La selección del Salón 2015

Nuevo Salón, nueva lista de novedades recomendadas. El caso es que, haciendo la lista, tengo la sensación de haber perdido dos cosas importantes: una, esa sensación aplastante de torrente incontenible de novedades; dos, la ansiedad ante alguna novedad de esas que generan ganas incontenibles de lanzarse a la lectura. La primera, es obvio, es cosa de la crisis, que ha pegado frenazo de burra a esa locura que llevó en su momento a que las novedades del Salón se contaran por centenares. La segunda, supongo, es más subjetiva y depende de muchas cosas: de la globalización, por aquello de que cuando aparece una novedad sugerente en cualquier parte del mundo, basta un golpe de click para tenerla cómodamente en casa en unos días; de la edad, porque uno se hace mayor y, más que perder la capacidad de sorpresa, se abandona la impaciencia por cierta indiferencia ante la seguridad de que ya llegará el momento de la lectura.

Como resumen, solo decir que, por desgracia, el que iba a ser tebeo del salón ya no lo es: la magistral Chapuzas de amor de Jaime Hernández se retrasa una semana y priva al evento barcelonino del que es, sin duda, uno de los tebeos del año. Y de la década.

chapuzas de amor

 

En su ausencia, es difícil elegir un nuevo “tebeo del salón” y me decanto por cinco que, en mi opinión, son excelentes opciones: Mondo Lirondo Returns, de La penya (Caramba), Cómics 1986-1993. Julie Doucet (Fulgencio Pimentel), Gastón Elgafe, Integral 1, de Franquin y Jidéhem (Norma), Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) y La vida es un tango y te piso bailando, de Ramón Boldú (Astiberri).

Pero a lo que vamos: la lista que sigue es, como siempre, una simple guía basada en criterios tan personales e intransferibles como los de mi gusto, lo que se puede traducir desde un “ya lo he leído y sé de lo que hablo” a un “coñe, pues este me apetece”. Es decir, desde la seguridad de la lectura ya reposada a la imprevisibilidad de una intuición.  Usadla con las precauciones debidas, por favor.


  • Abastos, de Francisco José Abelleira, Pedro J Colombo, Víctor Rivas, Beatriz Iglesias y Sagar Fornies (3 Pintamonas). Una interesante aproximación a la realidad de la crisis desde las dificultades de una familia. Un buen estreno de la nueva editorial 3 Pintamonas.
  • Esperanza, de Tommi Musturi (Aristas Martínez) Una disección de las miserias de la condición humana, con una brillante juego de contrastes entre la trascendencia del texto y la banalidad de lo dibujado. Extraordinario.
  • María tiene 20 años, de Miguel Gallardo (Astiberri) El mundo a través de los ojos de María, magistralmente descrito por su padre, que traslada con abrumadora sencillez al lector las pequeñas alegrías del presente y las incógnitas del futuro.

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  • La vida es un tango y te piso bailando, de Ramón Boldú (Astiberri) Cualquier tebeo de Boldú es una gran noticia. Pero sí es una nueva entrega de su biografía, una celebración contagiosa de las ganas de vivir.
  • Cromáticas, Zentner y Pellejero (Astiberri) Ya era hora que se recopilaran las historias cortas que estos dos autores publicaron en aquella maravilla de grato recuerdo llamada Los Cómics de Co&Co. Pellejero y Zentner en estado de gracia.
  • Los compañeros del crepúsculo Integral, de Bourgeon (Astiberri) Un tebeo mágico, maravilloso, que recupera muchas de las constantes de las aventuras de Isa para trasladarlas a un mundo medieval que Bourgen borda. Magistral
  • Submun-Dos. Comics muy normales que digamos, de Kaz (Autsaiuder) Humor salvaje y delirante como solo Kaz sabe hacer. Tras una primera entrega demoledora, se ha hecho larga la espera.
  • Atrapado en Belchite, de Sento LLobell (Autoedición) Segunda entrega de la trilogía en la que Sento adapta las memorias de su suegro, No se fusila en domingo. Una obra que será recordada.

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  • Mondo Lirondo Integral, La penya (Caramba)
  • Mondo Lirondo Returns, La penya (Caramba) Caramba se apunta dos tantos: por un lado recopilar aquella serie mítica que fue Mondo Lirondo, un verdadero hervidero de nuevos autores que luego han tenido mucho que decir en nuestra historia. Recuperarla en forma integral, aunque no sea la primera vez, es siempre buena noticia, pero conseguir que La Penya se reúna de nuevo para hacer una nueva entrega es para descorchar botella de cava. Del bueno. Muchas, muchas ganas de ver que vuelven a hacer estos señores.
  • 101 acudits del senyor Ruc, de Guillem Cifré (De Ponent) La muerte de Guillem Cifré, en pleno salón del año pasado fue un golpe durísimo: desaparecía uno de nuestros grandes autores, capaz de pervertir lo establecido a través de su humor surrealista y ácido. La edición de este recopilatorio de la serie que publicaba en El Punt Avui es un homenaje necesario.
  • Viaje a Cotiledonia, de Cristóbal Serra y Pere Joan (De Ponent) Lo firma Pere Joan. Para mí eso ya es seguridad absoluta y confianza en una obra atrevida y diferente.
  • En segundo plano, de Busquet, Aintzane Landa y Pedro Colombo. (Diábolo) Josep Busquet es uno de esos guionistas que nunca falla, que construye historias que, como mínimo son siempre interesantes. Y como me gustó mucho la colaboración que tuvo con Colombo en El Clímaco, le tengo muchas ganas a esta obra.
  • Josep Coll, el observador perplejo, de VVAA (Diminuta) Señoras, señores, Coll. Con eso debería estar dicho todo. Una obra necesaria, obligada, sobre uno de nuestro autores más grandes, un innovador, un vanguardista de la línea y la narración que nunca fue comprendido y al que hay que reivindicar una y mil veces.
  • Yonqui de la guerra, Joe Sacco (Ecc) Cualquier obra de Sacco es de lectura obligada. Nuff Said.
  • Vigilia, de Santi Arcas (Ecc) Recuerdo todavía con interés Huevos Fritos, una de las primeras obras de Arcas. Luego se haría más famoso con Acuña gracias a Claus & Simon pero siempre me quedó el buen regusto de aquella serie y de su trabajo en solitario, que certificó en Sandra, así que lectura segura.
  • Pulgarcito 4, de Jan (Ediciones B) Es Jan, es Pulgarcito. Deliciosa.
  • El tesorero, de Ibáñez (Ediciones B) Pues sí, no lo voy a negar, tengo ganas de ver las burradas que ha hecho Ibáñez con Bárcenas…

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  • Cómics 1986-1993. Julie Doucet (Fulgencio Pimentel) Una autora maravillosa, que llegó por estos lares gracias a NSLM e Inrevés como un soplo de aire fresco y renovado que, por desgracia, remitió demasiado pronto. Una de las grandes novedades del Salón.
  • Atraco a la española, de Ricardo Vilbor y Ricar González (Grafito).Divertidísima revisión de los últimos años de la crisis, con espíritu a medio camino entre Azcona e Ibáñez. Risas aseguradas.
  • Chapuzas del amor, de Jaime Hernández. (La Cúpula) El tebeo del año. Aunque La Cúpula ha anunciado que se retrasa una semana, valdrá la pena la espera. La mejor obra de Jaime, que ya es decir. La mejor historia del amor y sus circunstancias que se pueda leer. No se lo pierdan.
  • Las ciudades oscuras: Las murallas de Samaris, de Schuiten y Peeters. (Norma) Obra fundacional de la famosa saga que está muy lejos de los grandes hitos de la serie, pero que vale la pena releer.

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  • Gastón Elgafe, Integral 1, de Franquin y Jidéhem (Norma) Sin Jaime Hernández, la otra gran obra del salón. Franquin en estado puro, gamberro, delirante, divertidísimo. Una obra maestra.
  • Los sucesos de la noche, de David B (Norma) Nueva serie del gran David B, siempre interesante y que, esperemos, acabe…
  • El integral de Tank Girl, Alan Martin y Jamie Hewlett (Norma) Seamos claros: ha envejecido muy mal. Pero tiene un punto ochentero/2000AD que me epata, no lo puedo evitar.
  • Capitana Marvel, de DeConnick y David López (Panini) Otra de esas series que se está aprovechando de los aires de renovación que soplan por algunas series Marvel (las que no tienen película de momento) y que entretiene y sorprende a la vez.
  • El espíritu de los muertos, de Richard Corben (Planeta) Corben vuelve a versionar a Poe y aunque es imposible llegar al impacto que tuvieron sus primeras adaptaciones, siguen siendo una demostración de maestría narrativa.
  • La escena del crimen, Brubaker, Lark y Philips (Planeta) Excelente género negro, que demostró que el mainstream puede acercarse a todos los géneros sin complejos y dar obras completamente recomendables.
  • Opus 2, de Satoshi Kon. (Planeta) Continuación de la obra inacabada de Kon, un genio que por desgracia no sabemos nunca dónde podría haber llegado.
  • Los guardianes del Louvre, de Taniguchi (Ponent Mon) Taniguchi llega a esta serie en la que El Louvre se convierte en personaje de historieta tras las notables contribuciones de de Mathieu, Bilal, Libergé, Crecy, Prudhomme o Davodeau. Una serie que mantiene un envidiable por su calidad y por lo que representa.
  • Episodios Lunares, de Martín Romero (Reino de Cordelia/Vidas de Papel) Martín Romero es una debilidad, una autor que siempre me encandila con su aparente ingenuidad, que suele esconder reflexiones de largo recorrido.
  • Cráneo de azúcar, de Burns (Reservoir Books) Última entrega de una trilogía que quizás no es todo lo que esperaba de este autor, pero que es indudablemente recomendable.

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  • Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) Otro de los tebeos del Salón. Reflexiones sobre la cultura y la creación en dosis mínimas que noquean en su lógica aplastante. Brillantísimo.
  • Cuando no sabes qué decir, Cristina Durán y Miguel Ángel Giner (Salamandra Graphic) Cristina y Miguel Ángel dejan el cómic autobiográfico para lanzarse a una ficción que, con seguridad, esconderá trampas que obligarán a la reflexión.
  • Los Wrenchies, de Farel Dalrymple (Sapristi) Una obra sorprendente, un Peter Pan freak en los tiempos de Mad Max, extraña pero llena de sugerentes relecturas sobre la vida
  • Preciosa Oscuridad, de Velhman y Kerascoët (Spaceman) Velhman es un guionista destacado y Kerascoët un esteta al que hay siempre que seguir, que a mí me ganó con la excelente Miss Pas Touche. Una mezcla muy sugerente.
  • Aquiles Talón 3 y 4, de Greg (Trilita) Maravilloso, pura trilita para el cerebro, vitriolo para el lector más inteligente.

Una década encarcelado

Hace diez años abrí La Cárcel de Papel. Hace ahora casi un año, cerré este espacio. Han pasado muchas cosas, quizás demasiadas, entre ese 27 de diciembre de 2002 y éste de 2012.
Y creo que es un buen momento para divagar un rato sobre estos diez años.
Vamos primero por lo más personal.
Nunca me imaginé el éxito que tendría la página. Es algo que aun hoy me sigue pareciendo increíble: ¡miles de personas siguiendo las tonterías que decía día a día! La verdad es que, con el tiempo, uno va comprendiendo que el éxito en internet tiene un mérito personal relativo: la red suele funcionar cambiando el clásico “winner takes all” por un más escueto “first takes all”. El que primero llega se lo come todo. Simple, pero eficaz. Y yo fui el primero. Simplemente. Ni soy un gurú, ni un iluminado, ni mi sapiencia es ilimitada ni tengo carisma. Llegué el primero y la propia naturaleza de la web favoreció que fuera de los más visitados, por encima de otras páginas que llegaron después y que eran muy superiores a ésta. A partir de ahí, la historia está escrita y el éxito de la página me llevó a meterme de lleno en el “mundillo del tebeo”. Pero el tiempo pasa y fueron ocurriendo muchas cosas, la más importante, obviamente, ser padre.
Dice el tópico que te cambia la vida. Mentira. Se queda corto.
Es un cambio profundo que trastoca por completo todo tu esquema de valores, que relativiza todo lo que te pueda ocurrir y que, sobre todo y ante todo, devora todo tu tiempo. Y cansa, también. Que nadie avisa a los futuros padres de ese extraño estado en el que vivirás durante años, en el que sueño y cansancio se entretejen para crear una pesada cota de malla que es imposible de quitarse de encima. Pero oigan, que uno la lleva con felicidad, porque aunque las ojeras te lleguen a los talones, aunque el cuerpo te exija a grito pelado caer tendido en cualquier cuneta, en cuanto el crío te hace una gracia, tu cerebro libera serotoninas hasta dejarte anestesiado en un estado de bienestar casi lisérgico. ¡La Naturaleza es sabia!
Hoy, ya con la tranquilidad de esos once meses alejado de esta página, creo que fue una decisión muy acertada. Ya no tenía tiempo para estar al día y mi ritmo de lecturas se había desplomado de leer un tebeo casi todos los días a que ahora leo un tebeo cuando me acuerdo. No se puede mantener una página de “actualidad” en condiciones con esos términos. Y, afortunadamente, hay muchas páginas que suplen con creces lo que yo hacía aquí, muchísimo mejor de lo que yo hubiera sido capaz nunca de hacer. Es más, ahora soy consciente de hasta qué punto la página había degenerado. Había entrado en una inercia absurda en la que leía tebeos para reseñarlos con el automático puesto. Leo ahora las últimas entradas de La Cárcel y no me reconozco, no me encuentro como sí lo hago en las de los primeros años. Había perdido la frescura y, sobre todo, la libertad: me había creído al final la estupidez esa de que “todo poder conlleva una gran responsabilidad” y no me daba cuenta de que la opinión es libre. Que la responsabilidad del que opina es consigo mismo, con su coherencia, con sus ideas, y que no está sujeta a más obligación que el respeto mutuo. Tenía que haber cortado mucho antes, pero esa supuesta responsabilidad me nubló la sensatez.
¿Volveré a escribir aquí? No creo, aunque ya se sabe, “nunca digas nunca jamás”. Si algo tengo claro es que, si volviera a escribir en esta página, no sería para volver a esa dinámica loca de actualizaciones diarias obligadas. Hoy por hoy, me encuentro mucho más cómodo compartiendo mis lecturas a través de twitter o facebook. Es verdad, como algunos me han dicho, que sigo haciendo reseñas, aunque sean de sólo 140 caracteres, pero que nadie se equivoque: es simple deformación profesional como docente. Me cuesta escribir sólo el “mola/no mola” que sería más apropiado a las redes sociales, más que nada porque llevo años poniendo exámenes donde la pregunta solía acabar con la coletilla “Justifica brevemente tu respuesta”. Vamos, que si yo lo exijo, debo ser el primero en dar ejemplo.
Como veis, una soplapollez, pero uno ya peina canas y como que le da igual…
Dejemos lo personal, va, y hablemos de tebeos. Joder, cómo ha cambiado la cosa…
Hace diez años, el mundillo del tebeo intentaba salir todavía de esa fosa abisal en la que se había hundido durante los 90. Recordemos un poco la situación: durante los 80, los tebeos en España dieron un salto desconocido. Un medio puramente infantil rompía todos los esquemas y se subía al carro de la modernidad siguiendo el ejemplo de los colegas gabachos una década y media antes. ¡Qué tiempos! Fue el boom de las revistas, el boom del cómic de autor, que encontraba en los magazines el lugar ideal para expresarse con total libertad. De ser adulto y considerado. Fue la revolución autoral total: de hace chistes para niños de una página, a tratar cualquier tema por espinoso que fuera. Ser podía hacer género desde la fresca renovación que venía de Francia o desde la tradición americana, se podía hablar de experiencias personales o de cuestiones sociales, se podía hablar de sexo o de política, de la Guerra Civil o de la movida… ¡se podía hacer cualquier cosa con una historieta! Los medios de comunicación hablaban de historietas, los programas modernos dedicaban especiales a la historieta… la sociedad comenzaba a reconocer que la historieta era adulta y libre, que era un medio tan válido como cualquier otro. El cómic de autor, como bien bautizaba Javier Coma, campaba a sus anchas, por fin. Tenía la limitación de la publicación seriada en revistas, pero como explicaba el mismo Coma en El ocaso de los héroes en los cómics de autor, los autores habían sabido siempre aprovechar al máximo las limitaciones de la técnica editorial, buscando cualquier resquicio de la todopoderosa industria del entertainment para expresarse, para romper los esquemas. Con la tira diaria, con el comic-book, con el álbum francobelga o con la entonces incipiente comic-novela (¿os suena?). La repanocha fue aquello. Yo viví todo aquello con la pasión del que aprende sin parar, maravillado con lo que se publicaba en TOTEM, Comix, Vertigo, Madriz, Cairo, CIMOC… ¡Aprendiendo como loco con las maravillas que atesoraba la Historia de los Cómics de Toutain! Deseando leer todas aquellas joyas… hasta que la ilusión desapareció. La crisis de los 90 pegó con fuerza en el sector editorial y la burbuja explotó. El tebeo que tanto había deslumbrado volvió a quedarse en un objeto de entretenimiento para jóvenes. Y cuidadín con moverse que no salen en la foto. Durante los 90, los autores, de nuevo, tercos, intentaron amoldarse a ese formato de comicbook que anegaba e inundaba las estanterías de las librerías especializadas. Tuvieron suerte, bien mirado. Sobrevivieron gracias a que las librerías especializadas generaron un circuito de distribución limitado pero eficaz y a que la técnica rebajó los costes de edición, evitando las otrora obligadas tiradas abultadas. Se podía hacer un tebeo con una tirada de 500 o 1000 ejemplares a un coste razonable, algo que era inviable económicamente apenas una década antes. Circunstancias que favorecieron que, con el cambio de mileno, el tebeo se encontrara con una situación tan curiosa como inesperada: por un lado, una infraestructura de distribución casi perfecta para pequeñas tiradas. Por otro, una serie de evoluciones tecnológicas que permitían editar un libro con una tirada mínima. Y por último, un grupo de locos que montaron pequeñas editoriales para defender la obra personal de otro grupo de locos que querían, ante todo y sobre todo, hacer tebeos. En el 2002, cuando abrí la página, comenzaban a proliferar pequeñas editoriales que, desde casi la marginalidad, publicaban obras que recogían ese estandarte del cómic de autor. Ponent, Astiberri, Sins Entido, Inrevés… rompían los esquemas apostando por una edición en formato de libro, de obras de autor tan personales como minoritarias. Pero que ahora tenían un mercado. Minúsculo, pero existía. Era el comienzo de algo que todavía no tenía nombre claro, pero que pronto adoptó uno que venía de los USA: novela gráfica. Pero no era un término nuevo en España: mucho antes de que Eisner, Corben, Kane o la Marvel hablaran de novelas gráficas, las editoriales españolas de los años 40 ya usaron esa nomenclatura para definir un producto diferenciado del tebeo infantil, dirigido a lectores más adultos. Las “Novelas gráficas para adultos” fueron comunes durante los años 60, aunque generalmente con material de prensa americano (curiosamente, Terenci Moix denunciaba en Los cómics, arte para el consumo y formas pop que el término se estaba utilizando para intentar colar material extranjero). En el fondo, era siempre lo mismo. La búsqueda de un término que permitiera hablar de tebeos sin la carga peyorativa de la consideración infantil del medio. Se intentó con comic, comix, comic-novela, literatura dibujada…Y, la verdad, muchos vimos en la “novela gráfica” otro término destinado a pasar a la historia. Pero nos equivocamos. El concepto de “novela gráfica” no sólo llegó para quedarse, sino que tuvo un éxito desmedido. Se convirtió en el perfecto sinónimo de un cómic de autor que alcanzaba a través suyo un sentido total. Y es que mientras en el cine el concepto de “cine de autor” siempre estuvo en discusión, en cómic lograba sentido pleno a través de la novela gráfica: por fin, después de años buscando la expresión total, el autor tomaba pleno control de su obra, de continente y contenido. Durante toda la historia anterior, el continente quedaba siempre delimitado por unas posibilidades tecnológicas y de distribución controladas por una industria que entendía el tebeo sólo como entretenimiento. Ahora, el formato era controlado por el autor en toda su extensión. Es verdad que, bien mirado, era consecuencia de una contracción brutal del mercado, con tiradas tan pequeñas que eran ridículas comparadas con las que se daban apenas unos años antes, pero favoreció que el cómic de autor encontrara en la novela gráfica su lugar natural. Pero hizo mucho más: ese cómic de autor dio el ansiado salto a la legitimización sociocultural. El respeto que el tebeo había alcanzado durante los 80 volvió y se multiplicó, superando todo lo previsible. Los medios hablaron de tebeos, la oficialidad cultural admitía al tebeo como un arte más, las instituciones lo acogían, se creaba el Premio Nacional… Evidentemente no es un logro de la “novela gráfica”, sino de los autores, los que realmente han sostenido el tebeo y son los reales merecedores de todos los parabienes y alabanzas. Pero no se puede obviar que el término “novela gráfica” ha roto el veto que el tebeo tenía a entrar en los hábitos culturales. De hecho, el propio concepto ha tomado vida propia para convertirse en casi un sinónimo de tebeo para adultos aplicable a cualquier género o expresión, desde los tebeos más comerciales de superhéroes a los más intimistas, en una evolución de la que hay que congratularse, porque ayuda a normalizar la presencia de los tebeos en toda su extensión. Hemos visto en estos diez años cómo el género de superhéroes pasaba a ser fagocitado por la industria del cine (como, por cierto, anuncié casi al principio de la historia de La Cárcel, me pongo la medalla de Rappel de segunda B) para convertir al cómic en un merchandising de las películas, pero que seguía teniendo su espacio propio en el cómic gracias a unas “novelas gráficas” de los personajes más famosos, que afirmaban así el abandono de su originario público juvenil por uno más adulto. Ya no es necesario que el sistema se dinamite desde dentro, como hicieron Miller o Moore en los 80 con cómics de autor que hacían temblar los cimientos de una industria que busca desesperadamente la producción seriada completamente despersonalizada. El cómic de autor es ya una forma que lo impregna todo y que, cada vez más, deja en evidencia esas prácticas de producción industrial que olvidan la creatividad del autor como eje fundamental de todo producto cultural, ya sea de entretenimiento o artístico. Lo vemos en el comic-book, en el álbum francobelga con los francotiradores nacidos del Atelier Nawak, en el manga, en la tira de prensa, en los webcomics y, por supuesto, en la novela gráfica, desde la más comercial hasta la más rompedora.
¡Cómo ha cambiado todo! De un mercado de comic-books a otro de novelas gráficas. De internet casi testimonial, al alcance de cuatro privilegiados a convertirse en un reto tecnológico y sociocultural que ha cambiado la forma de entender el acceso a la cultura. Con todo, vivimos una gran época para el lector de tebeos, con una oferta desconocida antes, con unas posibilidades nunca vistas que, quizás, dejan como paradójico gran damnificado al autor, el gran protagonista de esta evolución que ve cómo su figura se equipara a la de los de cualquier otra área. Como en la literatura, la pintura, la música, etc, es prácticamente imposible que el autor de cómics pueda vivir de su obra. Puede, con suerte, vivir de hacer comics, pero difícilmente de su obra personal, un lujo reservado a cuatro privilegiados. Un cambio que también ha protagonizado la red en lo que a información se refiere, con la explosión de los blogs de información y opinión sobre tebeos, quizás hoy de capa caída por la todavía mayor explosión de las redes sociales, pero con muchas cosas que decir y con una selecta nómina de supervivientes a los que hay que seguir casi obligadamente.
Es difícil olvidar estos diez años. La Cárcel se ha convertido en una parte de mí y, también, para qué negarlo, en una verdadera prisión de la que era difícil salir. Pero he salido y, como decía, no sé si volveré. De volver a escribir en esta página, si alguna vez tengo tiempo, todo sea dicho, sería más puntualmente, y con otra idea completamente diferente. Es posible, por ejemplo, que haga un par de entradas al año que mucha gente me ha pedido y de las que siempre me ha gustado hacer: a finales de enero, un resumen de mis lecturas del año, que ahora son más recortadas y limitadas que nunca; y allá por mayo, el tradicional artículo sobre “los números del años”. Dos entradas que creo que son útiles y que, sobre todo, me lo pasaban muy bien haciéndolas- Es posible, también, que recupere el espíritu original de la página y vaya colgando por aquí los artículos que hago para la Cartelera Turia y algunas colaboraciones esporádicas que hago por aquí y por allá. Quería mantenerme totalmente al margen del mundillo del tebeo, pero la cabra tira al monte. Acabé quemado, muy quemado, lo reconozco. La experiencia de Angoulême fue ya la gota que colmó el vaso: hubo cosas malas, sí, pero las positivas debían ganar por goleada a las negativas. Sin embargo, el hecho de que la exposición me hiciera perder amistades, que gente a la que apreciaba me retirara la palabra, hizo que tirara la toalla. Después de aquello quise romper toda amarra con el mundillo, pero ahora me doy cuenta de que es imposible. Ya no tengo el tiempo de antes, pero sigo haciendo cosas, es evidente. Amo demasiado los tebeos como para dejar totalmente todo lo que les rodea. Y sí, si un amigo me pide que le presente un tebeo, lo haré. Y si puedo ayudar a montar cosas, pues lo hago. Pero eso sí, ya no estaré nunca en primera fila. Es el momento de otros.
Es el momento de disfrutar de todo lo que ha cambiado en el mundo del tebeo en estos diez años, que no es poco.
Y es el momento de daros a todos las gracias. La Cárcel existió porque exististeis vosotros leyéndola. Fue vuestro espacio y me habéis dado diez años geniales.
Gracias.

