Alguna impresiones de Expocómic
Vuelto ya de la visita capitalina, la verdad es que la impresión que uno se lleva de esta Expocómic es muy similar a la del año pasado, con algunas matizaciones, certificando que el evento se consolida como un Salón que sigue la estela del de Barcelona, con las distancias obvias debido a la gran diferencia de tamaño y presupuesto.
Cuando uno llega a Expocómic tiene la familiar sensación de encontrarse con la estructura ya conocida: un gran espacio lleno de stands con toneladas de novedades y un público que quiere llevarse todo lo posible. Un escueto programa de exposiciones y actividades y, sobre todo, la posibilidad de compartir durante unos días tu pasión por los tebeos con gente con igual o superior grado de enfermedad.
Es, por tanto, un salón basado en el aspecto más comercial del tebeo, una opción lógica en tanto en cuanto Madrid es una capital que merece un salón del cómic del mismo calibre que el de Barcelona, con unas posibilidades iguales o superiores. Se van resolviendo errores organizativos de otros años, lo que no quiere decir que se hayan resuelto todos, aunque se ven ganas de ir limándolos, lo que se agradece.
Como ya datos más particulares de esta Expocómic, quizás haya dos puntos muy reseñables: el primero, la importante bajada de visitantes de esta edición (sobre todo el viernes), motivada sin duda por lo desapacible de la climatología y por la gymkana que supone intentar llegar al recinto ferial de la Casa de Campo. Obras por todas partes que hacen una odisea llegar en coche (o un despilfarro espectacular en taxis) o la maratón en metro, porque la desaparición de la pasarela habitual obliga a alejarse bastante para encontrar una parada de metro. Vamos, que era completamente lógico que las dificultades espantaran a los menos decididos, pero el resultado es que los propietarios de los stands comentaban que, con suerte, este año habrán hecho cuenta con paga.
El segundo problema, el mismo que se puede objetar a Barcelona: el precio de la entrada. No tiene sentido que se tenga que pagar cinco euros para entrar a un gran quiosco donde la mayor atracción es el consumo. Es verdad que este Salón no tiene subvención oficial y hace que dependa mucho más de las visitas, pero ese precio sólo se puede excusar si el programa de actividades es lo suficientemente atractivo como para compensar su pago, independientemente de que después estas actividades se llenen o no. Este año se ha reducido el número de mesas porque el público apenas acudía a las mismas, una razón que puede ser lógica pero que, a mi modo de ver, es un error, ya que son precisamente estas actividades paralelas las que sirven a la organización para justificar que se pague a la entrada. Hay una oferta que compensa el precio de la entrada, si luego no se va, es porque el que ha pagado la entrada no quiere ir, pero justifica su precio.
Por lo demás, se debe mejorar un poco en el tema de invitados, demasiado escaso este año. Es obvio que no se sostiene que unas jornadas como Avilés tengán más invitados que el Salón de Madrid. Es un problema de presupuesto, es evidente, pero es la presencia de autores la que da solera y prestigio al evento. Y si encima se organizan un poco mejor las colas de firmas, pues perfecto (aunque me temo que esto es común a todos los salones, las colas). También se debe organizar mejor la entrega de premios, la imagen de premios sin nadie que salga a recogerlos es triste, hay que preparar estas cosas y aunque sea alguien de la organización en nombre de los premiados, los premios no se pueden quedar en la mesa. En cualquier caso, reconocer la labor de Mariano Ayuso es una de esas cosas que perdona todo error.
Un salón que se consolida, que ya es una cita fija en el calendario, pero que debe dar ya un salto importante que dependerá de dos claves: el apoyo institucional, fundamental para que el presupuesto permita dar ese paso adelante, y el apoyo de las grandes editoriales. La cita de Madrid es ya lo suficientemente importante como para que Norma, Panini y Planeta de Agostini estén allí.
