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Zombis a la catalana

La verdad es que los amantes del género de zombis no hemos tenido demasiadas buenas experiencias con los tebeos. Excepción hecha de Robert Kirkman y sus Muertos Vivientes o Marvel Zombies, en general el paso de nuestros queridos trozos de carne putefracta andante es olvidable, por no decir directamente que casi siempre son tebeos pésimos o malísimos. Por eso, un tebeo como Zombiosis representa una sorpresa agradabilísima, en el que Guillem Bayarri y A. L. Llassans desarrollan una propuesta fresca y diferente, que bebe de fuentes tan diversas como el propio Kirkman, las nuevas películas de género de Snyder, Boyle o Fresnadillo y el Apocalipsis Zombie de Manuel Loureiro. Un tebeo cuya acción se sitúa en el Alto Aragón español, en el que los autores simplemente intentan trasladar lo que significaría una invasión de muertos vivientes. Aunque la propuesta recuerda muchísimo a la famosa web-novela de Loureiro, los autores consiguen darle personalidad propia acercándose más al modelo de Kirkman, intentando analizar más las relaciones entre los personajes y las reacciones ante situaciones límite. Lo hacen con desvergüenza, jugando con muy bien con las características propias del habitante de la piel de toro, sabiendo partir de los tópicos para llegar a situaciones muy reconocibles en este país nuestro (a destacar el brillante juego de idiomas, con un uso casi indistinto del catalán –que es, en principio, la lengua principal del álbum-, castellano y francés). Quizás el único problema que se le pueda poner es al dibujo, quizás excesivamente sencillo –y en algunos momentos bisoño- para un tebeo de estas características, pero que no deja de darle al tebeo un curioso contraste entre lo naif de su aspecto y la dureza del argumento y situaciones que propone.
Recomendado para todos los aficionados al género (el tebeo está en catalán, aunque se utiliza en muchas partes el castellano y el francés, según dónde estén sus protagonistas). (1+)

ENLACES
Entrevista a los autores en la web de Glénat: 1 y 2

10.Mayo.2008 | Lecturas

Verdes contra amarillos

Geoff Johns es uno de esos guionistas que entiende perfectamente lo que es un tebeo de superhéroes. Sus tebeos (ya sea Flash, JSA, Green Lantern o ahora con Booster Gold) cumplen lo que debería ser una máxima obligada de obligado cumplimiento en el mainstream: entretener. Y lo hace sin ambiciones desmedidas, sin intentos de revolucionar el género ni de demostrar que es el mejor escritor de la historia, usando tan sólo tres ingredientes: oficio, respeto al lector y conocimiento del género. La Guerra de los Sinestro Corps es un excelente ejemplo de estas tres máximas: un tebeo que sólo busca contagiar al lector de un sentido épico extremo, con luchas impresionantes, héroes íntegros –pero con una pincelada de comedida humanidad- y villanos tremendamente malos. Ingredientes mínimos, engarzados en una historia que no esconde más vericuetos de los previsibles y que evita en todo momento la complejidad, para lograr un efecto tan simple como efectivo: recuperar para el género el sentido del espectáculo. Aunque pueda ser imposible competir con el realismo y grandiosidad actual que escupen los ordenadores de Hollywood, Johns sabe que los tebeos siguen reteniendo esa capacidad de dejar volar la imaginación del lector que una película jamás podrá lograr. Y él sabe cómo utilizar esa habilidad, buscando el guiño cómplice en un lector que conoce bien, como él, la historia del universo DC y quiere dejarse llevar por un guionista que no lo ve como un número más de las cifras del departamento de marketing. Acompañado de los más que correctos Ivan Reis y Ethan van Sciver, el tebeo logra en todo momento esa sensación de hiperbólica exageración galáctica tan adecuada a los Green Lantern, a la que sólo le faltaría una banda sonora de trompetas y fanfarrias de John Williams.
Ni es una obra maestra, ni lo busca, ni falta que le hace: es un tebeo de superhéroes bien hecho, que sólo busca que el lector se pase un buen rato sin necesidad de demostrarle a cada página que está leyendo una profunda historia para adultos. Y lo logra.
Para leer con muchas palomitas (1+).
(Reseña hecha sobre la edición americana de la serie, se agradecen opiniones sobre la edición de Planeta DeAgostini)

10.Mayo.2008 | Lecturas

Simple (III)

Seguimos con tebeos que tienen en la simpleza (ya sea de línea o de tema, su común denominador)
- Ejemplo perfecto, de John Porcellino (Ponent Mon) es el estreno en España de uno de los autores más singulares del panorama independiente USA. Desde hace ya casi veinte años, Porcellino publica King-Cat Comics, un fanzine que sigue siendo fotocopiado y grapado a mano, distribuido de forma artesanal y en el que va plasmando todo tipo de historias, desde biográficas a imaginarias. Una obra personalísima, que el autor siempre ha planteado como una especie de psicoanálisis periódico, rehuyendo las recopilaciones (sólo se han conseguido editar tres volúmenes que recogen tan sólo algunas de las muchas historias que ha publicado) para fraguar poco a poco su especial sensibilidad para hablar de todos los temas, siempre con un dibujo sencillo, esquemático, de composición lineal, donde todo su esfuerzo se vuelca en transmitir de la manera más sincera aquello que nos está contando. Y le da igual que hable de sus depresiones, de su infancia o de su trabajo actual. Lo hace siempre de forma desprovista de florituras ni excesos, sin caer en el melodramatismo o en la emotividad excesiva. Es una visión aparentemente desapasionada, pero que en el fondo lo que busca es la reflexión que da la distancia en el tiempo. En Ejemplo Perfecto nos habla de sus problemas de juventud, hablándonos de forma descarnada de la depresión que sufría (y que será recurrente en toda su obra), pero intentando siempre encontrar una razón para su estado. Pese a la dureza de las situaciones, Porcellino evita caer en el fácil rechazo a una época triste de su vida o en la simpatía nostálgica que podría provocar su pasado. Un difícil equilibrio que logra que el lector lea los tebeos de este autor con una sensación completamente distinta. Dice Ware que los tebeos de Porcellino destilan el sentimiento de estar vivo. No sabría decir si es lo que provoca la lectura de Ejemplo Perfecto, pero es indudable que existe una extrema impresión de realidad. Quizás porque, poco a poco, se da un extraño fenómeno: el minimalismo del trazo del autor se va diluyendo hasta que casi no lo percibimos, sustituyéndose por referentes conocidos, convirtiendo el dibujo en una especie de realidad inventada en la que los recuerdos de Porcellino se mezclan con los nuestros.
Un tebeo, en cualquier caso, difícil, que puede provocar sentimientos encontrados, desde el rechazo directo a la admiración. Pero nunca dejar indiferente. (2+)
- Hablando de sencillez, nada mejor que dejarse llevar un rato por Más rollos míos, de Aude Picault (sins entido). Los que lo pasaran bien con la primera de las entregas volverán a encontrar aquí ese extraño batiburrillo de ideas y reflexiones sobre lo humano y lo divino, presentado en forma de pensamientos a vuela pluma, apenas esbozados en una única viñeta. Si mucho me apuráis, no es que lo que cuente la autora sea especialmente interesante o que sus chistes sean brillantemente ácidos o divertidos, pero tienen un curioso efecto en el lector. Nada más leerlo, lo primero que se nos viene a la cabeza es que cualquiera de los dos libritos-fetiche es una chorradilla divertida, sin más consecuencias. Pero como es un librito pequeñito y bonito, uno se lo mete en el bolsillo y se lo lleva a casa para dejarlo encima de una mesa, más pensando en que es un bonito adorno que algo que volveremos a leer. Sin embargo, mientras estás tranquilamente sentado en el sofá, miras el librillo, lo coges, y vuelves a sonreír con las ideas de Aude. Y lo mismo pasará al día siguiente, y al otro… Siempre pensaremos que es un tebeíllo sin importancia, pero caeremos una y otra vez en él. Quizás porque nos olvidamos que su única ambición es que, durante apenas unos segundos, esbocemos una sonrisa amable. Y eso lo consigue siempre, que no es poco (1).
- Sigo hablando de cosas pequeñitas: Puedo verte siempre que quiera, de Mariko Kikuta es un precioso libro infantil que intenta contar a los niños algo tan difícil y complejo como la muerte de un ser querido. Lo hace con las mínimas palabras, con las mínimas imágenes, concentrando ideas y sentimientos en ese pequeño perrito que pierde a su amada dueña, logrando transmitir perfectamente el dolor de la pérdida y el disfrute del recuerdo con sensibilidad y delicada sutileza. Una preciosidad (2).