Hasta siempre

Todas las cosas tienen un principio y un final.
Llevaba mucho tiempo meditando esto, pero creo ahora ha llegado el momento: se acabó mi paso por la actualidad del mundo de los tebeos. Se cierra este espacio de La Cárcel de Papel que me ha dado tantas satisfacciones durante nueve años y dejo de colaborar en prensa (con la única excepción de la vinculación que tengo con la Cartelera Turia de Valencia) o eventos relacionados con el tebeo. Durante muchos años, casi veinte, he convertido mi hobby, mi pasión, en casi una segunda profesión. Y creo que debo volver a buscar esa sensación de disfrutar de la lectura de tebeos como lector raso, con la única preocupación de gozar de su lectura. Creo sinceramente que en estas cosas se debe dejar paso a los que vienen detrás y, sobre todo, ser consciente de las limitaciones de uno mismo. El comisariado de la exposición sobre tebeos españoles en Angoulême, uno de los proyectos más ilusionantes en los que he trabajado, es un perfecto broche final a mi trayectoria. No dejaré, eso sí, la vinculación académica y teórica con los tebeos, pero como algo muy reducido.
Han sido unos años maravillosos y, sin duda, me quedo con más amigos de los que merezco.
Vuelvo a ser, simplemente, un lector de tebeos.
Gracias a todos y hasta siempre.

Premios

De todas las noticias de la nueva edición del Salón del Cómic de Barcelona destaca sobre todo, a mi entender, la muy esperada y demandada reformulación de los premios del Salón. Durante años, el Salón ha arrastrado unas categorías ya caducas en la forma de entender la historieta, que se han ido engordando sin funcionalidades, objetivos o definición clara. Empezando por el Gran Premio del Salón, que abandona su oscurantismo anterior para tener un unívoco fin: reconocer una dilatada trayectoria profesional por parte de los gremios afines a la historieta. Importante también dejar por fin las divisiones artificiales a dibujo, guión, etc, que podían hacer caer los premios del Salón en ese absurdo que son los Eisner y Harvey, con decenas de categorías que atomizan su importancia. Un sólo premio y, además, muy bien dotado económicamente, que coloca al premio del Salón a la altura de los premios más importantes del Noveno Arte. Un premio a la mejor obra extranjera, que tiene una finalidad promocional de cara a librerías y editoriales, igual que el premio del público a la mejor obra y, creo, un gran acierto al mantener el premio al mejor fanzine, como expresión clara del futuro de la historieta.
Es verdad que se podrían haber puesto muchas más categorías, que muchas que se han perdido eran reivindcaciones antiguas de diferentes colectivos de la historieta (librerías, divulgación…), pero lo lógico es lo que ha hecho Ficomic. Y ahora, si hace faltar premiar a un autor revelación, una librería, a un divulgador, al dibujo, al guión o a la mejor labor editorial, deberían ser otras instituciones las que propusiesen esos premios, que se podrían dar simultáneamente en la misma ceremonia de entrega de premios del Salón de Barcelona. La Asociación de Críticos podría dar el premio a la mejor labor de divulgación (al que propongo desde ya el nombre de “Premio Juanjo Sarto”); la asociación de librerías podría hacer lo propio con las tiendas; la de editores reconocer la excelencia editorial de sus compañeros; la FADIP por ejemplo dar el premio al mejor dibujo o al autor revelación… Y, por qué no, que estas mismas instituciones negociaran con mecenas privados (ahora que parece que va a ser lo que se llevará) para conseguir que estos premios tengan dotaciones económicas.
El camino iniciado por Ficomic es el correcto para que los premios de Barcelona tengan importancia y reconocimiento real. No estaría de más indicar también los listados de votantes con “voz” en estos premios, enterrando de una vez todas las dudas que muchas veces se lanzan sobre ese famoso listado. Sinceramente, no creo que ese listado esconda ninguna sorpresa: autores, libreros, críticos, editores, distribuidores…gente con nombre y apellidos que forman parte de esta profesión y que, creo, tienen derecho a votar como parte de este gran gremio de la historieta.

Repaso al 2011(II): Las reediciones

La teoría dice que las grandes obras del tebeo deberían estar siempre a disposición del lector. Debería ser inconcebible que un clásico como Príncipe Valiente, por ejemplo no pudiera comprarse en cualquier momento… pero de lo “inconcebible” a la realidad va un largo trecho, tan largo como que lo supuestamente imposible pasa a ser la norma habitual. Así, mientras un aficionado a la literatura no podría entender que una librería no contara con una edición de El Quijote o un cinéfilo que no pudiera comprar una edición de Ciudadano Kane, el tebeófilo considera el pan nuestro de cada día que los clásicos de la historieta sean objetos imaginarios producto de calenturientas utopías. Y ojo, que esto no es sólo mal español, es mal universal aliado con el cada vez más ínfimo ciclo de vida en librería de las novedades. Pero mire usted por dónde, la crisis y los cambios en los hábitos de compra se alían con el lector y los clásicos y las reediciones comienzan a florecer. En los USA, porque con un precio estándar de 50$ (o más), se rentabilizan rápidamente las pequeñas tiradas de ediciones de clásicos alentadas por el megabombazo que supuso la recuperación de Peanuts por Fantagraphics. Y, aquí, porque se vuelven a rentabilizar derechos ya comprados con nuevas ediciones que, en un mercado donde las tiradas tan pequeñas que parecen serigrafías de lujo, pueden subsistir relativamente bien con ventas mínimas. A lo que hay que añadir la traducción particular del “efecto Peanuts”, que por estos lares se conoce como “efecto Esther”.
Sea por una cosa o por otra, el lector está de suerte: se publican más clásicos que nunca y se recuperan obras que antes parecían condenadas al olvido.
Ahí ha estado, volviendo a casa por otoño, como casi ya es habitual, una nueva edición de Príncipe Valiente que, por primea vez, recupera un color medianamente correcto, aunque la calidad y cuidado de la edición quede a años luz de la orfebrería practicada por Manuel Caldas. Y ya era hora que, por fin, contásemos con una edición “como dios manda” del clásico de Goscinny y Uderzo, Astérix.
Por géneros, muchas recuperaciones de clásicos de los superhéroes gracias sobre todo a Panini, que ha editado excelentes tebeos como los Nuevos mutantes de Claremont y Sienkiewicz, Parábola, de Moebius y Lee, los X-Men Claremont y Byrne o la novela gráfica de La muerte del Capitán marvel de Jim Starlin. Panini se apunta también el tanto de la recuperación de dos clásicos de prensa: Flash Gordon de Dan barry y Juliet Jones. Planeta por su parte nos dio la alegría (a medias, por un espantoso color infográfico) de recuperar el Superman contra Muhammad Ali de O’Neil y Adams o la edición completa, por fin, del Starman de Robinson y Harris. Hay que añadir aquí las nuevas ediciones en formato absolute de Planetary y Authority. En la lista de tebeos USA imprescindibles, la esperada reedición del American Flagg de Chaykin, de Vida en otro planeta de Eisner, la antología FOur color fear o la lujosa edición de Ghost World de Clowes.
En lo que a tebeo europeo corresponde, las ediciones de Theodore Poussin y Gil Pupila tuvieron un compañero de excepción, el Jerry Spring de Jijé. Y aunque modernos, era casi una exigencia reeditar en formato integral dos obras tan interesantes como El fotografo de Guibert y Lupus de Peeters.
De reediciones nacionales, alfombra roja para ese monumento de la contracultura que fue el Peter Pank de Max, así como al monumental OPS la edad del silencio, el cuidado regreso de 5xInfinito de Estaban Maroto y el integral necesario de El bueno de Cuttlas, sin olvidar a ese maestro de la provocación que es Álvarez Rabo con su Rabo con almejas.
Y ojito que, desde sudamérica llegaron dos obras maestras: la cuidada edición mexicana de El eternauta y la nueva edición de la inquietante
Informe sobre ciegos de Breccia.

Repaso al 2011 (I): Lo mejor

Año de pocas lecturas. Los compromisos de trabajo y familiares han bajado espectacularmente el nivel de lecturas de otros años, pero la sensación que saco de este 2011 es que la cosecha ha sido muy buena. Quizás sin ninguna obra que causara sensación o sorprendiera como en su día hizo El arte de volar, por ejemplo, pero con un nivel medio altísimo, empujado por una fiebre reeditora y de recuperación de clásicos que hace muy, muy difícil cualquier selección. La inclusión de clásicos que permanecían inéditos en castellano es, además un problema: ¿los incluyo en la lista principal? La verdad es que, por un lado, es injusto que las novedades tengan que competir con obras de calidad sobradamente contrastada pero, por otra parte, si el criterio es de “novedad”, estos clásicos lo cumplen a rajatabla… Le he estado dando vueltas al tema y no he encontrado más que una solución: hacer trampa. Me explico: haré las dos listas de siempre, la de novedades y reediciones, pero incluiré una tercera lista de obras “fuera de concurso” que, a mi entender, representan la santísima trinidad de lo mejor publicado este año 2011 pasado.
Así que, sin más rodeos, los tres mejores tebeos que he leído este año, pero que por diferentes razones no deben competir con el resto, son:


Frank, de Jim Woodring (Fulgencio Pimentel)
El fue malo con ella, de Milton Gross (Manuel Caldas)
Binky Brown encuentra a la Virgen María, de Justin Green (La Cúpula)
Tres obras maestras, con una influencia increíble en algunos casos, que excede por completo la ambición de cualquier posible reseña.

Y ahora ya sí, sin estos tres pesos pesados, la lista de mis 20 tebeos del año 2011:

1. La protectora, de Keko (Edicions de Ponent)
2. 5000 km por segundo, de Manuel Fior (sins entido)
3. Nocilla experience, de Pere Joan (Alfaguara)
4. Iglesia y estado, de Dave Sim (Ponent Mon)
5. Penny century/El fantasma de Hoppers, de Jaime Hernández (La Cúpula)
6. El pequeño Christian, de Blutch (Norma)
7. Polina, de Bastien Vivés (Diábolo)
8. Fagocitosis, de Marcos Prior y Danide (Glénat)
9. Dear Patagonia, de Jorge González (sins entido)
10. Historias del barrio, de Bartolomé Seguí y Gabi Beltrán (Astiberri/Dolmen)
11. Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo (Bang)
12. Flujo, de Dave Cooper (La Cúpula)
13. Pagando por ello, de Chester Brown (La Cúpula)
14. Los años dulces, de Jiro Taniguchi (Ponent Mon)
15. Un adios especial, de Joyce Farmer (Astiberri)
16. Un lugar equivocado, de Bretch Evens (sins entido)
17. Almanaque comestible, de VV.AA (Edicions de Ponent)
18. RIP, de Felipe Almendros (Random House)
19. Memorias de un hombre en pijama, de Paco Roca (Astiberri)
20. Columna de Manel Fontdevila en Público

Pero el año, como decía, ha sido extraordinario. A las anteriores hay que añadir un largo listado de obras que podrían estar perfectamente entre esas veinte elegidas, como los prometedores debuts de jóvenes autores españoles: Cárcel de amor, de Sergi Puyol (Apa Apa Cómics), Sangre de mi sangre, de Lola Lorente o La muchacha salvaje, de Mireia Pérez auguran cosas muy, muy buenas. Y ojo que la lista de obras destacables de autores españoles  es muy amplia: ahí han estado Autobiografía no autorizada III, de Nacho Casanova (Diábolo), Hágase el caos, de Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí (Norma), El héroe, de David Rubín (Astiberri), Los dientes de la eternidad, de Jorge García y Gustavo Rico (Edicions de Ponent), Españistán, de Aleix Saló (Glénat), El coche de Intisar, de Pedro Riera y Nacho Casanova (Glénat), La bella huida de Hedoi Etxarte y Alain M. Urrutia (Alberdania),  o el Sin título (2008-2011) de Rayco Pulido (Edicions de Ponent). Pero tampoco ha estado nada mal lo que nos venía de fuera: muy destacables han sido los valores seguros de Scalped, de Jason Aaron y R. Guera (Planeta DeAgostini) y Los muertos vivientes de Kirkman y Adlard (Planeta DeAgostini), la nueva obra de Craig Thompson, Habibi (Astiberri), Paolo Pinocchio (dibbuks), Girls don’t cry, de Nine Antico (Glénat), Tóxico, de Charles Burns (Random House), 3 relatos, la historia secreta del hombre gigante, de Matt Kindt (Norma), Chagall en Rusia, de Joann Sfar (451), La oruga, de Maruo (Glénat), Alec, de Eddie Campbell (Astiberri), Quai d’Orsay, de Lanzac y Blain (Norma), Body world, de Dash Shaw (Apa Apa/sins entid), R97, de Christian Cailleaux y Bernard Giraudeau (dibbuks), Logicomix, de  Doxiadis, Papadimitriou y Papadatos (sins entido), El proceso Kafka, de David Z. Mairowitz y Chantal Montellier (sins entido).

Mañana, repaso a las reediciones y recuperaciones de clásicos…

9 años rayado


Pues sí señores. Nueve años ya. Aunque la cosa comenzó en pruebas allá por mayo del 2002, la fecha oficial de parto de La Cárcel de Papel fue un 27 de diciembre de 2002. Lo que ha llovido y todo lo que ha pasado. Miro atrás y creo que casi todo ha cambiado. En mi vida, en el mundo del tebeo, en internet… Todo menos una cosa: me siguen apasionando los tebeos. Siguen siendo eso mágico que me sulibeya, que me deja maravillado, que me admira y que me enamora.
No hay nada como los tebeos (bueno, sí, un enano que corre por aquí desde hace casi un par de años, pero ésa es otra historia…).
Y respecto a esta cárcel, pues me parece increíble que sobreviva pese a todo. Reconozco que en los últimos tiempos la tengo algo abandonada, pero es que compaginar lo de leer devorar tebeos y la vida cotidiana era más o menos posible, pero combinar lo de ser padre, leer tebeos, trabajar y esas cosas habituales como dormir y otros vicios, pues se hace un poco más cuesta arriba. Así que perdónenme ustedes la falta de compulsiva actualización que antaño caracterizaba esta página. Supongo que, poco a poco, volverá y, quizás, el décimo aniversario (que llegará, llegará) traiga una página algo más normalizada. Quizás, también, un poco de vuelta al pasado, que releo aquellas primeras entradas y encuentro una frescura que he perdido, me temo que demasiado embargado por esa supuesta responsabilidad de “hacerlo bien” que me tengo que quitar de encima como sea. Dejar de lado las reseñas infinitas y volver a una relación más informal, a retomar eso de “diario de un lector de tebeos” que caracterizaba a esta página en sus inicios. Que son muchas y muy buenas las páginas que dan información hiperactualizada y excelentes y curradas reseñas de tebeos, a años-luz de las mías.
Y, por lo demás, amigos y amigas, ante todo y sobre todo sigan leyendo tebeos. Disfrutándolos por encima de cualquier debate u opinión, de modas, fobias y filias; buscando el criterio propio, el gusto personal, aquellas cosas que hacen de leer un tebeo un placer.
Acabo con un regalito de 9 aniversario: Migrañas infernales, una de las historias que más me gustan de la larga historia del tebeo patrio, que es capaz de experimentar radicalmente desde el respeto reverencial al tebeo clásico español, con homenajes evidentes que van de Coll a Hergé pasando por Sanchis o Urda, mezclando la estructura del cuento tradicional con la serie negra a la par que con el costumbrismo más cotidiano, con un fondo de surrealismo tan irreverente como divertido. Apareció, allá por los 80, en la revista Cairo, formando parte de la serie Raya. Y era de Micharmut, claro.



El (c) de esta historia es de Micharmut, y ha sido publicada con su consentimiento.

