Mis tebeos favoritos (XXV): Born Again
Con apenas unos meses de diferencia, Frank Miller produjo tres obras que estaban destinadas a cambiar completamente el género de superhéroes. Tres obras que definían un punto de inflexión decidido en su carrera y que suponían la culminación lógica de todo su trabajo anterior. Tras llegar a una serie casi olvidada como Daredevil, la utilizó como banco de pruebas, transformando un personaje secundario en todo un ejercicio de autor donde el dibujante aprendía a la vez que experimentaba, en una evolución ascendente meteórica que tendría un remate espléndido en Ruleta, una historieta donde Daredevil visitaba a un malherido Bullseye en el hospital. Gráfica y narrativamente grandiosa, pero todavía más interesante desde un argumento que trataba la figura del superhéroe con una madurez como pocas veces se había visto en la historieta, definiendo ya el particular interés del autor sobre el concepto de héroe y sus consecuencias. Una idea que se transformaría en obsesión y que fructificaría con lo que se podría denominar una “trilogía del héroe”, donde exploraría tres posibles caminos de análisis. En Born Again, tomaba a su personaje fetiche hasta el momento, Daredevil, para hacerle recorrer ese final del camino heroico de Joseph Campbell desde una perspectiva entroncada en el género negro. Chandler como mentor de una resurrección heroica que, además, busca orígenes y paralelismos en la mitología judeocristiana. En The Dark Knight Returns se lanza a la hipérbole total, a una definición hipertrofiada que exagera hasta el límite la figura del superhéroe para deformarla y reescribirla desde una perspectiva moderna y adulta, que es capaz de aglutinar referencias que van desde el objetivismo a la mitología heroica para lanzar al superhéroe a una nueva evolución, a trascender su propia mística pagana para humanizarlo y, paradójicamente, convertirlo en una entidad subjetiva, en una fuerza moral. Y, por último, en Batman: Año Uno, Miller da una visión canónica del mito de Batman tras matar al héroe para celebrar su resurrección. Lo humaniza y lo hace realista gracias a la labor gráfica de una Mazzucchelli espléndido, impregnado del estilo naturalista de Toth para hacer que ese mensaje de cotidianidad empape al lector, pero con la síntesis gráfica necesaria para que sea reconocible todavía como un héroe que nace del canon de Batman. Resulta paradójico, pero Miller y Mazzucchelli consiguieron la cuadratura del círculo: la renovación completa desde el respeto reverencial al canon labrado durante décadas. En el Batman de Año Uno se encuentran sintetizado tanto las versiones de Bill Finger y Dick Sprang como la de Sheldon Moldoff o la de Neal Adams y Denny O’Neil, dejando la puerta abierta para ese futuro oscuro ultraviolento que le espera en Dark Knight.

Tres obras maestras del noveno arte que, obligatoriamente, deberían estar en cualquier listado que se precie sobre la historieta. Aunque posiblemente las tres adquieren su sentido de forma global y conjunta, comienzo el periplo por Born Again, sin más ánimo categorizador que el temporal. Tras años de conocer el personaje, de narrar todas las historias posibles, Miller abordó con la ayuda de David Mazzucchelli la historia que marcaba el final y principio del personaje, una deconstrucción en sentido estricto que parte, como ya se ha comentado, del camino del héroe de Campbell para extraer todas las componentes del mito superheroico, todas las características que lo definen más allá del individuo, como una fuerza moral de la sociedad. Se apoya en dos grandes estructuras: por un lado, la del género negro, que le sirve como elemento de creación de una atmósfera, los bajos fondos, las estrategias mafiosas para la destrucción del personaje. Por otro, la religiosa, identificando la tradición judeocristiana con ese camino de resurrección que traza el héroe, desde la traición por unas monedas a la resurrección en sentido estricto, insertado en un continuo de imaginería simbólica (magistral la transición de las primeras páginas de cada cómic book, desde la posición fetal pre-nacimiento hasta la mistificación del crucificado). Sobre ellas, Miller desarrollará un potente discurso sobre el sentido del héroe que Mazzuchelli bordará con una interpretación realista y contundente, que le proporciona a Miller la libertad para analizar hasta el más mínimo recoveco del concepto, desde el fascismo inherente (enfrentándolo con inteligencia contra el símbolo patriótico por antonomasia, en una brutal crítica de la política de Reagan que comparte con Dark Knight) hasta la propia concepción industrial, proyectándolo en un discurso adulto que se aleja mucho de la tradicional consideración del género como infantil o juvenil. Es verdad que, en cierta medida, se podría achacar al Born Again de Miller y Mazzucchelli cierta irregularidad producto de un exceso de ambición a la hora de tratar tantos temas, pero no es necesaria una solidez de conjunto: cada uno de los temas es tratado con tanta genialidad que poco importa que se “haya roto el saco”, el lector se encuentra tan apabullado con el discurso de Miller que lo demás se torna secundario.
Una trinidad de obras que, siempre con la compañía de Watchmen, redefinieron por completo el género y, en extensión, la historieta del siglo XX.
Ediciones en España
En su día, Born Again se publicó de forma ignominiosa como complemento dentro de la colección de Spider-Man, teniendo que esperar a su posterior recopilación en formato libro en la colección Obras Maestras de Forum para poder disfrutar de esta obra en todo su esplendor. Por desgracia y pese a su importancia, ha sido una obra bastante olvidada por los editores: durante casi 20 años, ésta fue su única edición digna y sólo se ha podido volver a ver en un coleccionable de kiosco de Daredevil. Aunque parece que, por fin, Panini la publicará de nuevo en formato libro en verano de 2010.


