Leyendo voy, leyendo vengo

Decía yo hace unos meses, muchos meses, que reabría La Cárcel. Y abierta estaba, pero con polvo y telarañas acumuladas por meses de mucho, demasiado trabajo que habían dejado aquél objetivo completamente olvidado. Que no es excusa, lo sé, que en sus buenos tiempos, iba yo con estrés postraumático haciendo cien cosas a la vez y no dejaba de mimar este espacio ni un día. Pero, ay, los tiempos cambian. Por un lado, la manida excusa de la edad, que por repetida parece coartada de fórmula más que realidad. Yo mismo defendía hace diez años que eso de la edad era cosa de mindundis y debiluchos, para chocar ahora con que quizás no iba tan desencaminada la cosa. Que el cuerpo no da para más (sobre todo si se tiene un hijo pequeño que desborda energía mientras tú ves como el indicador de la tuya se desvanece) y las neuronas, digan lo que digan, se van jubilando a medida que uno envejece. Tras haberme quemado profundamente en 2012, poco a poco fui recuperando tiempo e ilusión, pero los avances tecnológicos se aliaron con mi nueva y cómoda situación: ¿para qué hacer una reseña si uno puede marcarse un tuit de 140 letras? Economía y síntesis comunicativa, se puede decir. O, según se mire, apoteosis dionisiaca de la inteligencia aletargada. Aunque puede que, simplemente, sea la plasmación de estos tiempos IKEA nuestros donde brevedad y comodidad son el nuevo ídolo de masas. El caso es que si a eso le añaden dos proyectos tan ilusionantes –pero devoradores de tiempo- como las exposiciones de VLC València Línia Clara en el IVAM o Prehistòria i Còmic en el Museo de Prehistoria de Valencia, pues a uno le quedaban pocas ganas de escribir por aquí.
Pero el caso que, al final, el comezón por escribir termina por ser molesto y uno tiene que decidir si lo afronta por la vía farmacológica para olvidarlo o si se envalentona y coge el toro por los cuernos. Y aunque me siento tan profundamente antitaurino como devoto de la farmacopea y de la química, va y hago lo contrario: me pongo a escribir otra vez. A joerse toca, el ser humano es inescrutable. No sé lo que duraré, pero apliquemos lo de la famosa expresión sobre la dureza y su duración, a ver qué pasa. Eso sí, que nadie espere ya la locura prolífica de antaño. Una o dos veces a la semana, que uno ya está mayor.
A lo que iba: tebeos. Mucho de lo que hablar, pero me voy a centrar en las muchas y variadas lecturas de estos últimos días, que uno ya ha recuperado ritmo lector tras años de retraso.
lamiaEmpiezo por Lamia, de Rayco Pulido (Astiberri), que certifica la capacidad de este autor para sorprender al lector en cada nuevo envite, erigiéndose en infatigable y camaleónico explorador de caminos desde aquellos recordados Final Feliz y Sordo, donde todavía se apoyaba en el trabajo de Migoya y Muñoz para dejarnos estupefactos después con la sugerente Sin título: 2008-2011, donde comenzaba un atrevido vuelo en solitario que apabulló con la osadía de adaptar a Pérez Galdós en Nela. Un atrevimiento se revela intacto tres años después con esta nueva obra, donde la curiosidad por indagar nuevas opciones le lleva a desarrollar una compleja exploración de la España más profunda. Lamia nace en las entrañas de la posguerra española, en esa tradición por lo morboso que siempre ha tenido esta nuestra querida patria y que alcanzo en esos años el culmen en El caso y en El consultorio de Doña Elena Francis, exponentes de las dos caras entonces obligadamente separadas del morbo, la criminal y la sexual, que Rayco zurce con habilidad, tejiendo un thriller de esos de los que no se debe decir nada porque se arruinan las sorpresas. Me ataré los dedos en lo argumental (aunque no me resisto a decir que estamos ante uno de los mejores relatos de serial killers que uno recuerda), pero no en comentar el excelente retrato social que compone Rayco en segundo plano. Lamia va dejando temas para la reflexión que van desde la manipuladora tutela religiosa de la moral impuesta por el franquismo a un repaso contundente a la situación de la mujer en España durante esos años, relegada y sometida por decreto y palabra divina. Solo por esos dos análisis, ya la obra es fundamental, pero hay que añadirle multitud de detalles que va desperdigando por el camino, desde el homenaje a obras clásicas de nuestro cómic (de Bruguera a Las memorias de Amorós) al debate sobre la maternidad como realización de la mujer. Con un tratamiento gráfico moderno con toques de art déco (inspirado precisamente en ese Del Barrio que rompió moldes en Madriz y demostró con Hernández Cava que la innovación no estaba reñida con el género y la inteligencia en Las memorias de Amorós), Rayco proyecta los hallazgos de Lamia hasta nuestros días, estableciendo una macabra línea que conecta aquella pasión por lo luctuoso con sus hiperbólicos hijos, los Sálvames de hoy. Lamia es una obra que se disfruta en todos los niveles imaginables, en lo gráfico, en la lectura, en el posterior debate… Una de esas joyas que hay que leer obligatoriamente y que Astiberri ha editado con un cuidado exquisito. Un tebeo espléndido.