100 razones más…

Y es que 100 razones para amar los tebeos son pocas…
1. Porque siempre que veo una caseta de perro me apetece subirme al techo y echarme a divagar
2. Por el movimiento continuo que me hipnotiza en el Travel de Yokoyama
3. Porque sigo ensuciándome las manos en cualquier librería de viejo buscando tebeos.
4. Porque he descubierto que el tebeo está más allá de un papel o de la pantalla brillante de un iPad.
5. Porque me gusta soñar y tener pesadillas en Unifactor.
6. Porque a mi hijo le encanta La caca mágica de Sergio Mora.
7. Porque la única regla que tiene la historieta es romper las reglas.
8. Por reivindicar a Howard Chaykin como uno de los grandes renovadores del cómic adulto con American Flagg.
9. Por seguir riéndome de la mala hostia del susodicho en Black Kiss.
10. Porque cada día descubro que lo nuevo ya fue descubierto hace 100 años.
11. Por Vázquez. ¡Qué coño!
12. Porque Coll me sigue pareciendo el culmen de la elegancia moderna.
13. Por la rabiosa modernidad de Mihura.
14. Porque Ware sigue investigando nuevos recovecos en lo que otros habían intuido.
15. Porque llega un día y descubro que Naughty Pete es puro delirio gráfico.
16. Porque quiero que Fletcher Hanks destruya el universo conocido.
17. Por la maravillosa genialidad de Calpurnio y su Cuttlas.
18. Porque Felipe Almendros siga contando sus neuras.
19. Porque siempre me enamoro de las chicas que dibuja Ana Miralles.
20. Porque me gustaría encontrarme en un bar perdido de barrio con el Capitán Torrezno.
21. Porque los tebeos siguen oliendo.
22. Porque me sigo emocionando cuando veo muchos tebeos juntos.
23. Porque un día piensas que ya no se innova en los tebeos y al día siguiente llegan los de Ultrarradio.
24. Por la fuerza de los dibujos de David Rubín.
25. Porque Los Garriris siguen teniendo descaro y sentido.
26. Por la Estrella Lejana de Torres.
27. Por la historieta de los nabucodonosorcitos homenajeando a Coll en el Raya de Micharmut
28. Por Peter Maresca y sus carísimas ediciones gigantes
29. Por la terca y maravillosa inconsciencia de Manuel Caldas
30. Porque quiero ir a La Patagonia que dibuja Jorge González.
31. Porque una de las mejores novelas negras que se ha escrito jamás la protagoniza Mickey Mouse
32. Por la escena del espejo en la cómoda con que se inicia el Lost Girls de Moore y Gebbie
33. Por meterme con Frank Miller.
34. Por la palabra de Dios reescrita por Robert Crumb
35. Porque la Valentina de Crepax sigue siendo un catálogo de vanguardias narrativas
36. Porque Valentina es la reencarnación más bella de Louise Brooks
37. Porque la mejor historia de zombies que se ha escrito es Los pitufos negros
38. Porque Dave Sim está algo chalado.
39. Porque Mazzucchelli sigue fiel al espíritu de Rubber Blanket
40. Porque siempre encontraré tebeos que no he leído.
41. Porque Shigeru Mizuki me llenó de ilusión con NonNonBa y de espanto con Operación Muerte
42. Porque Milligan es capaz de lo mejor y de lo peor.
43. Porque los superhéroes pueden todavía ser interesantes como demostró X-Statix
44. Por las monstruosas ediciones de los DC Showcase
45. Porque me lo sigo pasando bomba con los delirios del Batman de Sprang o Moldoff
46. Porque soy capaz de comprarme cualquier edición de Krazy Kat.
47. Porque Krazy Kat me da 1000 razones para amar los tebeos.
48. Por ese maravilloso oeste retro de Gus.
49. Porque sigo sintiendo el golpe en el pecho cada vez que el Thor de Kirby estampa su Mjolnir.
50. Por la deliciosa ingenuidad verdosa de Yotsuba
51. Por Sempé.
52. Por la elegancia e inteligencia de los tebeos de Jules Feiffer.
53. Porque Manel Fontedvila es un puñetero genio.
54. Por la poesía gráfica de Edmond Baudoin
55. Por la vitalidad gestual de Bastien Vivés
56. Por los colores hipnóticos del Peter Petrake de Calatayud.
57. Por el buen humor de Ramón Boldú
58. Por lo mal que lo paso leyendo los tebeos de Hideshi Hino
59. Por la larga caída de El arte de volar.
60. Por Paco Roca
61. Por las discusiones sobre tebeos de los viernes por la tarde
62. Por las fotos inexistentes de Julius Knipl.
63. Porque Koma es una fábula moderna perfecta.
64. Por la inquietante lucidez de las viñetas de Miguel Brieva.
65. Porque Silvio José es mejor que Ignatius J. Reilly.
66. Porque los fanzines siguen rompiendo moldes
67. Por que Sonia y Pere consiguieran que me gustaran los caracoles, por lo menos en papel
68. Porque lees un tebeo de Nacho Casanova y parece como si te estuvieras tomando una caña con él.
69. Porque un día aparece Nobrow
70. Porque los árboles de Miguel B. Núñez tienen corazón
71. Porque me gusta emborracharme de Sfar.
72. Por el Spirou Año Uno de Emile Bravo.
73. Porque Moebius se atrevió a meterse dentro de sí mismo.
74. Por la voluptuosidad de Dave Cooper
75. Porque van a reeditar por fin el Barnaby de Crockett Jhonson
76. Porque Obélix y Cia. debería ser lectura obligada para todos estos gurus de la crisis
77. Porque nos hace falta que nos salve Pravda la survireuse.
78. Porque no se ha vuelta a superar la locura de Saga de Xam.
79. Porque cuando espero el bus siempre pienso en Paul Kirchner.
80. Porque Carlos Giménez me sigue emocionando cuando cuenta historias.
81. Por la limpieza de trazo de Mort Meskin.
82. Por Franquin, siempre por Franquin, ya sea en ideas oscuras o en gastonadas.
83. Porque Fred lo inventó casi todo.
84. Porque Otto Soglow nunca estará suficientemente reconocido.
85. Por los culebrones de Palomar.
86. Por educar a Hopey Glass.
87. Por llorar cada vez que leo El olmo del Cáucaso
88. Por Astroboy
89. Por la lenguaraz sinceridad de Aurelia Aurita.
90. Porque ha vuelto Claire Bretecher.
91. Por el genial absurdo de adaptar un musical indefinible como Starstruck al tebeo
92. Porque los vivos de los muertos vivientes de Kirkman dan miedo
93. Porque no puedo esperar a leer la siguiente entrega de Scalped.
94. Porque Keko sigue poniéndome los pelos como escarpias cuando explora la psique humana.
95. Porque cava me sigue retando en sus historias.
96. Por la Eli, la secretaria personal de Álvarez Rabo
97. Por Dios en persona. El de Mathieu, claro.
98. Por ver a través de los ojos del gato.
99. Por el destino ineludible del artista según Campbell.
100. Porque puedo escribir 100 razones más todavía. Y 100, y 100, y 100…

De Intisar a Zahra

Cada vez que se habla de “comercialidad” en los tebeos (y, en general, en la cultura) no puedo evitar esbozar una sonrisa. Me divierte la reiterada machaconería de los que defienden este mantra de lo “comercial” asociando ese concepto a determinados esquemas bien reconocibles, para terminar restringiendo el término “comercial” a una serie de tópicos elementos de género. Y me divierte, todavía más, como el público, ése que de verdad tiene que definir y dar sentido a ese término, hace lo que le da la gana y adjudica la etiqueta de “comercial” a las creaciones más inesperadas, demostrando día sí y día también que es una etiqueta que sólo se puede poner a posteriori, nunca a priori. Algo que bien saben los editores, aunque muchas veces se tapen los ojos: si de verdad supieran qué es “comercial”, estarían forrados. La realidad es que la industria cultural funciona desde hace años por un procedimiento que se podría resumir en disparar a ciegas lo más aleatoria y rápidamente posible y, si suena la flauta y se da en el blanco, a mogollón a por eso. No existe bola mágica ni carta astral computerizada que pueda predecir qué se venderá, por lo que la resignación de la industria cultural es aprovechar y ordeñar cada éxito hasta la exageración y el aburrimiento: ¿Que tiene éxito una adaptación al cine de un cómic de superhéroes? Pues siéntense y esperen que lleguen 80 más. ¿Qué los vampiros adolescentes llenan salas? Pues nada, nada, a revivir todo el monstruario clásico en versión adolescente. Lo curioso es que la última de Woody Allen es una de las películas más taquilleras del año y los productores parecen mirarlo como una especie de aberración….”¡pero si no es ‘comercial’!” parecen decir. Pues oigan, sí, sí que lo es…
El tebeo, hermana pobre de esta industria, sigue a pie juntillas esta máxima y, quizás, la exagera todavía más en su corta medida de posibilidades. Sirva como ejemplo claro de este comportamiento lo que podríamos llamar “el efecto Persépolis”. Una editorial francesa independiente saca al mercado un título que reunía todas las premisas para ser “anticomercial”: dibujo naif (“malo”, según los supuestos cánones del dibujo de historieta), temática autobiográfica, reflexiones sociopolíticas y sobre los problemas de la mujer en Oriente Medio… En teoría, vendería los ejemplares de los familiares, con suerte. Pero la realidad es terca: bombazo mediático, múltiples ediciones con éxito de ventas, traducciones a varios idiomas… ¡Hasta película de dibujos animados!
Persépolis se convirtió en un estandarte de esa nueva concepción del tebeo de autor para adultos que se potencia con la novela gráfica, rompiendo barreras continuamente y demostrando, ante todo y sobre todo, que el lector no es tonto y no quiere simple soma cultural de fácil deglución, que también quiere obras diferentes y las aprecia. Pero también demostró esa particular forma de entender el mercado de la industria cultural: durante los meses siguientes las estanterías se inundaron de obras, a ser posible firmadas por autoras, que trataban temáticas autobiográficas (o no) con tintes exóticos.
Pero sería injusto pensar que la única razón es ésa en este caso particular. Es verdad, y eso es innegable, que este particular género a medio camino entre lo periodístico y la confesión personal encuentra en la historieta un medio ideal: frente a la exactitud documental de la fotografía o la síntesis obligada de la televisión o cine, la historieta aporta al lector una experiencia distinta mucho más rica. El dibujo establece una interpretación previa que descubre al lector una serie de emociones que la fotografía oculta en la infinidad de información pura y dura, establece un foco que favorece una conexión mucho más rápida entre mensaje y lector. Y la lectura de la historieta favorece la reflexión mucho más que la imagen en movimiento, es un medio dominado por el lector a su antojo, pudiendo detenerse en aquellos momentos que exijan una mayor profundidad, volver atrás y repensar lo leído, implicarse mucho más en lo reflexionado. En ese constreñido corsé que definía la historieta sólo en el ámbito infantil y juvenil, esta puerta abierta suponía para los autores un soplo de aire fresco y una guía clara para escapar del encasillamiento aprovechando el reconocimiento mediático que estaba obteniendo la obra de Satrapi.
El problema es que ambas situaciones se dieron a la par, tanto el ordeñado industrial como la expansión autoral. Es lo que ocurre habitualmente en la industria cultural, cierto, pero la ventaja que tiene el consumidor en otros medios es la existencia de una crítica sistemática que le ayuda a separar el grano de la paja. Algo que, por desgracia, todavía no ocurre en el cómic: la crítica sigue relegada al ámbito de la vocación personal, que alcanza un grado de profesionalidad y calidad excelente pese a su amateurismo, pero que no puede llegar a ese grado de análisis sistemático y exhaustivo del mercado que tienen otras formas culturales por obvias razones económicas. Aunque también es cierto que quizás ya no tenga sentido reivindicar esa función para la crítica y se deba apostar claramente por la fuerza de las redes sociales como nuevo actor de esta tarea de criba cultural. Quizás más que críticos, lo que hace falta es que el tebeo encuentre lugares propios estilo Filmaffinity o Entrelectores, que podrían ser la evolución natural de foros como el activo PAMMHG!
Mientras no exista esa criba, el “efecto Persépolis” puede tener como consecuencia lógica que muchas obras puedan pasar desapercibidas a un lector que automáticamente pone esa etiqueta ante cualquier obra pueda englobarse dentro de esa clasificación, más si en un periodo corto aparecen varias obras de temática similar, como acaba de ocurrir con la publicación de El coche de Intisar, de Pedro Riera y Nacho Casanova, Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle o El paraíso de Zahra, de Amir y Khalil.
Y me sirven de buen ejemplo porque quizás aquella que más números tiene de quedarse con la etiqueta de “Clon de Persépolis” es precisamente la más interesante de estas novedades: El coche de Intisar. La sinopsis, la verdad, no puede ser más “persepolizada”: una aproximación a la situación de la mujer en Yemen a través de la vida de una joven de ese país, pero a poco que uno deje el prejuicio de lado, descubrirá que la obra que firman Pedro Riera y Nacho Casanova aporta no pocas características diferenciales. La primera, que evita el tono autobiográfico y entra más en un periodismo ficcionalizado, creando a la joven Intisar a partir de los testimonios reales de diferentes mujeres yemenís. La segunda, que Nacho Casanova ha sabido dotar al guión de Riera de la frescura habitual con que afronta sus obras. Y la tercera, y quizás más importante, que la perspectiva que consiguen rompe continuamente los esquemas del lector occidental y aporta una lectura novedosa, que evita caer en los tópicos y manidos argumentos de siempre para obligar a contemplar la situación de la mujer yemení no desde el común prejuicio religioso sino desde la realidad social. Precisamente debido a la profunda unión entre religión y sociedad que se alienta desde algunos de estos países contamina toda reflexión o debate, el relato de Intisar resulta ser especialmente valioso para el lector de aquí, porque aporta las claves necesarias para delimitar cada uno de los contextos dentro de su importancia real en el análisis. Aunque en algunos momentos, fundamentalmente en los aquellos de transición entre capítulos, el relato flaquea por acudir a ciertas estructuras y recursos de manual que tienden peligrosamente al tópico, el buen hacer de Casanova logra que se minimicen y queden como anécdotas dentro de una lectura de lo más jugosa, que debe obligatoriamente ampliarse en el blog que los autores han realizado sobre la obra, demostrando que la nueva cultura 2.0 trasciende el papel para globalizarse desde diferentes frentes y que la historieta es un excelente eje de conexión entre todas esas nuevas posibilidades.
La nueva obra de Guy Delisle, Crónicas de Jerusalén, por su parte, tiene que asumir una etiqueta más difícil de sortear: es una obra de Delisle. Le guste o no al canadiense, ha encasillado su producción de tal forma que es difícil reconocer ya a aquél innovador que sorprendía con Aline et les autres o Albert el les autres. Sabemos perfectamente lo que nos vamos a encontrar en cada nueva obra y, pese al interés indudable de esa particular visión aparentemente ingenua y distancia que aporta el dibujante, no se puede evitar cierta desgana ante un déjà vu previsible. Para el que no conozca las obras anteriores de Delisle, esta crónica de la particular realidad de una ciudad dividida por las religiones y el testimonio del enquistado enfrentamiento entre palestinos e israelíes será, sin duda, toda una sorpresa. El dibujante ha aprendido a tomar una postura desapegada que sabe sacar jugo de la anécdota para lanzar ácidas reflexiones que, desde una envoltura de engañosa sencillez, suele acertar en la provocación del debate. Pero para los que ya conocen bien los anteriores viajes del dibujante, la sensación es de estar ante una continuación de lo ya leído, pese a que en este caso hay se advierte una inacostumbrada toma de partido por parte de Delisle que rompe un poco el discurso de sus obras previas.
Por su parte, El paraíso de Zahra carga con la parte más difícil: volver al escenario de Persépolis. Es imposible leer la obra de Amir y Khalil sin tener en mente la de Satrapi, que actúa como pesada losa tanto en lo argumental como en lo estético, enturbiando una lectura que está muy alejada en sus planteamientos de los de la famosa novela gráfica. Frente a la visión de la realidad desde la interpretación de la experiencia personal que planteaba Persépolis en sus páginas, El paraíso de Zhara es una obra más próxima a la denuncia periodística, que describe la realidad de las desapariciones y persecuciones en Irán siguiendo en parte el modelo de Costa-Gavras en Missing: una ficción creada desde el fundamento de los hechos reales, contando la búsqueda del joven Mehdi. El problema es que esa ficción en algunos momentos se teatraliza en exceso y aunque es obvio que el dolor y la indignación son extremos ante la injusticia, la lectura se resiente en exceso por unos diálogos que no terminan de funcionar y unas situaciones que, por acumulación, parecen exageradas cuando son crudamente reales.

100 razones por las que amo los tebeos

Esto lo escribí hace casi siete años. Hoy, por una de esas cosas que se hacen por las redes sociales, me he acordado, lo he buscado…y sigo estando completamente de acuerdo con todas y cada una de ellas… ¡y añadiría muchas más! :)

100 cosas que amo de los tebeos

1. El olor del tebeo recién impreso
2. Descubrir un autor que no conocía antes
3. El momento de llegar a casa y colocar los tebeos, uno encima de otros y decidir el orden de lectura
4. Pasar la vista sobre las planchas de Krazy Kat y descubrir cosas nuevas cada vez
5. Poder discutir sobre las lecturas con los amigos
6. Leer mil y una vez The Spirit
7. Sentirme nostálgico con los tebeos de Batman de Sheldon Moldoff
8. El momento de cerrar el tebeo y pensar en lo leído
9. Disfrutar con el Slumberland de Little Nemo
10. Reírme con el Spirou de Franquin
11. Sentir la vida que desprenden las viñetas de Muñoz y Sampayo en Alack Sinner
12. El nudo en el estómago que me provoca Maus
13. Rebuscar en una pila de tebeos antiguos e impregnar mis manos de su olor.
14. Encontrar ese número de un tebeo que andaba buscando desde hace años
15. Sentir el viento en la cara cuando leo a Corto Maltés
16. Mirar el infinito que dibujaba Giraud en las viñetas de Blueberry
17. Dejarme arrastrar entre viñetas por las historias de Corben
18. Perderme en las letras de “Océano Atlántico” con el Philemon de Fred
19. La sonrisa tonta de felicidad que se me queda cuando leo Calvin & Hobbes
20. La triste resignación de los niños de Paracuellos
21. Descubrir que en cada lectura me gusta más el Master Race de Krigstein
22. Llegar a América con el Príncipe Valiente
23. Enamorarme de Isa una y otra vez en Los Pasajeros del Viento
24. Disfrutar de los cómics de la EC
25. Maravillarme con Alberto Breccia y todas y cada una de sus obras
26. No poder resistir la risa con la JLA de Giffen y de Matteis
27. Asombrarme siempre de la rigurosidad milimétrica de Watchmen
28. La seducción de la estructura creciente de la Fiebre de Urbicanda
29. La pasión de la lectura del Adolf de Tezuka
30. Llorar la muerte de Raven en Terry y Los Piratas
31. El surrealismo de Thimber Theatre Popeye
32. El realismo cínico de Robert Crumb
33. La fina ironía de Crockett Jhonson en Barnaby
34. Investigar con Alan Moore el Londres de Jack el Destripador en From Hell
35. Sentarme delante de las librerías y decidir cuál es el tebeo que voy a releer
36. Descubrir a los Skorpy con Flash Gordon
37. El tierno cinismo de Luca Torelli, “Torpedo”
38. Las Siete Vidas del Beà
39. Comprender y reinventar los tebeos con McCloud
40. Soñar en un mundo de gatos con Gaiman y su Sandman
41. Conseguir una razón para Odiar Saturno
42. Repasar las viejas revistas de Comix Internacional, TOTEM, 1984…
43. El DDT de los años 50
44. La obscenidad voluptuosa de Dave Cooper
45. La sensación de desasosiego de los tebeos de Maruo
46. Volver a leer los Cavall Fort de cuando era niño y descubrir de nuevo a Peyo, Fred, Madorell, Xots…
47. Las onomatopeyas de Walter Simonson en Thor y los 4F
48. El Born Again de Miller
49. El opresivo ambiente de Jimmy Corrigan
50. Buscar dónde narices meter los Acme Novelty Library
51. Rellenar el espacio entre viñetas
52. La locura de Cliff Sterret
53. La elegancia de Rip Kirby
54. Todos los tebeitos de Jali, pero más que ninguno, ‘A Berta le atormenta la tormenta’
55. Esperar de nuevo las nuevas aventuras del Capitán Torrezno
56. ‘Leer’ el color de Miguel Calatayud
57. El delirio ‘pop’ de Pellaert en Pravda
58. Llegar a la Luna con Tintin
59. Cruzar las galaxias con Valerian y prendarme de Lauri
60. Jugar la peligrosa Partida de Caza de Bilal y Christin
61. Esperar que alguna pirámide aparezca en el cielo y que Nikopol salga de ella
62. Perderme en Palomar
63. La sinceridad de Chester Brown
64. Las historias Gottfredson y Barks en Mickey Mouse y Donald
65. El impacto de las fotocopias del primer Nosotros Somos Los Muertos
66. El viaje interior de La Ascensión del Gran Mal
67. La sencilla perfección de Coll
68. La mala hostia de Lauzier y sus “tranches de vie”
69. El vuelo de Gerard Schnoble
70. Sentarme a charlar con Muerte en un basurero
71. El exquisito estilo de Guido Crepax
72. La sugerente poesía de los tebeos de Edmond Baudoin
73. Las muchas dimensiones de los tebeos de Micharmut
74. Esconderme en un cubil de brujas guapísimas con Gabi
75. Sentir cómo fluye la narración por la página
76. El momento en que los piratas descubren la aurora boreal en Isaac El Pirata
77. Las discusiones teológicas de El Gato del Rabino
78. La socarronería del American Flagg de Chaykin
79. Descubrir nuevas facetas escondidas cada vez que releo V de Vendetta
80. Los silencios de Cosey en Saigon-Hanoy
81. Los Shmoos de Al Capp
82. Adele Blanc-Sec…¡esto es amor!
83. La lucidez de Álvarez Rabo
84. Las locas amigas de Jaime Hernández
85. La acidez de Jules Pfeiffer
86. El sentido de la épica de Kirby
87. La candidez de Peculia
88. El delirio gráfico del Nick Fury de Steranko (aunque me guste más Atmósfera Cero)
89. Kurtzman, siempre Kurtzman, en cualquiera de sus formas
90. Los paisajes oníricos de Ditko en Dr. Strange
91. Ver tu vida reflejada en Monsieur Jean
92. Ver la cara de Mafalda cuando le ponen un plato de sopa
93. La coherencia de Dan Clowes en Eightball
94. El concepto de gag de Jack Cole en Plastic Man
95. La genial crítica de Goscinny en Obelix y Cia.
96. Peter Milligan… cuando quiere trabajar
97. Las historias de terror de la Warren de Berni Wrightson
98. La sencilla rotundidad narrativa de Alex Toth
99. La virginal inocencia de Blanche Epiphanie de Richard
100. La facilidad con que Taniguchi retrata sensaciones

The Death-Ray no tan The Death-Ray

Me llega la nueva edición americana de The Death-Ray, una de las genialidad de Daniel Clowes que seguía absurdamente inédita en castellano por la elección inicial de formato de publicación: en grapa, en tamaño más grande que el habitual cómic book, pero siguiendo la numeración habitual de Eightball. Un problema que la nueva edición soslaya con una impresionante tapa dura y mejor papel que le da consistencia de álbum europeo de qualité. La relectura sigue siendo igual de apasionante, una aproximación al género de superhéroes que es capaz de unir sin fisuras la imaginación adolescente espoleada por los tebeos de Ditko con una reflexión madura, brillante en unos planteamientos que tejen la ficción con fibras de realidad, ácida en sus críticas a la vez que tierna y tolerante con sus claves. Uno de los mejores tebeos de Clowes, sin duda.
Pero le falta algo: en esta nueva y lujosa encarnación perdemos ese delicioso metasentido que Clowes daba a la obra con su publicación en grapa. Estábamos leyendo un comic-book “para adultos”, con mejor papel, más tamaño y más calidad, sí, pero incluso con su pegatina de precio simulada para dar esa sensación de inmersión total en la fantasía adolescente, para provocar esos sentimientos encontrados de niño leyendo Spiderman por primera vez. Unas sensaciones que, por desgracia, se pierden en esta nueva edición.
Que nadie se equivoque: sigue siendo un grandísimo tebeo, pero es una lástima que se pierda parte de esa experiencia tan especial que suponía aquél mítico Eightball 23.
Yo, me temo, conservaré los dos. (Y si por falta de espacio tengo que dejar uno, tengo claro cuál se irá fuera… :) )
A ver si alguna editorial española lo trae pronto por aquí. Pese a todo, es un grandísimo tebeo.

