Leyendo voy, leyendo vengo

Decía yo hace unos meses, muchos meses, que reabría La Cárcel. Y abierta estaba, pero con polvo y telarañas acumuladas por meses de mucho, demasiado trabajo que habían dejado aquél objetivo completamente olvidado. Que no es excusa, lo sé, que en sus buenos tiempos, iba yo con estrés postraumático haciendo cien cosas a la vez y no dejaba de mimar este espacio ni un día. Pero, ay, los tiempos cambian. Por un lado, la manida excusa de la edad, que por repetida parece coartada de fórmula más que realidad. Yo mismo defendía hace diez años que eso de la edad era cosa de mindundis y debiluchos, para chocar ahora con que quizás no iba tan desencaminada la cosa. Que el cuerpo no da para más (sobre todo si se tiene un hijo pequeño que desborda energía mientras tú ves como el indicador de la tuya se desvanece) y las neuronas, digan lo que digan, se van jubilando a medida que uno envejece. Tras haberme quemado profundamente en 2012, poco a poco fui recuperando tiempo e ilusión, pero los avances tecnológicos se aliaron con mi nueva y cómoda situación: ¿para qué hacer una reseña si uno puede marcarse un tuit de 140 letras? Economía y síntesis comunicativa, se puede decir. O, según se mire, apoteosis dionisiaca de la inteligencia aletargada. Aunque puede que, simplemente, sea la plasmación de estos tiempos IKEA nuestros donde brevedad y comodidad son el nuevo ídolo de masas. El caso es que si a eso le añaden dos proyectos tan ilusionantes –pero devoradores de tiempo- como las exposiciones de VLC València Línia Clara en el IVAM o Prehistòria i Còmic en el Museo de Prehistoria de Valencia, pues a uno le quedaban pocas ganas de escribir por aquí.
Pero el caso que, al final, el comezón por escribir termina por ser molesto y uno tiene que decidir si lo afronta por la vía farmacológica para olvidarlo o si se envalentona y coge el toro por los cuernos. Y aunque me siento tan profundamente antitaurino como devoto de la farmacopea y de la química, va y hago lo contrario: me pongo a escribir otra vez. A joerse toca, el ser humano es inescrutable. No sé lo que duraré, pero apliquemos lo de la famosa expresión sobre la dureza y su duración, a ver qué pasa. Eso sí, que nadie espere ya la locura prolífica de antaño. Una o dos veces a la semana, que uno ya está mayor.
A lo que iba: tebeos. Mucho de lo que hablar, pero me voy a centrar en las muchas y variadas lecturas de estos últimos días, que uno ya ha recuperado ritmo lector tras años de retraso.
lamiaEmpiezo por Lamia, de Rayco Pulido (Astiberri), que certifica la capacidad de este autor para sorprender al lector en cada nuevo envite, erigiéndose en infatigable y camaleónico explorador de caminos desde aquellos recordados Final Feliz y Sordo, donde todavía se apoyaba en el trabajo de Migoya y Muñoz para dejarnos estupefactos después con la sugerente Sin título: 2008-2011, donde comenzaba un atrevido vuelo en solitario que apabulló con la osadía de adaptar a Pérez Galdós en Nela. Un atrevimiento se revela intacto tres años después con esta nueva obra, donde la curiosidad por indagar nuevas opciones le lleva a desarrollar una compleja exploración de la España más profunda. Lamia nace en las entrañas de la posguerra española, en esa tradición por lo morboso que siempre ha tenido esta nuestra querida patria y que alcanzo en esos años el culmen en El caso y en El consultorio de Doña Elena Francis, exponentes de las dos caras entonces obligadamente separadas del morbo, la criminal y la sexual, que Rayco zurce con habilidad, tejiendo un thriller de esos de los que no se debe decir nada porque se arruinan las sorpresas. Me ataré los dedos en lo argumental (aunque no me resisto a decir que estamos ante uno de los mejores relatos de serial killers que uno recuerda), pero no en comentar el excelente retrato social que compone Rayco en segundo plano. Lamia va dejando temas para la reflexión que van desde la manipuladora tutela religiosa de la moral impuesta por el franquismo a un repaso contundente a la situación de la mujer en España durante esos años, relegada y sometida por decreto y palabra divina. Solo por esos dos análisis, ya la obra es fundamental, pero hay que añadirle multitud de detalles que va desperdigando por el camino, desde el homenaje a obras clásicas de nuestro cómic (de Bruguera a Las memorias de Amorós) al debate sobre la maternidad como realización de la mujer. Con un tratamiento gráfico moderno con toques de art déco (inspirado precisamente en ese Del Barrio que rompió moldes en Madriz y demostró con Hernández Cava que la innovación no estaba reñida con el género y la inteligencia en Las memorias de Amorós), Rayco proyecta los hallazgos de Lamia hasta nuestros días, estableciendo una macabra línea que conecta aquella pasión por lo luctuoso con sus hiperbólicos hijos, los Sálvames de hoy. Lamia es una obra que se disfruta en todos los niveles imaginables, en lo gráfico, en la lectura, en el posterior debate… Una de esas joyas que hay que leer obligatoriamente y que Astiberri ha editado con un cuidado exquisito. Un tebeo espléndido.

