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Superosos

¿Sería posible unir el onirismo de Little Nemo in Slumberland con la genial aproximación a la infancia de Bill Watterson en Calvin & Hobbes aderezándolo con la gestualidad de las animaciones de Chuck Jones?
Sólo imaginando la combinación propuesta, cualquier buen aficionado al tebeo ya habrá comenzado un proceso intensivo de salivación acompañado de extravío de mirada y sonrisa bobalicona con ligero babeo lateral… Lástima, porque por desgracia, ese utópico tebeo no existe. Eso sí, por poco, porque Mike Kunkel demuestra en Superoso y su amigo que el camino lo tenía claro. El problema, quizás, es que le falta práctica y oficio, y se queda en un tebeo interesante y no en la soberbia obra maestra que pudo ser, pero tiempo al tiempo, que estas cosas con ganas, ejercicio y voluntad ser resuelven tarde o temprano. De momento, lo que tenemos es un tebeo que parte de evidentes referencias –en algunos casos explícitias, en otros indirectas- a los tebeos citados para contar la historia del pequeño Tyler, un niño que descubre sorprendido secreto increíble del oso de peluche que ha heredado de su abuelo: la capacidad de transformarse en un gigantesco oso polar, inteligente, de descomunal fuerza y con la capacidad de volar, hasta lleva una gran capa roja incluida. Un superhéroe en toda regla con el que tendrá que colaborar para derrotar terribles peligros como un inmenso y tópico, pero no menos cruel robot gigante. A primera vista, una trama sencilla, perfecta para un tebeo infantil, contada con acierto (incluso permitiéndose algunos ligeros experimentos), ingenuamente divertida y con un excelente dibujo, de gran expresividad, claramente deudor del dibujo animado pero que evita su aspecto gracias a un acabado aparentemente descuidado, a lápiz, que consigue transmitir muchísimas más fuerza y dinamismo.
Juegos de apariencias, porque Kunkel no ha creado una obra que tiene como objetivo a los niños: realmente busca a los adultos que quieren recordar haber sido niños. Tyler demuestra una perspicacia y razonamiento propio de un adulto atrapado en el cuerpo de un niño o, mejor, de un adulto que quiere recordar cómo era ser un niño. Un pequeño matiz que sirve al autor para poder hacer tanto un ejercicio nostálgico como una especie de reescritura de la niñez, contando lo que de verdad le hubiera gustado que fuera su niñez, haciendo realidad los momentos de imaginación desmedida de un niño. Un doble juego que consigue enganchar y que actúa en todo momento como un doble nivel de lectura hilvanado con inteligencia, pero dejando de lado todos los prejuicios. Es de lo más reconfortante encontrar un autor que es capaz de quitarse de encima la terca obsesión por la trascendencia o la comercialidad prefabricada para demostrar que la calidad está en la obra bien hecha, con frescura y, sobre todo, inteligencia.
Muy recomendable, con una buena edición de Dolmen que incluye numerosos e interesantes extras (2+).

18.Octubre.2008 | Lecturas

Carl Barks

¡Por fin! Parecía ya una especie de leyenda urbana, pero ayer llegó a las librerías especializadas el primer volumen de la Biblioteca Carl Barks de Planeta DeAgostini. Una obra sobre la que se tenían muchas reservas (habida cuenta de sonoras pifias como la Biblioteca MAD) pero que, a primera vista, parece pasar la primera inspección satisfactoriamente. Buena calidad de encuadernación, tamaño adecuado (ligeramente más grande que un cómic-book), papel de calidad mate… Los aspectos técnicos, en ese sentido, sólo tienen como pero que la calidad de impresión no acompaña muchas veces, con una tinta negra que a veces se agrisa en algunas páginas.
Respecto al contenido, buena calidad de los materiales de reproducción en general, con las excepciones obvias de este tipo de recuperaciones, donde siempre faltan páginas y se debe recurrir a otras opciones que no siempre son las ideales. El problema, como siempre últimamente, un color digital que se empeña en unos efectos y unas combinaciones cromáticas que hacen flaco favor a la obra de los dibujantes.
Eso sí, a destacar, por encima de todo, la impresionante labor de Alfons Moliné, que acompaña prácticamente cada historieta de excelentes artículos donde demuestra su enciclopédico saber sobre los tebeos de Disney (bueno, y sobre cualquier tebeo, que lo de este hombre es impresionante). Sólo por sus artículos ya vale la pena la compra de este volumen.

Y respecto a los tebeos de Barks.. ¡qué decir! Los tebeos de Disney siempre han tenido una importante carga peyorativa que ha hecho olvidar muchas veces la inmensa obra de autores como Barks, Al Taliaferro, Floyd Gottfredson o Don Rosa. Aunque este primer tomo presenta historias todavía primigenias, ya se puede comprobar la habilidad para el gag del autor, su ritmo narrativo -todavía deudor de la animación- y su exquisita expresividad gestual.
En resumen: algunas pegas pero, en general, satisfacción. Una obra de obligado conocimiento.

14.Octubre.2008 | Lecturas

Historias sencillas, grandes historias

Días placidos de lectura que me han traído una agradabilísima sorpresa: La historia de mi madre, de Kim Eun-Sung. Un tebeo que parte de la sencilla premisa de ir narrando las conversaciones de la autora con su madre, pero que poco a poco va desarrollando un testimonio completo de la historia de Corea desde una perspectiva social. Los testimonios de la anciana permiten estudiar cómo era la vida en el país en un complejo momento histórico, durante la ocupación japonesa. Pequeños relatos que van componiendo una realidad que a los europeos nos puede parecer extraordinariamente alejada, pero que relatan épocas de sufrimiento y dolor, contadas desde una perspectiva muy lejana en el tiempo que permite un acercamiento reflexivo y pausado. Historias que la madre parece querer olvidar y que recupera lentamente, escarbando en su memoria, trayéndolas con todo el bagaje de la experiencia, pero siempre matizadas por los extraños virajes del recuerdo, a veces centradas en pequeños detalles del día a día, en sentimientos que han quedado marcados a fuego y que se han amplificado o dulcificado con el tiempo; otras, narraciones de prefecta rigurosidad histórica. Diferentes perspectivas que permiten diferentes visiones, una riqueza información invalorable que nos traslada a esa época con una viveza y realismo impresionante.
El dibujo de Eun-Sung, sencillísimo, minimalista, reduce y simplifica al máximo los elementos gráficos para centrarse completamente en la historia de su madre, consiguiendo un efecto de contraste tremendamente efectivo. La ingenuidad del grafismo es un contrapunto ideal a la complejidad de la narración: madre e hija, narradora y dibujante, se unen a través de ese trazo simple, tremendamente expresivo.
Personalmente, la lectura de La historia de mi madre me ha resultado apasionante, sobre todo gracias a ese planteamiento de relato de apariencia informal que me parece de gran fuerza pedagógica, que nos introduce con rigurosidad en la historia, pero desde un camino tangencial que habla no de los grandes hechos, sino de las pequeñas historias personales que componen la Historia, con mayúsculas, de un pueblo.
Primero de una serie de cuatro volúmenes que esperaré con ansiedad, en una edición sins entido exquisita, como siempre. (3)

13.Octubre.2008 | Lecturas

Periodismo gráfico

El concepto de la colección Graphic Journal que acaba de estrenar Norma no puede ser más interesante: libros que explotan ese género de nuevo cuño que podríamos denominar “periodístico” y que tan bien han representado autores como Joe Sacco o, más tangencialmente, Guy Delisle, acompañados de una buena serie de artículos sobre el tema en cuestión escritos por especialistas en la materia. Un tipo de edición cuidada, de exquisito diseño, que puede fácilmente salir de los circuitos de la librería especializada y encontrar acomodo en las librerías generalistas. Para su estreno, Norma apuesta por un tema tan controvertido como la mafia siciliana, editando Brancaccio: una historia de la mafia cotidiana, de Giovanni Di Gregorio y Claudio Stassi, al que se añaden artículos de la periodista María Paz López, Rita Borsellino, Saverio Lodato y Edoardo Zafutto.
Una iniciativa muy interesante que, en este caso, quizás tiene como parte más débil precisamente la correspondiente a la historieta. Di Gregorio y Stassi parten de un planteamiento muy interesante, intentando mostrar cómo afecta a la vida diaria la existencia de la mafia y de sus prácticas, creando un código propio de normas y conductas completamente inspiradas por la atmósfera que lo impregna todo. Un objetivo a priori muy consistente y sugerente, para el que hacen uso de un estilo gráfico completamente deudor del de Gipi, pero que pronto será contaminado por una molesta tendencia a la moralina. En su intento de reflejar que todo apoyo a la mafia tiene consecuencias a largo plazo, los autores recargan el dramatismo y generan relaciones tan artificiales que caen en un melodrama exagerado y maniqueo, afectando incluso a unos personajes excesivamente estereotipados que terminan por hacer perder esa componente realista que, precisamente, querían introducir. Una especie de síndrome de trascendencia que suele afecta a aquellos autores que son conscientes de que están tratando un tema serio y complejo y que en su afán por no ser tildados de superficiales, dan tantas vueltas de tuerca que terminan en el extremo contrario al que buscaban. Una lástima, porque el referente gráfico era precisamente una excelente guía para el tratamiento que debía seguir el tebeo: en obras como Los inocentes o Apuntes para una historia de guerra, Gipi demuestra cómo tratar un tema difícil desde una perspectiva que evita el acercamiento moralista y adoctrinador, describiendo y dejando al lector siempre la reflexión final a partir de pistas previas.

En este caso los complementos son muy superiores al tebeo, compensando en cierta medida la floja componente historietística, pero es de prever que, por temática y concepción, Graphic Journal será una colección a seguir en el futuro.

7.Octubre.2008 | Lecturas

Adiós Carver, ¡Hola Hollywood!