5.Mayo.2008 | Lecturas

Simple (II)

Hice yo hace tiempo una entradita comentando la obra gaspar Naranjo, en que hablaba de la belleza de lo sencillo. Repito hoy, porque toca hablar de varias obras que, de una forma u otra, tienen en la sencillez su mayor don.
Vayamos por partes:
-Insekt, de Sascha Hommer, es un sorprendente relato que pervierte las normas del cuento clásico, partiendo de elementos comunes, como la ingenuidad y la inocencia, para darles la vuelta por completo. Lo hace con un planteamiento original y subversivo: ¿Y si lo que le ocurrió a Gregor Samsa no fue un hecho aislado? ¿Y si una parte del mundo se hubiese transformado en espantosos y repugnantes insectos? Ya de por sí, el planteamiento de Hommer es sugerente, pero le da una nueva vuelta que lo hace todavía más inquietante: ¿Y si nadie lo supiese? Imaginemos por un momento: la ciudad está rodeada de contaminación y podredumbre. Un espeso humo negro lo invade todo, hasta tal extremo que es imposible distinguir cómo es la persona que tenemos delante.
¿Qué ocurriría en este caso? Kafka planteó una parábola del rechazo a la diferencia, pero en Insekt se le da una inteligente vuelta de tuerca, en el que el miedo a un aspecto diferente queda completa y totalmente interiorizado como una repugnancia que nace tan sólo de tabúes y miedo internos. Un desasosegante punto de partida que es acrecentado por la elección del autor de transformar toda la historia en una especie de versión inversa de El patito feo, haciendo que sean niños los protagonistas. Tan inocentes e ingenuos como posibles exponentes de la máxima crueldad, aquella que se hace cuando los conceptos del bien y del mal ni siquiera están definidos. Y nosotros, lectores, que podemos verlo todo pese a la negritud que todo lo impregna, asistimos inútiles al drama del pequeño Pascal. Sin poder intervenir, pero sufriendo la injusticia de algo que, en el fondo, sabemos que está dentro de todos: el miedo a lo diferente. Pese a la dureza de su mensaje, Hommer dejará todavía una puerta abierta a la esperanza. Aunque, quizás, esa esperanza es todavía más angustiosa.
- Si hay un tebeo que siempre creí que jamás sería editado en España es American Elf, de James Kochalka. Desde hace años, Kochalka desarrolla un diario en su página web, cuatro viñetas en las que su versión élfica nos cuenta su rutina diaria. Su dibujo sencillo, infantil, es el perfecto vehículo para la desbordante imaginación de Kochalka y su inusual capacidad para seguir viendo la vida desde los ojos vírgenes de un niño. Las actividades más vulgares son para él un reto continuo, es capaz de emocionarse con el vuelo de una mosca o con el descubrimento de una plantita, transformar un ruido en la noche en una pesadilla sin fin o convertir el vuelo de una paloma en la antesala de toda una historia sin fin. El mundo de Kochalka es una especie de nueva Historia interminable de Ende, donde cada ocurrencia rutinaria es la puerta a mundos infinitos. Hasta la pesadez de la obligación diaria de dibujar es utilizada por el autor como inspiración de historias diferentes. Pero todo, paradójicamente, sin perder nunca de vista la realidad. Esa ingenuidad permanente se mezcla con un punto de infantil gamberrismo, intentando siempre reírse de sí mismo, consiguiendo que el humor sea su ancla en la realidad. Un referente que se irá ampliando con sus seres queridos, desde su gatito a su mujer y su hijo. Me atrevería a decir que es absolutamente imposible leer American Elf sin esbozar una sonrisa.
En cualquier caso, mis enhorabuenas a Apa-Apa por atreverse a editar esta obra, indudablemente minoritaria, pero encantadora.

5.Mayo.2008 | Lecturas

73304-23-4153-6-96-8

En “Drowning by numbers”, Peter Greenaway planteaba un hipnótico escenario en el que los números inundaban, literalmente, la pantalla. Como en los juegos a los que se dedicaban las tres protagonistas, el espectador se veía pronto contagiado por algo tan simple como contar de uno a cien. En cualquier esquina, en un primer plano, en una conversación… la búsqueda de la serie de números se convertía en un juego interactivo que lanzaba al espectador a un argumento paralelo en el que todo se amalgamaba en una experiencia distinta.
En cierta medida, Thomas Ott plantea en El número 73304-23-4153-6-96-8 un juego muy similar al espectador, una historia en la que el argumento se ve pronto abducido por el reto matemático, intercambiándose y diluyéndose entre sí en una experiencia interactiva, donde el lector busca casi con más avidez que el protagonista dónde estará la siguiente sorpresa numérica. Pero Thomas Ott va mucho más allá del artificio formal: está tejiendo una compleja telaraña para atrapar al lector, llevándole a una sorprendente conclusión. Su propuesta formal tiene por tanto un oscuro sentido, algo kafkiano si se quiere, que recuerda en cierta medida a esas inquietantes historias de Metal Hurlant de Caro y Jeunet.
Una historia cuya eficacia se ve amplificada por la elección estética de Ott. Sus historias, siempre mudas, se inspiran claramente en los grabados de los “wordless books” Lynd Ward, usando el claroscuro para conseguir la máxima expresividad e impacto en sus páginas. Apenas unas pocas viñetas, pero siempre medidas para obtener la mayor fuerza plástica, pero también para provocar en el lector una sensación constante de inquietud y desasosiego.
Un libro muy recomendable, con una exquisita edición de La Cúpula. (3)

4.Mayo.2008 | Lecturas

En reseñando

¡Ah! O sea que esa columna de ahí no es la columna maestra de la casa, es la pila de tebeos que me quedan por leer…

- RG 2, de Pierre Dragon y Frederick Peeters (Astiberri). Segunda entrega de la serie y reseña en la que no puedo más que repetir todos los argumentos que expuse en la primera. Una obra de género policíaco, milimetradamente orquestada, sólida como pocas… Peeters y Dragon siguen exponiendo el día a día del agente de operaciones especiales, muy alejado del pomposo y espectacular retrato hollywoodiense y más próximo a un trabajo más, lleno de rutinas y con muchas dependencias. Peeters narra con pulcra eficacia, sin aspavientos ni excentricidades, manejando los recursos con el único objetivo de conseguir una historia perfectamente fluida, donde la historia lo es todo. Consigue esa genialidad sólo reservada a los maestros, que su trabajo pase inadvertido: leemos RG de un tirón, centrándonos en la historia y metiéndonos en ella y, sólo cuando acabamos y volvemos a mirar las páginas, nos damos cuenta del inmenso trabajo del dibujante. Composiciones y ritmos minuciosamente medidas, elipsis perfectas, un extraordinario uso del color, un riguroso trabajo para conseguir una mayor expresividad de los personajes, una ambientación cuidadísima… Un trabajo soberbio, que me recuerda en cierta medida al de los grandes directores de cine de los 50, completamente al servicio de una historia. Extraordinaria (3+).

- El reductor de velocidad, de Cristophe Blain (Norma). Cuando uno sigue la trayectoria de un autor, gusta de ver su evolución, sus cambios, cómo va incorporando influencias… Cómo se forja un autor, en suma. Sin embargo, en este país cuando intentamos seguir a un autor extranjero, ocurre un extraño suceso: a medida que se publican nuevas obras, vemos cómo el autor sufre una evolución inversa, su estilo se va simplificando y vuelve a sus orígenes. Cosas del mercado editorial hispano, que suele publicar primero las últimas obras para luego recuperar las primeras. Lo curioso es este efecto a priori perverso permite un análisis completamente distinto al habitual, ya que permite reconocer las constantes y fijaciones de un autor.
En el caso de Christophe Blain, la publicación de El reductor de velocidad, una de sus primeras obras y la que le abrió el mercado francés gracias al Alpha Art coup de coeur de Angouleme, nos permite encontrar precisamente las fijaciones que luego desarrollará posteriormente en sus obras. Pese a que éste álbum es, posiblemente, el de mayor componente autobiográfico de toda su obra, Blain demuestra ya su pasión por los géneros, por la aventura en estado puro. El relato de las vivencias de tres marinos dentro de un gigantesco destructor deja pronto el componente biográfico (el autor hizo el servicio militar en un barco de guerra) para adentrarse en una aventura casi ingenua, que recupera ese concepto tan olvidado hoy que es “sentido de la maravilla”. El barco se transforma en un gigantesco escenario, inacabable e inmenso, donde cada elemento es un misterio y el sistema de reducción de velocidad del barco actúa como una especie de Eldorado. Y el mar, siempre el mar como el espacio absoluto, el lugar de la aventura por antonomasia.
Una historia que Blain aborda con frescura y el punto de descaro obligado del debutante, jugando con la narración y los recursos, todavía sin dominarlos, pero demostrando ya una solvencia sorprendente, apostando por la fuerza del color como elemento vehicular (siempre eficazmente acompañado por Walter) y por un expresionismo descarnado que casa perfectamente con esas largas secuencias mudas, donde lo importante no es qué pasa sino qué sientes.
De por sí, El reductor de velocidad es un álbum entretenido y visualmente poderoso, pero situado en su contexto, es una obra que permite explicar casi en su totalidad la obra posterior de Christophe Blain. (2)

Sigo con los franceses y, en particular, con otro de los grandes: David B. El Jardín Armado (sins entido) es un perfecto compendio de la increíble capacidad de este autor para la fabulación, con tres cuentos bien diferenciados. El primero entronca con la saga de Los buscadores de tesoros recuperando al personaje del profeta velado para desarrollar un maravilloso cuento de las mil y una noches, donde el autor puede desplegar su espectacular imaginería gráfica. El segundo y tercero de los relatos, El Jardín Armado y El tambor enamorado se entretejen para trasladarse al siglo XV y contar un historia que nace de las herejías de los adamitas y los taboritas (recuperando, en cierta medida, lugares comunes con Lenora, una preciosa historia realizada junto a Pauline Martin. David B. vuelve a narrar un cuento clásico, en el que cambia su estilo para adaptarse a esta época, tanto en el aspecto literario como gráfico. Las curvas sinuosas de las mil y una noches son sustituidas por figuras más hieráticas, por ilustraciones que recuerdan a las de los incunables que narran historias bíblicas, a la iconografía del románico. Pese a las aparentes diferencias entre los tres cuentos, David B. articula con su grafismo lazos entre ellos, consiguiendo que la parte más legendaria, más espiritual se conecte a través de esa explosión simbólica que es el dibujo de este autor, caleidoscópico, siempre lleno de connotaciones alegóricas, sugerentes, que obligan al lector a multiplicar su imaginación. Una obra tan preciosa desde el punto de vista gráfico como hipnótica en su fondo.(4)