teen wolfMás cosas que he leído y disfrutado: Teen Wolf (Fosfatina), antología gozosa y refrescante que colca a un grupo de casi veinte autoras en el centro de la realidad de nuestro tebeo, en un hoy con un potencial tan brutal que resulta inimaginable hasta dónde puede llegar a poco que se les dé cancha. Porque si con solo una idea tan sencilla como revisitar la famosa película protagonizada por Michael J. Fox se consiguen estos resultados, lo que estas autoras pueden dar de sí es increíbles. Es verdad que se puede caer en la tentación de pensar que una antología solo de autoras cae en el aprovechamiento de la etiqueta, en la explotación del género como moda, pero déjense ustedes de zarandajas y olviden ya de una vez si las mentes creativas de estas obras tenían vulva o testículos, porque lo que demuestran tener es arte que se les sale por todos y cada uno de los poros. Las historias que componen Teen Wolf saben alejarse del homenaje nostálgico para bucear por casi por el oubapo: la constricción del punto de partida sirve para un verdadero brainstorming de ideas que van desde la obvia reconstrucción del licántropo como simbolismo de maduración sexual a la reescritura del mito de la bella y la bestia, pero siempre desde una aproximación fresca y renovadora. Historias como las de Mireia Pérez, Anabel Colazo o Klari Moreno (mis preferidas en este caso, sin desmerecer para nada al resto) son iconoclastas revisiones que se atreven sin pudor a transgredir toda idea previa. Y es en ese espíritu donde encuentro un valor todavía más importante en Teen Wolf: es un perfecto representante que toda una nueva generación de jóvenes artistas que llega al cómic desprovista de prejuicios. Sin duda, nunca antes hemos estado ante una efusión igual de jóvenes artistas que apuestan por la historieta como medio de expresión. Las razones dan para un largo debate, aunque supongo que una de las razones fundamentales viene necesariamente de ese cambio de imagen de la historieta, que ya por fin dejó atrás sus traumas para entrar en una nueva situación de reconocimiento y aceptación. Pero lo más importante es que es una generación que no viene mediatizada por el pasado: la gran mayoría no han sido lectores de tebeos, vienen vírgenes de influencias endogámicas para lanzarse a la historieta con todo el bagaje de haber pasado su infancia continuamente inmersos en una cultura visual omnipresente. Y eso se nota en la absoluta desvergüenza con la que se saltan cualquier dogma de la narrativa gráfica: no tiene que seguir los mandamientos de San Eisner ni ser discípulos de Hergé, no han hecho lectura catártica de Príncipe Valiente ni falta que les hace. Solo saben que quieren contar historias y que lo quieren hacer con dibujos, recordando a esa vuelta a los orígenes que propugnaba Picasso, ese querer dibujar como un niño que en el caso del tebeo es querer narrar sin imposiciones ni pesadas losas. Y vaya si lo consiguen. Recomendabilísimo.