Cuando Alan Moore concibió Watchmen, es posible que ni se imaginara el impacto que tendría su obra dentro del género superheroico y el lugar que ocuparía en la historia de los tebeos a partir de ese momento. DC encargó a Alan Moore y Dave Gibbons una sencilla revisión al uso de los héroes de la Charlton, una editorial clásica absorbida años antes y con un potencial de personajes con los que no se sabía muy bien qué hacer. Poco podía esperar DC que su encargo se transformase en una reflexión profunda y magistral sobre el sentido del héroe en la sociedad de los 80, que iba mucho más allá de lo que hasta el momento se había abordado en el tebeo de género, trascendiendo al propio medio. Es verdad que se había intentado antes, trastocando y pervirtiendo el concepto de héroe, pero todos esos escarceos previos no se atrevieron a golpear directamente los cimientos de la definición misma del superhéroe. En el fondo, todos las historias que hasta el momento cuestionaban a los héroes no dejaban de ser adaptaciones a los nuevos tiempos, plataformas desde las que relanzarlos con más fuerza si cabe. Podían cuestionar su bondad, es cierto, pero se reafirmaba unas páginas después, evitando entrar directamente en la personalidad del personaje.
Es quizás su gran talón de Aquiles, ese “pero” que hace que no estemos ante una de las cinco o seis obras más grandes de todos los tiempos, pero que no resta ni un ápice de un magistralidad, por supuesto. Al igual que en otras obras clásicas, donde el argumento queda superado por las innovaciones formales que supusieron, la obra de Moore y Gibbons es una piedra miliar en la historia del tebeo. Es verdad que no inventa recursos y no aporta innovaciones, pero demuestra que los recursos existentes se pueden componer para obtener cualquier grado de complejidad narrativa. Que la historieta puede acceder a los niveles de madurez narrativa de cualquier otro medio.
Watchmen ha conocido muchas ediciones en España, comenzando por la de Zinco, en 12 comic-books siguiendo la edición original americana. Esta edición fue después retapada. Posteriormente, Glenat llegó a editar en formato álbum europeo dos álbumes que recogían los cuatro primeros comic-books (con una traducción bastante espantosa, todo sea dicho). Norma editó finalmente un lujoso volumen que recopilaba toda la obra, en una cuidada edición con lo que hubiera sido una excelente traducción de no ser por un desgraciado y único error que hacía perder parte del sentido de la historia. Planeta DeAgostini ha anunciado ya que editará en España la lujosísima edición ABSOLUTE WATCHMEN, que recientemente editó DC en los USA.
Los pasajeros del viento, de François Bourgeon, cuenta las aventuras de la joven Isabel de Mamaye, una joven deslenguada y atrevida que embarca de incógnito en un buque de la armada francesa a finales del s. XVIII, acompañando a su señora, la también jovencita Inés. En sus excursiones por el barco, disfrazada de hombre, conoce al marino Höel y al cirujano Saint Quentin, con los que comenzará una larga aventura que la llevará a través de los mares hasta África, enfrentándose tanto a los ingleses como a los mercaderes de esclavos.
Todo ello enmarcado en el tránsito por una de las épocas más revueltas de la historia europea, la segunda mitad del s. XVIII, un periodo tremendamente sugerente en el que el reino de España perdía su hegemonía como potencia mundial para ser sustituida por Francia y Gran Bretaña en la expansión colonialista, en el que las intrigas por el poder estaban a la orden del día y tienen su reflejo en la obra.
Los pasajeros del viento fue inicialmente publicado por Nueva Frontera en su colección VERTIGO, en los números 1, 3 y 5. Posteriormente, el cuarto álbum se serializó en la efímera TOTEM Aventuras y Viajes. Para leer la conclusión de la historia tuvimos que esperar hasta que Norma se hiciese con los derechos de la serie, que se publicaría en la Colección CIMOC Extra Color (CEC) en los números 24 y 27 y que se complementaría posteriormente en los CEC 44, 49 y 51.
Cerca de su cuarenta aniversario, Valérian supone la obra cumbre de la ciencia-ficción europea en cualquier medio, desde el cine a la literatura, una obra de una importancia crucial y que, recogiendo la tradición de la literatura y cine de ciencia-ficción más clásica se ha convertido, a su vez, en un clásico que ha irradiado su influencia a toda obra de ciencia-ficción posterior incluyendo, por supuesto, la decisiva y nunca reconocida influencia sobre Star Wars.
Ya desde este primer momento la serie despega en un ascenso imparable de calidad. Meziéres va perfeccionando su estilo de dibujo, abandonando poco a poco la todopoderosa influencia de Jijé para conseguir una forma propia, vigorosa y de gran fuerza, de línea suelta y fresca. Y Christin, por su lado, va agudizando su pluma, afrontando historias de humanismo desbordante, que critican con inteligencia desde la corrupción política a la degradación del medio ambiente, pasando por la injusticia de las guerras o la estupidez del machismo. Cada álbum es una nueva sorpresa y una delicia sin par.
Valerian fue publicada en España hasta el álbum número 18 por Grijalbo, con su habitual e incomprensible política de desordenar las entregas (el primer álbum se corresponde con el sexto de la numeración española, etc), que publicó también el delicioso Los habitantes del cielo. Atlas cósmico de Valerián y Laureline, una especie de enciclopedia de las razas creadas por Mezieres para la serie.