Y otro álbum del que me tocaría repetir reseña: El síndrome del prisionero (sins entido), segunda entrega de la serie Las pequeñeces de Lewis Tronhdeim. Un diario del creador de La Mazmorra en el que va contando su día a día. Anécdotas intrascendentes, pensamientos cogidos al vuelo… La rutina diaria pasada por el tamiz de uno de los mejores autores franceses de la última década, que da lugar a una visión completamente distinta y, sobre todo, entretenidísima. No es la mejor obra de Trondheim, pero entre tanta novedad es un pequeño oasis de tranquilidad. (2-)

27.Abril.2008 | Lecturas

Hambre

Hay quien dice que la visión de la guerra civil de Carlos Giménez es maniquea y partidaria. Que es una aproximación sesgada por su ideología y que no tiene en cuenta todas las versiones. Es una opinión, respetable desde luego, pero que creo equivoca totalmente lo que es 36-39 Malos tiempos. Cuando Carlos Giménez habla de la guerra no está haciendo historia. Los dos álbumes aparecidos hasta el momento no son un reflejo riguroso e historicista de lo acontecido en esa terrible guerra. Ni siquiera es, si se me apura, un ajuste de cuentas con aquellos que lanzaron a media España contra la otra media.
No, no estamos ante lo que Carlos piensa de la Guerra Civil. Eso lo tiene muy claro, sabe quiénes fueron los hijos de puta que comenzaron la guerra, los verdaderos culpables, pero no tiene ningún interés en demostrarlo ni en discutir sobre ello.
No, Carlos no está haciendo nada de eso. Carlos está hablando de lo que no sale en los libros de historia. Nos está contando una historia de dolor, de hambre y de muerte. De cómo viven la guerra los que la sufren, los que corren bajo las bombas. Bombas que caían sobre personas, que no sabían de ideologías, que destrozaban igual a unos y a otros. Es una visión inmisericorde hacia la guerra, que sólo admite una lectura: el horror de la puta guerra.
Y es un objetivo que, quizás, queda todavía más claro en este segundo volumen, que se centra ya en esa familia que sufre la guerra en un Madrid sitiado. Es un álbum que habla de miedo y de hambre. De hombres, mujeres y niños a los que les importaba ya muy poco cuál era la razón por la que les lanzaban bombas o morían sus padres, hijos o hermanos, porque sólo tenían un pensamiento: el hambre. Omnipresente en todas las páginas, dolorosa.
Siempre ha sido difícil mantener la mirada a los niños que dibuja Carlos. Pero ahora es directamente imposible. Sus ojos ya no esconden sufrimiento, son un espejo de desesperación y de dolor. Niños raquíticos que cogen hierbas del campo para poder llevarse algo a la boca. Madres que ya no saben con qué alimentar a sus hijos, como Lucía, que aunque apenas sabe escribir su nombre, tiene claro que el discurso político que lanza su marido no le sirve para que sus niños no tengan hambre. Que por mucho que las ideas sean importantes, ella sabe que valen más hijos sin honra que honra sin hijos.
Carlos dibuja con rabia, con indignación hacia la guerra y sus secuelas, trasladando al lector esa rabia en forma de puñetazos en el estómago. Directos, sin concesiones. No deja espacio a la respuesta, como esa magistral página donde muestra el efecto de un bombardeo, donde es capaz de trasladar al lector el dolor, el miedo, la desesperación con un realismo tan terrible que nos quita la respiración. Su argumentación es tan contundente que nos quita las palabras de la boca. Tenemos que bajar la cabeza y asentir con él que no hay historia que valga. Que la guerra, la puta guerra, es siempre una mierda.
Y, por si fuera poco, por si no tuviéramos suficiente ya, termina su álbum con la historia de Sito. Unas pocas páginas que nos hablan de una familia de derechas, de toda la vida, que también sufrió la guerra. Que nos cuentan, de nuevo, que el dolor fue para todos, pero que irá poco a poco cambiando hasta llegar a un dramático final visceral, violento, que nos deja congelados, ateridos de un frío que nos sube por la columna como una espada. Algunos dirán que Sito es una exageración melodramática y sensiblera.
Mentira.
Lo que ha ocurrido es que Carlos nos ha dado una bofetada y nos ha dolido, nos ha dolido mucho, lo suficiente como para llorar de rabia e impotencia.
Y nos da miedo reconocer nuestra debilidad. La escondemos echándole la culpa al autor, poniéndonos altivos e inventando mil teorías: que este hombre ya está mayor, que si es muy lacrimógeno…
Pero es mentira.
Carlos nos ha hecho daño porque nos ha descarnado la guerra. Nos ha hecho sentir por un momento lo mismo que sintieron aquellos que pasaban hambre y miserias.
Y eso jode. Mucho.
Una obra magistral, que vuelve a recordarnos porqué Carlos Gimenez es el mejor autor de historieta de este país. (5)

25.Abril.2008 | Lecturas

Lecturas Saloneras (II)

Pupurrí de lecturas saloneras:
- Mouse Guard, de David Petersen (Norma), era uno de esos tebeos que habían conseguido colarse entre la lista de tebeos que me interesaba leer, gracias tanto a las muchas recomendaciones que de él se han dado como a un nutrido currículum plagado de premios, entre los que se incluye el Eisner a autor revelación. Petersen ha construido una historia clásica de aventuras, con claras inspiraciones en el ciclo artúrico o las historias de caballerías: cortes de aguerridos hombres que deben guardar con sus vidas la paz y sosiego de los demás. Con una pequeña diferencia, eso sí: los protagonistas de Mouse Guard son ratoncillos.
En teoría, un punto de partida original que permitiría desarrollar todo un despliegue imaginativo que, por desgracia, apenas explora. Si bien Petersen podría haber desarrollado ese mundo de ratoncillos siguiendo la excelsa línea de “furry animals” del tebeo americano, opta por utilizarlo únicamente como una opción estética –con apenas algunos apuntes más relacionados con el tamaño-. Se centra en la historia heroica, con un entretenido argumento de traiciones seculares y valientes caballeros, que si bien tiene momentos confusos y baches de ritmo, quedan compensados por el impresionante trabajo gráfico del autor. Petersen brilla especialmente en este apartado: un grafismo elegante y muy adecuado a la historia, un interesante uso del color y una indudable solidez narrativa se conjugan acertadamente, consiguiendo que, al final, se pase un agradable momento de lectura. (1)
- Koma 4. El Hotel, de Wazeem y Peeters (dibbuks). A estas alturas, recomendar encarecidamente la lectura de esta obra de Peeters debería sobrar. Encontraremos exactamente lo mismo que en los tres anteriores: un guión sólido, perfectamente orquestado por los dos autores, que va enredándose y abriendo nuevos y sugerentes caminos en cada álbum; personajes atractivos y perfectamente definidos, como la deliciosa Addidas o el intrigante monstruo; un dibujo extraordinario, con un dominio de la narrativa al mismo nivel…Y la única pega, la misma que en los anteriores: que las 48 páginas del álbum se quedan en nada. Siguiendo la tónica de los últimos años en el tebeo francobelga, cada álbum de Koma es apenas un suspiro que obliga a esperar ansioso la siguiente entrega…dentro de un año. Por desgracia, el modelo de álbum anual tan propio del tebeo francés casa con mucha dificultad con un estilo narrativo basado en pocas viñetas por página y una mayor dilatación de la acción. Una lástima, porque con una serie como Koma, la espera se hace insufrible. (3)
- Aya de Yopougon 2, de Marguerite Abouet y Clément Oubreríe (Norma). Poco puedo decir que no repita lo ya dicho para el primer volumen de la serie. Un entretenidísimo tebeo, que si bien podría encasillarse dentro de la moda “Persépolis”, tiene suficientes méritos propios como para destacarse. Abouet y Oubrerie crean un retrato costumbrista que nos habla de la vida en Costa de Marfil sin caer en la anécdota fácil o en la visión habitualmente reduccionista del extranjero, equilibrando con acierto la historia de las tres amigas Aya, Adjoua y Bintou con el relato de las particularidades de la vida y sociedad marfileña, siempre con humor y frescura. Un cóctel de National Geographic, Sfar y “slice of life” de lo más atractivo. (2)