pendantDe fuera leo Pendant le loup n’y est pas, de Valentine Gallardo y Mathilde Van Gheluwe (Atrabile), un relato escalofriante que parte de los terribles momentos que vivió Bélgica con el caso del pederasta Marc Dutroux para lanzar una reflexión sobre la capacidad de la sociedad para crear sus propios monstruos. Las autoras no hacen una narración directa de los hechos, sino que trasladan a los niños la responsabilidad de contarnos cómo sintieron aquellos hechos. Y el resultado es demoledor: porque los asesinatos de Dutroux pasan completamente a un segundo plano ante la inquietante capacidad de la sociedad para expandir el miedo. Los niños no entienden por qué deben protegerse de los demás, pero sí que son capaces de ver crecer el terror con el que se mira al otro. El delito de uno se convierte en el temor al extraño del resto, en la mirada que antepone la sospecha de culpabilidad ante cualquier gesto por inocente que sea. Es fácil ver en esta obra cómo la sociedad se construye en el recelo, en la desconfianza, encontrando lógicas conexiones con la actualidad de un mundo que, cada vez más, se atrinchera en el desprecio y el odio al otro.  La mirada del niño sirve como filtro perfecto: la inocencia infantil se ve viciada por el relato del adulto mucho más allá de las perversiones del delincuente. Reconozco que este libro me ha dejado tocado porque yo mismo, como padre, soy partícipe de esa locura colectiva que traduce el lógico deseo de proteger a nuestros hijos en una obsesión hiperprotectiva que construye auténticas murallas a su alrededor. Pendant le loup n’y est pas (maravilloso título, Mientras el lobo no está) es un espejo que nos devuelve hasta qué punto estamos ya deformados y viciados. Y lo que vemos no es agradable. A ver si alguien se anima a publicar este excelente tebeo en España.

Y ya está bien por hoy…

Zombillenium

Que ser monstruo en estos días de crisis está jodido, es evidente. Aunque los medios anuncian con alegría que los muertos redivivos, ya vampiros, ya zombis, caminan por las calles mordiendo a diestro y siniestro con no poco éxito económico, es de suponer que si existieran en la vida real la cosa sería un poco más jodida. Que ni tendrían ese atractivo juvenil arrebatador de los protagonistas de la saga de Stephanie Meyer, ni se echarían con tanta alegría a la voluptuosa lujuria como los de la serie de Alan Ball. Vamos que ni siquiera se echarían una merienda con la tranquilidad y facilidad de los de Kirkman…
La realidad, es ya digo un suponer, sería más próxima a lo que Arthur de Pins narra en Zombillenium (Dibbuks): que les tocaría hacer de atracciones de feria. Que no es idea nueva, todo sea dicho, no es la primera vez que los monstruos recurren a los feriantes como agencias de colocación, ya en su versión zíngara, ya en su versión moderna post-Browning, pero que el dibujante actualiza al concepto más moderno de parque temático (aunque servidor no ha podido evitar recordar al añorado Reg Parlett y su maravillosa Fantasmas de alquiler, publicada hace (demasiados) años por aquí en la revista Zipi y Zape). Y acierta, porque aunque Zombillenium no sea el colmo de la originalidad, funciona. El atractivo dibujo de Artur de Pins, aquí más realista y próximo a una concepción de la historieta derivada de la animación (que recuerda poderosamente, tanto por estilo como por tratamiento del color al You are here de Baker), encaja perfectamente en una historia de monstruos descreídos que tienen que lidiar con el día a día de una empresa que, como todas, funcionan a golpe de audiencias. De Pins presenta personajes con acierto, parodia el género sabiendo hacer uso de sus cánones y recupera una costumbre del tebeo francés que ya creía perdida: que un álbum cuente una historia autoconclusiva. Acostumbrados a que los autores franceses se habían apuntado a la “narrativa descomprimida” de sus colegas americanos y que las 48 páginas del álbum francobelga se deglutían en dos minutos con la vista puesta en el grueso integral, encontrar un álbum que acaba, se lee con tranquilidad, y anima a seguir la serie con pistas y no simplemente dejándola por acabar, se agradece.
Vamos, que se pasa un buen rato leyéndola. Y que qué bonito dibuja Arthur de Pins (2-).