El 7 de enero de 1934 comienza la edición, en planchas dominicales de 
Posiblemente, Flash Gordon es una de las series más publicadas en España. Quizás las ediciones más recordadas sean, cronológicamente, las de Dólar, Burulán y Tebeos SA, pero me remito a
He hablado muchísimas veces ya de la importancia que han tenido en la historia del tebeo la aventura comandada por Gaines y Feldstein al frente de los tebeos de la EC Comics, por lo que no os extrañará que estén en esta lista. La reconversión de la antigua editorial familiar en un hervidero de ideas generadas por algunos de los mejores autores de la historia del cómic es, a mi entender, el punto de inflexión clave del desarrollo del comic-book, el momento en el que el medio, relegado hasta el momento a un divertimento infantil o adolescente, madura espectacularmente a golpe de genialidad. Amparados en los géneros que llenaban las pantallas de cine y que tanto éxito tenían, los autores de la EC se dedicaban a poner en tela de juicio todos y cada uno de los conceptos más sagrados del ideario de la puritana sociedad de la época. El patriotismo, la familia, la bandera, eran expuestos como refugio de la intolerancia, la ignorancia y el miedo; la justicia se presentaba como corrupta o insuficiente, con criminales que conseguían engañar a sus perseguidores y que sólo recibían un castigo por extraños y rocambolescos designios divinos, casualidades en todo caso. Demasiadas verdades para los dirigentes de la época, que pronto vieron que esos tebeos eran un peligroso caldo de cultivo de inteligencia que debía ser parado en seco.
Apoyándose en la obra del Dr. Wertham, Seducción del inocente, los cómics de la EC fueron presentados como una influencia negativa de los jóvenes e inocentes americanitos, creando una comisión de investigación que, a modo de tribunal inquisitorial, puso la picota a las “tropelías” de los autores de la EC. La creación del Comics Code marca el fin de esta editorial, pero también el de cualquier intento o experiencia de madurez en los tebeos de la época, que debían obligatoriamente ser para niños. A ser posible, tontos.
Pero ¿qué es Love & Rockets? Corta y dificilísima pregunta, porque L&R podría definirse como una crónica sentimental de los inmigrantes chicanos en los USA, desde ambos lados de la frontera… pero nos quedaríamos cortos. Porque es uno de los frescos más complejos y acertados sobre los sentimientos y relaciones humanas, universales pese a ser discurrir en los límites de barrios o pequeños pueblos de frontera. Jaime desarrolló el universo de Maggie y Hoppie, de las Locas post-punk urbanas que han dejado atrás sus orígenes para asimilar la cultura popular americana con los brazos abiertos. Por su parte, Beto creó el universo de Palomar, un pueblo de frontera, que narraba la vida de los que no se fueron, de los que quedaron y siguen con sus tradiciones de siempre. Dos opciones contrapuestas que se unen perfectamente en un ying y yang donde no tiene sentido el uno sin el otro.
sentimientos. De dibujo más simple y sencillo, pero tremendamente expresionista, capaz de transmitir pasiones, dolor, alegría, sufrimiento, amor… la vida en una palabra, la de ese pueblo perdido llamado Palomar donde todo es posible. Beto centra su obra en unos personajes femeninos de complejísima personalidad, que llevan todo el peso de la narración como columnas que soportan todo el peso de una estructura formal aparentemente simple, pero que esconde sorprendentes ramificaciones y vericuetos. Todavía recuerdo el impacto que me produjo la primera obra de Beto publicada en España, el Historias Completas nº 3 que iniciaba “Pasión en la frontera” (sí, La Cúpula no se caracterizó por publicarla en el orden correcto) con una presentación de personajes encadenada, enlazando una tras otra a través del nexo común de Israel. Todo un tour de force narrativo con saltos temporales y espaciales pero que conseguía una coherencia increíble, presentando perfectamente ese pequeño pueblo de Palomar. A partir de ahí, el flechazo es total y Luba, Chelo, Tonatzin, Pipo, Carmen, Gato, Manuel, Jorge y los casi cien
personajes que ríen, lloran y viven en las páginas de “Sopa de Gran Pena”, “Rio Veneno”o “Calor Humano” pasan a formar parte de nuestras vidas, como vecinos que siempre han estado ahí.
La obra de los Hernández en España ha sufrido cambios de formatos, de orden… Se publicó en álbum parte de la obra de Jaime (Mechanics y Las Mujeres Perdidas), en la colección Historias Completas (3,4,20,27 y 28) la de Beto, en la revista Kiss el Birdland de Beto y posteriormente en la colección Brut se ha publicado el Be-bop-a-Luba, Rio Veneno y dos sagas de Locas. Un despropósito que se resuelve ahora con la edición recopilatoria de Palomar en dos tomos, a la que seguirán el año que viene otros dos tomos con el Locas de Jaime. Verdad es que no es la edición de Fantagraphics (en un único volumen a gran tamaño, lujoso pero bastante poco manejable) pero permite disfrutar de esta obra en su totalidad en un formato adecuado.

Y aunque cualquier tebeo del maestro es una obra merecedora de estar en cualquier listado, me voy a centrar en un tebeo que me impacta y emociona todas y cada una de las veces que lo he leído: Paracuellos.
narración gráfica. Giménez planifica milimétricamente las páginas, prepara la puesta en escena de cada viñeta para que el lector vaya exactamente donde quiere. Esas viñetas donde sólo vemos la cara de un niño, en un fondo blanco, despojado de todo efecto que no sea la fuerza de esos grandes ojos que nos transmiten un profundo dolor, cargado de madurez y sentimiento. Una mirada que es casi imposible de soportar sin sentir como el pecho nos oprime y la emoción nos abraza hasta dejarnos sin respiración.