23.Abril.2008 | General, Lecturas

El antídoto para Arrugas

Arrugas es un tebeo magistral, ya lo he comentado por algún sitio. Con sobrados méritos y virtudes para ganar el premio del Salón y los que se pongan por delante, pero que no puede evitar que su lectura nos lleve a un estado que no me atrevería calificar de depresivo, pero si de “preocupado”. Cuando uno pasa la última página de este álbum, no puede evitar darse cuenta de que el reloj es inasequible al desaliento y, lo peor, que lo llevamos puesto.
Pero, afortunadamente, tenemos Río Abajo, de Pascal Rabaté (Norma). Un creador visceralmente ecléctico, que es capaz de pasar de adaptar una obra de Alexis Tolstoi, interpretar un tema costumbrista en África del Sur, adaptar una novela infantil de Dick King-Smith o reemprender el viaje que Antón Chéjov hizo por Rusia en 1930 para acto seguido ponerse en el pellejo del viejo Emile, un anciano que pasa sus días pescando tranquilamente en un pequeño arroyo, en compañía de su amigo Edmond. La discusión con los amigos del bar, la exageración ante el pescatero sobre el tamaño de las capturas… La vida de Émile es feliz. Rutinaria y sin emociones, quizás, pero para quien ya las ha vivido todas, lo único necesario para pasar un buen día es poder levantarse al día siguiente.
Hasta que Edmond desapareció. Justo después, eso sí, de descubrirle a su compañero algunos pequeños secretos. Detallitos picarones, quizás, sin mayor importancia, pero que abrieron los ojos a Emile. ¿Podría volver a vivir o la vida ya se había acabado definitivamente?
Rabaté nos va enganchando en así la aventura de Émile, que comenzará un largo viaje (con no pocas conexiones con la maravillosa Una historia verdadera) que le dará las respuestas que andaba buscando. Lo hace sin prisas, que Émile es ya mayor, pero sin pausas, que no es cosa de perder el poco tiempo que queda. Transmitiendo al lector ese redescubrimiento de la vida, contagiándolo de las ganas de vivir y descubriendo que ese dicho que nos anuncia, cual publicidad de gran almacén, que “la vida comienza a los setenta” es mentira. Que la vida se acaba, jodidas cosas de la naturaleza, pero las ganas de vivirla no se acaban nunca.
Un mensaje vital, rebosante de contagioso optimismo, de esos que dejan como efecto secundario una sonrisa de felicidad de oreja a oreja que permanece durante horas.
Arrugas y Río Abajo. Dueto perfecto. Con el primero reflexionaremos, nos emocionaremos y pensaremos sobre nuestro futuro. Con el segundo nos reconciliaremos con ese futuro. (3+)

A ver si alguien se anima a publicar en España el resto de la obra de este autor, comenzando por la corrosiva La Marie en Plastique.

22.Abril.2008 | Lecturas

Islas

Otras de las grandes sorpresas del salón ha sido la publicación que acompañaba a la excelente exposición organizada para mostrar la obra de los autores de las Islas Baleares. Cada dibujante es una isla recoge la experiencia de siete autores (Alex Fito, Canizales, Guillem March, Gabi Beltrán, Tomeu Seguí, Pere Joan y Max) en su tránsito desde las islas al continente o en su camino inverso, del continente a las islas. Historietas que, inicialmente, podían ser simplemente una especie de catálogo de anécdotas, pero que en manos de estos autores se convierte en una sorpresa continuada. Si Seguí hace un perfecto y entretenido relato costumbrista de su llegada a Barcelona, otros autores, como Max, Guillem March o Gabi Beltrán optan por una deriva más instrospectiva, que les lleva a buscar en su interior respuestas a muchas preguntas. Así, mientras que para Max el aislamiento geográfico se convierte en una interesante reflexión sobre la universalidad de la creación, en Gabi Beltrán es uan excusa para desnudar sentimientos sobre la historieta, mientras que Alex Fito remeda a Ware en una experimentación brutal. Fuentes y referentes comunes que demuestran la plasticidad, variedad y calidad de estos autores. Un libro, publicado por  el institut d’Estudis Baleàrics e Inrevés, que recomiendo efusivamente.

21.Abril.2008 | Lecturas

Chicas Perdidas

Recupero el post que escribí hace casi un par de años con motivo de la aparición de Lost Girls en el mercado americano. Y sigo suscribiendo punto por punto todo lo que escribí:

Principios de siglo XX, un hotel de lujo es el escenario del encuentro casual entre tres mujeres Dorothy, Wendy y Alice. Tres mujeres que esconden un secreto: sus vidas cambiaron durante la infancia por sucesos extraordinarios.
Un punto de partida sugestivo de por sí, pero que en manos de Alan Moore se convierte en una fascinante aproximación a la sexualidad más descarnada. Desde el sexo como elemento decisivo en el proceso de maduración a su papel en las relaciones humanas, Lost Girls es un recorrido cautivador por el ser humano, que permite al lector transitar desde una lectura en la que el sexo es tratado con alegría festiva, espontánea y pornográfica, hasta profundos niveles de reflexión sobre la mente humana. Es una obra caleidoscópica, en la que se hacen transiciones por la literatura, por la pintura, la ilustración, mostrando cómo el sexo se ha ido representando y juzgando. Referencias que se pueden encontrar en casi todas las viñetas de la obra, en las que Melinda Gebbie ha tenido que esforzar su técnica hasta el límite para poder llevar al papel las exigencias de una obra donde, de nuevo, los recursos narrativos son llevados a un extremo espectacular.
Moore vuelve a ser el transgresor de la narrativa gráfica, volviendo a jugar con la composición, ritmo y cadencias como hacía tiempo que no la hacía, entroncando directamente con Promethea, una obra que comparte con ésta inquietudes estéticas y argumentales. Sólo ya el primer capítulo es un ejemplo de hasta dónde es capaz de llegar este hombre, con una introducción contada sólo desde el reflejo de un espejo, una pirueta narrativa que tiene además una intención clara, introduciendo al lector en la narración a sabiendas de que va a ver sólo reflejos, sólo invenciones. El espejo se transforma en una extraña caverna de Platón, donde la ficción, el relato imaginado se transforma en real.
Un inicio que da pie a un trayecto en el que las obras de L. Frank Baum, James Barrie y Lewis Carroll son reescritas en términos mundanos, interpretando la magia como ritos de paso en el camino de la maduración del ser humano. Moore conoce bien la interpretación freudiana de los cuentos infantiles, pero consigue hacer lo imposible, reenunciando el mito, hacerlo real pero transfigurarlo de nuevo hacia lo mágico y sobrenatural. Lo que se ocultaba bajo el peso de metáforas y eufemismos es elevado por Moore a la categoría de leyenda en sí mismo, el sexo deja de lado su aspecto oscuro y pecaminoso para alzarse como una celebración de la humanidad.
Es impresionante como cada capítulo juega con la composición, con la puesta en escena, retomando la obsesión palindrómica de Watchmen en algunos momentos, pero también dotando a la obra de estilos gráficos que van cambiando desde el cuento infantil decimonónico a la ilustración y pintura erótica de autores como Beardsley, Klimt o Ingres pero navegando también por diferentes estilos literarios, entre los que sobresale especialmente la influencia de Pierre Louïs. En Lost Girls hay mucho del atrevimiento y descaro del escritor francés, con referencias explícitas a algunos de sus poemas y obras, llevando a la imagen y diálogos mucha de la filosofía de este autor, tachado como aberrante y amoral en su época.
De nuevo, Moore demuestra que no hay género menor, sino autores sin ideas, demostrando que la pornografía es tan válida para transmitir un mensaje como cualquier otro género. Una apuesta muy atrevida, más sabiendo (y es evidente que hay ganas de provocar) que se edita en un país de puritanismo galopante, donde en muchos estados la edición estará directamente prohibida.
Pero no hay que olvidar la labor de Melinda Gebbie. Pese a que no sea una autora que me entusiasme especialmente (me hubiera encantado ver qué versión hubiese hecho de esta obra Laura o Annie Goetzinger), hay que reconocer que Moore se acopla como un guante a sus posibilidades y que ella da un do de pecho espectacular, con cambios constantes de estilo y un trabajo titánico ante la demanda de su guionista.
Lo mejor que he leído de Moore tras Promethea. Una obra excitante…en todos los sentidos. (4+)

21.Abril.2008 | Lecturas

Cacauequi

¿Sabía usted que los gatos en el siglo XVII andaban sobre dos patas y vestían elegantemente como los hombres?¿Conoce usted de las delicias del puré de cabra con granjero?¿Tiene explicación al porqué los colegios tienen aulas individuales?…
Si no sabe la respuesta a estas preguntas o los nombres de los gemelos Lurdi y Jurdi o Monsieur Doncastrón y la bruja Maldita Bestiva le son completamente desconocidos, es que nunc a ha visitado el mundo de las Aventuras de Cacauequi. Un mundo extraño, en el que sólo rigen las leyes de la imaginación más desbordada, tan cambiantes como tradicionales. Un mundo que parece existir sólo en la mente de Jacobo Fernández pero que a medida que lo vamos descubriendo nos va trayendo ecos de memorias pasadas. Nos sorprende recordar que, quizás, la intrigante Casuarina sí que nos visitó alguna vez en sueños y que alguna vez quisimos estudiar navegación y naufragio. Es difícil de explicar, pero una sensación de familiaridad nos invade cuando leemos las páginas de este álbum. Sin saberlo, Cacauequi ya formaba parte de nosotros, ahí escondido en alguna parte de nuestra memoria, esperando que alguien lo despertara de su letargo y pudiera otra vez contarnos sus historias al oído.
Es muy difícil explicar que es Cacauequi . Quizás podría racionalizarse como una especie de surrealismo ingenuo, de onirismo infantil desatado, que recuerda en cierta medida a una especie de versión inocente de los mundos borgianos del portugués Jose Carlos Fernandes o Ben Katchor, con toques de McCay. Pero quizás, lo único válido ante Cacauequi es dejarse llevar por él. Disfrutar de su aventura con Casuarina y permitir que su mundo nos invada, como una especie de nuevo Slumberland donde sólo tenemos que cerrar los ojos. Y después, al despertar, descubrir en las notas del álbum una mitología nueva, una especie de inmenso criadero de nuevos cuentos infantiles, ideas que dejan a nuestra imaginación romper todos los límites.
Un libro delicioso, que confirma a Jacobo Fernández como uno de los autores más sugerentes y personales de los últimos años. (3+)