La edición definitiva…

Vaya por delante: no existe la edición definitiva de Príncipe Valiente. Ni existirá, a no ser que un mecenas voluntarioso y enrrollao dedique una parte de su pecunio a pagarle a Don Manuel Caldas y un amplio equipo de trabajo la labor de restaurar toda la obra de Foster. Y ojo que aún así, mucho habría que discutir lo de “definitiva”: primero por el tamaño, que uno, ya puestos a pedir, podría pensar que lo ideal sería que fueran al tamaño de los originales de la obra, más próximos al de sábana de cama de matrimonio que al de tabloide gigantesco en el que fueron publicados. Segundo, por el dichoso color, que una cosa son las pruebas de color, otro el color que salió reproducido en el papel que se usaba en la época con la tecnología de reproducción de la época y otro muy distinto el color que hoy tenemos de unas páginas y pigmentos que han envejecido durante casi ocho décadas. Les puedo asegurar que el problema deja la resolución de las ecuaciones de Kubelka-Munk en una simple regla de tres. Palabrita de honor de empollón especializado en estos temas. Y tercero porque a estas alturas, de verdad, alucino con la gente que se está quejando de que se anuncie como “definitiva”. Pero oigan, a ver, ¿de verdad se creen que el Fairy es la solución definitiva contra la grasa?¿O que la nueva maquinilla de afeitar de N+1 hojas es la solución definitiva para el afeitado antes de que aparezca la N+2? Por favor, que ya somos mayorcitos para no creer absolutamente nada de los mensajes publicitarios…
Dicho eso, servidor sigue pensando que la edición en la que más disfruta del trabajo de Foster es en esa maravilla de orfebrería editorial que tiene a bien llevar a cabo el señor Caldas, contra viento, mareas y zancadillas de todo tipo. Pero, por otra parte, hay que reconocer que la edición que acaba de poner en los quioscos Planeta desde su sección de fascículos y coleccionables, no está nada mal. Sigue la edición alemana de la editorial Boccola, con bastantes aciertos: el color es muy aceptable, restaurado desde páginas de periódicos (se puede ver el esquema de trabajo que han seguido en esta galería de imágenes, si pincháis las imágenes, podéis ver vídeos del proceso), parece hasta de verdad aunque las tonalidades sean muy desaturadas. La línea no es tan buena como la de la edición de Caldas, pero es mejor que la que hemos visto por ejemplo en Ediciones B. El tamaño, pues mmmm ni sí ni no: no es tan grande como la edición de Fantagrapics, pero se puede apreciar bien el trabajo de Foster. El papel, mate, evita los insoportables brillos habituales en estas ediciones “definitivas” que entienden como lujo el papel couché brillo (el horror para cualquier lector, que en su intento de evitar los reflejos, debe buscar posiciones para la lectura que ni el kamasutra se atrevería a sugerir). Lo de poner un año por volumen… absurdo, directamente: lo lógico serían volúmenes de dos o tres años para aprovechar el cartoné, no los ridículos volúmenes anoréxicos que el afán de extender en más semanas el coleccionable ha dado lugar… La traducción, correcta sin más, sobre todo cuando uno se acostumbra a la labor de cariño y pasión que ha desplegado Rafa Marín en la edición de Caldas. El diseño, pues de coleccionable, qué se le va a hacer.
Resumiendo: si lo que se quiere es admirar el trabajo de Foster, mejor la edición en blanco y negro de Caldas, sin duda. Pero si se quiere leer la obra aproximadamente como se editó, en color, de forma completa y en castellano, ésta es hoy por hoy la mejor edición que reúne todas esas caracterésticas, muy superior a la anterior que editó la sección de cómics de la misma editorial.
Ustedes mismos.

El Catálogo del Cómic publicará DC…. ¿y?

La noticia pilla a todo el mundo en bañador y chanclas: El Catálogo del Cómic publicará DC en España y Sudamérica. Bombazo que te cagas. El rumor de la posible pérdida de derechos de DC (que si Panini, que si otras, que si no sé qué…) era continuo, pero el verdadero bombazo es que recae en una empresa que no ha editado cómics, sólo hacía de packager y tenía una división de venta on-line. Y que se queda, además, con el bombón suculento de “sudamérica” (sin indicar qué países…). No creo, sinceramente, que suponga mucho cambio para el aficionado a DC, ya que la empresa garantiza hasta la continuidad de la numeración (a lo que hay que añadir que eran los equipos es de esperar que se mantengan), pero para el mercado español es un mazazo sin precedentes, ya que Planeta De Agostini desaparece en la práctica como editorial de cómics en España. Durante los últimos meses, la editorial había liquidado prácticamente todas sus líneas de trabajo (Disney, autores europeos, españoles…), quedando casi únicamente la franquicia americana como eje de su negocio de publicación de cómics en España. La pérdida de DC parece un lógico resultado de esa lenta liquidación que puede suponer un hito en la historia de la industria del cómic de este país, cambiando radicalmente el panorama de la edición en España.
ACTUALIZACIÓN:
Como bien indican en los comentarios, quedan todavía en catálogo series como Los muertos vivientes, la franquicia de Star Wars y el manga, así que también se puede hacer otra lectura: limpieza para quedarse con lo rentable…

Sobre Kirby y la dichosa sentencia

Mucho se ha hablado sobre la reciente sentencia que da la razón a Marvel en el litigio que mantenía con los herederos de Kirby. Mucho y con mucho más fundamento y conocimiento de lo que yo pueda decir, desde luego. Se ha dicho, con razón, que los herederos lo único que buscaban es el lucro y que la sentencia es jurídicamente intachable. Lo que no niego, es más, estoy seguro de ello. Incluso la sentencia se cuida muy mucho de hacer juicios de valor, aunque también se podría argumentar que un contrato firmado no tiene por qué ser el único argumento, que los contextos y situaciones también deben ser evaluados (no puedo evitar acordarme de las opiniones de los dibujantes de Valenciana sobre el juicio que mantenían los herederos de Gago contra la editorial, recordando que, en los años 40, dos jóvenes de Albacete recién llegados a la capital hubieran firmado que había matado a Manolete con tal de tener trabajo). Es más, si mucho me apuran, hasta me alegro, porque me da un poco de repelús la imagen de esos herederos intentando estrujar la gallina de los huevos de oro, casi olvidando el legado y lo que había hecho Kirby.
Tampoco creo que sea cuestión ahora de sacar el comportamiento de Stan Lee al respecto. Que mucho hay que decir, por supuesto, tanto en una dirección como en otra, porque bien recordaba Rafa Marín que la creación de un personaje también compete al guionista y, por mucho que el Sr. Lee nos dé ya cierta grima, algo de culpa tendría también.
A mí, lo que me enerva realmente de todo esto es que, en el fondo, se está dando por válido un sistema de producción que considera al autor al mismo nivel que la llave inglesa en una cadena de producción. Ese sistema de trabajo por encargo, el famoso work-for-hire, que la sentencia afirma es el exponente máximo de todo lo malo que el cómic americano ha dado. Y no, no me vengan con la cantinela de que todos los que trabajan en una empresa saben que el trabajo es de la empresa. Estamos hablando de trabajo creativo, y una cosa es que los beneficios recaigan sobre la empresa, lógico, y otra muy distinta que la empresa ningunee al autor. Porque no, porque el encargo de un trabajo creativo no es equivalente al trabajo que hace un fontanero al reparar un cañería, con todos mis respetos al fontanero. La creación es un proceso totalmente ligado al autor y ese encargo se realiza porque se confía en la labor del autor y en su creatividad. Y, lo lógico, lo sensato, es que la autoría se respete hasta las últimas consecuencias. Puedo entender que el concepto de la creación como franquicia quede a salvaguarda de la empresa, en tanto una cuestión de marcas, pero la creación, la obra, es un derecho fundamental del autor. Y aquí, al final, lo que se discute es una cuestión de dignidad que tiene muchísimas más implicaciones.
Es sorprendente cómo, durante años, el modelo americano ha generado una industria cada vez más y más despreciativa hacia el autor. Enrocada en su concepción del cómic como una industria de entretenimiento, ha dirigido sus pasos hacia el cada vez mayor ninguneo del autor, intentando diluir la autoría de la creación de una historieta entre un amplio contingente de creadores. A diferencia de la posición del autor de prensa en los años 50, que se nutría de un amplio grupo de ayudantes, pero que retenía la dirección de ese equipo como figura representativa y visible, el autor de cómic-books ha visto cómo su papel ha sido cada vez más y más disperso, hasta que la autoría se diluye completamente entre editor, dibujante, entintador, guionista, colorista, dialoguista, rotulista… Una engrasada cadena de producción donde nadie puede alzar la voz y reclamar la autoría de su trabajo, que además viene bendecida por las sentencias judiciales que reconocen, además, que ese trabajo de encargo es únicamente de la empresa. Mientras, las otras dos grandes industrias del tebeo, la japonesa y la francesa, seguían un camino completamente distinto, evidentemente industrial, basado también por supuesto en la concepción del cómic como un elemento de entretenimiento, pero donde la figura del autor era el núcleo fundamental. Es evidente que ha habido grandes creaciones y personajes que han sobrevivido a sus autores, pero en estas dos industrias los grandes exponentes no eran los personajes, eran sus autores. En Japón, la admiración es hacia Tezuka, Toriyama, Kojima…; en Francia, hacia Giraud, Charlier, Uderzo, Hergé…en los USA, hacia Spiderman y Batman.
Triste, ¿no? Porque esa industria se ha empecinado en ser ciega a las pruebas que dejaban bien claro que los famosos superhéroes no son más que pijamas vacíos sin los autores que los crearon y les dieron vida. Que dentro de los trajes de Spiderman, Batman o Los 4 fantásticos no estaban Peter Parker, Bruce Wayne o Reed Richards, sino Steve DItko, Stan Lee, Frank Miller o Jack Kirby. Ellos eran realmente los que vendían tebeos. Es más, siguieron ciegos a la evidencia de que los grandes éxitos de ventas no obedecían a las operaciones comerciales diseñadas con milimétrica precisión para escurrir hasta el último dólar de los bolsillos de los aficionados, sino a las grandes etapas de grandes autores. Y que hasta el fanboy más zombie de los superhéroes no habla de la gran etapa de Thor luchando contra el villano de turno o de la gran saga de Daredevil contra Kingpin. Hablan del Thor de Walter Simonson, del Daredvil de Miller o del Batman de O’Neil y Adams. De autores.
Una industria que sigue negando a entender que existe también el cómic de autor incluso en el mainstream más cerrado como el género de superhéroes, como demostraron Alan Moore y Dave Gibbons por un lado con Watchmen y Frank Miller con Daredevil y The Dark Knight Returns. Esa concepción del cómic de autor que ya nace en la prensa y que alcanzaría mayoría de edad en los años 60 en las publicaciones de Losfeld y en el underground americano para tener sentido propio y completo con la generalización de la novela gráfica, pero que tiene en esas dos obras su representantes más importantes y cruciales. Se puede argumentar que ese cómic de autor ya existía de forma habitual en el “mainstream” francés y japonés, pero su irrupción en la hermética industria de los superhéroes tumbó todos los tópicos: aquellos que decían que la obra autoral era veneno para la comercialidad se tuvieron que tragar sus palabras ante obras que se mantienen, 30 años después, en los puestos más altos de los tops de ventas; los que gritaban a los cuatro vientos que eran los personajes los que realmente vendían, se callaron ante una mineserie de personajes desconocidos que caló entre el público hasta convertirse en objeto de culto; los que defendía que no se podía hacer una obra personal con las limitaciones formales y coyunturales del mainstream, tuvieron que agachar la cabeza ante obras maestras incomensurables que respondían a la firma inequívoca de un autor. Pero fueron la cabeza visible de un iceberg que durante años navegó sin dejar ver a ese cúmulo de autores que consiguieron sacar a flote la industria pese a que la misma industria los negaba. Esos Jack Kirby, Steve Ditko, Neal Adams, Gene Colan, Gil Kane, Stan Lee, Roy Thomas, Denny O’Neil, Jim Steranko… y tantos, y tantos que con su obra de autor lograron que el género se perpetuase. El problema es que, pese a que Miller, Moore y Gibbons habían dejado certificada la existencia de un cómic de autor que sobrevivía y se expresaba en las circunstancias más imposibles, que requería atención y que cumplía con las exigencias de calidad y comercialidad que se le supone a la industria del entretenimiento, la industria siguió con sus anteojeras puestas. Ajena por completo al autor y negando que fuera éste el centro total de la industria.
La sentencia contra los herederos de Kirby, en el fondo, sólo hace que certificar esa negación del autor. Esa resistencia a reconocer que la industria del cómic-book es la que es gracias a los autores y su imaginación.

Inmerso en una dicotomía

No sé si recuerdan ustedes aquella maravillosa canción/representación de los Luthiers Quien conociera a María amaría a María, que dejaba al pobre mimo descolocado cuando tenía que representar la frase “inmerso en una dicotomía”. Pues algo así deben encontrarse los ejecutivo de Marvel y DC. Por un lado, fomentando y dando cancha al cómic digital con tiendas propias y favoreciendo que los tebeos estén en ese formato lo antes posible y a buen precio; por otro, intentando recuperar el mercado de la librería especializada con el formato de grapa barato: DC está fomentando otra vez el boom de las series con 52 nuevos números uno con el fin de intentar captar nuevos lectores, lo que ha recibido el aplauso fervoroso de las librerías especializadas. Una reacción que no ha pasado desapercibida a su gran competidora, que ahora lanza un programa de apoyo a las nuevas librerías especializadas, que recibirán todo tipo de beneficios y facilidades por parte de Marvel. Lo que se suele conocer como estar al plato y las tajadas. Que está bien, oigan, que hay que sacar partido de todo y que para eso empresas que ganan pasta gansa, pero resulta curioso como fomentan la librería especializada con formatos de grapa por un lado y, por otro, lanzan tiendas propias de tebeos digitales que, precisamente, compiten directamente con ese tipo de formato. Esta dicotomía no la consiguen plasmar ni Los Luthiers…

Naughty Pete

El día que descubrí Naughty Pete en las páginas de esa joya llena de descubrimientos que es Art Out of Time me quedé pasmado ante la rabiosa modernidad que atesoraban todas y cada una de sus viñetas. Pero ahora, disfrutando de todas ellas en la prodigiosa edición que hace Peter Maresca en Forgotten Fantasy sólo puedo decir que es una de las obras de arte más increíbles que jamás he contemplado. Y ojo que en este volumen está flanqueado por dos maravillas como el Kin-der-kids de Feininger y el Explorigator de Harry Grantt Dart.
Son apenas una veintena de páginas, una serie que tan sólo se publicó durante unos meses de 1913, pero que atesora y reúne algunos de los momentos bellos que ha dado el noveno arte. Sus composiciones atrevidas y sorprendentes, un uso del color novedoso y moderno, la integración de las tipografías en el discurso narrativo de la página, el juego con los diferentes estilos de dibujo… Se mire por donde se mire, cada centímetro cuadrado de las inmensas páginas de Naughty Pete es un lugar para perderse y descubrir cómo el increíble potencial artístico del noveno arte se lleva investigando desde hace 100 años.
Veinte páginas que aún hoy son de una modernidad rabiosa y casi radical.

¿Alguna vez lo veremos en castellano?

Aburrido

Me dejo esto un poco abandonado unas semanas (ay señoras y señores, las obligaciones del mundo real mandan que no veas…) y a la vuelta me encuentro la cosa patas para arriba: que si Spiderman (el máximo, alias el último para los que todavía estudiamos francés en aquello de la EGB) se muere, que si el Universo DC se reinicia desde cero… Y veo a gente revuelta y emocionada, foros donde se discute… y pienso que me coge ya mayor este tema. O resabiado, porque al final, todo son diferentes perros con el mismo collar, el de un complejo sistema editorial que no sabe cómo subsistir y que está viviendo una lenta y agónica autodestrucción. El modelo de “universo superheroico” del comic-book americano, que incluye la continuidad y todas las mandangas alrededor de los poderosos personajes, está en crisis. En una crisis profunda y que ya no tiene salida. Y no da pena, la verdad, porque se lo han buscado ellos: han matado y resucitado tantas veces a la gallina de los huevos de oro que ahora ni el equipo de House sería capaz de inventarse un bendito lupus que tratar al enfermo. Ritmo cardiaco cero, encefalograma plano, hora de la muerte, la que ustedes quieran.