Termino de leer Shortcomings y tengo la sensación de haber leído un tebeo que parece de Adrian Tomine pero no es de Adrian Tomine. Es una impresión extraña, que se va formando a medida que pasan las páginas de esta primera historia larga del americano. El estilo gráfico es inconfundible, al igual que su pausada y sencilla composición, que esconde un cuidado trabajo de estudio de la narrativa, traducido en este caso en el indudable acierto en la puesta en escena de unos diálogos brillantes e inspirados. Sin embargo, falta en Shortcomings ese matiz tan especial, diferente e indefinible que marcaba los números anteriores de Optic Nerve. Quizás era ese sambenito de comparación continuada con Carver, cierta a mi entender en los primeros números, pero que fue alcanzando un discurso propio hasta despuntar en obras como Rubia de Verano. Leyendo el volumen que acaba de editar Random House (¡Ay!, ¡Por favor!¡La tipografía, esa tipografía!) me parece estar ante la obra de otro autor, más urbanita, quizás una especie de híbrido a medio camino entre un Kevin Smith treintañero y un Woody Allen jovencito, que disecciona con bastante gracia la rutina de pareja enmarcándola en el escenario omnipresente de Nueva York. La Gran Manzana se convierte, de nuevo, en secundario de lujo de una historia donde las inercias del amor se rompen y buscan razones tan inencontrables como inexistentes. La soledad como elemento axial de la obra anterior es sustituida por una coralidad teatral, los silencios y elipsis que definían el lenguaje de Tomine han dejado lugar a diálogos deslenguados, vivarachos, dinámicos. Y no puedo decir que no me guste lo que leo: la reflexión sobre el nuevo amor y la nueva sexualidad interracial del siglo XXI, enfrentada a la tradición finisecular representada en el pueblo de la América profunda me parece sugerente y atractiva. Pero no puedo evitar pensar que es un discurso que no parece original, que Ben Tanaka podría ser el protagonista de cualquier serie de televisión de éxito que exploran una nueva forma de moderno costumbrismo post-woody, de sexualidad activa y asumida en todas sus formas. Sé que he leído un buen tebeo, narrado con eficacia y que plantea ideas que pueden atraer a un público general… pero creo que he perdido a Tomine por el camino. Ese autor que exploraba como nadie la excepción dentro de la monotonía, que nos hablaba de vidas grises que deambulan fuera de plano, ha sido abducido por otro que se entrega a las modas que obligan a tratar el amor en los tiempos del SIDA cronificado desde una perspectiva urbana multirracial donde, por supuesto, el protagonista tendrá amigas/os homosexuales que se convertirán en sus confesores (coprotagonistas, a ser posible, con escena políticamente correcta de declaración de amor entre gays y/o lesbianas). Un esquema que los ejecutivos de televisión y cine parecen haber establecido como estándar de éxito y que, en este caso, me deja una sensación vaga de impostado, de artificialidad.
Un tebeo de fácil recomendación a un lector no habitual de tebeos, que encontrará referentes comunes a otros medios y en el que destacan con fuerza los brillantes diálogos y la descripción y reflexión sobre la obsesión racial. Sensaciones agridulces para un tebeo correcto en el que, quizás, el problema es únicamente mío, que esperaba otra cosa y no algo que me suena a ya visto. (1+)

6.Octubre.2008 | Lecturas

Otra vez Watchmen

Estoy acostumbrado a que Peter Milligan dé una de cal y otra de arena. Tras su espléndida etapa en X-Factor/X-Statix, la regla anunciaba un seguido de obras poco interesantes y olvidables, como así fue, por lo que esperaba con cierto interés que The Programme significase la vuelta del Milligan más interesante. Sin embargo, tras leer el primer recopilatorio, recién editado por Norma, la sensación es agridulce. Hay que reconocerle a la obra ciertas virtudes: hay una cuidada apuesta por una atmósfera opresiva, un intento de mantener un ritmo narrativo complejo, basado en varias historias simultáneas y un afán claro de crítica social. Incluso el trabajo de base fotográfica de C.P.Smith me parece interesante. Reconocible y muy influenciado por otros autores como Jae Lee o Sean Philips, pero atractivo y muy funcional para la historia, con un planteamiento narrativo de grandes viñetas que es muy adecuado para la atmósfera buscada.
Pero, pese a todas las buenas maneras, uno no puede evitar tener la sensación perenne de déjà vu mientras está leyendo The Programme: Volver a plantear el “¿qué pasaría si hubiera superhéroes en un mundo real?” es luchar de nuevo contra el inmenso “muro Watchmen” y todos sus derivados. Un gigantesco “pero” que se ve agravado, además, porque la serie apenas aporta nada nuevo y en todo momento nos referencia a otras obras similares, como New Statemen, Rising Stars o tantas y tantas que se han intentado introducir en esos peligrosos cenagales. Una verdadera lástima, porque Milligan demostró una brillantez inusitada cuando en X-Statix planteó un tema muy similar.
Sería injusto decir que The Programme es un mal tebeo. Pero a estas alturas, volver a leer la misma historia por enésima vez con pequeñas variaciones, no justifica dedicar tiempo a un tebeo cuando hay propuestas mucho más interesantes. (1-)

5.Octubre.2008 | Lecturas

Denuncia, que algo queda

Dos tebeos de muy diferente temática pero que coinciden en su intención de denuncia. El primero, Shooting War es uno de las ya cada vez más comunes casos de webcomic que pasa de la pantalla del ordenador al papel. Anthony Lape y Dan Goldman firman un tebeo con no pocas ideas interesantes, que reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación en un mundo globalizado. Un hipotético futuro cercano con McCain de presidente y un videoblogger que es fichado para retransmitir en directo la guerra de Irak es un perfecto escenario para desarrollar el discurso de los autores, que incidirá tanto en la voracidad de las grandes cadenas, capaces de traspasar cualquier límite por conseguir audiencias como en las consecuencias de la conversión de las guerras en espectáculos televisivos. Hay componentes que recuerdan mucho a la reflexión de Bertrand Tavernier en la magistral La muerte en directo, pero también se lanzan sugerentes hipótesis sobre la transformación del terrorismo en un ciberterrorismo de base capitalista. El nuevo pan y circo es la utopía que vomita la televisión en forma de mundo feliz de Huxley calzado con Nike, jugando a la Play y degustando una macburguer. Un argumento que invita al debate y que debería dar lugar a un tebeo más que notable, peroque choca con la pobre contribución de la parte gráfica. La elección por parte de Goldman de un estilo fotorrealista con incorporación de elementos fotográficos es más que adecuada para el tipo de historia que se va a contar, pero resulta excesiva para las posibilidades del dibujante. El fotorrealismo es una técnica complicada y las carencias destacan con mucha más facilidad, a lo que hay que añadir que la narrativa de Goldman es muy rígida y, en muchas ocasiones, excesivamente confusa, obligando a ir hacia atrás para comprender algunas escenas. Una conjunción terrible, porque mientras que una narrativa adecuada puede esconder defectos de estilo, una mala sólo hace que amplificarlos.
Una verdadera lástima, porque las ideas volcadas son lo suficientemente atractivas como para haber hecho de este tebeo uno de los más atractivos y mediáticos del año. (1)
Problemas que no encontraremos en Como todo el mundo (La Cúpula), donde el dibujante Rudy Spiessert se refugia con acierto en un estilo próximo a Dupuy y Berberian, que asimila y controla perfectamente, sin intentar salirse de la ortodoxia narrativa y estética. No hay sorpresas ni innovaciones en un dibujo clonado más que conocido, pero eso permite desarrollar perfectamente esta divertida historia de Denis Lapière y Pierre-Paul Renders que recorre un camino contrario al habitual estos días: del cine a la historieta. Los guionistas trasladan al papel esta película que satiriza de forma corrosiva esta sociedad que respira oxígeno, nitrógeno y publicidad con una original vuelta de tuerca al esquema del Gran Hermano o del Show de Truman. Jalil es un joven francés que resulta tener un extraño don: sus gustos coinciden con los de la gran mayoría. Una cualidad que no pasa desapercibida a las grandes empresas de marketing, que encontrarán en el joven una forma de evitarse costosos estudios y encuestas de mercado, espiándolo desde miles de ojos escondidos. Lapière, guionista siempre sólido e inteligente, desarrolla con soltura la situación a modo de comedia de enredo (una tradición muy francesa, todo sea dicho), que va aumentando tono y ritmo, con momentos muy divertidos y una agresiva y sanísima mala leche. La sociedad hiperpublicitada, el agresivo sinsentido del consumismo y la alienación de una sociedad que sigue las modas como borregos son algunas de las muchas dianas a las que los autores clavarán, bastante acertadamente, sus dardos. El resultado es un tebeo modélico: no nos sorprenderá en las formas ni lo pretende, pero consigue que durante un rato reflexionemos sobre lo que nos toca vivir con una sonrisa. Lo que no está nada mal (2).

3.Octubre.2008 | Lecturas

Zombis a la europea

-“Niños, os lo he dicho muchas veces: no le disparéis al abuelito”
-“Pero papá, si le da igual, está muerto…”

Parece uno de esos chistes de humor negro que tan bien se nos dan por estas latitudes, pero es el comienzo de Los zombis que se comieron el mundo y buen ejemplo del extraño y esperpéntico sentido del humor de Jerry Frissen, guionista que ha encontrado en la parodia un lugar donde se siente bien a gusto. Al igual que en Lucha Libre, su otra serie conocida y que acaba de ser editada en España por Glénat, el belga afincado en los EEUU demuestra aquí su habilidad para componer retorcidos y atípicos mejunjes culturales, que absorben referencias e influencias variadas y dispersas que luego serán casi vomitadas en una riada de ideas sin contención. Si en Lucha Libre encontrábamos un curioso y divertido pastiche que reinterpretaba la lucha libre mexicana en términos de superhéroes reconvertidos al estilo del manga, en esta historia de zombis George Romero es canibalizado por los tebeos franceses de los ochenta. Toma de Robin Campillo y su interesante Les Revenants la idea de unos muertos vueltos a la vida que deben ser integrados en la sociedad, pero luego se atreve a componer un delirante grupo de investigadores/cazadores, claramente inspirados en Jerónimo Puchero, que se dedican con bastante poca fortuna a la resolución de los problemas que los zombis (o no vivos en la jerga políticamente correcta de una sociedad que quiere evitar problemas de integración social) les causan a los vivos. Y a partir de aquí, lo que encontraremos es una carga continuada de irreverencia y mala leche, a veces inspirada, otras demasiado predecible y otras incluso insulsa. La verdad es que irregularidad es el término que mejor definiría la obra, pero la buena labor de Guy Davis, excelente en su tratamiento gráfico con un punto humorístico y los indudables momentos afortunados que tiene el guión de Frissen, sobre todo en su primera mitad, hacen que la obra proporcione un rato de lectura divertido. (1)

1.Octubre.2008 | Lecturas

Reciclando reseñas: El juego de las golondrinas

Aprovecho la edición en castellano de la obra de Zeina Abirached para recuperar la reseña que escribí hace unos meses:

Zeina Abirached es una joven ilustradora libanesa que tras la reconocida [Beyrouth] Catharsis, ha conseguido una importante repercusión con su segunda obra, El juego de las golondrinas. A priori, una candidata perfecta a ser nominada como clon perfecto de Persépolis: autora libanesa viviendo en Francia que desarrolla una obra autobiográfica en blanco y negro sobre su niñez en Beirut. Una primera sensación que se agudiza al comprobar, en una rápida hojeada, que el estilo gráfico parece idéntico al de Satrapi. Así que debo reconocer que afronto la lectura con ánimo bajo, pensando en que voy a encontrarme una obra seguidista de modas al estilo de las de Katherin de Villiers o Johanna. Sin embargo, los prejuicios van cayendo rápidamente: pese a que existe -es indudable- una profunda similitud argumental, las diferencias estilísticas y narrativas se van acentuando a medida que avanza la obra. Marjane Satrapi está en deuda permanente con David B y tanto su estilo como recursos narrativos son referidos continuamente a la obra de este autor. Sin embargo, Zeina Abirached proviene claramente de la ilustración y de la animación y sus planteamientos estéticos y narrativos son profundamente diferentes. Su estilo gráfico es una aparente evolución de la ilustración clásica musulmana de los s. X y XI (un efecto que también utiliza en algunos momentos Satrapi), pero combinada con recursos narrativos actuales, derivados en muchos casos de la ilustración. Su composición crea motivos geométricos de indudable belleza, utilizando la propia estructura de la página como elemento gráfico más, en un evidente trasvase de la ilustración de corte más narrativo o jugando con viñetas de estructura repetitiva para marcar los ritmos de lectura. Una elección gráfica que se demuestra como muy acertada para la parte inicial del libro, casi didáctica, en la que se nos cuenta las dificultades del día a día de la vida en una ciudad sitiada por los francotiradores; pero también para la segunda parte, más opresiva y cerrada, centrada en la angustia de la espera tras un bombardeo. No hay, a diferencia de la obra de Satrapi, un espíritu tan crítico y reflexivo, sino un intento más descriptivo de la terrible realidad del Libano inmerso en una guerra civil, lo que marca en cierta medida todavía más las distancias entre las dos obras. Sin embargo, en el continuado uso de nuevos recursos narrativos de la ilustración, Abirached pierde en algunos momentos el pulso: la repetición constante de viñetas se alarga excesivamente y rompe la necesaria tensión dramática, despegando al lector del libro en algunos episodios.
Una obra que arriesga y busca contar una historia distinta y que, pese a los errores e irregularidades, mantiene un tono interesante. Como es costumbre, la edición de sins entido, exquisita. (2-).
[Podéis ver unas páginas en la web de la editorial Cambourakis]

29.Septiembre.2008 | Lecturas

Mal dadas

Hablábamos de debutantes y seguimos con ellos, esta vez con Leandro Alzate, al que conocíamos por Mal dadas, una historia serializada en Humo en la que destacaba por su delicadeza, con un estilo gráfico de línea finísima, elegante, que proporcionaba una sensación de liviandad y discreción. Una historieta que se viste de largo para su publicación en álbum.
Alzate aborda un tema tan complicado como la rebeldía adolescente desde la perspectiva del propio adolescente. Una opción difícil: evita la visión escorzada del adulto, siempre sometida a unos condicionantes sociales que se han enquistado y que prejuzgan al joven según los comportamientos de la generación anterior; pero también es una opción peligrosa, que llegar al acartonamiento en el tópico si el autor cae en la trampa de componer a sus personajes desde el recuerdo de su propia juventud, por cercana que ésta sea.
Y es ahí donde el autor, pese a su bisoñez (relativa, ya que es un llegado tardío a la historieta) en el mundo del tebeo, demuestra arrestos suficientes como para comandar la historia con mano firme por un camino intermedio que le permite tanto la visión de un lado como la reflexión del otro. Se construye así esta historia de pandilla de barrio periférico, una ficción social, si se quiere, que intenta seguir a la joven Jessica en esas primeras decisiones de adulto, que nacen de la duda, el inevitable error y el atrevimiento. Un argumento sencillo, pero que Alzate aprovecha para llenarlo de segundos planos, de ideas lanzadas sobre la situación actual del adolescente o sobre la ciudad como elemento omnipresente.
Mientras leemos, comprobamos que Mal dadas es también un lienzo en blanco de experimentación, donde el autor busca su personalidad y su lenguaje propio. Cada página es una prueba, un ensayo. Ya en el estilo -allá a lápiz, aquí a tinta, ahí digital-, ya en las formas, preguntándose y respondiéndose con composiciones y puestas en escenas, con juegos de elipsis y con transiciones directas, acelerando y retardando el ritmo. Un testimonio apasionante para el aficionado de pro, pero que puede restar en algunos momentos ritmo a la obra en su conjunto, transmitiendo cierta sensación de irregularidad, de saltos, heredada obviamente de su origen como entregas en revista. Imperfecciones que no impiden que el autor obtenga un discurso gráfico personal, en el que toda la historia se impregna de una asepsia necesaria para la equidistancia entre el adolescente protagonista y el adulto lector.
Un prometedor debut de un autor que tendremos que seguir.

29.Septiembre.2008 | Lecturas

Una del oeste

La reseña de la segunda entrega de Gus, la serie de Christophe Blain podría ser la más corta y escueta de la historia de esta web. Una sola palabra: deliciosa. Serviría cualquier epíteto sonoro sinónimo de maravilloso, espléndido, excelente o genial, pero servidor se queda con esa palabra por lo que esconde de placer multisensorial, de goce intenso, agradable, continuado, que resume perfectamente la experiencia –al menos la mía- de la lectura de este álbum. Y a partir de ahí, deberían sobrar las palabras. Pero por aquello de argumentar las opiniones, sigue un seguido de ideas y pensamientos al respecto de este álbum que yo, personalmente, recomendaría obviar: ¡déjense de zarandajas e intelectualizaciones del placer y disfruten del álbum coñe, que es lo bueno!.
Al asunto: que Blain es uno de los grandes de esta nueva generación de autores franceses orquestada alrededor del Atelier Nawak no es opinión nueva en esta casa. Ha demostrado, junto a Emile Bravo, ser el autor más regular de todo ese grupo, con una línea definida y marcada, en la que su obra personal bascula siempre alrededor de una reinterpretación personalísima de los géneros clásicos de la que Gus es su mejor exponente. El western es para Blain una especie de inmenso laboratorio, en el que se encuentra como un niño lleno de ingredientes bien conocidos con los que experimentar e investigar. Y de nuevo, el género es el escenario para contar algo tan simple, sencillo y complicado como es el amor. Los extraños vericuetos y sorpresas que nos da el enamoramiento, que llega cuando uno no lo espera y arrastra a hacer aquello que nunca pensamos que haríamos. Maravillosa y preciosa esa historia que abre el álbum hablando de engaños sobre uno mismo para lograr la atención de la mujer que nos acaba de robar el corazón. Un comienzo perfecto que deja el protagonismo a Clem para que nos hable de cómo el amor se sostiene pese a estar cimentado en mentiras y medias verdades, colándose por todos los resquicios del ser. Historias sencillas, casi ingenuas, a las que Blain dota de una naturalidad imposible. Hay en todo Gus una espontaneidad contagiosa y vibrante, de ganas de vivir teñidas de picardía y aventura que casan sorprendentemente bien con un relato tan intimista como el del amor con gotas de romanticismo del de verdad, del arrebatado y atrevido.
La supuesta facilidad del trazo del dibujante esconde un profundo análisis e investigación, que va desde el estilo a la narrativa. No es difícil encontrar en la composición de Blain las trazas de los grandes ilustradores del XVIII y XIX, tomando estructuras del gag ÿ estilo de línea de Töpfer y de A.B.Frost, pero sin renunciar nunca a su admiración por Gus Bofa (de donde no es descabellado pensar que se inspire el nombre de su protagonista). Una elección que no es puramente estética, sino que permite dotar al conjunto de una atmósfera entre anacrónica y costumbrista, que permite al lector sumergirse en otras épocas y otros usos. Sirva como ejemplo esa séptima plancha construida con perfección milimétrica al modo de gag clásico de finales del XIX, descomponiendo los tiempos de tal forma que sólo faltaría el ritmo acompasado de un piano para acompañar el efecto humorístico. Un estilo que casa como guante para esa narrativa minimalista y cuidada de Blain, que sintetiza con acierto y economiza con la elipsis a la vez que no renuncia al barroquismo gráfico (impresionantes las escenas de atracos a los bancos de Clem).
Un álbum donde todo parece funcionar en afortunada e inspirada conjunción. Hasta el apartado cromático me parece muy superior a las anteriores obras de Blain. Resignado ya al “estilo Poisson Pilote” de Walter, de paleta exagerada y chillona, la intervención del propio Blain y de Alexandre Chenet en el color de esta entrega me parece todo un acierto, proporcionando páginas de colores más suaves y uniformes, a veces casi bitonos, en los que el dibujo de Blain gana espectacularmente en presencia y elegancia.
Lo dicho: Gus 2. Bandido Guapo es un álbum delicioso (y uno de los mejores que he leído este año). (4)

Enlaces:
Avance en la web de Dargaud

28.Septiembre.2008 | Lecturas

Asuntos bien resueltos

A veces, ser debutante sólo tiene inconvenientes: la presión de esa primera vez, del qué dirán, se junta con la ignorancia lógica de la profesión. Ya se dice que la ignorancia es siempre atrevida, pero la realidad es que en los autores de historieta más que atrevida es precavida y temerosa, que mal están las cosas como para dar un paso en falso con resbalón de esos de los que no te levantas más. Pero tiene también una ventaja: no te juegas nada. Algunos dirán que sí, que el futuro profesional, pero decir eso en nuestro país asociado a la historieta es, por desgracia, casi lo mismo que decir nada. Así que, ya puestos, no está de más que ese atrevimiento algo ignorante del debutante se transforme en descaro. Una desvergüenza que, con suerte, dará lugar a una frescura que siempre le viene bien a nuestro tebeo.
Y un ejemplo de lo último es Asuntos Pendientes, de Karles Sellés y Julio Videras, que osan debutar con una historia de vendettas mafiosas, género complicado que siempre se debe afrontar con permiso y velitas a San Coppola. Sólo que en este caso los autores se tiran la manta a la cabeza y deciden volcar todas sus influencias cinematográficas en un pupurrí tan fresco como dinámico: de El Padrino a Los Soprano pasando por Tarantino, De Palma y Scorsese. Cosa Nostra, mafia rusa, corrupción policial y los tópicos del género se barajan en un combinado que puede parecer exagerado, pero que resulta funcionar con sorprendente buen tino, consiguiendo que la lectura del tebeo se pase en un santiamén. Y eso, en un tebeo de género, es el objetivo mínimo a cumplir. Hay, es cierto, típicos errores de principiante en estructura, estilo y composición, pero el tebeo se lee con tanta facilidad que uno los perdona sin demasiado problema. Incluso se le perdona a Sellés que esconda su vibrante y vigoroso dibujo con unos grises que le hacen poca justicia a su calidad.
Ya les gustaría a muchos estrenarse con la seriedad y solvencia que han demostrado estos dos autores. Esperaremos con ganas su siguiente obra. (Y no lo digo porque ya es habitual: Diábolo edita con primor)

25.Septiembre.2008 | Lecturas

La cuenta atrás

Me resulta difícil hablar de La cuenta atrás. Primero, por amistad. Hace ya casi veinte años que sigo la trayectoria de Carlos Portela, con quien tuve el placer de compartir cabecera en aquella aventura maravillosa que fue El maquinista. Casi veinte años en los que mi admiración y aprecio por él han ido en aumento porque su inmenso y enciclopédico saber historietístico sólo rivaliza con su también inmensa humanidad y bonhomía. Hay en su caso mucho espacio para conjugar tantas cosas, pero no es fácil, aunque ya se sabe que los gallegos están hechos de pasta especial (no la Conrad). Y también hace ya casi veinte años, servidor entrevistaba a unos jovencísimos Albert Monteys y Sergi Sanjulián por perpretar –con buen tino para ser debutantes- esos primeros números de Gorka que publicó Camaleón Ediciones.