21.Abril.2008 | Lecturas

Lecturas Saloneras (I)

¿Por dónde empiezo? Uno de los grandes problemas con las que uno se encuentra tras el Saló es la terrible sensación de agobio y estrés que produce la gigantesca columna de novedades que ha crecido tras la compra compulsiva de estos días. Difícil, muy difícil, comenzar por algún sitio en particular, así que decido optar por la sabiduría del azar, que me lleva nada más y nada menos que a Tezuka, Don Osamu, y su Bajo el aire (Dolmen). Un voluminoso libro de relatos cortos que esconde tras una portada blandit, que parece adelantar historias más propias de figuritas de Lladró, una de las reflexiones más contundentes y despiadadas que recuerde sobre el ser humano. En la línea de las magistrales Ayako o MW, Tezuka se adentra en el lado más oscuro de la mente humana desde una perspectiva aparentemente moralizante, en las que el autor contrapone siempre opuestos, la maldad con la bondad, la honestidad con la corrupción, buscando un contraste del que uno podría esperar un mensaje conciliador, incluso humanista si se quiere. Sin embargo, Tezuka se aparta radicalmente de la filosofía de obras como Astroboy para radicalizarse en el pesimismo sobre el hombre, en un descreimiento absoluto, decepcionado, sobre lo bueno que pueda salir de él. No hay clemencia ni compasión en el mensaje de Tezuka, ni siquiera se permite el beneficio de la duda: el hombre es un animal para el hombre, un depredador que no entiende las convenciones del bien y del mal, sólo las de la supervivencia y de la competencia. Hay, es cierto, una cierta idea de justicia poética en las historias de este volumen, pero alejada y apenas esbozada, dejada caer más como la esperanza de su existencia que como el convencimiento de su realidad.
Una obra demoledora, cuya dureza a veces nos hace olvidar la magistralidad narrativa de Tezuka, con una puesta en escena y composición de una fuerza inigualables. Lectura obligada (4).
Y sigo con el manga y con Dolmen, que me vuelve a sorprender con Jacarandá, de Shiriagari Kotobuki. Una obra completamente distinta, inesperada, que podría calificarse inicialmente como una obra de ciencia-ficción apocalíptica, narrando la destrucción que causa la aparición de un gigantesco árbol en el centro de Tokyo. Sin embargo, ya desde las primeras páginas es evidente que estamos ante una obra diferente: Kotobuki evita conscientemente tener protagonistas en los que el lector se pueda apoyar, para introducirnos rápidamente en una espiral de destrucción y caos. A medida que pasan las páginas, la muerte se va alzando como único protagonista de la historia, los pocos diálogos desaparecen para entrar únicamente en la narración del desastre, de la catástrofe. Un Apocalipsis que va en crescendo continuo, haciéndose cada vez más y más crudo y descarnado. El dibujo va rompiéndose, simplificándose hasta quedar apenas en unos trazos de una expresividad brutal, como si nos introdujéramos en una versión desgarrada y exagerada de la famosa pintura de Munch. La violencia y el miedo son los únicos vehículos de la acción, el drama de los muertos y heridos deja de tener importancia . No hay más argumento: sólo dolor y brutalidad, barbarie y destrucción. Toda la capacidad tecnológica del ser humano se ve reducida a un montón de restos humeantes por un simple árbol. Es evidente que este planteamiento de enfrentamiento entre la naturaleza y el hombre no es nuevo, ni mucho menos (de hecho, está en la base de toda una parte de la cultura popular japonesa, con Godzilla a la cabeza), pero creo que lo que plantea Jacarandá va mucho más allá de la reflexión ecologíca: es una especie de reivindicación poética de la destrucción, una obra donde sólo hay sensaciones y sentimientos. No hay tiempo a la reflexión, sólo se puede escapar y huir de la destrucción. Una obra muy interesante. (3-)

20.Abril.2008 | Lecturas

Desobrado

¿Debe o, mejor dicho, puede un autor estar creando continuamente?
La inspiración…¿puede acabarse?
¿Es la creatividad un don o una profesión?
Son preguntas que, es de suponer, cualquiera que esté ligado al mundo creativo se ha hecho alguna vez. No hay duda que la creación se entiende como algo envuelto en una atmósfera mágica, como una especie de don de la naturaleza sólo concedido a algunos. Sin embargo, la sociedad moderna transforma automáticamente a ese creador en un oficio más, obligándolo a una producción continuada si quiere seguir comiendo todos los días. ¿Hasta qué punto se puede exigir un estado de gracia creativo continuado?
La cuestión, evidentemente, nace de esa extraña dualidad arte/industria que es consustancial a la creación desde el siglo XX. Y afecta a todas las disciplinas artísticas, incluyendo lógicamente a la historieta.
Es un tema eterno, pero un día, Lewis Trondheim tuvo un parón. Dejó de dibujar durante 80 días. No es que parezca nada del otro mundo, pero para un dibujante compulsivo, que durante años ha dado muestras de una capacidad creadora desenfrenada, incontinente, estar mano sobre mano durante más de dos meses es el equivalente a años de desierto creativo. Comparando con otros autores, descubre que en el tebeo existe una cierta constante de agotamiento creativo, como si la edad pasase factura obligada y la imaginación fuese un valor de tamaño finito que va descontando en cada obra. Y decide investigar el tema, hablando con compañeros como J.C.Menu, Margerin, Sfar, Blain, Delisle o autores consagrados como Moebius, Gotlib o Spiegelman, debatiendo sobre figuras como Hergé, Uderzo, Fred o Franquin y cómo evolucionó su obra.
Poco a poco, Trondheim va construyendo un ensayo en historieta que va mucho más allá de sus planteamientos iniciales, dando lugar a Desocupado (Astiberri), un libro de ricos e interesantes matices, que llega a estudiar el propio concepto de la creación y la razón última que lleva a un autor a crear, mientras que establece un interesante panorama alternativo de la historieta, formado no por los momentos de cumbre, sino por ese descenso que sumerge a muchos autores en el olvido. Y todo, edificado sobre una elegante paradoja: la falta de inspiración se convierte en inspiración.
Trondheim sorprende, rompe esquemas y plantea ideas inteligentes para el debate. ¿Qué más se puede pedir? (3)

10.Abril.2008 | Lecturas

La pasión por los libros: Fun Home

Se pueden decir muchas cosas de Fun Home. Como gran obra que es, las lecturas son múltiples y algunos se centrarán en el descubrimiento de la propia sexualidad de la autora. Otros, en la relación entre ella y su padre. Los habrá que destacarán la particular relación entre ellos dos y cómo la homosexualidad tiende lazos que le permiten entender a la autora las actitudes de su padre. También es posible que muchos lectores se queden con la parte autobiográfica, con la lúcida y pausada reflexión que hace Bechdel sobre su infancia y juventud…
Como digo, es una obra con gran cantidad de facetas, pero a mí me ha impresionado otra cosa de Fun Home: la pasión por la lectura. Desde que abrimos el libro, desde la primera viñeta, hay un personaje con un libro abierto. Prácticamente en cada página encontraremos a alguien leyendo. En primer plano, en segundo plano; participando de la acción o no, pero siempre con un libro en las manos. Y, a medida que vamos leyendo, vamos comprendiendo que es algo más que una pose o la reivindicación de la lectura. El propio espíritu de lo que vamos leyendo es la literatura. A medida que avanzamos, Bechdel nos va descubriendo su mayor y mayor dependencia de la literatura y, a la vez, descubrimos que esos libros empiezan a tomar protagonismo, hasta que, casi sin darnos cuenta, son los vehículos de los pensamientos de la autora. En un momento dado, la autora comienza a reescribir su vida en referencia a libros que marcaron su vida, y va entendiendo que su influencia ha sido algo más que filosófica, que forman parte de su vida. Scott Fitzgerald, Colette, Camus, incluso Tolkien, van convirtiéndose en los verdaderos escritores de la vida de Bechdel y, entonces, aparece la verdadera idea que sobrevuela el libro: como en aquella entrañable canción de Vainica Doble, con la que comenzaba un antiguo programa literario de televisión, “todo, todo, todo está en los libros”. Para la autora, nuestras vidas no dejan de ser un rompecabezas de párrafos que ya han sido escritos. Como si de un volumen de la Biblioteca de Babel se tratara, nuestro destino ya está marcado. No escrito en único libro, sino en los miles de libros que en el mundo han sido. Y así, vemos como el suicidio del padre de Bechdel no es más que leer a Camus, que el descubrimiento de la sexualidad de la autora está en las páginas de Colette o que la relación entre sus padres no deja de ser una versión actualizada de El marido ideal de Wilde.
Su diario, que nos acompaña por toda la historia como una voz en off que permite reflexionar a la autora, no es más entonces que el resultado de un cúmulo de referencias literarias.
La literatura no imita a la vida: la literatura es la vida.
Una empresa compleja, casi un desafío, que la autora resuelve brillantemente, pero añadiendo un ingrediente que consigue hacer todavía más importante y difícil su empeño: la honestidad. En Fun Home no hay análisis freudianos sobre familias disfuncionales ni melodramas exagerados sobre infancias tristes. Hay reflexión y sinceridad. Toneladas que contagian al lector y que le acompañan en este viaje en el que la autora intenta entenderse a sí misma y nos descubre, en ese camino, su vida, su padre y la literatura.
Una obra extraordinaria que sólo tiene un problema: la espantosa portada elegida por la editorial para la edición española. Y me quedo corto, porque semejante atentado contra la vista puede echar atrás a muchísimos potenciales lectores.
Afortunadamente, no hay nada que una buena hoja de periódico no pueda envolver… (4)