Se lo cargaron ya cuando decidieron que la continuidad era sagrada y que se podía conseguir el movimiento perpetuo manteniendo ese precepto y que los lectores se mantendrían indefinidamente fieles a los personajes mientras que los más jóvenes se iniciarían en la secta con alborozo y felicidad. Resultó que no, que los lectores se mantenían fieles sí, incluso hasta que la presbicia ya no les permitía leer tebeos con la facilidad de antaño, pero los jóvenes resultaron ser díscolos e infieles, poco interesados ponerse al día en una continuidad que no se resumiría ni en una versión extendida de la Espasa-Calpe. Conclusión, vamos a empezar de cero para engancharlos. Pero claro, empezaban de cero, los enganchaban y, con el tiempo, volvían a cometer todos y cada uno de los errores: los lectores crecían y los nuevos, insistentes en su desobediencia, se iban a los videojuegos y el manga.
Se lo cargaron, también, cuando pensaron que ser un producto de entretenimiento y consumo rápido era equivalente a tomarle el pelo al lector y a producirlos con el mismo mimo y cariño que el que produce industrialmente chopped para gatos. Basura etiquetada que mientras no sea tóxica, pues vale. Pensaron que la época dorada de los 80 se vivió gracias a su inefable gestión comercial y se olvidaron de que aquello fue posible gracias a autores, a comic-books que demostraron que el cómic de autor no conoce de formas o límites y que puede nacer, rebelde y obstinado, en las condiciones más deplorables y terribles.
Se lo cargaron cuando decidieron que los ingresos del cine eran tan suculentos que mejor dedicar todos sus esfuerzos a las adaptaciones cinematográficas, pensando en los personajes sólo como lucrativas franquicias que había que mantener vivas a toda costa, aunque fueran vegetales conectados a máquinas de respiración artificial. Se pusieron la venda ante los ojos cuando el género de superhéroes se trasvasó definitivamente al cine, se la quitaron para ver los ceros de los beneficios y se la volvieron a poner cuando vieron que el cine no empujaba las ventas de tebeos.
Y ahora nos venden un reinicio del universo DC tan absurdo, tan vacuo y tan falto de posibilidades que ni merece la penar hablar de él. Es una vuelta a lo de siempre, llámese Crisis en tierras infinitas, llámese Secret Wars, Civil War, 52, o la madre que los parió. Es lo de siempre con el único objeto de enganchar sangre joven para que luego vaya al cine. Porque lo único que les interesa es que pasen por caja, consuman muchas palomitas y paguen la entrada de la reluciente adaptación en molesto 3D. Y lo mismo con el joven arácnido definitivo, que resulta no ser tan definitivo y vuelve a caer en la misma rueda de errores para, dentro de unos años, volver a morir, volver a renacer y volver a comenzar desde cero.
El propio género ha entrado en crisis, por culpa de unos ejecutivos miopes que son incapaces de ver más allá de sus narices que tratan a los personajes como franquicias que hay que exprimir a las que no les dejan ni un puñetero barbecho. No son capaces de ver la vitalidad del mercado nipón, con personajes de ciclo vital definido, que nacen, crecen y mueren sin que so debilite lo más mínimo a la industria, al contrario, la refuerzan. No son capaces de dar libertad a los autores, el alma verdadera de los personajes, los que de verdad crean las historias, los que logran que su imaginación epate al lector y los atraiga a la lectura.
Puede, ya digo, que me pille mayor. O que me haya hecho muy gafapasta, también. Pero servidor, ante estas noticias, se aburre profundamente y encuentra más razones, si cabe, para volver a los maravillosos Showcases de DC, a esa época de imaginación desatada que firmaban Otto Binder o John Broome. O a esos disparatados y demodés 70 con Neal Adams y Denny O’Neil, a Kirby, Ditko y Byrne…

Los límites del cómic

¿Dónde están los límites de la historieta? ¿Se puede usar el lenguaje del cómic para contar una historia sin dibujos? ¿Puede el texto sumar a su función de narrativa escrita una de elemento gráfico que le dé sentido de forma aislada hasta hacer innecesario el dibujo pero sin perder la esencia del lenguaje de la narrativa gráfica? Preguntas y preguntas que saltan tras ver los cuadernos de notas de Amanda Wright y que demuestran otra vez que la historieta es tan fascinante como difícil de definir…

(Gracias Carlos)

El Gran Premio

Si en su día critiqué, y mucho, la inclusión de una categoría a “la mejor adaptación cinematográfica” dentro de los premios del Saló de Barcelona, toca ahora felicitar y alabar la decisión de FICOMIC de asignar a un Jurado la responsabilidad de decidir el Gran Premio de Saló. Un jurado que, desde el primer momento, se adivina transparente en tanto están claros los mecanismos de su designación: representantes designados por los diferentes gremios del Comité y los ganadores del Premio a la Divulgación del año anterior, una categoría que parecía “menor” pero que adquiere así una importantísima responsabilidad.
Un premio que se define claramente en el comunicado de prensa: reconocimiento a una trayectoria profesional , un concepto que, a mi entender, debe devolver el premio a su filosofía inicial, galardonando a los grandes profesionales del tebeo. Sin demérito alguno de artistas como Ana Miralles, Pasqual Ferry, Miguelanxo Prado o Rubén Pellejero, recientes ganadores, todos son autores en activo suficientemente jóvenes para dar todavía lo mejor de ellos y el Gran Premio debería reconocer trayectorias amplias como en su día fueron las de Alfons Figueras, Ambrós, Raf, José Sanchis,Víctor Mora, Miguel y Pedro Quesada, Carlos Giménez o Víctor de la Fuente, por sólo citar algunos de los ganadores de este Gran Premio.
El jurado tendrá un difícil tarea, nada envidiable, porque la lista de autores a los que la profesión y esta sociedad debe reconocimiento es amplia.
Una sabia decisión por parte de FICOMIC, que esperemos sea la antesala de una reforma en profundidad de los premios del Salón de Barcelona, los más prestigiosos de este país.

Y mi quiniela…

Sigamos con el juego de los premios: ahí va mi quiniela con relació i explicació de la falla incluida…

Mejor obra: Autobiografía no autorizada 3, de Nacho Casanova
(Nominados: Blacksad 4. El infierno, el silencio, de Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido, El invierno del dibujante, de Paco Roca, Ken Games 3: Ciseaux, de José Manuel Robledo y Marcial Toledano, Autobiografía no autorizada 3, de Nacho Casanova)
La de Nacho o Ken Games. La razón es puramente práctica: creo que los votos evitarán tanto a Paco Roca, tan multipremiado que ya parece como que no toca (aunque su obra me parece la mejor de las cuatro, a falta de la, a mi entender, mejor obra del año, Duelo de caracoles), como a Blacksad, que ya se lo ha llevado un par de veces… Pero ojo con la dispersión, las cuatro son muy votables…

Mejor guión: Pere Joan por Duelo de caracoles
(Nominados: Blacksad 4. El infierno, el silencio, de Juan Díaz Canales, El invierno del dibujante, de Paco Roca, Ken Games 3: Ciseaux, de José Manuel Robledo, Duelo de caracoles, de Pere Joan)
La dispersión de voto aquí puede dar lugar a cualquier cosa, pero creo que la profesión reconocerá que Pere es incluso mejor guionista que dibujante. Que ya es decir…

Mejor dibujo: Jazz Maynard
(Nominados: Blacksad 4. El infierno, el silencio, de Juanjo Guarnido, El invierno del dibujante, de Paco Roca, Ken Games 3: Ciseaux, de Marcial Toledano, Jazz Maynard 4. Sin esperanza, de Roger)
Cualquiera puede ganar, menudos cuatro monstruos… La dispersión de voto hará que el que gane lo haga por margen estrecho, pero apuesto por Roger IBáñez.

Autor revelación: David Sánchez
(Nominados: Ximo Abadía, Jesús Alonso Iglesias, David Sánchez, Martín Tognola)
Pues en este caso, creo que mi elección está clara. Aunque Clonk es una obra muy interesante y prometedora y Barcelona Low Cost toda una sorpresa, la contundencia del Tú me has matado de David Sánchez es inapelable…

Mejor revista: Retranca
(Nominados: Cthulhu, Dolmen, Retranca, Usted está aquí)
Sigue la histeria dicotómica de esta categoría. Lo de “de o sobre” cómics es uno de los grandes absurdos de estos premios con una categoría de divulgación donde Dolmen entraría a la perfección. Dicho eso, que ya era hora que una revista tuviera los huevos que tienen los de Retranca. Combativos, con mala leche y con ganas de meter dedos en ojos ajenos. Una revista de sátira política como debe ser.

Mejor fanzine: Adobo
(Nominados: Adobo, Andergraün, El Naufraguito, Zocalo)
Yo apostaba por La Cruda, la verdad, pero estando ahí Adobo, lo tengo clarísimo. (Sí, El naufraguito es la hostia, pero ya ganó en 2003)

Premio a la divulgación
(Nominados: Borja Crespo, Santiago García, Pedro Porcel, Yexus)
Mi voto irá por Pedro Porcel por su gigantesco y titánico Tragados por el abismo, excelente culmen de una larga trayectoria cuajada de obras fundamentales y de mucha labor en el tebeo desde aquellos tiempos de Arrebato (y también, para qué negarlo, por cercanía y cariño hacia alguien a quien admiro profundamente). Pero todos se lo merecen: la obra y labor de Santiago García, tanto en La novela Gráfica, como desde ABCD o Mandorla es impresionante; qué decir de Borja, todoterreno capaz de montar jornadas, escribir y sacarle 25h al día. O la sabiduría y experiencia de Yexus, tantos años ya desde El diario Montañés o desde la dirección de Viñetas de ayer y hoy… ¿Un ex-aqequo a los cuatro?

Mejor obra extranjera: Asterios Polyp
(Nominados: Asterios Polyp, de David Mazzucchelli; En mis ojos, de Bastien Vivès; Los muertos vivientes, de Robert Kirkman y Charlie Adlard; Wilson, de Daniel Clowes)
Sin mis preferidos (Mizuki, Sacco o Sim), mi voto va para Asterios Polyp.

Mejor película basada en un cómic o donde la historieta sea protagonista: María y yo
(Nominados: El Gran Vázquez, de Óscar Aibar, Kick Ass, de Matthew Vaughn, María y yo, de Félix Fernández de Castro, Scott Pilgrim vs The World, de Edgar Wright)
La única que tiene que ver de verdad con un tebeo es la preciosa María y yo. Aunque me encantaría ver que esta categoría sólo ha existido fugazmente un año…

¡No me gustan!

Lo de no estar de acuerdo con las nominaciones de los premios del Salón de Barcelona y la polémica posterior sobre quién vota y demás debe entenderse ya como parte ineludible de la propia dinámica de los premios. Quizás estéril, pero es un debate sano que siempre ayuda para futuras ediciones. En este caso, son muchos los que se preguntan cómo es posible que no esté una u otra obra. A mí, por ejemplo, ausencias como las de Duelo de caracoles, Notas al pie de Gaza, NonNonBa, Operación muerte o Cerebus me parecen increíbles… pero uno acepta el juego democrático de los votos, que suele dar lugar a estas cosas. Poco importa quién vota, la verdad. Cierto es que le daría más transparencia a la cosa, pero no es tan importante: al final, los votos son la expresión de un gusto colectivo que, por lógica, no tiene por qué coincidir con el mío. Es más, los resultados con la mecánica de votos son lógicos. Sirva como ejemplo el caso de Mizuki, un autor a mi entender (y el de muchos) de obligada presencia en cualquier listado y que, sin embargo, no aparece. Y la razón me parece obvia: la propia dispersión de los votos en un sistema de nominación abierta. Si, digamos, se han emitido unos 400 votos (que por lo que se cuenta es lo habitual en esta primera fase), salvo casos de obras extraordinarias que concitan todo tipo de consenso tipo Maus o El arte de Volar, con 30 o 40 votos se tiene una nominación y si un autor tiene más de una obra ese año, se diluye el voto a favor de terceros. A lo que hay que añadir que el voto de la profesión (es decir, un amplio colectivo que integra dibujantes, guionistas, libreros, distribuidores, críticos y editores) es tan, tan disperso que se favorece todavía más este tipo de resultado. Un voto, además, que suele venir mediado por miles de parámetros: desde los que votan en bloque (conocido es el caso de alguna editorial…ejem, ejem), desde los que hacen campaña entre sus amigos, desde los que no votan en la primera fase porque es más cómodo ir a la segunda, votaciones a la búlgara de ciertos grupos y, por supuesto, que posiblemente el colectivo que menos tebeos lee en este país es el de los dibujantes de tebeos… :) Lo que no quita que la gran mayoría de votantes lo haga con convicción y responsabilidad, sin duda, pero que tampoco nos extrañen resultados que no son los que esperábamos. Es lo bueno que tiene esto de la democracia.
Otra cosa es que los premios del Salón, con todo el prestigio y popularidad que hayan ganado, sean expresión de cualquier tipo de canon, baremo o nivel de calidad. No, son la expresión de la voz de la profesión, una voz tan respetable como la de cualquier otro colectivo o individuo y, por supuesto, tan abierta al debate como cualquier otra.
Resumiendo: que oigan, que da lo mismo quién sea nominado. No pongamos en duda los resultados ni saquemos conclusiones sobre nada, sobre la capacidad de los votantes ni sobre nada. Simplemente, usemos esas nominaciones como base de un siempre sano debate. Más si se hace con amigos delante de unos refrescos y unas buenas tapas.
Ahora bien, muy diferente es un tema que ya comenté hace unos días con motivo de la categoría de “mejor película” y que Santiago García articula mucho más coherentemente que yo: la necesidad de reformular por completo los premios de Barcelona. No tanto por obtener unos resultados “mejores”, sino por adecuarlos a la realidad de la historieta actual. No puede ser que se sigan manteniendo las mismas estructuras de votación y categorías veinte años después de su creación. Es cierto que no es obligatorio cambiar nada (los Óscar siguen manteniéndolas tras más de 80 años), pero creo que sería signo de vitalidad y de reflexión el adaptar las categorías y mecánica a los tiempos que vivimos.
Por la parte de las categorías, ya comenté algunas ideas y apoyo plenamente la propuesta de Santiago, añadiendo que no hay que tener miedo a aceptar nuevas categorías y cerrar otras. Que las cosas cambian y más en estos días de internetes y demás cosas digitales.
Pero también se debe cambiar la mecánica profundamente. Primero por la necesidad de adecuarse a las posibilidades que nos da la tecnología con las redes sociales: los premios del público, en lugar de ser una simple y absurda repetición de los premios de “la profesión”, podrían aprovecharse completamente de facebook, twitter, tuenti y demás para convertirse en verdaderos termómetros de los gustos del público, lo que además tendría gran utilidad para los editores y autores. Segundo porque la dispersión que se produce en las nominaciones debido a la técnica de fases da lugar a que, efectivamente, una obra pueda alcanzar una nominación con un puñado de votos, favoreciendo una picaresca que, aunque no se dé, siempre queda en la duda. La selección previa por jurado podría ser la solución, aunque evidentemente la designación de un jurado sería un tema bien peliagudo. Una posibilidad podría ser, por ejemplo, que cada gremio designe una representación por votación y que esa comisión de “elegidos” sea la que designe los candidatos (no es necesario que sea una comisión pequeña, mediante internet es relativamente fácil articular este proceso aunque sea una comisión de 20 o 30 personas).
Eso sí, independientemente de los cambios, lo que sí que es urgente y necesario es definir claramente qué es el Gran Premio del Salón. Si se quiere que sea un premio al estilo de Angoulême (un autor en activo) o reconocimiento a toda una trayectoria. Cualquiera de las dos opciones es razonable, pero si se opta por la primera, como parece indicar la deriva que ha tomado este reconocimiento en los últimos años, es obligatorio, de justicia y necesario incluso, establecer ya un reconocimiento a toda una trayectoria. Los autores se merecen que la profesión reconozca a aquellos que han dedicado toda su vida al tebeo. Y que éstos se vean reconocidos, queridos y justamente admirados.

El 23-F, como nunca te lo han contado

Atentos porque el cómic el 23-F, como nunca te lo han contado, que firman Felipe Hernández Cava, El Cubri, Bartolomé Seguí, Alfredo, Keko y Víctor Aparicio, es uno de los más interesantes que han aparecido en lo que va de año. Un excelente ensayo de Cava sobre el golpe militar con una concepción gráfica excelente que puede pasar desapercibido al ser publicado en el suplemento Magazine de El Mundo. Pero miradlo por otro lado: es un gran tebeo de 48 páginas por apenas un par de euros… :)

¿Vuelve el “Continuará”?

Lo dije y lo repito: una de las grandes posibilidades del cómic de distribución digital es la posible recuperación del modelo de “Continuará”. El modelo por entregas en quiosco, relegado por el avance del tomo y, posiblemente, una sociedad que ya no quiere esperar para consumir, parecía destinado a extinguirse. Pero en los sistemas digitales, mediante suscripción, puede resurgir de forma importante y definitiva, abriendo camino a un nuevo modelo de convivencia entre papel y medios digitales: suscripción anual por una cantidad pequeña (se dan ejemplos de 0,99$ semanales) y después recopilación en papel… Todo sea dicho, exactamente igual que en el modelo japonés: distribución semanal baratísima en publicaciones de usar y tirar y posterior recopilación de las series en tomos. Apple da el primer paso abriendo un sistema de suscripción para la Apple Store. Sumen ustedes la pléyade de tablets que se anuncian para este año y las diferentes tiendas (hasta Telefónica acaba de anunciar una).

Premiando…

Es normal y comprensible que el Salón del Cómic de Barcelona busque sinergias con el cine y los videojuegos. No es que me entusiasme, pero las razones son justificadas: por un lado, las evidentes necesidades económicas del evento, ya convertido en un verdadero monstruo difícilmente manejable con unos presupuestos que además sufren recortes continuos y una crisis galopante, donde tanto la industria del cine como, sobre todo, la muy saneada del videojuego, son gigantes que pueden atraer inversiones al Salón de forma importante, ya directa, ya indirectamente, a través de la indudable inyección de visitantes arrastrada por una y otra. Por otro lado, ese aumento de visitas atrae, indudablemente, a nuevos lectores, favoreciendo la tan cacareada sinergia entre las diferentes industrias. Reconozco, eso sí, que no es un situación que me agrade por dos razones: primero, porque creo que la clara asimetría entre la industria del cómic, la del cine o la del videojuego puede dar lugar a la creación de una situación de peligrosa dependencia, que en ese ecosistema particular de la ley de mercado salvaje que vivimos se traduce automáticamente en depredación. Segundo, porque el Salón del Cómic de Barcelona puede tender a reconvertirse en un Salón de la industria del entretenimiento lúdico. Es lícito, desde luego, pero se corre el peligro de entender que la historieta es sólo una parte más de la industria del entretenimiento. Admito y creo fundamental la necesaria y obligada existencia de esa parte industrial como garante de la subsistencia del medio (tanto en el cómic como en el cine o los videojuegos), pero creo que la identificación unívoca de la historieta como entretenimiento nos puede hacer dar pasos atrás en la consideración sociocultural del noveno arte. Reconozcamos que la historieta es una forma cultural que forma parte, también, de la industria del entretenimiento en su riqueza y amplitud, pero no restrinjamos su función y existencia únicamente al entretenimiento por mucho que económicamente pueda ser la parte más importante del medio.
Sin embargo, lo que me parece un error importante es la inclusión de una categoría dedicada a “la mejor película basada en un cómic” dentro del palmarés de premios del Salón de Barcelona de este año. A falta de una Academia o de una organización que represente de forma completa a la profesión, los premios del Salón se han convertido con toda razón en los premios más importantes de la historieta en España, en una voz de la profesión y de la industria de reconocimiento hacia los mejores tebeos publicados en nuestro país. Añadir una categoría a “la mejor película” es un guiño evidente a la industria del séptimo arte que puede tener ventajas económicas, pero que pervierte por completo el sentido de los premios al anteponer cuestiones pecuniarias a la de prestigio y reconocimiento del propio medio. Se podían haber articulado muchísimas formas de incluir galardones tanto para el cine como los videojuegos dentro del Salón (como hace por ejemplo el Festival de Angoulême) mediante mecenazgos de empresas, asociaciones o instituciones, que se entregaran como un acto más de los programados dentro del Salón, pero fuera de un palmarés que por razones obvias debería quedar restringido a la historieta. Sinceramente, no veo qué interés para el cómic español puede tener dar un premio a la mejor película a Kick-Ass o Iron Man, la verdad. Del listado colgado por Ficomic en su web de películas “votables” (que ya parte de sorprendentes ausencias como las de “The Losers”, “Astroboy” o “Tamara Drewe” y de inclusiones extrañas como las de “Gainsbourg” –el cómic es posterior-), las únicas que podrías tener algo de sentido serían la espléndida “María y yo” o “El caballero del antifaz”, en tanto se basan en cómics españoles (saco de la lista a “El Gran Vázquez”, en tanto creo que no es una adaptación de un cómic, por muy interesante y relacionada que esté).
Creo que, mucho más importante que esta categoría es la reformulación completa de estos premios: inclusión de categorías dedicadas al tebeo infantil y juvenil (una parte del tebeo realmente importante en su futuro, presente y pasado que precisa de obligado reconocimiento y que, separado del resto se potencia a la par que se reconoce su importancia sin caer en la identificación peyorativa), a la realidad de las nuevas posibilidades de internet con el reconocimiento al mejor web-cómic, a la presencia del cómic en prensa con el reconocimiento al mejor humorista gráfico en prensa, la eliminación de categorías obsoletas como “mejor dibujo” y “mejor guión” (no se puede diferenciar una cosa de otra en la historieta, es imposible diferenciar de la lectura de una historieta dónde empieza la labor del dibujante y termina la del guionista, lo siento, que se premie a la mejor o a las mejores obras del año) y la inclusión, sí, de categorías que reconozcan a la industria: mejor calidad de edición, mejor labor de recuperación de clásicos, etc.
Ficomic es, de facto, la representación de la profesión. Y sus premios tienen una importancia y prestigio que obligan a un exquisito cuidado que no permita que se perviertan, al contrario, debe lucharse por el aumento de su prestigio y respeto tanto dentro como fuera de la profesión. Y, si se quiere, que se entreguen durante el Salón galardones a la mejor película basada en un cómic, la mejor adaptación a videojuego de un cómic, la mejor serie de TV basada en cómic o incluso mejor adaptación novelada de un cómic (que las hay), pero no dentro de ese palmares propio que debe ser por y para la profesión.

Ínfimo Supreme

Que la etapa de Alan Moore y Rick Veitch en Supreme es recomendabilísima no hace falta ni decirlo. El de Northampton toma la creación de Rob Liefeld y lleva el “homenaje” a Superman hasta sus últimas consecuencias, retomando las reflexiones sobre el mito superheroico de Superman que ya iniciara en Miracleman para unirlas de forma indisoluble al entronque del género de superhéroes dentro de la cultura y mitología popular del siglo XX. El resultado es extraordinario, homenajeando y reivindicando esa deliciosa época que Otto Binder firmara como guionista de Superman como génesis de un icono pop, a la par que traslada esa concepción tan alegre y vitalista como infantil de los 50 a la locura hipervitaminada e hiperacelerada Image de los 90 con toques de reflexión y discurso post-Watchmen. Un tebeo extraordinario, sin duda. El problema es que la edición de Random House sigue canónicamente la espantosa edición en dos volúmenes de Checker Book de hace unos años, con un escaneo a pedales a bajísima resolución al que hay que añadir una importante reducción de tamaño. El que no se consuela es porque no quiere: con la reducción no se nota tanto el horror de calidad de edición original, pero lo máximo en que puedo pensar es que de “espantoso” pase a “espantosito”.
Ustedes mismos. Una verdadera lástima que esta obra no se edite con calidad, pero a este paso la maldición de la edición de Supreme en España comienza a ser eterna…

Hábitos

Ya se ha publicado el informe anual de Hábitos de lectura y compra de libros en España que realiza anualmente la Federación de Gremios de Editores. Resumiendo: el 13.7% de los españoles leen tebeos (un 24.4% en la franja de 14-24 años). Lo curioso es que en los porcentajes son siempre descendientes con la edad, ya sea en periódicos, libros o revistas, sin embargo, en la banda de edad de 35 a 44 años, los cómics repuntan espectacularmente, subiendo al 18.1%. ¿Están los españoles ya talluditos redescubriendo los tebeos? ¡Ojalá!