Es difícil hablar de La cuenta atrás porque trata de temas que a uno ha vivido de cerca con dolor. Apenas un año antes de que el Prestige fuera noticia, disfrutaba de una de mis muchas vacaciones por tierras gallegas, precisamente por los mismos pueblos de la Costa da Morte que ahora aparecían en televisión inundados de negro chapapote. Tristeza por los amigos que se acrecentaba por la manipulación y la instrumentación política de un desastre que, en el fondo, nos todos estábamos afectados.

Incluso dejando de lado las cuestiones personales, sigue siendo difícil hablar de de La cuenta atrás, porque juega en un terreno prácticamente desconocido, a medio camino entre el documental y el reportaje de investigación periodístico de actualidad, pero con una fortísima componente personal de reflexión. Poco habituales son el tebeo mundial este tipo de aproximaciones (quizás podemos pensar en Joe Sacco o en el informe 11-S), pero más raras todavía en el español (pienso ahora en algunas obras de Alfons López y Pepe Gálvez, quizás), que añadido a lo minoritario del tebeo patrio, lo convierten en una especie de rara avis digna de estudio y preservación.

Sirvan las anteriores prevenciones como una especie de tirita previa a la herida de la parcialidad. Lo aviso y lo reconozco: me cuesta ser imparcial ante la obra de Portela y Sanjulián. No sé si las anteriores consideraciones nublarán en exceso mi juicio, pero La cuenta atrás me ha gustado. Y mucho. Y, ya puestos a estar en un blog personal, pues servidor piensa que lo que debe hacer es compartir la experiencia de la lectura de esta obra con los demás, avisando previamente y dejando que cada cual saque sus propias conclusiones.
Y dicho esto, comienzo hablando del juego malvado que plantea Carlos Portela. Todos sabemos que La Cuenta Atrás es una obra sobre Galicia y el Prestige, pero no encontraremos en ninguna página de la obra un solo nombre gallego o el del infausto petrolero. Portela ha preferido dejar los nombres propios de lado y optar por una estructura casi de cuento moralista, de reflexión de tintes universales sobre cómo un desastre como éste podría haber pasado en cualquier pueblo del mundo. Como en los cuentos, los personajes son arquetipos esbozados esquemáticamente, las situaciones son tan reconocibles tópicas y los escenarios, lógicamente, comunes. Sin embargo, no deja de ser una trampa hábil: sabe que no puede poner los nombres y apellidos de los políticos que protagonizaron aquél triste episodio, ni puede poner los nombres reales de los medios de comunicación que manipularon hasta la obsesión. Incluso sabe que usar los lugares reales puede suponer hurgar en una herida todavía abierta y supurante para sus vecinos. Pero también sabe que todos esos nombres están en el saber colectivo. La catástrofe está demasiado cerca en el tiempo y todos recordamos quién habló de hilillos, quién se fue de caza y quién dio las órdenes, sabemos perfectamente cómo se comportaron los medios de comunicación y cuáles fueron los que manipularon. Vimos las fotos y los vídeos y conocemos los pueblos que se vieron anegados por la marea negra. Una situación que le permite que su cuento se aborde desde una perspectiva completamente diferente: la vocación pedagógica y formadora del cuento se pervierte y convierte a los arquetipos en duras críticas de personajes claramente reconocibles. Sabemos que el imaginario pueblo de Caldelas es Muxía, y la aparición del tópico padrone político Don José con sus regalitos nos hace pensar en otros dinosaurios de la política gallego-española. El supuesto didactismo ejemplificante se transforma en complicidad curiosa del lector que se pregunta si lo del político Otero y la presentadora Sonia será verdad también, y Portela sabe no sólo que tiene las manos libres para tratar el tema, sino que puede dejar de lado los personajes, que pasan a ser competencia del lector, y centrarse en las situaciones.
Una libertad que no será usada para deambular por la simple recreación de los hechos, sino para formular una reflexión pausada, filtrada por el tiempo, de lo que allí aconteció. Un análisis que no busca las causas de lo ocurrido, sino que intenta delimitar las responsabilidades de todos los actores en esta tragedia, no sólo en lo político, sino en lo social, lo que le llevará a no dejar títere con cabeza. Hay una frase de la entrevista que le hice a Portela que creo resume perfectamente la idea que sobrevuela todo el libro: “Yo tengo mucha fe en la incapacidad humana, creo en ella como motor de la historia mucho más que en las conspiraciones”. Una máxima inspirada que resulta ser extremadamente acertada en este caso, porque no habrá realmente ni culpables ni inocentes: todos tendrán una responsabilidad por acción, omisión o inactividad; todos merecerán una crítica de una forma u otra. No hay un intento de ecuanimidad en el reparto de culpas, sino un dedo que señala a todos y que demuestra que los comportamientos sonrojantes existieron en todos, a diferentes escalas, cierto, pero en todos. Sólo hay una excepción: una voz de cordura que intenta aportar sentido común a una situación donde muchas veces se perdió. Un personaje, una mujer, que queda en un segundo plano, que evita el protagonismo, simbolizando perfectamente que en la vida real la lógica y el sentido común también fueron mucha veces arrinconados.
Un planteamiento que en sí mismo ya da valor al tebeo, pero los aficionados a la historieta nos encontraremos con un mayor regalo, si cabe, en la forma de la cuidada y brillante narrativa de la obra. El gallego siempre ha demostrado su querencia por la investigación de los recursos narrativos (muchos recordarán aquella maravilla que fueron las Impresiones de la Isla que realizara junto a Fernando Iglesias -por favor, un recopilatorio, ¡ya!-), y en esta obra no se queda atrás: plantea una compleja estructura argumental en el que la historia se va contando de forma retroactiva en una especie de cadena de flashbacks. La primera de las imágenes que encontraremos será, precisamente, la bucólica estampa publicitaria institucional de unas playas ya limpias de chapapote. A partir de ahí, cada capítulo de la obra va retrocediendo en el tiempo de forma que vemos las consecuencias antes de las causas. Una atrevida opción pero que permite un análisis de las causas que incluye siempre una reflexión previa: conocer el final nos da las pistas para desarrollar criterios que analicen las causas. No tenemos por qué hacer futuribles, el futuro ya ha colapsado en un pasado que conocemos, dejándonos libres para investigar las razones. Una acertada pirueta técnica que esconde una complejísima labor de guión: los personajes son presentados de forma inversa y desconocemos sus motivaciones, sólo sabemos de los resultados de sus actos. No se pueden definir como es habitual, sino a través de un proceso inductivo que hace el lector, obligando al guionista a una cuidadosa planificación previa que se extenderá a la puesta en escena. Cada localización, cada acción que vemos, tiene detalles que pueden tener un origen anterior y que, como tal, deberán ser tenidos en cuenta. Si hoy vemos una pintada en un muro, en capítulos siguientes, anteriores en el tiempo, veremos cómo se llegó a ella. Si hoy un periódico saca un especial de viajes, más tarde veremos su génesis. Todas las acciones y eventos quedan así unidos en una gran cadena en la que, finalmente, todo irá adquiriendo un sentido. Trágico, porque ya sabemos cómo acabará está historia en el siguiente volumen de la obra, pero con una larga reflexión sobre lo ocurrido que nos dará una perspectiva nueva aunque, por desgracia, nunca definitiva.
Queda por hablar del protagonista silente de esta obra: Sergi Sanjulián. La complejidad del guión, la trascendencia del tema, cobran protagonismo y se olvida casi siempre la callada labor de un dibujante que es vital para que la obra llegue a buen término. Que nadie se lleve a engaño: esta obra no sería sin él. Su labor de interpretación del guión de Portela es cuidadosa y perfecta, es el responsable del difícil juego de equilibrios que tenía que conseguir esa apariencia intemporal e ilocalizable de la trama. Recae también sobre él el desarrollo psicológico de unos personajes que deben ser definidos por el grafismo antes que por un guión que, por elección, no puede definirlos desde el principio. Labores muy complicadas que Sergi realiza desde una sobriedad medida, a sabiendas que en esta historia no hay lugar para florituras gráficas, sino para reflexiones. Por desgracia para él, su trabajo es tan bueno que consigue tornarse en invisible para el lector, que luego se quedará con la historia y no con su excelente labor.
Un álbum, a mi entender, brillante, que marca las muchas posibilidades todavía inexploradas de la historieta por estos lares.

