Mis tebeos favoritos XII
Con motivo de la edición de Corto Maltés, el mar de oro, escríbí un texto sobre lo que significó para mí el Corto Maltés de Hugo Pratt. Os lo vuelvo a poner y amplío con algunos comentarios más:
“Hará de esto que os cuento unos cinco lustros, año arriba o abajo y este que os escribe era un mocoso que se disponía a ser mayor y empezar el B.U.P., o por lo menos, eso es lo que yo creía. Una época en la que, como todas las que recuerdo de mi vida, leía tebeos como un poseso, devorando todo lo que encontraba y que, por aquello de los primeros brotes hormonales, comenzaba a interesarse por otros tebeos que no fuesen los de Bruguera o Novaro con los que me crié. Un poco tarde, lo reconozco, descubrí los tebeos de Vértice, personajes como Sang-Chi, Nova, la Patrulla X, Werewolf o Tumba de Drácula entraron en mi vida en tromba, ocupando el sitio que hasta ese momento tenían los Bruno Díaz u Oliverio Reina. Una avalancha ¡ay! apenas soportada por mi malnutrida economía, que subsistía con una semanada de 50 pesetas que daba para bien poco. Pero necesidad manda y la suerte me acompañaba porque la pequeña delegación del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas que tenía en mi barrio, regida por un señor de bigotillo franquista, cuya hija era una famosa vedette, se dedicaba además de a la recaudación quinielística, a la venta y cambio de novelitas de los Marcial Lafuente, Silver Kane y tantos otros, pero también a la de los tebeos que yo consumía con pasión. Un lugar donde descubrí que, además de los tebeitos de Vértice, también había pequeñas joyas como tebeos de Vampus, Rufus, Vampirella (¡mi primer amor vampírico!), Spirit, 1984 o Creepy. Revistas que, para un renacuajo que aspiraba a adulto como yo, reforzaban mi orgullo de hombre hecho y derecho (junto a los imponentes pelillos que comenzaban a aparecer bajo mi nariz, todo sea dicho) y me permitían ver alguna tetilla que otra, lo que para la época, era un logro sólo comparable a poseer un ejemplar del Lib con Susana Estrada.
Pero un día, en ese cajón de madera en el que hurgaba todas las semanas, apareció un tebeo distinto. En su portada no había ni monstruos, ni aliens invasores ni superhercúleos señores, tan sólo una sugerente y sensual señorita que mostraba su espalda y lo que continuaba. Pero era un dibujo distinto, elegante, sugerente…lo suficiente para imaginarme que su interior podía esconder los más prohibidos placeres. Así que cogí la revista entre un buen fajo de tebeos de Vértice, más llevado por la curiosidad del pecado que realmente sabiendo lo que me esperaba. Ya en casa, y tras pasar el mal trago de la mirada inquisidora del señor del bigote cuando me cobraba, en la seguridad de mi habitación, inspeccione el botín que había conseguido. TOTEM se llamaba la revista y era su segundo número, con su lomo encolado, tan distinto a las grapas a las que estaba habituado. Una primera ojeada me decepcionó… yo imaginaba una revista que mostrase pasiones sexuales desatadas y a primera vista mi amada Vampirella destilaba muchísima más sensualidad morbosa. Pero era un tebeo y mi atracción a cualquier cosa con viñetas dejó de lado las decepciones y me puse a leer la primera historia: “Un aguila en la selva”, de un tal Hugo Pratt (¿quién sería?).
Y lo hice, comencé a leer. Y todo cambió.