teen wolfMás cosas que he leído y disfrutado: Teen Wolf (Fosfatina), antología gozosa y refrescante que colca a un grupo de casi veinte autoras en el centro de la realidad de nuestro tebeo, en un hoy con un potencial tan brutal que resulta inimaginable hasta dónde puede llegar a poco que se les dé cancha. Porque si con solo una idea tan sencilla como revisitar la famosa película protagonizada por Michael J. Fox se consiguen estos resultados, lo que estas autoras pueden dar de sí es increíbles. Es verdad que se puede caer en la tentación de pensar que una antología solo de autoras cae en el aprovechamiento de la etiqueta, en la explotación del género como moda, pero déjense ustedes de zarandajas y olviden ya de una vez si las mentes creativas de estas obras tenían vulva o testículos, porque lo que demuestran tener es arte que se les sale por todos y cada uno de los poros. Las historias que componen Teen Wolf saben alejarse del homenaje nostálgico para bucear por casi por el oubapo: la constricción del punto de partida sirve para un verdadero brainstorming de ideas que van desde la obvia reconstrucción del licántropo como simbolismo de maduración sexual a la reescritura del mito de la bella y la bestia, pero siempre desde una aproximación fresca y renovadora. Historias como las de Mireia Pérez, Anabel Colazo o Klari Moreno (mis preferidas en este caso, sin desmerecer para nada al resto) son iconoclastas revisiones que se atreven sin pudor a transgredir toda idea previa. Y es en ese espíritu donde encuentro un valor todavía más importante en Teen Wolf: es un perfecto representante que toda una nueva generación de jóvenes artistas que llega al cómic desprovista de prejuicios. Sin duda, nunca antes hemos estado ante una efusión igual de jóvenes artistas que apuestan por la historieta como medio de expresión. Las razones dan para un largo debate, aunque supongo que una de las razones fundamentales viene necesariamente de ese cambio de imagen de la historieta, que ya por fin dejó atrás sus traumas para entrar en una nueva situación de reconocimiento y aceptación. Pero lo más importante es que es una generación que no viene mediatizada por el pasado: la gran mayoría no han sido lectores de tebeos, vienen vírgenes de influencias endogámicas para lanzarse a la historieta con todo el bagaje de haber pasado su infancia continuamente inmersos en una cultura visual omnipresente. Y eso se nota en la absoluta desvergüenza con la que se saltan cualquier dogma de la narrativa gráfica: no tiene que seguir los mandamientos de San Eisner ni ser discípulos de Hergé, no han hecho lectura catártica de Príncipe Valiente ni falta que les hace. Solo saben que quieren contar historias y que lo quieren hacer con dibujos, recordando a esa vuelta a los orígenes que propugnaba Picasso, ese querer dibujar como un niño que en el caso del tebeo es querer narrar sin imposiciones ni pesadas losas. Y vaya si lo consiguen. Recomendabilísimo.