7.Abril.2008 | Lecturas

Reseñas diminutas: sectas, ahogados y adolescentes entre vampiros

Me tengo que poner al día de lecturas, así que va una de reseñas rápidas:
Dentro de la secta, de Massimiliano De Giovani y Andrea Accardi (dibbuks) es un interesante tebeo que entra en una corriente poco explorada en la historieta y que podríamos denominar como de “documental de denuncia”. En este caso, los autores optan por el relato en primera persona de la odisea de Marion, una chica normal que es captada por una secta religiosa, la Iglesia Científica. Un tema que fácilmente podría entrar en la categoría de argumento perfecto para un dramón televisivo vespertino-sabatino, pero que los autores abordan con inteligencia. Evitan las truculencias exageradas y se centran en la realidad, en este caso el proceso paulatino de lavado de cerebro de la protagonista, mostrando el lento pero definido cambio de personalidad de la protagonista, desde una mujer de éxito profesional, aunque con problemas personales hasta una autómata defensora de los dogmas de su fe. Un tránsito al abismo que es presentado con acierto, intentado en todo momento comprender lo ocurrido sin caer en la fácil simplificación melodramática. Un tebeo interesante, bien hecho y que abre nuevos caminos. ¿Qué más se puede pedir? (2+)
Aguas negras, de Nabiel Kanan (dibbuks). Tras dos obras publicadas en España, llega por fin la que se considera la más redonda de sus obras. Sin dejar esa mezcla de género negro y drama, Kanan narra ahora la historia de una venganza. Un relato crudo, que no cae en las licencias fáciles en cómodos tópicos, pero que sigue fielmente la tradición de los géneros, controlando además férreamente los recursos narrativos para que la historia funcione milimétricamente. Personajes definidos, con personalidades humanas y reales que van desgranando una acción que descubre poco a poco las mentiras con las que convive, obligadamente, el ser humano. Un álbum de lectura interesante que sigue cayendo, a mi entender, en una constante de este autor: el exceso de asepsia. Pese a la indudable fuerza de la historia, la lógica preocupación del autor en que su historia no caiga en el melodrama histriónico se traduce en un excedente de distancia entre narrador y acción. En cualquier caso, lectura recomendable, sobre todo para los aficionados al género (2-).
Tormenta y desesperanza, de Lucie Durbiano (Ponent Mon). El desparpajo y el atrevimiento deberían ser características propias y obligadas de los jóvenes autores. Dos condiciones que cumple sobradamente Lucie Durbiano en esta obra, aplicándolas a una historia clásica de aventuras juveniles, heredera de aquellas que Enid Blyton escribiera mezclando tramas de misterio, detectivescas y fantasía (en una línea que llegaría hasta esa reescritura cinematográfica de culto para muchos que fue los Goonies). Con un estilo gráfico influenciado claramente de la nouvelle vague, sencillo y de trazo ingenuo, desarrolla un relato que conjuga elementos tan variados como la comedia juvenil, la detectivesca o la de terror, pero con mucho humor, referencias y continuos guiños al lector (que van desde Corto Maltés al homenaje a Tintin o toques de Éric Rohmer), contando la historia de cuatro jóvenes que deben enfrentarse a una terrorífica leyenda que resulta ser cierta . El resultado es un cóctel divertido, cuya espontaneidad contagia lo suficiente como para disfrutar de su lectura sin más ambiciones que pasar un buen rato. (1+)

(0): Insuficiente no alcanza un nivel mínimo. (1): Aprobado, obra correcta. (2): Bien, tiene aspectos interesantes. (3): Notable, interesante.(4): Excelente. Muy bueno. (5): Obra Maestra.

5.Abril.2008 | Lecturas

Relación señal-ruido (II)

Decía yo hace poco que había hecho la reseña de Señal y Ruido a partir de la edición original americana de Dark Horse. Pues bien, ya he podido comparar con la edición española de Astiberri y sólo puedo recomendar efusivamente su compra. Astiberri ha hecho una edición primorosamente cuidadada, con una traducción adecuada y un impresionante trabajo de maquetación (no era fácil, desde luego, atreverse con este hueso). Pero es que, además, aprovecha la nueva edición americana para incorporar material nuevo: varias historias cortas de Dave McKean y un epílogo que, en mi opinión, redondea todavía más la obra.

Si, como comentaba, Señal y ruido es una compleja y contundente aproximación a cómo afronta el ser humano la muerte, el epílogo que se ha añadido en esta edición es una matización perfecta en la que se analiza, años después, la triste relatividad de nuestra existencia. Apenas unas páginas que configuran un mazazo rotundo e irrebatible a nuestras creencias.

Una obra impresionante.

1.Abril.2008 | Lecturas

Esto no es manga (o casi)

Que el manga arrasa entre los jóvenes ( y jóvenas, como decía aquél) no es una teoría interesada de los editores de manga. Es una realidad constatable, que rompe día a día todos sus límites. Una poderosa corriente que ha dado lugar dos actitudes en los editores: una, que hay que editar todo el manga que se pueda (¡oh! ¡sorpresa! ¡No todo el manga vende como Naruto!. Reacción del editor ultrajado: “Esto del manga es una moda pasajera”); dos, que como el manga vende, cualquier cosa que parezca manga, vende.
Y no, no todo lo que parece manga, es manga. Por desgracia, desde Occidente se está entendiendo el manga con una limitación de ideas decepcionante. Se supone que el éxito del manga se basa únicamente en un formato (tomo pequeñito en blanco y negro con sobrecubiertas) o en un estilo gráfico (ya se sabe, ojos grandes y muchas líneas cinéticas), sin pararse en ningún momento a comprender o entender qué hay realmente en el manga que lo diferencia del tebeo occidental. Y las diferencias – y coincidencias- son muchas, desde la fundamental, las profundas distancias entre las dos narrativas, hasta las industriales.
El caso es que en poco tiempo han llegado a las librerías tres tebeos que definen perfectamente tres tendencias posibles a la hora de entender eso de “hacer manga” desde Occidente.
En primer lugar, la americana: Dreamers publica el primer volumen de I Luv Halloween, con guiones de Keith Giffen y dibujos de Benjamin Roman. Una serie de temática terrorífica, con historias de un extraño grupo de niños que celebran Halloween de la manera más cruel posible. Giffen demuestra otra vez que cuando se deja el humor en la puerta se deja también las ideas, mientras que Roman intenta jugar con un estilo moderno que haga las delicias de los consumidores de merchandising gótico estilo Lenore o las Living Dead Dolls. La única relación con el manga es, en este caso, el formato. La narrativa es absoluta y totalmente occidental (desde la paginación a la puesta en escena), pero la manera de abordar la temática está a años luz del concepto de terror japonés. Muy flojito, sólo para fans del terror gótico-infantil tan de moda. (0)
En segundo lugar, la concepción de los Humanoides con su revista Shogun, más coherente con lo que es el manga, pero con dos diferentes y marcados matices. Por un lado, una serie como PenDragon, de Mika (Dreamers), un clon de Dragon Ball en el que el/la dibujante intenta seguir la estela de Toriyama, incorporando toques a lo Bleach o Naruto. Es indudable que el resultado es un manga en toda regla, pero como toda copia, tiene un serio déficit de personalidad propia. Cuando leemos Pendragon, recuperamos chistes de Dragon Ball, viñetas de fondos idénticas, personajes híbridos entre otros ya conocidos… No dudo que puede enganchar a los lectores jóvenes a los que está destinado, pero está muy lejos de la capacidad satírica y los múltiples niveles de lectura de un Toriyama. (0)
Dentro de esta concepción mucho más fiel al manga, la misma Shogun marca un última tendencia: Lolita H.R., de Javier Rodríguez y Rieu (Glénat). Una serie que parte de una concepción más híbrida, de asimilación de los recursos narrativos y estéticos del manga a una historia más del gusto del lector francés clásico. La temática es un perfecto ejemplo de historia adecuada al público francés: un relato de ciencia-ficción que mezcla con acierto tópicos del género como el aislamiento de minorías o los robots y su identidad, permitiéndose lanzar además mensajes reflexivos con un punto revolucionario. Por su parte, Javi Rodríguez afronta una inteligente fusión entre los recursos narrativos del manga y los del tebeo europeo, incorporando aquellos que le son realmente útiles. No busca clonar estilos gráficos ajenos, sino asimilar rimos y cadencias que le aporten realmente a su obra. Huye de los modelos más conocidos, como Toriyama o Mashashi Kishimoto para acercarse a autores como Urasawa o Sakaguchi. El resultado es un tebeo entretenido y digno, que no esconde su vocación de tebeo comercial ni se aprovecha de la denominación de “manga”, sino que busca beneficiarse de la mixtura de estilos. (1+)

