Zombillenium

Que ser monstruo en estos días de crisis está jodido, es evidente. Aunque los medios anuncian con alegría que los muertos redivivos, ya vampiros, ya zombis, caminan por las calles mordiendo a diestro y siniestro con no poco éxito económico, es de suponer que si existieran en la vida real la cosa sería un poco más jodida. Que ni tendrían ese atractivo juvenil arrebatador de los protagonistas de la saga de Stephanie Meyer, ni se echarían con tanta alegría a la voluptuosa lujuria como los de la serie de Alan Ball. Vamos que ni siquiera se echarían una merienda con la tranquilidad y facilidad de los de Kirkman…
La realidad, es ya digo un suponer, sería más próxima a lo que Arthur de Pins narra en Zombillenium (Dibbuks): que les tocaría hacer de atracciones de feria. Que no es idea nueva, todo sea dicho, no es la primera vez que los monstruos recurren a los feriantes como agencias de colocación, ya en su versión zíngara, ya en su versión moderna post-Browning, pero que el dibujante actualiza al concepto más moderno de parque temático (aunque servidor no ha podido evitar recordar al añorado Reg Parlett y su maravillosa Fantasmas de alquiler, publicada hace (demasiados) años por aquí en la revista Zipi y Zape). Y acierta, porque aunque Zombillenium no sea el colmo de la originalidad, funciona. El atractivo dibujo de Artur de Pins, aquí más realista y próximo a una concepción de la historieta derivada de la animación (que recuerda poderosamente, tanto por estilo como por tratamiento del color al You are here de Baker), encaja perfectamente en una historia de monstruos descreídos que tienen que lidiar con el día a día de una empresa que, como todas, funcionan a golpe de audiencias. De Pins presenta personajes con acierto, parodia el género sabiendo hacer uso de sus cánones y recupera una costumbre del tebeo francés que ya creía perdida: que un álbum cuente una historia autoconclusiva. Acostumbrados a que los autores franceses se habían apuntado a la “narrativa descomprimida” de sus colegas americanos y que las 48 páginas del álbum francobelga se deglutían en dos minutos con la vista puesta en el grueso integral, encontrar un álbum que acaba, se lee con tranquilidad, y anima a seguir la serie con pistas y no simplemente dejándola por acabar, se agradece.
Vamos, que se pasa un buen rato leyéndola. Y que qué bonito dibuja Arthur de Pins (2-).

Lecturas Saloneras (II)

Pupurrí de lecturas saloneras:
Mouse Guard, de David Petersen (Norma), era uno de esos tebeos que habían conseguido colarse entre la lista de tebeos que me interesaba leer, gracias tanto a las muchas recomendaciones que de él se han dado como a un nutrido currículum plagado de premios, entre los que se incluye el Eisner a autor revelación. Petersen ha construido una historia clásica de aventuras, con claras inspiraciones en el ciclo artúrico o las historias de caballerías: cortes de aguerridos hombres que deben guardar con sus vidas la paz y sosiego de los demás. Con una pequeña diferencia, eso sí: los protagonistas de Mouse Guard son ratoncillos.
En teoría, un punto de partida original que permitiría desarrollar todo un despliegue imaginativo que, por desgracia, apenas explora. Si bien Petersen podría haber desarrollado ese mundo de ratoncillos siguiendo la excelsa línea de “furry animals” del tebeo americano, opta por utilizarlo únicamente como una opción estética –con apenas algunos apuntes más relacionados con el tamaño-. Se centra en la historia heroica, con un entretenido argumento de traiciones seculares y valientes caballeros, que si bien tiene momentos confusos y baches de ritmo, quedan compensados por el impresionante trabajo gráfico del autor. Petersen brilla especialmente en este apartado: un grafismo elegante y muy adecuado a la historia, un interesante uso del color y una indudable solidez narrativa se conjugan acertadamente, consiguiendo que, al final, se pase un agradable momento de lectura. (1)
Koma 4. El Hotel, de Wazeem y Peeters (dibbuks). A estas alturas, recomendar encarecidamente la lectura de esta obra de Peeters debería sobrar. Encontraremos exactamente lo mismo que en los tres anteriores: un guión sólido, perfectamente orquestado por los dos autores, que va enredándose y abriendo nuevos y sugerentes caminos en cada álbum; personajes atractivos y perfectamente definidos, como la deliciosa Addidas o el intrigante monstruo; un dibujo extraordinario, con un dominio de la narrativa al mismo nivel…Y la única pega, la misma que en los anteriores: que las 48 páginas del álbum se quedan en nada. Siguiendo la tónica de los últimos años en el tebeo francobelga, cada álbum de Koma es apenas un suspiro que obliga a esperar ansioso la siguiente entrega…dentro de un año. Por desgracia, el modelo de álbum anual tan propio del tebeo francés casa con mucha dificultad con un estilo narrativo basado en pocas viñetas por página y una mayor dilatación de la acción. Una lástima, porque con una serie como Koma, la espera se hace insufrible. (3)
Aya de Yopougon 2, de Marguerite Abouet y Clément Oubreríe (Norma). Poco puedo decir que no repita lo ya dicho para el primer volumen de la serie. Un entretenidísimo tebeo, que si bien podría encasillarse dentro de la moda “Persépolis”, tiene suficientes méritos propios como para destacarse. Abouet y Oubrerie crean un retrato costumbrista que nos habla de la vida en Costa de Marfil sin caer en la anécdota fácil o en la visión habitualmente reduccionista del extranjero, equilibrando con acierto la historia de las tres amigas Aya, Adjoua y Bintou con el relato de las particularidades de la vida y sociedad marfileña, siempre con humor y frescura. Un cóctel de National Geographic, Sfar y “slice of life” de lo más atractivo. (2)