pendantDe fuera leo Pendant le loup n’y est pas, de Valentine Gallardo y Mathilde Van Gheluwe (Atrabile), un relato escalofriante que parte de los terribles momentos que vivió Bélgica con el caso del pederasta Marc Dutroux para lanzar una reflexión sobre la capacidad de la sociedad para crear sus propios monstruos. Las autoras no hacen una narración directa de los hechos, sino que trasladan a los niños la responsabilidad de contarnos cómo sintieron aquellos hechos. Y el resultado es demoledor: porque los asesinatos de Dutroux pasan completamente a un segundo plano ante la inquietante capacidad de la sociedad para expandir el miedo. Los niños no entienden por qué deben protegerse de los demás, pero sí que son capaces de ver crecer el terror con el que se mira al otro. El delito de uno se convierte en el temor al extraño del resto, en la mirada que antepone la sospecha de culpabilidad ante cualquier gesto por inocente que sea. Es fácil ver en esta obra cómo la sociedad se construye en el recelo, en la desconfianza, encontrando lógicas conexiones con la actualidad de un mundo que, cada vez más, se atrinchera en el desprecio y el odio al otro.  La mirada del niño sirve como filtro perfecto: la inocencia infantil se ve viciada por el relato del adulto mucho más allá de las perversiones del delincuente. Reconozco que este libro me ha dejado tocado porque yo mismo, como padre, soy partícipe de esa locura colectiva que traduce el lógico deseo de proteger a nuestros hijos en una obsesión hiperprotectiva que construye auténticas murallas a su alrededor. Pendant le loup n’y est pas (maravilloso título, Mientras el lobo no está) es un espejo que nos devuelve hasta qué punto estamos ya deformados y viciados. Y lo que vemos no es agradable. A ver si alguien se anima a publicar este excelente tebeo en España.

Y ya está bien por hoy…

Buñueladas de carne y arena

Contaba Buñuel en sus memorias que no estaba contento con El ángel exterminador, un atroz retrato de las relaciones humanas creado a partir de una justificación puramente surrealista de las que tanto gustaba el director aragonés: un grupo de personas permanece atrapado en una casa, no puede salir de ella. No hay razones, sólo hechos: no pueden salir, están encerrados. Siempre me ha parecido una de sus mejores películas, sugerente y provocativa, pero decía Buñuel que hubiese preferido hacerla en Europa, con actores europeos y una ciudad como París o Londrés. En cierta medida, Frederik Peeters y Pierre Oscar Lévy siguen los deseos del famoso director, planteando en Castillo de arena una traslación de lo que acontecía en aquella mansión señorial mexicana a una bonita playa mediterránea, donde un grupo de personas quedarán inexplicablemente atrapadas. Un punto de partida sugerente (que muchos hoy en día relacionan más con Lost que con Buñuel, menos mal que la pequeña introducción de la obra lo recuerda), que los autores desarrollan con pulso, añadiendo una vuelta de tuerca dramática: el tiempo pasa más rápido en la cala, cada hora son años. A priori, las posibilidades son fantásticas, y a medida que vamos leyendo el álbum, hay que reconocer que la historia engancha y arrastra como pocas… Sin embargo, el regusto final ha sido agridulce. Por un lado Peeters y Oscar Lévy desarrollan la historia con buen ritmo, nos va introduciendo en esa espiral surrealista con mano firme, siempre de la mano del elegante y eficaz estilo de Peeters, consiguiendo que la lectura sea muy agradable, sí, pero la sensación que queda es que por el camino se han quedado muchas cosas. El sorprendente giro argumental añadido permitía detenerse en muchas reflexiones sobre las relaciones generacionales o las diferencias que marca la edad, pero apenas están apuntadas de forma sencilla, incluso tópica. De hecho, llega un momento donde estamos más interesados en el por qué está pasando que en el qué ocurre, cayendo en la trampa perversa que Buñuel evitaba con su magisterio habitual: las razones eran lo de menos, no tenían ningún interés, lo único que importaba era qué estaba ocurriendo. Pese a que el final propuesto por los autores me parece acertado y coherente, tras la lectura la sensación que tenía es la de haber hecho un viaje en el que había llegado al objetivo, pero no había podido disfrutar del paisaje, que era lo importante. Una historia más cerca al final de Abrams que de Buñuel, pero interesante (2-)
Y volviendo a Buñuel, otra de mis películas preferidas (la verdad, creo que no hay ninguna película de Buñuel que no me guste…) es El fantasma de la libertad, donde el de Calanda trastocaba sutilmente los principios sociales para derrumbarlos. Apenas un ligero cambio, ese pequeño empujón surrealista que tan bien practicaba, y el mundo se daba la vuelta, como ese magistral episodio donde los buenos usos sociales marcaban que el comer en público era de mal gusto pero no así el defecar, reconvertido en acontecimiento social. Siguiendo esa línea, el ilustrador israelí Koren Shadmi propone en En Carne viva un ejercicio similar, en el que episodios banales se deforman y reconvierten casi en pesadillas a partir de la introducción de un elemento surrealista. Parejas que se citan con bolsas de papel en la cabeza, una chica que se convierte en radioactiva, un hombre con cabeza de cámara o una hermosa chica descabezada son algunas de las ideas con las que Shadmi propone al lector un particular viaje hacia aquello que nos hace volver la cabeza, hacia las vergüenzas del ser humano. El sexo como elemento omnipresente que se transforma en impotencia o humillación, la incomunicación… las propuestas de Shadmi son provocadoras y sugerentes, incluso con atrevimientos narrativos que conforman una obra distinta y muy, muy recomendable, que nos recuerda que el cómic israelí no acaba en Rutu Modan (que no es un hombre, por cierto, igual que Shadmi no es mujer, como he visto en notas promocionales…). Lástima que la edición de Ediciones B sea bastante deficiente en calidad de reproducción , porque tanto el estilo de Shadmi como la obra lo merecen. (3-)