Dejo el resto de la historia para vuestra imaginación particular, aunque supongo que si nos atenemos a la lógica estricta, el tebeoadicto moriría ahogado, incapaz de decidir cuál de los tebeos de Moore elegir.
En una estructura sin precedentes, Moore es capaz de solapar distintas historias que fluyen en esa reflexión sobre la crueldad humana, desde la evidente investigación de los asesinatos de White Chapel a una subyugante y lúcida excursión por la ambición del poder y sus corruptelas, comportamientos que hacen salir el lado animal del ser humano, su dependencia instintiva del egoismo y la envidia, de la ley del más fuerte. Con habilidad, Moore transforma al Dr. Gull en su alter ego, en el narrador que nos llevará de la mano en esas reflexiones, en ese camino por el filo de la navaja hacia la locura en el que el horror se descarna y se nos muestra con la asepsia del cirujano, como una lección de anatomía que va separando sensaciones y sentimientos cuales vísceras y miembros.
Pero From Hell no es sólo lo dicho anteriormente, es además un experimento sobre la creación gracias a unos apéndices en los que Moore se dirige al lector y le abre la trastienda de su taller. A través de ellos, vamos conociendo las motivaciones del guionista, cómo encuentra las ideas y cómo las plasma, sus pensamientos y reflexiones son expuestos al lector, desnudando la obra y dejándonos ver sus interiores.
Mucho tardó la obra de Moore en verse en España, aunque de forma mucho más agradable que la que tuvimos que sufrir los que seguimos la edición americana en tomos formato prestigio, que padecimos durante diez años los cambios de editorial, las demoras y el suspense de saber si la serie terminaría alguna vez. Planeta DeAgostini editó en cinco tomos la obra (con bastantes errores: referencias de los apéndices no eran correctas, una edición muy quemada…), que serían posteriormente recopilados en un lujoso tomo en tapa dura, que resolvía algunas de las deficiencias aunque mantenía la horrorosa rotulación elegida.
La lucha entre las escuelas de Marcinelle y Moulinsart es dentro del mundo del tebeo el equivalente al enfrentamiento entre Oxford y Cambridge, entre el Barcelona y el Madrid. O incluso más, porque para muchos ha llegado a ser casi paradigma del bien contra el mal, en aquellas luchas zafias entre claros y oscuros.
futuro. Spirou consigue con Franquin madurar como personaje, recrearse como un aventurero rodeado de secundarios de lujo, desde su eterno compañero Fantasio al Conde Champiñac, pasando por los sensacionales villanos (Zorglub, Zantafio…) o su gran creación del genial Marsupilami, quizás el punto de inflexión que marca la gran década de Franquin al frente de Spirou. Maravillas como El dictador y el champiñón, Los piratas del silencio, El nido de los marsupilamis o la genial Z como Zorglub (mi álbum preferido de la serie) son buenas muestras del increíble nivel al que llegó Franquin, un autor que ha proyectado su influencia de forma decisiva en el tebeo francés (y no sólo francés, que se lo pregunten a Ibáñez) de las últimas cuatro décadas.
Aunque en España llegó a aparecer la revista de Spirou (Spirou-Ardilla) y Grijalbo publicó casi todos los álbumes del personaje, la desaparición de esta editorial provocó un parón absoluto en su aparición, dejando al público español en la penúltima aventura de Tome y Janry, Luna Fatal. En la actualidad, quedan por aparecer todavía en España Le Machine qui Rêve y la etapa de Munuera. Aunque existen rumores sobre una posible edición de la serie en España, de momento hay que conformarse con la edición que ha hecho Planeta DeAgostini de la etapa de Franquin en Spirou, siguiendo la realizada por la editorial belga Niffle.
No creo que descubra nada nuevo si digo que Robert Crumb es un misántropo convencido, un asocial obsesionado con el sexo que odia todo lo que existe en el universo, incluyéndose a sí mismo.
Gracias a ese odio finisecular a toda forma de vida, Crumb ha conseguido en sus tebeos diseccionar la sociedad y el ser humano, sacar sus vísceras más repugnantes y exponerlas al público escarnio, para vergüenza de la entera humanidad.
Así que reconozco ante todos vosotros que durante años un ignorante de todo lo relacionado con el manga, no sólo por lo poco que llegaba a España, sino por la boba soberbia del que cree que lo sabe todo. Una estupidez de la que salí con una bofetada en toda regla cuando leí el Adolf de Osamu Tezuka. Tras la apariencia de un dibujo sencillo e infantil, disneyniano (mejor dicho, fleischeriano, curiosa la paradoja de que el cómic y la animación americana influyeran tan decisivamente en Tezuka y que sea ahora el manga el que inunda los USA), se escondía una complejísima historia que analizaba con increíble lucidez la sociedad alemana que jaleó la subida al poder de Hitler, paralelamente a situación que vivía el Japón prebélico gracias a la historia de esos dos niños llamados Adolf. Pero en una pirueta sin red, Adolf es además una historia sobre la amistad, las envidias, la maldad, la bondad…quizás la única calificación que abarca correctamente lo que es esta obra es decir que Adolf es una enciclopedia sobre el ser humano.
En el fondo, restringir la elección a sólo una obra es sólo una excusa para rendir pleitesía a un dios del tebeo. Hasta el momento, todas las obras publicadas en España de este autor me han fascinado, desde Adolf a Ayako, pasando por Astroboy, Oda a Kirihito, Crimen y castigo, La princesa caballero, Buda, Fénix, Black Jack, Metrópolis…cualquier título es una buena excusa para dejarse llevar por la genialidad de Tezuka, por la inteligencia de sus guiones, siempre empapados de un humanismo vital y comprometido que no renuncia a denunciar la injusticia y el horror.