Una muerte en la familia

Nueva muerte en el universo Marvel. Parece que el paso por la funeraria deja réditos importantes y la lista comienza a ser importante, engrosada esta vez por uno de los cuatro fantásticos. Nada que objetar, la política de decesos de Joe Quesada ha sido coherente y repetitiva y, si me apuran, previsible: una muerte al año no hace daño y engrosa el bolsillo. Pero lo curioso es que la propia editorial Marvel/Disney ha filtrado el terrible y funesto secreto a la prensa antes de que salgan los tebeos, poniendo en guerra a millones de aficionados spoileados en su amor propio.
Sin embargo, tal actitud no deja de ser absoluta y totalmente coherente con los nuevos principios de la editorial, que básicamente se resumen en una sencilla frase: ¿quién necesita lectores?
La cuestión es obvia: en estos tiempos que corren, lo que importa única y exclusivamente es el comportamiento en bolsa de la empresa, las acciones y la cara de felicidad de los inversores. Que no compran tebeos, todo sea dicho. Lo de vender tebeos pues está bien, pero seamos claros: el negocio ya no está en los tebeos, está en el marketing, en los media. Y eso Quesada lo ha hecho maravillosamente bien: ha demostrado ser un experto manipulador de los medios, como me comentaba hace poco Rafa Marín, consiguiendo que la empresa aparezca en todos los periódicos del mundo, en todas las televisiones…y viendo cómo sus acciones suben. Que el tebeo sea un churro, que se muera y reviva a las tres semanas… que los aficionados de toda la vida se quejen, es lo de menos. Lo importante es salir por todas partes y que los inversores piensen que la empresa es la rehostia en piruleta. Y después, utilizar esos dineros en hacer películas que dan mucha pasta. ¿Los personajes?¿Los autores? Bueno, sí, son las piezas de marketing…
Y en el fondo, el verdadero argumento de la muerte de este fantástico es, como bien decía Rafa Marín, muy simple: Chris Evans no puede hacer dos personajes a la vez en el cine, quedaría feo (selecciona para leer, es un spoiler gordo. Bueno, ya no).
¡Cómo está el mundo, Facundo!
(por cierto, cambien lo anterior por DC y funciona igual…)

Repaso al 2010 (I): Lo mejor

¡Quién diría que estamos en lo más profundo de la madre de todas las crisis! O por lo menos, en lo que ha calidad de los tebeos publicados durante este año: si el 2009 sudé tinta (bueno, no, bytes si acaso) para hacer la selección anual, el pasado 2010 ha resultado casi peor. Eso sí,me resulta mucho más sencillo resumir este 2010 con una sola palabra: Mizuki. Sin duda alguna, lo mejor del año, todo un descubrimiento que promete muchas lecturas maravillosas. Un año suculento del que destaco 20 tebeos como ya es costumbre. Y, como ya es costumbre también, el aviso de rigor: ésta es una lista personal, simple expresión de mis gustos y criterio. Que si gusta bien y si no, pues que se olviden de ella, que seguro que hay por ahí gente con mucho mejor gusto y criterio que servidor (y ojo, que este año ha sido de muy pocas lecturas, así hay que cogerla con más pinzas que nunca).


1. Operación Muerte, de Shigeru Mizuki (Astiberri)
2. Cerebus: Alta Sociedad, de Dave Sim (Ponent Mon)
3. Asterios Polyp, de David Mazzucchelli (Sins Entido)
4. Notas al pie de Gaza, de Joe Sacco (Random House Mondadori)
5. Dios en persona, de Marc Antoine Mathieu (Sins Entido)
6. NonNonBa,de Shigeru Mizuki (Astiberri)
7. El destino del artista, de Eddie Campbell (Astiberri)
8. Wilson, de Daniel Clowes (Random House Mondadori
9. Rébétiko, de David Prudhomme (Sins Entido)
10. Los Muertos Vivientes, de Robert Kirkman y Charlie Adlard (Planeta DeAgotini)
11. Parecer es mentir, de Domenique Goblet (Norma)
12. Planetary, de Warren Ellis y John Cassaday (Norma)
13. Aula a la deriva, de Kazuo Umezz (Ponent Mon)
14. Duelo de caracoles, de Sonia Pulido y Pere Joan (Sins Entido)
15. El invierno del dibujante, de Paco Roca (Astiberri)
16. Lulú, mujer desnuda, de Etienne Davodeau (La Cúpula)
17. En mis ojos, de Bastien Vivés (Diábolo)
18. Los practicantes del espanto, de Pierre Lapolice (Andoliado)
19. Viaje, de Yuichi Yokoyama (Apa Apa Cómics)
20. Los viejos tiempos, de Sfar (Ponent Mon)

A primera vista, es evidente la espectacular reducción de obra de autores nacionales. El silencioso cierre de las colecciones de autores españoles de Planeta y la paralización de la producción propia en otras editoriales ha pinchado el sueño que se vivió el año pasado. Aún así, hay que destacar obras tan interesantes como Autobiografía no autorizada, de Nacho Casanova, Plaza Elíptica, de Santiago Valenzuela, Sarà Servito, de Laura y Felipe Hernández Cava, ¡Pintor!, de Esteban Hernández, Sexo, amor y pistachos, de Ramón Boldú, Medusas y ballenas, de Cristina Vela, Abulio, de Joan Cornellá, Barcelona Low Cost, de Aníbal Mendoza y Martín Tognola, ¿Quién ama las fresas?, de Clara Tanit-Arqué, La canción de los gusanos, de Ález Romero y López Rubiño o Tú me has matado, de David Sánchez.
Respecto al manga, además del ciclón Mizuki, del que hay que reseñar además la edición de Kitaro, hay que celebrar que autores como Hideshi Hino o Taniguchi hayan seguido con su presencia continua en las librerías. El primero con sus excelentes historias de terror y el segundo con dos pequeñas joyas como El gourmet solitario o Un zoo en invierno. Hay que añadir a la lista la sobria Pluto, de Naoki Urasawa.
Del resto de Europa, Bastien Vivés demuestra que se vale en el género igual de bien que en los temas intimistas con Por el imperio, junto a Morwan, mientras que Bourgeon vuelve a Los pasajeros del viento con algunas sombras y bastantes luces. Destacan también Ensalada de Niza, de Baudoin, ¡Puta Guerra!, de Tardi, Rosalie Blum, de Camille Jourdy, Derecho de Suelo, de Charles Masson y el delirio personal de Inside Moebius. Y suponiendo que la Gran Bretaña sea Europa, no está de más incluir ese experimento tan interesante como inclasificable que es Alice in Sunderland, de Bryan Talbot. Y por simple comodidad, dada la adopción sueca, incluiremos aquí al mozmbiqueño Rui Tenreiro y su sugerente La celebración.
Del tebeo estadounidense, Scalped, de Jason Aaron y R. M. Guera, confirma que existen esperanzas de encontrar obras de calidad en un mainstream que no llega a creerse los buenos resultados de experimentos como Strange Tales. A éstas obras hay que unir la habitual cosecha llegada del cómic independiente, con títulos como Alec, de Eddie Campbell, Templanza, de Cathy Malkasian, Los cuentos de Pete el leñador, de Lilli Carré o las Nuevas historias del viejo Palomar de Beto (a la espera de que se publiquen en España dos obras fundamentales que han aparecido en EEUU este año: las nuevas entregas de Locas de Jaime Hernández y ACME Novelty Library de Ware, magistrales).
A destacar también este año dos obras argentinas: La herencia del coronel, de Lucas Varela y Carlos Trillo y Carlos Gardel, con un Muñoz pletórico, incomensurable, ilustrando el guión de Sampayo.
Como ya viene siendo costumbre, las reediciones se alzan con un protagonismo que, me atrevería a decir, supera ampliamente al de las novedades en algunos momentos, casi convirtiéndose en política editorial preferente. Destaca especialmente la labor de Manuel Caldas, orfebre de la edición cuidada que nos ha regalado este año nada más y nada menos que con Los niños Kinder, de Lyonel Feininger y Dot & Dash, de Cliff Sterret. Un monumento le tendrían que poner a este hombre. Los clásicos americanos han tenido también presencia importante con Julieta Jones, el preciosista trabajo de Stan Drake y Elliot Caplin, y el volumen Strange Suspense, de Steve Ditko o no tan clásicos pero casi como Los nuevos mutantes de Claremont y Sienkiewickz o el Sandman de Neil Gaiman. Muy acertada también la recuperación de clásicos europeos como Gil Pupila, de Tilleux, Theodore Poussin, de Frank LeGall, RanXerox, de Liberatore y Tamburini, Los ojos del gato, de Moebius y Jodorowsky o Adéle Blanc-Sec, de Tardi, al igual que la de clásicos japoneses como Adolf, de Tezuka o la deliciosa y desternillante Dr. Slump de Toriyama. Y ojito al apartado español, que viene fino: Onírica de Beroy, Cutlas de Calpurnio, Raspa Kids de Álex Fito, Frank Cappa, de Manfred Sommer, Gustavo de Max, Fuga en la modelo de Gallardo y Mediavilla, Lo peor de Vázquez, de Manuel Vázquez o Los doce trabajos de Hércules, de Miguel Calatayud. Mención también al magistral Sargento Kirk de Oesterheld y Pratt y a ese atracón nostálgico que ha supuesto la recuperación de clásicos de la Fletway/IPC como Zarpa de Acero y Kelly Ojo Mágico.
El mundo fanzinero sigue activo y potente, dando agradables sorpresas como Colibrí o las publicaciones casi profesionales de Ultrarradio: Transdimensional Express y Mortland. Y aunque no sea fanzine, su espíritu está en cada una de las páginas del excelente Usted está aquí de Berrio y Ágreda.
Y para acabar, excelente año también para la teoría de la historieta: la consolidada enciclopedia de los cómics dirigida por Guiral ha llegado a su séptimo volumen mientras aparecen libros que serán referencia obligada en el futuro como Tragados por el abismo, de Pedro Porcel. Además, los importantes trabajos de Santiago García en La novela gráfica y de Vicent Sanchis en Franco contra Flash Gordon y Tebeos Mutilados. Sin olvidar las biografías de Vázquez firmada por Guiral y de Steranko por Ángel de la Calle. También buena noticia ha sido la aparición de la excelente y cuidada revista CHT, así como de la publicación digital Laraña. Mención de honor, por supuesto, a la labor de Tebeosfera, que este año ha publicado un número especial dedicado al género de terror que pasará a la historia.

¿Un formato no tan libre?

Volvemos con la novela gráfica. Comentábamos Paco Roca (peaso portada se marca para Laraña) y yo el otro día sobre el tema y salió en la conversación una curiosa paradoja: la novela gráfica ha liberado a los autores de las restricciones del formato, dando libertad absoluta, por fin, sobre continente y contenido de las historietas que realiza. Sin embargo, paradójicamente, de un tiempo a esta parte algunas editoriales europeas están apostando por un formato definido de novela gráfica (un formato libro de 17×24) en el que no sólo reeditan obras que originalmente se hicieron en tomo, sino que a los autores de nuevas obras ya les “recomiendan” pensar en ese formato para sus novelas gráficas…
¿El mercado cortará las alas de la novela gráfica?¿Los mismos perros con distintos collares?
Por lo menos parece que la longitud de la obra la sigue marcando el autor…

Ideas para regalar

A ver, una serie de ideas para regalar pasado mañana:
El señor cocodrilo está muerto de hambre, de Joan Sfar (Ponent Mon), el cuento más canónico con la tradición que se atreve, paradójicamente, a ser el más irreverente y políticamente incorrecto que servidor ha leído jamás. Una genialidad más de Sfar.
Los gatos son raros y más observaciones, de Jeffrey Brown (La Cúpula). Si el regalado tiene gato, no lo duden. Junto con la anterior entrega, un compendio de filosofía gatuna inestimable. O más bien, un manual para nuestros amados peludillos de cómo tratar a sus amos… :)
Los cuentos de Pete el Leñador, de Lilí Carré (Apa Apa Cómics). Conjugar las mitologías y folcklore americanos con una visión moderna es complejo, pero Lilí Carré consigue a través del juego de ironía y reflexión una obra atractiva y magnética, reocmendabilísima.
La cara más dulce de Robert Crumb (La Cúpula), o de cómo disfrutar durante horas de las ilustraciones de este genio de la historieta.
Carlos Gardel, de Carlos Sampayo y José Muñoz (Libros del Zorro Rojo). Hagiografía entregada del famoso cantante de tangos con un único propósito: que Muñoz realice su trabajo más brillante y preciosista. Una maravilla para disfrutar cada viñeta, paladearlas, saborearlas y repetir. Y con tangos de Gardel de fondo, por supuesto.

Aclarando

A raíz de la polémica que se ha montado sobre mis comentarios de la edición de El invierno del dibujante, aclaro cosas:
¿Es El invierno del dibujante un buen tebeo? No sólo lo es. Es una extraordinario tebeo, la mejor obra de Paco Roca y una obra necesaria para nuestro tebeo y su historia. Y uno de los mejores tebeos que se han publicado este año, sin duda.
¿Los problemas de edición que comento impiden la lectura del tebeo? Pues no, para nada. Se puede leer perfectamente, por supuesto. Pero creo que un tebeo tan extraordinario y un autor como Paco Roca se merecen una edición hecha con mucho más cuidado.
Y a partir de aquí, que cada cual decida.

Madurar

¿La causa del abandono del género de superhéroes es la maduración del lector o la desidia de las editoriales?¿Ambas quizás? La verdad es que es un tema recurrente pero pese a su cíclica repetición, genera apasionados debates entre los aficionados, como podemos ver en Un tebeo con otro nombre, aquí y aquí.
Personalmente, creo que ambas causas están ahí: el género superheroico ha tenido siempre un objetivo fundamentalmente adolescente, juvenil (incluso infantil), obvio y evidente en los años 40, 50 y parte de los 60, que comenzó a cambiar lentamente con la crisis de lectores de finales de los 60 y primeros 70 y que saltó al vacío con la llegada de la “Edad Oscura”, desmarcándose hacia un lector adulto. Una deriva que tiene su origen, a mi entender, en el concepto de continuidad que introduce Stan Lee: los tebeos de la DC jugaban al corto alcance, a la historia breve de marcada componente didáctica (el héroe como buen samaritano) dirigida a un lector infantil y juvenil que sólo podía ser captado a través de una imaginación desbocada (en algunos momentos se torna delirante), pero con una concepción de eterno giro, donde el personaje permanecía fuera de la rueda temporal y era el lector el que se renovaba. En ese panorama, el héroe es eternamente joven e inmutable, la historia se puede repetir hasta la extenuación sin que exista desgaste porque cada vez llegará a un lector nuevo. Pero con la continuidad de los personajes, con la relación de complicidad estrecha entre lector y héroe, que evolucionan conjuntamente, se establece un límite complejo: si el lector crece y el personaje con él… ¿cómo se buscan nuevos lectores? Se establece una contradicción flagrante entre lo puramente industrial y lo creativo: las historias se enriquecen con esa evolución de los personajes, se gana en profundidad, se abren nuevos caminos…pero son obligatoriamente opciones encadenadas a un único lector. Los nuevos lectores jóvenes se verán rechazados por un argumento que no está dirigido a ellos. Sólo quedan dos opciones: volver a empezar de nuevo para enganchar a una nueva generación de lectores, o seguir con todas sus consecuencias. En el primer caso, se pierde automáticamente todo el colectivo de fieles, decepcionados ante un productor infantil que rompe con la línea evolutiva marcada previamente que les había acompañado. En el segundo, la única opción posible es la muerte del personaje, la asunción de su mortalidad sin vuelta atrás, sin reencarnaciones ni resurrecciones, aunque, ¿por qué no?, con la posibilidad abierta de que haya un relevo generacional interno y externo. Ejemplos de ambas opciones tenemos: en Japón las series se estiran como chicles mientras tienen lectores, pero tras el éxito generacional, no hay problemas en enterrar al personaje para dar paso a otro. En los USA o en Europa con muchos los casos de series donde los personajes evolucionan (Gasoline Alley) o van cambiando desde el desarrollo personal (y temporal, como Dr. Who).
Pero siendo esta contradicción un conflicto a resolver, creo que el verdadero problema es que las editoriales de superhéroes han querido quedarse con todo el pastel, no dejar escapar a los aficionados más adultos y, a la vez, meter en redil a los más jóvenes. Y el resultado, obviamente, es un desastre. Los personajes se agotan en cada resurrección, gastando energías inútiles en historias mil veces contadas por absurdas imposiciones editoriales que piensan que la misma receta funcionará mil veces. Y, por otra parte, esa misma imposición industrial marcada por la explotación de las franquicias atenaza la necesaria libertad que los autores deben tener para que los personajes evolucionen ante un lector adulto.
No es un problema del género de superhéroes: hay ejemplos que demuestran que se pueden hacer grandes tebeos de superhéroes para el público adulto, no hace falta recurrir al Sr. Moore, ahí están obras tan brillantes como X-Statix de Milligan y Allred o el Challengers of Unknown de Chaykin (inexplicablemente inédito en castellano), por sólo citar dos de una larga lista (en la que hay que incluir obligatoriamente las versiones indies de Bizarro y Strange Tales). Igual que se pueden hacer grandísimos tebeos de superhéroes para lectores jóvenes sin recurrir a la franquicia (Pedro da un perfecto ejemplo, el Invencibleç de Kirkman). O incluso jugar a las dos cosas con talento, potenciando una visión nostálgica renovada como hace el GØdland de Joe Casey y Tom Scioli.
Pero claro, hace falta que la industria se dé cuenta de que sin el talento de los autores no hay nada. Ni jóvenes lectores ni lectores adultos. Y mucho menos tebeos buenos.