Lecturas variadas

Rápida reseña de dos tebeos que me han encantado y de los que no quiero dejar de hablar: en primer lugar, la espeluznante Aula a la deriva, una obra que se podría entender como una especie de revisión libre, hiperbólica y exagerada del clásico de William Golding, “El señor de las moscas”, que retorcida mente de Kazuo Umezu lleva a extremos inimaginables. Es cierto que la dramatismo continuado puede hacer pensar en cierta teatralidad, pero aceptando que es parte de un contexto narrativo habitual en los años 70, la aventura de estos niños abandonados a sus suerte en un futuro apocalíptico consigue hacerse absolutamente angustiosa, en un crescendo de tensión que en algunos momentos se antoja sádico tanto para los protagonistas como para un lector que se ve sobrepasado por la dureza de las decisiones de los niños. Un clásico del terror que demuestra que el género sigue siendo válido en la historieta, que se puede pasar verdadero miedo pese a no disponer de los recursos que tienen otras disciplinas como el cine (4).
El segundo, Abulio, de Joan Cornellà, espléndida primera obra larga de un autor que ya estaba descollando en Amaniáco y El Jueves como una de las promesas más interesantes del tebeo español con esa particular y personal adaptación del recargado estilo caricaturesco de Drew Friedman. De difícil definición, Abulio podría definirse como una suerte de Ignatius J. Reilly surrealista, capaz de beber tanto de la psicodelia de Lynch como de la mala leche de Vázquez, en un mezcla tan aparentemente antinatural como efectiva. O en una versión del McCarthy más apocalíptico adaptada por el Azcona más corrosivo, que también podría ser. En cualquier caso, tebeo recomendadísimo y autor a seguir muy de cerca en el futuro (3).

Reneorrealismo

Pese al continuo intento de encontrar paralelismos entre cine e historieta, resulta destacable que sea complejo encontrar relaciones entre algunos de los hitos más importantes del séptimo arte y sus equivalentes en historieta. Sirva como ejemplo la coincidencia de dos momentos de profunda renovación del lenguaje cinematográfico que llegaron de Europa, el neorrealismo italiano de los años 40 y la nouvelle vague francesa de los 60, ambos nacidos desde una voluntad de relectura rigurosa de la realidad y que se alejaban de los géneros de ficción imperantes en esos momentos. Dos claves de la historia del cine que no sólo no recibieron traducción en la historieta, sino que incluso tuvieron repercusiones casi contrarias: baste comprobar como el impacto de la rebeldía cultural de la década de los 60 se traslada a los tebeos como un cambio radical también, pero afectando precisamente a los géneros de fantasía y ciencia ficción, que se utilizan como arietes contra la cultura establecida oficialista.
Aunque también, todo sea dicho, los “ismos” parecen un concepto obsoleto en la efervescencia y diversidad que reina en la cultura y el arte desde finales del siglo XX, por lo que las relaciones quizás se deben encontrar de forma puntual ligadas a autores y obras, con nombres, apellidos y datos. Como Kevin Smith, que en 1994 sorprende a mediados de los 90 con Clerks, una cinta que tiene evidentes influencias de la cultura underground nacida alrededor del cómic indie de los 80 (y, curiosamente, con los movimientos neorrealistas y de nouvelle vague anteriormente citados, en un sugerente ejercicio de aprendizaje que luego derivo, por desgracia, en el canibalismo autoreferencial) y que ha proyectado una indudable ascendencia sobre el tebeo independiente de corte costumbrista que tanto se ha prodigado durante la última década en el panorama independiente USA. salarioCuando leemos Salario mínimo, de Bob Fingerman (Dolmen Editorial), es imposible no hacer conexiones con la cinta de Smith (extendidas a Mallrats y, en cierta medida, a Persiguiendo a Amy), entendiendo esta obra como parte de un universo generacional común al del cineasta. De hecho, reencontramos aquí el protagonismo de un dibujante de historieta que debe enfrentarse a esos puntos de inflexión vitales que marcan la maduración del individuo, retratados aquí desde los problemas laborales al paradigma de la paternidad, reiterativo momento en el género costumbrista (recordemos, sin ir más lejos, desde Mr.Jean a La parejita) que parece retratado más como un trauma que como una evolución personal. Un argumento que es desarrollado, análogamente, como una comedia coral donde los diálogos se revelan como elemento catalizador fundamental de la historia y donde el dibujante demuestra su buen pulso, tanto en su planteamiento, digamos, “literario”, como en su plasmación narrativa, que logra llevar en volandas al lector a lo largo de toda la historia. Una especie de prolongación natural de situaciones y comportamientos cinematográficos que, unida a aquéllos y su conjunto, se puede entender como un testimonio fidedigno de la filosofía vital y la realidad de una generación. Quizás, en ese sentido, juega en contra de Fingerman la sensación inevitable de repetición de esquemas y contenidos respecto a la contrapartida en gran pantalla, pero que no debería evitar disfrutar de la lectura de este correcto tebeo, en una cuidada y lujosa (¿quizás excesivamente?) edición de Dolmen (2-).