El protagonista, un atrativo marinero del que se adivinaba un turbio pasado era lo contrario a los héroes que encontraba en las revistas de Vértice, evitaba la lucha, usaba la ironía como arma y le importaba bien poco resolver las injusticias. En esta primera historia, se adentraba en una compleja trama de intereses y espionajes mutuos entre alemanes, ingleses y portugueses, donde nada era lo que parecía y ni los buenos eran tan buenos ni los malos unos villanos. Pero sobre todo, era aventura, yo no conocía por aquél entonces a Conrad, pero algo me decía que eso era la aventura real, la que se podía vivir. Volar por encima de los rascacielos, enfrentarse a villanos de poderes inconmensurables o luchar en guerras siderales podía ser maravilloso, pero una utopía que nunca ocurriría. Sin embargo, Corto vivía en este mundo, disfrutaba de la existencia y de lo que pasaba ante sus ojos descubriendo lo que estaba oculto a mi mirada. Yo imaginaba que Corto Maltés había pisado junglas ignotas, que había navegado por mares de furiosas olas gigantes… no me lo contaría, no era Corto el típico orgulloso que hablaba de sus hazañas, pero el carácter que se había forjado me llevaría a lugares que nunca imaginé que existieran.
Y así fue. Con él viajé por parajes reales y oníricos, descubrí amores imposibles y posibles, viví la aventura verdadera gracias a los tebeos.”
Reafirmo cada una de mis palabras: Corto Maltés entra en el alma de la aventura, quizás plasmada como nadie desde Conrad. Releer Corto Maltés en Siberia, La Balada del mar Salado, La Casa Dorada de Samarcanda o las historias cortas de Bajo el signo de Capricornio sigue siendo un placer incuestionable, maravilloso. Pratt consiguió que su estilo de dibujo sintetizara en apenas unas elegantes líneas la esencia de la narrativa, el fundamento absoluto del lenguaje del tebeo.
Ediciones en España
La obra de Pratt fue publicada en entregas en numerosas revistas de Roberto Rocca, desde TOTEM a TOTEM Aventuras y viajes, aunque fue la colección Biblioteca TOTEM de la misma editorial la que vería editada casi en su totalidad la obra de Pratt, siempre en un exquisito blanco y negro.
Corto llegó a protagonizar su propia revista en los 80, editada por New Comic, que serializó Tango y Las memorias de Corto Maltés, además de muchas obras de Pratt (e incluso regalaba un álbum de cromos).
Tras la desaparición de la revista, fue Norma la que recuperó la edición integral de la obra de Pratt, incluyendo Corto, en una colección idéntica a la francesa de Casterman, de lujosa edición y con un recolreado discreto, aprobado por su autor. Esta editorial publicó también una colección dedicada a Corto, de pequeño formato (con remontaje de las viñetas) y en blanco y negro, que fue saldada en su totalidad hace unos años.
Enlaces
Sitio Oficial
La Web de Corto maltés
Venecia, ciudad abierta
http://dreamers.com/corto/index.htm
23.08.05 | Mis tebeos favoritos, Series |


El Maus de Art Spiegelman ha sido, es y será uno de esos argumentos que se usan de forma recurrente para indicar que el tebeo ya es adulto, añadiendo siempre la coletilla “y ha ganado el Pulitzer”. Supongo que tratar un tema tan delicado como el holocausto provocado por los nazis y la seguridad que da la autoridad del Pulitzer, ha favorecido que la bola de nieve girase y girase, hasta llegar a un punto donde, muchas veces, me planteo sino le perjudicará más que beneficia.
Personalmente, creo que Maus es una hermosa reflexión sobre la relación entre un hijo y su padre, una perfecta plasmación del contraste entre la admiración por lo vivido por el progenitor y el enfrentamiento generacional casi obligatorio, articulado a través de una larga conversación entre los dos, en la que el padre recuerda los horrores del exterminio nazi para su hijo. Nace así también, aunque a mi entender de forma indirecta, un brutal testimonio de ese horror, que quizás ha sido entendido por muchos como su principal objetivo.
Una opción que muchas veces ha ocultado otros matices del impresionante trabajo narrativo de Spiegelman en la obra, estudiado hasta la minuciosidad más increíble. Baste como ejemplo que es fácil discriminar cuándo se está en el presente y cuándo en el recuerdo, gracias únicamente al cuidado planteamiento compositivo de Spiegelman, que varía ritmo y planificación en cada situación para que puedan ser diferenciadas de forma transparente por el lector, sin que éste sea consciente del milimétrico trabajo del autor .