5.12.05 | General | Compartir en Facebook |








Mucho hacía que había leído los primeros dos volúmenes del
Curiosa coincidencia de dos mangas de terror, editados por la misma editorial y que tienen como base la literatura clásica (con matices) en los dos casos. Primero, el espléndido El niño gusano, de Hideshi Hino, segundo volumen de este autor editado por La Cúpula y que reinterpreta de una forma muy especial La metamorfosis. Si en la inmortal obra de Kafka un hombre normal muta en cucaracha, Hino transforma a un niño aislado y asocial en un gusano, explorando también de esta forma el rechazo social y la marginación de lo diferente. El terror se convierte aquí en un contenedor de una dura crítica a la repulsa de aquellos que consideramos distinto, de esa tendencia a considerar amenazador lo que no conocemos. Es posible que Hino exagere inicialmente las propuestas (un niño feo que cuida animalitos pese a ser odiado por todos sin más explicación), pero poco a poco su discurso se va radicalizando, generando una violencia incontenible de donde antes sólo había inocencia, en una sorprendente metáfora de cómo el individuo termina finalmente deshumanizado ante el odio y el rechazo, con la única salida del odio. Un brillante discurso que está ahí, escondido en lo que a simple vista es un relato de terror con tendencias gore… Excelente (3)
Y la segunda de las obras publicadas por La Cúpula es Falsas Apariencias, de Senno Knife, un volumen de historias cortas que tiene muchísimos puntos de contacto con el recientemente comentado Shitaro, ya que volvemos a historias de terror adolescente, bien llevadas, basadas generalmente en leyendas urbanas japonesas, pero que en este caso. Sería un correcto tebeo de terror, pero la diferencia estriba en la sorprendente revisión del cuento de la Cenicienta que Knife nos propone en la última historia, mezclándola la iconografía de Alicia en el País de las Maravillas y el terror más gore. El resultado es una sólida historia de terror que se aleja bastante de la media de las anteriores, con una visión siniestra de los cuentos clásicos (que me recuerda muchísimo, en intenciones y forma, a la espléndida En compañía de lobos de Neil Jordan). (2)
Primero fueron las listas y los premios vienen detrás. Anoche se dio a conocer el primero de los premios que engrosarán la larga lista de Angouleme 2006: el RTL a la mejor obra 2005, que ha recaído sobre 










Comienzo por la compleja The Fountain, de Darren Aronofsky y Kent Williams, una novela gráfica que interpreta (no es una adaptación) el guión original del proyecto cinematográfico que el director de Pi lleva produciendo desde hace siete años y que pronto verá la luz. Una obra que esperaba desde su anuncio, arrastrado por el buen sabor de boca de la citada Pi y Réquiem por un sueño, dos excelentes películas que demostraban el extraño universo interior de Aronofsky, y por la presencia de Kent Williams, un extraordinario autor.
Y la segunda de las obras esperadas es la nueva entrega de la Liga de la Justicia de Giffen, De Matteis y Maguire, I cant believe its the Justice League, una nueva entrega de esta divertida visión del mundo superhéroico que recupera como protagonista a Guy Gardner para llevar al grupo a una delirante visita al infierno de la mano en compañía de Etrigan. Y de nuevo se da esa química perfecta entre los delirantes y divertidos diálogos de Giffen y DeMatteis y la sobrenatural capacidad de Maguire para la expresión de sus personajes, haciendo que algo tan antinatural como páginas y páginas de bustos parlantes en un tebeo de superhéroes se conviertan en una delicia de lectura. Hay quizás un tono un poco más amargo en algunos momentos de la historia, quizás reivindicación de una forma de entender el género que se enfrenta radicalmente a las corrientes actuales, pero muy escondida tras escenas y momentos absolutamente frenéticos: sólo por la genial hamburguesería infernal o por ver a la familia Marvel alternativa, ya vale la pena la lectura. Divertidísimo.(3)