25.Septiembre.2008 | Lecturas

Sabores y olores

Hay tebeos que logran trascender el papel y conseguir que el goce visual se transforme por arte de sinestesia en una experiencia sensitiva. Se podría pensar que semejante hazaña sólo está al alcance de tebeos de rotundidad hiperbólica, de obras maestras que rebosan los límites de la hoja de papel y que presentan páginas de complejo grafismo y arriesgada composición. Pero Bastien Vives demuestra que este curioso efecto sensorial está sólo al alcance de determinadas sensibilidades. Le goût du chlore (literalmente, el sabor del cloro) es un álbum intimista y sencillo, que cuenta la historia de un joven que debe ir a la piscina como tratamiento de un problema de espalda. Una tranche de vie simple y sencilla, que Vives irá transformado con exquisito tacto en la historia de un enamoramiento. Es un álbum construido sobre elipsis y silencios, sobre tranquilas y largas miradas que van pasando de la curiosidad a la emoción contenida. Las citas de la piscina se irán convirtiendo para el joven protagonista en una necesidad, en una ansiosa búsqueda del objeto del deseo. La mirada perdida de las primeras veces se irá tornando en un descubrimiento de sensualidad, aunque nunca se atreva a dar el paso de superar el pudor. Una historia de una naturalidad desbordante donde Vives demuestra además una delicada elegancia para la narrativa y el grafismo. La sencilla composición es el vehículo perfecto para esos momentos donde el protagonista se sumerge en el agua y, con él, escuchamos ese extraño universo sonoro subacuático. El azul verdoso del agua de piscina es omnipresente en todo momento, transmitiendo ese característico fulgor casi mágico, que nos provoca casi instantáneamente la familiar sensación olfativa del cloro. Un entorno de sensaciones que van mucho más allá de lo visual y que Vives consigue hacer llegar al lector hasta conseguir que la lectura de este álbum sea una experiencia única (3+).
¿Se atreverá alguien a publicarlo en España? De momento, y a la espera de que alguien dé el paso, podéis disfrutar de su blog, Comme quoi, con muchísimo bocetos y divertidas tiras, como estas instrucciones para hacer tebeos de superhéroes.
Una página del álbum:

21.Septiembre.2008 | Lecturas

Miss Endicott

Lo bueno que tiene la extraña política de publicación de tebeo europeo de Planeta DeAgostini es que da la oportunidad de leer álbumes que uno jamás pensaría que saldrían en castellano. Tebeos discretos, que han pasado sin pena ni gloria por el mercado francés y que representan perfectamente ese equilibrio tan habitual en el país vecino, en el que un material comercial con clara vocación de relleno no renuncia a unos mínimos de profesionalidad y decoro en su realización. Buen ejemplo puede ser Miss Endicott, de Jean-Christophe Derrien y Xavier Fourmequin, un digno tebeo de entretenimiento que cuenta las aventuras de Prudence Endicott, una atrevida jovencita que vuelve a un Londres victoriano para tomar su lugar como “conciliadora” de la ciudad tras la muerte de su madre. En el fondo, Derrien está planteando la clásica estructura de vengador justiciero nocturno común a personajes como La Sombra o Batman –Alfred incluído-, tomando además prestados elementos de la saga familiar de El hombre enmascarado, de Dickens e incluso fantásticos del “Londres de Abajo” que imaginaba Gaiman en Neverwhere. Un cóctel quizás excesivo, que Derrien mueve con oficio pero sin más ambiciones que conseguir que el relato funcione a un nivel básico, lo justo para que el lector disfrute de la lectura. Más destacable es labor de Xavier Fourmequin, un dibujante que no para de evolucionar absorbiendo influencias, desde aquellas iniciales de Bernet que encontrábamos en Alban hasta su actual y personal estilo, a medio camino entre Loisel y la escuela francobelga de aventuras, perfecto para la atmósfera de esta serie. Sin olvidar, por supuesto, la excelente tarea de Scarlett Smulkowski como colorista, a la que algunos recordarán por su trabajo en Dust, el último Blueberry.
Tebeo de consumo, pero que no intenta ni estafar ni insultar al lector, sino darle un producto para pasar el rato exquisitamente manufacturado. Lo que no es poco. (1+)

20.Septiembre.2008 | Lecturas

Bru & Philips

Habituados al espléndido dúo formado por Sean Philips y Ed Brubaker, resulta casi extraño que se publiquen tebeos en los que ambos autores se aventuran a realizar obras con otros compañeros de viaje. Más si coinciden dos de ellas en el mismo mes, como es el caso de Los chicos detective y Siete Psicópatas.
La primera es una miniserie tardía en la que un todavía debutante en el mainstream Brubaker retomaba los personajes protagonistas de The Children’s Crusade, el primer crossover de las colecciones de Vertigo. Los jóvenes detectives muertos volvían al papel (ya que no a la vida) unos años después de la mano de este entonces joven guionista, que había dejado un excelente sabor de boca con la serie Deadenders. Para evitar riesgos, Brian Talbot se encargaría de los lápices de la serie, lo que favorecería que los lectores identificaran fácilmente la serie como una “colección Vertigo”. El resultado es, como poco, agridulce. Brubaker firma un guión poco más que correctito, mezclando elementos fantásticos con una trama detectivesca excesivamente predecible, siempre con la alargada sombre de Gaiman presente. Unos cimientos poco sólidos sobre los que Talbot desarrolla una labor poco inspirada que, para colmo, es bastante maltratada por un mecánico Steve Leialoha a las tintas. Se deja leer, pero se olvida con la misma velocidad que se pasa la última página. Eso sí, las portadas de McKean, espléndidas. (1-)
Por su parte, Sean Philips es el encargado de la labor gráfica de Siete Psicópatas, primer volumen de una serie de siete álbumes englobada dentro de la curiosa moda de “series límitadas” de álbumes de varios autores que azota Francia. Con el siete como elemento recurrente (siete psicópatas, siete ladrones, siete guerreras, siete yakuzas, siete misioneros siete piratas…), en este primer volumen el guionista Fabien Velhmann, en alza gracias a su buena labor en la entretenida El marqués de Anaón, plantea un curioso punto de partida que, por desgracia, se estrella en un desarrollo que no llegan a salvar las sugerentes trazas finales. La historia de estos siete psicópatas que deberán cumplir la misión secreta de asesinar a Hitler comienza muy cinematográficamente, con la típica estructura de elección de personajes para la misión que actúa a su vez de presentación, pero que pronto comienza a hacer aguas: los personajes son absurdos, no hay cohesión entre las tramas y, para colmo, es evidente que Velhmann no tiene claro qué hacer con su reparto coral. Tiene, eso sí, un fogonazo de inspiración en su parte final que, por desgracia, es bastante previsible y no consigue arreglar el desaguisado. Philips está en su línea habitual de sobria corrección, pero poco puede hacer para que la lectura de esta obra sea mínimamente interesante. Pese a que la edición de Planeta es en tamaño mini (curiosa política editorial: publicar siempre en formato diferente al original, lo que era en comic book en tamaño gigante y lo que era álbum europeo en formato comic-book…), no afecta excesivamente al dibujo de Philips. Olvidable (0)

20.Septiembre.2008 | Lecturas

Se busca

Tras los terremotos mediáticos y de taquilla de Iron Man y The Dark Knight, parece que Wanted, la adaptación del tebeo homónimo de Mark Millar y J.G. Jones está pasando mucho más desapercibida. Vaya por delante que servidor no se acercará ni atado a las salas cinematográficas a ver la película del kazajo Timur Bekmambetov (sobre todo después de haber sufrido en carnes propias ese atentado contra el séptimo arte – y el buen gusto- llamado Guardianes de la noche), pero al menos hay que reconocerle a Millar que independientemente de los resultados en pantalla, su tebeo merece una lectura.
Aunque Millar (a,e, lo que hace una vocal…) es un escritor que se encuadra dentro de esta generación de autores que tienen la tediosa costumbre de con fundir la hipérbole violenta y la pose cínica como sinónimo de lo “cool”, el británico deja normalmente esbozos de calidad en su obra que suelen indicar un potencial muy superior al que muchas veces muestra. Pese a que suele dejarse llevar por los excesos, sus guiones suelen destilar un sutil humor mucho más inteligente (como bien ha demostrado en su etapa en The Authority o el primer arco de Ultimates), que sabe compaginar con encargos que resuelve con oficio y sin excesivas estridencias y proyectos mucho más personales como un Millarworld. Wanted pertenecería a este último caso, donde es de suponer que el guionista se libera de las imposiciones y se encuentra más a gusto, jugando con personajes de su propia creación que no deben respetar ninguna norma previa. Y ahí se nota, como ya pasara en tebeos como Red Son, el actual Kick Ass o incluso en el inicio de Civil War que Millar tiene ideas sugerentes a desarrollar. No siempre llevadas a buen puerto, todo sea dicho, pero que si consiguen superar los primeros escollos dan lugar a un tebeo de lo más entretenido, como ocurre en Wanted. Este mundo de supervillanos que han conseguido por fin vencer a los superhéroes es un atractivo punto de partida que Millar sabe explotar, desarrollando una trama bien urdida que interesará al lector a la par que le permite crear un entorno perfecto para que los excesos queden enmascarados y no molesten. Una historia que le deja manos libres para el juego referencial e incluso algunas propuestas interesantes: en un mundo de supervillanos, ¿quién salva a los malos malosos del más-malo-todavía?¿El supervillano se convierte en superhéroe al salvar a los supervillanos de los otros supervillanos? Una especie de trabalenguas sobre el que no se profundiza, pero que añade al ya de por sí entretenido argumento una irónica segunda lectura. J.G. Jones demuestra ser algo más que un funcional portadista y firma un meritorio trabajo gráfico que redondea el buen sabor de boca que deja la lectura de este tebeo. Está bien hecho, entretiene y el rato de lectura se pasa volando. Más no se puede pedir. Bueno, sí, que Bekmambetov no se acerque a una cámara de cine, pero eso no es problema de Millar. (1+)