“Hará de esto que os cuento unos cinco lustros, año arriba o abajo y este que os escribe era un mocoso que se disponía a ser mayor y empezar el B.U.P., o por lo menos, eso es lo que yo creía. Una época en la que, como todas las que recuerdo de mi vida, leía tebeos como un poseso, devorando todo lo que encontraba y que, por aquello de los primeros brotes hormonales, comenzaba a interesarse por otros tebeos que no fuesen los de Bruguera o Novaro con los que me crié. Un poco tarde, lo reconozco, descubrí los tebeos de Vértice, personajes como Sang-Chi, Nova, la Patrulla X, Werewolf o Tumba de Drácula entraron en mi vida en tromba, ocupando el sitio que hasta ese momento tenían los Bruno Díaz u Oliverio Reina. Una avalancha ¡ay! apenas soportada por mi malnutrida economía, que subsistía con una semanada de 50 pesetas que daba para bien poco. Pero necesidad manda y la suerte me acompañaba porque la pequeña delegación del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas que tenía en mi barrio, regida por un señor de bigotillo franquista, cuya hija era una famosa vedette, se dedicaba además de a la recaudación quinielística, a la venta y cambio de novelitas de los Marcial Lafuente, Silver Kane y tantos otros, pero también a la de los tebeos que yo consumía con pasión. Un lugar donde descubrí que, además de los tebeitos de Vértice, también había pequeñas joyas como tebeos de Vampus, Rufus, Vampirella (¡mi primer amor vampírico!), Spirit, 1984 o Creepy. Revistas que, para un renacuajo que aspiraba a adulto como yo, reforzaban mi orgullo de hombre hecho y derecho (junto a los imponentes pelillos que comenzaban a aparecer bajo mi nariz, todo sea dicho) y me permitían ver alguna tetilla que otra, lo que para la época, era un logro sólo comparable a poseer un ejemplar del Lib con Susana Estrada.
El Maus de Art Spiegelman ha sido, es y será uno de esos argumentos que se usan de forma recurrente para indicar que el tebeo ya es adulto, añadiendo siempre la coletilla “y ha ganado el Pulitzer”. Supongo que tratar un tema tan delicado como el holocausto provocado por los nazis y la seguridad que da la autoridad del Pulitzer, ha favorecido que la bola de nieve girase y girase, hasta llegar a un punto donde, muchas veces, me planteo sino le perjudicará más que beneficia.
Personalmente, creo que Maus es una hermosa reflexión sobre la relación entre un hijo y su padre, una perfecta plasmación del contraste entre la admiración por lo vivido por el progenitor y el enfrentamiento generacional casi obligatorio, articulado a través de una larga conversación entre los dos, en la que el padre recuerda los horrores del exterminio nazi para su hijo. Nace así también, aunque a mi entender de forma indirecta, un brutal testimonio de ese horror, que quizás ha sido entendido por muchos como su principal objetivo.
Una opción que muchas veces ha ocultado otros matices del impresionante trabajo narrativo de Spiegelman en la obra, estudiado hasta la minuciosidad más increíble. Baste como ejemplo que es fácil discriminar cuándo se está en el presente y cuándo en el recuerdo, gracias únicamente al cuidado planteamiento compositivo de Spiegelman, que varía ritmo y planificación en cada situación para que puedan ser diferenciadas de forma transparente por el lector, sin que éste sea consciente del milimétrico trabajo del autor .
Es más que probable que cuando Charlier se puso a escribir las primeras líneas de Fort Navajo pensando en su amigo Jijé, su objetivo fuera tan sencillo como hacer una buena serie de western, en la que pudiera volcar todas las maravillas que había visto y sentido en un reciente viaje a los EEUU. Los paisajes, la dura historia de los pioneros, los enfrentamientos entre los indígenas y el ejercito, conformaban un punto de partida excelente para una historia de un género poco habitual para los lectores francobelgas de “bande dessinée”, que comenzaban a adentrarse en historias más realistas gracias precisamente a las creaciones de este rechoncho escritor que había cambiado la forma de entender la historieta en ese país gracias a sus obras.
Pero ya en este primer arco argumental que se prolongó durante cinco álbumes, era evidente que el carácter colectivo se iba diluyendo a favor de uno de los protagonistas que, poco a poco, se había ido haciendo con el liderazgo de la serie. El teniente Blueberry, un héroe de corte romántico, luchador de causas perdidas, había comenzado como secundario para terminar como protagonista y dar incluso nombre a la serie, que rápidamente se denominaría de forma genérica “Las aventuras del teniente Blueberry”. A partir de este momento, la serie se transmuta y deja la pista del western clásico para internarse en una larga evolución personal centrada en su protagonista, un descarado sinvergüenza de bondadosos principios (muy acorde con el personaje que popularizó en el cine en esa época Jean-Paul Belmondo, su referente gráfico). Charlier parece buscar nuevas vías a su personaje transformándolo en sheriff de un perdido pueblecito, una opción que no cuaja y que acaba de forma precipitada para embarcar a Blueberry en el que sería el primer gran arco argumental de la serie: “El caballo de hierro”, donde realmente Charlier definiría a su personaje y Giraud se desharía de la influencia de Jijé para comenzar a definir sus propias constantes. Charlier no era ajeno a los vientos políticos que corrían tras los nuevos aires del Mayo del 68 y su serie refleja a la perfección esta situación: lo que en el ciclo inicial de la serie eran tímidas críticas a la actuación del ejército yanqui, similares a las que el cine de la época comenzaba a mostrar, en este arco se acentúan y endurecen, descarnándose e influyendo en la personalidad de Blueberry, cada vez más cercano a la causa india y más alejado de sus orígenes militares, transformando el ciclo en una suerte de introspección que marcará las claves del comportamiento futuro del héroe de nariz rota.
