Bakuman

Que los autores de manga son capaces de extraer épica de cualquier situación nadie me lo tiene que demostrar: servidor ya se quedó maravillado en su día de esta capacidad casi innata del manga al ver cómo era posible quedarse enganchado con el grado de cocción de un croissant en ¡Amasando Japan!. Así que no es sorpresa alguna que la propia profesión de mangaka sea tratada con tal grado de emoción y épica que la realización de una historieta se convierta en algo rivalizante con la gran batalla final del torneo de artes marciales entre Goku y Satanás Cor Petit (Piccolo en la versión castellana…es que uno no puede evitar pensar en la serie en catalán), más si los responsables de ese proyecto de llevar el camino de iniciación en la profesión a viñetas son Tsugumi Ōba y Takeshi Obata, autores de la muy entretenida (aunque inevitablemente cayera en la repetición) Death Note. Sea por una cosa o por otra, es evidente que Bakuman, cuanto menos, es una lectura entretenidísima que, de momento y leídos los tres volúmenes editados en España, todavía no peca de esa repetición continua de esquemas que tanto afecta a los mangas de éxito.
Sin embargo, más allá del puro interés de entretenimiento y del siempre curioso retrato sociológico de la sociedad japonesa que supone una temática de este estilo (que lleva a la práctica diaria esa exigencia del avance personal por el esfuerzo que vemos continuamente en su cultura, etc), hay que reconocerle las aventuras de los dos jóvenes Moritaka Mashiro y Akito Takagi una serie de segundas lecturas mucho más sugerentes y, casi si se me permite, apasionantes en algún momento: por un lado el retrato de una industria descomunal, tan perfectamente engrasada en su funcionamiento como inapelable e inmisericorde con el fracaso. La antítesis, en ese sentido, de la experiencia de Tatsumi por salir de esa industria que podíamos leer recientemente en una Una vida errante. Pero también, como un atrevido juego metalingüístico en el que leemos un manga que tiene los ingredientes, normas y técnicas que los propios protagonistas explican y aplican para hacer un manga de éxito. Cualquiera de estas razones es una buena excusa para acercarse a la serie y pasar un buen rato con ella. (2)

Psiquiátrico

Mira que uno suele pensar que está curtido en esto de las lecturas que atañen a la salvajada humana. El suave pulido diario del telediario hace callo en la conciencia y, al final, uno ve tranquilamente cómo lapidan sin piedad a una mujer en la tele mientras ataca con pantagruélico énfasis el filete algo sanguinolento. Sin embargo, pese al endurecido callo, reconozco que la lectura de Psiquiátrico, de Lisa Mandel (Astiberri), ha sido uno de los ejercicios más angustiosos que he tenido que soportar en muchos años. La enumeración de las prácticas habituales de los frenopáticos franceses en los años 60 y 70 es una especie de catalogación fría y aséptica de la barbarie humana, de cómo es capaz de deshumanizar hasta el olvido a aquellos que no tienen la suerte de gozar de una sonrisa Profidén mientras disfrutan de la vida en su comedor IKEA. Lo peor no es la descripción de las terribles salvajadas que tenían que sufrir los enfermos mentales de la época, casi sometidos a un régimen de un campo de concentración. Lo peor es que mientras uno lee cómo dejaban a los enfermos bañados en su mierda durante el día, sabe con certeza que ése era el comportamiento social admitido, que era lo que la gente pensaba que era “lo que se tenía que hacer”. Cuando pienso en las atrocidades de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, pienso en crueles dementes que se arrogaban el derecho a decidir sobre la vida. Y las fotos, las terribles imágenes de entonces, son simples pruebas de aquella matanza. Sin embargo, al ver las imágenes que casi con candidez retrata Lisa Mandel, me doy cuenta de que es la gente normal y corriente, aquellos que tenían que hacer un trabajo más, el de ocultar al mundo esa “terrible lacra” de una gente enferma que afea las bonitas postales de una sociedad que se cree feliz, humana y piadosa. Y la reacción es de asco y repugnancia hasta la náusea, de una bola en el estómago que duele no ante lo que vemos, sino ante una sociedad que era (y es) capaz de condenar muchas cosas mientras consiente lo inhumano.
Ojo, que duele. (3)

Odi’s Blog

Antes de que desaparezca de las librerías, permitidme recomendaros vivamente esa pequeña joya que es Odi’s Blog, de Sergio Garcia y Lola Moral (edita dibbuks). Una serie de planteamiento tan aparentemente sencillo como contar la vida cotidiana, pero que en manos de estos dos autores se transforma en un delicioso ejercicio de vitalidad y dinamismo. Cada episodio, de apenas tres o cuatro páginas, es planteado como una especie de flujo continuo de movimiento, en el que la acción es descompuesta en pequeñas viñetas al modo de Muybridge o, mejor si cabe, al de aquellas maravillas que firmaba Barbe en su serie Cinema. Ya sólo por eso, la serie sería un disfrute visual inigualable, pero es que los autores aprovechan ese vector de impulso para que cada anécdota se transforme sin solución de continuidad en un ejercicio de imaginación desbocada. En esa línea de flujo visual continua, la anécdota cotidiana se introduce sin que casi nos apercibamos en la fantasía más increíble, en un Slumberland acelerado donde la realidad y la fantasía comparten espacio sin problemas, haciendo sencillo y delicioso lo que es en realidad un complejísimo ejercicio de narrativa muda donde las imágenes se suceden a la misma velocidad que todo un cúmulo de recursos narrativos.
Pero lo importante, lo realmente importante, es que es absolutamente imposible leer Odi’s Blog sin que una sonrisa nos vaya de oreja a oreja.
Fundamental y obligado prozac en viñetas para días grises en los que parece que el mundo es un poco peor.

Ínfimo Supreme

Que la etapa de Alan Moore y Rick Veitch en Supreme es recomendabilísima no hace falta ni decirlo. El de Northampton toma la creación de Rob Liefeld y lleva el “homenaje” a Superman hasta sus últimas consecuencias, retomando las reflexiones sobre el mito superheroico de Superman que ya iniciara en Miracleman para unirlas de forma indisoluble al entronque del género de superhéroes dentro de la cultura y mitología popular del siglo XX. El resultado es extraordinario, homenajeando y reivindicando esa deliciosa época que Otto Binder firmara como guionista de Superman como génesis de un icono pop, a la par que traslada esa concepción tan alegre y vitalista como infantil de los 50 a la locura hipervitaminada e hiperacelerada Image de los 90 con toques de reflexión y discurso post-Watchmen. Un tebeo extraordinario, sin duda. El problema es que la edición de Random House sigue canónicamente la espantosa edición en dos volúmenes de Checker Book de hace unos años, con un escaneo a pedales a bajísima resolución al que hay que añadir una importante reducción de tamaño. El que no se consuela es porque no quiere: con la reducción no se nota tanto el horror de calidad de edición original, pero lo máximo en que puedo pensar es que de “espantoso” pase a “espantosito”.
Ustedes mismos. Una verdadera lástima que esta obra no se edite con calidad, pero a este paso la maldición de la edición de Supreme en España comienza a ser eterna…

Una historia popular de los EE.UU.

Es probable que el título español de la adaptación del fundamental A People’s History of the United States, de Howard Zinn sea una mala elección. En los tiempos en los que vivimos, un título como Una historia popular del Imperio Americano se asocia automáticamente con una lectura radical de extrema izquierda del concepto de imperialismo reescrito en términos exclusivamente ligados a antiamericanismo. Igual que posiblemente también sea un error decir que Zinn es la guía evidente del mucho más mediático Michael Moore en documentales como Farentheit 9/11, habida cuenta del automático rechazo que causa la oronda figura del director en muchos. Sin embargo, ambos prejuicios darían lugar a un error más grave: no leer la obra de Zinn antes de emitir una opinión. Porque lo que hace el politólogo estadounidense no es hacer un fácil alegato antiamericano o un panfleto maniqueo (hay que reconocer que, por mucho que algunos celebremos la ironía de Moore, cae con demasiada asiduidad en cierta demagogia facilona), sino una profunda reflexión sobre la historia de su país desde la perspectiva de los que no escriben la historia. El resultado, una inquietante y en ocasiones terrorífica revisión de cómo la economía de los más poderosos transforma las vidas humanas en simples números reducidos a balances contables. Zinn analiza con lupa las relaciones sociopolíticas del poder con los lobbies económicos para dar cuenta de lo que habitualmente no se escribe en la historia, no habla de la épica de los héroes en las batallas, sino de la miseria de aquellos que las alentaron por aumentar los ingresos de sus cuentas bancarias. Y ese resultado es, en muchos momentos desolador, una bofetada que hace dudar en muchos momentos de si realmente el ser humano merece el calificativo de animal racional o de simple y vulgar depredador. Un texto utilizado habitualmente en los institutos americanos como eficaz incitador de la reflexión (la sociedad americana tiene estas sorprendentes dicotomías, capaz de negar el estudio de la evolución, pero suficientemente maduros democráticamente como para estudiar una dura revisión de las teorías canónicas de la historia) que llega ahora en formato de novela gráfica, en una adaptación a la historieta firmada por el historiador Paul Buhle y los periodistas Dave Wagner y Kathy Wilkes que se encarga de poner en viñetas el dibujante Mike Konopacki. No se puede decir que Konopacki sea precisamente un virtuoso, pero su labor se desarrolla con eficacia gracias, sin duda, a la espléndida labor de síntesis de los guionistas, que ayuda a la labor del dibujante sea perfectamente eficaz en su objetivo: trasladar al lector el potente texto de Zinn.
Una lectura que sirve para demostrar, de nuevo, el potencial de la historieta como lenguaje mucho más allá del entretenimiento o de la ficción, en este caso como vehículo de un ensayo sociopolítico. Muy recomendable.

Nuevos Mutantes

Que haya lecturas generacionales no es, a priori, especialmente malo. Todos hemos pasado en algún momento por ellas y el único problema es que el recuerdo, la memoria de esos buenos momentos de lectura, pueda jugar malas pasadas y la posterior relectura venir lastrada por una inevitable e injusta interpretación que toma como referencia criterios muy diferentes. Cuántas veces hemos leído un tebeo que nos entusiasmó de niños y, ya de mayores, deploramos como “infantil” sin darnos cuenta de que su gran valor e importancia es, precisamente, que es infantil con todas sus consecuencias. Y lo mismo vale para obras de enfoque claramente juvenil que, al volver sobre ellas, echan un tufillo adolescente que nos obliga a fruncir ceño y cerrar nariz. O peor, nos ataca la nostalgia y comenzamos a proferir estupideces de abuelos Cebolletas, es decir, aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Que vale, que sí, que hay épocas y épocas, sobre todo en los tebeos más comerciales, aquellos más afectos a ser traqueteados por los vaivenes de las modas y tendencias imperantes, pero no dejan de ser exabruptos tontos: siempre hay que poner las cosas en su sitio y vale la pena, antes de juzgar con los ojos de hoy, intentar ver con los de ayer.
Lo digo porque lo primero que uno piensa al leer Los Nuevos Mutantes de Bill Sienkiewicz y Chris Claremont en la flamante edición recopilatoria que acaba de editar Panini es precisamente eso “¿Y yo me compraba ‘esto’?”, vistos unos diálogos que se me antojan tan sonrojantes como, efectivamente, juveniles. Así que antes de caer en la tentación absurda y huera de machacar los argumentos de esta pandilla de mutantes juveniles, vale la pena pensar que es una serie hija de su tiempo, una traslación de los problemas sentimentales y existenciales de los chicos de la academia de Fama al universo Marvel, que pasaba aquello de “la fama cuesta” a la responsabilidad del poder y demás filosofías. Visto así, si se me apura, hasta se puede decir que la serie de Claremont no es más que una precursora mutante del “teen drama” que tanto éxito tendría en TV a finales de los 80 y principios de los 90. Lo que no quita que su lectura, veinte años después, resulte algo casposa incluso para los jóvenes de la generación tuenti y facebook.
Eso sí, más allá de la pura nostalgia, queda disfrutar de la espectacular labor gráfica de un Bill Sienkiewicz desbordado. Tras una etapa donde demostró sus habilidades gráficas bajo el manto protector de la influencia de Neal Adams, rompe amarras casi con furia, demostrando ser un autor inquieto y sorprendiendo a todos con un giro radical que incorpora elementos renovadores provenientes de la ilustración, sobre todo de autores como Ralph Steadman, Bernie Fuchs o Bob Peak. Sorpresa doble, tanto por el cambio de registro del propio autor como por la tolerancia y libertad que da la editorial a los experimentos del dibujante, que durante el tiempo que permanece en la serie se lanza a una labor de investigación continua, de búsqueda de nuevos elementos expresivos que convierten al trazo de Sienkiewicz en protagonista absoluto de la serie durante su permanencia, hasta el punto que afecta a la propia concepción de los personajes: Warlock, el ser tecno-orgánico, parece nacido más como un espacio de libertad expresiva del dibujante (la parcela “Steadman”) que como una necesidad argumental de la serie, por ejemplo.
Y es difícil no disfrutar de este ejercicio de libertad completa. A leer el volumen que edita Panini, la verdad es que uno olvida pronto el folletín de conflictos juveniles de alcance galáctico para zambullirse en esa orgía visual que propone y contagia Sienkiewicz. Y se lo pasa uno bomba, oigan.

El pequeño Christian

Menudo final de milenio tuvo el Mr. Hincker, alias Blutch. Impregnado de un ímpetu creador incombustible, en apenas unos años fue capaz de producir obras tan distintas e interesantes como Peplum, Mitchum, Blotch o Rancho Bravo, donde soltaba las evidentes amarras de Forest o Boucq que todavía se veían en Mademoiselle Sunnymoon para desarrollar una actividad inagotable de exploración de nuevas formas de expresión dentro de la historieta. Con la guía consciente o inconsciente del trabajo de Baudoin, Blutch demostraba saber dotar al trazo de una energía orgánica y vitalista, trasladando de la palabra a la línea la expresividad de sus personajes. Una avalancha de trabajos que tenía un pequeño y extraño oasis: las historietas que publicaba en Lapin de El pequeño Christian. Una serie de obvias referencias al clásico de Sempé y Goscinny, Le Petit Nicolas, pero que para Blutch es un instrumento de exploración de la nostalgia del adulto. Que nadie se confunda, no estamos ante una nueva incursión en la nostalgia de la infancia o en el lastimero llanto de la pérdida de la niñez, sino ante una exploración consciente del mecanismo de la creación de los mitos, de los intrincados pero aleatorios procesos que durante la infancia dan lugar a eso que Proust luego ejemplificaría con una magdalena pero que en el siglo XX tiene forma de cultura de masas. La primera recopilación de Le petit Christian, publicada a finales de los 90, es uno de los mejores retratos de los mitos de la generación del baby boom y, a través de ellos, de la propia personalidad de aquellos que vivimos ese extraño pero delicioso mejunje de televisión en blanco y negro, cómics y cine. Aún con las diferencias sociales y geográficas entre Francia y España, no será difícil para aquellos que ya empezamos a tener problemas de presbicia vernos reflejados en ese pequeño Christian amante de los vaqueros y los tebeos.
Diez años después, Blutch retomó el personaje del Pequeño Christian en un segundo volumen profundamente distinto al primero, con un Christian que comienza ya la educación secundaria. Un momento que es elegido por Blutch como el del cambio, el del inicio de ese proceso que transforma la imaginación desbordante de la infancia en la percepción de la realidad del adolescente. Y, por supuesto, el detonante definitivo: el amor. Las nuevas historias de Christian tendrán una sutil deriva: poco a poco, los personajes de ficción que habitan esa fantasía sin límites irán dejando lugar a personajes reales: a Steve McQueen o Marlon Brando y, sobre todo, a la novedosa e incontenible idolatría del sexo femenino, a la idealización del amor. Y Blutch consigue trasladar a la perfección la peculiar transición entre infancia y madurez en los tiempos de la cultura de masas, donde el niño afronta el paso con el bagaje extra de la televisión y el cine, en un maremágnum en el que las ficciones y las realidades se confunden para un rito que ha perdido su carácter de iniciático para reconvertirse en imitación de los nuevos mitos catódicos.
No sé si será por la coincidencia generacional, pero creo que Le petit Christian es la mejor obra de Blutch -y eso es decir mucho, oigan-, en la que plasma con mayor acierto tanto la camaleónica capacidad gráfica de otros trabajos como la fina ironía y sarcasmo aprendido en Fluide Glacial. Recomendabilísima (sobre todo para cuarentones y cuarentonas…:) )
Norma acaba de publicar la obra recopilando los dos volúmenes en edición integral. En su web se puede ver un avance de la misma. (4)

Alec

Aunque sea de forma inconsciente, siempre pienso en Eddie Campbell con un autor por entregas. Casi una década me tuvo esperando a una nueva entrega de ese monumento excepcional que es From Hell. Menos, cierto, para las nuevas y ansiadas entregas de esa corrosiva reinvención de la mitología que es Bacchus que ya leí en su versión castellana (a la espera de la ansiada recopilación que anuncia Top Shelf). Con tanto tiempo, entre entrega y entrega, me aficioné a la lectura de las recopilaciones de lo que entonces pensaba que era un tebeo menor suyo, Alec. Un ejercicio de autobiografía literal que iba apareciendo de forma esporádica, saltando de editorial en editorial, sin una periodicidad definida, donde Campbell se reconvertía en Alec McGarry para contar su propia vida, desde las banalidades más superficiales hasta las reflexiones más sesudas pasando por las ideas más absurdas. Una especie de diario que el tiempo entre número y número convertía en algo parecido a una novela de género epistolar, donde un antiguo amigo iba contando sus peripecias, sinsabores y felicidades. Y, con el tiempo, uno le iba cogiendo cariño al quisquilloso Alec. Sus problemas juveniles se transformaron con el tiempo en complejas reflexiones sobre la identidad del artista, sobre la propia concepción de la misión del artista. Pasaron de ser una forma simplista y casi ingenua de “slice of life” a un ensayo en toda regla, a un ejercicio de análisis que tenía siempre lo gráfico como elemento protagonista, pero que en ningún momento olvidaba que no dejaba de ser una simple elucubración ante un papel en blanco en la que contaba los aconteceres de su vida. Poco a poco, el humor de Campbell se fue convirtiendo en fina ironía, en inteligente sarcasmo del que mira su propia vida con sanísimo escepticismo e incredulidad, cuestionándolo todo casi de forma cartesiana.
Leído de forma recopilada, ya sea en la espectacular versión Omnibus publicada por Top Shelf o en la más cómoda en dos volúmenes de Astiberri, la primera impresión que se tiene es un poco decepcionante. Condensar una vida en un único volumen, por grueso que éste sea, es tarea imposible y las idas y venidas de la vida, las tonterías que se hacen día sí y día también, se traducen en la tentadora etiqueta de “irregular”, terrible palabra que en el fondo sólo hace que clasificar la realidad de la existencia como algo necesariamente irregular, habida cuenta de que no todos los días serán iguales, ni para lo bueno, ni para lo malo. Sin embargo, con la distancia del tiempo, esa misma recopilación comienza a tener un valor añadido que va mucho más allá de la lectura de la vida y milagros de Campbell, incluso mucho más allá de las siempre interesantes reflexiones que lanza el autor. Alec se convierte en un gigantesco testimonio de la formación de un artista, desde el camino de la propia autoafirmación como tal hasta el proceso de aprendizaje. Lo primero lo encontraremos en las muchas y sesudas reflexiones del autor, siempre en contraste continuo con las realidades cotidianas que le obligan a poner los pies en tierra. Lo segundo, en comprobar cómo Campbell va aprendiendo y ejercitando su narración gráfica, desde la simplicidad casi torpe de sus inicios a los atrevimientos de los ejercicios formales que encontraremos después. Con esta nueva perspectiva, la lectura es fascinante, se convierte en un ejercicio de metacreación total en la que lector y autor se funden en la reflexión, en un diálogo continuo hacia la propia esencia de lo que es el proceso creativo. Y, también, se constata que el camino de Alec tiene un final, un sentido que se alcanza con esa genialidad que es El destino del artista, una obra que resume y plasma a la perfección todo lo aprendido en una vida de creador, consecuencia lógica de Alec hasta el punto que, visto hoy, creo que son inseparables.
Y uno, al final, se da cuenta de que de obra menor nada. Que Alec es mucho más que una obra: es el andamiaje que aguanta todo lo creado por Eddie Campbell, una mirada al secreto estudio del artista, a las bambalinas de la creación.