31.Marzo.2008 | Lecturas

Jamilti

Las historias que componen Jamilti, historias de Israel, son un perfecto fresco para entender el particular universo formal y reflexivo de Rutu Modan. Si en Metralla nos sorprendía con una obra de extraordinaria solidez, que reflejaba una autora que había llegado a un importante nivel de madurez, ahora comprobamos que ese nivel no aparece por arte de magia, sino que es el resultado de una continua búsqueda, de un estudio sistemático de las posibilidades del medio. Jamilti es el resultado de la evolución como autora de Rutu Modan dentro del colectivo Actus Tragicus, en el que podemos analizar dos planos fundamentales. Por un lado, el temático, en el que la israelí se demuestra como una autora de excepcional lucidez, capaz de analizar el ser humano desde historias que huyen del tópico y lo manido. Toma anécdotas de la vida real y las exprime hasta conseguir una narración de múltiples facetas, en las que todos los intereses de la autora toman forma para dar lugar a una aproximación original, que difícilmente habremos leído antes, en la que lo atípico se aborda desde una perspectiva distante, a veces tierna, a veces corrosiva. Un gancho perfecto para que el lector quede atrapado en la inteligente telaraña que la israelí dispone: un hotel temático llevado por dos hermanas que esconde antiguos secretos, un avión que da vueltas sobre una playa y que lleva una esperanza, una curandera que se llevará una venganza familiar, un aspirante a estrella musical que descrubirá que la fama no es lo que parece, un cirujano estético que busca a su amor perdido en sus creaciones…
Pero, además, en Jamilti vamos a encontrar todo un catálogo de soluciones estéticas y narrativas que exploran las posibilidades del medio. Desde la brillante paginación viñetas únicas en Vuelta a casa, en la que el flujo narrativo se mueve a lo largo de toda la página en una escena única donde los fondos toman protagonismo propio, a la más clásica Fan, siempre con un cuidado uso del cromatismo como recurso narrativo y con un brillante uso de los silencios, de los ritmos silentes.
Un álbum recomendabilísimo, en cuidada y perfecta edición de sin sentido. (3+)

31.Marzo.2008 | Lecturas

Relación señal-ruido

Casi veinte años hemos tenido que esperar a la edición en España de Signal to noise (Señal y ruido en la edición de Astiberri). Pero os puedo asegurar que aquél refrán que dice “que nunca es tarde si la dicha es buena” tiene su perfecta aplicación ahora porque, sin duda, Signal to noise es la mejor obra del tándem McKean-Gaiman. Concebida para ser serializada en la revista The Face y, posteriormente, ampliada para su publicación en álbum, Signal to noise es una obra que parte de una idea tan simple como sobrecogedora para el ser humano: la muerte.
Un hombre, un director de cine de películas de prestigio intelectual, descubre un día que un cáncer en fase terminal le arrebata la vida. Apenas le quedan unos meses, un pequeño suspiro en el que debe afrontar el final de todo. Su apocalipsis personal. Y lo hace de la única manera que sabe: escribiendo una película. La última película. Una obra que tratará, paradójicamente, sobre los miedos desencadenados con el advenimiento del primer milenio. El último día del año 999 representa para el director un perfecto símil de su situación: el mundo, igual que él, se acabará en ese momento. Así se lo han predicho. Pero igual que él sabe que el mundo no acabó…¿quedará un resquicio de esperanza para que las profecías médicas no se cumplan?
En el fondo, el director, del que nunca sabremos su nombre, no deja de buscar a su alrededor dónde está la verdad. En un mundo que nos invade de señales, de imágenes… ¿qué es la señal y qué es el ruido? ¿Qué es realmente la vida? Dónde está el límite entre las cosas que marcan la importancia y aquello que sólo la oculta.
Gaiman va dejando ideas apenas esbozadas, esos miedos ancestrales que todos hemos tenido ante la idea de la muerte. Temores a los que McKean da forma en imágenes de una potencia visual brutal, primigenia, formando una compleja trama visual donde señal y ruido se van alternando, inundándose mutuamente, alimentándose en una espiral constante. Imágenes desbocadas, que se van fundiendo sobre secuencias reflexivas. Viñetas clásicas que van diluyéndose en un mar de ruido visual. Un crescendo continuado que impele al lector hacia el mismo agujero negro al que se asoma el protagonista. Hacia un terror al que todos nos enfrentamos, el de nuestra muerte. Y, obligatoriamente, nos asomaremos con él a ese pozo sin fondo, infinito, que nos dejará solos ante el fin del mundo. Una visión que nos descubrirá que no existe final, que el mundo siempre se está acabando para alguien.
Gaiman deja al lector la reflexión final. La respuesta a la pregunta que no se ha hecho, pero que todos tememos hacer. Propone una idea. La suya. El resto debemos encontrar la nuestra.
Un álbum brillante, complejo, provocador, en el que Gaiman y McKean consiguen fusionarse perfectamente, exprimiéndose mutuamente al máximo. La reseña está hecha sobre la edición original de Dark Horse, pero por lo que he podido ver, la edición de Astiberri, a falta de comprobar la traducción (de la que debo reconocer que no me gusta el título elegido, ya que se obvia el origen técnico del término signal to noise ratio, relación señal-ruido), es extraordinaria. (4+)

31.Marzo.2008 | Lecturas

Un tebeo distinto

percy.jpgHay obras que no admiten un estudio analítico. Son obras que tienen la extraña capacidad de sustraerse a las teorías, de encontrar atajos para evitar la razón y atacar directamente a nuestro inconsciente, provocando sensaciones y sentimientos puros que nos cuesta explicar. Tras su lectura, podemos decir lo que hemos sentido el ánimo que nos ha dejado, pero somos incapaces de hilar un discurso que argumente las razones que lo causan. La relación causa-efecto parece explotar en un mar de ideas que se agolpan en nuestra mente y que, simplemente, sólo hacen que aumentar nuestra extrañeza.

Percy Gloom es una de esas obras.
Os podría decir que es la historia de un señor bajito y cabezón, contrahecho, con ojo vago y grandes orejas. Que este señor, melancólico como su apellido, se dedica a redactar los manuales de precaución de los objetos cotidianos en un lugar mágico. Que su madre es inventora, inmortal para más señas. Y su padre, un suicida. Y que él, cuando necesita luz, le da una vuelta a su cabeza para que se encienda.
Os podría contar que el mundo de Percy Gloom es una especie de cruce entre las pesadillas de El Bosco y los escenarios de un cuadro de Dalí. Que sus aventuras tienen la extraña capacidad de conectar con recuerdos vagos de sueños que alguna vez hemos tenido. No es onirismo o surrealismo, no. Es real. Ese mundo que habita Percy es el que todos alguna vez hemos transitado mientras dormíamos. Y como realidad, los recuerdos que tenemos de él son tan vagos como los de la rutina cotidiana.
También podría contaros que Percy vive en un mundo de fábulas, de esas que siempre tienen una moraleja y que, por extrañas e incluso crueles que sean las situaciones, siempre tendrán una lectura positiva, una enseñanza.
Pero la realidad, lo único importante, es que tras leer la obra de Cathy Malkasian, uno se encuentra mejor. No es que sea una obra alegre y jocosa. Es otra cosa. Nos hace pensar, nos hace reflexionar, pero lo hace con esperanzas, ayudándonos a entender que la vida no es tan horrorosa como nos la pintan, que siempre quedamos nosotros. Y que llegaremos allí donde queramos.
Percy Gloom es una obra distinta y diferente. Que nos confundirá en sus primeras páginas y nos sorprenderá en otras. En algunos tramos pensaremos que estamos perdidos pero, al final, cuando pasemos la última página, comprenderemos que todas y cada una de las aventuras de Percy tienen sentido. Un sentido único, particular e intransferible para cada lector.
Un tebeo con tantas lecturas como personas abran sus páginas.  (3+)