Un camino sin vuelta que se redondea brillantemente en el siguiente arco argumental, “La Mina del Alemán Perdido”, posiblemente el mejor de la serie, en el que Charlier hace renacer a su personaje simbólica y físicamente, enterrándolo y obligando a volver a salir del útero primordial de la tierra que lo vio nacer. Un cambio que es incluso patente a nivel gráfico, con un Jean Giraud que ya comenzaba a apuntar los modos y maneras de su alter ego, Moebius, demostrando una soltura narrativa y una habilidad gráfica sencillamente espectaculares. Su puesta en escena alcanza la perfección, su dibujo llega a niveles desconocidos, quizás ejemplificados en esas escenas de espacios abiertos infinitos, profundos, que nadie desde Foster había sabido representar tan verazmente.
En principio, parecía que los álbumes que seguían marcaban esa línea de vuelta a los inicios con un personaje maduro y distinto, pero nunca sabremos cuáles eran las ideas que Charlier tenía para su héroe. Su desaparición en 1989, justo cuando estaba terminando “Arizona Love”, parecía suponer el final de la serie: Giraud se encontraba plenamente imbuido en su alter-ego Moebius, desarrollando series de temática filosófico-fantástica absolutamente alejadas del espíritu de la serie que creara Charlier, por lo que las esperanzas de continuación de la serie parecían nulas.
Ahora que estoy escribiendo estos textos, me resulta curioso comprobar la gran cantidad de coincidencias que existe entre el Alack Sinner de Muñoz y Sampayo y el Mort Cinder de Oesterheld y Breccia. A la evidente relación geográfica de los autores, anécdotica en otros casos, pero fundamental en éste, hay que sumar que estamos de nuevo ante una obra que reúne a dos autores en un momento decisivo de su recorrido creativo. Muñoz buscaba una salida a sus necesidades creativas, encerradas en trabajos de encargo para la Fleetway, una búsqueda que le llevó a coincidir con Carlos Sampayo, escritor, crítico y periodista que nunca había guionizado historieta, pero con unas inquietudes que reclamaban nuevos caminos. Y una última coincidencia: al igual que en la obra de Oesterheld y Breccia, Alack Sinner es una historia viva, que nace a partir de unos registros genéricos casi tópicos pero que pronto adquiere personalidad propia, arrastrando a sus autores a senderos quizás nunca imaginados.
Las historias de Alack Sinner fueron publicadas España serializadas en la revista TOTEM, apareciendo después dos álbumes en la colección Biblioteca TOTEM (Viet-Blues y Recuerdos de la ciudad sombría). Posteriormente, “Encuentros y Reencuentros” aparecería en la revista TOTEM Calibre 38, siendo recopilado dentro de la colección Los Cómics de CO&CO. También fue serializada “Nicaragua”, en este caso en la revista El Víbora, encargada desde entonces de publicar casi todas las obras de estos autores (Juego de Luces, Sudor Sudaca, Billie Hollyday…). Sin embargo, tras estas ediciones, la obra de estos autores desapareció de nuestro país, quedando sin recopilar en álbum las historias aparecidas en El Víbora e inéditos los dos últimos álbumes publicados en Francia por Casterman.
Cada relectura de uno de los recopilatorios de Calvin & Hobbes produce en mí dos efectos definidos y repetitivos: el primero, una sonrisa tonta que me atraviesa la cara de oreja a oreja, expresión externa de una sensación nebulosa que podría interpretarse como felicidad. El segundo, una reflexión interna que me lleva de forma unívoca a considerar que la obra de Watterson estaba muy baja en mi lista de tebeos favoritos, lo que se traduce siempre en una subidilla de un par de escaños en mi ranking particular, en una ascensión que parece no tener final.
Si bien fue La Colla de la Pesigolla la encargada de dar a conocer al personaje en España, los lectores españoles hemos podido leer la obra de Watterson gracias a Ediciones B, que ha publicado en su totalidad todas la serie en diferentes formatos (tapa blanda, tapa dura). Además, la serie sigue publicándose en muchísimos diarios españoles, desde los más modestos a las planchas dominicales en el suplemento infantil de EL PAÍS.
Es una gran realidad, esas letras no están puestas de forma aleatoria, sino que referencian un lugar real, el mundo de las letras. Un mundo desconocido para todos excepto para el pobre Philemon, el hijo de un pocero que un día tuvo la fortuna o desgracia de caer en un pozo que estaba directamente conectado con una de las A, exactamente la segunda de Atlántico.
letras de Ocean Atlantique) Fred ha dejado caer vitriolo en estado puro sobre el mundo de la crítica, sobre la burocracia, el capitalismo, el arte, la educación y los usos sociales. En un tebeo poco acostumbrado a las innovaciones como es el francés, fiel de la narrativa secuencial sin grandes estridencias, Fred ha sido, además, el gran innovador de la narrativa con una constante búsqueda de las posibilidades de la historieta, que le llevaban a composiciones imposibles, juegos alocados con la lectura, la composición y la página. Philemon ha salido del espacio físico de las viñetas para moverse entre páginas en fascinante puzzles que obligan al lector a penetrar por vericuetos narrativos nunca antes vistos. No hay reglas físicas, sólo el límite que el lector quiera poner a la expansiva realidad fantástica del mundo de Philemon.