Frank

Poco a poco vamos resolviendo los muchos (e inexplicables) debes que el lector español tiene hacia los grandes genios de la historieta mundial. Si el año pasado solventábamos de un plumazo y con contundencia la ignorancia de Dave Sim o Shigeru Mizuki, este año le toca turno, por fin, a uno de los grandes del panorama independiente USA: Jim Woodring. Casi siempre injustamente olvidado, incluso en su país de origen, quizás porque su obra ha sido siempre completamente ajena a cualquier catalogación. Frente a la coherencia grupal de los autores que en los 80 se agrupaban alrededor de los rescoldos del underground, la combativa autoedición o la insurgencia de aquellos que abanderaban el slice of life como una nueva forma de contracultura, Woodring ejercía de inclasificable elemento discordante, pese a unos inicios casi canónicos en la estela de Justin Green. De hecho, no es difícil establecer paralelismos entre las primeras entregas de Jim, su primera obra, y la mítica Binky Brown meets the Holy Virgin, desde algunas referencias estilísticas – quizás menos evidentes- hasta las más obvias temáticas: la autobiografía, la represión sexual, el uso del arte como vía de autoexorcismo… Incluso algunos referentes de la obra de Green, como la transformación física (los dedos-penes de Binky Brown) aparecen también en Jim en forma de grotescas mutaciones del protagonista, a lo que hay que añadir la fuerte carga de interpretación simbólica que ambos autores practican. Sin embargo, es precisamente ese acento en el simbolismo el que marcaría el distanciamiento de la obra de Green para dar a Woodring la pista de su propio camino, en una senda de surrealismo que iba estableciendo las bases de un universo privado, de un espacio tan personal como hermético, donde el delirio comenzaba a tomar posiciones dominantes. Una evolución que tendría punto de inflexión claro en Quarry Story, donde el onirismo deja atrás definitivamente a la realidad, preparando el terreno para la gran creación de Woodring, Frank. Un personaje nacido casi de casualidad, como muchas veces ha indicado el autor, pero que es la consecuencia lógica de esa progresión hacia un discurso tan personal como único, en el que se puedan plasmar tanto las terroríficas alucinaciones y apariciones que marcaron su infancia como propuestas de reflexión sobre cualquier aspecto vital. La transición se cierra completamente: desde Jim, una realidad cotidiana donde lo surreal intenta colarse de rondón como presencia tangible, hasta Frank, un universo surreal donde la realidad es tan sólo un espejismo pasado por el tamiz de la interpretación del lector. Apenas un puñado de personajes y un escenario aparentemente fijo serán los elementos que Woodring utilice como reto personal, un teatro donde compone sus episodios desde excusas argumentales nimias, tan simples como un paseo de Frank, que irán tomando forma y vida propia.

Viendo las páginas de Frank, caminando por Unifactor, la tentación de comenzar a hacer relaciones con Krazy Kat es poderosa: la figura antropomorfa de Frank, un personaje basado en los “animalitos” de los dibujos animados del que nunca sabremos a ciencia cierta si es un gato, perro, conejo o especie definida, es fácilmente trasladable a Krazy y su incierta sexualidad. El universo mutante de Coconino parece una región más de Unifactor. O Unifactor parte natural de Coconino, quién sabe, aunque bien mirado en Coconino es el escenario el que muta y en Unifactor son los actores. El cerrado elenco de personajes de la obra de Herriman, casi más hermético en el caso de Woodring, el paseo de Frank frente al ladrillazo como motor de la historia… Muchas coincidencias que se desvelan como caprichosos apriorismos y coincidencias a medida que avanza la lectura de Frank: es difícil que la musicalidad y ritmo de Herriman tengan correlato en la muda obra de Woodring y es evidente que las intenciones son muy alejadas, demasiado. Quizás, quién sabe, es tan sólo que la genialidad del absurdo encuentra lugares comunes de expresión y que tanto Herriman como Woodring compartieron sus sueños más allá de las limitaciones de tiempo y espacio, conceptos sin sentido alguno en Unifactor o en Coconino. O quizás, también, es una evolución natural de uno en otro, que ha sabido impregnarse y alimentarse de muchísimas más experiencias: más fácil es, por ejemplo, encontrar en Frank los mecanismos del guiñol, presentes tanto en la estructura como en la presencia de un Mr. Punch redivivo en la forma casi sacralizada de Whim, por no hablar de la brutal influencia del dibujo animado que va desde los Fleischer y Disney hasta Chuck Jones y Tex Avery, pasando por la cultura pop, la ilustración más radical y, por supuesto, el cómic underground americano, en un cóctel que la buena mano de Woodring consigue dotar de una extraña naturalidad. Quizás uno de los aspectos más sorprendentes de Frank es que todo ese cúmulo de referencias está presente sin renunciar a sus orígenes de una u otra forma a través de un grafismo anárquico en lo individual que consigue un pasmoso efecto de homogeneidad en lo global. A medida que pasamos las páginas de Frank, la sensación que se tiene es de juego caleidoscópico, de una especie de mantra orgánico donde las formas se van sucediendo sin tregua con lógica uniformidad. Sin embargo, si nos vamos fijando en cada personaje de forma aislada, en cada escena, veremos que Frank sigue los cánones del dibujo animado infantil y lúdico, mientras que ManHog recuerda a Gilbert Shelton y Crumb a la vez que Pupshaw y Pushpaw son iconos de rabioso surrealismo pop (quizás se podría calificar a Woodring del exponente máximo del lowbrow art). Por no hablar de una estética formal que bebe tanto del arte islámico como del radicalismo de Robert Williams sin despeinarse. Es decir, un mejunje que debería ser tan imposible como indigesto, pero que Woodring consigue conjuntar con una armonía asombrosa para poder contar esas historias de Frank donde todo, absolutamente todo es posible.
Y llegamos al momento más delicado: “Sí, todo muy bonito, pero ¿qué cuenta Frank?”

Pues no lo sé. O sí. O yo que sé. Se podría decir, quizás, que Frank cuenta aquello que el lector quiere leer en sus páginas. Es como una especie de mantra en movimiento que va llevando al lector a una especie de trance mesmérico donde todo es posible. Las mutaciones continuas, el cambio, lo orgánico transformado en inorgánico… Todo puede ser leído como un simple gag de slapstick “vintage” depurado y descontextualizado o como una pesadilla lovecraftiana trasladada a un Dibulliwood alucinógeno y perverso. O como una profunda reflexión sobre el ser humano que toca desde los temas más trascendentes a los más banales. O quizás como una experiencia estética radical… Quién sabe. Lo único claro es que Woodring reta al lector a un viaje sin retorno a su propia psique, a una demolición descontrolada de todo lo aprendido. Leer Frank es un revulsivo total que centrifuga las neuronas a alta velocidad, un reset total del sistema de realidad establecido que deja la mente en un renovado estado de equilibrio.
Una obra maestra, una genialidad… el adjetivo es lo de menos porque Frank no los admite. Los crea.

Aunque lo que sí admite adjetivo es la calidad de la edición de Fulgencio Pimentel: espectacular. Servidor hace años que no ve algo parecido. Y me quedo corto.
Enlaces:
Web de Jim Woodring
The Woodring Monitor
Fulgencio Pimentel

El eternauta

Una de esas compras inexcusables: la editorial mexicana RM ha distribuido estas navidades su nueva versión de El eternauta, la obra maestra de H.G.Oesterheld y Solano López. Una cuidada edición que mejora, sin duda, todas las anteriores, desde ese exterior de cuidado diseño (preciosa la portada con troquelado de Jorge Alderete) a los artículos de Juan Sasturain y Mariano Chinelli y, sobre todo, la recuperación de la obra de Oesterheld y Solano tal cual fue publicada originalmente en Hora Cero, sin remontajes de ningún tipo, con las planchas tal cual fueron vistas por los lectores de la obra en 1957, con su diseño original, desde los encabezados con los resúmenes de las entregas anteriores hasta la publicidad de la época. La reproducción, tan buena como puede ser con unos materiales de partida como los utilizados.

Leído así, El eternauta gana una nueva dimensión: la de la lectura por entregas. La tensión continua, semana a semana, dota a la creación de Oesterheld y Solano de un nuevo tempo narrativo, a la par que la entronca definitivamente como un acontecimiento único dentro de la cultura popular. Aunque es indudable la sorprendente coherencia integral de la obra pese a su publicación seriada, las anteriores ediciones robaban al lector las profundas raíces que El eternauta hundía en las estructuras del folletín clásico, usadas con habilidad por Oesterheld como mecanismo que le permitiera desarrollar un inteligente relato de género a la par que un profunda e insuperable reflexión sobre la naturaleza humana.
Siempre vale la pena volver a El eternauta. Con esta nueva edición, más todavía.
Os dejo una reseña que hice hace tres años de la obra de Oesterheld y Solano López para Babelia:

El pasado 9 de julio (de 2007) nevaba en Buenos Aires por primera vez en casi 90 años. Una anécdota simpática y jovial que, paradójicamente, provocaba un escalofrío involuntario en un buen número de ciudadanos porteños, que vieron con temor cómo esos copos reproducían la imagen de la misteriosa y mortal nevada con la que se iniciaba El Eternauta, el clásico que el guionista H.G. Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López crearan para las páginas de la revista Hora Cero en 1957. Afortunadamente, la nieve no tuvo más consecuencias que los alegres juegos infantiles y algún que otro resbalón doloroso, pero es difícil pensar en mejor celebración para el cincuenta aniversario de una de las obras más importantes del cómic mundial, una historia publicada por entregas que contaba la dura lucha de la humanidad contra la invasión de una desconocida raza extraterrestre. Un tópico del género que originalmente debía ser una reescritura del Robinson Crusoe de Defoe, pero que Oesterheld fue transformando poco a poco, rompiendo con el tradicional protagonismo del héroe épico para centrarse en una fábula coral donde el heroísmo es un concepto grupal, colectivo, que abandona los escenarios exóticos usuales de la fantasía y ciencia ficción para renacer en cotidiano y próximo, favoreciendo la identificación del lector con unos personajes tan ricos y profundos como reconocibles. Pero el gran guionista argentino consiguió mucho más, logró una obra de infinitos matices y relecturas, una narración que iba creciendo a cada entrega y que permitía desde interpretaciones que lo relacionaban con la convulsa vida política del país a parábolas sobre la guerra y sus consecuencias, pasando por sutiles retratos de la eterna lucha social entre clases. Desaparecido durante el espeluznante ”proceso de reorganización nacional” de Videla, Oesterheld dejó en El Eternauta un completo testamento vital de su apuesta progresista por una sociedad que reivindica su papel frente a las tiranías y el incierto futuro que se vivía en esa época.

Autobiografías y arquitecturas

Hablemos un poco de cosas de aquí, aunque sea en breve y rápido, que uno todavía está completando la montaña de obras de 2010 antes de poder hacer juicio a lo leído.
Lo primero, lo más triste: tercer volumen de Autobiografía no autorizada y, snif, final de trayecto. Se sentirá, porque el bueno de Nacho Casanova (que lo es, hagánme caso, que lo de este hombre es bondad a un nivel de concentración que riánse del Fairy) nos había encadilado ya con esa capacidad suya para fijarse en las pequeñas cosas que hacen que la vida sea precisamente eso, una vida. Ni más ni menos, ahí es nada. Y ojo que termina con un episodio de esos que emocionan y obligan a la consabida excusa de “vaya se me debe haber metido algo en el ojo”, porque Nacho cuenta la muerte de su padre con una sencillez y sensibilidad tan maravillosas, que es difícil no sentirse envuelto por ese aliento cálido de cariño y afecto que impregna cada una de las páginas. Se siente el final, pero los tres volúmenes de esta Autobiografía no autorizada quedan como lecturas recomendadas para alegrarse el día. Y como una obra a reivindicar como de lo mejorcito que se ha hecho en estos lares últimamente, que parece que la aparente levedad del tema contagia al juicio global de la obra para ponerle la fácil etiqueta de “superficial”. Mal, muy mal, señoras y señores. Que lo que hace Nacho es precisamente hacer fácil lo más difícil: que una vida pasada por el tamiz de un autor que la reescribe siga siendo real, orgánica y, valga la redundancia, vital. (3+)
El siguiente libro a comentar, la confirmación de Josep Busquet como guionista inteligente y dotado, merecedor de mucha y seguida atención. Si con La revolución de los pinceles sorprendía por su original descaro, en Arquitectura para principiantes lo hace por la facilidad con la que se echa en la espalda universos tan diferentes como los de Schuiten y Peeters, Cortázar, Borges o José Carlos Fernandes (o Antonio Segura, que algo hay de aquella Metropol aquí) para modelar un discurso propio que juega sin prejuicios a la realidad inventada, a esa falsedad que logra apariencia real pese a transitar por la fantasía más descarnada. Con ironía bien dosificada en cada una de las historias de este mundo de arquitecturas imposibles que transforma los principios de la construcción, de la dinámica y mecánica en ejercicio de ficción siguiendo el siempre buen ejemplo de Stanislaw Lem. Atrevimiento argumental que necesitaba de equivalente de nivel en lo gráfico, que consigue gracias al debutante Álex Xöul, ambicioso y con ganas de comerse el mundo jugando al cambio de registro con camaleónica facililidad, exigiendo a la página filigranas, retruécanos y piruetas que no llega a dominar muchas veces, pero de los que sale siempre indemne, que no es poco para quien todavía aprende. Quizás se le ven demasiado algunas hechuras, quizás suena a algo ya visto, pero la lectura es, indudablemente, entretenida y de las que dan ganas de repetir.(2)

Plaza Elíptica (¡vuelve El Capitán Torrezno)

Casi cuatro años ha durado la espera. Se sabía que la cosa iba a ser larga, que Valenzuela tenía que desintoxicarse de Torrezno para poder volver con bríos a la que es, sin duda, la mejor saga que el tebeo hispano ha dado en esta década. Pero fue mucho más larga. Pasaron los dos años avisado y Torrezno seguía sin dar señales de vida. Y un año más. Y claro, uno pensaba que el pobre, al final, estaría en ese ático al que están llamados los adoradores de José Hilario, cansado un poco de tanta batalla, que no es fácil combatir contra el imperio mientras se crea todo un universo con sus reglas y leyes fundamentales propias a la par que, de paso, uno se saca de la manga un nuevo género de fantasía azconiana o de costumbrismo tolkyeniano, que no sé yo si tanto monta o monta tanto, pero por ahí van las cosas.
Y llegó el cuarto año, ya decididos a la resignación del olvido cuando por fin llega Plaza elíptica, nueva entrega de las aventuras torreznianas que me leo de una sentada. Sentada larga, aviso, que el estilo de Valenzuela es de los que obliga a leer en cómodo sofá, con las pantuflas, bebida, algo de picar, mente despejada, tranquilidad y muchas horas por delante, que hay que desgranar esas viñetas sobrecargadas de texto y dibujo con precisión de orfebre para poder disfrutar cada página.
Varias horas después, reconozco cierta decepción al ver el libro ya acabado. Uno, que es adicto al torreznismo, esperaba entrar ya en materia y ver cómo seguía la historia de este mundo en miniatura desde la primera página, pero Valenzuela ha optado por algo bastante más lógico tras el largo parón: centrar la historia. Y lo hace para que los que ya la leyeron y los nuevos que vengan se encuentren en igualdad de condiciones, narrando en paralelo la historia del mundo real ®, del mundo de José Hilario y una conversación entre maestro y discípulo que explica la filosofía de este mundo torrezno. Si uno se olvida del impaciente espíritu fan, el ejercicio es apasionante: como siempre, Valenzuela escribe para ser leído con detenimiento, para obligar a una reflexión que puede ser tan profunda como queramos, desde el simple ejercicio del chiste referencial a una disertación filosófica de alto nivel, impregnado todo de esa ironía magistral que deja al lector siempre al borde del descoloque. Un prólogo que actúa de resumen perfecto de los seis volúmenes anteriores, que encauza todas las ideas que se fueron dejando aquí y acullá, rellena espacios de lo ocurrido en esos cuatro años y recarga las baterías de este universo para volver a surcarlo con fuerza.
Vamos, que la decepción es ridícula, merecida por friki, porque lo que hace Valenzuela es estupendo y la lectura de este volumen se disfruta como la que más. Afortunadamente, la siguiente entrega se anuncia para dentro de un par de meses. Así que servidor se va frotando las manos, que el torreznismo es vicio mal y requiere de dosis muy continuadas. Y no vean el peaso panorama espectacular de intrigas que deja Valenzuela en ese epílogo final a modo de avance de lo que nos viene… (3+)

¡Pintor!