19.Septiembre.2008 | Lecturas

Incógnitos

Dos reseñas rápidas de dos tebeos europeos que no deberían pasar desapercibidos:
En primer lugar Incógnito, de Gregory Mardon (La Cúpula). No suelo identificarme con los protagonistas de las obras de ficción que leo, pero en este caso el proceso de identificación ha sido profundo e inmediato. Que el protagonista sufra un esguince y tenga que acudir a terapia de rehabilitación me ha producido una empatía automática (¡ay! me ha dolido hasta la viñeta en la que se tuerce el tobillo) que ha favorecido que sienta un especial cariño hacia el protagonista de esta obra. Eso sí, las similitudes terminan ahí, ya que mi fisioterapeuta difícilmente podría protagonizar una película de Russ Meyer y las sesiones son de lo más ordinario, muy lejos de esta curiosa historia de apariencias y celos. Mardon plantea un extraño trío entre el anodino protagonista, su fisioterapeuta y el hermano parapléjico de ésta, que deambula en todo momento entre la ambigüedad y la sorpresa. Hay un acertado intento de manejar la tensión y de desarrollar unos personajes complejos que entablan relaciones con un matiz insano, que podría caer en el histrionismo exagerado pero que el autor consigue contener dentro de unos cauces muy legibles. Pese a que la historia tiene algunas incoherencias de planteamiento (no se entiende muy bien qué sentido tiene sobre la historia la capacidad del protagonista de tornarse “invisible” ante los demás – una idea que, por cierto, parece literalmente sacada de un episodio de Buffy), se lee con interés y se agradece el atípico final, así como la buena labor gráfica de Mardon. Un tebeo a leer (2-)
Y en segundo lugar, un tebeo que me pasó desapercibido y que recupero por un acertado consejo: La virgen del burdel, de Hubert y Kerascoët. Planeta recopila en un solo volumen los dos primeros álbumes de Miss Pas Touche, una historia ambientada en el París de los años 30 y que narra la historia de la joven Blanche, que en la búsqueda del asesino de su hermana entrará a formar parte de un selecto burdel de la capital. Hubert, colorista reconocido –ha coloreado, entre otros, a Jason-, sorprende con un elaborado guión que, si bien parece confuso en las primeras páginas, pronto alcanzará un excelente ritmo con un tono mucho más crudo y descarnado, en el que la virginal Blanche conocerá la otra cara de una hipócrita sociedad, que esconde sus perversiones tras una máscara de puritanismo. Resulta realmente interesante el tratamiento que hace Hubert de su protagonista: evita el fácil encasillamiento de joven heroína sufrida al estilo Pichard (no en vano comparte nombre con Blanche Epiphanie) para explayarse en un complejo desarrollo personal, ambiguo, en el que la joven recorrerá un sórdido camino en el que su comportamiento difícilmente puede calificarse de heroico, pero sí de muy humano. La dualidad virgen ingenua - sádica dominanta no hace más que ahondar en esa contradiccón buñueliana de la Belle de Jour, aportando más riqueza, si cabe, al personaje y a una historia que no tiene miedo a plantear soluciones diferentes que bordean el juicio moral establecido. Una atrevida propuesta argumental que Marie Pommepuy y Sébastien Cosset, alias Kerascoët, desarrollan brillantemente con un estilo en la línea de Dupuy y Berberian o el Sfar de Pascin, que cuida perfectamente la ambientación parisina de entreguerras a la par que dota de un adecuado dinamismo a la acción. Un tebeo muy recomendable del que ya se anuncia en Francia el inicio del segundo arco argumental, que también será de dos tomos. (2+)

19.Septiembre.2008 | Lecturas

Monos de trapo

Yo no sé, estimados lectores y lectoras, si ustedes se acuerdan de los juegos de su infancia. De esa época en la que un par de muñecos -ya un poco cascados, todo sea dicho-, unas cajas y una imaginación desbordada creaban lances sin par. El sofá de casa se convertía en una peligrosa cordillera de afilados picos y escarpadas paredes, por la que aguerridos aventureros –que ríanse ustedes de Indianas y demás- conseguían las hazañas más inverosímiles. Fort Navajo, la conquista del Everest y la batalla de Iwo Jima se juntaban y mezclaban con los ataques de los piratas de la Isla Tortuga y la aparición estelar de Godzilla junto a Mazinger Z.
Todo era posible, sólo necesitábamos un poco de espacio y unos cuantos juguetes destartalados. El resto venía sólo como una ingenua inspiración desbocada, ya saben, eso que se llama la imaginación.
Muchos son los que han intentado retratar esa época, plasmar la esencia de aquellos momentos infantiles. Posiblemente, el primer nombre que nos asalte sea el de Bill Watterson, que supo trasladar al papel con minuciosa exactitud el sutil cóctel de imaginación, inocencia y crueldad de los recreos infantiles en Calvin y Hobbes. Lo real y lo ficticio se unen en la figura de ese tigre de peluche que cobra vida para demostrar que ambos mundos están separados por una barrera tan fina como queramos crear. Una obra magistral, grabada ya a fuego como uno de las referencias obligatorias de la historia del tebeo pero que, si somos estrictos, no es una plasmación fidedigna de los sentimientos de aquellos días de niñez. Es una gran reflexión sobre la vida desde la perspectiva de la infancia, pero si lo que buscamos es rememorar exactamente qué sentíamos cuando montábamos nuestras batallas de soldaditos de plástico, entrar en la mente de ese niño para escudriñar qué maravillas se gestaban, nuestro objetivo debe ser Las aventuras de Sock Monkey.
Admito que la premisa argumental del tebeo, las correrías de un mono de trapo y su amigo, un cuervo de peluche, difícilmente puede considerarse original. Que los juguetes cobren vida no es un recurso especialmente insólito y aunque muchos pensarán de inmediato en el señor Lasseter y sus maravillosas creaciones digitales, la realidad es que llevan cobrando vida desde que los cuentos existen, como bien nos recordaba hace más de un siglo Collodi. Sin embargo, Tony Millionaire, su autor, dota a su obra de un espíritu infantil inclasificable, capaz de asumir los referentes de los cuentos que cuentan los abuelos a sus nietos para dormirse, transformados e incorporados con total naturalidad al juego, tal y como lo hace la imaginación infantil, creando una especie de montaña rusa donde no hay más regla que la improvisación. Las aventuras de este mono de trapo y su córvido colega de peluche no conocen límite y deambulan tanto por caminos fantásticos como por corrientes, transformando lo cotidiano en una parte más de un juego. Las lámparas se transforman en estrellas brillantes, las figuras en parte de escenarios de piezas teatrales que mutarán sin motivo incorporando personajes de cuentos o iconos culturales.
Millionaire apuesta por trasladar sus juguetes a un indeterminado momento entre el siglo XIX y el XX, donde todavía la maquinaria multimedia no hipnotizaba las mentes infantiles y que le permite, además, aprovechar al máximo su estilo de dibujo, de claras reminiscencias a la ilustración infantil de esa época. Los grabados de los cuentos infantiles parecen tomar vida, con un dinamismo inacostumbrado, que juguetea con composiciones que nacen de lo estático para animarse con fuerza y velocidad, en un contraste sorprendente.
Sin embargo, y pese a que su objetivo pueda ser aparentemente el público infantil, Sock Monkey es un tebeo que apreciarán mejor los adultos. Es como si Millionaire hubiese hecho un tebeo para adultos que fueron niños, recreando aquellas historias imaginarias pero trufadas de pequeños detalles escondidos que sólo se pueden disfrutar aquellos que ya vivieron aquella época.
Hay que agradecer a Rossell que se haya atrevido a editar un tebeo tan interesante, pese a su dudosa comercialidad. (3)
Enlace:
-Algunos ejemplos de páginas de Sock Monkey.

18.Septiembre.2008 | Lecturas

100 años después…

Aprovecho que acaba de editarse el excelente Batman Año 100 de Paul Pope para reciclar reseña:

Menuda lección les ha dado el señor Paul Pope a los autores de Marvel y DC con Batman Año 100. Tenía muchísima curiosidad por leer esta primera incursión de Pope en el mainstream, cierto es que con algún miedo y prejuicio a que las imposiciones editoriales hubiesen podido maniatarlo, pero es evidente cualquier prejuicio era infundado. Paul Pope es uno de los autores más arrebatadores que se pueden encontrar en el actual panorama historietístico americano, uno de esos dibujantes tan visceral e incontenible que ninguna barrera se le resiste, tocado por una varita divina que le permite llegar a donde otros ni siquiera sueñan.
Autor de férrea independencia, sus obras anteriores dejaban ya entrever una clara vocación por buscar nuevos caminos para el tebeo de género, fundamentalmente dentro de la ciencia-ficción con toques de género policia de la que son buenos ejemplos trabajos tan sugerentes y recomendables como THB, Heavy Liquid o 100%. Pero, sobre todo, evidenciaba una capacidad inusual para la narrativa, con una puesta en escena y ritmo casi perfectos que parecían nacer casi espontáneamente. Características que se han ido madurando hasta conseguir obras tan interesantes como las citadas, pero que podían verse mermadas por el férreo control que las grandes editoriales mainstream desarrollan sobre sus franquicias más queridas. Afortunadamente, los mandamases de DC han dejado total libertad a Pope para esta versión futurista de Batman que transita a medio camino entre el relato policial y el homenaje a Dark Knight y Batman Año Uno, con una trama detectivesca interesante y una acertada visión de un futuro próximo oscuro sin estridencias. Pope construye una sociedad creíble para esta nueva encarnación del hombre murciélago en el año 2039, que sabe tomar a la perfección elementos de las obras de Miller para reinterpretarlos y asimilarlos en su historia. Un argumento sugerente que ya de por sí justifica la lectura de esta obra, pero que se acompaña de una de las lecciones de narrativa más soberbias que servidor ha leído en mucho tiempo en el mainstream.
Una afirmación que puede sonar a exagerada, pero que se justifica ya desde la primera escena de Batman Año 100: una larga secuencia de persecución y lucha con una fuerza y brío que deja sin respiración al lector, convirtiéndose en toda una declaración de intenciones de lo que vamos a encontrar. Pope domina una puesta en escena milimétrica, perfecta, de potencia atronadora, en la que casi podemos imaginarnos una banda sonora enérgica, que aumenta el nervio de unas peleas perfectamente coreografiadas, pero manteniendo en todo momento una tensión agónica que en ningún momento se desborda. Tensa la cuerda con maestría, sabiéndose poseedor de la desacostumbrada capacidad de sentir el momento idóneo para soltarla o estirar más, arrastrando al lector cual marioneta.
Pese a las diferencias estilísticas, Pope es heredero nato de la garra narrativa de Jack Kirby, pero paradójicamente mezclada con la elegancia de Alex Toth. Una unión casi imposible, pero que, al conseguirse, hace de Pope uno de los autores con más posibilidades dentro de la historieta americana.
Uno de esos tebeos que deberían sonrojar a muchos autores estrella, a los que pone en triste evidencia y que, en mi particular opinión, es una de las contribuciones más frescas e interesantes que ha dado el mainstream desde hace lustros.
Excelente (3+)

