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Comic21.org, una iniaciativa a beneficio de la Asociación Síndrome de Down de Granada

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Refugiados en el cómic: un proyecto solidario de creación de cómic

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Miller… (Gracias Daniel)

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Ya se pueden ver en la web de la Fundación Mapfre todos los vídeos de las charlas del ciclo de conferencias Del tebeo a la novela gráfica que se desarrolló durante el mes de septiembre pasado.

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Hoy, a las 17:00, en la web de El Mundo se podrá chatear en directo con el flamante nuevo premio Nacional de Cómic, Santiago Valenzuela

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Finalistas de los Premios de la Crítica

15 noviembre 2011 / Noticias / 3 comentarios

Los premios franceses del 2011 y la ACBD anuncia los finalistas de los premios de la crítica:

- L’Art de voler, de Kim y Antonio Altarriba (Denoël Graphic)
- Atar Gull ou le destin d’un esclave modèle, de Brüno y Fabien Nury (Dargaud)
- Les Autres gens, colectivo dirigido por Thomas Cadène (Dupuis)
- Blast T.2 : L’Apocalypse selon Saint Jacky, de Manu Larcenet (Dargaud)
-Habibi de Craig Thompson (Casterman)
- Les Ignorants : récit d’une initiation croisée, de Étienne Davodeau (Futuropolis)
-Lomax : collecteurs de folk songs, de Frantz Duchazeau (Dargaud)
-Julia & Roem, de Enki Bilal (Casterman)
-Polina, de Bastien Vivès (Casterman-KSTR)
- Portugal , de Cyril Pedrosa (Dupuis)
- Pour en finir avec le cinéma, de Blutch (Dargaud)
- Stalingrad Khronika T.1, de Franck Bourgeron y Sylvain Ricard (Dupuis)
- 3’’ , de Marc-Antoine Mathieu (Delcourt)
- Trop n’est pas assez, de Ulli Lust (çà et là)
- Un enchantement , de Christian Durieux (Futuropolis/Musée du Louvre)

Y ahí está, como era de esperar, El arte de volar. ¡Enhorabuena a Altarriba y Kim!