Enlaces:
Entrevista a Koren Shadmi

Fresas

Tras su debut con Wassalon, a Clara-Tanit Arqué le quedaba lo más difícil y complejo: confirmar que aquellas buenas sensaciones eran la base de una autora con futuro. Los mimbres eran buenos: la frescura de un discurso de apariencia naif e ingenua pero regusto amargo, un grafismo que mostraba un universo particular, pero fuertemente referencial a lo cotidiano, una indudable habilidad para la distancia corta, más íntima… ¿Serían una base suficiente para el paso a la narración más larga? Quizás en otras circunstancias, no, pero en estos más de dos años entre su debut y su nueva obra, la autora ha pasado por un largo periodo formativo (incluyendo un año en la Maison des Auteurs de Angouleme) que a la vista de los resultados, ha sido más que fructífero. Sin perder ni un ápice de ese lenguaje personal que practicaba en sus historias cortas, se adentra en la narración larga usando un tema tan resbaladizo y a la par atractivo como la amnesia. Una temática que ha demostrado, por repetición, ser del gusto de las ficciones: el olvido parece funcionar bien tanto como puro macguffin – que se lo digan a XIII, Bournes o Beatrixes varias – o como elemento de motivación a la reflexión. Eso que llamamos personalidad, a fin de cuentas, no es más que un seguido de recuerdos, y su desaparición deja en el aire aquello que entendemos como ser humano. Lo saben bien en literatura, historieta y cine, donde los ejemplos son muchos y variados (aunque se me permitirá un recuerdo a mi admirado Hal Hartley y su recordada Amateur). La tentación del primer vistazo sería decir que en ¿Quién ama las fresas? (Astiberri) sigue esta línea, y que la autora hace una reflexión sobre la transición entre la adolescencia y la madurez con la amnesia como elemento simbólico: el olvido como rito de paso entre dos edades. Sin embargo, sería erróneo. A poco que vamos avanzando en la lectura, comprobamos con qué sutilidad Clara-Tanit introduce un segundo discurso sobre la diferencia, sobre la amnesia de una sociedad que olvida a aquellos que son distintos. Madre Fresa y Fresa son diferentes, sí, son únicas. Pero son también idénticas, aportando una nueva variable que hace la reflexión más compleja y sugerente: dos personas que son vistas como diferentes a todo su entorno pero que entre ellas son iguales. Un juego de espejos extraño, que devuelve la misma imagen en una dirección pero deformada en todas las demás. Mirarse fuera de ese espejo es sentirse única y apartada. Pero mirarse en él no aporta más que la propia imagen. Un punto de partida turbador que la autora va desgranando en un relato aparentemente sencillo, donde los personajes van componiendo su propia realidad casi espontáneamente, adentrándose en ese doble discurso paralelo en el que los contrapuntos se van diluyendo en un único flujo vital donde todos sufren los mismos males y disfrutan las mismas alegrías independientemente de su forma. Realidad y mundo imaginado de la amnesia, distintos e iguales, todo se conjuga y se entremezcla, ayudado por el atractivo trazo ingenuo de la autora, que se va modificando y esculpiendo según las necesidades de lo narrado.
Una obra que confirma todas las buenas sensaciones que se obtenían de Wassalon y que habla de una autora con una sensibilidad especial para mirar el mundo que nos rodea y con una capacidad que dará mucho que hablar en el futuro. Su mejor obra, din duda, hasta ahora… aunque me temo que esta afirmación dejará de tener sentido muy pronto, cuando aparezca su siguiente incursión en la historieta. (3)