16.Septiembre.2008 | Lecturas

Reseñando en más de una línea: El Santuario de Gondwana

Soy fiel seguidor de Sente desde su brillante reinterpretación de la tradición en Jacobs en La Maquinación Voronov. Me gustó su apropiación del estilo de la serie de forma clónica, pero con ciertos atrevimientos que Juillard apoyaba con su mimetismo camaleónico del estilo de Jacobs. Aunque su segunda incursión en la serie me pareció menos interesante que su debut, seguí considerando que existían puntos muy sugerentes, la mayoría derivados precisamente de la ruptura de los cánones de la serie. La humanización de los personajes (de Mortimer en este caso) o el atrevimiento de dotar de un pasado coherente eran coherentes, sin embargo, con el respeto a los cimientos básicos formales.
Esperaba por tanto con muchísimas ganas su tercera contribución a la saga, pero debo reconocer que, quizás por ello, la decepción tras la lectura de El Santuario de Gondwana ha sido todavía más profunda. Sente y Juillard parten de los sucesos del anterior álbum para desarrollar una historia que resulta en un absurdo e ilógico argumento. Un gigantesco “McGuffin” que cuando es revelado se nos muestra como absolutamente desatinado, incoherente y mal desarrollado, que para colmo es planteado con un torpeza narrativa por parte de Sente realmente sorprendente y molesta. Incluso la propia estructura del álbum es partida por una larguísima explicación de las razones de la existencia del Santuario de Gondwana que cortan radicalmente la acción y descolocan al lector que termina sin comprender muy bien qué ha estado leyendo.
Un guión sin pies ni cabeza en el que Juillard parece naufragar, olvidando su elegante forma de seguir el estilo de Jacobs para simplemente cumplir con una evidente desgana. Una verdadera lástima que Sente y Juillard tiren por la ventana todo lo que habían acumulado en los tres álbumes anteriores con este despropósito. Esperemos que la nueva aventura de los personajes prevista para el año que viene, esta vez con Van Hamme a los guiones y René Sterne y Chantal de Spiegeleer a los lápices nos quite este mal sabor de boca. (0)

16.Septiembre.2008 | Lecturas

Reseñando en una línea

Qué decepción más profunda tras leer El santuario de Gondwana. Con lo que me gusta(ba) Senté…
(Mañana lo amplío…)

15.Septiembre.2008 | Lecturas

Hiperviolencia, excesos… Frank Miller

Hay que reconocerle a Frank Miller una innegable habilidad en temas de marketing: ha dotado siempre a su obra de una componente polémica que ha sabido potenciar y lanzar multiplicada hacia los medios y aficionados. En muchos casos, producto de una inteligente capacidad para generar el debate a través de propuestas que se atrevían a traspasar el umbral de lo socialmente establecido. En otros, como una apuesta gratuita que sólo hacía que repetir discursos exhaustos. ¿Son dos caras de una misma moneda o es el producto de una involución irreversible? Una pregunta que se puede analizar a través de la reciente reedición de Hardboiled y la polémica generada alrededor de All Star Batman y Robin, dos obras coincidentes en ser desarrolladas para el lucimiento de otros dibujantes (Geof Darrow en un caso, Jim Lee en el otro) y en su aparentemente similar propuesta provocativa basada en la ultraviolencia.
Hardboiled supone, a mi entender, todo un punto de inflexión en la obra de Miller. Realizada en 1990, justo después de su periplo superheroico en Daredevil y Batman y previo a su periplo por el género negro hiperhormonado de Sin City, es el perfecto nexo de unión entre ambos extremos. Tras su exploración del concepto del héroe desde una perspectiva clásica en los personajes de Marvel y DC, Miller propone una historia sin identidades en la que la ultraviolencia se alza como único protagonista. Una especie de revisión ballardiana del Yo Robot de Asimov en una sociedad propia de Philip K. Dick, en el que un recaudador de impuestos sacrifica su propia identidad (nombre, familia, ser) en virtud de su función social, su trabajo como incansable perseguidor. El concepto de heroísmo que había ejercitado previamente desaparece: no hay héroe, sólo una máquina que responde a una tarea preprogramada y que debe encontrarse a sí misma a través de una brutal y literal deconstrucción. La deconstrucción de héroe ensayada en Born Again y Año Uno se transforma aquí en un proceso sádicamente real que lleva a una única pregunta: ¿existe el héroe o sólo su tarea? Un planteamiento que rompe con todo su discurso y tendrá una respuesta clara en toda su obra siguiente a través del concepto del sacrificio heroico, del héroe impuesto y de un discurso nihilista tan exacerbado que, en muchas ocasiones, puede ser leído en la misma clave que los fascistas se apoderaron de las teorías de Nietzsche.
Pero, además, Miller aprovecha su reflexión para realizar un soberbio ejercicio de estilo. Al igual que en su trabajo con Sienkiewicz o Mazzucchelli, Miller desarrolla su narrativa de forma completamente entregada al estilo gráfico de su dibujante, un Geof Darrow hiperdetallista que será aprovechado para una experiencia única de contrastes. En un momento en el que Miller había llegado casi a la perfección en su proceso de síntesis narrativa, con viñetas de una simplicidad tan apabullante como eficaz, los sobrecargados y barrocos dibujos de Darrow son el extremo contrario, una ralentización radical del ritmo narrativo que obliga al lector a perder un largo rato en recorrer cada viñeta, en esas inmensas e inacabables búsquedas de inexistentes Wallys en las que todo, absolutamente todo, está dibujado. La ultraviolencia que Miller quería analizar queda detenida en el tiempo, en una especie de grotesca parodia sin límite. Un tiempo detenido que permite a Miller descargar todos sus cargadores de vitriolo y provocación, desde el sexo promiscuo a ese Tintin mórbidamente obeso que controla la corporación (¿Moulinsart se habrá dado cuenta?) o la parodia religiosa simpsoniana. Hardboiled es una obra tan extraña como sugerente, que sorprende en sus formas y en sus contrastes artificiales, pero que quizás, en sus hipérbolicos excesos pierde, como su protagonista, parte de su identidad sin perder por ello el interés (2+).
Quince años después, Miller se une a Jim Lee para volver a Batman y desarrollar una historia donde también la ultraviolencia y la provocación son protagonistas. Pero a diferencia de la anterior, en los nueve números aparecidos hasta el momento de All Star Batman and Robin la exageración, la provocación, no parecen tener más motivación que la ofensa de las mentes bienpensantes. Ya no se encuentra la fina ironía de sus otras obras, ya no hay más razón para la plasmación de la violencia que una supuesta violación de los límites. Sabedor de las muchas carencias del dibujante, le proporciona un argumento que permite su desarrollo a golpe de pin-ups, pero que lastra la narración hasta desfigurarla, dejando desnuda la historia para mostrar una única motivación: explorar los límites de sus editores. ASB&R se convierte así en una especie de pulso entre el “enfant terrible” y sus jerifaltes, en el que Miller se divierte transformando cada número en una nueva vuelta de tuerca. Una cara gamberrada privada que olvida por completo que, pese a todo, hay que contar una historia. Perdidas las experiencias formales y las argumentales, no queda más que un tebeo tan olvidable como prescindible, en el que un autor de la categoría de Miller se degrada al insulto adolescente y pierde la oportunidad de volver a definir el origen de Batman como ya hizo en su día (¡qué diferencia con el excelente trabajo de Morrison y Quitely en All Star Superman!). (0)
¿Ha involucionado Miller?¿Se ha adocenado en su divismo de “enfant terrible”?
Todo es posible, pero siempre tendrá el privilegio de la duda. Sólo por Born again o The Dark Knight returns es un privilegio ganado a perpetuidad.

15.Septiembre.2008 | Lecturas

Breakdown

Me perdonarán ustedes el que haya estado unos días en modo automático, pero es que servidor estaba disfrutando de nuevo juguete:)
Pero una vez estrenado, vayamos por orden que hay trabajo, y mucho, de reseñas.
Primera, por aquello de que la antigüedad es un rango, Breakdown, de Takao Saito. Por desgracia, no resulta sorprendente decir que el señor Saito, clásico entre los clásicos, apenas es conocido en España. En la memoria está la golosa selección de aventuras de Golgo 13 que editó hace casi un par de años Glénat, pero apenas representa una ínfima fracción de la superlativa producción de este autor. Lo curioso es que después de años de ignorancia supina sobre este autor, en el mismo mes se comiencen a publicar dos de sus obras más importantes por dos editoriales distintas. Curiosa coincidencia y malévolo destino, porque este tipo de azares suele desembocar en la elección del lector por una de las dos obras, terminando en disminución de ventas de ambas. Esperemos que sea tan sólo temporal y el resultado sea el contrario: que los lectores de una se vean impelidos a comprar la otra.
Al asunto: Breakdown se engloba plenamente en el género post-apocalíptico, narrando las penurias de la supervivencia de la raza humana tras el impacto de un cometa en la Tierra a través de las experiencias de Otomo, un periodista amante de la naturaleza. Con un consumado dominio de la narración, Saito intenta que la premisa argumental sea la excusa para introducir al lector en la compleja trama de situaciones derivada de la catástrofe y, de ahí, en la reflexión sobre las reacciones del ser humano en una situación límite. Un objetivo loable, pero que creo queda lastrado por el exceso de didactismo y el tratamiento exageradamente estereotipado de los personajes y situaciones. En momentos de máxima tensión dramática, el autor aprovecha para explicar cómo orientarse sin brújula o cómo se debe usar la cuerda en montañismo. Rupturas de ritmo que son heredadas de una forma determinada de entender la narrativa pero que cuestan de asimilar para el lector occidental. Un problema que se ve amplificado por el diseño extremado de los personajes: si Otomo es la personificación de la bondad absoluta, en connivencia perfecta con la naturaleza, su jefe, el señor Utsumi, es una representación de todos los males de la ambición personal desmedida. Blanco y negro sin matices que llega a deshumanizar a los protagonistas convirtiéndolos en representaciones simbólicas, que contrastan con fuerza con los intentos de retratar este apocalipsis final desde una perspectiva vital realista. Las situaciones son predecibles en demasía, la reflexión se transforma en previsión y pronto se comienza a echar de menos el complejo desarrollo de los personajes de autores contemporáneos de Saito como Tezuka o Tatsumi. Una comparación cruel, desde luego, pero que deja claro que mientras que la obra de éstos está claramente enfocada a un lector adulto, la de Saito sólo funciona enfocada a un lector más adolescente, al que puede impactar la dureza de las situaciones y su presentación casi didáctica, motivando quizás ideas y pensamientos que el adolescente nunca antes ha tenido sobre la naturaleza humana.
Queda, eso sí, el impresionante dominio de la composición, la puesta en escena y el ritmo, con momentos de una fuerza y dramatismo espectaculares, como las sobrecogedoras imágenes tras el impacto del metereorito. A destacar la excelente edición de Dolmen, muy cuidada y de gran calidad de reproducción (1).