Una de esas películas que por sí solas me alegran varios días, pero resulta que casi en las postrimerías de la semana, llega otra inyección de optimismo vital gracias a un tebeo: El trío Buenaventura, de Corcal y Edith (Azake), una hermosa historia que habla de tres hermanos que forman la sociedad secreta “los caballeros bajo la mesa redonda” y que se lanzan a la búsqueda de fantásticas aventuras. Benigna, Baltus y Bernabé se encontrarán en esta primera aventura con otros tres caballeros, ya ancianos, que comparten con ellos su ilusión: llegar a La Casa Amarilla.
Es más que probable que cuando Charlier se puso a escribir las primeras líneas de Fort Navajo pensando en su amigo Jijé, su objetivo fuera tan sencillo como hacer una buena serie de western, en la que pudiera volcar todas las maravillas que había visto y sentido en un reciente viaje a los EEUU. Los paisajes, la dura historia de los pioneros, los enfrentamientos entre los indígenas y el ejercito, conformaban un punto de partida excelente para una historia de un género poco habitual para los lectores francobelgas de “bande dessinée”, que comenzaban a adentrarse en historias más realistas gracias precisamente a las creaciones de este rechoncho escritor que había cambiado la forma de entender la historieta en ese país gracias a sus obras.
Pero ya en este primer arco argumental que se prolongó durante cinco álbumes, era evidente que el carácter colectivo se iba diluyendo a favor de uno de los protagonistas que, poco a poco, se había ido haciendo con el liderazgo de la serie. El teniente Blueberry, un héroe de corte romántico, luchador de causas perdidas, había comenzado como secundario para terminar como protagonista y dar incluso nombre a la serie, que rápidamente se denominaría de forma genérica Las aventuras del teniente Blueberry. A partir de este momento, la serie se transmuta y deja la pista del western clásico para internarse en una larga evolución personal centrada en su protagonista, un descarado sinvergüenza de bondadosos principios (muy acorde con el personaje que popularizó en el cine en esa época Jean-Paul Belmondo, su referente gráfico). Charlier parece buscar nuevas vías a su personaje transformándolo en sheriff de un perdido pueblecito, una opción que no cuaja y que acaba de forma precipitada para embarcar a Blueberry en el que sería el primer gran arco argumental de la serie: El caballo de hierro, donde realmente Charlier definiría a su personaje y Giraud se desharía de la influencia de Jijé para comenzar a definir sus propias constantes. Charlier no era ajeno a los vientos políticos que corrían tras los nuevos aires del Mayo del 68 y su serie refleja a la perfección esta situación: lo que en el ciclo inicial de la serie eran tímidas críticas a la actuación del ejército yanqui, similares a las que el cine de la época comenzaba a mostrar, en este arco se acentúan y endurecen, descarnándose e influyendo en la personalidad de Blueberry, cada vez más cercano a la causa india y más alejado de sus orígenes militares, transformando el ciclo en una suerte de introspección que marcará las claves del comportamiento futuro del héroe de nariz rota.
Un camino sin vuelta que se redondea brillantemente en el siguiente arco argumental, La Mina del Alemán Perdido, posiblemente el mejor de la serie, en el que Charlier hace renacer a su personaje simbólica y físicamente, enterrándolo y obligando a volver a salir del útero primordial de la tierra que lo vio nacer. Un cambio que es incluso patente a nivel gráfico, con un Jean Giraud que ya comenzaba a apuntar los modos y maneras de su alter ego, Moebius, demostrando una soltura narrativa y una habilidad gráfica sencillamente espectaculares. Su puesta en escena alcanza la perfección, su dibujo llega a niveles desconocidos, quizás ejemplificados en esas escenas de espacios abiertos infinitos, profundos, que nadie desde Foster había sabido representar tan verazmente.
En principio, parecía que los álbumes que seguían marcaban esa línea de vuelta a los inicios con un personaje maduro y distinto, pero nunca sabremos cuáles eran las ideas que Charlier tenía para su héroe. Su desaparición en 1989, justo cuando estaba terminando Arizona Love, parecía suponer el final de la serie: Giraud se encontraba plenamente imbuido en su alter-ego Moebius, desarrollando series de temática filosófico-fantástica absolutamente alejadas del espíritu de la serie que creara Charlier, por lo que las esperanzas de continuación de la serie parecían nulas.
