Fresas

Tras su debut con Wassalon, a Clara-Tanit Arqué le quedaba lo más difícil y complejo: confirmar que aquellas buenas sensaciones eran la base de una autora con futuro. Los mimbres eran buenos: la frescura de un discurso de apariencia naif e ingenua pero regusto amargo, un grafismo que mostraba un universo particular, pero fuertemente referencial a lo cotidiano, una indudable habilidad para la distancia corta, más íntima… ¿Serían una base suficiente para el paso a la narración más larga? Quizás en otras circunstancias, no, pero en estos más de dos años entre su debut y su nueva obra, la autora ha pasado por un largo periodo formativo (incluyendo un año en la Maison des Auteurs de Angouleme) que a la vista de los resultados, ha sido más que fructífero. Sin perder ni un ápice de ese lenguaje personal que practicaba en sus historias cortas, se adentra en la narración larga usando un tema tan resbaladizo y a la par atractivo como la amnesia. Una temática que ha demostrado, por repetición, ser del gusto de las ficciones: el olvido parece funcionar bien tanto como puro macguffin – que se lo digan a XIII, Bournes o Beatrixes varias – o como elemento de motivación a la reflexión. Eso que llamamos personalidad, a fin de cuentas, no es más que un seguido de recuerdos, y su desaparición deja en el aire aquello que entendemos como ser humano. Lo saben bien en literatura, historieta y cine, donde los ejemplos son muchos y variados (aunque se me permitirá un recuerdo a mi admirado Hal Hartley y su recordada Amateur). La tentación del primer vistazo sería decir que en ¿Quién ama las fresas? (Astiberri) sigue esta línea, y que la autora hace una reflexión sobre la transición entre la adolescencia y la madurez con la amnesia como elemento simbólico: el olvido como rito de paso entre dos edades. Sin embargo, sería erróneo. A poco que vamos avanzando en la lectura, comprobamos con qué sutilidad Clara-Tanit introduce un segundo discurso sobre la diferencia, sobre la amnesia de una sociedad que olvida a aquellos que son distintos. Madre Fresa y Fresa son diferentes, sí, son únicas. Pero son también idénticas, aportando una nueva variable que hace la reflexión más compleja y sugerente: dos personas que son vistas como diferentes a todo su entorno pero que entre ellas son iguales. Un juego de espejos extraño, que devuelve la misma imagen en una dirección pero deformada en todas las demás. Mirarse fuera de ese espejo es sentirse única y apartada. Pero mirarse en él no aporta más que la propia imagen. Un punto de partida turbador que la autora va desgranando en un relato aparentemente sencillo, donde los personajes van componiendo su propia realidad casi espontáneamente, adentrándose en ese doble discurso paralelo en el que los contrapuntos se van diluyendo en un único flujo vital donde todos sufren los mismos males y disfrutan las mismas alegrías independientemente de su forma. Realidad y mundo imaginado de la amnesia, distintos e iguales, todo se conjuga y se entremezcla, ayudado por el atractivo trazo ingenuo de la autora, que se va modificando y esculpiendo según las necesidades de lo narrado.
Una obra que confirma todas las buenas sensaciones que se obtenían de Wassalon y que habla de una autora con una sensibilidad especial para mirar el mundo que nos rodea y con una capacidad que dará mucho que hablar en el futuro. Su mejor obra, din duda, hasta ahora… aunque me temo que esta afirmación dejará de tener sentido muy pronto, cuando aparezca su siguiente incursión en la historieta. (3)