Reneorrealismo

Pese al continuo intento de encontrar paralelismos entre cine e historieta, resulta destacable que sea complejo encontrar relaciones entre algunos de los hitos más importantes del séptimo arte y sus equivalentes en historieta. Sirva como ejemplo la coincidencia de dos momentos de profunda renovación del lenguaje cinematográfico que llegaron de Europa, el neorrealismo italiano de los años 40 y la nouvelle vague francesa de los 60, ambos nacidos desde una voluntad de relectura rigurosa de la realidad y que se alejaban de los géneros de ficción imperantes en esos momentos. Dos claves de la historia del cine que no sólo no recibieron traducción en la historieta, sino que incluso tuvieron repercusiones casi contrarias: baste comprobar como el impacto de la rebeldía cultural de la década de los 60 se traslada a los tebeos como un cambio radical también, pero afectando precisamente a los géneros de fantasía y ciencia ficción, que se utilizan como arietes contra la cultura establecida oficialista.
Aunque también, todo sea dicho, los “ismos” parecen un concepto obsoleto en la efervescencia y diversidad que reina en la cultura y el arte desde finales del siglo XX, por lo que las relaciones quizás se deben encontrar de forma puntual ligadas a autores y obras, con nombres, apellidos y datos. Como Kevin Smith, que en 1994 sorprende a mediados de los 90 con Clerks, una cinta que tiene evidentes influencias de la cultura underground nacida alrededor del cómic indie de los 80 (y, curiosamente, con los movimientos neorrealistas y de nouvelle vague anteriormente citados, en un sugerente ejercicio de aprendizaje que luego derivo, por desgracia, en el canibalismo autoreferencial) y que ha proyectado una indudable ascendencia sobre el tebeo independiente de corte costumbrista que tanto se ha prodigado durante la última década en el panorama independiente USA. salarioCuando leemos Salario mínimo, de Bob Fingerman (Dolmen Editorial), es imposible no hacer conexiones con la cinta de Smith (extendidas a Mallrats y, en cierta medida, a Persiguiendo a Amy), entendiendo esta obra como parte de un universo generacional común al del cineasta. De hecho, reencontramos aquí el protagonismo de un dibujante de historieta que debe enfrentarse a esos puntos de inflexión vitales que marcan la maduración del individuo, retratados aquí desde los problemas laborales al paradigma de la paternidad, reiterativo momento en el género costumbrista (recordemos, sin ir más lejos, desde Mr.Jean a La parejita) que parece retratado más como un trauma que como una evolución personal. Un argumento que es desarrollado, análogamente, como una comedia coral donde los diálogos se revelan como elemento catalizador fundamental de la historia y donde el dibujante demuestra su buen pulso, tanto en su planteamiento, digamos, “literario”, como en su plasmación narrativa, que logra llevar en volandas al lector a lo largo de toda la historia. Una especie de prolongación natural de situaciones y comportamientos cinematográficos que, unida a aquéllos y su conjunto, se puede entender como un testimonio fidedigno de la filosofía vital y la realidad de una generación. Quizás, en ese sentido, juega en contra de Fingerman la sensación inevitable de repetición de esquemas y contenidos respecto a la contrapartida en gran pantalla, pero que no debería evitar disfrutar de la lectura de este correcto tebeo, en una cuidada y lujosa (¿quizás excesivamente?) edición de Dolmen (2-).