Después de varios días de abstinencia forzada en la lectura de novedades, me llegan dos esperados tebeos americanos. El primero, la supuesta despedida de Mr. Alan Moore del tebeo mainstream, The Forty-Niners. Una precuela a la serie Top Ten en la que el británico cierra un gran círculo, enlazando de alguna forma su demostrada fascinación con la novela popular de género de finales del XIX y principios del XX (homenajeada de forma explícita en “The League of extraordinary gentlemen”), su pasión por el género superheroico y su amor a los clásicos del medio.
Y la segunda lectura es la nueva entrega de mi adorada Peculia, de Richard Sala. En
Ahora que estoy escribiendo estos textos, me resulta curioso comprobar la gran cantidad de coincidencias que existe entre el Alack Sinner de Muñoz y Sampayo y el Mort Cinder de Oesterheld y Breccia. A la evidente relación geográfica de los autores, anécdotica en otros casos, pero fundamental en éste, hay que sumar que estamos de nuevo ante una obra que reúne a dos autores en un momento decisivo de su recorrido creativo. Muñoz buscaba una salida a sus necesidades creativas, encerradas en trabajos de encargo para la Fleetway, una búsqueda que le llevó a coincidir con Carlos Sampayo, escritor, crítico y periodista que nunca había guionizado historieta, pero con unas inquietudes que reclamaban nuevos caminos. Y una última coincidencia: al igual que en la obra de Oesterheld y Breccia, Alack Sinner es una historia viva, que nace a partir de unos registros genéricos casi tópicos pero que pronto adquiere personalidad propia, arrastrando a sus autores a senderos quizás nunca imaginados.
Las historias de Alack Sinner fueron publicadas España serializadas en la revista TOTEM, apareciendo después dos álbumes en la colección Biblioteca TOTEM (Viet-Blues y Recuerdos de la ciudad sombría). Posteriormente, “Encuentros y Reencuentros” aparecería en la revista TOTEM Calibre 38, siendo recopilado dentro de la colección Los Cómics de CO&CO. También fue serializada “Nicaragua”, en este caso en la revista El Víbora, encargada desde entonces de publicar casi todas las obras de estos autores (Juego de Luces, Sudor Sudaca, Billie Hollyday…). Sin embargo, tras estas ediciones, la obra de estos autores desapareció de nuestro país, quedando sin recopilar en álbum las historias aparecidas en El Víbora e inéditos los dos últimos álbumes publicados en Francia por Casterman.
Cada relectura de uno de los recopilatorios de Calvin & Hobbes produce en mí dos efectos definidos y repetitivos: el primero, una sonrisa tonta que me atraviesa la cara de oreja a oreja, expresión externa de una sensación nebulosa que podría interpretarse como felicidad. El segundo, una reflexión interna que me lleva de forma unívoca a considerar que la obra de Watterson estaba muy baja en mi lista de tebeos favoritos, lo que se traduce siempre en una subidilla de un par de escaños en mi ranking particular, en una ascensión que parece no tener final.
Si bien fue La Colla de la Pesigolla la encargada de dar a conocer al personaje en España, los lectores españoles hemos podido leer la obra de Watterson íntegra gracias a Ediciones B, que ha publicado en su totalidad todas la serie en diferentes formatos (tapa blanda, tapa dura). Además, la serie sigue publicándose en muchísimos diarios españoles, desde los más modestos a las planchas dominicales en el suplemento infantil de EL PAÍS.