Siento decirlo, pero leer a Philemon en castellano es un imposible. Tan sólo los seguidores de la revista infantil en catalán Cavall Fort pudimos descubrir esta maravillosa obra bajo el título de “Filalici” (además de otras genialidades de autores como Tilleux, Peyo, Mezieres, Xots, Madorell, Pilarín Bayés… la labor de esta revista nunca será lo suficientemente valorada), pero jamás se han publicado álbumes de esta serie, ni siquiera en catalán. Pero es que, además, Fred es un gran desconocido en España, apenas entrevisto en algunas historias cortas en TOTEM o en el álbum publicado por Grijalbo “Historia de un cuervo con bambas”.
extraordinariamente difícil completar un puzzle formado por diferentes egos creativos. Aunque también es cierto que hay excepciones a esta (supuesta) regla, muchas en la historieta, en las que la fuerza creativa de dos autores se une en una comunión única y especial. Viene esto al caso del quinto tebeo de mi lista de favoritos, una obra en la que se sumaron dos autores de talla gigantesca, hercúlea: Hector G. Oesterheld y Alberto Breccia. El primero, uno de los mejores guionistas que ha dado la historia, capaz de articular tantos niveles de lectura como se puedan descubrir en sus argumentos. El segundo, un rompedor, un innovador nato de las técnicas gráficas del tebeo. Dos personalidades fuertes y arrebatadoras, que se unieron en un momento de inflexión de sus carreras para dar lugar a un mito, a una obra poliédrica y fascinante: Mort Cinder.
atmósfera tan opresiva y cerrada que trascendía la simple historia de terror para ser un exorcismo de demonios personales, de esos aterradores ojos de plomo cuya persecución atenaza a Ezra. Un impacto que empuja a Oesterheld a seguir a Breccia por ese nuevo camino, profundizando en sus guiones, iniciando en la siguiente historia un periplo por la historia de la humanidad, por la historia de la infamia universal que Mort Cinder contempla en cada una de sus encarnaciones. Historias en las que el alma humana se desnuda y se descarna gracias a la fuerza de los dibujos de Breccia, que utilizan el blanco y negro como puñales que desgarran la página con sufrimiento, el dolor que Breccia soportaba en su vida personal y que se liberaba a través de su pincel.
Mort Cinder se ha publicado (o intentado publicar) en varias revistas, desde Zeppelín a Creepy, pero en álbum sólo ha conocido dos ediciones. La primera, en un cuidado y lujoso tomo de la editorial Lumen a principios de los 80 y la segunda, en una edición de Planeta DeAgostini también en tapa dura, en la que se recuperaba el orden original de publicación (e incluso el montaje original, ya que parte de la serie se publicó en un formato diferente al principio del serial). Una edición que levantó cierta polémica al optar por marcar los contrastes de negro, perdiendo los matices de gris que aparecen en la edición francesa (y que en algunos casos no aparecían en la edición de Misterix). Una decisión difícil pero que en modo alguno dificulta gozar de esta obra maestra.
Un texto que intentaba poner en contexto a los lectores que llegaban de nuevo a esta impresionante obra, de una influencia decisiva en la historia del cómic por bastantes razones. La primera, por la endiablada habilidad narrativa de Caniff, que conseguía con una facilidad pasmosa que sus tramas fuesen totalmente adictivas. Con Caniff, la tira diaria de temática “realista” llegaba a una madurez definitiva, estableciendo todas las bases de los recursos narrativos de este formato. Siguiendo muy de cerca las enseñanzas de Noel Sickles y Roy Crane, Caniff llevó al extremo la síntesis necesaria para contar historias en un formato tan complejo y limitado como el de la tira diaria. Desarrolló una capacidad portentosa para establecer en la tira una línea de continuidad gracias a la composición y la puesta en escena, a la interrelación de lo que pasaba en los fondos, que dejan de ser un adorno para ganar entidad propia y, sobre todo, demostró la importancia de la fuerza dramática del entintado, de uso inteligente de las luces y sombras (Jules Feiffer afirmaba que para Caniff, el negro era el color primario) para envolver la acción y obligar al lector a seguir el ritmo marcado por el autor. Con esas herramientas bien engrasadas, Caniff articuló además unas historias que enganchaban al lector gracias al cuidadoso trabajo de desarrollo de los secundarios y a una estricta y rigurosa labor de documentación. Sabía que para captar al lector debía, en primer lugar, conseguir que éste se creyese lo que estaba leyendo, que no pusiese en duda los dibujos que veía, dando lugar a un trabajo de documentación tan excepcional que las tiras de Terry pueden ser usadas sin ningún problema como referente histórico. Pero también era consciente de la importancia de los
secundarios, del realismo que trasladaban sus personajes y de la identificación del lector con los personajes, lo que le llevó a desarrollar personajes complejos y de una rica personalidad. A la integridad de sus “héroes buenos” (Terry y Pat Ryan) se contrapone la jugosa versatilidad de las mujeres fatales, encarnadas en Burma y Dragon Lady, féminas de ambigua personalidad, siempre en el nebuloso camino entre la bondad y la dureza de unas situaciones donde la crueldad es sólo una forma de supervivencia.