Decía Chauvillers que “ser original es un mérito; quererlo ser, un defecto”… Frase que por desgracia vemos cumplida a diario por su parte más negativa, pero que afortunadamente permitiría definir a Esteban Hernández casi como uno de los autores que más méritos acumula. Original tanto por su estilo gráfico, personalísimo, como por sus planteamientos argumentales, sorprendentes y dinamitadoras, si se me permite, de la famosa tesis de las 36 tramas básicas de George Polti (añádanse las de Tobías o incluso las de Vogler si se quiere, da igual, afortunadamente el Sr. Hernández tiene cuerda para rato). Lo lleva demostrando desde aquél excelente fanzine Usted con exquisita regularidad, con la gratificante comprobación de que cada obra es un peldaño más en su formación como autor. Lo fueron Culpable, Suéter, y por supuesto lo es ahora ¡Pintor!, donde certifica que su característico y peculiar estilo gráfico no pierde ni un ápice de fuerza con un color que ya domina a la perfección y que su catálogo de historias imposibles sigue creciendo con propuestas cada vez más elaboradas y atractivas, permitiéndose incluso ciertas pizcas de misterio a la hora de introducir esta trama inclasificable de pinturas escondidas en los techos de baños.
Y era una apuesta complicada, ojo, que la presión de haber ganado el III Premio FNAC/Sins Entido con esta propuesta podía ser una peligrosa arma de doble filo: la tentación de abandonar su originalidad para transitar por caminos más fáciles (y comerciales) tenía que ser grande, pero Hernández la sortea con elegancia, matizando y reduciendo la aparición de mil tramas en segundo plano que se había convertido en una de sus características argumentales para apostar por una mayor desarrollo de los personajes (imposible, eso sí, superar al hombre afectado de gigantismo disfrazado de muerte bergmaniana de su anterior obra, una de esas presencias magnéticas que justifican una obra por sí mismas) y de unas pocas situaciones selectas. Sigue, eso sí, con un debe en las historias largas: redondear el nudo de su historia. ¡Pintor!, al igual que pasaba en Suéter, parece desinflarse tras un arranque espectacular, aunque en este caso se compense con el acierto de un desenlace que ya si controla a la perfección, alzando el vuelo de la historia y consiguiendo un nivel de sorpresa casi simétrico al de inicio.
La progresión de Esteban Hernández sigue imparable, ¡Pintor! es sólo una etapa más – notable y muy recomendable, eso sí- de un autor llamado a darnos muchas alegrías. (3)

Enlaces:
Entrevista a Esteban Hernández

En glorioso blanco y negro

No debería ser muy difícil armar una sesuda teoría que argumentase que percibimos mejor un dibujo en blanco y negro que en color. Cosas de las diferentes sensibilidades de los canales cromáticos y acromáticos del sistema visual, parvocélulas, magnocélulas y demás fauna que habita por nuestras retinas y córtex. Hasta quedaría elegante, oigan, con un poco de matemáticas y teoría de la señal por medio. Pero no dejaría de ser un absurdo intento de autojustificación de un gusto por ese blanco y negro que, para muchos de nosotros, es glorioso. La realidad es que las razones son mucho más simples y mundanas: nuestra memoria se construyó en blanco y negro. No podemos evitarlo, esos ignotos mecanismos nostálgicos, el olorcito de la famosa madalena, se nos disparan cuando vemos algo en blanco y negro. Supongo que porque los recuerdos de nuestra infancia son en ese glorioso blanco y negro: cuando sólo podíamos elegir entre VHF y UHF, y todo lo que emitía la tele tenía ese particular aroma de la falta de color. Vimos por primera vez a John Wayne -Juan Vaine, que decía mi abuela- cabalgando, a Gary Grant buscar un leopardo o a James Stewart lamentar que no podía dar la vuelta al mundo en blanco y negro, como fueron ideadas, pero vimos también centenares de películas sin saber que los grises nos robaban los colores originales. Los Thunderbirds, El capitán Tan y los hermanos Malasombra, Bonanza, Las calles de San Francisco y El fugitivo se alternaban también entre la ausencia de color y poco nos importaba que las verdes praderas por las que corría Heidi fueran grises o que los coloridos bólidos de Meteoro compartiesen gris. Y los tebeos que leíamos eran también casi todos en blanco y negro: la primera vez que me maravillé con Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Príncipe Valiente o Los Cuatro Fantásticos fue en blanco y negro. Verdad es que los tebeos para niños tenían muchas páginas en color, pero creo que nos sentíamos más mayores cuando leíamos tebeos en blanco y negro, en glorioso blanco y negro.
Hoy sabemos que aquellos tebeos y aquellas películas eran en color y los reivindicamos como tal, pero no podemos evitar rendirnos ante la nostalgia devastadora de una memoria pintada en blancos, negros y grises.
Hay excepciones, cierto, que se pueden argumentar, curiosamente en los tebeos: no son pocas las ediciones de tebeos en color que después aparecen en ediciones de lujo en blanco y negro. Elección de dibujantes que deciden, cuando pueden, escaparse de una industria que intenta por todos los medios diluir la autoría dejando que los lectores vean su trabajo limpio, tal cual fue realizado antes de pasar por un color que ellos imaginaron pero del que no siempre son responsables. Costumbre habitual en la Francia, donde autores como Juillard, Bourgeon, Blutch o Blain, por citar sólo algunos, han gozado del ejercicio de una posibilidad a la que ahora se une Roger Ibáñez, al que Diábolo ha editado un integral de su Jazz Maynard en blanco y negro para que el lector pueda admirar la elegancia de su línea. No siempre es posible, claro. Si la obra se ha realizado pensando de forma indisoluble en el color, el resultado en blanco y negro no tiene sentido, es obvio, pero la industrialización del proceso deja muchas ambigüedades a las que agarrarse, tanto desde el bando editorial como desde el autoral o incluso desde el lector, obligando casi a analizar cada caso por separado.
Se podría decir que también que no se lee el tebeo de verdad, y es cierto, pero lo que uno busca en estas ediciones no es repetir la lectura de una obra que, muy posiblemente, tenga ya en su versión en color, sino dedicarse a la admiración del dibujo por el dibujo, olvidando todo lo demás. Dejar la historieta de lado y detenerse en el trazo, en la mancha, en la línea, disfrutando del dibujo sin la imposición de la historieta, como cuando se admira un original aislado. Y lo que se disfruta, oigan. Aunque luego vengan las absurdas discusiones clásicas de aquellos que intentan imponer a la historieta los criterios del dibujo y viceversa, sin darse cuenta de que se puede disfrutar de todo sin renunciar a nada. Pero ése es otro tema, porque estas ediciones sólo tienen sentido cuando se puede disponer de las dos opciones.
Bienvenidas sean cuando se hacen desde la posibilidad de elegir libremente qué quiere el lector, como la edición que acaba de colocar Diábolo en las estanterías, exquisita.

Planetary

No han sido los tebeos muy amigos de adscribirse a las modas artísticas o corrientes filosóficas imperantes. Lo hacen, sí, pero casi siempre a contracorriente y fuera de tiempo, posiblemente llevados por un mal entendido estatus de ghetto que en lugar de rechazarse con rebeldía, muchas veces se abraza con placer endogámico. Afortunadamente, las últimas décadas han contemplado una mayor relación y retroalimentación entre el noveno arte y el resto de artes y formas culturales, consiguiendo romper –reventar más bien- antiguos candados oxidados que se confundían con tradición. Sin embargo, esa endogamia sigue existiendo de forma patente en una forma genérica: los superhéroes. Inscritos en un universo ficcional propio y completamente endogámico, los intentos de apertura tanto formal como intencional han dado lugar a consecuencias imprevisibles. Por ejemplo, la reformulación del género planteada por Miller y Moore, desde el respeto al canon, pero con la vista puesta en horizontes más ambiciosos, tuvo como secuela el advenimiento de la llamada Edad Oscura, en la que los planteamientos intelectuales y reflexivos tanto de uno como de otro eran minimizados y reducidos a la hiperviolencia como supuesta metáfora de la violencia del mundo real y a un estado de provocación continuo que comparado con el practicado realmente por otros autores décadas antes –léase underground- queda en una simple bravuconada de patio de colegio. Autores como Ellis, Millar o Ennis han sido exitosos practicantes de esta fórmula, los tres con indudable capacidad para el guión e incluso en el caso de los dos primeros, con brillantes ideas de partida que realmente ponían en la mesa una provocación real ante el sistema, pero que caían casi siempre en un desarrollo banal que se enredaba en sus propias trampas, limitando los resultados a salvas de fogueo.
Sin embargo, hay que reconocerle a Warren Ellis que con Planetary ha realizado una obra que no sólo se aleja de estos planteamientos (no siempre, no puede evitar tontear con ellos), sino que supera en ambición y resultados a prácticamente todos los cómics realizados durante la década. Aparentemente, una serie que debería inscribirse en el territorio de la reivindicación nostálgica de la cultura popular que ya iniciara Alan Moore en su línea ABC, pero que leída de un tirón, aprovechando los dos volúmenes publicados por Norma Editorial, se convierte en el primer tratado de superhéroes del postmodernismo. Es verdad que cuando se habla abiertamente de la muerte de la posmodernidad pueda resultar tardío (¡viva la hipermodernidad!), pero es indudable que las argumentaciones de Ellis son muchísimo más complejas que las que se hayan podido ver hasta ahora, reclamando una legitimación total del género no ya como elemento cultural, sino desde una reivindicación que lo entronca dentro de una nueva historia de lo real reescrita desde los mass media del siglo XX. La tarea no es fácil: en primer lugar, se debe establecer un nuevo marco de referencia histórica y cultural propio, así como un elemento axial que permita después escribir una particular “teoría del todo” que haga indistinguible ficción de realidad. Una metaficción pura que, a la par que explique la propia génesis de su teoría, la dote de una arquitectura formal estable, para la que se basa en tres elementos: uno anclado en la realidad, la teoría de la conspiración, referente máximo del ruido mediático que transforma la realidad en ficción inventada; otro, anclado en la pura ficción, los superhéroes y, en medio, un aglutinante perfecto, la cultura pulp/pop nacida durante el siglo XX. El elemento axial, el siglo XX, elemento común de los tres y que representa a la perfección un Elijah Snow siempre de blanco inmaculado, el símbolo de la pureza y, por tanto, símbolo también de la humanidad. Este andamio formal permite a Ellis hacer un ejercicio de reciclaje cultural completo, reescribiendo toda la historia de la cultura popular y sus mitos (Tarzán, Godzilla, Drácula, The Shadow, Frankenstein, Holmes, Verne, Alien, Fu-Man-Chú, John Woo, El hombre de bronce, El llanero solitario…) desde una nueva perspectiva: la de una inmensa conspiración contra la humanidad. No es baladí que sea una revisión de los Cuatro Fantásticos el enemigo a batir, el desencadenante de todo: Stan Lee reformula el género prácticamente de forma coetánea al mayor impulso de las teorías de conspiración, tanto la crisis de los misiles cubanos –inicio de una nueva época de espionaje- como la muerte de Kennedy, quizás el germen de la primera gran teoría de conspiración moderna. La bofetada a la divinidad de los superhéroes que supusieron las creaciones de Lee es el punto débil del género por el que Ellis comenzará a crear una gigantesca metaficción: cada “homenaje” a un clásico del pulp o de la cultura popular es reescrito no sólo en términos del “Universo Planetary”, sino altercando ficción con realidad, abusando de datos históricos y científicos reales –o con apariencia de realidad- que creen un todo único. La información como elemento de canje, como constructor de la realidad cuántica, llevado también al terreno de la ficción, en ese juego de espejos continuo que Ellis borda entre lo real y lo falso, cumpliendo a rajatabla los principios de autorreferencialidad (constante, en tanto el grupo forma parte de la conspiración), intertextualidad (omnipresente en el homenaje) y, sobre todo, autoconsciencia: pese a todo lo que se pueda pensar, Planetary asume plena y totalmente su existencia como ficción. No rompe el cuarto muro, como muchas otras obras, pero para poder desarrollar su discurso necesita obligatoriamente la complicidad del lector, un guiño continuo. Aún en la diversidad e hibridez connatural al discurso posmoderno, Ellis parece repasarlo casi canónicamente, centrado en la construcción de su particular Teoría del Todo del Universo Real Conspirativo ©. Hay momentos de debilidad, es evidente, no hay hechuras que aguanten semejante ambición: de vez en cuando reclama la hiperviolencia como necesaria –aunque, hay que reconocerlo, sabiamente presentada como homenaje escondido a Frank Miller en el episodio de El Llanero Solitario) y, sobre todo, en un episodio final tan necesario como fallido. En su estructura, Ellis necesita cerrar su discurso con una renuncia al tiempo continuo, establecer que pasado, presente y futuro coinciden en cualquier momento, se pliegan sobre sí mismos, cerrando a su vez la serie en tiempo y espacio recursivo y cíclico, pero plantea una excusa argumental que revela un punto débil en su discurso: tras hacer perder por completo la humanidad a Elija Snow, tras convertirlo en una metáfora pura del siglo XX, le intenta dotar de sentimientos humanos de amistad casi pasionales, de principios más propios del canon del género –la fidelidad al sidekick- que de este nuevo planteamiento. Un absurdo que se perdona fácilmente: la propuesta de Ellis es tan brillante que los pequeños peros son lógicos y normales, quedan completamente ocultos tras los muchos aciertos de la serie y, sobre todo, este nuevo relato global de la realidad mediática manipulada del siglo XX entendida como herencia de la pasión por la ficción pulp.
Una obra hercúlea que sería imposible sin John Cassaday, cuya plasticidad a la hora de abordar la serie prodigiosa. Cambios de estilo de trazo gráfico, narrativo, de entintado, de color… todo para dotar al conjunto de la necesaria coherencia visual que haga funcionar el engranaje.
Un gran tebeo que permite lo imposible: desde pasárselo bomba leyéndolo hasta hacer una tesis doctoral sobre él. (4)

Kitaro

Entusiasmado, fascinado, arrebatado, encantado, maravillado, deslumbrado… La lista de epítetos que describen mi respuesta a la edición de las obras de Shigeru Mizuki en España es interminable. NonNonBa y Operación Muerte me parecieron dos obras descomunales, pero la primera entrega de su famosa GeGeGe no Kitarō no se queda atrás: las aventuras de este niño fantasma, el último de los yokai, son un todo un deleite impagable. Si bien se podría afirmar que Mizuki enraíza su obra en el género de terror, la realidad es que Kitaro es mucho más: es una completa lección sobre la mitología japonesa y sus leyendas, sí, pero también una reivindicación de su función tanto como universo íntimo y personal individual, como de referente de un imaginario colectivo que determina su propia conciencia social. Un contrapunto que puede verse tanto en la reiterada referencia a cuestiones personales dentro de Kitaro (en particular con la constante presencia de la mutilación, recordemos que Mizuki perdió un brazo en la guerra), como el enfrentamiento habitual entre los yokai clásicos japoneses con los monstruos y la mitología popular de nuevo cuño importada desde Occidente (continuamente esbozada en casi todos los episodios, con inclusiones de la literatura o, sobre todo, del cine de terror como La bestia con cinco dedos, pero que llega a tener una literalidad completa en uno de ellos, La gran guerra de los monstruos), en una clara simbología de la invasión de la cultura extranjera tras la segunda guerra mundial.
Planteado desde la habitual y exquisita sencillez narrativa de este autor, el volumen que publica Astiberri incluye las primeras historias publicadas para Shonen Magazine, cuando Mizuki recupera una serie que inicialmente aparecía en revistas de alquiler a finales de los 50. Pese a que están supuestamente rebajadas de tono respecto a aquellas originales (pasó a llamarse Hakaba no Kitarō – Kitarō del cementerio- a GeGeGe no Kitarō), la serie me parece maravillosa, tanto por la habilidad del autor para redescubrir la mitología en clave de cultura popular sin miedo al mestizaje genérico, como por la descarada inclusión de elementos gráficos discordantes. Sirva como ejemplo de lo último la historia sobre el origen de KItaro que abre el álbum, con una utilización de estilos gráficos realistas y puestas en escena más propias de los cómics de horror americanos, en oposición a un estilo más infantil en el dibujo de los elementos culturales japoneses.
Un libro que sólo tiene una pega: se acaba demasiado pronto. Afortunadamente, Astiberri tiene previstas más entregas de esta sensacional serie. Fundamental y necesario (4+).
(Y señores de Astiberri: recuerden que la lista de obras de Mizuki es interminable…, ¡por favor sigan!)