Omaha

1979: el fanzine Vootie, dedicado a los funny animals, acoge en sus páginas la primera historieta de Omaha, una joven gatita (estrictamente, recordemos que era una revista de animales antropomorfos) bailarina de strep-tease. La osadía de Reed Waller, su autor, atrajo rápidamente el interés del editor Dennis Kitchen, que incluiría la serie en un número especial de Bizarre Sex dos años después. Una revista que tenía buenas ventas pero que, con Omaha, the Cat Dancer se convirtió en un éxito que favorecería que la serie tuviera su propio cómic-book en 1984, al que se incorporaría Kate Worley a los guiones en 1986. La colección tuvo un apoyo rotundo de los lectores, llegando a vender 60.000 copias de alguno de sus números.
Casi treinta años después de su inicio, Astiberri comienza la que debería ser la edición definitiva de esta serie en España. Aunque La Cúpula editó nueve entregas en formato “prestigio” a principios de los noventa, esta edición tan sólo abarcó los primeros números de la serie USA, justo hasta que Reed Waller contrajera un cáncer de colon que paralizó la serie durante un par de años. Una desgracia más en la larga lista de adversidades que han sufrido los autores de la serie, con méritos suficientes para ganarse el apodo de maldita: dos años antes, había bajado bruscamente su ritmo debido a un grave accidente de coche de la guionista; tras superar el dibujante la enfermedad, la serie se continuó hasta que Waller y Worley, pareja ya por aquellas épocas, se separaran. Pero la mala racha no acabó aquí: tras casi una década, Waller y Worley decidieron en 2002 recuperar a Omaha, pero poco después se le diagnosticó un cáncer de pulmón a la guionista, del que fallecería en 2004, dejando la serie inconclusa. Su viudo (y antiguo editor de la serie), James Vance, decidió continuarla junto a Reed Waller a partir de las notas de Worley.
Una desgraciada historia que, en cierto modo, permite comprender mucho mejor una de las series más determinantes del tebeo independiente americano de los años 80. Aunque inspirada claramente en las aventuras de Fritz The Cat de Robert Crumb (con quien comparte incluso el diseño de algunos personajes), Omaha The Cat Dancer marca evidentes y lógicas distancias: si bien es cierto que las dos obras se articulan como retratos de la juventud de sus respectivas épocas, mientras que en la obra de Crumb existe un profundo componente autodestructivo, de crítica mordaz y violenta hacia los comportamientos de su propia generación, en la obra de Worley y Waller encontraremos una ficcionalización dramática de las dificultades de una generación joven que debe enfrentarse al fin del “sueño americano”, en la que ha desaparecido esa visión cáustica de sí misma, buscando una crítica más genérica de la sociedad. Comparten, eso sí, una visión sin prejuicios del sexo y su disfrute, explícita en toda su extensión, pero con un acercamiento natural y espontáneo. Paradójicamente, en ambas obras esta consideración del comportamiento sexual les ha valido el etiquetado automático de tebeos eróticos o incluso pornográficos. Basta leer algunas páginas para darse cuenta del profundo error que se comete al aplicar este único calificativo a un tebeo que, como mucho, aceptaría el del “multigénero”: Omaha va recreándose en cada episodio, convirtiéndose poco a poco en una larga saga donde los géneros conviven y se suceden sin solución de continuidad. Del costumbrismo al policiaco, de la comedia al drama, de la trama política a la trama sentimental… cambios sucesivos que consiguen transmitir al lector la riqueza de la propia vida. Resulta increíble que, treinta años después de su concepción, con una coyuntura sociocultural radicalmente distinta que podría afectar gravemente a la lectura de una obra tan enraizada en su tiempo, la obra de Waller y Worley siga manteniendo casi intacta su frescura y atrevimiento. Tres décadas que han visto multitud de seguidores y copias que, en la mayoría de los casos no han sabido o no han podido seguir los pasos de esta creación, cayendo en las garras de los mecanismos más burdos del culebrón. Y es que, pese a que las aventuras de Omaha estén protagonizadas por gatos, perros, aves y otros animales con cuerpo humano, Waller y Worley consiguen un retrato profundamente vital y realista, emocionante y emotivo a partes iguales, que si bien puede caer algunas veces en el uso de esos recursos más manidos del culebrón, consigue recuperarse en cada requiebro, asumiéndolos con naturalidad hasta diluirlos y convertirlos en elementos de interés. A diferencia de otras series que precisan de ese “más difícil todavía”, de la exageración continuada, Omaha consigue estructura sobre la naturalidad y en la vitalidad el eje fundamental de su discurso, logrando que todos los géneros, por extraño que parezca, se armonicen y entronquen en un único relato-río donde el flujo de la acción está marcado no por las necesidades de prolongación artificial de la historia, sino por la propia evolución psicológica de los personajes. Un proceso protagonizado por Omaha, esa gatita bailarina que pasa por el camino iniciático de la vida hacia la madurez con un mensaje claro de libertad e independencia ante todo y sobre todo. Ya sea en su relación sentimental con Chuck o a través de las diferentes peripecias que le acontecen, Omaha lucha exclusivamente por su espacio propio, en una actitud que podría calificarse de rebeldía ante lo establecido, pero que realmente tan sólo reivindica está reivindicando la posibilidad de vivir su vida sin someterse a los dictados de los demás.
Omaha es una lectura apasionante, que merecía ya una edición de calidad, completa, que permita al lector disfrutar de una obra que es, ante todo y sobre todo, un retrato de la vida.
No os la perdáis.