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La muchacha salvaje

14 noviembre 2011 / Lecturas / 24 comentarios

Hay un discurso dentro del mundo de la historieta que afirma que uno de sus grandes problemas es la falta de revistas donde los autores jóvenes puedan “romper mano”. Es una idea que viene de ese momento glorioso del tebeo de autor que fue la eclosión brutal de los magazines de cómic adulto de los años 80, que no deja de tener bastante sentido enmarcado dentro de la dinámica y tradición de la industria del tebeo español de los años 60 y 70, pero que en este nuevo siglo resulta completamente obsoleta ante la profunda transformación que ha protagonizado el noveno arte. Reconozco que yo mismo he reivindicado esa política para los jóvenes debutantes, pero es una visión tan nostálgica como irreal: la historieta ha entrado por derecho propio en el primer nivel del arte y de la cultura, y con su largamente esperado reconocimiento mediático y social, ha tenido que asumir también entrar en unos modelos de producción y distribución radicalmente distintos, que alejan el tebeo de su comportamientos heredados de su época de producción masiva de la industria infantil y juvenil para entrar a compartir los mismos esquemas de funcionamiento que puedan tener la literatura o cualquier otra arte. Y, en todos estos casos, el camino que lleva al receptor es espinoso y jodido, muy jodido. Frente a ese capullo protector que representaba la revista, que permitía al autor bisoño ir cayendo en la obligada senda de la prueba y error con la red salvadora de sus colegas de publicación, la realidad actual es puramente darwinista y salvaje. Un proceso de selección natural donde el autor se lanza directamente a su prueba iniciática sin más compañía que la de un lector escéptico dispuesto a negarle el pan a la mínima de cambio y un editor que a duras penas podrá pagarle un porcentaje eximio del trabajo real que ha realizado. El inmaduro dibujante ha tenido, a lo mejor, la suerte de publicar en algún fanzine unas cuantas páginas, posiblemente autoeditadas ya sea en papel o aprovechando las ventajas de internet, pero cuando quiere salir al mercado “de verdad” tendrá que ajustarse a la exigencia de una narración larga, de una novela gráfica de cierta extensión que reclama unos recursos y habilidades narrativas mucho más delicados que la narración corta. El cambio no es pequeño: es un auténtico rito iniciático de dolor y sufrimiento que requiere tanta valentía y osadía como ilusión desbordada e inconsciencia.
Y todas esas características están en La muchacha salvaje, de Mireia Pérez, recientemente editada por sins entido. Una obra que, consciente o inconscientemente, trata en cierta manera ese rito de iniciación autoral y personal que supone la independencia vital. Lo hace desde la metáfora, alejando la visión de la realidad de hoy para trasladarse a una inidentificable edad de piedra donde pueda dar rienda suelta a la exploración de sus ideas sin las restricciones que impone lo cotidiano, siguiendo la peripecia de una joven muchacha que decide romper con las imposiciones que le marca la “sociedad”, su contexto más cercano, para buscar su propia experiencia. Un relato al que se aproxima desde un compromiso claro por parte de la autora, que busca poner el énfasis sobre la diferencia que marca el género en el proceso de maduración de la persona en una sociedad que todavía se siente incómoda con la igualdad de la mujer. La opción elegida por la autora de colocar la misma peripecia vital en una época antediluviana es lógica entonces: permite llevar al límite la diferencia de género, con un entorno donde la primacía machista es casi puramente darwiniana.
Es verdad que, llegado a este punto, quizás se podría suponer que la autora muestra su inexperiencia y juventud con una propuesta quizás demasiado ingenua, que repite esquemas bien conocidos de la literatura o incluso el cine. No es difícil asumir que la muda protagonista de la obra de Mireia Pérez sigue el camino de esa transición entre la sufrida compañera del héroe y la protagonista activa que ha tenido el rol de la mujer en la nutrida fantasía prehistórica que tanto ha gustado a la ficción, desde el estereotipo sexual reconvertido en imagen icónica de Raquel Welch en Hace un millón de años a la figura más activa y comprometida de Ayla en la saga-río de Jean Auel, Los hijos de la Tierra. O, restringidos al cómic, de la Lila del Purk de Manuel Gago a la combativa Epoxy de Cuvelier y Van Hamme.
Sin embargo, a medida que avanza la lectura de La muchacha salvaje, es obligado variar esa idea preconcebida: como buena principiante, la autora toma la decisión inteligente de refugiarse en un estilo conocido y, pese a que ya ha demostrado fehacientemente la plasticidad y flexibilidad de su dibujo en otros trabajos, opta por seguir las enseñanzas gráficas y narrativas de Joann Sfar. Se podría pensar que su obra es un clon de inacabado (como es habitual) El valle de las maravillas, pero Mireia Pérez sabe tomar exactamente lo que necesita del francés: la libertad narrativa y esa pulsión característica por contar historias. Con esa acertada guía, Mireia suelta su estilo y se centra en una historia donde demuestra ser una auténtica esponja de influencias: lejos de la fidelidad arqueológica, la edad de piedra de La Muchacha Salvaje es una auténtica síntesis de todos los tópicos de las ficciones que la han recreado, desde Jean-Jaques Annaud a Bernet Toledano, de Los picapiedra de Hanna-Barbera a cualquier referente que la autora conozca de forma consciente e inconsciente. Y, desde ese cóctel tan curioso como sugerente, reflexiona sin prejuicios no tanto sobre el papel de la mujer en una sociedad falócrata como en los propios límites que la mujer encuentra en su naturaleza. La vuelta a las cavernas no es tanto una forma de encauzar un discurso sobre la antropología del feminismo como un recurso para intentar lanzar ideas sobre los enfrentamientos entre la animalidad del ser humano y su racionalidad desde una visión de género comprometida.
El resultado no puede ser más interesante: esa ingenuidad de la propuesta, que existe y es acentuada por el estilo sfariano se convierte en un aliado poderoso para articular un discurso fresco que se antepone a cualquier deficiencia. Que las hay, sobre todo derivadas de una transición a la narración larga que es evidente que la autora no domina todavía con fluidez. Hay episodios que se entienden en su objetivo pero quizás no logran el resultado que la autora busca, ritmos que no siempre se mantienen (no es fácil medir el tempo de lo contemplativo: se nota que la autora ha buceado en los autores japoneses, pero es evidente que es uno de los ejercicios más complejos de la narración gráfica)… Pero todas estas imperfecciones se perdonan con facilidad ante el desparpajo e ilusión que muestra la autora y, sobre todo, la acertada construcción de su personaje principal, una protagonista muda llena de carisma que transmite con sensibilidad tanto la impotencia ante una sociedad injusta como la sorpresa ante los descubrimientos de su propio ser.
La muchacha salvaje se anuncia como el primer volumen de la saga. Esperemos que Mireia Pérez no se fije en la habitual inconstancia de Sfar con sus creaciones y veamos pronto la segunda entrega de una serie que promete confirmar a su autora como un nombre a seguir en la historieta. De momento, éste Nómada es una lectura de lo más recomendable. :)