Strange Suspense

Hay días que me parece necesario, casi obligatorio, impulsar uno de esos manifiestos que inundan facebook para reclamar que la Real Academia reconozca por fin el uso de la palabra “bizarro” en su acepción anglosajona. Porque intentando hablar de Strange Suspense, el primer volumen de Los archivos de Steve Ditko que acaba de editar Diábolo, no encuentro término más adecuado que ese bizarre inglés que supera la definición de extraño o raro para adentrarse en algo a medias entre lo sobrenatural, lo sorprendente y lo kitsch.
A lo que iba: sirva como introducción que uno no es seguidor acérrimo de Ditko, pero es un autor que siempre me ha parecido especialmente interesante en tanto su capacidad de digresión de las corrientes establecidas (como de innovación en lo que esto pueda suponer). Sirvan como ejemplos su trabajo en Spiderman o Dr. Extraño. El primero, un personaje que nunca consideré atractivo, ni en tiempos de adolescente, pero que me parecía interesante precisamente por el dibujo de Ditko, que dotaba al protagonista de una fragilidad atípica, en fuerte contraste con el poderoso y contundente imaginario creado para el género por artistas como Jack Kirby, los Buscema o Neal Adams. El segundo, un delirio visual que se alejaba de la tecnofilia imperante con una aproximación orgánica y lovecraftiana.
Sin embargo, lo que más me ha gustado siempre de Ditko han sido sus historias de cortas, preferentemente aquellas enmarcadas en un género de terror reexaminado desde una perspectiva aberrante y alucinógena. Pese a que las historias incluidas en este volumen muestran a un Ditko todavía inexperto en lo gráfico – tan deudor de autores como Mort Meskin como experimentador continuo de todo tipo de estilos y soluciones- e incluso torpe en lo narrativo, sus guiones ya dejan entrever que esa unión de fragilidad y organicidad visual que plasmará en Marvel estaba también presente en unos argumentos que se alejan del canon establecido por las historias de la EC durante los años 50. Ditko planteaba opciones resbaladizas y movedizas con soluciones y situaciones tan imposibles como hipnóticas, que trastocaban la moralidad establecida con propuestas exageradas como esa Cenicienta en términos vampíricos que reinterpreta y reescribe los términos del cuento original para mostrarse como una pesadilla de final de indudable moralidad convencional, todo hay que decirlo, pero vestida de una morbosidad sanguinolenta tan desasosegante como inquietante. Por no hablar de su revisión de otro clásico, Rumpelstilskin…Ya sea en las historias románticas o en historias del oeste, y sobre todo en las de horror, Ditko rompe esquemas continuamente desde una plasticidad de esquemas envidiable para un joven debutante, que se atreve a plasmar ideas totalmente bizarras con una naturalidad preocupante.
Pese a todas las limitaciones que Ditko evidencia en estos primeros números, pese a la distancia en el tiempo y las casi seis décadas que podrían haber apolillado las historias, la lectura de Strange Suspense es, por lo menos para el que esto escribe, un morboso y placentero disfrute, acrecentado por ese punto añejo de una edición que evita la restauración de colores para intentar reproducir la experiencia lectora de aquellos tebeos de 10 centavos de horrible reproducción e impresión (acepto la paradoja: ¿cómo se puede recuperar esa experiencia con un tebeo de 35€?). Aunque no tengo la edición de Diábolo, al hojearla en la librería he podido comprobar que sigue la edición de Fantagraphics, reduciendo eso sí ligeramente el tamaño de ésta (no se debe ir más de 1 cm) para hacerla coincidir, paradójicamente, con la de los tebeos originales.
Un gran tanto para Diábolo que, ojito avizor los aficionados, también editará la indispensable Four Color Fear de John Benson y Greg Sadowski.

Daytripper

Leyendo Daytripper, de Fabio Moon y Gabriel Ba, no he podido evitar recordar un precioso poema de Pablo Neruda:
El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable
granero de los hechos perdidos, de los acontecimientos
miserables, del uno al siete al ocho
y no una muerte, sino muchas muertes llegaban a cada uno:
cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara
que se apaga en el lodo del suburbio, una pequeña muerte de alas gruesas
entraba en cada hombre como una corta lanza
y era el hombre asediado del pan o del cuchillo
[…]
Todos fallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria.

La vida entendida como una sucesión de pequeñas muertes, de funerales continuos en los que enterramos retazos de lo que fuimos y nunca seremos. Una imagen evocadora y reflexiva que ha sido recurrentemente utilizada en literatura y cine (no se pierdan ustedes, por ejemplo, la maravillosa Okuribito, de Yajujiro Takita, estrenada en España como Despedidas, que toma los funerales como símbolo de esas muertes) y que llega a los tebeos de la mano de estos hermanos brasileños plasmada en la vida de Brás de Oliva Domingos. En cada entrega se nos narrará un momento de la existencia del protagonista, una decisión vital que acabará simbólica o literalmente con una muerte: la infancia, el primer amor, la paternidad…Un punto de partida atractivo, que juega con la propia estructura capitular propia del comic-book en su favor y que prometía muchísimo en su primer número, pero que se va deshinchando poco a poco por el exceso de ambición de los autores. En su intento de hacer un relato total, un reflejo global de una vida, crean una biografía casi imposible, que se quiere aderezar con elementos de fantasía más próximos a un realismo mágico, pero también con crónica social e incluso reflexión trascendental, que a mi entender no terminan de ensamblarse sólidamente. Se alternan así momentos muy estimables con otros previsibles (o incluso más propios de un telefilm), en un conjunto demasiado irregular. Sin ser una lectura desdeñable, no llega a cuajar en lo que prometía, aunque hay que valorar el atrevimiento y ambición de los gemelos, no sólo en el propio relato –tanto en estructura como argumentalmente-, sino también en el complejo ajuste que supone integrarlo dentro de una colección como Vertigo, más relacionada a priori con una forma de entender el género más clásica (aunque conste ya de muchas experiencias atípicas, como puedan ser la inclusión de las historias de Harvey Pekar). (1)

Transdimensional Express

Atentos, muy atentos a la sugerente propuesta de Ultrarradio Ediciones: Transdimensional Express. Una variación del concepto clásico de cadáver exquisito, en el que no sólo se impone un eje simbólico (la presencia de un cubo blanco), sino también una estructura narrativa, con el uso de viñetas circulares. El resultado no puede ser más atractivo e incluso sorprendente: la férrea imposición inicial permite desde el juego escheriano que propone el siempre camaleónico Nicolai Troshinsky al homenaje entregado a Manuel Vázquez que firma Chema García, por citar sólo dos de las veinte aportaciones que completan este libro. Recomendabilísimo.

Huir

Que digo yo que es normal aprovecharse de las coyunturas. Vamos, que me parece lógico y razonable que, si los zombis están de moda al abrigo de la extraordinaria serie de Robert Kirkman y Charlie Adlard y su no tan extraordinaria pero interesante adaptación televisiva, pues la gente se apunte a un bombardeo y se haga todo tipo de tebeos con los zombis como protagonistas. Vale. Pero eso es una cosa y otra enchufar la máquina de hacer salchichas, más si lo que se utiliza en este caso es carne putefracta, como hacen Mike Richardson y Ben Stenbeck con Vivir con los muertos. Que verdad es que se puede entender como ejercicio de compleja metalingüística: una narración zombi, con un argumento que huele a muerto y unos diálogos que asustan de su pestilencia es quizás una profunda reflexión sobre el fenómeno zombi. Pero a servidor le ha parecido otra cosa muy distinta. Vamos que sólo me cabe la misma recomendación que haría si encontrase una horda zombi: ¡Huir! (0)

Sexo, amor y pistachos

Que sí, que el tebeo autobiográfico es cojonudo y que autores como Rabagliatti, David B y demás hacen verdaderas virguerías en él, pero me perdonarán ustedes que diga, así como quien no quiere la cosa, que las entregas autobiográficas que espero con más ganas son las de Ramón Boldú. Porque sí, porque este hombre tiene la capacidad imposible de transformar la escena más delirante y esperpéntica en algo normal y cotidiano. Que da igual que esté hablando de los problemas de una sumisa con su amo, de los aconteceres y dificultades del rodaje de una película porno en el que tiene que meter a su hijo de traductor o de la pérdida del espíritu hippie de los 70, que al final es un relato veraz de la vida que nos rodea dibujado con litros y litros de mala leche –y me perdonarán la expresión, hablando de películas porno- que, paradójicamente, aportan sentido común a un mundo donde parece que no existe. Y eso, oigan, sin perder ni un ápice de su capacidad de hacernos reír aplicando aquél famoso “tiemble después de haber reído” porque, al final, nos estamos riendo de la triste realidad que nos rodea, a saber, que estos romanos están locos.
Menos mal que nos queda Boldú y su Sexo, amor y pistachos para recordarnos que en esta vida, lo importante, lo realmente importante, es vivirla hasta el último minuto. No se lo pierdan (3)

Onírica

Reconozco que tenía miedo a leer Onírica. De hecho no lo leído estrictamente, me niego a ver el dibujo de Beroy en tamaño minúsculo, cosas mías, pero no he podido evitar volver a esas ajadas ediciones de Toutain de Dr. Mabuse, 666/999, La enfermedad del sueño y la de Norma de Ajeno que conservaba con verdadera pasión. Pero era, repito, una vuelta con recelo y miedos: son tebeos, sobre todo los tres primeros, que me apasionaron, que cuando los leí allá por finales de los 80, los acogí con entusiasmo veinteañero (ay, sí, lo fui…) y me los releí hasta aprendérmelos de memoria. Mabuse y 666/999 se adentraban en el terror juntando por un lado la influencia de mis autores preferidos de terror en cine y literatura, desde Metrópolis a Quatermass, de Lovecraft a Poe… todo pasado por un túrmix en el que se mezclaba sin vergüenza ni prejuicios desde el milenarismo al incipiente mundo digital, desde las apocalípticas visiones milenaristas que comenzaban a advertir del cambio de siglo a los últimos avances científicos, de Jiménez del Oso a Clive Sinclair. Un cóctel imposible ilustrado con un estilo gráfico que se atrevía a hacer de puente entre la estética de la generación Warren y la del hiperdiseño del Madriz, rompiendo moldes sin renunciar a ninguna tradición. Composiciones exageradas que el brutal blanco y negro de Beroy ensalzaba y multiplicaba, retruécanos narrativos que para aquél lector de 20 años, reconozco, suponían el no va más. Entre las obras de Beroy y el Crepúsculo de Pasqual Ferry, andaba yo fascinado sin saber decidirme por cuál era mi dibujante preferido cuando llegaron las historias cortas de La enfermedad del sueño como un mazazo que, con perdón de Ferry, resolvió mi duda: Beroy era el más mejor dibujante español de todos los tiempos. ¡Qué color! ¡Qué historias!
Pero el tiempo pasa. Y los veinte años, claro. Se multiplicaron mis lecturas y fui olvidando a Beroy, aunque siempre tuve especial cariño por esas obras que me fascinaron.
Veintitantos años después, el recuerdo ha seguido ahí, esa sensación de sorpresa y arrebato seguía intacta en mi memoria, cierto, pero la experiencia me decía que muchas de esas remembranzas escondían agrias desilusiones: la nostalgia, el arma de destrucción masiva por antonomasia de la cultura popular, ya había transformado muchas veces, demasiadas, la magdalena mojada en té en algo mohoso y pasado totalmente incomestible. Y era tan, tan bueno el recuerdo que tenía de estas obras, que me negué a volver a leerlas durante lustros.
Pero volví a cogerlos. Los álbumes de Toutain ya no tenían ese olor delicioso a tinta recién impresa, trocado por un rancio olor a viejo que me advertía de la necesidad de tener el Ventolín a mano (los asmáticos me entenderán). Mala señal. Y ya no se podía hablar de “glorioso blanco y negro”, sino de “vetusto amarillo y negro”. Doble mala señal. Y la encuadernación de Dr. Mabuse crujió peligrosamente. Tripe mala señal. Yuyu.
Pero uno, físico convencido en el escepticismo más radical, no cree en eso del yuyu, así que me encomiendo a San Galileo, San Darwin y San Eisner y me lanzo a la lectura. Aguantando la respiración, que el chafón se lleva mejor así, de golpe –y se evita el chupito de Ventolín, también-…
Pero voy pasando las páginas y comienzo a recordar la historia, y comienzo a sentir las mismas sensaciones, casi intactas. Vuelvo a sentirme atraído por esa estética de Lang, del expresionismo alemán más radical pasado por la línea clara de Chaland y Clerc… Y sí, hoy me chirrían algunas cosas demasiado ochenteras, diálogos excesivamente teatrales, pero… ¡qué bien las cuenta Beroy! Voy pasando las páginas de Dr. Mabuse y me entusiasmo, paso la última página y salto raudo a 666/999 con pasión y vuelvo a sentir ese sudor frío del apocalipsis postmoderno que anunciaba. Devoro La enfermedad del sueño y, ya puestos, acabo Ajeno, Las aventuras de Tristán Karma y Versus, que también andaban por la estantería. Y,¡ hala!, beroyzado completamente, hasta miro si hay versión digital para el iPad de La Saga Vorkosigan, su nueva obra para Francia. Pero no, vaya, no está.
Atracón de Beroy. Oigan. Y qué gustazo, menuda magdalena más suculenta, buena y gustosa me acabo de meter entre pecho y espalda, y nada de mojada en té, en Cola Cao de esos que te pones cuatro o cinco cucharadas. Da gusto cuando la nostalgia se comporta…
Vamos, que se lean Onírica. Servidor, eso sí, no pasa por la reducción de tamaño. Beroy ha redibujado cosas, pero uno se queda con un tamaño donde poder apreciar esas composiciones espeluznantes de 666/999, aunque supongo que si no se pueden encontrar las ediciones originales, mejor quedarse con esto que con nada. Que puesto en una balanza, perderse a Beroy es mucho peor.

Zombillenium

Que ser monstruo en estos días de crisis está jodido, es evidente. Aunque los medios anuncian con alegría que los muertos redivivos, ya vampiros, ya zombis, caminan por las calles mordiendo a diestro y siniestro con no poco éxito económico, es de suponer que si existieran en la vida real la cosa sería un poco más jodida. Que ni tendrían ese atractivo juvenil arrebatador de los protagonistas de la saga de Stephanie Meyer, ni se echarían con tanta alegría a la voluptuosa lujuria como los de la serie de Alan Ball. Vamos que ni siquiera se echarían una merienda con la tranquilidad y facilidad de los de Kirkman…
La realidad, es ya digo un suponer, sería más próxima a lo que Arthur de Pins narra en Zombillenium (Dibbuks): que les tocaría hacer de atracciones de feria. Que no es idea nueva, todo sea dicho, no es la primera vez que los monstruos recurren a los feriantes como agencias de colocación, ya en su versión zíngara, ya en su versión moderna post-Browning, pero que el dibujante actualiza al concepto más moderno de parque temático (aunque servidor no ha podido evitar recordar al añorado Reg Parlett y su maravillosa Fantasmas de alquiler, publicada hace (demasiados) años por aquí en la revista Zipi y Zape). Y acierta, porque aunque Zombillenium no sea el colmo de la originalidad, funciona. El atractivo dibujo de Artur de Pins, aquí más realista y próximo a una concepción de la historieta derivada de la animación (que recuerda poderosamente, tanto por estilo como por tratamiento del color al You are here de Baker), encaja perfectamente en una historia de monstruos descreídos que tienen que lidiar con el día a día de una empresa que, como todas, funcionan a golpe de audiencias. De Pins presenta personajes con acierto, parodia el género sabiendo hacer uso de sus cánones y recupera una costumbre del tebeo francés que ya creía perdida: que un álbum cuente una historia autoconclusiva. Acostumbrados a que los autores franceses se habían apuntado a la “narrativa descomprimida” de sus colegas americanos y que las 48 páginas del álbum francobelga se deglutían en dos minutos con la vista puesta en el grueso integral, encontrar un álbum que acaba, se lee con tranquilidad, y anima a seguir la serie con pistas y no simplemente dejándola por acabar, se agradece.
Vamos, que se pasa un buen rato leyéndola. Y que qué bonito dibuja Arthur de Pins (2-).

Tebeos para niños

Estoy yo concienciado últimamente con esto de los tebeos infantiles.. :)
Vamos, que vienen fechas navideñas y que se vayan planteando que regalarles tebeos a los niños no es mala idea. Que entre el torrente de pleiesteicions, nintendos, equisbos, güiis, y demás, pues que se pueden colar sin problemas algunos tebeos. Que hay muchos, como el delicioso Batu de Tute que acaba de editar Bang, uno de esos tebeos que luego podemos robar a nuestros hijos -si nos dejan- para disfrutar durante unos momentos de eso que se llama “volver a la infancia”. O Los patricios, de Juan Díaz Canales y Gabor (Dibbuks), un excelente tebeo infantil que entronca directamente con el espíritu de los tebeos de Bruguera de los 70, sabiamente actualizado y puesto al día para que el niño del siglo XXI disfrute y se ría. O La tirita de Juan Berrio (Dibbuks), tebeo perfecto para que padres e hijos se sientes juntos y (les) lean las preciosas historias de Juan Berrio…

Que tenemos por desgracia la tentación de pensar que la calificación de “infantil” para un tebeo es peyorativa, pero olvidamos que los tebeos, también, son para niños. Y que hoy somos lectores de tebeos porque hace años (muchos, snif), también leímos esos tebeos infantiles. Reclamar la madurez del tebeo no implica renunciar a su pasado ni a un presente que permita tener futuro.