Tres paradojas

tresparadojas.jpgHace 2500 años Zenón de Elea planteó tres paradojas. En ellas, el filósofo griego intentaba reflexionar sobre lo infinito y lo discreto, buscando demostrar que nuestra percepción de la realidad es incorrecta. El movimiento no existe como tal y lo finito está infinitamente lejos.
Hoy, veinticinco siglos después, Paul Hornschemeier traslada en Tres Paradojas (Astiberri) las paradojas de Zenón a la creación artística. Si Aquiles nunca podría alcanzar a la tortuga, el creador vera en cada espacio en blanco en su hoja una longitud infinita todavía más grande que la que ha recorrido. Un espacio en el que el tiempo se detiene y se estira haciéndose infinito. Y, en el fondo, esa misma imposibilidad de llegar al destino contagia la vida personal del creador.
Una compleja y ambiciosa historia que Hornschemeier, como buen discípulo de Clowes y Ware, intenta plantear desde una intrincada estructura argumental en la que estilos e historias se van alternando para dar lugar a una estructura de capas que se van solapando para construir la historia. El relato vehicular será un largo paseo del autor junto a su padre, en una conversación que traerá recuerdos de infancia que serán representados con un estilo gráfico de tebeo infantil, próximo a Hank Ketcham, mientras que otros recuerdos ajenos entroncarán directamente con el estilo de Clowes o incluso Charles Burns. Memorias que serán alternadas con su propia creación, una especie de versión perversa del Harold and the purple crayon de Crockett Jhonson.
Un difícil tour de force estilístico, que tiene un precedente claro en la magistral Ice Haven de Clowes, que Hornsenchmeier referencia implícitamente en las historias infantiles y, en mi opinión, en la socarrona representación del cómic-book filosófico donde el autor recuerda haber leído las tres paradojas de Zenón.
La intención del autor con este intricado andamiaje formal es evidente, buscando al lector una reflexión profunda sobre los puntos de inflexión de nuestra vida. Sobre los momentos en que las decisiones pueden significar dar un paso tras la tortuga o quedarse a una distancia infinita de ella. Sin embargo, ese brillante planteamiento narrativo y estructural se convierte, a la larga, en una peligrosa trampa para el propio autor, que ve como su mensaje queda excesivamente escondido tras las ramas de su caleidoscópico bosque. A diferencia del referente de Clowes, donde cada subhistoria se presentaba como la faceta de un diamante multicolor, caleidoscópico, en Tres paradojas cada una de las historias parece ser una losa que oculta todavía más la intención inicial del autor. Se convierten en referencias reiterativas que confunden en cierta medida la reflexión del lector, perdido en el laberinto que el autor ha planteado y que lo obliga a centrarse en la anécdota central, olvidando la intención inicial y dejando toda la reflexión final sobre esa historia. Y ahí se alza el principal fallo de Hornsenchmeier: no permite la visualización global de la obra, no deja flecos que permitan hilar una estructura conjunta de todas las historias, que dejen libertad al lector para construir su propia argumentación. Y el lector, desmotivado, abandona el barco sin saber muy bien cuál ha sido su trayecto en esta historia.
Pese a lo fallido del conjunto final, siempre se agradece poder comprobar que existen autores que entienden la historieta como un medio complejo, donde la narrativa puede ser algo más que una simple concatenación de viñetas, con un planteamiento más profundo y global. Hornschemeier está todavía muy lejos de Clowes o Ware, sus guías, pero es uno de esos autores que siempre pueden sorprendernos con una obra original y distinta. Pese a este bache, sigue siendo un autor de referencia gracias a la excelente  Madre, vuelve a casa o a sus inéditos en España Return of the elephant o Let Us Be Perfectly Clear. Astiberri, como siempre, perfecta en la edición. (1+)