8.Septiembre.2008 | Lecturas

Autobiografías

Se dice que existe una exagerada tendencia al relato autobiográfico en el tebeo moderno. Es posible. Si nos centramos en la producción independiente, en el tebeo más alternativo, sí que se puede hablar de una cierta prevalencia en los últimos años de este tipo de narración. La indudable influencia de obras y autores de gran calado como Chester Brown o David B. pueden favorecer, sobre todo en el autor que comienza, una inclinación hacia una temática de corte más intimista basada en la propia experiencia. No es, desde luego, una moda arrasadora dentro de la historieta pero es indudable que es un género que ha sido ejercitado con mayor frecuencia, aunque cualquier análisis relativo demostraría rápidamente que su producción es mínima comparada con otros géneros. Sin embargo, es innegable que su presencia en la historieta es mayor que la que se pueda dar en otros medios o formas artísticas, como la literatura o el cine. Pese a que muchos puedan inferir rápidamente que es una típica “pose de autor”, no se puede desdeñar que las propias características de la producción de la historieta, sobre todo en el campo independiente donde el concepto de autor adquiere una mayor individualidad, pueda favorecer el uso de este lenguaje como medio para hablar de uno mismo.
Se dice, también, que es el género de los que no saben qué contar, de autores que cuentan banalidades que no le interesan a nadie. Es posible también. No se puede contradecir el hecho de que, muchas veces, un relato autobiográfico es la simple traslación de una situación común e intrascendente. Pero, me temo, eso no significa que sea interesante. Aún cuando se obvie el instinto voyeur y cotilla natural del ser humano (del que seguramente tendríamos que hablar como motivación para leer este tipo de tebeos), el relato de una vida, incluso de los aspectos más cotidianos y rutinarios puede tener un importante atractivo. Es verdad que el reflejo de la rutina diaria puede suponer a muchos lectores un duro recordatorio de su propia existencia, que prefieran optar por una justificada evasión, pero la vida, por simple que parezca siempre puede ser apasionante. Todo depende de cómo se cuente. No tengo la menor duda de que un diario detallado, aséptico y concienzudo de las actividades diarias resulta anodino y falto de interés, pero ese mismo relato, apoyado con la reflexión de aquél que lo protagoniza, puede dar un fructífero crisol de ideas a compartir. Lo cercano, lo íntimo, lo cotidiano, pueden ser protagonistas de una historia con tanta fuerza como la aventura más vibrante. Lo que no significa, en ningún caso, que alguna de las dos opciones sea más correcta que otra. No tiene sentido que se defienda una forma de creación infravalorando otra cuando ambas son perfectamente válidas.
Se dice, por último, que lo autobiográfico es el refugio de los que no saben dibujar. Una afirmación motivada por la habitual presencia de dibujos poco trabajados, naif y casi infantiles en muchas de estas obras. Un concepto que suele caer en la clásica tendencia de confundir “buen dibujo” con el dibujo académico, olvidando lo que realmente significa la historieta e incluso las motivaciones de la elección de un dibujo. No son pocos los autores que optan por un dibujo basto y poco trabajado, meramente funcional, para focalizar el interés del lector sobre la historia. Un desinterés por el acabado gráfico que suele ser juzgado automáticamente como ejemplo de mala praxis historietística, y que rara vez es analizado en términos narrativos, de lenguaje secuencial, estudiando si realmente existe una relación adecuada entre lo que se cuenta y cómo se cuenta.
Autores que esconden sus carencias narrativas y gráficas con la excusa de que hacen tebeo autobiográfico los hay a montones, pero no se puede juzgar un género única y exclusivamente por ellos: sólo la lectura y análisis posterior pueden ser los argumentos para emitir un juicio sobre un tebeo, siempre desde la base de lo que se está contando y cómo se está contando, nunca desde los prejuicios.
Como ejemplos de tres casos bien diferentes de tebeo autobiográfico, hablemos de Pequeñas cosas, de Jeffrey Brown, Afortunada, de Gabrielle Bell y Save Our Souls de Felipe Almendros.
La nueva obra de Brown publicada por La Cúpula no aporta ninguna sorpresa: es un autor que ya ha sido publicado previamente en España y el libro se podría definir como continuista con la línea de los anteriores: Brown toma como punto de partida momentos aislados de su vida y los cuenta de forma sencilla y directa. Hace uso de un dibujo descuidado, tosco, de rápida ejecución, que busca la eficacia narrativa en lugar del lucimiento gráfico. Brown demuestra ya un dominio espléndido de los tiempos, exprimiendo al máximo la sencilla composición de seis viñetas por página centrándose exclusivamente en la puesta en escena y en los tiempos, en el control cuidadoso de las elipsis y, en este caso, de algunos bruscos cambios temporales. Finiquitada ya su “trilogía de las novias”, Pequeñas cosas opta por reflexionar abiertamente sobre los detalles más nimios del día a día: aquellos que afectan a la relación con los amigos, la relación con su familia, los problemas de su enfermedad o del trabajo. Son episodios que Brown plasma con una naturalidad que los hace transcender de su individualidad para convertirse en universales, favoreciendo que el lector rápidamente se vea implicado, ya sea a través de la identificación o del interés por la anécdota. Capta al lector para luego compartir con él sus reflexiones de una forma sutil y delicada. En los tebeos de Brown no hay largos monólogos, pensamientos interminables o diálogo abierto con el lector. Hay silencios y expresividad. Su dibujo conscientemente elegido, esquemático, minimalista, contiene el juego de expresiones mínimo para trasladar emociones y sentimientos, para sugerir pensamientos a través de ese cuidado dominio de los silencios. A poco que comencemos a leer, nos daremos cuenta de su eficacia narrativa, la facilidad con la que su juego de sencillez y sinceridad, aderezado de pequeñas notas de humor autoparódico, prenda al lector. La aparente espontaneidad y descuido del dibujo esconde claramente una aplicada tarea de planificación, de búsqueda de una respuesta emocional cómplice en el lector que consigue de forma clara. La vida de Brown actúa como catalizador de la reflexión sobre la propia vida del lector, logrando que la obra trascienda el espacio del autor. (3)
Afortunada, de Gabrielle Bell, recopila los tres primeros números de Lucky, un minicomic que la proyectó de forma importante al ser galardonado con el premio Ignatz en 2004. Es evidente que en cada número Bell va experimentado con el lenguaje de la historieta, formándose y buscando nuevas formas. En la primera de las entregas, por ejemplo, Bell opta por la realización de un diario que recoge un poco más de un mes de su vida. Un traslado de casa, la busca de trabajo y los problemas de realización como artista son mostrados de una perspectiva puramente descriptiva, tan higiénica y fría, tanto en lo narrativo como en gráfico, que consigue que el lector pierda el interés rápidamente. Hay esbozos de reflexión, pero la enumeración continuada de situaciones consigue esquinarla, escondiéndola a un lector ya perdido. La comparación con Julie Doucet, con quien existen importantes coincidencias temáticas es contundente: la visceralidad de la canadiense contrasta profundamente con el distanciamiento de Bell.
La segunda entrega mejora la decepcionante valoración de la primera, pero sigue adoleciendo de la misma gélida narrativa que distancia al lector, una característica contraria a un tebeo de concepción más intimista. A cambio, centrarse en determinadas anécdotas permite un desarrollo narrativo más extenso, definir mejor las situaciones y a los protagonistas implicados en las historias que cuenta Bell. Hay un mayor cuidado de la puesta en escena y de la composición - esta vez reducida a cuatro grandes viñetas por páginas-, pero se nota en exceso que Bell está probando estilos gráficos y recursos, abandonando en algunos momentos el cuidado del argumento.
Pero tendremos que llegar al tercero de los capítulos y, sobre todo, a las historias incluidas como apéndice, para encontrar realmente el gran potencial que almacena Gabrielle Bell como historietista. A medida que Bell va dejando de lado la narración autobiográfica pura y se va centrando en la interpretación de esos episodios de su vida, su historieta va ganando enteros de forma exponencial, hasta llegar a ese punto final que es The Hole, última historieta del libro, tres páginas tan sólo que reivindican que todo lo anteriormente leído en el libro no es más que el camino iniciático de una autora que realmente tiene cosas que decir. Parte igualmente de una anécdota de su biografía, pero la reinterpreta añadiendo una inesperada componente fantástica que proporciona unos matices sugerentes, con un estilo sencillo, quizás con un desequilibrio en la cantidad de textos de apoyo y diálogos para unas viñetas tan pequeñas, que causan cierta saturación visual (la línea fina se lleva mal con la profusión de textos) que impide redondear la historia, pero dejando un sabor de boca muy superior al resto del libro (1).
Y ya para acabar, Save Our Souls, de Felipe Almendros. Poco puedo decir del autor, del que no he leído Pony Boy, pero me pareció intrigante que reconozca no leer tebeos y desconocer prácticamente el medio y, acto seguido, no sólo lo use para expresarse, sino que se embarque en una autoedición cuidada y limitadísima (sólo 100 copias). Uno de esos casos donde puede ser interesante hasta qué punto el lenguaje secuencial nace de una forma natural, sin necesidad real de un aprendizaje de recursos propios. Almendros se desprende de todo tipo de artificio para contar su viaje a Colima, México, para acompañar a su hermana en los primeros días de maternidad. El dibujo es marcadamente feísta, infantiloide, renegando de forma decidida de las perspectivas e incluso de la viñeta tradicional, descomponiendo la página en ocho espacios constantes que, muchas veces, pueden incluir en su interior más de una escena, en una ruptura completa con la tradición compositiva. Una serie de elecciones que parecen querer rechazar al lector, pero que permiten a Almendros narrar su historia de una manera completamente original. Pese a que ha declarado abiertamente que plantea sus historietas de forma cinematográfica, la realidad es que esa idea inicial se ve rápidamente corrompida por el uso de recursos propios de la historieta, jugando con simbolismos, deformaciones, espacios en blanco y transiciones, que le permiten maximizar la expresividad de su relato y caer profundamente en sus obsesiones y complejos.
Si bien de la sinopsis argumental cabría esperar un relato costumbrista de “choque de civilizaciones” al estilo Delisle, lo que tenemos en Save Our Souls es un complejo testimonio de una personalidad difícil, una apertura completa hacia las angustias, complejos y pesadillas del autor. Lástima que la exigua tirada haga de este tebeo haga que pase completamente desapercibido. (2)

Tres tebeos que optan por la autobiografía, que para muchos pueden ser tres obras similares, pero que resultan en tres aproximaciones completa y radicalmente diferentes de abordar un mismo género.

Enlaces:
- Presentación de Save Our Souls en You Tube
- Artículo sobre tebeos autobiográficos en Babelia
- Entrevista a Jeffrey Brown en 13 millones de naves.
- Reseña de Afortunada en Entrecomics  

31.Agosto.2008 | Lecturas