Que les compren tebeos a sus hijos estas navidades, ¡leñe! :)

El invierno del dibujante

No puedo ser imparcial al valorar El invierno del dibujante. Lo siento, sorry, pero no. Imposible. Lo intento, le doy vueltas y, por más que se las doy, más esfuerzo me cuesta no dar saltos de alegría incontenible ante la nueva obra de Paco Roca. He tenido la inmensa suerte de ir siguiendo la creación de este álbum desde sus inicios, desde esa conversación informal en la que Paco me anunciaba – no voy a negar que ante mi sorpresa- que quería contar la historia de la creación de la mítica Tío Vivo, hasta páginas que me ha ido mandando, primero en blanco y negro, luego ya con el color, que sólo hacían que aumentar mi impaciencia y mi expectación. A medida que la obra iba creciendo, no era difícil ver que estaba naciendo el mejor trabajo de Paco. Su dominio de la narrativa, que ya era sólido y patente en sus últimos trabajos, era aquí aplastante, se atrevía con escenas complejísimas desde la perspectiva de la historieta, largas conversaciones en un escenario fijo que espantarían a los autores más veteranos, un relato de personajes reales con situaciones y escenarios que no dejan salida a la imaginación y obligan a la rigurosidad documental… Y una historia, reconozcámoslo, poco o nada comercial: por mucho que yo considere los años 50 del tebeo español como una de las épocas más fascinantes de nuestra historieta, por mucho que alabe y ensalce a los Conti, Cifré, Escobar, Peñarroya, Nadal o Vázquez que hicieron grande al DDT y a éste Tío Vivo, son los grandes olvidados de nuestra historia. Ya nadie los recuerda y, me atrevo a decir, a nadie le interesa que un puñado de dibujantes intentaron rebelarse contra las normas establecidas.
Sin embargo, Paco se atrevía con todo y, con el resultado encima de la mesa, sólo puedo decir que toda expectativa ha quedado espectacularmente superada. El invierno del dibujante es mucho más que la historia del Tío Vivo. Es un brillante acercamiento a un momento crítico de la historia de este país a través de la aventura de un pequeño grupo de dibujantes, de “ninotaires” que hacían tebeos para niños y que decidían que tenían derecho a controlar su vida. Recordemos la situación: años 50 en España, los primeros momentos del fin de la hambruna de la posguerra, el inicio de ese particular plan Marshall que tan bien retratara Berlanga, el entreacto entre el hambre, el fin de la autarquía y el desarrollismo de los 60. Una situación de tránsito en la que la España que sobrevivió la Guerra Civil se atrevía a mirar por fin hacia arriba para darse cuenta de que la losa de la dictadura franquista estaba todavía ahí. De forma consciente o inconsciente, Roca plasma un retrato único de la situación social de la época a través del contraste entre la figura de Rafael González Martínez y los dibujantes “díscolos”. El primero, represaliado por el franquismo, obligado a alejarse de la literatura y el periodismo durante años, que encontró en Bruguera un espacio donde poder volver a escribir (y crear personajes como El reporter Tribulete, El inspector Dan, Don Berrinche o Doctor Niebla) a la par que llegaba a dirigir la editorial, representa la España doblemente derrotada, a aquellos que fueron castigados y reprimidos y que, paradójicamente, después terminaron asimilados por el régimen, formando parte activa de la cadena y convirtiéndose a su vez en opresores. No tanto desde una perspectiva política como desde la propia humana, quizás más triste si cabe: a medida que la Editorial Bruguera iba creciendo hasta el monopolio, iba alejándose poco a poco de aquella empresa familiar que se atrevió a acoger a los perseguidos del régimen franquista para ser cada vez más un monstruo mecánico que devoraba a sus hijos, un inmenso Cronos corporativo que olvidaba su humanidad para ejercer una explotación salvaje de los dibujantes. Una transición de la que Rafael González fue símbolo y cara reconocible. Más allá de los tópicos y exageraciones que puedan circular sobre la figura del que fuera director artístico, Paco consigue un retrato que desnuda completamente la humanidad del personaje, que es capaz de mostrar simultáneamente la superficie rocosa que nos ha llegado de las anécdotas, pero adentrarse también en la contradicción interna que sufría, traducida en una amargura perenne que sobrevuela su presencia, perfectamente perfilada por un dibujo tan expresivo que permite leer mucho más allá que los sentimientos.

Enfrente, unos dibujantes rebeldes que simbolizan esa España que comenzaba a ser consciente de estar en una dictadura. De esos tiempos de la Oposición Sindical Obrera y los primeros llamamientos de huelga general en Cataluña, de los primeros movimientos estudiantiles universitarios que se alzaron contra la hegemonía del SEU… El intento de tener una voz distinta de la establecida, simplemente de tener derecho a elegir sobre su propia carrera y obra parece una anécdota pequeña, pero en ese momento de la historia de España es toda una metáfora de la lucha incipiente contra la dictadura.
El invierno del dibujante muestra algo más que la tópica visión de las dos Españas de vencedores y vencidos: consigue a través de ese contraste un retrato de la compleja realidad de una sociedad dividida entre los que habían aprendido a vivir con la dictadura y otra que se rebelaba contra ella. Una situación que tenía un tercer actor, que creo que la figura de Vázquez resume perfectamente y que Paco clava describiéndolo no con el papel de traidor que muchas veces se le ha asignado en este episodio del tebeo español, sino como un Pepito Grillo lleno de realismo contundente que acepta la derrota antes de haber luchado, a sabiendas de que es una batalla imposible. Un papel que terminará siendo, por desgracia, profético: la lucha de David contra Goliat no puede repetirse y el fracaso será mucho más que una derrota: es volver con la cabeza baja y asumir que no hay más salida que aceptar lo que hay resignadamente. No hay lugar siquiera para la ilusión de libertad.
Pero independientemente de esta posible lectura, a mi entender interesantísima, hay un mensaje mucho más evidente en la última obra de Paco: el amor apasionado por la historieta, plasmado en la reivindicación entusiasta de un grupo de dibujantes que puede ser calificado, sin duda alguna, como el más brillante que ha tenido el tebeo español. Los Conti, Cifré, Nadal, Peñarroya, Escobar, Giner y, por supuesto, Vázquez llevaron la historieta a unas cotas nunca vistas, con un humor descarado, vivaz, que se atrevía a dar la réplica a la censura con unas historias de apariencia infantil que escondían una crítica mordaz de la sociedad que les tocó vivir. Pero no sólo eran testigos y escribanos de su tiempo, los dibujantes del Pulgarcito, DDT y Tío Vivo eran artistas hiperdotados en lo gráfico: es difícil no sentirse abrumado por la síntesis brutal de Conti, la elegante línea de Escobar, antecedente real de la línea clara en nuestro país, la fuerza y vitalidad del trazo de Vázquez, la perfección académica de Nadal o la genial asimilación de los principios del gag animado que firmaba Cifré… Paco evita caer en la tentación absurda de transformar el proyecto de una nueva revista autogestionada en una aventura colosal y épica (¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto esto en el cine!) para desgranar precisamente las personalidades de cada dibujante, centrándose en esos matices sutiles que les diferenciaban en los artístico y lo personal, en un ejercicio soberbio de expresividad de sus personajes y de desarrollo de los diálogos. Vale la pena perder un buen rato para estudiar la cuidada caracterización de cada personaje, cada uno con una gestualidad definida y claramente diferenciada, que se complementa con una cuidada representación documentada curiosamente no basada en la realidad, sino en las autocaricaturas que los dibujantes hacían de sí mismos, lo que refuerza esa emotividad del trazo de Paco.
El juego de espirales autoreferenciales no puede ser más enrevesado: un dibujante que realiza una historieta sobre dibujantes que quieren defender sus propias voces en una revista de historieta. Pero Paco, de nuevo, sabe salirse victorioso con un planteamiento coral que cuida todos los aspectos: desde ese montaje de asincronismo radical, de saltos en el tiempo que dejan de lado la descripción puramente historicista para que el lector se centre en la reflexión sobre los hechos, hasta esa labor ingente y exhaustiva de documentación plasmada en los fondos y escenarios, pero que se ve multiplicada por el uso de una atmósfera propia para cada capítulo conseguida a partir del uso inteligente de la paleta cromática. Incluso la inserción de las clásicas anécdotas de Vázquez tiene una función de engrase de la narrativa, están perfectamente encajadas en la narración para aligerar momentos de tensión y crear contrapuntos que faciliten la lectura.
Todo está medido y cuidado para dar conseguir una obra que, a mí personalmente, me ha emocionado y apasionado. Como decía al principio, no puedo ser imparcial: me parece una genialidad de un autor en estado de gracia.

ATENCIÓN: LO SIGUIENTE ES UNA APRECIACIÓN PERSONAL, CADA CUAL QUE COMPRUEBE SI LE SUPONE UN PROBLEMA O NO:
Me han molestado sobremanera algunos -a mi entender- cambios en la edición que llega a las librerías. Como ya he comentado, cada capítulo tiene un color, una pátina suave de tonalidad que en la edición final me parece ha quedado muy subida de tono, ya sea por decisión autoral o por error editorial, impidiendo apreciar el gran trabajo de color de Paco: los colores se pierden, la reproducción se emborrona y oscurece y la lectura me recuerda una especie de simulación de diferentes tipos de daltonismo. La elección de color por capítulo ayuda a diferenciarlos y es clave en una estructura cronológica alterada como la de esta obra, pero tal cual ha quedado, me parece que esconde el espectacular trabajo de color de Paco. Hay que sumar a este problema un error en la edición: muchas de las páginas finales están en baja resolución, creando desenfoque y pixelado que añadido a lo del color, crea viñetas donde uno pensaría que la “traición” de los dibujantes está impregnada no sólo de alevosidad, sino también de nocturnidad.
Y, también, aunque ya no sea error, una lástima que al final se haya optado por no incluir una serie de fotografías de época que abrían cada capítulo (sustituidas en el último momento por versiones dibujadas). Entiendo que se evitan así problemas de derechos, pero la apertura con esas fotos dotaba al álbum de un aire neorrealista arrebatador.
Espero que los errores de edición se subsanen: no impiden la lectura, pero El invierno del dibujante es una de esas obras que merecen una edición a la altura de su calidad, es una de esas obras que se recuerdan y que perduran, que incluso debería ser leída en los colegios. Tiempo al tiempo.

Chaykin

Hablando de superhéroes, maduración, etc, etc: ¡qué mala hostia tiene el amigo Howard Chaykin cuando quiere! Aunque su paso por las series de superhéroes que siempre había rechazado ha sido bastante irregular (no se puede decir que lo que ha firmado para Hawkman o Punisher sea especialmente destacable, por ejemplo), su one-shot Batman/Catwoman: Follow the money deja algunas de las perlas de su habitual ironía: Batman y Catwoman enfrentados contra un ridículo -pero peligroso- villano, que es en realidad un adinerado de la jet-set de Gotham que en sus ratos libres se dedica a disfrazarse (¿uy! ¿¿de qué me suena???.)… de ¡mosquetero! Mientras, se debe enfrentar a los verdaderos ladrones, los que roban los fondos de pensiones de las empresas de Bruce Wayne… La vida real, Madoff frente a la banalidad de los entretenimientos de los superhéroes.
El tebeo no es gran cosa (el amigo Chaykin seguramente podría competir con Álvarez Rabo a ver quién acaba antes una página, aunque sigue dejando algunas soluciones compositivas repetitivas muy curiosas, al estilo Bendis, pero en bueno… :) ), pero tiene algunas de estas perlas de ácida socarronería que hacen muy divertida la lectura…
En España supongo que lo veremos en unos meses (aunque seguimos esperando esa genialidad de este autor que es Challengers of Unknown)

Semana de lecturas

A ver, entrada un poco caótica para hablar de lecturas que me gustaría compartir pero, ya sea por hache o por be (que no por ye), por cosas de tirios o troyanos o por churras y merinas, el caso es que no he tenido tiempo. Comienzo por debutantes que, ya se sabe, juegan siempre con el peligro de lanzarse al ruedo con los ojos vendados, pero con ilusión atronadora por domar a los lectores reconvertidos en peligrosos astados (símil taurino políticamente incorrecto, lo sé). Cristina Vela lo hace en Medusas y ballenas (Bizancio Ediciones) con una obra de esas que dejan desencajado al lector (quizás por eso granó el premio del Certamen de Cómic Programa Desenjaca 2009, chiste malo lo admito, pero quería incluir la información), con una propuesta más próxima a la poesía visual, evocadora, potente, que traduce un trazo nervioso con boli BIC a elegante composición de cuidado dibujo y formas refinadas. Sensualidad traducida a lirismo de tonos azulados y violetas que empapa las retinas para conseguir extraños efectos. Una autora de gran plasticidad y estilo de inaudita adaptabilidad que hay que seguir obligatoriamente, no os perdáis su blog. Dani Montero también debuta en la narración larga con premio, en este caso el Castelao de Banda Deseñada con una obra perversamente tramposa. Sin mirar atrás (Demo editorial) es, a primera vista, un relato de cambios vitales, de rupturas y renacimientos que se inmiscuye por los recovecos del relato social con una historia de exclusiones escondida tras una trama de abusos. Una especie de revisión de M, el vampiro de Dusserldorf puesto como fondo de una historia de marginación social e injusticias. Pero mire usted por dónde, cuando una ya está acabando de leer con gesto de aprobación pero cierto regustillo a “esto ya me lo veía venir”, el amigo Montero se saca de la chistera un final sorprendente e inesperado, una vuelta de tuerca que cambia por completo la lectura de la historia y que proporciona una novedosa perspectiva a todo lo leído. Obliga al lector a una brusca reflexión, amarga, que trastoca y exige revisar muchos conceptos e ideas. Otro debut interesante, otro autor a seguir.

Ángel Muñoz no debuta en Rapide! (Edicions de Ponent), pero casi, porque se impregna de ese atrevimiento del debutante para incluir la bien conocida (y triste) historia del vuelo de Dragón Rapide como parte de una historia canónica de género con aromas de película de años 50. Un punto de exagerada teatralidad y la estética de Daniel Torres y la línea clara de los Serge Clerc o Ted Benoit como atmósfera perfecta para un relato de lo más entretenido, que reconvierte los toques sobrenaturales a revisión histórica con no poco acierto…
La celebración, de Rui Tenreiro (Apa Apa Cómics), podría también entrar en una definición laxa de debutante, por aquello de ser novato en tierra extraña, aunque sea esta expresión poco adecuada a un mozambiqueño que vive en Suecia, una mezcla que a priori debería o ser explosiva o caer en el temido efecto Persépolis (aunque oigan, a mi me encantaría leer la historia de este hombre, que ese viaje no parece lo más normal). Pero ni lo uno ni lo otro: Tenreiro se va por más complejos cerros, literalmente, explorando algo tan sutil, elusivo e inmaterial como los ritos. Busca las razones de las creencias a través de los simbolismos y de los mitos, de cómo estos nacen en bucles infinitos que se pierden en la memoria del tiempo. Juega al misterio con la misma sencillez que a la fascinación por las raíces del folklore más místico, mostrados con sencillez minimalista con ese trazo simple envuelto de tonos de cyan que transporta la mirada con eficacia. Agradable, reflexivo e inquietante en ocasiones, una lectura que deja poso para pensar.

Ken Games (y 3)

Pese a que la primera entrega me gustó bastante, reconozco que escondía muchas dudas sobre el posterior desarrollo de Ken Games. La apuesta de Robledo y Toledano por unir aparentes inmiscibles como el boxeo y las matemáticas, enmarcarlo todo en un escenario de mentiras que, a su vez, forma parte de una trama de mafias, asesinos profesionales y timadores y, para colmo, narrar una historia de amistad era una apuesta más que arriesgada, suicida. Cierto que en la primera entrega los autores medían al milímetro las hechuras de este complejo traje y que, sorprendentemente, aguantaban el tirón obligado de todos los opuestos metidos ahí, pero mantener ese equilibrio inestable durante tres álbumes parecía una tarea imposible. Tanto o más que darle un final creíble a la historia, todo sea dicho… Muchos retos para autores debutantes que podían pagar su exceso de ambición, aplastados por la recurrente razón de ese refrán que anuncia que “quien mucho abarca, poco aprieta”.
Pero mire usted por dónde, el segundo asalto de este combate entre ambiciones y autores se saldaba con victoria a los puntos de los autores. Pese a las dificultades, pese a que el traje comenzaba a rasgarse por algunos sitios, los autores conseguían mantener la verticalidad del conjunto y que la historia siguiese siendo entretenida e interesante. Verdad es que me chirriaron algunos giros argumentales y que, en general, la segunda entrega me pareció inferior a la primera, pero era indudable que el interés seguía intacto y, para qué negarlo, aumentado por la vía más morbosa: ¿aguantarían los autores el tercer asalto? Una tercera entrega que tenía que lidiar, además, con la necesidad de un final coherente que podía ser transformarse fácilmente en su peor enemigo. Demasiados peros para unos autores que, parecían salir tocados y agotados de la segunda entrega de la serie.
Pero no contaba yo con que estábamos ante una historia de tahúres y engaños y que, como tales, se estaban comportando Robledo y Toledano, engañando al crítico contendiente para amagar un uppercut directo a la mandíbula en forma de tercer álbum de la serie, Ciseaux. Ya no sorprenden en su uso brillante de la narrativa, en ese trabajo minucioso de composición y de la atmósfera cromática, pero lo hacen componiendo un final tan sorprendente como autoreferencial y, paradójicamente, tan lógico como inesperado.
(¡Atención, sigue un pelín de spoiler!, seleccionar para leer)
Un final que es de nuevo un monumento de engaños, que reviste la apariencia de felicidad de amargura y dolor. Reconozco que en un momento dado me decepcionó que el argumento discurriera por el acontecimiento más esperable, pero me sorprendió la manera de resolverlo y dar un golpe de timón inesperado.
(Fin de spoiler)
Una trilogía que gana muchos enteros en su lectura completa (¡a ver ese integral!…aunque perderemos la excelente composición de las tres portadas, probad a colocarlas juntas) que demuestra el buen pulso de unos autores que saben conjugar calidad con una historia que sabe traspasar los límites de los géneros para crear una historia tan entretenida como eficaz (3-).