Gertrude Stein

Curiosa coincidencia: dos obras editadas por la misma editorial, casi simultáneamente, y que recuperan en cierta medida el espíritu de Gertrude Stein, una de las principales valedoras e impulsoras de la renovación estética y formal que se impuso a principios del siglo XX desde el barrio de Montparnasse parisino. Dos obras que, además, buscan la fabulación completa sobre personajes reales, pero desde dos perspectivas muy diferenciadas, pese a contar con estructuras similares.
elsalon.jpgEn El Salón, Nick Bertozzi hace referencia al famoso “salón” de los hermanos Stein, donde se dieron cita los pintores más famosos de la época, comandados por un Picasso que estaba socavando las bases del arte en busca de una forma de expresión nueva y diferente. Bertozzi imagina el encuentro en esta famosa estancia entre Georges Braque y el pintor malagueño como el germen necesario para la inspiración del cubismo. Una historia ya de por sí interesante pero que el autor arropa con una ingeniosa trama de intriga. Convierte el salón de los Stein en un lugar iniciático que transporta a los presentes a las propias pinturas, convirtiéndose en protagonistas de los cuadros gracias a la misteriosa absenta azul y que pronto conocerán una terrible noticia: alguien está asesinando a los prestigiosos pintores que acudían a estas citas secretas. Una trama que une elementos fantásticos y datos reales en un entretenido continuo, en una investigación que deambula entre el clasicismo de los asesinatos de la calle Morgue y la ironía, me vais a permitir la exageración, de la divertida ¿Pero quién mata a los grandes chefs? de Kotcheff (impresionante Robert Morley, como siempre), con no pocos guiños a los lectores de tebeos, dejando caer la posibilidad de que la historieta estuviese en la base de muchas de las innovaciones pictóricas de la época (una hipótesis nunca desdeñable, de hecho, era conocida la admiración de artistas como Picasso por obras como Krazy Kat). Sólo con lo anterior, El Salón sería una lectura muy recomendable, pero es que, además, hay que destacar el espectacular trabajo gráfico de Nick Bertozzi, que toma como puntales principales de su narrativa la minuciosidad descriptiva y el cambio cromático. El primero le permite al autor dotar a las escenas de ambientes muy definidos, compensando la férrea estrcutura compositiva con este detallismo que recupera con exactitud la atmósfera de la época y logra que el relato nos parezca fidedigno. El uso del color, en cambio, busca dotar a las escenas de una tensión psicológica que no puede alcanzar el dibujo. En lugar de una detallada descripción cromática, cada escena toma un color dominante, desde los obvios azules de los “viajes” con la absenta azul a naranjas, verdes, o violetas que definen estados de ánimo de los protagonistas y el momento de la situación.
El resultado final, una obra de lectura recomendabilísima, en exquisita edición de Astiberrri (3+).
(y no, de esta chorrada no pienso hablar…)
nomedejesnunca.jpgLa otra cara de esta afortunada coincidencia la pone el siempre sorprendente Jason, que parte también de las compañías de Gertrude Stein, en este caso las literarias. En No me dejes nunca, la generación perdida de Hemingway y Scott Fitzgerald se hace protagonista de un relato contracorriente, en el que los famosos escritores son reconvertidos en historietistas y la descripción que Hemingway hizo en París era una fiesta se transforma en una suerte de nueva versión del Atraco Perfecto de Kubrick con protagonistas literarios. Jason juega con los protagonistas, cambiando situaciones y momentos, manteniendo sus personalidades, pero buscando el quiebro formal a través de detalles absurdos, paradójicos, que rompen la historia pero logran una inesperada coherencia lógica. Un original juego de espejos trucados que finalizará con una elección imprevista, un nuevo juego formal en el que veremos la acción desde la perspectiva de cada personaje. Una obra, de nuevo muy recomendable y que se convierte en la compañera perfecta de la anterior (3).

