Soy mi sueño

suenyoErich Hafner es un orgulloso comandante de la Luftwaffe. 1942: Erich Hafner asciende con su avión. Elude una encerrona dirigiéndose al límite del cielo, allí donde no se sabe qué es arriba y qué es abajo. Como Ícaro se ve cegado por un despiadado Sol, que le deslumbra y le niega la consciencia. Un momento congelado en el tiempo en el que oye a Solaya. Apenas un suspiro, un rumor ahogado por el ruido de los motores del avión. Pero lo suficiente para entablar una conversación con la vieja Solaya, hacinada en un tren hacia Uzbequistán, entre vivos, muertos y lamentos. Palabras que no se pronuncian pero que llegan fluidamente a los oídos, conversaciones entabladas quizás sólo en su imaginación. Quizás tan reales como el estruendo de las balas y explosiones de un momento antes. Quizás tan reales como la tierra que se acerca.
Felipe Hernández Cava y Pablo Auladell comienzan así un arriesgado ejercicio, una pirueta sin red de complejidad máxima, en la que llevarán a su protagonista a la búsqueda de su propio yo. Un yo escondido tras una época convulsa y una ideología que anula completamente al individuo tras el ego supremo del líder. Un camino de introspección que comenzará en su infancia y su fascinación por la literatura de aventuras de Karl May, para ir descubriendo que quizás su vida no fuera producto de su elección consciente. Cava parece apostar por la voluntad de elección en su interpretación schopenhaueriana, como constructor ideal de la realidad que vivimos, pero pronto la enfrentará, en un cara a cara entre el propio filósofo y la crueldad manifiesta como realidad de las dictaduras. ¿Fue la persecución de los judíos un acto de voluntad representada?¿Qué voluntad estaba detrás de las purgas estalinistas? Extremos brutales del albedrío humano, de una libertad que también puede ser ejercida para amputar la de los congéneres. Erich debe decidir qué camino seguir ante su propio pasado, el presente perturbado y un ignoto futuro. Juega con pocas cartas: apenas sus percepciones, muchas veces llegadas de forma inconexa, incluso falseadas, y la ayuda de Solaya, de la que ni siquiera llegaremos a conocer si es parte de la ficción o de la existencia real.
Hernández Cava vuelve a elegir ahondar en temas espinosos sin miedo a las laceraciones, jugando en el filo de la navaja a sabiendas que ésta le dejará marcas, pero siendo consciente también de que sólo el riesgo permite desvelar historias escondidas. Treinta años después de que su carrera se iniciase en aquellos discursos comprometidos del colectivo El Cubri, el guionista sigue en una empecinada negación de la concesión hacia lo evidente. No existe indulgencia hacia lo fácil y sí una aquiescencia en la reflexión como única forma de avance del pensamiento. Elude la conclusión sencilla, el colofón esperado que abriera puertas de encomiásticos elogios y ditirambos para dejar sobre la mesa, sobre ese papel ahora manchado de dibujos pistas para que el lector construya un discurso propio. Es verdad que la voz de Cava suena más quebrada que antaño, quizás con un punto de descreimiento que no se atinaba en aquellas obras de género negro que firmaba El Cubri, pero que comenzaba a esbozarse en ese relato de fijación obsesiva que era Lope de Aguirre, quizás cerrando un ciclo donde la locura de aquél, de voluntad única, queda matizada ahora por la figura de Erich Hafner. Pero al igual que aquellas obras, Cava precisaba de una mano ejecutora que pusiera en los dibujos mucho más que un simple trazo. Si Pedro Arjona, Federico del Barrio, Enrique Breccia o el recordado –y llorado- Ricard Castells iluminaron antes sus ideas, ahora toca el turno a un autor de tan corta obra como largo futuro: Pablo Auladell. Ilustrador conocido e historietista que apenas ha despertado al noveno arte para deslumbrar. Abandona el resguardo que sus propias historias le daban en La torre blanca para entrar en un guión ajeno, en una historia que debe interpretar como propia y que le obligará a un nuevo cambio de registro. De la limpieza de trazo, del blanco inmaculado teñido de notas de delicado color y de la luz omnipresente pasa a un trazo plomizo y sucio, de atmósfera opresiva y mutable, en la que el dibujante deberá desarrollar un juego de máscaras con el lector, con imágenes de poderosa poética visual que deberán llevar la carga narrativa de un texto complejo y reflexivo. Imágenes que parecen diluirse en esa escabrosa ambientación que, juega siempre con una elegante composición de página, basada en una férrea estructura de seis viñetas que sólo se permitirá apenas alguna licencia y el apoyo de una tonalidad marrón, un ocre que apenas se esboza pero que acompañará el tránsito entre la realidad-ficción y la realidad elegida. Como dibujante, Auladell demuestra un saber poco común, más propio de aquellos que ya muestran callos en sus dedos de décadas de aguantar el lápiz.

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