El arte de volar

Recupero la reseña que hice de El arte de volar, flamante Premio Nacional de Cómic:

En Carta al padre, Kafkfa expresaba en una misiva a su padre todo aquello que no fue capaz de decirle en persona. El hijo escribe para un padre que nunca leerá su carta. Las cartas expresan sus sentimientos encontrados hacia la dominante figura paterna: amor y odio, dolor y respeto, impotencia y liberación…, dejando que la literatura actuara de caja de resonancia de sus pensamientos. Un ejemplo de cómo la relación con nuestros padres siempre ha sido un tema literario, pero es la muerte del padre el detonador máximo de la reflexión : el primer suceso de nuestra vida que nos hace realmente conscientes de nuestra propia muerte anunciada.
art00Antonio Altarriba también escribe para un padre que nunca leerá su mensaje. Pero no lo hace para reprochar: a diferencia de Kafka, intenta conocer a un hombre que resultó ser un desconocido. Su padre se suicidó a los 90 años, en una especie de corte de mangas a la muerte que le rondaba, rompiendo los esquemas de un hijo que se negaba a entender lo ocurrido hasta que descubrió un diario. Unas anotaciones que llevaban la firma de su padre, pero que descubrían a alguien muy distinto al que él conoció. Demasiados cabos sueltos, demasiadas preguntas que sólo obtendrían una respuesta reconstruyendo por completo la figura de su padre. No había sitio ni tiempo a los rechazos y quejas. No tenía sentido reprochar a un desconocido: la única posibilidad era ordenar aquellos recuerdos para armar una realidad, un pasado que explicara y diera luz a la figura de Antonio Altarriba, el padre. El arte de volar es esa historia, esa minuciosa labor de investigación que va componiendo una fotografía rota en mil pedazos y de la que no se tiene más pistas que un nombre. El nombre que padre e hijo compartían y que en ese momento final se alza como su único nexo en común, como el punto de partida para volver a vivir una historia. Antonio, hijo, se convierte en Antonio, padre, para entenderlo y conocerlo. Y comienza un largo camino de descubrimiento, muchas veces doloroso, que le llevará desde la infancia a la senectud, de la alegría a la desesperanza. Conoceremos a un niño que quería volar y que terminó siendo un peón más en la historia. Una historia dura, la de una España que vivió una guerra y una dictadura. A través de su peripecia vital sabremos, también, de la injusticia de la guerra, del exilio… De la desgracia de salir de una guerra para entrar en otra, de la vuelta de los derrotados, de la sumisión a los poderosos y de la transformación de rebelde en engranaje de un sistema que fagocita. Pero también, de cómo la vida nos impone los comportamientos y nos obliga, nos transforma en piezas que se mueven con la ilusión de libre albedrío que, realmente sólo nos deja lugar a decidir cuándo queremos salir de la corriente que nos lleva. Como hizo Antonio, el padre, que un día saltó al vació en el único acto de verdadera voluntad que le queda al ser humano: elegir su propia muerte.
Una obra compleja y ambiciosa, para la que Altarriba necesitaba un compañero sobre el que descargar la responsabilidad de la narración gráfica mientras él se centraba en el descarnamiento de sus sentimientos. La elección podía parecer sorprendente. A fin de cuentas, Kim es un autor que está encasillado y aplastado por la leyenda de una de las series más conocidas de la historia del tebeo español, Martínez el facha, un personaje tan potente que había fagocitado casi por completo a su autor. Sin embargo, aquellos que recuerden al Kim de las historias de los primeros Rambla, y al que se destila por las historias sueltas que publica en El Jueves de tanto en tanto, sabrán de un autor de inmensa capacidad gráfica, detallista, de facilidad en la expresividad de sus personajes y de narración fluida. Unas capacidades que resultan ideales para la historia de Altarriba: a las pocas páginas de lectura es imposible imaginar la historia con otro dibujante. Kim se vuelca y trabaja las viñetas con meticuloso cuidado, exprimiendo la puesta en escena con una documentación rigurosa y extensa, sin alardeos compositivos. La narración fluye de viñeta en viñeta, sobriamente, dejando que el lector apenas se entretenga en lo superfluo, centrándose en la historia. No es fácil la labor de Kim, hay una sobrecarga literaria en la elección argumental que debe compensarse con lo gráfico. Largos textos donde Antonio, hijo, reflexiona sobre su padre, o través de la voz de su padre, que se articulan como un nivel secundario de lectura, en una especie de composición paralela entre la voz del narrador y la secuencia dibujada. Realidad y reflexión deben entretejer un tejido común que está hilado por la labor gráfica de Kim, que consigue ese difícil equilibrio, sin dejar que lo literario entierre a lo gráfico, consiguiendo que ambas narrativas discurran necesitándose mutuamente. No debe haber sido fácil hacer El arte de volar para Kim. Es cierto que el guionista ha sacrificado su intimidad exponiendo sus sentimientos, en un ejercicio de dolorosa sinceridad. Pero a cambio de aquél, que tenía la recompensa de la catarsis íntima, el dibujante no tendrá premio en su particular inmolación, ocultando su trabajo, haciéndolo invisible al lector para que éste sólo se deje llevar por la historia de los Altarriba. No está de más, tras leer el álbum, volver a sus páginas, al azar, olvidando la historia para admirar el exquisito trabajo del dibujante, para comprobar cómo lo que parecía un simple camino por el que anduvimos está perlado de diminutas maravillas y hallazgos, de un trabajo hercúleo e inconmensurable.

arte2

Tras cerrar la última página, uno es consciente de que ha leído una obra impresionante, pero quizás sólo el poso de la reflexión posterior es capaz de poner en su justa medida qué significa El arte de volar. Como introspección personal, es una obra que se codea de igual a igual con otras que trataban el mismo tema, con los Spiegelman, Taniguchi o Ware. Quizás sin sus filigranas y exquisiteces formales (acercándose más, posiblemente, a la obra del japonés), pero con una profundidad en la reflexión tan aplastante y categórica como las que se desprendían de aquéllas. Solo por eso, la obra de Kim y Altarriba merece estar en los altares del noveno arte. Pero es que, además, se permite el lujo de proporcionar, a mi entender, uno de los relatos históricos más lúcidos y enriquecedores que se ha visto en historieta. En su largo periplo por la vida de su padre, Altarriba nos presenta un fresco de la historia de este país inédito, que habla del exilio y del retorno, de la vida de los perdedores desde una visión pragmática, que habla de la pérdida de las ideologías, de credos que cambian y se olvidan. De las ilusiones de los ciudadanos de a pie, de los españoles que sólo querían vivir tranquilamente el día siguiente. Un documento inestimable y que, sin duda, se convierte testimonio fundamental de nuestra historia. Y, por si fuera poco, se cierra en álbum con un capítulo descorazonador, aterrador si se quiere, que da una réplica lúgubre al discurso de esperanza sobre la vejez que hasta hace poco recibíamos. Ingenuamente pensábamos que saber desde el principio del triste final amortiguaría los sentimientos, pero Altarriba, hijo, quita en el último momento esa red para que sintamos el mismo golpe que su padre, esa realidad transformada en cemento que le quitó la vida y contra la que el lector al final, tendrá que desplomarse igualmente.
A mi entender, una obra maestra inapelable. (5)

Wilson (again)

Aprovecho que se edita en castellano (previamente La Cúpula la había editado en catalán) la nueva obra de Daniel Clowes para recuperar la reseña que hice hace un tiempo tras la lectura de la edición americana.
Wilson es un personaje patético. No es la primera vez que Dan Clowes se asoma a lo más mísero de la existencia humana, desde luego. Mostrar hasta qué punto la existencia del ser humano es una tragedia sin posible final redentor es uno de los lugares comunes de la obra de este autor, un tema reiterado desde diferentes aproximaciones pero que, hasta ahora, tenían una lectura irónica que permitía al lector encontrar un clavo ardiendo con el que escapar de la desoladora imagen que componía el americano de la rutina cotidiana. Y aunque en esta nueva obra no pierde ese humor negro que ha sido marca de fábrica, lo deja en un segundo plano, apenas expresado a través de unos diálogos magistrales y, sobre todo, de unas elecciones formales y narrativas que reciben el peso de establecer distancias entre el lector y la realidad que define el autor. Dos opciones que terminarán en una página final que tiene tanto de demoledor desde lo psicológico como de un humor corrosivo, en la estela del mejor Douglas Adams (uno cierra el álbum y no puede menos que mirar al cielo para ver si hay alguna nave vogona en el horizonte…, aunque Clowes nos ha dejado esa responsabilidad). Sin ese soporte evidente, Wilson es un recorrido por la vida humana que no admite la más mínima expresión de piedad: el egoísmo como único elemento motivador de la vida, la incapacidad de establecer relaciones personales más allá de las que tiene con su perro… La palabra patético alcanza su perfecto significado ante la nueva creación de Clowes.
Para escenificar su teatro de lo cotidiano, el autor opta por un cambio de estilos gráficos continuado, como si estuviéramos leyendo la vida de Wilson a través de las planchas dominicales de un periódico. Una elección que ya es habitual en el autor (lo vimos en Ice Haven o Death Ray) pero que aquí se radicaliza, se aleja de las necesidad narrativas de cada escena para convertirse en protagonista por sí misma. Los cambios no obedecen a ninguna necesidad de la historia, sino que forman parte de ese mecanismo irónico que busca establecer distancias entre lector y protagonista. La fragmentación total de la vida de Wilson en “cómodas entregas”, mostrada a modo de homenaje a toda la historia de la tira de prensa, actúa como un elemento de reflexión más tremendamente interesante: fuera de su contexto natural, la publicación en prensa con una cadencia temporal real, el continuo cambio de grafismo, aporta a la lectura una sensación de irrealidad que, sin embargo, se enfrenta al profundo materialismo de las elecciones de Wilson, a una veracidad que es además acentuada por el envejecimiento del personaje a medida que pasa cada página. Pese a los cambios drásticos de estilo, Clowes consigue que la edad vaya pasando de forma sutil, marcando tanto el aspecto como la expresión del protagonista. El efecto no puede ser más contrastado: el naturalismo que muchas veces se usa en la representación del ser humano se opone a una representación fraccionada de la realidad temporal. El tiempo como elemento fundamental de la evolución humana, el único factor incontestable, contra el que es imposible enfrentarse o rebelarse, es transformado por Clowes en un protagonista más a través de la narración en forma de planchas dominicales. Idénticas en su aspecto exterior (una dato más hacia la rutina de lo cotidiano), diferentes en cada trazado interno (¿cada día es diferente?), pero finalmente extraídas de su contexto temporal para construir un libro que, en su completitud, revela lo mísero y triste de una existencia. En cierto modo, se podría decir que se produce un enfrentamiento entre los conceptos de RealTime y Tiempo™ que definía Fernández Porta en Homo Sampler: el tiempo definido por la representación fragmentaria, sampleado por la presentación mediática, frente al tiempo real que transcurre en el propio argumento.
Una elección arriesgada que, a mi entender y por lo menos en mi experiencia, no termina de cuajar. La elección narrativa, que tiene sentido en su globalidad, hace difícil el seguido de la lectura del libro, distancia al lector de la trama de tal manera que, en cierto momento, tiende a expulsarlo de la misma. Lo que no quiere decir, en modo alguno que Wilson no sea una lectura recomendable (eso sí, para estados de ánimo despejados). Pese a que el experimento no termina de funcionar –por lo menos en mi caso- la lectura sigue siendo muy interesante y hay razones más que sobradas para “disfrutar” (no es la palabra más adecuada, pero nos entendemos) de su lectura.
Como cualquier obra de Clowes, es de obligado cumplimiento, pero se queda un escalón por debajo de obras maestras como Ice Haven, Deat Ray o Ghost World. Lo que es decir mucho, todo sea dicho. (4-)
(Y, como ya es costumbre, extraordinaria labor de traducción y rotulación de Rocío de la Maya y María Eloy-García).

Asterios Polyp

Una buena parte de la afición exigía a David Mazzucchelli que su nueva obra en solitario, Asterios Polyp, fuese la gran novela gráfica del siglo XXI, la revolución definitiva, una especie de punto de inflexión sin retorno en el noveno arte. Razones había: no es un autor prolífico, pero es obvio que su obra está jalada de títulos indispensables que hablan de un autor inquieto al que Frank Miller empujó en su evolución de forma drástica. Born Again, Batman Year One o Ciudad de Cristal, por no hablar de la sugerente experiencia de su revista Rubber Blanket, es un palmito suficientemente importante como para sentirse en condiciones de exigir mucho a una obra que ha tardado quince años en ver la luz. Sin embargo, es profundamente injusto: si no nos dejamos llevar por la impaciencia de la expectación, parece obvio que a la vista de la obra anterior, a este reto en solitario se le debería exigir que fuese una evolución de sus propuestas en Rubber Blanket pasadas por el tamiz experimental que ejercitó junto a Karasik en Ciudad de Cristal. Con ese planteamiento, mucho más pausado y prudente, la lectura de Asterios Polyp toma una perspectiva completamente distinta, el de una obra sugerente y abierta, con no pocos aciertos y sorpresas, en la que Mazzucchelli aborda un doble objetivo: por un lado, ahondar (que no innovar) en el análisis de las posibilidades formales del medio; por otro, plasmar en una obra sus inquietudes personales, sus dudas y miedos privados sobre temas universales. Conjugar ambas cosas era complejo, así que lo más sensato era no pillarse los dedos y partir de una estructura argumental clásica y de probada validez, condiciones que durante casi 3000 años ha cumplido el largo viaje de Ulises para volver a su querida Itaca, un camino iniciático que se muestra como andamiaje perfecto sobre el que el autor reflexionará sobre temas tan variados como la creación, la religión, la muerte y las relaciones personales.

Quizás se podría pensar que hay un exceso de ambición y de trascendentalidad en este punto de partida, pero Mazzucchelli acierta a la hora de plantearlos desde ese alter ego que es Asterios Polyp, un arquitecto dedicado a la docencia que no ha conseguido que ninguno de sus proyectos vea la luz, una descripción que puede aplicarse fácilmente al propio autor, dedicado también a la enseñanza y que durante quince años apenas ha publicado pequeñas colaboraciones a la sombra de su esperado proyecto personal. Cansado de la vida de pulcro diseño que vive, un acontecimiento fortuito será el pistoletazo de un viaje de su ego ficcional, que se irá articulando como espacio para un torrente de pensamientos e ideas, a veces aparentemente inconexas, otras simuladamente hiladas, pero que poco a poco se van configurando como un ideario personal, un reflejo de la propia personalidad del autor a través de sus reflexiones filosóficas. Sin embargo, pese a la evidente conexión personal, Mazzucchelli se sigue refugiando en las sombras: el concepto de dualidad que sobrevuela en todo momento el libro alcanza su máxima expresión en la propia plasmación de la obra. Si habitualmente el narrador del relato es el anclaje del autor dentro de la ficción, en Asterios Polyp esa voz actúa de contrapunto paradójico de sí mismo, toma la forma de Ignazio, el hermano gemelo muerto de Asterios para que el autor se enfrente a su alter ego, poniendo en duda sus propias ideas, en ejercicio no exento de una sana ironía que alcanzará la calificación de sarcasmo salvaje en un inesperado final que certifica el cómico absurdo, todo un non-sense, de la existencia.

Ideas y conceptos para los que Mazzucchelli construye un vasto edificio formal, en el que hará gala de paciencia para encajar todos los recursos narrativos que la historieta pone a su disposición. No le hace falta inventar ninguno, tan sólo toma el amplio catálogo que tiene para ir encadenándolos según sus necesidades: el uso del color como elemento atmosférico, la tipografía como vehículo de narratividad gráfica propia, el estilo del trazo como configurador de personajes, la composición en todas sus formas… Todos viejos conocidos, pero que Mazzucchelli configura con acierto hasta dar un indudable aspecto de novedad. Como el cocinero que es capaz de romper la tradición pese a trabajar con los ingredientes de siempre, el dibujante demuestra hasta qué punto los recursos gráficos de la historieta se pueden conjugar sin limitación para seguir sorprendiendo. El elegante uso de una paleta de primarios básicos (cyan, magenta y amarillo), donde no hay lugar para el negro y sí para un rojo pasional y violento que estará reservado sólo al oponente natural de la dualidad del hombre, a lo femenino, que comienzan como delimitadores temporales pero que poco a poco irán mutando, recombinándose hasta generar colores reales a medida que Asterios va configurando una identidad. El color, esa característica de la naturaleza que sólo está en la percepción humana, actúa así como medida de la identidad de la realidad. Pero, también, en ese uso de la tipografía y el trazo tanto como definidores de la personalidad de sus personajes, que son caracterizados únicamente desde el grafismo sin necesidad de descripciones literarias, como descriptores de situaciones y sentimientos, en un ejercicio de economía narrativa que apuesta por el dibujo como la voz de la historieta.
Y, por supuesto, la composición, donde Mazzucchelli hace un repaso histórico casi canónico, desde Herriman o King hasta Steranko, Miller o McCloud, por solo citar algunos., y que tendrá su máximo desarrollo en un capítulo que, a mi entender, justifica por sí sólo toda la obra: un capítulo mudo en el que en apenas ocho páginas Mazzucchelli plasma como sólo la historieta puede hacer la esencia de la convivencia, del cariño y el amor.
Todo, sin olvidar el uso de la decoración y el diseño como elementos de ambientación de obligado cuidado.

El resultado final es un sugestivo libro en el que si bien el exquisito cuidado y trabajo de lo formal puede apabullar, no es más que un andamiaje preciso y necesario para el más cercano e interesante ejercicio de exhibicionismo intelectual y sentimental que realmente constituye la base de Asterios Polyp. No es la obra maestra que muchos esperaban, pero es sin duda uno de los mejores libros que se podrán leer este año. (4)
(Hay que hacer mención especial a la labor editorial, que tenía ante sí un reto importantísimo de traducción, maquetación e impresión que se resuelve con la máxima nota en una edición perfecta.)

Sarà Servito

Tras las dos extraordinarias contribuciones del año pasado (Soy mi sueño y Las serpientes ciegas), muchas eran las ganas de leer una nueva obra de Felipe Hernández Cava, un deseo que se cumple por fin -y no defrauda ni un ápice- con Sarà Servito, un álbum en el que el guionista se une a Laura para dejar de lado temáticas como su memoria o la historia española para imbuirse del espíritu de esa literatura galante dieciochoesca impregnada de ilustración con un espléndido relato de intrigas y venganzas, en el que podemos encontrar reminiscencias de Choderlos de Laclos, sutilmente adaptado, eso sí, a la reflexión moderna que es sello de este guionista. Si las aventuras amorosas del vizconde de Valmont eran una batalla de sexos en toda regla, con la mujer finalmente relegada a un papel de sometimiento al hombre, Sarà Servito es una guerra de intelectos donde los personajes femeninos se alzan no sólo con el protagonismo del relato, sino también con el papel de referentes intelectuales ante una sociedad decadente ejemplificada perfectamente por esa Venecia eterna. El juego de máscaras, el engaño de la identidad, será el arma perfecta para la venganza de Marina, el vehículo de un relato donde todos deben esconder sus verdaderas pasiones y anhelos. La mentira como refugio incluso en una sexualidad lujuriosa y carnal que precisa del antifaz para sentirse a salvo (excepción hecha de las escenas de sexo entre mujeres, las únicas donde la identidad es real y no fingida).
Un relato de alto nivel literario que precisaba de una dibujante de excepción como Laura, que toma el guante del desafío de Cava para ilustrar con ese estilo tan personal que recuerda, muy apropiadamente, a la ilustración de libros del XVII y XVIII, elegante y cuidada, en la que el tratamiento del color resulta fundamental con esa paleta de violentos azules, rojos o amarillos que envuelven a unos personajes de paradójica inmaculada blancura.
Una lectura para disfrutar (3+).