Mireia dibuja from CAN on Vimeo.


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Santiago Valenzuela, Premio Nacional de Cómic

8 noviembre 2011 / Noticias / 32 comentarios

Plaza Elíptica, de Santiago Valenzuela, Premio Nacional de Cómic

¡¡¡Enhorabuena Santiago!!!!


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Hoy, hace 100 años…

4 noviembre 2011 / Enlaces / 2 comentarios

Un día como hoy, hace 100 años, Adèle Blanc-Sec comenzaba sus aventuras…

(Gracias Igor!)


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Halloween

30 octubre 2011 / General / 3 comentarios

Cuidado con lo que soñáis estos días… :)


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Pagando por ello

29 octubre 2011 / Lecturas / 13 comentarios

Reciclo reseña de lo ultimo de Chester Brown, Pagando por ello, que acaba de publicar La Cúpula en cuidadosa edición idéntica a la original (sí, hay que reconocer que Brown nos lo pone difícil a los présbitas con un tamaño mínimo):
Pagando por ello no es una novela gráfica. Bueno, sí, claro que sí es una novela gráfica, pero creo que si tuviera que decidir cómo definir escuetamente la última obra de Chester Brown, no usaría ese término. Ni el de cómic, tebeo o historieta… Cuando uno se sumerge en la lectura de esta obra, lo de menos es cuál es el medio usado, ésa es su grandeza: deja atrás todas las polémicas para sobresalir como un impactante, brutal y provocativo objeto de debate. El tema, peliagudo y controvertido: la prostitución. La opción elegida por Brown, casi documental: narrar los encuentros sexuales con prostitutas que ha tenido en los últimos años. El resultado, una exposición milimétrica y consciente, depurada hasta la asepsia en algunos momentos, de todas las cuestiones morales y sociales involucradas en el sexo de pago, reflexionando en voz alta para, más allá de establecer un discurso propio, lanzar temas de debate que es imposible no recoger. Mientras vas leyendo los diferentes capítulos de la obra, atendiendo a las conversaciones con sus amigos de siempre (ya se sabe, Seth y Joe Matt), es imposible no detenerse a reflexionar, espoleado por una exposición tan desnuda y certera que obliga a replantearse desde el propio concepto de moralidad a todo ese edificio formal llamado amor que se ha construido durante milenios alrededor del sexo, las relaciones personales y la reproducción. La gélida ausencia de sentimientos con que Brown aborda el tema sorprende inicialmente, pero anima a entrar en el debate sin prejuicios ni ideas preconcebidas, intentando evitar la carga de la educación moral previa para discutir el problema desde posiciones que van desde el simple análisis de una transacción económica a un replanteamiento total de a qué llamamos relación de pareja y cuál es la base de su definición, construida sobre una inercia ética que esconde desde intereses puramente reproductivos o de necesidades sexuales a los más comunes socioeconómicos, dejando un espacio desnudo de discusión para entender mejor ese sentimiento llamado amor.
Es posible que, como lectura, se puedan achacar bastantes defectos a la nueva obra de Brown (un exceso de reiteración en la simple enumeración de los encuentros sexuales, que puede tener efecto narrativo en lo global, pero aburre en lo particular; una elección de formato poco compatible con los problemas de presbicia…), pero su efecto como objeto de debate es devastador, eficiente al 200%.
Muy recomendable, de lo mejorcito de este año que ya se va acabando.