Lecturas Saloneras (II)

Pupurrí de lecturas saloneras:
Mouse Guard, de David Petersen (Norma), era uno de esos tebeos que habían conseguido colarse entre la lista de tebeos que me interesaba leer, gracias tanto a las muchas recomendaciones que de él se han dado como a un nutrido currículum plagado de premios, entre los que se incluye el Eisner a autor revelación. Petersen ha construido una historia clásica de aventuras, con claras inspiraciones en el ciclo artúrico o las historias de caballerías: cortes de aguerridos hombres que deben guardar con sus vidas la paz y sosiego de los demás. Con una pequeña diferencia, eso sí: los protagonistas de Mouse Guard son ratoncillos.
En teoría, un punto de partida original que permitiría desarrollar todo un despliegue imaginativo que, por desgracia, apenas explora. Si bien Petersen podría haber desarrollado ese mundo de ratoncillos siguiendo la excelsa línea de “furry animals” del tebeo americano, opta por utilizarlo únicamente como una opción estética –con apenas algunos apuntes más relacionados con el tamaño-. Se centra en la historia heroica, con un entretenido argumento de traiciones seculares y valientes caballeros, que si bien tiene momentos confusos y baches de ritmo, quedan compensados por el impresionante trabajo gráfico del autor. Petersen brilla especialmente en este apartado: un grafismo elegante y muy adecuado a la historia, un interesante uso del color y una indudable solidez narrativa se conjugan acertadamente, consiguiendo que, al final, se pase un agradable momento de lectura. (1)
Koma 4. El Hotel, de Wazeem y Peeters (dibbuks). A estas alturas, recomendar encarecidamente la lectura de esta obra de Peeters debería sobrar. Encontraremos exactamente lo mismo que en los tres anteriores: un guión sólido, perfectamente orquestado por los dos autores, que va enredándose y abriendo nuevos y sugerentes caminos en cada álbum; personajes atractivos y perfectamente definidos, como la deliciosa Addidas o el intrigante monstruo; un dibujo extraordinario, con un dominio de la narrativa al mismo nivel…Y la única pega, la misma que en los anteriores: que las 48 páginas del álbum se quedan en nada. Siguiendo la tónica de los últimos años en el tebeo francobelga, cada álbum de Koma es apenas un suspiro que obliga a esperar ansioso la siguiente entrega…dentro de un año. Por desgracia, el modelo de álbum anual tan propio del tebeo francés casa con mucha dificultad con un estilo narrativo basado en pocas viñetas por página y una mayor dilatación de la acción. Una lástima, porque con una serie como Koma, la espera se hace insufrible. (3)
Aya de Yopougon 2, de Marguerite Abouet y Clément Oubreríe (Norma). Poco puedo decir que no repita lo ya dicho para el primer volumen de la serie. Un entretenidísimo tebeo, que si bien podría encasillarse dentro de la moda “Persépolis”, tiene suficientes méritos propios como para destacarse. Abouet y Oubrerie crean un retrato costumbrista que nos habla de la vida en Costa de Marfil sin caer en la anécdota fácil o en la visión habitualmente reduccionista del extranjero, equilibrando con acierto la historia de las tres amigas Aya, Adjoua y Bintou con el relato de las particularidades de la vida y sociedad marfileña, siempre con humor y frescura. Un cóctel de National Geographic, Sfar y “slice of life” de lo más atractivo. (2)