Enlace
Avance en la web de La Cúpula

26.Marzo.2008 | Lecturas

El amigo Paul

paul.jpgA estas alturas, leer una nueva entrega de Paul, la serie pseudobiográfica de Michael Rabagliati, es como si quedaras a comer con un amigo de toda la vida. Con esas personas que te unen una amistad a prueba de distancia y tiempo, con los que te gusta volver a quedar sin plazos. Con los que quieres hablar y que te cuenten qué ha sido de su vida. Que intercalen las anécdotas de su día a día con comentarios intrascendentes, con chorradas sobre política o la última película que han visto, pero también con recuerdos, con esos momentos que vivimos juntos y que forjaron la amistad. Paul es un amigo con el que hemos vivido su infancia y juventud, del que supimos de su primer amor en complicidad y que ahora nos habla de los problemas que está teniendo para poder tener hijos.
En cada nueva entrega de Paul, Rabagliati ha ido mejorando poco a poco su discurso, pasando de una obra agradable, puramente descriptiva, como era Paul in the country a este Paul goes fishing donde demuestra una especial sensibilidad para que su historia particular sea un perfecto trampolín para reflexionar sobre diferentes aspectos de la vida, en este caso, centrándose en la paternidad. Algo tan sencillo como unas vacaciones pescando en compañía de amigos, es la excusa perfecta para ir engranando poco a poco diferentes historias que le permitirán hilvanar una lúcida reflexión sobre el significado de tener un hijo, sobre la trascendencia de la decisión en la relación de pareja. Rabiaglati ha llegado a una especial habilidad para concatenar diferentes historias, para entroncar los flashbacks dentro de su relato y conseguir un fluir único de la lectura, perfectamente estructurado, con una definición casi perfecta de secundarios, que apoyan perfectamente al protagonista, consiguiendo el balance adecuado para la narración. Su estilo de trazo limpio, sencillo y depurado, acompaña a la historia con la misma delicadeza que ésta transcurre, con una composición y puesta en escena aparentemente sencilla, pero que ha evolucionado en cada álbum hasta conseguir ese ideal de narrativa transparente, que llega al lector en volandas sin que éste se de cuenta.
De momento, en España sólo se ha publicado Paul va a trabajar este verano, por la editorial Fulgencio Pimentel, pero quedan todavía inéditos Paul in the country, Paul moves out y este Paul goes fishing, editados todos con calidad y cudiado por la canadiense Drawn & Quaterly.
Una obra y un autor en constante crecimiento y evolución, de exquisita sensibilidad, que merece ser conocida en castellano. (3+)

Enlaces

Avance en la web de D&Q

24.Marzo.2008 | Lecturas

Tres paradojas

tresparadojas.jpgHace 2500 años Zenón de Elea planteó tres paradojas. En ellas, el filósofo griego intentaba reflexionar sobre lo infinito y lo discreto, buscando demostrar que nuestra percepción de la realidad es incorrecta. El movimiento no existe como tal y lo finito está infinitamente lejos.
Hoy, veinticinco siglos después, Paul Hornschemeier traslada en Tres Paradojas (Astiberri) las paradojas de Zenón a la creación artística. Si Aquiles nunca podría alcanzar a la tortuga, el creador vera en cada espacio en blanco en su hoja una longitud infinita todavía más grande que la que ha recorrido. Un espacio en el que el tiempo se detiene y se estira haciéndose infinito. Y, en el fondo, esa misma imposibilidad de llegar al destino contagia la vida personal del creador.
Una compleja y ambiciosa historia que Hornschemeier, como buen discípulo de Clowes y Ware, intenta plantear desde una intrincada estructura argumental en la que estilos e historias se van alternando para dar lugar a una estructura de capas que se van solapando para construir la historia. El relato vehicular será un largo paseo del autor junto a su padre, en una conversación que traerá recuerdos de infancia que serán representados con un estilo gráfico de tebeo infantil, próximo a Hank Ketcham, mientras que otros recuerdos ajenos entroncarán directamente con el estilo de Clowes o incluso Charles Burns. Memorias que serán alternadas con su propia creación, una especie de versión perversa del Harold and the purple crayon de Crockett Jhonson.
Un difícil tour de force estilístico, que tiene un precedente claro en la magistral Ice Haven de Clowes, que Hornsenchmeier referencia implícitamente en las historias infantiles y, en mi opinión, en la socarrona representación del cómic-book filosófico donde el autor recuerda haber leído las tres paradojas de Zenón.
La intención del autor con este intricado andamiaje formal es evidente, buscando al lector una reflexión profunda sobre los puntos de inflexión de nuestra vida. Sobre los momentos en que las decisiones pueden significar dar un paso tras la tortuga o quedarse a una distancia infinita de ella. Sin embargo, ese brillante planteamiento narrativo y estructural se convierte, a la larga, en una peligrosa trampa para el propio autor, que ve como su mensaje queda excesivamente escondido tras las ramas de su caleidoscópico bosque. A diferencia del referente de Clowes, donde cada subhistoria se presentaba como la faceta de un diamante multicolor, caleidoscópico, en Tres paradojas cada una de las historias parece ser una losa que oculta todavía más la intención inicial del autor. Se convierten en referencias reiterativas que confunden en cierta medida la reflexión del lector, perdido en el laberinto que el autor ha planteado y que lo obliga a centrarse en la anécdota central, olvidando la intención inicial y dejando toda la reflexión final sobre esa historia. Y ahí se alza el principal fallo de Hornsenchmeier: no permite la visualización global de la obra, no deja flecos que permitan hilar una estructura conjunta de todas las historias, que dejen libertad al lector para construir su propia argumentación. Y el lector, desmotivado, abandona el barco sin saber muy bien cuál ha sido su trayecto en esta historia.
Pese a lo fallido del conjunto final, siempre se agradece poder comprobar que existen autores que entienden la historieta como un medio complejo, donde la narrativa puede ser algo más que una simple concatenación de viñetas, con un planteamiento más profundo y global. Hornschemeier está todavía muy lejos de Clowes o Ware, sus guías, pero es uno de esos autores que siempre pueden sorprendernos con una obra original y distinta. Pese a este bache, sigue siendo un autor de referencia gracias a la excelente  Madre, vuelve a casa o a sus inéditos en España Return of the elephant o Let Us Be Perfectly Clear. Astiberri, como siempre, perfecta en la edición. (1+)

23.Marzo.2008 | Lecturas

Zombies varios

marvelzombies.jpgmarvelzombies2.jpgMe gusta el género de zombies. Me lo pasé bomba con los Marvel Zombies de Kirkman y Philips. Y oigan, hasta soy un fan de las desventuras de Ash en Evil Dead. Vamos, que en resumidas cuentas, debería ser público perfecto para cosas como Marvel Zombies Orígenes o Marvel Zombies vs. Army of Darkness. Y si no perfecto, por lo menos comprensivo. O con las tragaderas suficientemente amplias como para que me arrancase alguna tímida sonrisilla.
Pero ni por esas.
Porque lo de la precuela de Marvel Zombies es de lo que no tiene nombre. Un Kirkman a medio gas se toma en serio lo que antes era una divertida gamberrada, mientras que un dejado Philips se apresura en terminar el encargo sin demasiadas ganas. Aunque tengo mis serias dudas, porque el dibujo es tan malo que la única explicación es que lo haya hecho algún sobrino de Philips o algo así. Sólo hace falta comparar con cualquier trabajo similar previo de este autor (desde la anterior entrega de Marvel Zombies a Sleeper o Criminal) para comprobar el  nivel de dejadez con que afronta este encargo.
Calificar de malo este tebeo sería decir poco, pero lo cierto es que todavía gana con la comparación con ese truño infinitoque es el crossover entre Ash y los Marvel Zombies. Inenarrable.
Terrorífico es, desde luego, pero me temo que por razones muy diferentes a las que impone el género.
Una única recomendación posible para ambos tebeos: huir. Y lo más rápido y lejos posible. Vamos, como si fueran zombies de verdad.
Servidor se va a leer un ratito el Invencible de Kirkman para recordar lo buen guionista que es y a echarle un vistazo a Sleeper para comprobar que, en efecto, Philips es un buen dibujante. Que después de una experiencia traumática como ésta, uno ya no está seguro de nada.
(Obviamente, la puntuación es un redondo (0) para ambos)

19.Marzo.2008 | Lecturas

Sexo

brillogatonegro_port.jpgAntonio Altarriba y Laura vuelven a colaborar juntos en El brillo del gato negro y demuestran, de nuevo, su exquisita sensibilidad para hablar de sexo. Los autores de Amores Locos plantean ahora dos historias donde el sexo es protagonista absoluto, dejando de lado por completo la absurda discusión sobre erotismo o pornografía y centrándose en el sexo como motor de las pasiones humanas y, por tanto, de la propia historia. Los dos relatos escogidos, uno relacionado con los antiguos cuentos orientales y otro que hundiría sus raíces en los cuentos de Bocaccio, desarrollan perfectamente las profundas e intrincadas ligazones entre el sexo y el poder y, sobre todo, la influencia decisiva que el sexo tiene en las decisiones y pasiones humanas de cualquier tipo. Dos bellas historias que, sólo como relatos, ya serían estimables, pero que transformados en historieta por el arte de Laura alcanzan una dimensión inabordable. Laura ha conseguido que su trazo desprenda sensualidad y voluptuosidad en esencia pura. Su interpretación de las escenas eróticas es simplemente perfecta, de una belleza inigualable, a lo que hay que añadir la facilidad pasmosa con la que adapta su línea al relato. Con apenas unas pequeñas matizaciones consigue que El brillo del gato negro, el primero de los relatos, nos traslade automáticamente a la antigua China, transpirando la elegancia de las antiguas pinturas orientales. Pero es que, unas páginas después, unos pequeños cambios conseguirán que El corazón de la serpiente nos lleve directamente a los grabados e ilustraciones del siglo XV, con pinceladas de la explosión renacentista del Quattrocento. Cambios aparentemente radicales, pero que Laura asimila perfectamente en su estilo consiguiendo lo imposible: no perder en ningún momento su marcada personalidad, pero saber transformarse según las necesidades.
Una obra brillante y muy recomendable (obligatoria para cualquier aficionado al género erótico), cuya mejor definición viene dada por Horacio Altuna en su prólogo: “Un ejercicio de desprejuicio y sinceridad consigo mismo es siempre un estímulo para vivir y ser más libres. Este álbum ayuda a reflexionar sobre ello”. (3+)

Enlaces:

Avance de la obra en la web de Edicions de Ponent

19.Marzo.2008 | Lecturas