Oesterheld

Utilizar la manida expresión “el mejor de la historia” suele ser expresión de exageración y atrevimiento. Verdad es que, muchas veces, informal e inocente, pero muchas otras peligrosamente rayano con la ignorancia. Algunas veces asumida a modo de penitencia previa, otras, por desgracia muchas, peligrosamente desconocida o, peor, arrogada con orgullo. Me apunto a lo de la penitencia previa, reconociendo que, pese a todo, el juego es atractivo y tentador.
Digo todo esto porque, después de leer la reedición de Sargento Kirk, de Oesterheld y Pratt, cada vez me gusta más pensar que H.G. Oesterheld ha sido el mejor guionista de la historia.
A lo bruto, así, sin matices. Se aceptan alegremente lapidaciones.
Pero es que la lectura de Sargento Kirk me vuelve a dejar sorprendido. Por la profundidad del retrato psicológico de los personajes, por lo atrevido de un discurso de humanismo abiertamente progresista, por la siempre original perspectiva de sus historias… Haciendo un rápido ejercicio de contextualización, ese análisis tan obligado cuando hablamos de clásicos, sorprende todavía más lo radical y meridiano de su mensaje. Recordemos que estamos en 1953 y que el western, ese género que se desarrolla y consolida desde el cine americano alcanzará su culmen apenas tres años después con Centauros del Desierto. Una obra maestra que establece los cánones del género mientras en paralelo Oesterheld los dinamita desde Argentina, con unos argumentos y temáticas que no se verían expresadas de una forma tan manifiesta en el cine hasta más de una década después. Es cierto que la perspectiva del indio, la visión de la masacre está ya en la base de muchas de las películas de Ford o en la fundacional Flecha Rota (y, por qué no, en Tintín en América), pero desde una lectura más entre líneas, es verdad que seguramente escondida por la amenaza del macartismo, pero también por la posible lectura de una sociedad que no quería reconocer todavía esa historia. En cualquiera de los casos, la visión realista, comprometida y adulta que hace Oesterheld del western resulta ahora tan avanzada y precoz que no puede menos que sorprender. Y a poco que se estudie su obra, obliga a pensar en el argentino como uno de los puntos de referencia ineludible en el desarrollo de lo que hoy conocemos como cómic adulto: de El Eternauta a Mort Cinder pasando por Ernie Pike y, por supuesto Sargento Kirk (es difícil no pensar en las muchas, muchísimas conexiones entre Kirk y Corto Maltés, por ejemplo).
Lo que me lleva a afirmar que, por lo menos en mi atrevida (quizás ignorante) opinión, Oesterheld es el mejor guionista de la historia.
PD: Por cierto, alguien podría importar a España el libro Hector Germán Oesteheld: de El Eternauta a Montoneros, editado por Roberto Von Sprecher y Federico Reggiani y que tiene una pinta fantástica…

Novela gráfica, segundo intento

Federico Reggiani vuelve a reflexionar sobre el concepto de novela gráfica y mete el dedo en la llaga de los problemas asociados a su definición. Acierta, evidentemente, en negar el uso de “novela gráfica” como sinónimo de “historieta”, pese a que en el fondo de la cuestión, en el uso social del término, puede atisbarse que sí existe esa equiparación, aunque se aprovecha el término de forma eufemística: “no son tebeos“, pero porque son diferentes..¿o porque las novelas gráficas han saltado la valla de la segregación humillante de leer un tebeo? Es decir, como me sorprende que un adulto pueda leerlos sin avergonzarse, no pueden ser los mismos tebeos que leía de niño. Es la famosa frase que he oído hasta la saciedad: “yo no leo tebeos, yo leo novelas gráficas”, que en el fondo tan sólo está haciendo un uso diferenciador del término entre tebeo infantil y adulto. Como siempre, el tebeo sufre de un serio problema de esquizofrenia terminológica: historieta, tebeo, cómic, cómix, arte secuencial, novela gráfica, literatura dibujada…
Y acierta, también, en indicar los problemas que tiene cualquiera de sus aproximaciones: ya sea por la extensión (como bien indica, hay álbumes franceses de 64 páginas que “jibarizados” se han reconvertido en novelas gráficas) o por la unidad argumental (la novela por entregas ha existido desde siempre, no parece muy diferente recopilar una obra previamente serializada en comic-books, por ejemplo). Es posible que la novela gráfica no admita una definición unívoca por lo borroso de sus límites: los extremos son muy evidentes, todo el mundo tiene claro que, por ejemplo, Blankets es una novela gráfica y que un cómic-book de Batman de los años 50 no, pero… ¿es la reciente edición de ACME Novelty Libray una novela gráfica? Se afirma como tal, pero rompe todos los esquemas anteriores: no hay unidad argumental, la extensión no es excesiva, el formato no es el tradicional de libro… sin embargo para muchos lo es. Las posibilidades e interpretaciones de esa línea que une los extremos parecen, a día de hoy, infinitas.
Personalmente, lo tengo muy claro: en el fondo me da igual. La etiqueta, formato, corriente, género o movimiento de “novela gráfica” le ha hecho mucho bien al tebeo. Ha conseguido romper barreras que parecían insalvables y promete romper muchas más, aportando una nueva forma de acercarse a la historieta. Es verdad que, a mi entender -con todas las borrosidades que se le quieran añadir-, la novela gráfica no es más que un formato de tebeo, pero muy afortunado tanto en lo creativo como en lo comercial. En lo primero porque ha supuesto traer total libertad para el autor tanto en contenidos (que ya existía) como en continente (tradicionalmente ligados a una forma definida de comercialización), permitiendo que el concepto de “tebeo de autor” adquiera una extensión y literalidad casi real, muy superior a la que en su día tuvo la etiqueta nacida en el cine (aunque, también, ha abierto puertas de nuevas formas de imposición creativa a los autores, para qué negarlo). En lo segundo, porque es evidente que el formato ha roto toda la resistencia de las librerías generalistas, grandes superficies y medios, que lo han equiparado automáticamente al libro, aumentado su presencia, promoción y estima. Es decir, que se mire por dónde se mire, se defina cómo se defina, creo que los resultados no pueden ser más fructíferos.
Yo seguiré leyendo tebeos, que es lo que he leído siempre, lo que leo hoy y lo que leeré mañana. Pero si tengo que llamarlos novelas gráficas, libros dibujados o fabadas gráficas para que tengan este momento de ebullición creativa y comercial, sin problemas. :)

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Qué complejo es hablar de la descarga de archivos sin caer en el baldío terreno de la proclama, la propaganda inflamable o el maniqueísmo facilón. Difícil porque me cuesta creer en la criminalización por la que abogan las apocalípticas proclamas que nos llegan desde la industria contra una práctica que no es más que la actualización globalizada y tecnologizada del cambio de tebeos que hemos hecho toda la vida, pero también porque es evidente que en mercados pequeños como el nuestro es ingenuo pensar que su impacto no es menor y puede ser incluso mortal. Complejo porque también creo que mucho de lo que hay detrás de la persecución del intercambio son los zarpazos indiscriminados de una industria que se ciega e intenta sobrevivir manteniendo caiga quien caiga su lucrativo modelo actual de negocio, incapaz de ver más allá de su ombligo y no darse cuenta de que el mundo ha cambiado y que la cultura ha encontrado un nuevo canal de distribución tan masivo como incontenible. Pero, también, porque el aficionado está cayendo en el grave error de confundir la libertad de la cultura con la cultura de lo gratis: lo ideal, evidentemente, sería un libre y total acceso gratuito a la cultura, pero eso parece imposible en un mercado capitalista que se reitera y prevalece pese a las crisis. El autor, el elemento clave y necesario de la cultura, necesita vivir de su obra y un modelo capitalista obliga a cobrar por su trabajo. Defender un modelo de cultura que bebe de las fuentes de otro modelo económico, por mucho que nos guste a muchos, es ingenuo y chocará con la terrible realidad de que el autor dejará finalmente de crear. Es evidente que eso no implica mantener el actual modelo que sigue emperrado en el caduco concepto de pago por unidad, pero sí que deberán existir vías para que los autores puedan cobrar por sus obras. Ideas nuevas como las que plantea Amusedom, llevando la autoedición al escenario de las redes sociales para aprovechar todo su potencial de promoción y difusión viral, intentando que el autor cobre desde una perspectiva completamente distinta. O como las de Sandwave, una especie de mercado de futuros del tebeo donde los lectores se convierten en futuros accionistas de las ganancias de los autores invirtiendo por proyectos que consideren de calidad suficiente como para ser viables.
Me ha costado escribir el artículo que publica hoy EL PAÍS, intentando dar a conocer un mundo en el que los conceptos como cultura, piratería, libertad o mercado se mezclan con demasiada alegría. Tenía, eso sí, una idea clara: al final, sólo existe una salida, el difícil equilibrio entre la comodidad del lector, las ventajas de las nuevas tecnologías y el respeto a los derechos de autor. Aunque eso suponga cambiar por completo todo lo que conocemos hoy como industria del cómic.

Una semana digital

Llevo una semana probando la tienda de tebeos digitales francesa Izneo, comprando y alquilando tebeos, os cuento mis primeras impresiones:

– Sobre la calidad de los tebeos, el único problema es la reducción de tamaño. La calidad de color está a años-luz (nunca mejor dicho) de los escaneados que circulan por internet e incluso de las ediciones impresas, sobre todo en aquellos tebeos donde el coloreado ya es totalmente digital. En cuanto al tamaño, es más o menos el “estándar de jibarización” al que nos están acostumbrando las editoriales españolas. La ventaja evidente respecto a la edición impresa es que podemos ampliar la viñeta lo que queramos, compensando la reducción a costa de perder la visión global de la página. En particular, probé el último álbum de Pellejero y Lapiere (excelente, todo sea dicho) y la verdad es que se leía perfectamente, favorecido también por un menor número de viñetas por página.

– Sobre el precio de los tebeos, modelo de compra, etc… En un principio, compré varios álbumes a 4.99€, un precio a mi entender algo caro, pero muy lejos de los 15-20€ que puede costar la edición impresa. Sin embargo, al poco tiempo he pasado a la opción de alquiler, que resulta ser comodísima. Es cierto que el coleccionista debe dejar de lado su compulsiva tendencia al síndrome de Diógenes, pero una vez superado, sólo le veo ventajas a volver a la época del alquiler VHS. :) Me explico: el alquiler de un tebeo (formato álbum), sale por 1.99€; un precio muy alto, a mi entender (debería tender al entorno de 1€), pero que hace muy sencillo y tentador alquilar un tebeo. Este alquiler permite la lectura online del tebeo durante 10 días, más que de sobra para leerlo tranquilamente. Es verdad que, en la mente del coleccionista aparece enseguida el fantasma de “y si quiero volver a leerlo”, etc, etc, pero seamos un poco sensatos y hagamos cuentas: supongamos que un aficionado “hard” tiene un generoso presupuesto de 150€ al mes para tebeos, lo que al precio actual del kilo de viñetas, da para poco más menos entre 10 y 15 tomos/álbumes/novelas gráficas (dejo de lado el cómic-book, luego entraré en él). Con casi toda seguridad, no todos serán compras ideales y más de uno será un fiasco. Por mi experiencia, tan sólo un tercio de los tebeos que compro realmente son tebeos que me apetece conservar (y ojo, digo conservar, porque lo de releer es cada vez más difícil). Alquilados digitalmente, se hubiera gastado entre 20 y 30 euros lo que le deja entre 120 y 130€ de presupuesto para comprar aquellos que realmente le hubieran gustado o le apetezca tener en papel. Si de esos sólo se queda con 5 o 6, casi ha ahorrado un 50% de su presupuesto mensual…que puede reinvertirse en comprar más tebeos, obviamente. El modelo no puede ser más atractivo y, sobre todo, funcional: nos evita invertir grandes cantidades de dinero en tebeos que luego pueden ser una decepción. ¿Y si nos apetece pasado un tiempo releer un álbum alquilado?…pues se vuelve a alquilar. Alquilarlo dos o tres veces será siempre más barato que comprarlo.
En el caso de los cómic-books, no es difícil pensar que un modelo similar implicaría un coste muy bajo de alquiler (sobre 0.5-1€), lo que favorecería que el aficionado leyese una gran cantidad de series mensualmente y dedicase su presupuesto a comprar después aquellos recopilatorios en papel que más le hubiesen gustado, en un sistema similar al japonés: las series se editan en los phonebooks de papel barato y luego se recopilan en tomos.
Es volver al modelo que muchos de nosotros hemos conocido y que incluso hoy sobrevive: el alquiler de películas. Cuando comprar una película era absolutamente imposible, el sistema de alquiler era perfecto. Un precio muy bajo y se alquilaba durante unos días la película. Incluso durante un tiempo que estuvieron conviviendo, lo que uno se compraba era sólo lo que realmente le gustaba muchísimo.
El sistema es bueno, pero tiene que acompañarse con una condición inexcusable: un muy bajo precio de alquiler, que haga más sencillo alquilarlo que bajárselo de internet. Cualquier otro intento de poner precios absurdos será un fracaso y favorecerá la piratería. Lo que quiere el consumidor es comodidad.

– Problemas: Varios, el primero, que el dispositivo de lectura es extraordinariamente caro. Tener que pagar entre 500 y 800€ por tener un lector de tebeos (el caso de un iPad, es un despropósito que no está al alcance de todo el mundo. Afortunadamente, en breve se anuncia un aluvión de tablets de prestaciones similares o mejores. Posiblemente no sean tan “cool” como el aparatejo de la manzanita mordida, pero serán 100% funcionales para leer un tebeo y por precios que, en algunos casos pueden rondar los 100€, como algunos ya han probado.
Quedará el segundo problema: la forma de pago. Izneo te obliga a pasar por un sistema de pago que requiere tarjeta de crédito (incluyendo PayPal). No es un gran problema a primera vista, incluso es muy cómodo…si tienes tarjeta de crédito. Es cierto que no parece un gran impedimento, pero pensemos que un sistema de venta de tebeos debe pensar también en la posibilidad de que menores de edad (y no pienso en chavales de 10 años, sino en jóvenes de 15 o 16 años, que no tienen tarjeta de crédito) y, desde lugo, no parece muy razonable pensar en que un chaval esté pidiéndole la tarjeta a su padre cada vez que quiere comprar un tebeo. Se deben buscar sistemas de pago que sean sencillos para gente joven y que no necesiten una continua “tutela paternal”, como por ejemplo el pago a través de móvil, donde el padre sólo recarga el crédito de sus hijos y estos lo utilizan como les convenga. No parece nada extraño, de hecho, cada vez más parece que aquella fracasa “tarjeta monedero” que se puso de moda hace unos años será definitivamente sustituida por el móvil como plataforma perfecta de los llamados “micropagos” (sí, me temo que en el futuro las empresas de telecomunicaciones serán macroconglomerados de comunicaciones, financieros, culturales, lúdico, etc).
Y el tercer problema: Izneo es una plataforma de grandes editores. Ninguna de las pequeñas editoriales como L’Association, Cornelius, etc, está presente. Para muchos puede no ser importante, pero para los que gustamos de obras independientes, resulta un serio contratiempo. La comodidad de este tipo de plataformas es tener un único sistema desde el que acceder a todas las opciones. Un Amazon, entendámonos, aún a sabiendas que esta comodidad lleva obligatoriamente al monopolio.

La industria habla

José Luis Córdoba vuelve a hablar sobre la situación del mercado. En algunas cosas creo que su análisis es discutible (sobre todo en la interpretación que hace de los números del manga), pero su opinión sobre el cómic digital me parece que da completamente en el clavo, de forma muy certera. Destacaría además su definición de labor del editor:
¿Entonces ya no harán falta editores, cada autor cuelga su obra en internet y cobra por ello directamente? Supongo que Stephen King y algún que otro escritor actualmente podrían permitirse ese lujo, pero no la mayoría. Las editoriales seguirán haciendo su trabajo: guiar sobre el tipo de obra que quiere el mercado, adelantar parte de los costes, controlar que la calidad sea la adecuada, promocionar el producto para que llegue al mayor público posible, administrar la distribución del producto y garantizar el cobro. Evidentemente, si en la actualidad tenemos que los costes de producción son un 25% aproximadamente del PVP, con la digitalización se prevé que se puedan reducir a un 5% y con ello por una parte se pueden abaratar los precios finales, pero por otra cambiará también el reparto de los ingresos obtenidos por la venta, ya que la relación de costes habrá variado totalmente.
Una definición clarísima y que va directamente al grano: la labor del editor no es llevar el trabajo del autor a la imprenta. La labor del editor es, como bien dice Córdoba, ejercer de mediador proactivo entre el autor y el público: no sólo debe poner la obra en el mercado, debe conseguir que esa obra llegue al público. Y esa labor es independiente del formato de edición, ya sea papel, digital o tablas de madera.
Muy interesante.

Coleccionables

Me van a permitir ustedes que eche unas cuantas pestes de la actual política editorial de coleccionables. No es cuestión de que los coleccionables anunciados por Planeta o Panini sean de mala calidad, de hecho hay muchas cosas muy interesantes dentro de los títulos previstos que recomendaría sin ninguna duda. No, no tiene nada que ver con eso. Tiene que ver con uno de los males endémicos del tebeo español: su volatilidad. Algunos de los títulos que vemos en los listados de los coleccionables de Panini y Planeta son obras maestras de la historieta; otros muchos son grandes momentos del género superheroico. En todos los casos, obras que deberían estar permanentemente en catálogo de las editoriales y no al albur de un coleccionable que tiene una vida efímera.
Es triste, muy triste, comprobar cómo la tarea de leer las obras maestras de la historieta puede ser titánica cuando no imposible para el recién llegado al tebeo.
¿Se imaginan ustedes que El Quijote no estuviera en las librerías?¿Que no se pudiera leer las obras de García Márquez más que cuando saliesen en un coleccionable? Pues eso pasa en la historieta todos los días. Las librerías están plenas de novedades radiantes e interesantes, pero el 90% no dispone de las obras maestras de la historieta. Dependen de que una editorial haga una enésima reedición en un nuevo formato para que estén disponibles durante unas semanas en las estanterías de las librerías.
Y no debería ser así. Obras como -por poner ejemplos de los coleccionables- el Batman Año Uno de Miller y Mazzucchelli, El regreso del caballero oscuro de Miller o el Nick Fury de Steranko deberían estar en catálogo en todo momento, con reediciones regulares en cuanto se agotasen. Por no hablar de los clásicos de Bruguera que recientemente publicó RBA.
No, lo siento, los coleccionables están muy bien, son muy prácticos para que la gente compre tebeos a buen precio… pero las obras maestras del tebeo deberían estar en catálogo permanentemente. Las editoriales deberían tener colecciones específicas de obras que siempre se reeditan sin necesidad de buscar nuevos formatos eternamente o aprovechar una oferta de lanzamiento. No es cuestión de que las editoriales hagan de ONGs, sino simplemente de un cierto compromiso hacia los clásicos, manteniendo las obras vivas en catálogo con visión de futuro, más allá de la actual búsqueda de rentabilidad rápida a tres meses vista. Es algo que ya ocurre en el mundo del libro, donde ciertas ediciones de clásicos son rentables, pero en ciclos de vida mucho más largos (me comentaban hace poco que los libros clásicos de ciencia tienen ciclos de cinco años, por ejemplo).
Es la única forma de que la historia del tebeo permanezca y se pueda reivindicar con seriedad frente a otros medios.

Leyendo tebeos en el iPad

Por cuestiones profesionales tengo durante un tiempo un iPad, así que ya os podéis imaginar: diligentemente me he dedicado a las labores que han dado lugar a que el gadget de Apple llegue a mi poder, pero en el momento que he tenido un rato libre me he dedicado a probar las tan cacareadas supuestas bondades del aparatejo, instalando algunas de las aplicaciones más conocidas –a ser posible, gratuitas- para la lectura de tebeos que pueblan la App Store de Apple.
Y, pese a que tenía mis dudas, debo reconocer que después de dos días de uso del iPad, las conclusiones son positivas. Dejo de lado que, como aficionado al trapicheo informático, el dispositivo de Apple es un dolor de cabeza: no poder tener libertad para moverse por las “tripas” del sistema, no tener la facilidad de conectar a un disco duro externo… demasiados peros, lo reconozco. Pero me centraré exclusivamente en el apartado de lector de tebeos: a priori, los primeros miedos respondían al tamaño del aparato y a la calidad de reproducción de los tebeos. Lo primero, dependerá del tebeo de origen: para leer comic-books americanos, la reducción que supone el uso de la pantalla del iPad es mínima, apenas afecta a la lectura salvo en los casos de las páginas dobles, que se pueden leer también con relativa comodidad con el lector apaisado (gira automáticamente la pantalla). Si se leen archivos escaneados en formato cbr o cbz (mediante aplicaciones como la excelente ComicsZeal o las más modestas iComic o ComicBookLover), la verdad es que el resultado es más que notable. Buena legibilidad, reproducción de color buena (dependiendo del escaneado, por supuesto), que tienen como mayor pero que al aumentar el tamaño de una viñeta quedan pixelados). Sin embargo, si utilizamos las aplicaciones de Marvel, DC o Comixology, la reproducción es simplemente espléndida. Sin las limitaciones físicas que tiene el paso de una reproducción de color aditiva en pantalla a otra sustractiva en papel, el color digital de los comics books actuales luce como nunca. Además, al ser archivos a mayor resolución, se pueden ampliar las viñetas o zonas del tebeo con una calidad muy buena.
Para leer tebeos europeos, la cosa cambia bastante: la reducción de tamaño es excesiva y penaliza la lectura en exceso. A priori un punto estrictamente negativo, pero que se transforma en positivo con la actual tendencia reduccionista de las editoriales. El tamaño del iPad es prácticamente el mismo que el de las últimas ediciones “jibarizadas” de material europeo que están llegando a las librerías, pero la ventaja de poder ampliar una zona de la página permite, al menos, subsanar en parte este problema. Pienso en particular en la reciente edición integral de las espléndidas Las falanges del orden negro y Partida de Caza, de Bilal, dos tebeos extraordinarios, magistrales a mi entender, pero que sufren excesivamente la reducción de tamaño. La densidad de información en la viñeta, el dibujo detallista y abigarrado de Bilal se ve muy mermado por la reducción. En un dispositivo digital como el de Apple, por lo menos podríamos aumentar las viñetas para poder verlas y degustarlas en toda su extensión, incluso mayor que la de una reproducción en tamaño álbum. A cambio, se pierde la dinámica de lectura tradicional del tebeo, perdemos el ritmo marcado por la composición de página. Puede ser poco importante, por ejemplo, en muchos de los clásicos francobelgas, pero sería una penalización inaceptable para autores como Miller o Toppi, por ejemplo (por mucho que, desde el punto de vista de la percepción visual, en un proceso de atención la reducción que se produce del campo visual efectivo podría hacer pensar que durante la lectura sólo “vemos” un estrecho entorno del punto de atención, la viñeta individual en este caso).
La lectura de manga, por su parte, casi mejor que en papel: la facilidad de uso del sistema, incluso un ligero aumento de tamaño, hace la experiencia lectora del manga en un dispositivo digital de estas características casi perfecta.
¿Cansa la lectura en el iPad? No, para nada. Es ya una constante ver que se pone pegas al uso de pantallas para la lectura, pero lo cierto es que los actuales dispositivos han superado todos los peros que tenían los antiguos. Regulando correctamente la intensidad luminosa de la pantalla y el contraste, la lectura en el iPad no cansa más allá de lo que pueda cansar la lectura normal (aquí puedo hablar con cierta propiedad: hace años publicamos un estudio sobre uso de pantallas de visualización de datos y los resultados dejaban claro que los problemas venían de las pantallas de baja frecuencia de refresco y, fundamentalmente, de cuestiones ergonómicas debido al uso excesivo de la acomodación). Lo que cansa, y eso sí que es un problema, es el peso del aparato, excesivo para un tebeo normal y corriente. El más de medio kilo del iPad termina siendo un poco cargante. A cambio, hay que reconocer que la facilidad de manejo le hace ganar muchos enteros: poder disponer de muchos tebeos en el mismo espacio, el interfaz de uso elegante y cómodo (sobre todo en ComicsZeal)… La verdad es que se hace muy fácil leer tebeos en el iPad, por mucho que las grandes editoriales como Marvel o DC se emperran en introducir absurdas animaciones, efectos o transiciones, que llegarían a ser insoportables si no se pudieran anular.
Eso sí, todo lo dicho anteriormente es para interiores: en exteriores la lectura es un sufrimiento continuo inaguantable, apenas se puede leer y la pérdida de contraste es inaceptable.
Vosotros juzgáis.