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El verdadero tesoro de Tintín: el nuevo campo de merchandising abierto… La pregunta es…¿no es una forma de saltarse el deseo de Hergé de que nadie firmara nuevas aventuras de su personaje? (y ojo, que yo soy de los que tienen ganas de ver la película y de los que no tendrían inconveniente en ver tintines por otros autores. ¡Lo que daría por un Tintin de Sfar!)

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Una buena noticia: una editorial tan ligada a la ilustración y la historieta como Libros del Zorro Rojo se alza con el Premio Nacional a la mejor labor editorial, logrado ex-aequo con otra editorial que también lanza guiños al cómic, Salamandra.
Enhorabuena!

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The Death-Ray no tan The Death-Ray

27 octubre 2011 / Opinión / 15 comentarios

Me llega la nueva edición americana de The Death-Ray, una de las genialidad de Daniel Clowes que seguía absurdamente inédita en castellano por la elección inicial de formato de publicación: en grapa, en tamaño más grande que el habitual cómic book, pero siguiendo la numeración habitual de Eightball. Un problema que la nueva edición soslaya con una impresionante tapa dura y mejor papel que le da consistencia de álbum europeo de qualité. La relectura sigue siendo igual de apasionante, una aproximación al género de superhéroes que es capaz de unir sin fisuras la imaginación adolescente espoleada por los tebeos de Ditko con una reflexión madura, brillante en unos planteamientos que tejen la ficción con fibras de realidad, ácida en sus críticas a la vez que tierna y tolerante con sus claves. Uno de los mejores tebeos de Clowes, sin duda.
Pero le falta algo: en esta nueva y lujosa encarnación perdemos ese delicioso metasentido que Clowes daba a la obra con su publicación en grapa. Estábamos leyendo un comic-book “para adultos”, con mejor papel, más tamaño y más calidad, sí, pero incluso con su pegatina de precio simulada para dar esa sensación de inmersión total en la fantasía adolescente, para provocar esos sentimientos encontrados de niño leyendo Spiderman por primera vez. Unas sensaciones que, por desgracia, se pierden en esta nueva edición.
Que nadie se equivoque: sigue siendo un grandísimo tebeo, pero es una lástima que se pierda parte de esa experiencia tan especial que suponía aquél mítico Eightball 23.
Yo, me temo, conservaré los dos. (Y si por falta de espacio tengo que dejar uno, tengo claro cuál se irá fuera… :) )
A ver si alguna editorial española lo trae pronto por aquí. Pese a todo, es un grandísimo tebeo.


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Tintin & Disney

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Pero qué nivelazo está consiguiendo la nueva encarnación de Futuropolis… Atentos a Les ignorants, la nueva obra de Etienne Davodeau. Excepcional.

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¡Por fin se editará en España la nueva edición “remasterizada” del Astérix de Goscinny y Uderzo!

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Zoe ya está aquí. :)

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Glénat publicará la recopilación de Los mercenarios de Carrillo en el formato elegido por los lectores.