Es una gran realidad, esas letras no están puestas de forma aleatoria, sino que referencian un lugar real, el mundo de las letras. Un mundo desconocido para todos excepto para el pobre Philemon, el hijo de un pocero que un día tuvo la fortuna o desgracia de caer en un pozo que estaba directamente conectado con una de las A, exactamente la segunda de Atlántico.
letras de Ocean Atlantique) Fred ha dejado caer vitriolo en estado puro sobre el mundo de la crítica, sobre la burocracia, el capitalismo, el arte, la educación y los usos sociales. En un tebeo poco acostumbrado a las innovaciones como es el francés, fiel de la narrativa secuencial sin grandes estridencias, Fred ha sido, además, el gran innovador de la narrativa con una constante búsqueda de las posibilidades de la historieta, que le llevaban a composiciones imposibles, juegos alocados con la lectura, la composición y la página. Philemon ha salido del espacio físico de las viñetas para moverse entre páginas en fascinante puzzles que obligan al lector a penetrar por vericuetos narrativos nunca antes vistos. No hay reglas físicas, sólo el límite que el lector quiera poner a la expansiva realidad fantástica del mundo de Philemon.
Siento decirlo, pero leer a Philemon en castellano es un imposible. Tan sólo los seguidores de la revista infantil en catalán Cavall Fort pudimos descubrir esta maravillosa obra bajo el título de “Filalici” (además de otras genialidades de autores como Tilleux, Peyo, Mezieres, Xots, Madorell, Pilarín Bayés… la labor de esta revista nunca será lo suficientemente valorada), pero jamás se han publicado álbumes de esta serie, ni siquiera en catalán. Pero es que, además, Fred es un gran desconocido en España, apenas entrevisto en algunas historias cortas en TOTEM o en el álbum publicado por Grijalbo “Historia de un cuervo con bambas”.


editorial y la comercialidad. El manga de Hideo Yamamoto cumple a la perfección con la ya legendaria capacidad del tebeo nipón de engancahr al lector desde las primeras páginas, contando la historia de Susumu Nakoshi, un hombre que lo ha perdido todo y que se presta a actuar de conejillo de indias para un joven médico interesado en explorar la existencia de un sexto sentido en los humanos. Una investigación que lleva a Susumu a dejarse trepanar el cráneo, dejando una ventana abierta entre su cerebro y el exterior.


extraordinariamente difícil completar un puzzle formado por diferentes egos creativos. Aunque también es cierto que hay excepciones a esta (supuesta) regla, muchas en la historieta, en las que la fuerza creativa de dos autores se une en una comunión única y especial. Viene esto al caso del quinto tebeo de mi lista de favoritos, una obra en la que se sumaron dos autores de talla gigantesca, hercúlea: Hector G. Oesterheld y Alberto Breccia. El primero, uno de los mejores guionistas que ha dado la historia, capaz de articular tantos niveles de lectura como se puedan descubrir en sus argumentos. El segundo, un rompedor, un innovador nato de las técnicas gráficas del tebeo. Dos personalidades fuertes y arrebatadoras, que se unieron en un momento de inflexión de sus carreras para dar lugar a un mito, a una obra poliédrica y fascinante: Mort Cinder.
atmósfera tan opresiva y cerrada que trascendía la simple historia de terror para ser un exorcismo de demonios personales, de esos aterradores ojos de plomo cuya persecución atenaza a Ezra. Un impacto que empuja a Oesterheld a seguir a Breccia por ese nuevo camino, profundizando en sus guiones, iniciando en la siguiente historia un periplo por la historia de la humanidad, por la historia de la infamia universal que Mort Cinder contempla en cada una de sus encarnaciones. Historias en las que el alma humana se desnuda y se descarna gracias a la fuerza de los dibujos de Breccia, que utilizan el blanco y negro como puñales que desgarran la página con sufrimiento, el dolor que Breccia soportaba en su vida personal y que se liberaba a través de su pincel.
Mort Cinder se ha publicado (o intentado publicar) en varias revistas, desde Zeppelín a Creepy, pero en álbum sólo ha conocido dos ediciones. La primera, en un cuidado y lujoso tomo de la editorial Lumen a principios de los 80 y la segunda, en una edición de Planeta DeAgostini también en tapa dura, en la que se recuperaba el orden original de publicación (e incluso el montaje original, ya que parte de la serie se publicó en un formato diferente al principio del serial). Una edición que levantó cierta polémica al optar por marcar los contrastes de negro, perdiendo los matices de gris que aparecen en la edición francesa (y que en algunos casos no aparecían en la edición de Misterix). Una decisión difícil pero que en modo alguno dificulta gozar de esta obra maestra.