Derecho de suelo

Es indudable que Charles Masson no es un gran dibujante, cierto es que ha dado un paso de gigante en el apartado narrativo desde Sopa Fría, pero sigue siendo técnicamente tosco y con muchas carencias. Sin embargo, todas esas limitaciones se ven paliadas por la visceralidad y pasión con la que se embarca en sus proyectos, con esa emoción contagiosa del que necesita contar su historia. Ese entusiasmo impregna todas las páginas de Derecho de Suelo, una dura denuncia del colonialismo más brutal que Francia sigue practicando en sus colonias que, pese a todo, no cae en ningún momento en la fácil tentación del maniqueísmo de un panfleto acusatorio, al contrario, construye un trabajado y completo panorama de la vida diaria en Mayotte, en las Islas Comores, que tras su apariencia de retrato costumbrista de las relaciones humanas en ese alejado rincón del Índico va dejando constancia y testimonio de la hipocresía de una sociedad “avanzada” que tras la máscara del “pero yo no soy racista, ¿eh?” practica de hecho y omisión un racismo y un comportamiento de paternalismo colonial execrable, de un cinismo cruel que provoca todo tipo de injusticias sociales y abusos que luego se intentan justificar como defectos del sistema. Masson construye su historia con un caparazón de aspecto normal que no parece, ni de lejos, tener la dureza que anuncia su prólogo, una trampa bien urdida para que traguemos con facilidad una cápsula que al deshacerse irá destilando su contundente mensaje de denuncia, del horror que esconde esa pátina de primer mundo que nos hemos creado pero que sólo dejamos al alcance de unos pocos.
Uno de esos libros que, tras su lectura, nos hacen sentir una profunda vergüenza ajena al saber hasta dónde podemos llegar los seres “humanos” y que resulta, por desgracia, una lectura especialmente indicada para estos tiempos. (3)
ENLACES:
Entrevista al autor (en francés)

Lo Peor de Vázquez

Si el señor Manuel Vázquez (no Montalbán, ya saben, el pintamonas que dicen) no hubiera tenido la suerte o desgracia de nacer bajo los Pirineos, seguramente estaríamos debatiendo sobre si el trono del humor más bestia e iconoclasta se debe adjudicar a Reiser o a Vázquez. Incluso uno piensa que si el francés ni hubiese perdido el combate con el cáncer con sólo 42 años, uno y otro se tomarían cañas y pinchos descojonándose de todos aquellos que estuviéramos metidos en ese debate. O quizás, si estas cosas del cielo, infierno y demás paraísos es verdad, ambos están ahora partiéndose el alma o lo que sea a costa de nosotros. Porque lo de Vázquez es genio puro, se diga lo que se diga. Las historietas de Lo peor de Vázquez demuestran que este crápula de tomo y lomo había convertido su vida en un sainete moderno, en la mejor continuación de la picaresca española del XVI y XVII. Muy a su pesar, posiblemente, cuando se dio cuenta de que persona y personaje se había convertido en inseparables, pero a mayor gloria de la historieta española, que conseguía una leyenda construida a golpe de leyendas urbanas que, por una vez, eran siempre ciertas.
Las 600 páginas del libro editado por Glénat son una recopilación de buena parte de lo publicado por Vázquez desde que dejó Bruguera en los 70 y se dedicó al “cómic adulto”, eufemismo poco acertado para definir a un monstruo del humor desatado, sin límites ni imposiciones, llenas de humor bestia, sexo, escatología, violencia, incorreción y, sobre todo, una visión socarrona de la vida irresistible, que comienza por reírse de sí mismo con vehemencia casi cruel. Sin tregua ni piedad: mira que este tipo de integrales suele tener como desventaja aquello de que lo poco gusta y lo mucho cansa, aconsejándose su consumo en pequeñas dosis para no saturarse… pero en este caso, ni de coña. Hay que pegarse el atracón del más de medio millar de páginas, quedarse en estado de shock por el salvajismo vazquiano para que nuestro cerebro sufra uno de esos necesarios procesos de limpieza y desastacado de neuronas.
Sólo un par de pegas: es una lástima que sólo se hayan incluido las obras que Glénat editó en la colección by Vázquez. Se echa mucho en falta tanto Don Cornelio Ladilla y señora como la etapa de humorista gráfico en El Observador (sólo recopilada en un pequeño catálogo editado por el salón del Cómic de Granada que vale su peso en oro). La segunda, que siendo Glénat editorial que mima al máximo sus ediciones de clásicos españoles, no se entiende que en este caso no se haya optado por un orden cronológico o, al menos, una mínima información sobre dónde y cuándo fueron editadas inicialmente las obras recopiladas. Un pequeño detalle que habría hecho la edición casi perfecta.
En cualquier caso: compra obligada.

Engullido por el abismo

Ni tragado ni leches. Engullido y bien digerido por el abismo me encuentro. Llevo todo el fin de semana absolutamente enfrascado y encantado en la lectura del libro de Pedro Porcel sobre los tebeos de aventuras y, aunque todavía no lo he acabado, puedo predecir sin temor a error que estamos ante uno de los libros teóricos más importantes que se han escrito sobre el tebeo español. En primer lugar, porque ya era hora que los estudios sobre historieta abandonasen por un momento la historiografía pura para centrarse en el análisis crítico. Es obvio que el registro histórico exacto y concienzudo es fundamental y necesario para poder abordar cualquier estudio posterior, es la herramienta base sobre la que construir cualquier análisis, pero es que la teoría española se había centrado casi exclusivamente en este plano. Faltaba esa alegría temática que se puede encontrar en cualquier otra área cultural, donde puede (y debe) existir cualquier perspectiva, por extraña, ridícula o estrambótica que parezca. Quizás el problema ha sido (y es) la ausencia de la investigación sobre historieta universitaria, que favorece esta dispersión y diversidad de planteamientos y acercamientos al estudio. Pero ése es otro tema. Tragados por el abismo subsana ese problema porque se centra en un género en profundidad, realizando un trabajo concienzudo de estudio, que parte de una obligada labor de contextualización histórica para realizar un análisis brillante e inteligente de una de las formas más importantes del tebeo popular.

Y, en segundo lugar, porque el libro de Porcel hace un trabajo de reivindicación de la cultura popular, y del género como parte de ésta, que era imperiosamente preciso. Y lo hace sin ambages ni prejuicios, con inteligencia y sin caer en el absurdo de la reclamación de una calidad muchas veces inexistente. Porcel es muy consciente de las limitaciones y calidad de muchas de las obras de las que habla, pero su contextualización permite derribar desatinados y torpes tópicos ideológicos y alumbrar con exactitud su importancia y relevancia. Analizados tanto individual como colectivamente, los cuadernillos de aventuras adquieren todo su valor como elemento sociológico y cultural sin necesidad de encumbrar artificialmente obras que, en su individualidad, posiblemente no resisten un mínimo análisis crítico. Todo, sin renunciar tampoco a una reivindicación necesaria: la de la evasión y la distracción como elementos culturales de valor. Como el propio Porcel escribe, hay que dejar de lado ya esta tradición de culpa cristiana que castiga el placer de la evasión y el disfrute de la distracción (que luego se extendería a un absurdo progresismo que entendía ese placer como aburguesamiento), rehabilitando los géneros clásicos como una forma cultural válida y tan rica como cualquier otra, diferenciando entre lo que es el sentido real del género y las limitaciones creativas que hoy impone la producción industrial masiva (y levanto la mano como uno de los que muchas veces ha caído en ese error reduccionista).
Uno de los libros más importantes que se han escrito sobre tebeos en este país. Sin duda.

ENLACES:
Entrevista a Pedro Porcel en Pulpnivoria

Epatado

Lo ha vuelto a hacer: Joann Sfar me ha vuelto a dejar enamorado de una de sus obras. Lo consiguió con aquella maravilla todavía inédita en España que es Le petit monde du Golem y lo repitió después una y otra vez con El gato del rabino, con Pascin, con Petit y Grand Vampire, con Klezmer… Ahora lo ha hecho con Los viejos tiempos, una de esas obras donde este particular y singular autor logra de nuevo una de esas extrañas fusiones genéricas donde todo es posible. Recuerda, en cierta medida, a esa obra fundacional de su mitología particular que es Le petit monde du Golem, pero atreviéndose ahora a reescribir toda una nueva mitología que aglutina con desvergüenza el mundo de las leyendas clásicas y los cuentos, siendo como siempre respetuoso y casi canónico para, paradójicamente, ser a la par una especie de tsunami destructor que le da la vuelta a todo. Una especie de bola de nieve donde todos los elementos son fijos, pero que al moverse generan imágenes completamente nuevas y distintas. Se atreve a actualizar a los personajes de cuentos a los tiempos de hoy, dándoles una personalidad moderna y, como siempre en Sfar, lenguaraz, pero a la vez éstos se mueven fieles a los mandamientos del cuento y las leyendas, rebeldes pero sabedores que están en un cuento. Reyes, gigantes dormilones, despiertas serpientes-espada, brujos salidos, aguerridos y valientes galanes, bosques mágicos, dioses, unicornios… toda una experiencia gratificante que Sfar desarrolla con ese trazo visceral y orgánico que es imposible dejar de mirar. Y, para colmo, sin renunciar a introducir dentro de la historia sus habituales reflexiones sobre la religión, la sexualidad y la fuente de creación de los mitos, la imaginación humana, construyendo un conjunto polifacético, que permite tantas lecturas como una quiera darle. Los viejos tiempos puede ser una fábula para los niños del siglo XXI igual que el germen de sesudas tertulias sobre la relación entre ficciones imaginarias y religión… Eso, creo, sólo lo hace un genio.
Y Sfar lo es. El único problema es que como todo genio, es caprichoso e inconstante y toda la emoción que uno tiene al acabar la última página de este libro se convierte en pavor: ¿volverá a dejarnos colgados Sfar? Es verdad que en las obras de este hombre no hay final y que lo que importa es el camino, no el desenlace, pero es que uno todavía tiene mono de más entregas de El gato del rabino o de Klezmer… Comentaba hace unos meses el francés que Gallimard le había obligado a terminar las obras antes de comenzar a publicarlas, lo que es una opción, pero también desesperanzadora, ¡tienen un final!
¡Ay!, yo lo que quiero es una nueva entrega de Los viejos tiempos… (4)

Buñueladas de carne y arena

Contaba Buñuel en sus memorias que no estaba contento con El ángel exterminador, un atroz retrato de las relaciones humanas creado a partir de una justificación puramente surrealista de las que tanto gustaba el director aragonés: un grupo de personas permanece atrapado en una casa, no puede salir de ella. No hay razones, sólo hechos: no pueden salir, están encerrados. Siempre me ha parecido una de sus mejores películas, sugerente y provocativa, pero decía Buñuel que hubiese preferido hacerla en Europa, con actores europeos y una ciudad como París o Londrés. En cierta medida, Frederik Peeters y Pierre Oscar Lévy siguen los deseos del famoso director, planteando en Castillo de arena una traslación de lo que acontecía en aquella mansión señorial mexicana a una bonita playa mediterránea, donde un grupo de personas quedarán inexplicablemente atrapadas. Un punto de partida sugerente (que muchos hoy en día relacionan más con Lost que con Buñuel, menos mal que la pequeña introducción de la obra lo recuerda), que los autores desarrollan con pulso, añadiendo una vuelta de tuerca dramática: el tiempo pasa más rápido en la cala, cada hora son años. A priori, las posibilidades son fantásticas, y a medida que vamos leyendo el álbum, hay que reconocer que la historia engancha y arrastra como pocas… Sin embargo, el regusto final ha sido agridulce. Por un lado Peeters y Oscar Lévy desarrollan la historia con buen ritmo, nos va introduciendo en esa espiral surrealista con mano firme, siempre de la mano del elegante y eficaz estilo de Peeters, consiguiendo que la lectura sea muy agradable, sí, pero la sensación que queda es que por el camino se han quedado muchas cosas. El sorprendente giro argumental añadido permitía detenerse en muchas reflexiones sobre las relaciones generacionales o las diferencias que marca la edad, pero apenas están apuntadas de forma sencilla, incluso tópica. De hecho, llega un momento donde estamos más interesados en el por qué está pasando que en el qué ocurre, cayendo en la trampa perversa que Buñuel evitaba con su magisterio habitual: las razones eran lo de menos, no tenían ningún interés, lo único que importaba era qué estaba ocurriendo. Pese a que el final propuesto por los autores me parece acertado y coherente, tras la lectura la sensación que tenía es la de haber hecho un viaje en el que había llegado al objetivo, pero no había podido disfrutar del paisaje, que era lo importante. Una historia más cerca al final de Abrams que de Buñuel, pero interesante (2-)
Y volviendo a Buñuel, otra de mis películas preferidas (la verdad, creo que no hay ninguna película de Buñuel que no me guste…) es El fantasma de la libertad, donde el de Calanda trastocaba sutilmente los principios sociales para derrumbarlos. Apenas un ligero cambio, ese pequeño empujón surrealista que tan bien practicaba, y el mundo se daba la vuelta, como ese magistral episodio donde los buenos usos sociales marcaban que el comer en público era de mal gusto pero no así el defecar, reconvertido en acontecimiento social. Siguiendo esa línea, el ilustrador israelí Koren Shadmi propone en En Carne viva un ejercicio similar, en el que episodios banales se deforman y reconvierten casi en pesadillas a partir de la introducción de un elemento surrealista. Parejas que se citan con bolsas de papel en la cabeza, una chica que se convierte en radioactiva, un hombre con cabeza de cámara o una hermosa chica descabezada son algunas de las ideas con las que Shadmi propone al lector un particular viaje hacia aquello que nos hace volver la cabeza, hacia las vergüenzas del ser humano. El sexo como elemento omnipresente que se transforma en impotencia o humillación, la incomunicación… las propuestas de Shadmi son provocadoras y sugerentes, incluso con atrevimientos narrativos que conforman una obra distinta y muy, muy recomendable, que nos recuerda que el cómic israelí no acaba en Rutu Modan (que no es un hombre, por cierto, igual que Shadmi no es mujer, como he visto en notas promocionales…). Lástima que la edición de Ediciones B sea bastante deficiente en calidad de reproducción , porque tanto el estilo de Shadmi como la obra lo merecen. (3-)

Enlaces:
Entrevista a Koren Shadmi

Una de romanos

Oigan, que miren que Amistad Estrecha me dejó frío cuál témpano, pero ha sido abrir las páginas de la segunda entrega de Por el imperio y actuar cual dulce y calentito braserillo en día de frío. Vamos, que Vivés me ha vuelto a dejar patidifuso y enganchado a esta particular aventura de romanos que es capaz de pasar de la aventura de Lope de Aguirre a la Ilíada de Homero para enfrentarse a las amazonas. Los mitos se entrecruzan, se actualizan y se reinventan para esta historia que intenta incorporar también los elementos canónicos de un género que parecía que había quedado ya caduco tras los gloriosos tiempos de Jacques Martin. Y, por supuesto Vivés, ese dibujo lleno de expresividad corporal (creo que es de los pocos dibujantes hoy en día capaz de sacarle tanto partido a la representación del cuerpo) y fuerza que se acopla como un guante a las necesidades del relato, potenciado por ese color orgánico y vital de Sandra Desmazières. Recomendabilísimo, la espera para la tercera y última entrega será larga… (3)

Templanza

Cathy Malkasian es una de esas autoras capaces de desarrollar un universo propio, reconocible y distinto. Lo demostró en Percy Gloom y lo vuelve a hacer en Templanza, donde se envuelve del sabor de la fábula y del cuento popular, con un planteamiento y estructura canónicos que habría suscrito el mismísimo Propp que resulta ideal para esa atmósfera onírica e irreal que tan bien despliega la autora. Una fábula de esas que empiezan con un “érase una vez…” y que aceptan abiertamente su función de mensajero de una idea o concepto moral, en este caso sutilmente ampliada a todo un discurso sobre la manipulación del miedo al exterior y la construcción de una sociedad sobre las mentiuras. Es, en el fondo, el mismo mensaje que otros autores como Moore (Alan) o Moore (Michael) han revestido de ficción o documental, pero que Malkasian traduce ahora a cuento de apariencia infantil y fuerza adulta. El trazo dulce de la autora, engolado si se quiere, se acopla como un guante a una historia que va alimentándose de conceptos e ideas de insignes fabuladores como Esopo, La Fontaine, Leonardo, Parreault o los Grimm, citados con discreción para que sea la aventura de Lester la que tome personalidad propia, dejando al lector después el tiempo de una reflexión que puede ser sorprendentemente actual. Una obra muy interesante (3)

Oesterheld

Utilizar la manida expresión “el mejor de la historia” suele ser expresión de exageración y atrevimiento. Verdad es que, muchas veces, informal e inocente, pero muchas otras peligrosamente rayano con la ignorancia. Algunas veces asumida a modo de penitencia previa, otras, por desgracia muchas, peligrosamente desconocida o, peor, arrogada con orgullo. Me apunto a lo de la penitencia previa, reconociendo que, pese a todo, el juego es atractivo y tentador.
Digo todo esto porque, después de leer la reedición de Sargento Kirk, de Oesterheld y Pratt, cada vez me gusta más pensar que H.G. Oesterheld ha sido el mejor guionista de la historia.
A lo bruto, así, sin matices. Se aceptan alegremente lapidaciones.
Pero es que la lectura de Sargento Kirk me vuelve a dejar sorprendido. Por la profundidad del retrato psicológico de los personajes, por lo atrevido de un discurso de humanismo abiertamente progresista, por la siempre original perspectiva de sus historias… Haciendo un rápido ejercicio de contextualización, ese análisis tan obligado cuando hablamos de clásicos, sorprende todavía más lo radical y meridiano de su mensaje. Recordemos que estamos en 1953 y que el western, ese género que se desarrolla y consolida desde el cine americano alcanzará su culmen apenas tres años después con Centauros del Desierto. Una obra maestra que establece los cánones del género mientras en paralelo Oesterheld los dinamita desde Argentina, con unos argumentos y temáticas que no se verían expresadas de una forma tan manifiesta en el cine hasta más de una década después. Es cierto que la perspectiva del indio, la visión de la masacre está ya en la base de muchas de las películas de Ford o en la fundacional Flecha Rota (y, por qué no, en Tintín en América), pero desde una lectura más entre líneas, es verdad que seguramente escondida por la amenaza del macartismo, pero también por la posible lectura de una sociedad que no quería reconocer todavía esa historia. En cualquiera de los casos, la visión realista, comprometida y adulta que hace Oesterheld del western resulta ahora tan avanzada y precoz que no puede menos que sorprender. Y a poco que se estudie su obra, obliga a pensar en el argentino como uno de los puntos de referencia ineludible en el desarrollo de lo que hoy conocemos como cómic adulto: de El Eternauta a Mort Cinder pasando por Ernie Pike y, por supuesto Sargento Kirk (es difícil no pensar en las muchas, muchísimas conexiones entre Kirk y Corto Maltés, por ejemplo).
Lo que me lleva a afirmar que, por lo menos en mi atrevida (quizás ignorante) opinión, Oesterheld es el mejor guionista de la historia.
PD: Por cierto, alguien podría importar a España el libro Hector Germán Oesteheld: de El Eternauta a Montoneros, editado por Roberto Von Sprecher y Federico Reggiani y que tiene una pinta fantástica…