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Un adiós especial

24 octubre 2011 / Lecturas / 15 comentarios

Qué jodido es morirse. Sabemos que pasará, que es la gran verdad de la vida, pero sigue siendo jodido. Es curioso: de niños nos aterra, tenemos esos primeros contactos con la muerte en forma de entregas casi programadas que van acercándonos a la madurez a empujones. La muerte de una mascota, la del familiar lejano que no conocíamos, la más directa de un abuelo… poco a poco, vamos asumiendo lo inevitable de la muerte y, quizás por esa imposible lucha, aparcamos el tema en nuestra muerte como un asunto a tratar más tarde. Importante, claro, pero que contra más tarde lo abordemos, mejor. Hasta que llega un punto sin retorno en el desarrollo de la persona: la muerte de los padres. Es el momento en que nos damos cuenta de que, definitivamente, somos los siguientes, que ya no hay nadie entre nosotros y la dama blanca. Que vamos cuesta abajo. Es el momento en que somos conscientes de qué significa envejecer.
Contar todo esto desde el sentimiento íntimo es jodido. Muy jodido. Se debe luchar contra muchos sentimientos, algunos tan primitivos como incontenibles; otros, producto de una reflexión que obliga a una siempre dolorosa introspección. ¿Cómo hacerlo bien? Cómo enfrentarse a la muerte sin caer en la desesperación o el tópico?
La historieta no ha sido ajena a esta reflexión: desde que existe, desde que Frank King decidiera contar la vida cotidiana, la muerte es un invitado necesario de cualquier planteamiento mínimamente realista. Desde el dramatismo exacerbado de las series herederas del pulp como Crime Does Not Pay hasta ese escena magistral de dolor contenido que fue la viñeta de la muerte de Raven Sherman en Terry y los piratas. Hasta los superhéroes, enfocados desde sus inicios a un público infantil y juvenil, comenzaron su transición hacia un público adulto a través de un rito de iniciación particular que tomaba la muerte de Gwen Stacy como elemento nuclear. Un camino que la historieta francesa dividió claramente desde sus inicios, separando el cómic tradicional juvenil, donde la muerte cercana no existe (a diferencia de la moda fúnebre que recorre el cómic americano, los héroes francobelgas nunca mueren), del adulto, que asume la referencia como propia: desde aquel bello y enloquecido poema fúnebre a la muerte de su esposa que es La nuit, de Phillpe Druillet hasta obras más próximas en el tiempo como Les funérailles de Luce, de Benoit Springer o Mi mámá está en América de Emile Bravo. Por no hablar del caso japonés, donde las evidentes y profundas diferencias entre las culturas sobre la muerte marcan radicales distancias en cómo se ha plasmado el tema.
Sin embargo, en todos estos casos se evita la plasmación directa del dolor por la pérdida. Se reflexiona sobre la muerte, sobre la desaparición, pero se elude entrar a tratar precisamente aquella muerte que más nos puede afectar: la del ser querido. Y es que realmente pocos, muy pocos, se han atrevido a dar ese salto: lo hemos visto en El arte de volar, de Antonio Altarriba, en Los años del elefante, de Willy Linthout, En El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi, en Autobiografía no autorizada, de Nacho Casanova… En todos los casos, obras que optan por el uso catártico de la creación, que buscan la reflexión particular a través del exhibicionismo de sentimientos dolorosos, quizás impúdico, quizás una solución fácil en tanto buscan una conexión directa a través de la tristeza, Pero en los casos comentados, parece evidente que esa empatía exitosa con el lector no era resultado de un objetivo consciente en sí mismo, sino de la honestidad y sinceridad de su planteamiento.
Pero queda una opción que el cómic rara vez ha barajado: la exposición descriptiva que aleje esa componente de empatía, que busque la reflexión desnuda de elementos sentimentales que puedan condicionarla. Una opción que requiere por parte del autor un ejercicio todavía más doloroso: el de una abstracción que, en muchos casos, puede ser casi insostenible. Pero no imposible, como demuestra Joyce Farmer en Un adiós especial, relato fidedigno de la muerte de sus padres que opta precisamente por una consciente asepsia narrativa. Farmer cuenta la agonía y muerte de su madre y padre desde una perspectiva ajena, tomando incluso una voz distinta que le permita no involucrarse en primera persona, que le permita narrar el declive vital con absoluta precisión quirúrgica. Una labor titánica, de la que sólo se puede atisbar su complejidad y dificultad atendiendo al tiempo dedicado por la autora culminar su creación: pese a acumular una larga experiencia en el underground (Farmer es una autora importantísima en los USA, aunque prácticamente desconocida en España), pese a ser ya una veterana curtida en mil batallas creativas, Un adiós especial supuso para la dibujante una tarea casi inconmensurable que le ocupó trece años de su vida.