Jamilti

Las historias que componen Jamilti, historias de Israel, son un perfecto fresco para entender el particular universo formal y reflexivo de Rutu Modan. Si en Metralla nos sorprendía con una obra de extraordinaria solidez, que reflejaba una autora que había llegado a un importante nivel de madurez, ahora comprobamos que ese nivel no aparece por arte de magia, sino que es el resultado de una continua búsqueda, de un estudio sistemático de las posibilidades del medio. Jamilti es el resultado de la evolución como autora de Rutu Modan dentro del colectivo Actus Tragicus, en el que podemos analizar dos planos fundamentales. Por un lado, el temático, en el que la israelí se demuestra como una autora de excepcional lucidez, capaz de analizar el ser humano desde historias que huyen del tópico y lo manido. Toma anécdotas de la vida real y las exprime hasta conseguir una narración de múltiples facetas, en las que todos los intereses de la autora toman forma para dar lugar a una aproximación original, que difícilmente habremos leído antes, en la que lo atípico se aborda desde una perspectiva distante, a veces tierna, a veces corrosiva. Un gancho perfecto para que el lector quede atrapado en la inteligente telaraña que la israelí dispone: un hotel temático llevado por dos hermanas que esconde antiguos secretos, un avión que da vueltas sobre una playa y que lleva una esperanza, una curandera que se llevará una venganza familiar, un aspirante a estrella musical que descrubirá que la fama no es lo que parece, un cirujano estético que busca a su amor perdido en sus creaciones…
Pero, además, en Jamilti vamos a encontrar todo un catálogo de soluciones estéticas y narrativas que exploran las posibilidades del medio. Desde la brillante paginación viñetas únicas en Vuelta a casa, en la que el flujo narrativo se mueve a lo largo de toda la página en una escena única donde los fondos toman protagonismo propio, a la más clásica Fan, siempre con un cuidado uso del cromatismo como recurso narrativo y con un brillante uso de los silencios, de los ritmos silentes.
Un álbum recomendabilísimo, en cuidada y perfecta edición de sin sentido. (3+)

Relación señal-ruido

Casi veinte años hemos tenido que esperar a la edición en España de Signal to noise (Señal y ruido en la edición de Astiberri). Pero os puedo asegurar que aquél refrán que dice “que nunca es tarde si la dicha es buena” tiene su perfecta aplicación ahora porque, sin duda, Signal to noise es la mejor obra del tándem McKean-Gaiman. Concebida para ser serializada en la revista The Face y, posteriormente, ampliada para su publicación en álbum, Signal to noise es una obra que parte de una idea tan simple como sobrecogedora para el ser humano: la muerte.
Un hombre, un director de cine de películas de prestigio intelectual, descubre un día que un cáncer en fase terminal le arrebata la vida. Apenas le quedan unos meses, un pequeño suspiro en el que debe afrontar el final de todo. Su apocalipsis personal. Y lo hace de la única manera que sabe: escribiendo una película. La última película. Una obra que tratará, paradójicamente, sobre los miedos desencadenados con el advenimiento del primer milenio. El último día del año 999 representa para el director un perfecto símil de su situación: el mundo, igual que él, se acabará en ese momento. Así se lo han predicho. Pero igual que él sabe que el mundo no acabó…¿quedará un resquicio de esperanza para que las profecías médicas no se cumplan?
En el fondo, el director, del que nunca sabremos su nombre, no deja de buscar a su alrededor dónde está la verdad. En un mundo que nos invade de señales, de imágenes… ¿qué es la señal y qué es el ruido? ¿Qué es realmente la vida? Dónde está el límite entre las cosas que marcan la importancia y aquello que sólo la oculta.
Gaiman va dejando ideas apenas esbozadas, esos miedos ancestrales que todos hemos tenido ante la idea de la muerte. Temores a los que McKean da forma en imágenes de una potencia visual brutal, primigenia, formando una compleja trama visual donde señal y ruido se van alternando, inundándose mutuamente, alimentándose en una espiral constante. Imágenes desbocadas, que se van fundiendo sobre secuencias reflexivas. Viñetas clásicas que van diluyéndose en un mar de ruido visual. Un crescendo continuado que impele al lector hacia el mismo agujero negro al que se asoma el protagonista. Hacia un terror al que todos nos enfrentamos, el de nuestra muerte. Y, obligatoriamente, nos asomaremos con él a ese pozo sin fondo, infinito, que nos dejará solos ante el fin del mundo. Una visión que nos descubrirá que no existe final, que el mundo siempre se está acabando para alguien.
Gaiman deja al lector la reflexión final. La respuesta a la pregunta que no se ha hecho, pero que todos tememos hacer. Propone una idea. La suya. El resto debemos encontrar la nuestra.
Un álbum brillante, complejo, provocador, en el que Gaiman y McKean consiguen fusionarse perfectamente, exprimiéndose mutuamente al máximo. La reseña está hecha sobre la edición original de Dark Horse, pero por lo que he podido ver, la edición de Astiberri, a falta de comprobar la traducción (de la que debo reconocer que no me gusta el título elegido, ya que se obvia el origen técnico del término signal to noise ratio, relación señal-ruido), es extraordinaria. (4+)