El Evangelio de Judas

judas.jpgEl título del más famoso de los evangelios apócrifos es el elegido por Albert Vázquez para una obra que marca un punto y aparte en su evolución personal. Al igual que los cainitas buscaban en el texto sagrado la reivindicación del traidor, parece como si el gallego necesitase buscar sentido a su propia creación en una obra extraña para la evolución del autor. Su comienzo sigue estrictamente las normas extrañas del universo psiconauta que marca sus últimas creaciones. Reflexiones trágicas sobre aquellos que deciden salirse del camino y buscar su lugar en esta particular versión de un mundo de cuentos mórbido, infectado de una melancolía autodestructiva que hace su lectura desasosegante y árida. Nada nuevo hasta ahí, los mismos argumentos que se pudieran mantener en su anterior obra se podrían repetir ahora, quizás sin el elemento sorpresa y perdiendo el factor de riesgo que impregnaba su estreno. Sin embargo, a mitad de libro, Vázquez cambia de rumbo radicalmente y entra en una violenta y agresiva reflexión sobre la industria de la edición y la relación editor-autor. El universo enfermo es sustituido por el reflejo de una realidad que para el autor todavía es más viciada, la de las dificultades del creador para ser publicado. El discurso de Vázquez no puede ser más provocador: el editor se aprovecha de su posición para presentarse ante el autor como un salvador que lo obliga a prostituirse en sus planteamientos. ¿Dónde está el límite de la libertad creativa?¿Se sigue siendo autor cuando se aceptan las normas del juego externas? A partir de ese momento, Vázquez entra en una compleja espiral de reflexiones casi sincopadas, que van alterando su estilo y ritmo transmitiendo la inseguridad que mina al autor ante la dicotomía que se le plantea, ante la primacía de su interior, la pulsión por crear, o de la necesidad de encontrar alguien a quien le interese su discurso.
Un análisis discutible, pero interesante en tanto en cuanto que el autor se moja claramente en una posición definida. El problema es que la diferencia entre las dos partes, pese a la lógica coherencia estilística, chirría en cierta manera. El universo psiconauta no admite coexistencia con la realidad y los dos planteamientos que Vázquez aborda en la obra nacen desde dos extremos radicalmente distintos, generando un contraste ajeno que desconcierta al lector y llegando a restarse fuerza mutuamente, disminuyendo la potencia del discurso del autor.
Pese a todo, en El Evangelio de Judas siguen existiendo ideas lanzadas sobre la mesa suficientemente interesantes como para que su lectura sea estimulante. La edición de Astiberri, impecable. (2)

Novedades de enero de Astiberri

Astiberri estrena el año con dos novedades espectaculares: El Salón de Nick Bertozzi, una interesante ficción histórica sobre los primeros años del cubismo que, por desgracia, protagonizó una absurda polémica por mostrar a Picasso desnudo (sic) y la extraordinaria No me dejes nunca, de Jason, justísima ganadora de un Eisner y elegida como mejor novela gráfica del 2006 por Entertainment Weekly. De lo mejorcito que he leído de Jason (y ya es decir).
Os dejo la nota de prensa y avances.
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