Mi primer contacto con el Príncipe Valiente de Hal Foster fue la edición de Dólar de 1963, la famosa serie C, que compartía protagonismo con otras maravillas de la tira diaria en un extraño batiburrillo. Mi padre coleccionaba las ediciones de Dólar y, pobre de él, acepto con resignación paterna que su hijo le cogiera (y destrozara en muchos casos, para qué negarlo) sus amados tebeos. Yo, pobre de mí, con esas edades donde la razón apenas está relegada a tres o cuatro neuronas mal dispuestas, comencé a devorar todos estos tebeos que llegaban a mí por arte de magia. Estaba maravillado por el Flash Gordon de Barry y por el Hombre Enmascarado de Wilson McCoy, mis preferidos, relegando a un segundo plano esas aventuras de caballerías del tal Príncipe Valiente. Me aburrían soberanamente, recuerdo vagamente. No había ni luchas galácticas, ni tensas persecuciones… ni siquiera un en mal puñetazo que dejase marcada una calavera.
Supo mezclar con habilidad la leyenda con la documentación histórica para crear el mundo perfecto para que sus personajes crecieran, protagonizando el primer gran “slice of life” de la historia (medieval, pero cumpliendo fielmente las claves de este género).
Me comentaban el otro día lo extraño de no haber elegido Krazy Kat como el mejor tebeo de la historia, una elección bastante lógica a poco que se vea la estética de la página es un homenaje a la gran obra de Herriman. Y es verdad, debo reconocer que con estas tres primeras obras tengo un serio problema. Cualquiera de las tres me parece tan brillante, tan única, que es muy difícil decidir cuál de las tres es la mejor. De hecho, depende única y exclusivamente de mi estado de ánimo el elegir una u otra. Si ahora me encuentro en una etapa “spiritiana”, es más que posible que en breve pase a una “krazykatiana” o “nemosiana”. ¡Quién sabe!
Un extraño trío formado por una gata (o gato, Herriman nunca quiso decidir sobre esta ambigüedad), enamorada del ratón Ignatz, un cínico ratón que se burla de ella y la aleja a ladrillazo limpio ante la persecución de Ofissa Pupp, un perro policía enamorado de Krazy. Un lugar aparte del universo donde no existen reglas o normas, Coconino County, donde la única frontera es la imaginación. Puntos de partida atípicos para construir una serie tan personal y vanguardista que hacen compleja incluso la tarea de expresar qué es Krazy Kat.
Hasta que, por fin, Fantagraphics inició recientemente la edición cronológica de la obra, que consta ya de
El 15 de Octubre de 1905, aparece la primera plancha dominical de Little Nemo in Slumberland, la mítica obra de Winsor McCay que, de forma increíble, aumenta su valor a cada año que pasa. Con 100 años que cumplirá en unos meses, Little Nemo sigue siendo una obra fundamental, absolutamente moderna y válida, con hallazgos visuales y narrativos que aún hoy sigue siendo insuperada.
arquitectura, la literatura, la ilustración, la escultura y, por supuesto, del balbuceante cine que apenas comenzaba a nacer (y al que el contribuyó decisivamente con animaciones tan impactantes como El hundimiento del Lusitania) para definir hasta dónde podía llegar este nuevo medio, convirtiendo al medio recién nacido en un adulto de posibilidades infinitas.
Ahora bien, si lo que se quiere es disfrutar del periodo 1925-27 de la serie, la cosa está mucho más complicada, ya que, al menos que yo conozca, sólo se puede encontrar parcialmente en una edición francesa de Pierre Horay.
Hablar de la obra magna de Will Eisner, The Spirit, precisa de volúmenes y volúmenes, cada una de sus historietas de 7 páginas es motivo más que suficiente para un largo capítulo de análisis, exprimiendo de cada una de sus viñetas la esencia de lo que entendemos por tebeo.
A partir de 1945, la serie despega y se aleja de su concepción para introducirse radicalmente, por un lado, en la experimentación gráfica y del lenguaje y, por otro, en un desarrollo de las tramas y de los personajes que llevan a la serie a convertirse en una lúcida crítica de la sociedad que rodeaba al autor. Un ascenso imparable que se redondea con la incorporación de Jules Feiffer a los guiones, consiguiendo formar un tandem nunca igualado. Feiffer aporta su inteligente visión de la vida, que se complementa perfectamente con los principios humanistas de Eisner y que le permiten concentrarse más en el desarrollo de nuevos recursos narrativos. Durante los cinco años que dura la serie hasta su cancelación, en The Spirit encontraremos el mayor catálogo de recursos narrativos jamás desarrollado en la historia del cómic. Eisner probó todas las posibilidades, las exploró, las estrujó y consiguió la proeza alquímica de transformar el papel y la tinta en oro. La narración subjetiva, los trasvases entre medios, el discurso metalingüístico, las atrevidas composiciones… cualquier idea que se quiera imaginar está en las páginas de The Spirit. Es sorprendente como muchos autores pretendidamente innovadores usan recursos que ya estaban en la obra de Eisner.
Hasta el momento, quizás las dos ediciones más conocidas eran la de ediciones Garbo de finales de los 70 (que se basaba en la edición de Warren), que contabilizó unos 27 números (aunque a partir del 23 sólo una de las historias que incluía era de Spirit) y la que hizo Norma siguiendo la edición de Kitchen Sink en los 90 y que totalizó 70 números. En ambos casos la edición era en un glorioso blanco y negro (una de las recomendaciones del propio Eisner, que prefería sus historias en blanco y negro pese a ser originalmente editadas en color) y se centraba en la época más gloriosa del personaje (a partir de 1946). La edición de Garbo, en formato revista, es bastante compleja de encontrar y su reproducción es bastante lamentable. Tampoco es fácil hacerse con números de la edición de Norma, en formato comic book, pero su buena reproducción hace la labor muy apetecible. También editó cinco álbumes de la colección CIMOC Extra Color con una selección de historietas del personaje a todo color.