Tres paradojas

tresparadojas.jpgHace 2500 años Zenón de Elea planteó tres paradojas. En ellas, el filósofo griego intentaba reflexionar sobre lo infinito y lo discreto, buscando demostrar que nuestra percepción de la realidad es incorrecta. El movimiento no existe como tal y lo finito está infinitamente lejos.
Hoy, veinticinco siglos después, Paul Hornschemeier traslada en Tres Paradojas (Astiberri) las paradojas de Zenón a la creación artística. Si Aquiles nunca podría alcanzar a la tortuga, el creador vera en cada espacio en blanco en su hoja una longitud infinita todavía más grande que la que ha recorrido. Un espacio en el que el tiempo se detiene y se estira haciéndose infinito. Y, en el fondo, esa misma imposibilidad de llegar al destino contagia la vida personal del creador.
Una compleja y ambiciosa historia que Hornschemeier, como buen discípulo de Clowes y Ware, intenta plantear desde una intrincada estructura argumental en la que estilos e historias se van alternando para dar lugar a una estructura de capas que se van solapando para construir la historia. El relato vehicular será un largo paseo del autor junto a su padre, en una conversación que traerá recuerdos de infancia que serán representados con un estilo gráfico de tebeo infantil, próximo a Hank Ketcham, mientras que otros recuerdos ajenos entroncarán directamente con el estilo de Clowes o incluso Charles Burns. Memorias que serán alternadas con su propia creación, una especie de versión perversa del Harold and the purple crayon de Crockett Jhonson.
Un difícil tour de force estilístico, que tiene un precedente claro en la magistral Ice Haven de Clowes, que Hornsenchmeier referencia implícitamente en las historias infantiles y, en mi opinión, en la socarrona representación del cómic-book filosófico donde el autor recuerda haber leído las tres paradojas de Zenón.
La intención del autor con este intricado andamiaje formal es evidente, buscando al lector una reflexión profunda sobre los puntos de inflexión de nuestra vida. Sobre los momentos en que las decisiones pueden significar dar un paso tras la tortuga o quedarse a una distancia infinita de ella. Sin embargo, ese brillante planteamiento narrativo y estructural se convierte, a la larga, en una peligrosa trampa para el propio autor, que ve como su mensaje queda excesivamente escondido tras las ramas de su caleidoscópico bosque. A diferencia del referente de Clowes, donde cada subhistoria se presentaba como la faceta de un diamante multicolor, caleidoscópico, en Tres paradojas cada una de las historias parece ser una losa que oculta todavía más la intención inicial del autor. Se convierten en referencias reiterativas que confunden en cierta medida la reflexión del lector, perdido en el laberinto que el autor ha planteado y que lo obliga a centrarse en la anécdota central, olvidando la intención inicial y dejando toda la reflexión final sobre esa historia. Y ahí se alza el principal fallo de Hornsenchmeier: no permite la visualización global de la obra, no deja flecos que permitan hilar una estructura conjunta de todas las historias, que dejen libertad al lector para construir su propia argumentación. Y el lector, desmotivado, abandona el barco sin saber muy bien cuál ha sido su trayecto en esta historia.
Pese a lo fallido del conjunto final, siempre se agradece poder comprobar que existen autores que entienden la historieta como un medio complejo, donde la narrativa puede ser algo más que una simple concatenación de viñetas, con un planteamiento más profundo y global. Hornschemeier está todavía muy lejos de Clowes o Ware, sus guías, pero es uno de esos autores que siempre pueden sorprendernos con una obra original y distinta. Pese a este bache, sigue siendo un autor de referencia gracias a la excelente  Madre, vuelve a casa o a sus inéditos en España Return of the elephant o Let Us Be Perfectly Clear. Astiberri, como siempre, perfecta en la edición. (1+)