Me cuesta imaginar lo difícil que ha tenido que ser despojar los hechos de los sentimientos, analizar los recuerdos para apartar el dolor y dejar sólo la exposición veraz de lo ocurrido, evitar la tentación constante de la reflexión particular, de la expresión de la pena íntima. Pero Farmer lo consigue y narra con minuciosidad profiláctica todo el proceso de degeneración de dos personas: la pérdida de memoria, la caída en la dejadez, la depresión, el olvido, el dolor, la muerte. No deja ningún paso, no olvida ningún momento. No hay lugar para esa empatía, para ese atisbo de tristeza compartida que nos pide el cuerpo.
Y el efecto no pude ser más letal: ante la presentación fría de los acontecimientos, el lector no puede más que acudir a la identificación. Todo aquél que haya pasado por la muerte de un padre o una madre verá lugares comunes: la negación de la enfermedad, la dejadez del enfermo hacia sí mismo… Lo de menos es cuándo se produce la conexión del lector: se dará. Puede que, hasta cierto momento, la lectura de Un adiós especial simplemente mueva a una reflexión banal (“¡pero cómo podía dejar su hija que vivieran con tanta mierda alrededor!”), pero todo lector encontrará una página donde la viñeta actúe como un doloroso espejo en el asistimos sin el filtro del recuerdo a nuestro pasado. En otras obras, la coartada de la empatía permitía alejarse de lo personal y centrarse en el sufrimiento ajeno: no he podido evitar pensar en obras tan geniales como Cuando el viento sopla, que pese a tratar un tema radicalmente distinto, también muestra la degeneración de una pareja desde un tratamiento donde el lector se siente arrastrado por el suplicio que pasan los dos mayores; en la película Las invasiones bárbaras, donde las reflexiones que circundan a la muerte permiten desviar el foco de uno mismo; o en nuestro querido Carlos Giménez, experto como pocos en sacudir bofetadas de realidad que duelen como pocas.
En Un adiós especial no existe esa posibilidad. No existen sentimientos desatados de la autora, sólo hechos que desatan sentimientos, los del lector. Ahí es nada.
Es verdad que, pese a todo, se dejan ver las hechuras de ese dolor: los trece años que tardó la autora se ven en la obra, en los cambios de registro gráfico, en cierta dificultad para expresar los sentimientos de sus personajes que creo que tiene más razones personales que la poca pericia gráfica de la dibujante, ampliamente contrastada en el pasado. Farmer no necesita de la visceralidad que muestra Linthout en Los años del elefante, de hecho, la debe evitar en su planteamiento, pero es evidente que hay ciertos momentos en que no llega a dibujarse a sí misma: Laura, su voz en la ficción, muestra un grafismo inerte muchas veces que sólo puede ser contrapesado por la exhaustividad de la representación gráfica, que se vuelca en todos los detalles, desde el mobiliario de la casa a la presencia física de la enfermedad en los protagonistas, en ese deterioro palpable y visible a lo largo de toda la obra.
No se puede negar tampoco que la gelidez argumental de Farmer puede lograr, en determinados momentos, sacar al lector de la obra, pero lo cierto es que en el global de la experiencia de lectura de Un adiós especial, son detalles que pasan desapercibidos, que apenas importan ante el proceso de reflexión que el lector obligatoriamente ha iniciado, ante un recuerdo renacido de creíamos enterrado y que resulta indefectiblemente descarnado y doloroso.
Yo reconozco que, después de leer esta obra no pensé ni en la narrativa, ni en el dibujo de Farmer ni en nada más que tuviera que ver con los tebeos. Estuve un buen rato acordándome de un año terrible que, casi día por día, estaba en ese tebeo, en esas viñetas.
Y mira que me jodió.
Quizás Un adiós especial no sea una obra maestra del tebeo. Pero es uno de esos tebeos que hay que leer para entender lo que es la vida. La de verdad.