Microrreseña Gustavina

El horror de las dictaduras no es tema recién llegado a los tebeos. Muchos son los tebeos que han reflejado la angustia de las víctimas y las tropelías de los dictadores, pero me ha sorprendido la paradójica visión que adoptan Lucas Varela y Carlos Trillo en La herencia del coronel. Evitan caer en lugares comunes y toman un punto de vista poco habitual: no el de aquellos que reclaman justicia por los que desaparecieron, sino el del hijo de un sangriento torturador de la dictadura. Los sufrimientos de las víctimas llegan a través de la demente enajenación que padece el hijo, narrados a través de una neblina que transforma el recuerdo de una realidad de criminal salvajismo en una especie de cuento de terror enloquecido y perverso. El resultado no puede ser más turbador y efectivo: Elio Gustavino, ese hijo enloquecido por el amor de una muñeca, no es más que una parábola que desvela hasta qué punto la sociedad queda fracturada y afectada por la dictadura, por una violencia que nunca será superada y que se enquista profundamente en la psicología colectiva, gestando una inmensa colección demonios privados que nunca terminan de desaparecer.
Muy, muy recomendable (3)

Por qué me gusta Adèle y por qué no me gusta Adèle

¿Qué por qué me gusta Adèle Blanc-Sec? Pues no lo sé. Cada vez que intento racionalizar mi atracción hacia esta pizpireta aventurera a su pesar, reconozco que no dejan de aparecer los peros: aunque los primeros álbumes de la serie siguen a rajatabla un objetivo inicial que podría resumirse en una especie de homenaje a los fundacionales Los Misterios de Paris de Eugene Sue pasado por el tamiz del folletín aventurero de Dumas y las novelas de Verne, lo cierto es que pronto Tardi se deja llevar por una narración convulsa, ahogado por un maremágnum de ideas y personajes que convierte la lectura casi en una síncope continua donde nada es lo que parece y es imposible prever qué pasará en la siguiente página. Lanzarse a la lectura de Adèle Blanc-Sec, sobre todo tras su resurrección, es asegurarse un chapuzón en un marasmo sincopado de confusión pura.
Es verdad, no puedo decir objetivamente que las peripecias de Adèle sean la mejor obra de Tardi. Pero ¡ay!, ya se sabe que lo objetivo es pura merienda de picnic frugal para las alegrías de lo subjetivo, que se resisten a la explicación racional cual gato a un baño. Y son precisamente ésas las que deben hacer que cada álbum de Adèle me parezca una maravilla y que, incluso, a más confusa y más alocada la aventura, más disfrute su lectura. Será que me encanta esa sensación de ir montado en una especie de montaña rusa de referencias y homenajes a la cultura popular, comandado por esta atrevida dama que se ve inmersa siempre en mil y una aventuras de lo más desde una visión descreída y escéptica. Y mira que es extraño el mejunje que propone Tardi: una especie de deliciosa degustación irónica en clave de surrealismo absurdo de esa particular forma de entender el misterio y la aventura que es el folletín decimonónico. A veces, homenaje irredento, a veces socarrona revisión satírica.
¡Qué más da! El caso es que las aventuras de Adèle Blanc-Secson uno de esos tebeos cuyos perjúmenes me sulibeyan, que decía el Carlos Mejía Godoy.
¿Y por qué no me ha gustado Adèle y el misterio de la momia? Pues porque me ha parecido una película flojilla. Vaya por delante que asumía la imposibilidad manifiesta de trasladar los tebeos de Adèle al cine. Y no por ningún tipo de fundamentalismo comiquero, sino por simple pragmatismo: ése espíritu de alegre confusión casi esquizofrénica de las viñetas de Tardi casa mal con las obvias necesidades de taquilla que una película de alto presupuesto como ésta tiene. Así que me esperaba, simplemente, una entretenida película de aventuras fantásticas a la francesa, es decir, una entrega más de esa particularísima visión del fantástico de raíces hundidas en el Fantômas de Feuillade y que hemos podido ver en películas como Belphégor o Vidocq. Pero me temo que, por desgracia, Besson se fija más en las funesianas o, mejor, funestas versiones de Hunebelle, donde el insoportable Louis de Funès hacía de las suyas pese a la adorable presencia de mi admirada Mylène Demongeot (uno de esos primeros amores platónicos nacidos en salas de reestreno de programa triple, snif). Es verdad que algo de ese humor hay en los tebeos de Tardi, pero es parte de esa socarrona visión del dibujante, de paradójica perfecta lógica en ese escenario de ausencia absoluta de toda lógica, funcionando perfectamente como parte de su discurso de homenaje satírico. Pero en la película de Besson, es lo único: desaparecida la socarronería, queda sólo el humor funesiano (o funesto), que se ve amplificado por el espíritu “para todos los públicos” que impregna lo que a todas luces debe ser una lucrativa franquicia (por lo menos en el mercado francés). Incluso a mi pobre Adèle le han cambiado el espíritu, pasando de ser la apática desengañada que protagoniza las aventuras pasivamente, muy a su pesar, a una activa aventurera que más que apellido vitivinícola debería llevar el de Jones. O peor, reconvertida en algunos momentos en una especie de émula femenina de Mortadelo …
Hay, eso sí, algunos detallitos que salvan los 105 minutos de metraje: por un lado, la extraordinaria labor de ambientación y caracterizaciones, en algunos casos consiguiendo un asombroso calco total de las viñetas de Tardi que los apasionados del personaje agradecemos pero que, reconozcámoslo, no es necesario. Por otro, algunos (pocos) chistes en los que sobrevive la socarronería de la serie original, curiosamente, en partes que no aparecen en los tebeos, como el accidente de la hermana de Adèle.
El resultado funciona como una digna película infantil para todos los públicos, pero se ha perdido la posibilidad de seguir ese espíritu gamberro de revisión del folletín que Tardi plantea en sus tebeos y que se podía haber trasladado a la gran pantalla.

Dios

Es una verdadera lástima que autores como Marc Antoine Mathieu sean ilustres desconocidos para el lector de nuestro país. La publicación de Dios en persona apenas mitiga la pérdida de una serie tan fundamental como Julius Corentin Acquefacques prisonnier des rêves, cinco álbumes donde Mathieu reinventa la geometría de la narrativa con un atrevimiento suicida, mientras lanza al lector dardos emponzoñados con propuestas reflexivas todavía más atrevidas. Lo onírico y surreal se convierte para Mathieu en inmenso laboratorio donde la sociedad y sus reglas son examinadas y puestas a prueba. Conecta con esa larga tradición que establece el sueño como campo de trabajo de la historieta, pero también con Carroll y aquellos que introducen el juego matemático como recurso narrativo, todo sin perder un ápice de la acidez crítica de su maestro gráfico, Willem.
Pero veámoslo desde la otra perspectiva: afortunadamente, la semana que viene se publica en España Dios en persona, flamante ganador del premio de la crítica al mejor álbum 2009 que otorga la ACBD e injusto olvidado de la lista de esenciales de Angoulême (algo tendrá que ver, me temo, el desencuentro entre la ACBD y la organización del festival). Mathieu deja de lado las experimentaciones formales para lanzarse a un tema tan pantanoso como la existencia de Dios, proponiendo una idea tan sencilla como turbadora: un día, Dios aparece en la Tierra. No es la vuelta apocalíptica que anunciaba la Biblia. Simplemente, un día alguien aparece en una larga cola y dice llamarse Dios. El Dios bíblico que pronto obrará prodigios como descubrir el Bosón de Higgs (la partícula de Dios) y que con igual velocidad será objeto de un juicio mediático para intentar demostrar si realmente es Dios. Para intentar resolver judicialmente la existencia de Dios.
Podría parecer de esta breve sinopsis que el objetivo de Mathieu sea debatir la existencia de un creador, pero la realidad es mucho más sutil: lo que realmente le importa al autor no es la respuesta a la pregunta, sino el debate. Cómo la sociedad actual se enfrenta a la religión y hasta qué punto el debate sobre la existencia de Dios se manipula, se tergiversa y se convierte simplemente en un arma de ataque entre ideologías. Desde lo mediático a lo económico, desde lo teológico a lo mundano, de la física a la metafísica, el camino que recorre Mathieu es demoledor, aplastante. Su visión irónica y de humor inteligente y feroz se va extendiendo hasta alcanzar todas las capas de una sociedad que queda retratada como un ser deforme cuya única motivación es una ambición desbordada que borra todo rastro de humanidad de aquellos individuos que la componen. El objetivo de Mathieu no es la existencia de Dios, un concepto que, al final, no es más que una idea indemostrable: es la propia existencia del ser humano.
Sin duda, una de los mejores obras francesas que he podido leer durante 2009 y, desde ya, candidata a uno de los mejores libros publicados este año en nuestro país. Ojo, eso sí, puede herir sensibilidades de creyentes y ateos. (4+)

Una página que ejemplifica perfectamente el
humor de Mathieu: “Es genial… pero le falta algo…”

Enlaces:
Entrevista a Marc Antoine Mathieu

Tres decepciones

En el fondo, pocas diferencias hay entre lo de ser friki de una serie o de un autor, a fin de cuentas, uno se lanza a la compra indiscriminada de aquellos tebeos que contengan en portada los mágicos símbolos rúnicos: “Batman”, “Joann Sfar”, “Conan”, “Guido Crepax”…Y me dirán ustedes que no, que hay diferencias increíbles y leches, pero algo me dice que la base fisiológica que subyace tras uno y otro es la misma: algún tipo de neurona que se dedica a malmeter y obligar al resto a comprar compulsivamente cualquier cosa que lleve el dichoso código de activación. Y pasa lo que pasa, que muchas veces, tras el acto en sí, defendemos lo indefendible con tal de justificar la compra.
Digo todo esto porque servidor cae en ese comportamiento digno de reportaje de National Geographic una y otra vez. Eso sí, en el bando de los autores. Cosas que uno hace, qué le vamos a hacer. Y reconozco que tengo nombres fetiche que me provocan ansias compradoras irrefrenables esperando poco más o menos que sus obras sean algo así como bálsamos de Fierabrás de mis dolencias tebeísticas. Señores como Blutch, Vivés o Rabagliatti, por ejemplo, a los que tengo en pedestal inmenso, estratosférico, por razones más que sobradas. Por lo menos para mí. Blutch por ser un ácido francotirador del lenguaje de la historieta, Vivés por su delicada sensibilidad envuelta de exquisitez narrativa y Rabagliatti por su sincera reflexión sobre el pasado. Trinidad santoral para servidor.
Pero, ¡ay!, aunque uno los vea como santos, son humanos, y hay veces que no consiguen mantener el listón. Que no quiere decir que hagan obras malas, pero es que en estos casos donde uno infla la pompa hasta mucho más allá de los límites que la sensatez manda, cuando estalla parece más explosión termonuclear que simple plop sin mayores consecuencias.
Y eso me ha pasado con los tres. Eso sí, matizo, aunque las tres obras en cuestión aparezcan a la vez en el mercado español, uno las fue leyendo con cierta distancia, aprovechando su edición original en lenguas bárbaras. Lo que se agradece y favorece que, tras el chafón, el tiempo coloque las cosas en su sitio y a los santos otra vez en sus altares.
Me explico por orden: Tras leer Le Petit Christian, Péplum y Blotch, me lancé con furiosa voracidad sobre Velocidad Moderna esperando que la unión de Blutch y la colección Aire Libre fuera algo así como la fusión definitiva, el superguerrero de los autores. Y no. El planteamiento de Blutch era atrevido, que no novedoso: trasladar a las viñetas la irrealidad inconexa del sueño, convertir la historia en un viaje onírico donde el único eje argumental es precisamente la ausencia de normas y reglas. Una idea a priori atractiva, pero que sufre de un problema inesperado: al sumergirse en su propio sueño, la naturaleza críptica de lo onírico se convierte en un muro entre el lector y el autor que impide cualquier conexión. No existen esos pequeños resquicios a través de los cuales el lector pueda engancharse a la propuesta y, al final, se ve expulsado de un viaje que, de tan personal se convierte en hermético. Afortunadamente, Blutch volvió a probar la idea unos años más tarde, dejando esos puntos de intersección entre autor y lector que abrían camino a la reflexión, consiguiendo una obra sorprendente e hipnótica: La voluptuosidad. Queda, eso sí, la excelencia gráfica de Blutch, brillante aunque la elegancia del color de Ruby le reste esa visceralidad de trazo en blanco y negro que le caracteriza y la reducción de tamaño de la edición española robe parte del disfrute. (1)
En el caso de Bastien Vivès, se puede hablar sin pudor de flechazo. El gusto del cloro me enamoró como pocos tebeos habían hecho, me atrapó en esa trampa de reflejos acuáticos azulverdosos sorprendiéndome completamente. Y lo volvió a hacer con En mis ojos, dejándome sin argumentos ante su atrevida propuesta narrativa que transformaba el protagonismo en voyeurismo. Razones más que sobradas para esperar que Amistad Estrecha fuera algo así como el colofón de una trilogía de sensaciones amorosas enviñetadas con primoroso ingenio. Pero no, Amistad Estrecha surca de nuevo, en efecto, el camino del enamoramiento y sus mecanismos pero opta por la sencillez narrativa, por dejar atrás el desvergonzado, casi imprudente, espíritu experimentador de autor joven para contar su historia desprovista de artificios. El problema es que, sin ellos, sólo nos llega una historia ya conocida que parece incluso ingenua. Una historia de amor escondido en la amistad que no aporta nada a las miles de páginas que el tema ya ha dado. Sin ese torrente de sensaciones que rodeaba sus anteriores propuestas, la lectura parece quedarse en nada, aunque Vivès siga demostrando ser un dibujante de trazo elegante y muy atractivo. (1)
Michael Rabagliatti, por su parte, es uno de esos casos de autor que consigue transformarse en personaje. Arriesgada propuesta donde la autobiografía va más allá del ejercicio de exhibicionismo puntual o de catarsis exorcizante para convertirse en una serie donde la vida real se ficcionaliza hasta romper las fronteras, transformándose en una excusa argumental que permita una reflexión pausada en la que el pasado ayuda a entender el presente. Su serie Paul comenzó ya con fuerza en Paul en el campo, para mantenerse siempre con un nivel envidiable que ha tenido momentos realmente excepcionales como Paul goes fishing, pero también otro donde hay que reconocer que Rabagliatti pincha: Paul se muda. A priori, una idea que daba mucho juego, ese cambio tan radical en la vida que supone la mudanza. En la práctica, un episodio que pasa sin demasiado interés y que parece más un seguido de anécdotas. Es entretenido, cierto, pero le falta ese punto reflexivo que tienen otras de las entregas de la saga y da a la lectura mucho más matices. Eso sí, de los tres, el más recomendable. (2-)
Tres pequeñas decepciones. Quizás porque esperaba demasiado de los autores. Quizás soy injusto al juzgar a los autores por su obra anterior, es posible que si comparamos estas obras con mucho de lo que sale hoy en día, sean mucho mejores. Pero a mí, snif, no me lo parecieron: son tebeos dignos, sí, pero nada más, aprobados justitos que en mi caso se olvidarán con rapidez, muy a diferencia de otras de sus obras que están ya en mis listas de favoritos. Eso sí, que conste: Blutch, Vivès y Rabagliatti volvieron al pedestal después de la caída. Y no les rezo de milagro.

Lecturas variadas

Rápida reseña de dos tebeos que me han encantado y de los que no quiero dejar de hablar: en primer lugar, la espeluznante Aula a la deriva, una obra que se podría entender como una especie de revisión libre, hiperbólica y exagerada del clásico de William Golding, “El señor de las moscas”, que retorcida mente de Kazuo Umezu lleva a extremos inimaginables. Es cierto que la dramatismo continuado puede hacer pensar en cierta teatralidad, pero aceptando que es parte de un contexto narrativo habitual en los años 70, la aventura de estos niños abandonados a sus suerte en un futuro apocalíptico consigue hacerse absolutamente angustiosa, en un crescendo de tensión que en algunos momentos se antoja sádico tanto para los protagonistas como para un lector que se ve sobrepasado por la dureza de las decisiones de los niños. Un clásico del terror que demuestra que el género sigue siendo válido en la historieta, que se puede pasar verdadero miedo pese a no disponer de los recursos que tienen otras disciplinas como el cine (4).
El segundo, Abulio, de Joan Cornellà, espléndida primera obra larga de un autor que ya estaba descollando en Amaniáco y El Jueves como una de las promesas más interesantes del tebeo español con esa particular y personal adaptación del recargado estilo caricaturesco de Drew Friedman. De difícil definición, Abulio podría definirse como una suerte de Ignatius J. Reilly surrealista, capaz de beber tanto de la psicodelia de Lynch como de la mala leche de Vázquez, en un mezcla tan aparentemente antinatural como efectiva. O en una versión del McCarthy más apocalíptico adaptada por el Azcona más corrosivo, que también podría ser. En cualquier caso, tebeo recomendadísimo y autor a seguir muy de cerca en el futuro (3).