Formatos

Leyendo la soberbia edición de Bringing Up Father, de George McManus no podía para de pensar en las muchas injusticias que cometemos sin darnos cuenta al valorar los tebeos que tenemos hoy. Primero, por los muchos olvidos que cometemos a la hora de hablar de “referentes de la historieta”. Se nos llena la boca de McCays, Herrimans y Fosters y nunca recordamos la influencia fundamental y decisiva de autores como McManus, Rudolph Dirks o Frank King. Es imposible no ver en las páginas de Bringing Up Father (y en las de Harold Gray, por supuesto), el germen de la línea clara que arrasaría en Europa. ¡Y qué decir de Dirks! Sus planchas dominicales de 1901 utilizan el lenguaje de la historieta con unos planteamientos plenamente modernos (no son pocos los que reivindican para Dirks la responsabilidad de lo que hoy entendemos por historieta).

Pero, sobre todo, cometemos una terrible injusticia con los formatos. Mientras pasaba las páginas de esta edición, maravillado por la calidad de publicación, no he podido evitar pensar en las palabras de Pascal Lefevre cuando indicaba hasta qué punto el formato de publicación influye decisivamente no sólo en la experiencia lectora, sino incluso en los propios contenidos. Ahora que el formato libro se ha instaurado, parece como si cualquier otro formato sólo admitiese reconocimiento y homenaje cuando termina traspasado al lomo y cartoné. No seré yo el que abjure del tomo, al contrario: es el formato que ha permitido que el concepto de cómic de autor logre su sentido pleno en eso que hoy llamamos novela gráfica, consiguiendo que el autor sea responsable pleno de contenido y continente (con matices, por supuesto, que también el tomo puede ser una tiranía). Sin embargo, cuando se leen las tiras, es evidente hasta qué punto el lujo y calidad de las reproducciones no puede en ninguna forma repetir la experiencia lectora de este formato tan especial que es la tira diaria. Por sus características, la tira es el único formato de la historieta que permite una plena integración en la inmediatez su tiempo, logrando una comunicación con el lector imposible en otros formatos. Por un lado, la inclusión de elementos de actualidad, como por ejemplo las noticias de la guerra chino-japonesa que se publicaban en Terry y los piratas y que convirtieron a la tira de Caniff en el mejor y más exacto medio de información sobre el tema. Por otro, y casi más importante, el hecho de que las tiras reproducen en muchos casos (la mayoría) el calendario de celebraciones y eventos populares. Generalmente, el mismo día que los americanos celebraban Acción de Gracias o Navidad, podían leer en los periódicos a sus personajes preferidos celebrando los mismos acontecimientos. Una relación de identificación que es imposible en cualquier otro formato y que consigue que la tira logue una proximidad increíble con el lector, hasta el punto que se dieron trasvases en sentido contrario, como el día de Sawdie Hawkins. El formato, en ese sentido, condicionaba los contenidos y resulta inseparable de ellos. Por mucho que lo intentemos, por mucho que contextualicemos la lectura, es imposible reproducir la increíble experiencia lectora que podía ser para el americano de las primeras décadas del siglo XX seguir día a día las hazañas de sus personajes preferidos. El contexto, la identificación temporal, sí, pero también la espera y el ritmo que marcaban aquellos autores.

Me pasa algo parecido con Watchmen, por ejemplo. He perdido la cuenta de las veces que he leído esta obra, pero por desgracia nunca volveré a obtener el placer de la lectura de la primera vez. Hay muchas obras cuya relectura ha sido tan fructífera o más que la primera, pero en tebeos como Watchmen es imposible reproducir el efecto de ese ritmo mensual que Moore y Gibbons dosificaron tan magistralmente. Es evidente que el británico era consciente de que estaba trabajando en comic-books de aparición mensual y jugó claramente con cada entrega, con las cadencias y métricas necesarias para orquestar ese lento crescendo. Hoy no renuncio por nada del mundo a mi edición en tomo y hace años que me deshice de la primera versión llena de mis odiadas grapas, pero reconozco que jamás será lo mismo (aunque lo volviese a leer en comic-book).
Cosas de los formatos.

Los números del 2009

Existían ciertas dudas sobre el posible impacto de la crisis económica mundial en el mercado del tebeo español. Dudas que incluso recelaban de su importancia, alegando que el libro en general era un coto aislado de los vaivenes económicos que resistía con relativa seguridad las dificultades, convirtiéndose incluso en un refugio de entretenimiento barato. Una ilusión a la que se añadía la indudable bonanza de los últimos años para las ventas y producción de tebeos. Sin embargo, la realidad ha demostrado que ninguna de las teorías era acertada y que la única realidad era que la crisis ha atacado con fuerza la producción de tebeos: tras varios años con subidas continuadas en el número de títulos editados, el 2009 ha vivido una espectacular contracción de los tebeos presentes en las estanterías de las librerías especializadas, cercano al 25% respecto al año anterior. Una cifra preocupante que se torna en escalofriante si pensamos que, como siempre, el oscurantismo en la información sobre ventas de las editoriales españolas puede traducir esa bajada en una reducción de niveles de facturación que puede poner en peligro la existencia de muchas editoriales. Aunque en general hay muchas diferencias entre editoriales, las grandes acumulan en su mayoría la parte más importante de esa reducción, mientras que las pequeñas han mantenido su actividad editorial con variaciones inapreciables. Las grandes han tenido que asumir reducciones importantes en las novedades (que se están acrecentado durante 2010) para cuadrar sus libros de cuentas, pero es obvio que estas grandes corporaciones pueden capear con relativa facilidad años menos boyantes. Queda la pregunta de cómo puede afectar la crisis a editoriales de tamaño mediano que pueden tener mucha más dificultad para promediar un año de pérdidas con los siguientes.
Como siempre, hay que establecer que este análisis es sólo sobre el número de títulos publicados y no se puede, ni debe, derivar de él conclusiones sobre ventas. Aunque la especulación puede parecer fundada (reducciones de títulos motivadas por reducciones de ventas, por ejemplo), no deja de ser un ejercicio de imaginación sin más base real que la intuición. De hecho, con casi toda seguridad los datos realizados sobre facturación serían profundamente diferentes: pese a que la producción española es la más pequeña, es probable que gracias a superventas como Ibáñez o Purita Campos sea el segmento de mayor rentabilidad económica. Un aparente contrasentido que, de nuevo, pide a gritos que el sector sea más transparente.

Número de títulos publicados
La burbuja ha estallado con fuerza: tras años de aumentos continuados de más del 20% en el número de novedades anuales, llegando casi a las 3.000 durante 2008, el pasado año apenas ha superado las 2.000. Una disminución a la que se añade la pérdida de muchas pequeñas editoriales que aparecieron en el 2007 y 2008 y que durante el 2009 han parado su actividad, ya sea como precaución o porque, por desgracia, han echado el cierre definitivamente. La oferta brutal de títulos que se estaba padeciendo ha sufrido con la crisis un espectacular ajuste que parece se profundizará durante el presente año.

La reducción de títulos ha tenido una importante traslación respecto a las producciones relativas de las editoriales, homogeneizándolas. Tras un año donde la editorial Planeta DeAgostini protagonizó casi la mitad de las novedades editoriales, el 2009 ha vivido un reparto más equitativo de títulos publicados entre las cuatro grandes editoriales del país.

Hay que remarcar, como siempre, que esta ordenación es simplemente en función del número de títulos que se publican, sin ningún tipo de posible traducción en cifras de ventas. Se podría dar perfectamente el caso de que editoriales a mucha distancia de las primeras en títulos publicados ocupasen los primeros puestos de facturación con holgada ventaja sobre aquéllas.

Distribución por origen de los tebeos
No hay sorpresas. El tebeo americano sigue siendo el de mayo presencia en nuestro país, pero hay que constatar un hecho sorprendente: por primera vez en los últimos 7 años, el tebeo español muestra una importante subida en la cuota de títulos editados. Hay que matizar, evidentemente, ya que las reediciones han tenido un protagonismo especial durante 2009 (con la colección de clásicos de Bruguera de RBA o la política de recuperación de clásicos de la editorial Glénat), pero no menos cierto es que se ha vivido una coincidencia en el interés de las editoriales españolas por los autores patrios. Editoriales como Planeta DeAgostin, Glénat o Norma han potenciado sus líneas de autores españoles, a lo que hay que añadir un mayor dinamismo en las pequeñas editoriales en este sector.

Y, por primera vez en mucho tiempo, el manga y el tebeo oriental bajan su contribución al total de títulos publicados, reduciendo hasta un 25% su cuota tras casi un lustro alrededor del 30%. Hay que hacer, de nuevo, las consideraciones habituales sobre estas cifras, que podrían ser muy diferentes si se hubieran hecho sobre facturación. de nuevo, la advertencia: es más que probable que las cifras reales de ventas tengan poco o nada que ver con su distribución respecto a títulos. Recordemos, como siempre, la importancia de la obra de Ibáñez como motor de la industria del tebeo o del manga con superventas como Naruto, a lo que hay que añadir el éxito de la colección en quioscos de tebeos clásicos de Bruguera de RBA.

Distribución de formatos
No hay sorpresas tampoco en este apartado: el formato libro se ha consolidado de forma aplastante en las novedades publicadas en España. Casi el 70% de los títulos publicados (incluyendo el formato libro y el manga en tomo) se han publicado en este formato, demostrando su absoluta predominancia en el mercado español. Una posición preferente que se fundamenta tanto en el éxito del formato novela gráfica como en la facilidad con la que este formato se ha introducido en las grandes superficies y librerías generalistas, ampliando los puntos de distribución de forma importante.

Para este estudio se ha hecho uso del listado proporcionado por FICOMIC, que presenta carencias en algunos campos y editoriales y que han sido completados mediante los listados de webs informativas como Comix V2.0, Entrecómics y La Cárcel de Papel.

Más sobre el cómic digital

El debate se ha encendido apenas unas horas antes de comenzar el salón de Barcelona. El anuncio de la Koomic, la tienda digital lanzada por la distribuidora SD y Estudio Fénix ha despertado polémicas de todo tipo y es de suponer que será uno de los temas estrellas de los corrillos, prolongando los debates que se dan ya en internet y que, creo, están sesgados por una perspectiva errónea desde el propio concepto de venta digital.
Vaya por delante que soy un convencido de que el futuro será digital. El papel no desaparecerá, como bien se ha dicho por ahí, los inventos sencillos que funcionan no desaparecen por mucho que las cosas cambien (que se lo digan a la rueda), pero es cierto que lo digital será el valor predominante. Sólo hay que ver lo que está pasando con la música, el cine o la prensa para darse cuenta de que el paso a los formatos electrónicos es imparable. Una evolución que será más acusada a poco que las próximas generaciones, acostumbradas desde pequeños al uso de dispositivos de lectura como libros de texto (ya hay iniciativas al respecto), comiencen a consumir y nos vean a sus mayores como antiguos dinosaurios ahogados bajo sus montones de papel impreso. Pero estos cambios implicarán necesariamente un cambio más radical en la concepción de cómo consumimos y qué compramos. Seamos claros: no tiene sentido “comprar” un libro digital. La venta por unidades que sigue el modelo tradicional de venta de objetos físicos no tiene lógica en el mundo digital. Lo que se vende es el acceso a la información y, como tal, el negocio no estará en la venta de “libros digitales”, sino en el acceso a grandes bibliotecas digitales. Es absolutamente absurdo que almacenemos teras y teras de archivos que en apenas unos años serán inaccesibles u obsoletos por los avances de la tecnología. La lógica dicta más que se tenderá a sistemas centralizados que almacenen la información y que cobren por acceder a ella de forma libre. Es decir: una inmensa biblioteca donde uno pague una cuota por poder leer cualquiera de los libros allí almacenados. Un sistema que permita hacer compatibles diferentes modalidades de negocio, desde la gratuidad con publicidad hasta accesos limitados por tiempo, por cantidad de información o lo que se tercie. Sólo este tipo de modelos harán inútil el actual sistema de intercambio de archivos, aunque dudo que sea posible erradicarlo alguna vez. Ya se está viendo en iniciativas como Spotifty, Hulu u otras.
Ahora bien, esta revolución implicará, obligatoriamente, un modificación profunda en la concepción de la cadena de producción editorial. Primero, desde los autores, que deberán cambiar el actual cobro de derechos ligado a las unidades vendidas a otros modelos basados en todos los posibles accesos a la información y los rendimientos que genera. Segundo, las librerías, que serán las grandes perjudicadas en este cambio y pueden seguir el camino de extinción de tiendas de discos, tiendas de fotografía o los diferentes negocios que han sido afectados por los avances tecnológicos. Tercero, por supuesto, las editoriales, que tendrán que replantear por completo su función en una industria donde el autor puede contactar directamente con el lector o con las plataformas digitales para distribuir sus obras. Cuarto, las distribuidoras, que deberán competir con las grandes beneficiadas de estos cambios: las empresas de telefonía y acceso a internet. Y quinto, todos aquellos que de una manera u otra viven de la edición física de un tebeo, que puede verse reducido a ediciones de coleccionistas para nostálgicos del papel (hasta, como bien se ha indicado, las imprentas, aunque todo sea dicho, ya están muy tocadas: los grandes negocios basados en imagen corporativa -facturas, papel con membrete, etc- pasaron a la historia con las impresoras láser).
¿Será malo?
No creo que los cambios sean malos. Es evidente que algunos seguiremos aferrados al papel porque es lo que hemos mamado desde que nacimos. Pero es inútil resistirse y pensar que todo lo nuevo es malo. Es, simplemente, diferente. Igual que nuestros padres alucinaron cuando tocábamos un Spectrum, nos toca ahora quedarnos obsoletos ante nuestros hijos leyendo tebeos en sus iCacharros.
Pero el tebeo no desaparecerá. Ténganlo ustedes y ustedas claro.
(Eso sí, para que yo llame historieta a una animación en 3D… ni jarto güiski, oigan)

Solo puede quedar una

Llega el salón y la pregunta ya es tradición:

Si sólo pudieras comprar una de las novedades del salón de Barcelona…¿cuál comprarías?

Servidor tiene el corasón partío, lo reconozco. Por importancia, por calidad, tengo claro que la novedad del Salón, la que recomendaría sin dudarlo es:

Por cariño al personaje, admito mi devoción por esta otra:

Pero por ganas de leer, de esas que me como las uñas:

¿Y vosotros?

Frankenstein metalingüístico

¡Qué bonito detalle metalingüístico en la portada del Frankenstein ilustrado por Bernie Wrightson! Un portada pixelada a baja resolución para una ilustración de extremo detalle y en una lujosa y cuidada encuadernación de tela con letras plateadas, ¡todo un símbolo autoreferencial del monstruo creado por el hombre!
O eso, o que el absurdo ya llega a límites imposibles: un libro donde lo que destaca es el fino trabajo de dibujo de línea de Wrightson, maravilloso, detallista, donde las ilustraciones tienen una definición pésima, con la línea rateada…
Snif.
Monstruoso.
El de Frankenstein…. y los demás.

Sobre el dibujo, otra vez

Resulta sorprendente, fundamentalmente por lo recidivo y anacrónico, hasta qué punto reaparece periódicamente la discusión sobre “la calidad” del dibujo en la historieta. Una discusión que suele tomarse con exagerada pasión y que, con demasiada facilidad, salta del entorno puramente teórico de la obra a la consideración personal de autores o colectivos. En el fondo, el debate tiene una lectura deprimente, porque traslada a la historieta argumentaciones y controversias que el mundo del arte ya superó hace años. Si bien es cierto que la consideración del arte contemporáneo puede seguir abierta, la realidad es que la discusión que se realiza en historieta es más próxima a las que se daban en el siglo XIX que a las derivadas de una análisis de nuevas experimentaciones de vocación radical y rupturista. Y resulta tanto más sorprendente cuando ese debate muchas veces se encuentra falseado por presunciones erróneas: sirva como ejemplo el adjetivar a autores como Blain o Ware, por poner dos ejemplos bien diferentes, de “vanguardistas” o “rompedores”. En el caso del francés se puede decir que experimenta, cierto, pero no desde el estilo, sino más sutilmente, llevando al género del oeste una interpretación de clasicismo casi académico, con influencias estilísticas evidentísimas y nada novedosas, de la ilustración e historieta del XIX y principios del XX: Gus Bofa, A.B. Frost o R. Töpffer. Autores que en su día si fueron rompedores y vanguardistas, demostrando abrir caminos que un siglo después siguen vírgenes para que otros autores los recorran. El caso de Ware es más evidente: sus diferentes estilos gráficos beben directamente de los autores de prensa de principios del siglo XX (Winsor McCay, George Herriman, Charles Forbell, Frank King…) y del diseño de la misma época. Su experimentación en historieta no viene del estilo gráfico, sino de la composición rupturista, la conjugación de recursos narrativos contrapuestos… No digamos nada de autores que juegan a estilos conscientemente infantilizados, siguiendo como bien establecía Erwin Dejasse las máximas de Jean Dubuffet para el “Arte Brut” hace ya seis décadas (y aceptadas plenamente dentro del mundo del arte como movimiento), u otros que practican una estilización en apariencia más radical, pero que en el fondo no se alejan de las premisas implantadas por los autores de la figuración narrativa en los años 60 (y que, en su mayoría, vieron en la historieta un medio de expansión y búsqueda de nuevos recursos pictóricos).
Es posible que la extraña esquizofrenia que ha presidido el noveno arte tenga mucho que ver: recluido como medio hermético – casi sometido a ciertos ritos iniciáticos para un grupo cerrado de aficionados-, mientras que reivindica un papel de cultura popular de consumo masivo, el tebeo no ha sabido transmitir la necesaria y obligatoria necesidad de permeabilización hacia otras disciplinas artísticas para su evolución. No tanto en su práctica, que es evidente se ha producido por parte de los autores, sino desde una perspectiva didáctica al lector. Por no hablar de esa dualidad industria/arte que se materializa de forma casi violenta y disyuntiva, sin opción a la cohabitación pacífica.
Hay que añadir, además, una endogamia del medio que ha llegado a tal punto que cualquier obra sólo se analiza desde las influencias que el propio medio ha generado, negando la posibilidad de los préstamos de otros medios afines. Se permite, como mucho, la referencia continua –y reduccionista- al modelo cinematográfico, pero parece que ni literatura, ni poesía, ni pintura, ni dibujo, ni otras artes pudieran establecer puentes relacionales con la historieta si no existe de por medio un autor que los importe y que automáticamente se catalogará casi de “inventor”. Es verdad que esta endogamia autofagocitante no es exclusiva de los aficionados: es costumbre fundada que los autores de historieta se nutren básicamente de la influencia de otros autores de historieta. Una tradición cuya ruptura automáticamente se traduce en la adjetivización de vanguardista o experimental: Foster, Raymond, Steranko, Sinkiewickz – por poner ejemplos dispares- y tantos otros autores sorprendieron a los lectores de la época importando estilos que se practicaban ya en pintura o ilustración desde mucho antes.
Es cierto, por otra parte, que existe lógica para todos estos debates: la ausencia de un cuerpo teórico sólido y establecido abre las puertas a cualquier discusión. Incluso la valida, si se quiere, en tanto que como inexistente es necesaria, pero adecuándola al medio: volviendo al artículo de Dejasse para Neuvieme Art, resulta modélico como plantea la discusión no desde la validez del Art Brut, superada ya por consenso, sino de su aplicación a la historieta desde diferentes perspectivas.
Pero hay que llevarla a la historieta: quedarnos en una discusión sobre si un estilo de dibujo es válido o no es tan rancio como estéril. Es lógico y pertinente aceptar que el criterio personal construye sus propias normas y que no tenemos que aceptar cualquier estilo gráfico por el simple hecho de que esté asumido académicamente, pero entramos entonces en una esfera de consideración personal que es tan respetable como intransferible a una generalización. Pero, desde ese respeto, no está de más reclamar también que ese mismo criterio debe tener cierta apertura para ir más allá de lo gráfico para expandir en todo su potencial lo que realmente es la historieta, un Arte con mayúsculas que no nace de extrañas hibridaciones entre otros , sino de una forma primigenia de comunicación: la narración visual. No hay nada peyorativo en evolucionar desde la fusión de artes, pero la historieta es mucho más que la suma de dibujo y texto, es una narración visual, que tiene sus códigos propios pero que usa recursos que vienen de otras artes y medios de expresión. El texto no es más que un recurso más, el estilo de dibujo no es más que un vehículo para ese arte invisible que es la Historieta.