que las paga con creces, porque Comedia en un acto es ya la obra de un autor sólido y formado, en la que precisamente aquellos “debes” se han transformado en virtudes a destacar y alabar. Juega con trampa, cierto, porque en el fondo Vento ha repetido en sus tres entregas estructura argumental (una obra de teatro que se mezcla con la realidad), pero en su última versión demuestra que es tan sólo un apoyo lógico y lícito en el que poder impulsarse para desarrollar con profundidad la personalidad de sus personajes, a través de unos excelentes diálogos y un desarrollo de situaciones donde lo teatral es ya simplemente parte del argumento. Y, con esa seguridad ya en la mano, Vento aprovecha para que todos aquellos que en las dos anteriores podían chirriar o entrar forzados, aquí fluyan con naturalidad: desde las referencias a los problemas que sufre toda una generación joven para acceder al mercado de trabajo a las reflexiones sobre las relaciones personales pasando por la continua retroalimentación entre realidad y ficción teatral. La aventura de este eterno actor aspirante se conforma ya como una de las sagas más interesantes y recomendables que se están publicando hoy en el tebeo patrio. (3)

Elmer

La verdad, la primera vez que leí algo sobre Elmer, lo primero que pensé es en cuánto mal había hecho Art Spiegelman. Una ficción sobre las vejaciones a las minorías, donde éstas son representadas como pollos inteligentes, parece más una especie de hipérbole desquiciada de los ratones y gatos de Maus que algo original. Lo segundo que leí no mejoró las cosas: los Gallus Gallus adquieren de golpe inteligencia humana y se rebelan contra el hombre… “No, no es Maus. Peor, nueva versión de la Rebelión en la Granja de Orwell habemus. Adiós cerdos, hola pollos” , me temí (lo que me lleva a pensar que no estaría mal que alguien recopilara y publicara la excelente versión que realizó Xots Clapers para la revista Cavall Fort en los 70 y, ya puestos, que se reivindicara la obra de este grandísimo autor y se publicara también una recopilación del genial En Camús que realizó con Mautro)… y ahí se quedó la cosa.
Lo que me sorprendió es que las reseñas positivas se sucedían, a lo que hay que añadir que el hecho de que su creador, Gerry Alanguilan, fuera filipino, me atraía (no por nada en especial, pero uno sigue sintiendo especial cariño por esa segunda invasión Warren protagonizada por autores filipinos como Alex Niño -¡qué maravillosas locuras hacía este hombre!-, Alfredo Alcalá, Néstor Redondo o Tony Dezúñiga). El caso es que, resumiendo, me acabo de leer el famoso Elmer en la edición americana de SLG y no puedo decir menos que es un tebeo muy estimable. Cierto es que no hace nada nuevo, los referentes que citaba al principio están ahí, es evidente, pero el tratamiento y aproximación que toma Alanguilan es lo suficientemente diferente como para que no sean una rémora y, sobre todo, sabe dotar al conjunto de lecturas propias y personales. Más allá de la evidente crítica al tratamiento de las minorías, es posible encontrar interesantes reflexiones sobre los enfrentamientos generacionales y la familia que, si bien quizás adolecen de una visión en exceso condescendiente, no dejan de ser interesantes dentro de una narración donde el dibujante demuestra un excelente pulso narrativo. El sólido dibujo realista de Alanguilan es una base perfecta para la historia que cuenta, destacando precisamente en el planteamiento narrativo de la misma, que si bien peca de un predecible inicio “a lo Gregor Samsa”, va tomando fuerza y resulta en muchos momentos incluso brillante, como en el relato de la aparición de la inteligencia. A lo que hay que añadir cierta humor negro socarrón subterráneo (los Kentucky Fried Chicken -o equivalentes- reconvertidos en genocidas…) que resulta de lo más acertado.
A ver si alguien se anima a publicarlo en España… (2+)
Enlaces:
Primer número (en inglés) de Elmer