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Entrevista a Manel Fontdevila

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Lupus

20 octubre 2011 / Lecturas / 17 comentarios

Recupero la reseña que hice de Lupus en el extinto DDT ahora que Astiberri publica un integral de los cuatro volúmenes, añadiendo nota final sobre la edición:
Puede que, a primera vista, sorprendiera el espectacular salto cualitativo que dio Frederick Peeters al comenzar su serie Lupus. El referente de la hermosa y singular Píldoras Azules estaba en la mente de todos y pasar de una historia autobiográfica, intimista y tremendamente sensible a una aventura de ciencia-ficción trepidante dejó descolocados a los seguidores de este autor, que no entendían el cambio. Pero basta entrar en la primera página de Lupus para darse cuenta de que no estamos ante un relato de género convencional o superficial. Peeters ha sabido ampararse perfectamente en los andamiajes formales de la ciencia-ficción para ir tejiendo sobre ellos con tranquilidad una historia de amor, con la misma sensibilidad que demostró en su anterior obra, pero con mayor sabiduría, si cabe, en el planteamiento. Se permite incluso un ejercicio de mestizaje muy particular, uniendo las formas del “road-comic sideral” con los de la comedia sentimental intimista, gracias a las que puede analizar con profundidad y sentimiento la relación entre los protagonistas, Lupus y Sanaa. Si en el primer volumen presentaba a sus protagonistas y les creaba un entorno ideal para que sólo les quedara como opción el comienzo de este largo viaje por el espacio, en el segundo sentaba las bases de esta relación, para lanzarlos por fin en el tercer volumen a una loca escapada que les llevará a una estación espacial abandonada, donde el aislamiento y la soledad les obligará a conocerse en profundidad sincerando y expresando sin tapujos sus sentimientos. Peeters ha imbricado perfectamente los acontecimientos, ensamblando con delicadeza las piezas una detrás de otra, creando una compleja telaraña en la que nada se deja al azar. Ha usado hábilmente el género como envoltorio de lujo para crear las situaciones que empujarán a los protagonistas uno contra el otro, pero también como referente ineludible que le ayuda a contraponer ideas a sentimientos y sensaciones. Plantear únicamente la historia de amor entre Sanaa y Lupus no hubiese sido diferente a cualquier otra historia de miedos e inseguridades ante el amor, pero gracias a su inclusión en el género, le permite jugar con simbolismos muy elaborados, contrastes que generan ideas y sentimientos que no hubiesen existido en un entorno real. Multiplica así la fuerza del relato, generando una complejidad que le permite acercarse de una manera más depurada a la historia de amor, centrarse más en sus personajes y hacerlos, paradójicamente, más reales si cabe.
Es evidente que todo esto sería imposible sin la increíble calidad como dibujante de Peeters. Su trazo impetuoso, expresionista, es el mejor medio para transmitir emotividad, para que el lector palpe los sentimientos de los personajes que se mueven en esas viñetas cerradas. Un estilo que absorbe como una esponja influencias, mezclándolas con frescura y descaro: es capaz de unir la composición de página del manga y su puesta en escena (sobre todo en las escenas más íntimas) con los hallazgos narrativos de los clásicos americanos, con Caniff y Robbins a la cabeza, de los que aprende el uso expresivo del blanco y negro, pero sin olvidar las enseñanzas de autores como De Crecy o Blutch.
Es verdad que Píldoras azules tiene una componente de sinceridad y proximidad que la hace entrañable y encantadora, pero en Lupus encontramos ya a un autor en estado de gracia, que domina a la perfección los recursos narrativos y que, sobre todo, los utiliza para explorar con inteligencia los sentimientos y caminos del ser humano.
No es extraño que, tras tres nominaciones, el final de la saga fuera galardonado con uno de los premios “Esenciales” del festival de Angoulême, reconociendo una de las mejores series publicadas en Francia en los últimos años.
La edición integral de Astiberri opta por reducir el tamaño original, siguiendo lo que ya parece ser costumbre en la industria editorial española en las ediciones de integrales. Es verdad que el trazo y composición de Peeters lo permite y afecta menos que en otros casos, pero no deja de ser incómodo. (3)


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Una nueva iniciativa de publicación digital a través de iPad, esta vez gallega: Cangrejo Rojo.

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The Watcher traduce una entrevista a Joyce Farmer, autora de la extraordinaria Un adiós especial que editará en breve Astiberri.

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